A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Cuatro: Los Aliados.

17 de julio de 2020.

Cowes, Isla de Wight.

Mansión de la familia Edmond.

Las noticias que llegaban a cada momento de distintos puntos del globo terráqueo no podían tomarse a broma. Janice, al recibir esa mañana su ejemplar de El Profeta, hizo una mueca que ni siquiera su ensimismada madre pudo pasar por alto.

—¿Qué pasa, cariño? —inquirió, después de dar un sorbo a su jugo de naranja.

Janice le dedicó una sonrisa tranquilizadora, ocultando enseguida la cara tras el periódico. Debía empaparse de los acontecimientos en el mundo mágico que por unos días, había abandonado.

La fiesta que planeaban dar sus padres requería la atención de toda la familia, en mayor o menor medida. Halley y Lydia hacían pequeños quehaceres bajo la vigilancia de su madre, en tanto Roland y el señor Edmond recorrían la localidad invitando a las últimas personalidades. Lizzie se autoproclamó secretaria de su suegra y revisaba cada confirmación de asistencia y servicios que llegaba, cosa en la que Janice contribuía.

Sin embargo, esa mañana se decidió a terminar su desayuno en completo silencio, esperando que con eso su madre no insistiera y además, en ese momento llegaba el invitado de la familia.

—Buenos días —saludó un joven de cabello rojo oscuro, ojos castaños y rostro pecoso, ataviado con una camisa azul claro, un pantalón de mezclilla y zapatos negros —Lamento llegar tarde.

—Como siempre —musitó una chiquilla de trece años, cabello castaño oscuro y ojos castaños, soltando una risita secundada por el quinceañero sentado a su izquierda que era casi idéntico a ella.

—Silencio, por favor —pidió con firmeza el hombre que presidía la mesa, de cabello castaño oscuro con unas pocas canas, ojos azules, traje color canela y camisa blanca —Buenos días, Dean.

—Cierto, buenos días, Dean —secundó la señora Edmond, dedicándole una cálida sonrisa desde el asiento a la derecha de su marido, guiñando con alegría sus pequeños ojos castaños.

—Buenos días —el pelirrojo inclinó la cabeza, se saltó los dos lugares vacíos a la izquierda del señor Edmond y ocupó el tercero, a la derecha de Janice.

—¡Vamos, Dean, te hemos dicho que puedes llamarnos por nuestros nombres! —exclamó la señora Edmond, risueña al notar cómo el rostro del mencionado competía en color con su cabello —No es tan difícil. Éste es Ryan —indicó con una mano a su esposo —Y yo soy Jessica.

—Ah, yo…

—Mamá, no lo agobies —pidió Janice, depositando el ejemplar de El Profeta a su derecha, perfectamente doblado. Dean lo tomó y lo desplegó —Por cierto, ¿dónde están Roland y Lizzie?

—¡Justo aquí! —una mujer de belleza impresionante, debido a su figura estilizada y a su largo cabello castaño claro, entró al comedor a paso veloz. Sus ojos, de un azul turquesa intenso, revisaron en breve la larga mesa y ocupó la silla a la derecha de Dean —Fuimos a la playa.

—Mejor dicho, mi mujercita me arrastró a la playa prácticamente de madrugada —el hermano Edmond que faltaba, un hombre de complexión fuerte, con los ojos azules de su padre y el cabello rubio de su madre, ocupó enseguida el sitio a la izquierda del señor Edmond —No es que me queje, pero el clima estaba muy fresco.

Pronto la conversación derivó hacia la fiesta de esa noche, donde cada uno de los presentes sabía lo que debía hacer. A Dean seguía poniéndolo nervioso no solamente ser invitado a un evento de una familia tan rica y reconocida, sino que era un acontecimiento muggle y en ese campo tenía poca experiencia. Janice le había asegurado que no debía preocuparse demasiado, pero no podía evitarlo. Menos cuando comprobó, una semana atrás, lo que ya suponía: mientras que los padres de su novia, Roland y Lizzie lo habían tratado con amabilidad, Halley y Lydia se dedicaron a mirarlo de arriba abajo y hacerle desagradables muecas de falso gusto.

Dean no sería hijo de Ginny Longbottom si no hubiera sabido cómo manejar la situación. Aún sin proponérselo, desplegó todas sus cualidades para ganarse el visto bueno de Ryan y Roland, así como la simpatía de sus esposas. Lydia y Halley, en la primera tarde con él, intentaron jugarle una broma, pero les salió el tiro por la culata cuando el pelirrojo, sonriendo con gran satisfacción, detectó el intento tras echarle un rápido vistazo a un bocadillo ofrecido con falsa amabilidad.

Janice rió hasta el cansancio cuando se enteró.

Así las cosas, los hermanos Edmond menores decidieron mantenerse a distancia, más porque Janice tuvo ocasión de comentarles que su novio ya era mayor de edad en el mundo mágico y podía hacerles lo que quisiera. Dean le dijo en privado a la chica que eso no era totalmente cierto, pero ella sonrió y alegó que como sus hermanos nunca se habían interesado en cosas de magos, no tenían por qué saber el resto de la información.

—¿Está segura que quiere que le ayude? —inquirió Dean un par de horas después, cuando Lizzie insistió en que quería terminar algo con su colaboración.

—Oh, sí, porque esto a Roland le encantará —la modelo dejó escapar una cantarina risa antes de explicarse —Es el anuncio estelar de la noche. Ryan y Jessica están enterados y Janice me dijo que tienes experiencia en estas cosas.

—No es como si no me hubiera traído algún problema —admitió el muchacho, inclinando la cabeza y reflejando cierta vergüenza —Además, aquí no podría usar los mismos… recursos.

—Me lo imagino. Pero espera a ver lo que he conseguido y quizá con eso se te ocurra algo. Por cierto —Lizzie frunció el ceño —Janice se veía preocupada. ¿Salió algo malo en su periódico?

Dean encogió ligeramente los hombros. No sabía si era conveniente hablar de las noticias mágicas con la cuñada de su novia, por más interesada que se viera. Además, si Janice no había dicho nada al respecto, él no se sentía con el derecho de hacerlo.

—Bueno, ella sabe que cuenta con nosotros —afirmó Lizzie con una sonrisa —Habló con Ryan y con Roland en cuanto acabó el colegio y aunque ellos no me dijeron la razón, sospecho que era algo importante. Y ahora que recuerdo… —arqueó una ceja, divertida —¿Es cierto lo que oí? ¿Trabajarás para la compañía?

—Pedí una plaza en la Sección W, sí, pero no he recibido la confirmación, así que…

—No creo que haya problema, con tener altas calificaciones en esas asignaturas suyas, basta. A menos que mi queridísimo cuñado esté metiendo mano donde no le importa…

Lizzie arrugó la nariz en señal de fastidio. El segundo hijo de los Edmond, Steven, había confirmado su presencia en la fiesta, pero en cuanto se enteró que Janice había invitado a su novio, no quiso pasar la semana precedente en La Isla. Él y su esposa llegarían en una hora y Dean sospechaba que Lizzie lo había sacado de la mansión para ahorrarle un disgusto. Cosa que tenía que agradecer, si era sincero.

Finalmente llegaron a su destino, uno de los extremos más alejados de la propiedad. Allí, a medio montar, se hallaba un tablero luminoso con una frase corta pero bastante emotiva.

—¿Se alcanza a leer bien, no? —inquirió Lizzie, ladeando la cabeza en actitud crítica.

—Imagino que sí. Y por la noche, las luces encendidas serán imposibles de ignorar.

—Ah, ¿es que sabes de iluminación?

—Un poco. Uno de mis amigos tiene parientes muggles y nos cuenta algunas cosas.

—Muggles… Aún no me acostumbro a ser llamada así. ¡Menos a que mi cuñada sea bruja! Y además, que sea la única en esta familia. Si Roland hubiera sido mago…

—Ahora mismo, ser mago no es muy conveniente.

Lizzie oyó la frase a duras penas, pues Dean la había pronunciado en voz muy baja, pero no hizo comentarios. Supuso que eso tenía relación con las noticias que tanto el pelirrojo como Janice se negaban a compartir.

Esperaba que, tarde o temprano, su marido decidiera contarle al respecto. Si es que sabía algo.


La residencia de los Edmond relucía desde poco antes del anochecer. Los autos elegantes abundaban, los vestidos de diseñador eran el común denominador en las damas y los caballeros monopolizaban las conversaciones con negocios y deportes. El motivo oficial de la velada era el descanso que se estaba tomando la esposa del primogénito, una modelo decente como pocas, y también, aunque nadie lo admitiera, echarle un vistazo a la tercera de los hijos, que casi nunca se mostraba en público por estar de interna en un colegio escocés de prestigio.

—¿Colegio escocés de prestigio? —repitió Dean con incredulidad, al escuchar el chismorreo de dos señoras de peinados altos y demasiado maquillaje —¿Eso dijeron tus padres?

El pelirrojo usaba un traje color gris oscuro, una camisa blanca y una corbata color escarlata con finas líneas en hilo dorado. Janice, tomada de su brazo y usando un vestido rojo de un solo tirante que se sostenía sobre su hombro derecho, dejó escapar una risita.

—Claro. Así los demás imaginan el colegio que se les antoja. En sí, no están mintiendo.

—Cierto, pero nunca oí que describieran a Hogwarts de esa forma.

Janice volvió a reír por lo bajo, llevándose la mano libre al tirante del vestido, acomodando en él un broche dorado en forma de flor, adornado con diminutos brillantes.

—¡Oh, la señorita Edmond mayor! —saludó entonces uno de los invitados, un hombre de cabello entrecano y traje azul marino con una curiosa corbata verde anudada al cuello —Un gusto conocerla —extendió la diestra, siendo correspondido por Janice en el acto —Soy…

—Con que estás aquí, hermanita —indicó un hombre de traje verde botella, ancho de hombros y de fisonomía parecida a la de Halley y Lydia —Ha pasado tiempo desde la última vez que te vi. ¿Vas a presentarnos a tu novio?

—Hola, Steven —saludó Janice de manera rígida, conteniendo una mueca —Hola, Crystal.

La esposa de Steven era de tez pálida, cara alargada, cabello castaño y ojos negros. Movió la cabeza en señal de reconocimiento, sin mirar a su cuñada, luciendo un vestido largo color amarillo claro, de manga corta y un diseño desfavorecedor para su figura.

—Señor presidente —el hombre de traje azul marino y corbata verde inclinó la cabeza —Un placer verlo. ¿Qué tal le ha parecido la fiesta?

Steven hizo un ademán ambiguo, que cada quien podía interpretar como quisiera. Su esposa, por ejemplo, torció la boca y aferró más su brazo con un par de muñecas rodeadas por brazaletes dorados y ostentosos, adornados con piedras amarillas.

—Ámbar puro —intervino el hombre de la curiosa corbata verde, admirando los brazaletes —No es fácil hallarlo, señora.

—Para lo que costaron, le doy la razón —apuntó Crystal alzando la barbilla altaneramente.

Janice se contuvo a duras penas de rodar los ojos e instó silenciosamente a Dean a retirarse.

—Anda, pero si estás aquí, cuñada —Crystal mostró una sonrisa ladeada, socarrona y para el gusto de Dean, hipócrita —¿Qué, por fin te graduaste?

—Ah… sí, claro. ¿Por qué el interés?

—Nada, creí que por fin harías algo de provecho.

En tanto Janice arqueaba una ceja, Dean metió las manos a los bolsillos, apretando los puños.

—No sé si sabrá —Crystal se dirigió al hombre de la curiosa corbata verde —pero mi cuñada es una chica rara. Nunca cuenta nada de su colegio y ahora dice que va a trabajar en un banco, ¡un banco! Y no como una ejecutiva, no, ¡será una simple cajera!

Era imposible de creer el descaro con el que aquella mujer hablaba de Janice. Si la memoria de Dean no fallaba, Crystal Edmond era del tipo que, ya casada con un hombre de dinero, no movía ni un dedo en ser productiva. Las revistas muggles de sociedad sacaban su imagen de vez en cuando, alabando su dedicación a obras de caridad, ¿pero qué era esa deferencia para los extraños cuando no la tenía con un miembro de su propia familia?

—¿Qué le ha dicho a su esposa sobre el trabajo de Janice? —siseó el pelirrojo, dirigiéndose a Steven, quien al oírlo, por alguna razón sintió un escalofrío —¿Sabe siquiera que ella es una…?

—No te metas donde no te llaman, muchacho —por lo visto, la sorpresa de Steven pasó pronto, siendo reemplazada por su arrogancia habitual —Eres igual a ella, así que no creo que comprendas nuestros problemas. Ándate con cuidado, que puedo echarte a perder la fiesta. ¿Sabes por qué?

Frunciendo el ceño, el joven Longbottom estuvo tentado a desafiar a aquel hombre, pero no se quebró la cabeza suponiendo a qué se refería. Steven era hermano de Janice, no le ayudaría discutir con él, por más desagradable que se pusiera. Además, era el actual presidente de la Edmond Company, y si se lo proponía, lograría que desecharan su solicitud de empleo en menos de lo que tardaba en decir quaffle. Y por último (pero no menos importante), que sacara la varita para darle una lección iba contra la ley, ya que se trataba de un muggle.

Así pues, trató de serenarse, observó de reojo a Janice (la pobre seguía atrapada en el intento de charla que dirigía su cuñada) y prefirió alejar su mente de allí, pensando en la sorpresa que Lizzie le había preparado a Roland y acordándose fugazmente que en su equipaje había un regalo de graduación por parte de sus tíos Fred y George.

Y fue eso lo que le dibujó una sonrisa de satisfacción que Steven, por alguna razón, contempló con cierto temor.


Los fuegos artificiales que brillaron en el firmamento poco antes de las once de la noche maravillaron a los invitados. Sabían que asistían a una fiesta de los Edmond, pero eso tenía todo el toque de algún pariente político. Eso lo comprobaron cuando un tablero luminoso se encendió bajo las luces multicolores mostrando una única frase: ¡Felicidades, Roland, vas a ser papá!

Los aplausos y exclamaciones de alegría no se hicieron esperar. El primogénito de los Edmond estaba por tener a su propio primogénito, ¡era un motivo para celebrar! El rubio, por cierto, apenas se estaba recuperando de la impresión cuando los primeros abrazos lo estrujaron y apenas atinó a reaccionar moviendo los azules ojos en todas direcciones, buscando a la dueña de su corazón, artífice de sus sueños y futura madre de su hijo.

Sí, uno de los más solicitados consultores financieros de la City en el fondo era un romántico empedernido. Roland no revelaba ese rasgo a menudo; en el pasado le había traído infinidad de problemas e increíblemente sus hermanos (exceptuando a Janice) los agravaban. Halley y Lydia, siendo los más jóvenes, apenas eran conscientes del porqué hacían algo así, pero Steven era caso aparte: solía disfrutar con las posiciones de poder que se había ganado en el transcurso de los años y al descubrir en la escuela que su hermano mayor pensaba más en las frases hermosas de los libros que en pertenecer al equipo de fútbol, quiso chantajearlo.

Habría funcionado si Roland no fuera extremadamente inteligente.

Apartando esos pensamientos de su mente, siguió buscando con la mirada a su mujer, que seguramente esperaba el momento propicio para saltarle encima, rodearlo con sus tersos brazos y no le haría alguna pregunta estúpida sobre cómo le había caído la noticia, sino que empezaría a planificar lo que se requería para recibir a ese bebé con bombo y platillo. No sería hijo de Elizabeth Barnum–Edmond si no silenciara a las masas con su simple aparición.

Y finalmente, la autora de aquel estallido de dicha apareció. Tal como Roland imaginó, avanzó a paso rápido y con los brazos abiertos. La pareja no tardó en estrecharse de forma sencilla, pues aunque les fastidiara, eran imágenes públicas. Ya saltarían y reirían a carcajadas en privado.

—¿Me equivoco o eso es una girándula de Sortilegios Weasley? —le musitó Janice a su novio, cuando la mayoría de los fuegos artificiales se habían borrado del firmamento.

Señalaba una figura en tonos rosas y amarillos, compuesta por millones de chispas.

—Debes reconocer que es una maravilla. Los muggles nunca creerían que eso sea mágico.

—¿No tendremos problemas con el Ministerio?

—Ninguno. Frida nos contó que unos magos usaron Magifuegos Salvajes Weasley cerca del Hudson y los muggles creyeron que eran locos celebrando la independencia antes de tiempo.

Al escuchar eso, la chica dejó escapar una risa baja y sincera.

Y habría seguido riendo de no ser por las detonaciones.

Iniciaron como fantasmas de los cohetes de fantasía, pero estos llevaban cerca de cinco minutos extintos. Después, fueron subiendo de intensidad hasta alcanzar un volumen que sorprendía con facilidad a quienes estuvieran cerca de su origen. Fue así como un par de señoras cincuentonas de peinados altos y rostros sobrecargados de maquillaje, dieron la voz de alarma.

O para decirlo con precisión, cayeron al suelo e iniciaron la alarma.

Los dos hombres que seguramente sus los maridos se asustaron al verlas desvanecerse. Pero quienes estaban a su alrededor no creían que esa fuera la palabra exacta. No, las dos mujeres se habían desplomado de improviso, como si las hubieran derribado de un golpe, y eso fue lo que sintieron sus esposos en el pecho, en la mente y en la luz de su entorno cuando se acercaron y notaron algo que desentonaba cruelmente con los colores de los vestidos de ambas.

Sangre. Había sangre brotando de ellas. Una manchaba de rojo su atuendo azul por una perforación causada en su hombro derecho. La otra, que lucía un conjunto de falda y blusa color verde turquesa, se había llevado una mano a la cadera izquierda, quejándose por lo bajo.

Eso inició la alerta, sí, pero también el pánico. Mientras los caballeros en torno a las caídas intentaban conservar algo de raciocinio, las damas estallaban en llanto, en gritos o en apresurados pasos que no tardaban en convertirse en una carrera contra lo que fuera que causara semejante cosa. Iban hacia el interior de la enorme mansión de los Edmond, aún cuando no tuvieran permiso para ello, porque consideraban que no había otra opción.

Cuando la gente estuvo a punto de arrollarlos, Roland y Lizzie miraron a su alrededor.

Descubrieron el círculo de gente que, sin saberlo ellos, rodeaba a un par de personas heridas. Notaron las caras pálidas y aterradas de la mayoría de las féminas que los empujaban conforme los dejaban atrás. Sabían que algo andaba mal con echarles un vistazo a los pocos varones que, cerca de aquel curioso cerco, apretaban los labios y arrugaban el entrecejo. Y adivinaron de qué podría tratarse cuando un estallido distinto, más potente y ronco, abrumó los oídos de los presentes.

A continuación, una columna de humo se levantó muy cerca de donde todavía brillaba el letrero preparado por Lizzie. Eso acabó por poner las cartas sobre la mesa: los débiles de carácter se dejaron llevar por los nervios; en cambio, los escasos que lograron dominarse pensaban ágilmente en cómo lograr que el embrollo no cobrara demasiadas víctimas.

—¡Dejen pasar, por favor! —pedía el hombre de curiosa corbata verde que había conversado con Dean y Janice hacía unas dos horas —¡Dejen pasar, soy médico!

La última exclamación actuó como un eficaz conjuro, o eso pensó Dean, quien junto con Janice, estaban a escasos cinco metros de los curiosos que rodeaban a las dos cincuentonas. Decidido, el pelirrojo sujetó con fuerza una de las manos de su novia y siguió al hombre con quien, de forma inexplicable, sentía una grata conexión.

—Permítanme —solicitó el hombre, aflojándose el nudo de su corbata en un gesto que parecía clásico en él, incluso rutinario, en esa clase de situaciones —Hombro primero —decidió, tras echar un vistazo a ambas damas.

—¿Y mi mujer qué? —se indignó un hombre bajito y de cara redonda; no era de extrañarse que el alfiler que adornaba su pulcra corbata gris tuviera una gema verde turquesa.

—Yo me encargo —intervino Dean, no queriendo caldear los ánimos más de lo que ya estaban.

—¿Tú qué puedes saber, mocoso?

—¡Oiga! —saltó Janice inmediatamente.

Se veía muy curiosa con los brazos tensos, los puños apretados, una mueca de fastidio y los azules ojos entrecerrados con suspicacia, al tiempo que un mechón de cabello oscuro se le zafaba del peinado. Su vestido rojo ondeó un poco, debido a un débil y fresco viento con olor a lluvia.

—A ver, si no ayudan en algo aquí, váyanse —mandó ella, luego de respirar con profundidad, infundiéndose valor y autoridad —Caballeros, vigilen que no haya accidentes con las… damas asustadas —el calificativo no le parecía adecuado, pero a falta de uno mejor, lo dejó pasar —Las señoras y señoritas que puedan hacerlo, vayan con mi madre y con Lizzie para organizar todo en la mansión. ¡Y si es posible, manden a otro doctor!

Sin explicación, la multitud a su alrededor comenzó a dispersarse. Era como si de pronto estuvieran ante una versión femenina de Ryan Edmond, quien cuando se trataba de dirigir a las masas, era uno de los mejores. No sabían dónde había estudiado esa chica, pero era evidente que la habían educado bien. Además, si los rumores eran ciertos y trabajaría en el ámbito bancario, pronto tendría conocimientos igual de útiles que los de Roland.

Con el entorno más despejado, Janice dejó escapar un débil bufido y se inclinó sobre la mujer a quien Dean intentaba ayudar.

—¿Qué tal? —inquirió, directa y seca.

—Balas —fue cuanto soltó el pelirrojo, para luego mirar al médico a su lado, que atendía con manos ágiles a la otra señora —Y a juzgar por cómo cayeron, fueron disparadas a propósito en esos sitios. Los malditos querían solamente lastimarlas para llamar la atención.

—¿Qué podemos hacer?

—Sería conveniente rastrearlos y… dejarlos aturdidos.

La chica arqueó una ceja, para acto seguido asentir. Había pescado la idea al vuelo y aunque se podía meter en un montón de problemas, tampoco era para tanto, ¡por Merlín, alguien hería personas en su propia casa!

—Señora, hágame favor de respirar hondo —pidió Dean, concentrado en lo que hacía —Esto le dolerá, pero se sentirá mejor luego. ¿Me comprende?

Desde antes que la mujer asintiera de forma temblorosa y obedeciera, el muchacho se estaba quitando la corbata y la usaba para limpiar un poco la sangre, queriendo tener la herida a la vista para trabajar mejor.

—¿Cuánta gente queda? —inquirió de pronto el médico junto a la pareja.

—¿Disculpe? —se extrañó Janice.

—Sí, ¿hay muchas personas a nuestro alrededor?

—¿A qué viene…?

Dean no pudo terminar la pregunta. Para asombro propio y el de su novia, el hombre hurgó en sus bolsillos, hasta sacar algo alargado y conocido, que los hizo abrir los ojos al máximo.

—El señor presidente y su esposa no me dejaron presentarme como es debido —el hombre, con discreción, depositó en el suelo lo que había sacado y tendió la mano —Augustus Pye, sanador en jefe de la Sección W de la Edmond Company. Mucho gusto.

Janice y Dean, casi por reflejo, estrecharon la mano ofrecida, para enseguida regresar su atención a lo que hacían y permitiendo que el señor Pye usara la valiosa varita que había sacado.

Al menos en eso tenían ayuda de uno de los suyos.


Las personas que habían irrumpido no eran las más brillantes del planeta. Una serie de factores desafortunados los habían conducido a estar esa noche colándose a la propiedad de los Edmond, donde estos se divertían con amigos y demás, en vez de quedarse en casa bebiendo cerveza.

Se trataba de un grupo de manifestantes de poca monta; pensadores radicales que, como suele pasar, buscaban que la Edmond Company terminara con ciertas prácticas que consideraban poco más que aberraciones. Eran hombres que habían escuchado toda su vida las ideas extremistas de padres y parientes, convencidos de que eran verdad absoluta.

Sin embargo, delataban su falta de prudencia al hacer un acto como aquel sin más plan que llegar ante el presidente de la compañía y obligarlo a cumplir con sus demandas. Los medios de los que se habían valido, sobornos y un poco de suerte, no les durarían para siempre. Además contaban con un pequeño inconveniente que comenzó a revelarse con miradas interrogantes y un estallido de ira por parte del líder.

Ninguno de ellos sabía cómo era el objetivo.

Sin embargo, el raciocinio de aquellos individuos parecía nublado por una voluntad externa y con la ira que les provocaba el último proyecto anunciado por los Edmond. Era en aras de una mejor calidad de vida, se decía, para que ciertas personas prácticamente desahuciadas consiguieran un poco más de tiempo, una segunda oportunidad, o como quisieran llamarla.

Se hablaba, finalmente, de la clonación de órganos.

Era un tema preocupante que la gente se interesara tan poco en la donación de órganos, porque eso evitaba que se salvaran muchas vidas. La Edmond Company, que en los últimos cinco años había aplicado la clonación de modos que nadie imaginó antes, había lanzado esa declaración como un proyecto a futuro: si alguna persona así lo expresara por adelantado, al momento de morir, se tomarían muestras de sus tejidos para crear órganos sanos destinados a trasplantarse. Eso evitaba la controversia con los familiares del donador, que casi siempre se oponían a que "abrieran" a los humanos cual reses en el matadero. Pero claro, los detractores de semejante proyecto no tardaron en salir a la luz, alegando que si tan fácil era clonar un órgano, pronto se les antojaría clonar al humano entero y con fines no muy buenos.

Los empleados de la Edmond Company, con sus fundadores a la cabeza, hacían caso omiso. Para ellos ya era cotidiano lidiar con esas cosas y no les incomodaba, pues tenían la conciencia limpia. Steven era quien se quebraba la cabeza para intentar quedar bien con la prensa y el público en general, pero a cada momento reconocía su poco tacto para ello y acudía a su padre.

Así las cosas, ¿cómo era posible que los manifestantes no reconocieran a quien buscaban? No habían estado en algún rincón aislado del mundo, ni eran físicamente incapaces de ver.

Sencillo: si esa voluntad ajena que los dominaba no conocía al objetivo, ellos tampoco.

—¿Ahora qué hacemos? —indagó uno de los manifestantes.

Recién uno de sus compañeros, llevado quizá por extremo desagrado a lo que hacía la empresa de los Edmond, había echado mano de una pistola y una bomba molotov, lo cual desató el pánico tan rápido como una línea de pólvora ardiendo. La concurrencia iba de un lado a otro, sin tener la menor idea de qué hacer, pero a los manifestantes les llamó poderosamente la atención una joven de vestido rojo que impuso el orden donde se derrumbaron las mujeres heridas de bala.

La fisonomía femenina encendió un chispazo de lucidez en el dirigente del grupo y comenzó a maquinar un plan.

Al final, aquello no sería una pérdida de tiempo.


—Un poco más justo, que presione. Eso evitará que siga sangrando.

El señor Pye, aunque había sacado la varita, no había hecho uso de ningún hechizo de curación. Consciente de que heridas como esas eran llamativas de por sí, se conformó con conjurar material de primeros auxilios. Todo muggle, por supuesto.

Dean, siguiendo instrucciones al pie de la letra, fue capaz de ayudar a una de las mujeres a la usanza muggle, cosa que jamás había hecho. En cierta manera, admiraba a la gente sin magia, que en ocasiones solamente contaba con sus propias manos para solucionar problemas. Y eso que, según los magos más elitistas, ni debería tomarlos en cuenta, siendo un sangre limpia de pura cepa.

Al menos, esa era la expresión que usó Nigel una vez, burlándose de los que menospreciaban a los muggles, a los hijos de muggles y a los supuestos traidores a la sangre.

—Así está bien —apuntó el señor Pye en cuanto terminaron —Servirá hasta que vengan los paramédicos. A los cuales espero que hayan llamado.

—Ahora mismo lo averiguo —Janice se enderezó en un segundo, revolviendo el contenido de su diminuto bolso dorado y sacando de él un celular rojo de última generación.

—No sabía que se conocieran —indicó el señor Pye repentinamente, con lo cual Dean mostró su desconcierto —La señorita Edmond siempre era mencionada como estudiante en un colegio de prestigio en Escocia, pero nunca se me ocurrió pensar que se referían a Hogwarts.

—¿Ah, no?

—No. Quizá, si se lo hubiera preguntado a Ryan, me lo habría confiado. Después de todo, fue él quien se acercó a San Mungo a proponer la creación de la Sección W. Pero no se le ve mucho en la oficina últimamente. La compañía ha quedado casi por completo en manos del señor presidente.

—¿Y eso?

Repentinamente, Dean estaba muy interesado en los motivos para que Ryan Edmond no se dejara ver por su empresa. Además, que el señor Pye lo llamara por su nombre solamente indicaba una cosa: cercanía. ¿Dónde se habrían conocido ellos dos, en primer lugar?

—No estoy seguro. Aunque me temo que tenga relación con la visita ministerial que le hicieron a principios del año. Los que vinieron no tenían muy buena cara que digamos.

—¿Entonces ya habían hablado con él?

Janice, sin que los otros dos se dieran cuenta, había realizado su llamada telefónica y se colocó a su espalda, con los brazos en jarras y una actitud atemorizante. Aunque no pudo proseguir porque en eso un grupo de caballeros, enviados por Roland, se acercaron para cargar a las dos heridas a la mansión. Por lo tanto, ella y los otros dos magos fueron detrás, vigilando a su alrededor y con toda la intención de sacar las varitas en caso de ser necesario.

—Cuando llegué del colegio, mi padre y Roland pidieron hablar conmigo —aclaró de pronto Janice en un murmullo, con un mohín que no era precisamente de fastidio y actuando como si no la hubieran interrumpido antes —Preguntaron por la situación del mundo mágico, cosa que no pasa seguido y cuando quise saber la razón, me soltaron la verdadera pregunta que querían hacerme: si era cierto que se está gestando una guerra. Entonces fue mi turno de enterarme que gente del Ministerio habló con mi padre para que permitiera medidas de seguridad mágicas en la Sección W, tanto para magos como para muggles. Mi padre se opuso, por supuesto: los muggles que trabajan allí no saben del mundo mágico, se les hizo creer que sus camaradas magos estudiaron en el extranjero y que sus experimentos son poco más que raros. ¿Se imaginan su reacción si de pronto aparecen magos del Ministerio a revisarlos con una sonda de rectitud?

Al terminar la joven su perorata, Dean enarcó una ceja. Debía ser eso a lo que se referían sus padres con impedir que el Ministerio llenaran con ideas erróneas las cabezas de los muggles que cooperaban con los magos. Janice tenía suerte, ella misma era bruja y si hacía falta, les explicaría a sus parientes lo que considerara prudente. Sin embargo, aquellos muggles que carecieran de ese factor se verían seriamente influenciados por quienes ostentaban el poder en el mundo mágico.

—Esa fue la segunda visita —aclaró el señor Pye, moviendo la cabeza de arriba abajo un par de veces —Si no mal recuerdo, la hicieron en mayo. No, la primera fue en enero, a finales del mes. Y desde un principio me pareció extraña, no pidieron presencia de uno de los magos de la sección W, como suelen hacer. El señor presidente tuvo que llamarme (sin querer, claro, se lo había ordenado Ryan) para que atestiguara la reunión.

—¿Exactamente qué dijeron? —indagó Janice.

—No mucho, en realidad. Comenzaron con un resumen de la situación en Europa continental desde poco antes que el Torneo de las Tres Partes terminara con un ataque terrorista. Incluso describieron, muy de pasada, el incidente con dementores en el Londres muggle, cosa que a Ryan no le hizo gracia. Quizá porque no se enteró de todo eso por usted.

El señor Pye miró a Janice de soslayo y ella hizo una mueca que Dean fácilmente interpretó como de incomodidad mezclada con culpa. La joven acostumbraba hablar con su familia solo de lo más indispensable en cuanto al mundo mágico se refería. Eso él lo sabía desde hacía tiempo. Pero ahora ella se notaba con ganas de arrepentirse por callarse lo del torneo.

—Se lo digo no como reclamo, señorita Edmond, sino para que mantenga los ojos abiertos. Uno de los tipos del Ministerio hizo maliciosas insinuaciones acerca de la ignorancia de Ryan de esos asuntos, pese a tener una hija bruja. Eso me hace suponer que, a sabiendas de que usted podría informarles de todo cuando volviera a casa, se tomaron la molestia de ir en persona.

—Entonces, ¿usted cree que lo hicieron… con algún propósito oculto?

Dean había titubeado al decir eso, más que nada porque no sabía qué tanto podía confiarse en el señor Pye. Para su alivio, el sanador lo entendió casi enseguida.

—No me sorprendería que quisieran tener de su parte a Ryan, si a eso se refiere. Pese a que nada más es el director ahora, tiene la mayoría de las acciones de la compañía, y representa a su esposa e hijos menores en las reuniones de consejo. Y quitando al señor presidente y su esposa, el resto de los accionistas suele coincidir con Ryan en cuanto a opiniones.

Visto así, el padre de Janice parecía controlar la totalidad de su compañía sin necesidad del puesto que ahora manejaba su segundo hijo.

—¿Cree que haya alguien en el Ministerio particularmente interesado en los proyectos de la compañía? —inquirió Dean con voz cauta, pero a la vez firme.

El señor Pye dio un pequeño respingo al oír eso, tomándose su tiempo para contestar. Cuando dio señal de tener algo que decir, estaban ya en la entrada de la mansión y con un ademán, prefirió dejar la plática para otro momento.

Los otros dos no tuvieron más remedio que aceptarlo. Además, a juzgar por el desorden que armaban los asustados invitados, había mucho qué hacer.

Cosa que olvidaron cuando un apagón dejó a oscuras no solamente el enorme recibidor, sino la mansión entera. Eso, por lógica, provocó más pavor del ya existente.

Dean no perdió tiempo. Posó una mano en el hombro de la persona a su izquierda, sintiendo de inmediato el broche en forma de flor de Janice y captando un susurro de ella.

—Estoy bien.

—No hay que separarse —indicó el pelirrojo enseguida.

—Eso ya lo sé.

—¿Me permite un momento a la señorita?

Janice sintió algo duro golpeando su espalda.

—¿Qué diablos…?

La muchacha quiso volverse, pero una mano en la nuca se lo impidió.

—Vamos, señorita, venga sin oponer resistencia. Necesitamos de sus servicios.

La voz, masculina y con un extraño tono divertido, hizo que Dean sintiera miedo por primera vez desde que todo aquello había comenzado.

—Si obedezco, ¿dejará al resto de los invitados en paz? —quiso saber la joven.

—A los invitados, sí. A su familia… Eso está por verse.

La mano de Dean seguía sobre el hombro de su novia, por lo que la sintió temblar, aunque no sabía si de angustia o furia. Janice era sumamente protectora con sus parientes, por mucho que tres de sus hermanos la dejaran de lado.

—Andando, señorita. Queremos charlar con su padre y usted será nuestro pase para ello.

Sin quedarle remedio, Janice comenzó a avanzar, por lo que Dean tuvo que retirar su mano. Sin embargo, no llegaron muy lejos, ya que el pelirrojo sacó la varita y lanzó un hechizo aturdidor de forma no verbal a donde calculaba que estaba la espalda del tipo.

El subsecuente sonido de alguien cayendo y una exclamación ahogada de Janice le dijeron que había dado en el blanco. A tientas, caminó hacia el frente.

—¿Estás bien? —preguntó, esperando de ella una respuesta que lo guiara en la oscuridad.

—Sí, claro.

En ese momento regresó la energía eléctrica y los presentes respiraron tranquilos, aunque fuera un poco. Distraídamente, la pareja miró al hombre desmayado, cuya cara no les era familiar, y distinguieron el uniforme de guardia de seguridad muggle con el que se había disfrazado para colarse a la casa. De igual forma, hallaron un par de objetos a su lado, considerando mejor recoger uno de ellos antes que lo notaran los verdaderos guardias de seguridad que llegaban en ese instante, acompañados por la policía y los paramédicos.

Los Edmond no tardaron en reagruparse: Jessica le daba el brazo a Ryan con toda confianza, Janice caminaba con la cabeza en alto sin dejar que Dean se apartara más de un paso, Roland aferraba la mano de Lizzie y Steven trataba que Crystal soltara una manga de su saco. Lydia y Halley, uno a cada lado de sus padres, tenían una expresión de susto, pero estaban ilesos.

A petición de Ryan, los invitados se acomodaron donde pudieron y permitieron que la policía los interrogara, a la vez que los paramédicos recogían a las lesionadas y escuchaban atentamente lo que el señor Pye les decía respecto a su condición actual.

Iba a ser una noche bastante larga.


20 de julio de 2020.

Londres, Inglaterra.

Departamento de Accidentes y Catástrofes en el Mundo de la Magia, Ministerio de Magia.

Había dos tipos de miradas ese lunes en el Ministerio, desde temprana hora, que comenzaron en el Atrio y concluyeron en el Departamento de Accidentes y Catástrofes en el Mundo de la Magia.

Unas venían de magos incrédulos y otras, de muggles extasiados.

Era en extremo raro que se le permitiera a la gente no mágica pisar sitios como el Ministerio de Magia. Sin embargo, aquel era un caso especial y de suma importancia, por lo que los mencionados muggles, aparte de ser acompañados por amigos y familiares magos, eran custodiados por algunos miembros del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales.

Todo el conjunto, por cierto, apenas cupo en uno de los ascensores.

—Tercera planta, Departamento de Accidentes y Catástrofes en el Mundo de la Magia, que incluye el Equipo de Reversión de Accidentes Mágicos, el Cuartel General de Desmemorizadores y el Comité de Excusas para los Muggles.

—¿Acaso nos tienen que dar excusas de algo? —preguntó al bajar del ascensor uno de los muggles visitantes, de elegante traje azul marino con rayas grises, camisa celeste y corbata gris plata. Sus ojos azules deambulaban de los magos a su alrededor hacia los aviones de papel que, como gigantescas polillas, revoloteaban por encima de sus cabezas.

—Si hay un incidente mágico que repercuta gravemente el mundo muggle, sí, debemos darles excusas —contestó amablemente un joven pelirrojo vestido con una túnica azul cobalto.

—A mí me sorprendió lo del kelpie del lago Ness cuando me enteré —soltó, jocosa, una joven de cabello oscuro, ojos azules y túnica rojo cereza —Sí que llama la atención.

—¿Qué es un kelpie? —quiso saber una mujer castaña muy guapa, ataviada con un vestido color salmón y zapatos de tacón que la hacían ver más alta de lo que ya era. Sus brillantes ojos azul turquesa no dejaban de moverse en todas direcciones.

—Ah… una criatura mágica —respondió el pelirrojo con sequedad, pues había captado ciertas miradas desdeñosas dirigidas a los muggles que escoltaba —¿A dónde vamos exactamente?

Se dirigió al mago más cercano a él, un hombre fornido de gran estatura, espalda ancha, cabello oscuro cortado casi a rape y una túnica azul marino de aspecto caro.

—Tienen una reunión con alguien de la sección de Investigaciones Conjuntas, estando presente nuestro enlace con el Departamento de Seguridad Mágica —contestó el mago con voz grave e impaciente —¿Y podrías no responder las preguntas de esos muggles con tanta calma?

Al pelirrojo le desagradó el tono de la petición, pero se animó a sonreír de medio lado cuando un hombre de cabello entrecano y túnica azul pintada con diminutas estrellas verde limón, señaló.

—Aunque el joven o yo no habláramos, los muggles vienen con una pariente bruja. Y ella está autorizada a contestarles.

El mago arrugó el ceño y meneó la cabeza, mascullando algo sobre los viejos entrometidos.

Pasaron de largo varios cubículos, estantes e incluso una pared tapizada con un mapa a gran escala de Reino Unido adornado por alfileres de brillantes cabezas multicolores. Todo eso antes que alguien pronunciara un saludo con voz alegre, dando a entender que conocía a algunos de los magos que conformaban ese conjunto tan singular.

—¡Eh, Dean, Janice! ¿Cómo han estado?

La frase, dicha por un muchacho de cabello rubio oscuro, delgado y aparente timidez, alegró mucho a los mencionados, quienes enseguida se acercaron a él. Los muggles y los del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales los siguieron a paso lento, confundidos.

—No sabíamos que habías pedido empleo en esta planta —apuntó Dean Longbotom tras darle al rubio un apretón de manos —¿Cómo has estado, Stuart?

—Bien, no he tenido mucho qué hacer —Stuart Tracy, alisándose una manga de su túnica color verde musgo, torció ligeramente la boca al vislumbrar al conjunto de muggles y magos que esperaban más allá —¿No me digan que son los que vienen por el incidente de La Isla?

—Precisamente —confirmó Janice Edmond con semblante serio —Pasó en mi casa.

—¡Diablos! —se lamentó Stuart por lo bajo, dando una involuntaria sacudida a la varita que en su diestra, con lo cual los rollos de pergamino que levitaban a un lado suyo también vibraron — Me acordaba de que eras hija de muggles, Janice, pero no pensé que cuando mencionaron a esos Edmond en El Profeta, se referían a tu familia. ¿Ya les dijeron a dónde tienen qué ir?

Cuando Dean contestó esa pregunta, Stuart abrió los ojos al máximo.

—¿Estás de broma? —espetó el rubio —¿Van con Fonteyn?

—¿Quién es Fonteyn? —inquirió Janice, curiosa por la reacción de su ex–compañero.

—Nuestro enlace con el Departamento de Seguridad Mágica, acaban de asignarlo. Es un auror, para ser exacto. No habla mucho y agréguenle a eso su mal carácter… —Stuart contuvo a duras penas una mueca —Como no lo he visto, puedo llevarlos con el señor Thomas mientras tanto. Ahora está libre y siendo el padre de Nigel, estará encantado de verlos.

A la mención del padre de su mejor amigo, la pareja de jóvenes magos soltó el aire que habían estado reteniendo. Si su entrevista iba a ser con él, no pasarían un mal rato.

—¿Seguimos o qué? —inquirió de mala gana el mago alto de costosa túnica azul marino.

—Sí, ya, señor Calloway, entendimos —asintió Stuart, agitando la varita mientras les apuntaba a los rollos de pergamino flotantes, que enseguida comenzaron a ir hacia su izquierda —Puedo guiarlos yo, si le parece. Tengo que ver al señor Thomas.

El mago dio una seca cabezada y a una seña suya, sus colegas y él volvieron sobre sus pasos, seguramente para abordar un ascensor que los llevara a su sitio, en la segunda planta.

—Qué detalle, ¿no? —se burló Stuart con libertad, caminando delante de sus amigos —Como se habrán dado cuenta, el señor Calloway es de los que creen que magos y muggles no debemos mezclarnos. Aunque en esta planta son pocos los que comparten la opinión —se aclaró la garganta y miró por encima de su hombro a los muggles, dedicándoles una sonrisa amistosa —Mucho gusto, por cierto. Soy Stuart Tracy, fui con Janice y Dean al colegio. Ahora trabajo aquí, como aprendiz en la Oficina de Desinformación.

—¿La qué? —espetó un hombre de cabello oscuro y ojos castaños, cuyo traje color gris oscuro parecía combinar con su expresión de fastidio.

—Supongo que se enterarán pronto, si es que el señor Thomas considera oportuno avisarle a los desmemorizadores. Mientras tanto… Aquí estamos.

Llegaron ante la entrada de otro cubículo, un poco más amplio que los circundantes. Una placa dorada a la derecha de la entrada anunciaba en letras negras Dean Thomas. Comité de Excusas para los Muggles, sección de Investigaciones Conjuntas.

—Buenos días, señor Thomas, ¿le llegaron los pergaminos? —Stuart, que se había adelantado al grupo, tocó dos veces bajo la placa dorada antes de asomar la cabeza al interior del cubículo.

—Sí, muchas gracias, Stuart. ¿Puedes decirle a ese hijo mío que se dé prisa con mi encargo?

—Claro, claro, lo vi conversando con el señor Peasegood, ahora se lo mando. Por cierto, llegaron los del incidente de La Isla.

—Hazlos pasar, y en cuanto veas a Fonteyn en la planta, avísale que venga.

Stuart asintió, se quitó de la entrada del cubículo y les hizo señas a los otros para que entraran.

—Buenos días, señor Thomas —saludó Dean con una ligera sonrisa.

El aludido, sentado a un escritorio de madera pulida y rodeado de pergaminos (incluyendo los rollos que Stuart le había llevado), alzó la vista de lo que leía antes de sonreír.

—¡Dean, un gusto verte! ¿Cómo están Ginny y Neville?

—Mi madre está bien, aunque a mi padre debe verlo por aquí seguido, ¿no?

—No tanto como quisiera, su departamento ahora mismo está saturado de trabajo. ¿Así que estás involucrado con el incidente de La Isla?

—Mi novia es una Edmond, señor. Me invitó a pasar una temporada en su casa y por eso estaba allí. Aquí los tiene: Janice, su padre Ryan, sus hermanos Roland y Steve y su cuñada, Elizabeth, esposa de Roland. Además, nos acompaña el señor Augustus Pye, de la Sección W.

Conforme los nombraba, el pelirrojo los señalaba con un gesto de mano y el señor Thomas les tendió la mano a todos, encontrándose con una mueca de parte de Steve, pero aparte de eso, la cordialidad flotaba en el aire. No tardaron en sentarse; por suerte había suficientes sillas.

—¿Está al día sobre lo que hacemos en esta parte del Ministerio, señor Edmond?

El señor Thomas miraba directamente al padre de Janice, ocasionando una mueca en Steven.

—Augustus, mi hija y su novio me explicaron algunas generalidades. ¿Aquí se encargan de… solucionar problemas mágicos graves que ocurran… en nuestro mundo?

Al decir lo último, el señor Edmond se había señalado con el pulgar. El señor Thomas asintió.

—Más o menos es la idea —corroboró, ampliando un poco más la explicación —Hay ocasiones en que los incidentes mágicos alcanzan tal magnitud que los muggles (la gente no mágica) se percata de ello e incluso sale perjudicada. Así pues, nuestro departamento cuenta con los recursos para arreglarlo todo y que los muggles no descubran exactamente qué ocurrió. Por ejemplo, la Oficina de Desinformación contacta al Primer Ministro muggle cuando ocurre algo de verdad grave y juntos buscan una explicación que dar a los ciudadanos no mágicos. Como lo del kelpie del lago Ness que no deja de convertirse en serpiente marina para llamar la atención o las esporádicas apariciones del yeti en los Himalaya que asusta a los alpinistas.

Las caras de asombro de los Edmond sin magia eran dignas de una fotografía. Sobre todo la de Steven, quien además mostraba cierta repulsión de forma curiosa.

—Aunque claro, no todo se relaciona con criaturas mágicas. Ha habido cosas peores, como lo que ustedes seguramente conocieron como accidentes graves y en realidad, eran cosa de Quien–Ustedes–Saben, sus seguidores y las dos guerras.

—¿De quién? —se atrevió a indagar Lizzie, arqueando una ceja como hacía para las pasarelas.

—¡Oh, vamos! —Janice hizo un mohín antes de volverse hacia su cuñada —El mago que ocasionó las dos guerras (entre otras cosas) se hacía llamar Lord Voldemort. Casi nadie decía ese nombre, lo cual me parece ridículo. Aunque en la segunda guerra, el nombre era tabú, así que…

—Gracias por las aclaraciones, señorita Edmond —interrumpió el señor Thomas, nervioso por la mirada de incredulidad que Dean le dirigía —La costumbre me hizo llamarlo así, lo admito. Aquellos fueron tiempos oscuros y alguien como usted la habría pasado realmente mal.

La joven creyó saber a qué se refería. Era hija de muggles, lo que ciertos elitistas considerarían una sangre sucia. Si no, que le preguntaran a Fisher, recordó con sarcasmo.

—Pero no estamos aquí para hacer un repaso de la historia del mundo mágico —señaló el señor Thomas, despejando un poco su escritorio para enseguida, sacar algunos pergaminos —Necesito una relación pormenorizada de lo que se está haciendo en la Sección W de la Edmond Company, y no lo exijo yo —aclaró, ya que Ryan y sus hijos varones habían saltado en sus asientos, prontos a protestar —El Ministro McGill le pidió los datos al director de nuestro departamento.

—¿Y para qué quiere eso el ministro? —el señor Pye frunció el ceño, hablando por primera vez.

—Buena pregunta. Y siendo sincero, no estoy seguro de que deba conocer esa información. Es un McGill, por Merlín, ¡a saber qué se le ocurrirá hacer!

—Le recuerdo que Geoffrey McGill estuvo con nosotros en Gryffindor —soltó Janice sin miramientos —Y ahora estudia en la Triple A. No es que se parezca mucho a sus parientes.

—Es verdad —coincidió el señor Thomas, preparando una pluma encarnada y dorada, de aspecto suave, sobre un pergamino desplegado en su mesa. Lizzie esbozó una sonrisa maravillada al ver que la pluma se balanceaba sobre su punta en cuanto su dueño la soltó —De momento, hagamos esa relación y ya veremos cómo proceder.

—Buenos días —la voz que pronunció aquello desde la puerta, grave y directa, pertenecía a un hombre de cabello castaño oscuro y ojos verdes inusitadamente tristes. Su túnica, de un color arena inmaculado, le daba un aire sereno difícil de ignorar —Byron Fonteyn, auror y enlace del Departamento de Seguridad Mágica con el de Accidentes y Catástrofes —se presentó de un tirón, repasando con la mirada a los presentes y deteniéndose brevemente en Dean —¿Un Weasley? —inquirió, arqueando una ceja con semblante aparentemente confundido.

—Dean Longbottom —decidió corregir el muchacho, poniéndose de pie y tendiendo la diestra.

El auror Fonteyn aceptó el gesto, asintiendo con la cabeza para dar a entender que había comprendido. Acto seguido, sacó la varita e hizo aparecer una silla de madera pulida, causando una exclamación ahogada de Lizzie y un sobresalto en Steven.

—Thomas, ¿ibas a transcribir los proyectos de la Sección W? —quiso saber el auror al ocupar su sitio. Cuando recibió una respuesta afirmativa, dio una cabezada —Voy a necesitar una copia. Sackville quiere que se revise cada proyecto en busca de amenazas en potencia para los magos.

—¡No estamos contra los magos! —saltó Roland tan de repente, que incluso Janice y Lizzie se extrañaron —Mi hermana es bruja, el mejor amigo de mi padre es mago, ¿por qué cree que…?

—Eso lo dijo Sackville, no yo. Mi esposa es muggle. ¿Me cree capaz…?

Fonteyn se calló, para luego carraspear un poco. A juzgar por la expresión atónita del señor Thomas, Dean y Janice supieron que Stuart había dicho la verdad: Fonteyn no solía hablar mucho y ahora, por alguna extraña razón, las palabras estaban fuera de su control.

—¿Algún problema, señor Fonteyn? —indagó el señor Thomas, intentando ser cordial.

El aludido sacudió la cabeza y entrecerró los ojos, haciéndolos ver más tristes que antes.

—Terminemos con esto, por favor —fue todo lo que pidió.

Durante la siguiente hora y media, Steven, Ryan y el señor Pye enumeraron diversas investigaciones, que daban excelentes frutos (o estaban por darlos). Dean, Janice, Roland y Lizzie se convirtieron en meros oyentes, aunque los ponía nerviosos el perfil aparentemente impasible del auror Fonteyn, quien por alguna razón, no apartaba la vista del señor Pye.

—Por ese lado, es todo —declaró el señor Thomas, haciendo a un lado el largo pergamino en el que su pluma a vuelapluma había plasmado la dichosa relación —Y ahora, pasemos a lo que trata mi departamento. Los desmemorizadores programarán una visita a sus invitados, argumentando ser policías muggles que siguen la investigación, y verán hasta qué punto deben intervenir.

—¿Qué es un… desmemorizador? —inquirió Roland, arqueando una ceja.

—Una persona entrenada para modificar memorias e incluso borrarlas —contestó Janice con presteza y Dean no pudo evitar sonreír, pues le recordaba a cuando la chica hacía lo mismo en Hogwarts —Es normal que los desmemorizadores sean llamados para casos así. Los muggles, no deben saber de los magos, según el Estatuto Internacional del Secreto, así que…

—¿Alguna vez pensó en ser historiadora, señorita Edmond? —la pregunta del señor Thomas, a juzgar por su tenue sonrisa, era en parte broma y en parte no.

—No, de hecho, espero mi aceptación en Gringotts. Pero comprenda, siendo hija de muggles, me interesa saber cómo es posible que los magos pasen… desapercibidos.

Una suave risa surgió de Roland y Lizzie, pero no contagió a Steven. Sorprendentemente, tampoco a Ryan Edmond, quien le dedicó una mirada cómplice al señor Pye.

—Con eso bajo control, restaría identificar al mago o bruja que realizó el Imperius sobre el señor O'Flanagan, y eso llevará tiempo. Aunque se agradecen las pruebas halladas.

Dean se removió con incomodidad en su asiento, más con la penetrante mirada del auror Fonteyn sobre él. El día anterior, entremezclados con las autoridades muggles, unos magos del Ministerio se apersonaron para indagar sobre el uso de maldiciones imperdonables y peor aún, en territorio muggle. Janice, con su aplomo característico, se encargó de atenderlos y entregarles lo que ella y Dean hallaron junto al tipo que la amenazó por la espalda: una varita mágica.

El problema era que el hombre desmayado no era el propietario. Ni siquiera era mago.

—El rastreo lo llevarán a cabo algunos aurores y es por eso que el señor Fonteyn está aquí —e señor Thomas indicó al recién nombrado con un ademán —Si las circunstancias fueran otras, bastaría con encomendar esto a la Patrulla de Seguridad Mágica, pero no podemos arriesgarnos.

El auror dio una cabezada y habló en tono profesional.

—Gracias al Registro de Magos y Varitas instituido en mil novecientos noventa y ocho, no será difícil averiguar a quién hay que atrapar. El asunto aquí es que si la varita no fue fabricada en Reino Unido, nos quedaremos sin pistas. Así pues, los desmemorizadores que visiten a sus invitados están autorizados a extraer recuerdos que nos ayuden. De todas formas, modificarán suficientes recuerdos como para que el movimiento pase desapercibido. Y una cosa más: sus varitas deben ser debidamente comprobadas.

El auror Fonteyn se dirigió al señor Pye, a Dean y a Janice, con voz un poco más lenta y que en cierta forma, pretendía ser cordial.

—Eso será todo por ahora —indicó el señor Thomas entonces, golpeando con la varita el pergamino donde había escrito y repitiendo la operación en otro limpio, se copió el escrito sobre los proyectos de la Sección W; la copia le fue entregada a Fonteyn con rapidez —Cualquier cosa que surja, lo mantendremos informado, señor Edmond —aseguró, haciendo una leve mueca al preguntar —¿O prefiere que contactemos de manera mágica a su hija?

—Pero si Janice no tiene ni idea de los asuntos de la compañía —desdeñó Steven.

Roland y Lizzie le dedicaron miradas asesinas.

—Se lo agradezco, señor Thomas, pero mi representante en el mundo mágico es Augustus.

El señor Pye hizo una inclinación de cabeza ante la mención de su nombre. En tanto el señor Thomas arqueaba una ceja, optando por aceptar aquello, el auror Fonteyn entornó los ojos en una expresión que se veía un poco lúgubre.

—En ese caso, si lo requerimos otra vez por aquí, se lo haremos saber por ese conducto. El señor Fonteyn los escoltará hasta el Atrio. Que pasen un buen día.

Todos se levantaron y se permitió ir por delante al auror Fonteyn, antes que los hombres se pusieran en marcha. Llegando a los ascensores, Stuart Tracy pasaba por allí, seguido de un moreno de cabello castaño que, a juzgar por la expresión de su rostro, no pasaba por un buen momento.

—¿Qué, ya se van? —Stuart sonrió a medias, intimidado por la presencia de Fonteyn.

—Fue menos fastidioso de lo que creímos —ante tales palabras de Janice, Steven soltó un bufido, pero la joven lo ignoró —¡Eh, Nigel! ¿Cómo has estado?

—¿Perdón? —el moreno de cabello castaño dio un respingo, desviando la vista de donde la tenía para fijarla en el grupo que esperaba un ascensor —¡Janice, amiga mía! ¿Estás bien? Cuando leí en El Profeta lo de La Isla, nos preocupamos.

—¿Nos? —intervino Dean, sin poder evitar la broma a costa de su mejor amigo —¿Acaso Mara te tiene demasiado ocupado con la boda?

—Si quieres conservar tu roja cabellera, te calmarás, amigo —advirtió Nigel Thomas de un humor demasiado malo para ser normal —¡Casarse es la muerte! Pero no porque no quiera hacerlo —aclaró, ante las miradas desconcertadas de sus amigos —No, no… Ya les contaré cuando tengan una tarde libre. O mejor aún, en la fiesta. La invitación no debe tardar en llegarles.

—¿Apenas las enviaste? —inquirió una Janice incrédula.

—Oye, con todo lo que tuvimos que arreglar en menos de un mes, agradece que hayamos hecho invitaciones —definitivamente había algo que tenía de mal humor a Nigel y estaba relacionado con su futuro matrimonio. Aunque Dean, que lo conocía de toda la vida, no podía imaginar qué podría ser —Ahora me disculparán, pero que tu padre sea uno de los jefes no es nada conveniente. Debo entregarle unos pergaminos referentes a un incidente en Elephant and Castle.

Y sin más, se marchó, dejando al pelirrojo y su novia sumamente desconcertados.

—Perdónenlo, pero tiene razón, entre el trabajo y la boda no ha sido su mejor día —explicó Stuart en breve, antes de retirarse también, aunque con mejor ánimo.

—Esto merece una visita a Mara —sentenció Janice al poco rato, ya en el Atrio.

Dean asintió, estando totalmente de acuerdo.

Aunque se sobresaltó levemente al sentir que algo caía en uno de sus bolsillos. No revisó qué era hasta estar fuera del Ministerio, tras separarse de los Edmond en una de las calles muggles cercanas a la entrada de visitantes.

Era un pequeño paquete rectangular envuelto en papel amarillo, como si un muggle lo hubiera preparado para llevarlo a una de sus oficinas de correo. Lo poco escrito en una de las caras no tenía aspecto de haber sido redactado con pluma y tinta, sino con uno de esos… ¿bolígrafos?

Salón General de la Orden del Fénix.

Material Clasificado y Petición Oficial.

B. Fonteyn y señora.

Mientras esperaba la aceptación al empleo elegido y averiguaba qué pasaba con su mejor amigo, Dean Longbottom se pondría a trabajar en algo igual de importante.


13 de Junio de 2011. 0:11 A.M. (Hora de Aguascalientes, Ags.)

Ah… No sé ni por dónde comenzar. No quiero disculparme por la tardanza. ¡Eh, no me miren así! (Bell va a refugiarse a un rincón). Nunca prometí fecha de actualización, y el recibir ciertos comentarios apurándome no ayudan (a ciertos lectores deben estar remordiéndoles la conciencia). Supongo que ya se lo imaginan: trabajo, mi casa, más trabajo y más cosas de mi casa. Eso es lo que me ha mantenido al margen de escribir. Y lo confieso, soy la primera en extrañarlo.

Más con semejante capi que me ha salido. Admítanlo, es raro. Aunque mostré lo que quería: a los Edmond y el evento en La Isla (así llaman los británicos a la isla de Wight de forma cotidiana). Dean conoció a la familia de su novia, se ha llevado de maravilla con casi todos, ha ayudado a que Lizzie anuncie su embarazo por todo lo alto… Y por supuesto, conoció al que podría ser su jefe (si Steven no mete su cuchara). Deben recordar la mención de Pye en el quinto libro de la saga original, por lo que el personaje no es mío. Nada más me ando inventando todo lo que acaban de leer y que es un conocido de Ryan Edmond desde hace un montonal de tiempo. Pero esa anécdota quizá la saque luego. Quizá.

Y claro, he ahondado en un departamento del Ministerio de Magia que no salía a menudo. Corregí unas cosas sobre la marcha, haciendo labor de documentación (ya saben, yo y mis lecturas), pero finalmente logré hacer la escena que quería (más o menos). Y he sacado a Fonteyn, el padre de Bridget. No pensaba hacerlo, pero la idea surgió y me pareció adecuada para agregar algunas cosillas secundarias que serán interesantes. Aunque claro, deben estarme odiando por meter más asuntos pendientes y no resolver los previos. Pero no se preocupen, que espero no hacerlo más.

Para finalizar, he de decir que quiero a mi Ermitaño, y lo quiero ¡ya! Así que revisando mis anotaciones… a mis propios candidatos… Momento, ¡ni siquiera las tengo a la mano! (Bell corre despavorida por todos los rincones, buscando sus hojas con notas de la Saga HHP). Bueno, ya la encontré. Por decisión unilateral (vamos, que lo elijo yo porque no me llegó ninguna propuesta), nuestro Arcano de El Ermitaño será… ¡Walter Poe! ¿Qué tal? Ya me dirán si acerté con este personaje o no. Así tenemos uno más en la lista y pasamos a la elección del que sigue, ¡La Rueda de la Fortuna! Sí, un Arcano que seguramente será más fácil elegirle personaje, o no sé, quizá no. Ya me lo dirán en sus propuestas.

Cuídense mucho, hidrátense y/o abríguense (dependiendo del hemisferio donde vivan), ¡feliz cumpleaños para Hally, para Danielle, para Itzi y para mí! Y nos leemos lo más pronto que pueda.