Viviendo para Sobrevivir
Tras la muerte de sus padres y de su pequeño hermano, Kagome se cierra ante cualquier emoción o sentimiento. No se permite volver a pasar por aquel dolor jamás. No se permite que ninguna persona vuelva a destrozarle el corazón de esa forma, y dejarla abandonada a su suerte. Ella nació destinada a sobrevivir.
Disclaimer: Los personajes pertenecen a Inuyasha, el manga de Rumiko Takahasgi. La historia es enteramente mía.
Capitulo Tres
Reencuentro
Cuando terminó de contarle todas sus aventuras a la niña, esta finalmente se durmió. Se encaminó a la puerta decidida a decirle a sus amigos que pasaran a ver a su hija que ya se encontraba mucho mejor. Aunque Ai estaba dormida se les permitía quedarse con ella.
Pero cuando se dio la vuelta, se quedó en blanco.
La puerta estaba abierta de par en par. Aunque no era eso lo que la petrificó. Fue la persona que se encontraba de pie allí, frente a ella.
Esa persona que fue su primer amor en la adolescencia. Esa persona que dejó sin darle siquiera una explicación. Esa persona que creyó que había olvidado, pero que en lo más profundo de su corazón sabía que seguía amando. Esa persona que pensó que no vería nunca más. Y que ahora estaba allí.
Inuyasha Takayama.
Parecía que no había pasado el tiempo para él. Estaba un poco más alto y se notaba un poco más fuerte que hace unos seis años, pero lo demás seguía intacto.
Su cabello blanco ahora lucía atado y vestía una musculosa negra que dejaba ver sus musculosos brazos. Traía un pantalón militar junto con unas botas negras que resaltaban su altura. Y sus ojos. Esos hermosos ojos de un dorado líquido que te llegaban al alma y te derretían.
No supo cuánto tiempo se quedó allí, mirándolo. Al cabo de unos minutos él reaccionó.
– ¿Kagome?– su voz sonaba un poco nerviosa, lo que para ella no pasó desapercibido. ¿Él está nervioso?
Dejo la chaqueta, que hacía juego con su pantalón, a un lado y se aventuró a dar unos cuantos pasos más. Ella seguía sin decir nada. Estaba muda de asombro.
El agujero de su pecho rugió. Había algo que había hecho que la muerte de sus padres y de su hermano fuera dolorosamente insoportable y difícil de superar, y eso fue haberlo dejado a él. Se había ido porque creyó que él se quedaría a su lado sólo para ayudarla a superar aquel momento y luego se iría a hacer su vida. Y el pensamiento de que la volvieran a abandonar la volvía loca. Decidió que era mejor abandonar todo junto de una sola vez, antes de que todo la abandonara a ella.
– ¿Inuyasha?– preguntó con la voz quebrada. Si no se recomponía rápido rompería a llorar allí, y eso era lo último que quería.
Él le dedicó una sonrisa radiante. No se había dado cuenta de cuanto lo había extrañado hasta ese momento.
– Sango y Miroku me pidieron que viniera a ver a Ai mientras ellos iban a arreglarse un poco– le respondió este todavía con la sonrisa en su cara.
– ¡Ah, sí! Ai ya está bien. Está descansando por ahora.
Ninguno de los dos sabía cómo reaccionar. Él tenía mucho para preguntarle, principalmente por qué rayos se había ido sin ninguna explicación, y ella no quería tener que responder a sus preguntas.
Él dio un paso más, quedando así a escasos centímetros. Marrón frente a dorado.
– ¿Dónde diablos te has metido todo este tiempo?–su tono cambio de tranquilo a enojado y eso la asustó. No esperaba que la abrazara y le dijera que la había extrañado tanto como ella a él, pero tampoco se esperaba esta reacción.
Retrocedió un paso y dio con la pared. Él avanzó arrinconándola. Empezó a impacientarse al no recibir una respuesta.
– Yo… eh…– no sabía cómo explicarle porqué se había marchado. No sentía que fuera el lugar adecuado para esa conversación.
– ¿Interrumpo algo?– una voz suave los sacó de su pequeño mundo.
Allí, parada en el umbral de la puerta, se encontraba una chica que suponía tenía su edad. Se quedó casi sin aliento al notar el parecido entre ella y aquella muchacha. Su pelo era castaño, un tono más oscuro que el de ella, y le llegaba hasta la cintura. Sus ojos eran de un intenso marrón y su tez tan blanca como la nieve. Era preciosa.
– Kikyo llegaste– Inuyasha se acercó a la chica y la besó. El corazón de Kagome dio un vuelco y de pronto le dieron ganas de desaparecer de la faz de la tierra. Inuyasha se apartó un poco de la chica y la miro.
– Kagome te presento a Kikyo, mi novia. Kikyo, ella es una muy buena amiga mía, Kagome– las presentó el joven.
Kikyo se acercó a Kagome y le tendió la mano.
– Un gusto– dijo cortésmente aunque con un deje de desagrado en la voz.
– Igualmente– le respondió la enfermera estrechando su mano. – Si me disculpan necesito seguir con mi trabajo– abandonó la habitación sin dejar que ninguno de los dos respondiera.
Decidió no iba a dejar que le afectara lo que había pasado recientemente y siguió con su trabajo el resto del día.
Cuando supo que Inuyasha y su muy amigable novia dejaron el edificio, paso por la habitación de Ai para asegurarse como estaba. Se encontró allí con Sango y Miroku.
– ¡Tía Kago!– la saludó la niña alegremente. Ella no pudo más que reírse ante la expresión de sorpresa en los rostros de sus amigos.
– Deberían de ver como lucen sus caras– se burló aparentando estar decepcionada. La verdad es que había pasado la mayor parte de la tarde con la niña y ya la había adoptado como una sobrina, al igual que ella como su tía.
– Lo siento Kagome, es que sólo has pasado una tarde con ella, ¡y ya te ama!– replicó Sango entusiasmada. La idea de que su hija haya aceptado a su mejor amiga como tía le encantaba.
– ¿Quién puede resistirse a mis encantos?– bromeó pestañeando muchas veces. Sus amigos junto con su nueva sobrina se doblaron de la risa ante su expresión angelical.
– Es verdad tía, ¿quién puede?–le contestó Ai con una sonrisa. Kagome le sonrío en respuesta.
Inuyasha puede pensó tristemente. Su semblante cayó y sus amigos se dieron cuenta.
– ¿Te has cruzado con Inuyasha?– le preguntó intentando sonar desinteresada. En verdad era que a los dos le interesaba. Desde que eran adolescentes se habían dado cuenta de lo mucho que se querían Inuyasha y Kagome, y siempre habían intentado que se declararan su amor, aunque habían fallado horriblemente en eso.
– Ah, eso. Si, con él y su amorosa novia– escupió Kagome. No quería admitirlo ni que se le notara, pero aquella chica le había caído tan mal desde el momento en que él la besó. Tampoco quería admitirse a ella misma que estaba celosa. ¿Cómo puedo estar celosa de alguien que olvidé hace años? Tonta Kagome se reprendió mentalmente.
– ¿Kikyo vino aquí?– preguntó Miroku sorprendido. A la joven pareja tampoco le hacía mucha gracia aquella chica.
– Si, y sigue insistiendo en que la llame Tía– se quejó Ai. – Yo no quiero mami, así que ella no puede obligarme, ¿no?
– No cariño, no puede– Sango se sentó a su hija tratando de tranquilizarla.
– Preguntó por qué me había ido– soltó Kagome. La sala enmudeció un segundo.
– Hemos tratado de explicarle pero él no se lo tomó tan bien como nosotros– respondió rápidamente Miroku.
– ¿Y qué le dijiste?– le preguntó su amiga.
– No llegué a responderle, justo llego Kikyo– contestó. – Y la verdad no es una conversación que quiera volver a tener.
– Estoy casi segura de que no te va a dejar en paz hasta que escuche tu versión de los hechos.
– Si, pues bueno, sé muy bien como escabullirme– dijo y les guiño un ojo. Sus amigos estallaron en risas.
– Oh si, lo sabemos muy bien– le dijo su amigo y ella se unió a sus risas.
– Y cuéntenme, ¿cómo es que terminaron con esta bella criaturita?– les preguntó Kagome mientras revolvía el pelo castaño de la pequeña Ai.
– Después de que te fueras, y de buscarte como unos locos, Miroku y yo seguimos con nuestra relación. Y al cabo de un año decidimos mudarnos a Tokio– comenzó a contar Sango.
– Estaba por pedirle matrimonio a Sango cuando me sorprendió con la noticia de que estaba embarazada– comentó entre risas su marido. – Ya sabes, eso sólo hizo que se apresurara todo el tema de la boda. Cierta señorita no quería que se notara su panza.
– ¡Oye! Intenta casarte tú estando embarazado, con las hormonas a full y tu panza inflada como un globo– lo reprendió su esposa mientras Kagome y Ai rompían en risas.
– Sango se recibió de abogada y yo de arquitecto.
– ¿Y qué ha sido de ti Kagome?– preguntó Sango interesada por su amiga.
– Bueno después de que me fui a vivir a Kyoto empecé a estudiar medicina. Cuando terminé mi carrera me ofrecieron venir a trabajar aquí como enfermera, y acá estamos– hizo un gesto hacía la habitación.
– ¿Tú crees en las coincidencias?– preguntaron al unísono Sango y Miroku.
– No, yo creo en el destino– les contestó a sus amigos. Ellos la abrazaron fuertemente, abrazo al que no tardó en unirse su sobrina.
– Me alegro tanto de haberlos encontrado, y de haberte conocido a ti pequeña– le dedicó una enorme sonrisa a Ai.
– Y nosotros a ti Kago– le dijo con dulzura su amiga a la vez que depositaba un beso en su mejilla.
– Lamento interrumpir tan bella escena– retumbó una voz desde la entrada. Todos se giraron para ver a Inuyasha. – Aquí le traigo la ropa a Ai.
– ¡Tío Inu!– la niña parecía más que encantada de volver a verlo. Corrió y abrazó a su tío.
– Con cuidado pequeña, todavía no te recuperas del todo– la reprendió amorosamente. A Kagome comenzó a latirle fuertemente el corazón, como si se desatara una carrera desenfrenada en su pecho.
– Yo soy fuerte como mi tío– le sacó la lengua su sobrina.
Él la depositó en el piso y le revolvió el cabello.
– Ya lo creo– le sonrío.
– Gracias Inuyasha– le dijo Sango agarrando el bolso lleno de ropa.
– No hay de que Sango.
Los ojos dorados se cruzaron con los ojos chocolates. Él le sostuvo la mirada durante unos segundos. Ella bajo la vista levemente ruborizada. No sabía porque se sentía tonta cerca de él.
– Bueno yo ya tengo que irme, termino mi horario– comentó Kagome, más para sus amigos que para aquel hombre. Se volvió y miro a su pequeña sobrina. –Mañana vendré a ver como estas, ¿sí?– le sonrío. La niña le devolvió la sonrisa.
– Claro que si tía, te estaré esperando– le contestó dándole un beso.
– ¿Tía?– preguntó Inuyasha confundido. Nadie le prestó atención. A Kagome empezó a molestarle la actitud del chico. ¿Qué diablos le pasa? Primero me sonríe cuando me reconoce y después se comporta como un imbécil pensó.
– Bueno Miroku, Sango los veo mañana– saludó a sus amigos. Se volvió hacía el peliplateado. – Inuyasha– le dedicó un asentimiento y se fue.
– Kagome– dijo este, aunque la chica ya no se encontraba en la habitación.
Kagome caminó de vuelta a su departamento bajo la estrellada noche, repasando aquel día. No podía creer que había encontrado a sus amigos de nuevo y que tenía una sobrina nueva. Y no podía creer que se había reencontrado con Inuyasha. Pensó que nunca más volvería a verlo. También pensó que se lo había sacado del corazón, pero aparentemente se había equivocado.
¡Hoooooolaaaa! Aquí estoy nuevamente, como les prometí. Ayer llegué de mis muy merecidas vacaciones y hoy les dejo aquí este nuevo capítulo. Si te gustó déjame tu review! Gracias por los comentarios y los favoritos, gracias a ello sigo aquí escribiendo.
Es un poquito cortito este cap, pero es que hoy estoy medio falta de inspiración sumándole todo el cansancio que tengo. Les prometo que van a venir capítulos más largos!
Mademoiselle Michelle.
