Advertencia: el capitulo puede contener referencias a hechos violentos.
Para Emma entrar a un colegio nuevo era como un laberinto a resolver. Se sentía perdida. No solo porque no sabía donde estaban las cosas, sino porque no conocía a nadie. Le llevó unos cuantos minutos encontrar el casillero que le habían asignado y otros cuantos poder abrirlo. Lo que más le costó fue encontrar el aula. Como era de esperar, llegó tarde. La profesora le dio un largo discurso sobre su llegada tarde, hasta que se dio cuenta que ella era una alumna nueva. La hizo presentarse frente a toda la clase, a lo cual Emma solo pudo decir su nombre. Odiaba las presentaciones y odiaba las preguntas personales. Por suerte la profesora se conformó con eso y la dejo ir a sentarse a un lugar libre. Pero como castigo por haber llegado tarde, la hizo ser su asistente durante toda la clase. Le hizo borrar el pizarrón más de una vez y leer en voz alta. Emma se sentía nerviosa, expuesta y estresada, así que cuando esa clase terminó se sintió aliviada.
El recreo lo dedicó a buscar el aula de su siguiente clase, para esa vez no llegar tarde. No iba a poder a aguantar otra clase como asistente. Emma aprovechó que el aula estaba vacía y eligió sentarse en un banco al fondo contra la ventana. Se dedicó a escuchar música, mientras el aula se llenaba de alumnos, hasta que llegó la profesora. Belle, la profesora de literatura, tomó lista y se puso a conversar con la clase sobre el libro "El alcalde de Casterbridge". Emma no tenía energías para escuchar sobre ese libro que ya había leído, estaba teniendo un mal día, así que se enfocó en mirar hacia fuera por la ventana y a escribir frases de canciones en su cuaderno.
- Emma. – Dijo Belle en un tono insistente, era la tercera vez que nombraba a Emma para llamar su atención.
- ¿Si? – Preguntó Emma, finalmente reaccionando.
- Sé que sos nueva y probablemente no leíste el libro, pero ¿Podrías prestar más atención a la clase por favor? – Pidió Belle en un tono muy calmo y amable.
- Si leí el libro. – Respondió Emma sorprendiéndose a ella misma. ¿Por qué había dicho eso? Ahora todos iban a pensar en ella como la rara chica nueva que le gusta leer.
- ¿Lo leíste? ¿Podes contar tu opinión a la clase? – Preguntó Belle mirándola atentamente, como si quisiera comprobar si Emma estaba diciendo la verdad.
- Mi parte favorita es la descripción de la ciudad, narrada desde el punto de vista de una abeja que viaja de un lado a otro de ella. Es muy visual. Creo que lo que intenta de hacer Hardy (el autor) es alinear su punto de vista, no como un Dios que todo lo ve, sino como un insecto. Un insecto que es la criatura más pequeña y humilde de la naturaleza. Lo cual, me parece, es bastante romántico. – Contestó Emma con sinceridad, era como si las palabras abrían escapado libremente de su boca antes que pueda pensarlas o detenerlas.
- Es una opinión muy crítica y correcta. Se nota que no solo has leído, sino que has pensado y sacado tus conclusiones. – Aceptó Belle mirándola con una pequeña sonrisa y halagándola.
Emma, sin embargo, no se sentía halagada. Lo único que sentía era la palabra "rara" resonar en sus oídos.
Al llegar la hora del almuerzo Emma tuvo que hacer un gran esfuerzo para no irse a encerrar al baño. Los comedores escolares eran como grandes campos de batalla, esa es la forma en que a ella le gustaba pensar sobre ellos. Cada grupo de personas tenía su mesa y estaba todo tan estereotipado, que la hacía sentir enferma.
Pero no, no podía encerrarme en el baño. Ya había pasado por eso, y se había prometido a mi misma que no iba a volver a dejar que pase. Así que agarró una bandeja, se sirvió una porción de comida, y se sentó en una mesa de afuera que estaba vacía. Se dejo los auriculares puestos para no escuchar los murmullos de las personas. Si iba a escuchar algo, eso iba a ser la hermosa música que tanto amaba. Por suerte comió tranquila, nadie se acercó a molestarla. Terminó su comida, y levantó su bandeja para devolverla al mostrador. Cuando estaba por abrir la puerta del comedor, alguien la abrió antes desde adentro y chocó con ella haciendo que las cosas de su bandeja caigan al piso. Por suerte nada se rompió.
- ¿Vos? – Preguntó Killian sorprendido al verla.
- Si, yo. – Asistió ella. – Perdón, no te ví. – Se disculpó agachándose para poder juntar las cosas.
- Está bien, yo tampoco te vi. – Aseguró él ayudándola a juntar las cosas en la bandeja.
- Gracias. – Agradeció ella y de repente se sintió avergonzada al darse cuenta que varias personas los miraban.
- De nada Emma. – Dijo él dedicándole una cálida sonrisa
Sin tener más tiempo para decir nada, una pelota pasó por el medio de ellos y pegó en el vidrio de la puerta. El vidrio se rompió en muchos pedazos pequeños. Los dos chicos responsables del accidente salieron corriendo. Killian le dijo algo a Emma que ella no pudo escuchar, y también se fue.
Emma se quedo ahí, parada al lado de todos los pedazos de vidrio. La situación le generó un pequeño shock, y su cabeza decidió hacerle revivir montones de recuerdos donde los vidrios se rompieron. Sus padres adoptivos rompiendo copas o botellas por estar alcoholizados, Neal rompiendo un vaso después de enojarse con ella, las ventanillas de la casa rodante donde vivió unos meses con una familia adoptiva rotas porque alguien entró a robarles, ella rompiendo un espejo porque no podía soportar ver la realidad y no poder cambiarla. Cuando su mente decidió reaccionar, Emma se encontraba en la dirección. Archie, el director, la estaba mirando seriamente como si acabaría de darle un largo discurso.
- Yo no fui. – Dijo Emma con sinceridad.
- Entonces decime quién fue. – Propuso Archie.
- No lo sé. – Protestó Emma, porque en verdad no sabia quienes eran los chicos que habían roto los vidrios. Si lo habría sabido tampoco lo habría dicho, ser un buchón nunca era bien visto.
- Sé que vos no fuiste. Pero necesito un culpable, y vos estabas en el lugar del acto lo cual te hace quedar como la responsable. – Explicó Archie.
- Entiendo. – Aceptó Emma dando un suspiro y hundiendo las uñas en las palmas de sus manos para calmar la tensión que sentía.
- Sé que sos nueva, por eso te voy a dar un consejo. Intenta mantenerte lejos de estas situaciones y de las personas que causan problemas. – Dijo Archie observándola seriamente.
- Gracias. – Agradeció Emma, sin saber bien que decir. El consejo no le resultaba útil. Eso era algo que todos sabían, el problema era lograrlo.
Archie le informó que se tendría que quedar una hora después de clase como castigo, después la dejo retirarse. Emma estaba saliendo de la dirección, cuando de repente un cartel en la puerta llamó su atención. Lo agarró para leerlo, era un volante pidiendo voluntarios para ir a hacer compañía a personas internadas en el hospital.
- Archie, ¿Puedo hacerte una pregunta? – Dijo Emma agarrando el volante y volviéndose hacia el escritorio.
- Claro. – Asistió Archie apartando la vista de la computadora para mirarla a la cara.
- ¿Qué tengo que hacer para ser voluntaria? – Preguntó Emma alcanzándole el volante.
- Pensé que nadie nunca iba a preguntar. – Respondió con una sonrisa.
Emma había pasado varias internaciones en el hospital. Veces que estuvo enferma, veces que estuvo lastimada y su rehabilitación. Ella sabía lo aburrido y solitario que podía ser estar internado, el miedo que generaba estar solo. Ella no deseaba eso a nadie, así creyó que convertirse en voluntaria era una buena idea para contribuir a la causa. Archie le dio toda la información que necesito y luego la dejo ir a clase.
La hora que tuvo que hacer como castigo no fue nada entretenida, ni interesante. A ella y a cuatro chicos más que estaban castigados por otras razones, los hicieron sentarse en un aula en silencio a hacer su tarea. Una vez que el castigo terminó, Emma salió del colegio y respiró hondo, disfrutando de al fin sentirse libre. No sabía que hacer, necesitaba ir a un lugar donde poder estar en paz y desconectarse. Quizás podría ir por un libro a la biblioteca.
- ¿Cómo estas? – Preguntó una voz interrumpiendo sus pensamientos.
- ¿Qué haces acá? – Preguntó Emma sorprendida al encontrarse con Killian fuera de la escuela. No entendía que era lo que estaba haciendo ahí cuando el horario de clases ya había terminado hace rato.
- Me quedé a esperarte porque quería pedirte perdón. – Dijo él algo nervioso y enfocando su vista en el piso.
- ¿Por qué? – Preguntó ella confundida, no encontraba razones para que Killian tenga que pedirle perdón.
- Por lo del castigo, por no ir a decir quienes fueron los que rompieron el vidrio. – Explicó él avergonzado.
- Está bien, lo entiendo. Ellos son tus amigos y yo… - Dijo ella y se tomo una pausa para buscar lo que quería decir. – Yo solamente soy la rara chica nueva. – Agregó.
- Tendría que haber dicho la verdad, tendría que haberte salvado. – Dijo él frustrado consigo mismo y mirándola a los ojos.
- Vos no tenes que salvarme, y yo no espero que lo hagas. – Negó ella sacudiendo su cabeza de lado a lado. - Al final todos tenemos que ser nuestro propio héroe, porque cada uno esta muy ocupado tratando de salvarse a sí mismo. – Dijo ella tristemente.
Ya habían tenido oportunidades en las que habían usado la palabra salvación, y siempre había sido ella agradeciéndole a él por salvarla. Pero esto era sinceramente lo que Emma pensaba sobre la salvación. Nadie podía salvarla, ni tampoco podía pasarse la vida entera esperando que alguien la salve. La única manera de salvarse era haciéndolo ella mismo, por más aterrador y horrible que sonaba.
Emma fue a la biblioteca y sacó para leer un nuevo libro, "La ciudad de los niños perdidos". Se paseó por los alrededores del pueblo buscando el arroyo que en el colegio había escuchado que había. Una vez que lo encontró se quiso dar un chapuzón, ya que nadar siempre la calmaba. Pero el arroyo estaba seco y el agua solo le llegaba hasta la rodilla. Así que sacó el libro y se sentó en la orilla a leer, dejando que sus pies se mojen en el agua. Cuando terminó de leer el libro ya era tarde, el sol estaba poniendo en el horizonte. Llegó a su casa cuando ya era de noche, sus padres y su hermano estaban sentados alrededor de la mesa.
- ¿Se puede saber donde estabas? – Preguntó Mary Margaret poniéndose de pie y caminando hacia ella.
- Estaba en la biblioteca y perdí la noción del tiempo. – Respondió Emma, dejando de lado la parte del arroyo porque creía que eso los iba a hacer enojar más.
- Emma no podes pasar tanto tiempo lejos de casa y encima volver de noche. – Dijo David seriamente.
- ¡Estábamos muy preocupados! – Exclamó Mary Margaret. – Es peligroso que andes tanto tiempo sola, no queremos que andes tanto tiempo sola. – Advirtió.
- No soy una niña, puedo cuidarme sola, lo hice toda mi vida. – Se quejó Emma, no estaba acostumbrada a que las personas se enojen usando de motivo que se preocupaban por ella.
- Pero ahora nos tenes a nosotros, quienes estamos para cuidarte. – Le recordó David.
- Está bien si queres pasar tiempo fuera de casa, pero queremos que estés devuelta antes que sea de noche. Esas son las reglas. – Explicó Mary Margaret.
- Aparte queremos que nos avises donde estás cuando no estás acá. – Agregó David.
- ¿Les tengo que avisar? – Preguntó Emma sorprendida, nunca alguien se había interesado en controlarla de esa manera.
- Si, vienes y nos dices a donde vas. También nos podes llamar o mandar un mensaje. – Respondió David.
- No tengo celular. – Le recordó Emma.
- Ya nos encargaremos de que tengas uno. – Dijo Mary Margaret.
- ¿Algo más? – Preguntó Emma frustrada.
- ¿Qué pasó con el vidrio? – Preguntó David.
- ¿Qué vidrio? – Preguntó Emma haciéndose la desentendida.
- El que rompiste en el colegio. – Respondió David.
- Sabemos del castigo, Cora nos llamó para decirnos. – Agregó Mary Margaret.
- ¿Y ella cómo sabía? – Preguntó Emma sorprendida.
- Regina le dijo. – Contestó Mary Margaret.
- Claro, era de esperar, ella solo quiere hacerme la vida imposible. – Murmuró Emma sintiendo un gran desprecio ante esa chica.
- Emma. – La llamó David para captar su atención.
- Yo no fui. – Dijo Emma defensivamente.
- Emma sabemos que no estabas contenta con empezar las clases en un colegio nuevo, pero ¿Era necesario meterse en problemas el primer día? – Pidió saber Mary Margaret.
- ¡Yo no rompí nada! Fue un mal entendido y yo solo quedé en el medio. – Explicó Emma intentando no perder la calma, no le gustaba tener que justificarse.
- No queremos que esto se vuelva a repetir, no nos gustaría que estés todo el tiempo metiéndote en problemas. – Dijo David.
- Ahora a cenar. – Dijo Mary Margaret señalando la mesa.
- Yo… - Dijo Emma dolida de que no le crean. – No tengo hambre, ¿Puedo ir a mi habitación? – Pidió con la voz temblorosa.
Sus padres la miraron sorprendidos y Emma aprovecho la situación para irse antes de que puedan responderle. Se le estaba haciendo difícil respirar y su corazón latía cada vez más rápido. Estaba por tener un ataque de pánico y no quería que sus padres la vean, así que se encerró en su habitación lo más rápido que pudo. Cerró la puerta con fuerzas y se dejo caer en el piso, apoyando su espalda contra la puerta. Todo su cuerpo temblaba y sentía un fuerte zumbido en sus oídos. Ese era el efecto que tenían algunas situaciones en ella, como los gritos o las discusiones. Emma se sentía dolida de que sus padres no le hayan creído, ni hayan confiado en ella. No sabía porque le dolía tanto, cuando se suponía que ya estaba acostumbrada. Después de unos cuantos interminables minutos, donde se dedicó a abrazar sus piernas y balancease de lado a lado, concluyó que ya tenía fuerzas como para ponerse de pie. Se levantó del piso y se acostó en su cama, cerró los ojos y se sorprendió al sentir lágrimas cayendo de ellos. Lloró hasta quedarse dormida. En algún momento de la noche se despertó y se asombro al encontrar una bandeja con comida en su mesa de luz. ¿Esa sería la manera que tenían sus padres de pedir disculpas?
