Capítulo 4

La visión de la fábrica era imponente. Era un inmenso edificio que tenía muchas torres que echaban humo.

Había muchísima gente allí, esperando a los ganadores de los billetes dorados. Nada más bajar del coche, un policía nos paró.

-Disculpa, ¿Eres Violet Beauregarde?-preguntó con amabilidad.

Lo miré un poco insegura.

-Eeeh... Sí.

-De acuerdo. Me han indicado que tengo que escoltaros hasta la entrada de la fábrica. ¡Hay demasiada gente aquí!

Mi madre y yo lo seguimos hasta la entrada, esquivando las manos ansiosas de los periodistas y el resto de gente. Cuando llegamos, vi que la gran cancela de metal estaba cerrada. Me puse a observar a los que habían llegado. Estaban Augustus Gloop y Mike Teavee. Sonreí para mi misma. ¡Veruca no había llegado todavía!

Hice una mueca al ver que ya había llegado. Había venido en una lujosa limusina que podía medir perfectamente cinco metros de largo.

Cuando me vio, me sonrió. Le devolví la sonrisa (forzada, evidentemente. A ver que se cree esta) y continuamos esperando.

Dos minutos después, llegó el último participante. Era un chico que se veía bastante humilde, junto a su abuelo. De repente, una cantarina voz se comenzó a escuchar por unos altavoces.

-¡Por lo que veo, habéis venido todos! ¡Vamos, entrad!

Al instante, la cancela se abrió, invitándonos a pasar. Me puse a correr a toda pastilla para llegar la primera. Vi como Veruca me intentaba seguir el ritmo, pero sus taconcitos le impedían ir más rápido.

Cuando llegamos a la entrada, había un montonazo de muñecos de cera que comenzaron a cantar una extraña canción. (A/N: es la canción de la película)

Cuando estaban a punto de terminar, un fusible saltó y se empezaron a quemar los muñecos, hasta que se quedaron en silencio.

-¡BRAVO!-chilló una voz que nos hizo sobresaltarnos.

Era un hombre que iba vestido con un sombrero de copa violeta, una especie de esmoquin también violeta y unos zapatos negros. Tenía el pelo castaño con un peinado pasado de moda y una extrañas gafas negras.

-¡¿Quien eres tú?!-me atreví a preguntarle.

-¡Es Willy Wonka!-dijo el abuelo del niño pobre.

-¡Elemental, mi querido Watson!-respondió Wonka con alegría-. Si sois tan amables...-dijo mientras hacía un gesto con la mano, indicándonos que entrásemos.

El interior era un largo pasillo que acababa en una puerta bastante grande.

-¡Por favor! ¡Dejad los abrigos aquí!-indicó Wonka.

Coloqué mi abrigo sobre una barandilla que había nada más entrar. Cuando los dejamos, comenzamos a andar hacia la puerta.