Capítulo 3
Los personajes pertenecen a S.M. Esto es sólo una adaptación con los personajes de la saga Twilight.
Algo alterada, Bella se lavó la cara y se cepilló el cabello en el cuarto de baño para tranquilizarse un poco.
La visita matinal había resultado desconcertante. Desde un punto de vista legal, Edward y ella eran los nuevos propietarios de Mulberry Court; pero la casa estaba tan impregnada del recuerdo de Isobel que, en determinados momentos, se había sentido como si fueran un par de intrusos.
Sin embargo, la propuesta de Edward era lo que real mente le inquietaba. Quería que se lavara las manos y le dejara la casa a él. Y sin duda alguna, estaba dispuesto a pagar una cantidad considerable de dinero.
Bella suspiró y sacudió la cabeza.
Edward no entendía sus sentimientos. En su opinión, Isobel había dividido la propiedad entre los dos porque deseaba que Mulberry Court tuviera un fin digno y había pensado que dos cabezas pensarían mejor que una.
Frunció el ceño y se dijo que quizás se estaba equivocando con él. Cabía la posibilidad de que solo quisiera hacerle un favor. Pero desestimó la idea de inmediato. Edward era el jefe de la dinastía de los Cullen, un frío hombre de negocios para el que los sentimientos carecían de importancia.
Confundida, Bella pensó que ya había tenido bastante por el momento y sacó el teléfono móvil para llamar a Edward.
–Hola, Edward. Tengo una pequeña jaqueca, así que voy a tumbarme un rato –declaró con tranquilidad–. ¿Qué te parece si seguimos más tarde con nuestra conversación? Podríamos cenar juntos…
Edward dejó pasar un par de segundos antes de responder.
–Buena idea. Reservaré una mesa para las ocho… si crees que te habrás recuperado para entonces, por supuesto –añadió con sarcasmo.
Bella casi pudo ver la expresión de impaciencia de Edward, pero suspiró y mantuvo la calma. La herencia de Isobel los obligaba a estar juntos y ser socios durante un año entero, hasta que vendieran la propiedad.
–Sí, por supuesto que estaré bien. Te veré a las ocho.
Bella cortó la comunicación y se dijo que, al final, Edward se alegraría de que hubiera retrasado la reunión. Seguro que tenía asuntos más importantes a los que dedicar su tiempo.
Pero se equivocaba.
Edward alcanzó la copa de whisky que había dejado en la barra del bar y pensó que la mañana no había salido como esperaba. Imaginaba que Bella y él hablarían con franqueza sobre las posesiones de su tía abuela y que harían una lista de los bienes o, al menos, que empezarían a hacerla. Hasta había supuesto que se llevaría algunos de los objetos de Isobel, libros o quizás alguna silla, cosas pequeñas que meter en su coche.
Sin embargo, solo había mostrado interés por las dos figurillas de la biblioteca. Y quería que todo lo demás permaneciera in situ.
Bella estaba tumbada en la cama, leyendo un libro y tomándose un café, cuando el teléfono móvil empezó a sonar.
Al oír la voz de Simon Harcourt, frunció el ceño.
–Ah, hola, Simon…
Simon le explicó el motivo de su llamada y siguió hablando durante unos minutos, hasta que ella lo interrumpió.
–Me temo que no te podré acompañar a la conferencia. De hecho, este lunes voy a presentar mi dimisión.
–¿Tu dimisión? –preguntó, sorprendido–. ¿Por qué?
–Es una larga historia. He heredado una propiedad en el campo y tengo que dejar Londres inmediatamente.
Bella tragó saliva. Acababa de quemar sus barcos. Por lo menos, en lo referente a Simon; porque, en lo tocante a Edward, ni siquiera sabía en qué punto estaba.
Bella se puso un vestido de color berenjena, que había metido en la maleta a última hora, y se miró en el espejo.
Con mangas, escote pronunciado y falda hasta las rodillas, era su vestido preferido. Siempre que lo llevaba, se recogía el cabello en un tocado alto para centrar la atención en el escote y se maquillaba tan ligeramente como tenía por costumbre, con un toque de sombra de ojos y una base leve.
A las ocho en punto, el reloj de pared del descansillo empezó a sonar. Ella salió de la habitación y se dirigió a la escalera.
Edward estaba en el bar, charlando con Adam. Cuan do vio a Bella, su pulso se aceleró tanto como el de ella, que sonrió con timidez. Su antiguo novio se había afeitado y se había puesto unos pantalones de vestir con una camisa y una chaqueta muy elegante. Estaba tan guapo que parecía un modelo de revista de moda.
Inmediatamente, Adam alcanzó dos menús y los llevó a una de las mesas más tranquilas del restaurante, en el fondo del local.
–Les recomiendo que tomen lubina. No podrían ser más frescas; las pescamos esta misma mañana –afirmó con orgullo.
A continuación, abrió una botella de champán, les sirvió dos copas y se despidió.
–Volveré a tomarles nota cuando se hayan decidido.
Edward miró a Adam, que se alejó al instante, y dijo:
–Es un profesional excelente. Por cierto, espero que apruebes la elección del champán… ha sido cosa mía.
Bella se llevó la copa a los labios y pensó que era un champán magnífico.
–¿Estamos celebrando algo?
Edward arqueó una ceja.
–¿Tenemos que celebrar algo para tomar champán?
Bella sonrió brevemente.
–No, supongo que no. Es que solo tomo champán en las bodas… y como no soy especialista en vinos, siempre me ha parecido una bebida especial.
Edward la miró con detenimiento. Su pelo brillaba a la luz de las velas, que le daban un tono caoba; pero le pareció algo pálida.
–¿Te encuentras bien? ¿Ya se te ha pasado la jaqueca?
Ella asintió.
–Sí, completamente. De hecho, me muero de hambre.
Bella alcanzó el menú, esperando que Edward no notara el temblor de sus manos. Jamás habría imaginado que volvería a estar tan cerca de él; que volvería a respirar el mismo aire y a contemplar aquella boca de dientes perfectos.
Edward no era un simplemente atractivo. Tenía un tipo de carisma muy seductor, muy mediterráneo, que volvía locas a las mujeres.
Al cabo de unos minutos, cuando ya habían pedido la cena y estaban esperando a que los sirvieran, Edward se volvió a referir a Mulberry Court.
–He estado pensando esta tarde y me he preguntado si hacemos bien al dejar la casa vacía durante tanto tiempo. Corremos el peligro de que alguien la ocupe. En Londres es bastante común.
Ella frunció el ceño.
–Louise y Benjamin se encargan de vigilar, ¿no?
–Sí, pero no podrían impedir que alguien entre de noche, aprovechando la oscuridad. Y si nos ocupan la casa, tendremos un problema… deberíamos buscar una solución, aunque sea temporal –dijo.
Bella no pudo creer lo que había oído. Podía ser la excusa que estaba buscando para quedarse en Mulberry Court. Pero decidió guardar silencio al respecto.
Justo entonces, Adam reapareció con las lubinas y la ensalada que habían pedido y los volvió a dejar a solas.
–¿Qué has estado haciendo durante los últimos diez años? –preguntó Edward de repente–. Isobel me dijo que habías terminado una carrera.
–Sí, estudié Economía y luego empecé a trabajar en Harcourt, la agencia de trabajo que te comenté, pero la voy a dejar.
–¿Y qué piensas hacer?
Bella respondió sin mirarlo.
–Todavía no estoy segura. Quiero tomarme un tiempo para pensar… entre tanto, supongo que buscaré un trabajo temporal.
Edward guardó silencio durante unos momentos y preguntó:
–¿Vives sola?
–Sí.
–Entonces, no hay ningún hombre especial en tu vida…
Ella sacudió la cabeza.
–No. ¿Y tú? ¿No tienes esposa e hijos en alguna parte?
–No. De hecho, lo de tener esposa e hijos me parece una posibilidad bastante remota en este momento.
A Bella no le sorprendió su respuesta. Edward tenía éxito con las mujeres, pero nunca le había parecido de la clase de personas que buscaban una relación duradera. Prefería las relaciones breves, sin compromisos.
–Me extraña que no salgas con nadie –dijo él–. Londres está lleno de hombres en busca de mujeres bellas. ¿Cómo te las has arreglado para escapar de ellos?
Bella se sintió halagada por su comentario, pero lo disimuló.
–Bueno, tampoco se puede decir que haya estado sola…
–¿Ah, no?
–No. Poco después de que mi padre muriera, conocí a un hombre con el que estuve saliendo una temporada, Jason –Bella se detuvo un momento–. Me ayudó bastante al principio; parecía entender lo mucho que yo extrañaba a mi padre… cuando pienso en aquella época, siento lástima de él. El pobre hombre tuvo que soportar horas y más horas de mis monólogos autocomplacientes.
Edward no dijo nada, pero la miró con ternura. En ausencia de su madre, que había fallecido cuando ella era una niña pequeña, su relación con su padre había sido particularmente intensa. Era normal que la muerte de Charlie le hubiera afectado mucho. Y en cualquier caso, Bella tenía un fondo vulnerable que siempre le llegaba al corazón.
–Las grandes ciudades pueden ser muy solitarias –comentó él.
Bella mantuvo la mirada en el plato. No sentía el menor deseo de hablar de Mark, el hombre del creía haber estado enamorada. La inesperada ruptura de su relación le había dolido mucho. Además de abandonarla y de marcharse con una amiga común, Mark le había dicho que la encontraba fría y distante.
Si la hubiera llamado «frígida» no le habría molestado más.
–Al final me di cuenta de que estaba utilizando a Jason. Me venía bien como hombro donde llorar, pero no sentía nada por él. Era una buena persona. Y ahora me siento terriblemente culpable por lo que hice.
Bella echó un trago de champán y sonrió.
–Pero no le fue mal –continuó–. Conoció a otra mujer al cabo de unos días y, según tengo entendido, se van a casar.
Edward arqueó una ceja.
–¿Al cabo de unos días? Al parecer, tenía prisa por casarse –ironizó.
Bella se mantuvo en silencio y siguió comiendo. Ya estaban terminando cuando Edward comentó:
–Mi tía se deprimió mucho con la muerte de tu padre. Charlie llevaba tanto tiempo con nosotros que casi era de la familia. Además, falleció tan joven… ¿Cuántos años tenía?
–Cincuenta y nueve –respondió sin más.
Bella dejó pasar unos momentos y añadió:
–¿Y tus padres? ¿Qué tal están?
–Mi padre dejó el trabajo. Ahora vive con mi madre en las Bermudas… y como su hermano también se ha jubilado, yo soy el único de la familia que sigue al timón. De hecho, soy el último que les queda.
Bella comprendió la importancia de lo que Edward le acababa de confesar. Si no tenía hijos, la dinastía Cullen moriría con él.
–E Isobel también era la última de su generación, claro…
Él asintió.
–En efecto. Y la única inglesa que logró entrar en nuestra comunidad –observó con humor–. Nunca había pasado antes, pero mi familia la adoraba y adoraba que hubiera elegido Mulberry Court para vivir. A fin de cuentas, era una mujer que viajaba mucho; podría haber vivido en cualquier otro sitio.
–Sí, lo sé. Siempre me contaba cosas sobre los sitios en los que había estado. Lograba que te sintieras como si estuvieras en ellos.
–Isobel sabía contar una buena historia.
–¿Y dónde vives tú?
–Oh, aquí y allá… –respondió con indiferencia–. Tengo un piso en Londres, otro en Grecia y un apartamento en el Upper East Side de Nueva York, pero nunca estoy demasiado tiempo en ninguno. No he encontrado un lugar donde me apetezca echar raíces, aunque supongo que mi casa de Atenas es mi hogar.
Bella se acordó de lo que le había prometido cuando eran más jóvenes; que algún día, la llevaría a su país natal.
Pero decidió no mencionarlo.
–¿Sabes una cosa? Creo que tienes razón con lo de Mulberry Court.
–¿Con qué en concreto?
–Con el peligro de que alguien se cuele en la casa –respondió–. Y es posible que tenga la solución perfecta.
–¿En serio?
–Bueno… podría quedarme en la casa durante una temporada –dijo, eligiendo las palabras con cuidado–. Un mes o algo así.
Edward la miró con sorpresa.
–¿Es posible? ¿No tienes que volver a Londres?
–No. Y a decir verdad, me vendría bien… el piso donde vivo ahora pertenece a Simon Harcourt y lo perderé en cuanto deje el trabajo. Además, necesito cambiar de aires y alejarme un poco de la capital.
Edward apretó los labios.
–Pero Mulberry Court es un lugar bastante aislado… ¿estás segura de que te acostumbrarás a vivir allí, sola?
Bella sonrió.
–Estoy acostumbrada a la soledad. Y por otra parte, las casas de Louise y Benjamín solo están a un minuto de distancia.
Él se encogió de hombros. Aunque la idea no le agradara, Bella tenía derecho a quedarse en la propiedad. Al fin y al cabo, la mitad era suya.
–Por mí, no hay problema. Pero, ¿cuándo te mudarías?
–A principios de mayo. He pensado que, si estoy mal de dinero, podría buscarme un trabajo en Dorchester.
Edward estuvo a punto de ofrecerle ayuda económica, pero se contuvo. Bella siempre había sido una mujer muy independiente.
–Imagínatelo… ¡será la señora de Mulberry Court! –exclamó, sonriendo–. Como cuando era niña y jugaba a esas cosas.
Bella rompió a reír y enseguida le dio un ataque de hipo. Edward se fijó en el rubor de sus mejillas y se acordó de que nunca había sabido beber, así que se levantó de la silla y se acercó a ella para ayudarla.
–Ha sido un día largo, Bella. Creo que deberías acostarte.
Bella se puso en pie con alguna dificultad y alcanzó el bolso. Edward la tomó del brazo y la acompañó a su dormitorio, ante cuya puerta se detuvieron unos segundos, mientras ella buscaba la llave.
–¿Estás segura de que quieres quedarte en Mulberry Court? Piénsalo bien. Si cambias de opinión, podemos hablar con John Mayhew para que busque un inquilino apropiado.
–No quiero que un desconocido viva en… nuestra casa –acertó a decir–. Por lo menos, de momento.
Bella se dejó llevar por un impulso y le dio un beso en la mejilla con intención de entrar en el dormitorio y cerrar la puerta; pero Edward reaccionó tan deprisa que, cuando se quiso dar cuenta, estaba entre sus brazos.
Todas las alarmas de Bella se encendieron al instante. Y fue eso lo que, en el último momento, la llevó a apartar la cabeza y alejarse de sus labios.
–Buenas noches, Edward.
Bella cerró la puerta y se apoyó en ella durante unos segundos, intentando tranquilizarse. Había cometido un error muy grave al darle ese beso en la mejilla; un beso que Edward había malinterpretado y que había tomado como una invitación.
O quizás, no.
Quizás no lo había malinterpretado. Porque en el fondo de su corazón, Bella ardía en deseos de que la besara.
A decir verdad, le extrañaba que hubiera encontrado las fuerzas necesarias para resistirse a él, para no apretarse contra su fuerte pecho, para no permitir que su aroma profundamente masculino despertara en ella sus instintos más animales.
Pero lo había conseguido.
De algún modo, había recordado a tiempo que ya había pasado por ese trago y que no estaba dispuesta a que Edward Cullen le volviera a partir el corazón.
Cuando entró a su habitación, que estaba a dos puertas de la de Bella, Edward se acercó a la ventana y apretó los dientes. Acababa de descubrir lo que se sentía al ser rechazado por una mujer.
Pensó en lo que podría haber pasado entre ellos y se imaginó desnudándola, acariciándola, besándola, usando su experiencia para excitarla y hacerle sentir el mismo deseo que él sentía por ella.
A continuación, se dio la vuelta y se dirigió al cuarto de baño. Después de una ducha tan fría como rápida, se miró en el espejo y frunció el ceño. Tenía la absurda sensación de que, en las últimas horas, le habían salido más arrugas en la frente.
Bella no había cambiado nada. Seguía siendo tan dulce, tan perfecta y tan difícil como la primera vez que la vio.
Tercer Capítulo.
Gracias por leer.
Me regalan un review?
Gracias por los 19 reviews! =D Me alegra que les guste la historia.
Besos.
Anny
