Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Perdón por la demora, pero la verdad es que estoy volviendo al trabajo y lo más probable es que me vuelva a pasar. He aquí la continuación.

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D


Proyecto: Cien drabbles por cien historias

Pareja: Zoro/Tashigi

Motivo: Cosas para omitir


VII

Las cosas que deberías omitir

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-Por un momento creí que no llegaríamos nunca –murmuró para sí Tashigi, mirando de soslayo a su "guía" con creciente rencor.

Zoro escuchó y profirió una desdeñosa exclamación. Al diablo con esa fastidiosa mujer y sus constantes reclamos.

-De no ser por mí jamás hubiéramos descubierto la existencia de estas bayas –masculló, señalando con la cabeza un grupo de arbustos dispersos a unos metros de distancia.

-Ya los vi –rumió ella, igualmente irritada y… agotada por el inacabable e innecesariamente retorcido paseo.

-Entonces deja de quejarte.

-¡Y tú deja de perderte en esta isla tan pequeña!

Intercambiaron miradas hostiles durante algunos segundos hasta que bufaron hastiados y se pusieron a recolectar los frutos. Las bayas que había descubierto Zoro en una de sus enmarañadas excursiones resultaron ser dulces e inofensivas, por lo que añadirían una bienvenida variante nutricional a la dieta establecida.

Así entretenidos, el enojo se esfumó gradualmente. Venían arrastrando una relación bastante accidentada, llena de avances y retrocesos que erosionaban la convivencia, por lo que cada uno decidió poner lo mejor de su parte para remediarlo.

Aun así les costaba bastante, cada uno de ellos ostentaba su preciado orgullo. Sin embargo, eran lo suficientemente maduros para darse cuenta de la necesidad de intentarlo.

Al menos intentarlo.

-Creo que con esto será suficiente –determinó Tashigi, y emprendieron el camino de regreso.

Tuvieron que descender por una escarpada y sinuosa pendiente, lo que dificultó el transporte de los frutos contenidos en unos sacos improvisados. Entonces a ella le acometió la debilidad de añorar el siempre solícito G-5.

-Ojalá fuéramos más los extraviados para hacer este trabajo –suspiró.

-Pues tendremos que bastarnos –dijo Zoro con indiferencia.

-Hubiese sido genial que la isla estuviera habitada.

-¿Tanto te aburres conmigo?

Tashigi lo miró con ironía. Zoro desestimó la respuesta, en cambio avanzó con la mirada fija en el camino, reflexionando al respecto.

-Deberías omitir esa clase de pensamientos –murmuró después. Tashigi lo miró sin entender-. No deberías pensar en las cosas que nos faltan sino agradecer las que hemos podido procurarnos. Aún sobrevivimos y eso en este mundo ya es decir algo.

La joven guardó silencio. De nuevo el pirata le removía los preconceptos que todavía conservaba sobre su "profesión" al hablarle de una manera tan franca y sensible. Sus pensamientos terminaron por complejizarse. Sus pensamientos y una emoción extraña que hacía tiempo anidaba en su corazón.

-Lo sé –dijo por fin, animándose un poco. De pronto, más extraña que esa peculiar e innominada emoción fue la creciente ola de energía que emanaba de ella.

-Entonces omite también los defectos que traemos con nosotros –añadió Zoro, taciturno. La joven lo miró con interés experimentando todavía esa inusitada energía, entendiendo que tenía que ver con él-. Intentaré hacer lo mismo y veremos si así conseguimos progresar. Algo me dice que nuestra estadía en este lugar será larga, así que omite lo que te disgusta o lo que te apena. Será la única manera de poder seguir adelante.

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VIII

Las cosas que deberías omitir tú

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Uno de los incontables días que transcurrieron en esa isla, Tashigi amaneció con un sentimiento anómalo, perturbador. Fue como si hubiese pertenecido a ese lugar desde siempre y le pareció absolutamente natural compartirlo con el espadachín. Una inusitada sensación de posesividad se adueñó de sus sentidos y fue invadida por una creciente ola de ansiedad.

El resto de la jornada se esforzó en entender el fenómeno mientras trajinaba en el pequeño sembradío. Inclinada bajo el intenso sol del mediodía, sin éxito en sus tratativas, terminó por cuestionarse semejante signo de debilidad. Permitirse esa familiaridad con el entorno podía estar bien para una mujer que llevase una vida ordinaria, pero lo creía poco conveniente para una oficial de la Marina.

¿Qué pensaría Roronoa Zoro al respecto? Desde luego, la joven jamás compartiría con él esa clase de tribulaciones. Sin embargo, al divisarlo en su clásica actitud meditabunda, sentado en una saliente rocosa a varios metros de distancia, se preguntó qué pensaría él en general, pues nunca estaba segura de discernir en su interioridad.

Y se sorprendió deseando ridículamente el poder llegar a lograrlo.

A la hora de la comida, ella se mostró más circunspecta que él.

-¿Sucede algo? –preguntó Zoro. Si Tashigi supiera que a él sí se le hacía realmente sencillo leer en ella, se hubiese disgustado todavía más.

-Nada.

-Algo te ocurre.

-Entonces no me ocurre nada de tu incumbencia.

-Como quieras –aceptó él con sequedad.

-No somos nakamas.

-Afortunadamente.

-Ni amigos.

-Qué novedad.

-Ni tenemos la obligación de compartirlo todo, ni la confianza para hacerlo, así que omítelo.

-¿Omitir qué cosa? –preguntó Zoro maldiciendo por dentro, y lamentándolo aún antes de oír la respuesta.

-Omite creer que puedes entender cualquier cosa que me pase y omite hacer las preguntas que supuestamente lo sugieran.

Zoro profirió una despectiva exclamación. Sabía que lo lamentaría. Habían acordado progresar, pero que el diablo se lo lleve por siquiera intentarlo. ¿Qué rayos le sucedía ahora?

-Siento mucho haberme interesado, señorita oficial –masculló con sorna.

-Deberías omitir también el encono, se te da muy fácil y lo cierto es que desconoces las razones de los demás.

-¡Pues acabo de preguntar y te has negado a responder!

Tashigi levantó la vista hacia él por primera vez a lo largo del áspero intercambio. Allí, a pesar de lo exasperado que se sentía, Zoro pudo vislumbrar la suficiente zozobra para deponer las armas de inmediato y empezar a intuir que la cosa, de algún modo, tenía que ver con él. El fastidio trastabilló y se enfrentó con el desconcierto.

¿Y ahora qué diablos había hecho? ¿Respirar?

-Tienes razón, hoy no he tenido un buen día –se limitó a decir ella, y dada la carga emocional contenida en sus ojos, a Zoro no le quedó más remedio que conformarse.