CUATRO
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Cuatro años después…
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Al pasar de los días, las semanas, los meses, los años, sucedieron dos cosas: Milo no superó del todo la pérdida de Camus, a palabras de Aioria, nunca se repuso, aunque la normalidad había vuelto a su vida… de una manera un tanto retorcida. Y Aioria… siempre lo buscaba para recoger los pedazos del melio… en la misma fecha del año… la misma… aquella en la que había muerto Camus, y es que si por el rubio hubiese sido… habría levantado una estela funeraria en el templo de Escorpión para atar votos en ella cada año, realizando la respectiva phrotesis…
Las personas solían correr en círculos… civiles, guerreros… al final, todos estaban definidos por el pathos.
Homenaje y reconocimiento a su cuerpo, a su piel, el placer desencajado que le brindaba ese cuerpo dispuesto para lo que se le antojara, así fuese lo más bizarro que el pasara por la mente, sabía de antemano que Milo no se echaría para atrás… eso nunca… y aunque entre besos húmedos, lascivos, abrazos pringosos de sudor y semen pegajoso regado por todos lados, era ese día… con todo y que Aioria le dijo que le iba a dar "la puta cogida de su vida hasta que pidiera piedad"… sabía que más tarde, en la soledad de sus memorias y de su mezquina forma de torturarse, el melio encontraría la manera de volver a morir, ritualmente.
Y sí…
Para cuando Aioria regresó, después de haber entrenado hasta cansarse, después de haber corrido hasta que las piernas le ardieron, y después de al menos un millar de repeticiones dolorosas de planchas, serían probablemente las diez de la noche, no esperaba encontrar a nadie en el Templo del León de Nemea… mucho menos a su compañero.
—Hambre… sed… y ganas de coger, otra vez —dijo para sí mismo mientras empapado de sudor se precipitaba hacia la parte privada del templo, hacia la cocina.
Ya se había hecho a la idea de comer un sándwich de probablemente tres pisos, con jamón, tocino, queso, jitomate, lechuga y a ver que más…
—¡No me jodan! ¡Que te tomen por el culo…! —gritó mientras se avalanzaba hacia el pasillo que daba a su habitación.
Ahí tirado estaba el cuerpo convulso de Milo, con el cabello regado por las baldosas, tenía los ojos en blanco, se reía… y babeaba sin control… un charco de saliva estaba felizmente anidando entre sus cabellos mientras el hilo de fluido le escurría por un costado de la boca.
—Te has pasado, cabrón… ¡¿Qué se supone que hago ahora?!... —se agachó para tomar su pulso, agitado y violento, pero resistiría—, te drogaste hasta que ya no pudo pasarte nada más por la nariz, ¿verdad?... hijo de puta… —rumió.
Ni siquiera se molestó en levantarlo, lo dejó ahí tirado, y lo único que hizo fue echarle agua fría encima, lo dejó en el piso, navegando entre el agua, su saliva y sus incoherencias…
