La deuda de los Ojos rojos… IV

-Iros de mi casa…o también seréis uno con Rusia….

Un único pensamiento vino a la mente de los tres nórdicos: ¿Y dejar a su hermano pequeño con ese monstruo?...

Cada segundo que pasaba la situación se tensaba más y nadie sabía bien como responder. El noruego se aferró más a la mano moribunda del islandés, que parecía tan delicado y frágil. No le dejaría ahí, solo con ese monstruo, no podía permitirlo. Pero para su desagrado la mano del sueco apareció en su hombro y le apartó del islandés, para su sorpresa y para la del danés.

-Si nos vamos, antes solucionaremos el problema-ambos iban a replicar pero fueron interrumpidos por sollozos del pequeño- Islandia, no te dejaremos.

El ruso no les acompañó para nada amablemente a la puerta, más bien los estaba echando, y esto quedó demostrado cuando cerró la puerta bruscamente. Tras dejar a los nórdicos fuera de sus dominios se acercó de nuevo a esa habitación, para observar como el lituano trataba de calmar al pequeño isleño.

-Duerme…luego te vendré a visitar Islandia-sonrió y observó con satisfacción como este temblaba más aún en los brazos de su sirviente. Antes de que se lo llevaran, lo dejaría marcado, para que no se olvidase de él, para que supiese que siempre le pertenecería.

Mientras, fuera desde lugar sus hermanos discutían la manera de saldar la deuda de su hermano, llegando a la conclusión de que debían pagarla ellos, y cuanto antes, antes de que perdiese la esperanza y se rindiese ante la nación rusa. El sueco sacó su teléfono y llamó a Tino, preguntándole cuánto tiempo podrían tardar en conseguir el dinero que debía su hermano.

Lituania volvía a observar como el ruso se marchaba. Miró al pequeño que se había echado en la cama y le daba la espalda. Suspiró y se levantó para traerle algo de comida, aunque dudaba que el islandés comiese algo, pero debía intentarlo. Se dirigió a la cocina donde le pidió algo ligero a su hermano Letonia. Este no se atrevió a preguntar nada de la situación, y hacía bien, ya que no les agradaban en absoluto los actos de Iván. A continuación se dirigió de nuevo a la habitación y al entrar cerró la puerta, con una bandeja a comida.

-Te traje algo de comida-habló para que no se asustase. Nunca había visto que un nórdico, aparte del danés, expresara así sus sentimientos. Se sentó dejando la bandeja donde pudo y le ayudó a incorporarse- Yo te la daré si quieres- El lituano también sabía que no le iba a dirigir palabra, ya que de alguna manera la situación de recordaba a la de Polonia hace tiempo.

Comenzó a darle con cuidado la especie de caldo. Como aún tenía los ojos vendados intentó en todo momento que no entrase en pánico. Cuando llevaba algo más de la mitad, comprendió que si le daba más podía vomitarlo, así que apartó la comida y le ayudó a echarse.

-Duerme…mañana será un día mejor-o eso esperaba Lituania, aunque no lo creía. Se marchó en silencio mientras Islandia seguía despierto.

Para él todo permanecía oscuro. Ni siquiera pudo ver el rostro de sus hermanos cuando habían venido. Apretó los puños y se acurrucó como pudo. Hacía frío y tenía miedo, ni siquiera su pequeño compañero estaba con él, su frailecillo. Estaba escuchando muy atento si alguien se acercaba por el pasillo, pero al parecer no había nadie. Tampoco podía controlar que hora era, y eso le desesperaba, ya que los segundos se hacían eternos, pero al final cayó en un sueño profundo.

Mientras los nórdicos llegaban a la casa del raptado, observando a un Finlandia muy nervioso que les miraba esperando ver a Islandia con ellos. En ese momento Dinamarca y Suecia se miraron, y estuvieron, tras años de enfrentamientos, de acuerdo en una cosa. Ambos entraron y buscaron sus armas.

-¿Qué vais a hacer?-susurró el finlandés nervioso mientras Noruega los miraba sorprendido.

-Yo voy-dijo el noruego muy decidido.

-No-dijo el danés y su negativa fue secundada por la mirada del sueco.

-Pero…-dijo sin poderse creer que lo iban a dejar fuera-No pienso dejarlo…-miró Suecia- Dijiste que conseguiríamos el dinero, por eso nos fuimos.

-No llevamos las armas por las prisas, y no pienso dejar que lo toque más-sentenció y se dirigió a la puerta seguido del otro- Necesito que os quedéis aquí.

Y se fueron cerrando la puerta, haciendo que el noruego se sintiese impotente. Trató de llegar a la puerta, pero Tino agarró su mano y negó. Le miró a los ojos, dejando salir su ansiedad y recibió el mismo gesto por parte de su hermano. Bajó la mirada mientras deseaba que Islandia estuviese bien, que ellos llegasen lo antes posible.

Pero tardarían bastante en llegar, y el problema era que el ruso sabía que vendrían de nuevo y probablemente armados. Así que cuando el lituano salió de la habitación se metió él, observando al pequeño en vendas dormir. Lo cogió con cuidado y salió al pasillo.

Caminó en silencio mirando las vendas de los ojos, preguntándose qué pasaría si la quitaba, y anotándose para hacerlo cuando llegase. Entró en la cocina y le dijo al estoniano que se fuese, y esto lo hizo sin rechistar. Apartó bruscamente todo de la mesa, haciendo que los utensilios de esta cayesen al suelo, y a su vez que Islandia se despertase. Le colocó en la mesa notando como entraba en pánico. No pudo evitar sonreír.

-¿Ya estás despierto?-sonrió y le agarró con fuerza de los cabellos, escuchando con placer su quejido y como le clavaba las uñas- Quiero ver tus ojos…

Un escalofrío recorrió la espalda del isleño que trató con las pocas fuerzas que tenía de que le soltase. Notó como la otra mano de la nación más grande le tocaba la mejilla y cogía la venda.

-¡No!-gritó desesperado forcejando inútilmente.

-¿Temes quedarte ciego?-susurró en su oreja mientras tiraba con fuerza de la venda y conseguía arrancársela.

Islandia se quedó helado mientras la luz inundaba sus pupilas y las dañaba. Se los tapó con rapidez mientras la característica risa del ruso inundaba la estancia. El ruso le golpeó la cabeza contra la mesa y le apartaba las manos abriéndole los ojos y mirándole la mar de divertido. Islandia solo podía verle borrosamente, ni siquiera podía distinguir que era él de no ser por la voz.

-Están bastantes dañados… Si les tiró vodka de nuevo, ¿te quedarás del todo ciego? Seré lo último que verás.

Le soltó yendo a coger una botella de vodka, y cuando se volteó para ver al pequeño, le observó de pie, con la mano sangrando, ya que agarraba un cuchillo de un tamaño considerable. Sonrió mientras notaba que el otro temblaba. Se acercó lentamente.

-No me amenaces si…-sintió como el cuchillo se clavaba en su pecho y miró sorprendido al islandés.

Le había apuñalado, se había atrevido. El ruso trató de quitarse el cuchillo mientras observaba como el otro trataba de huir golpeándose y siendo torpe porque no podía ver.

-Al pareces…las ratitas muerden…-susurró amargamente el ruso.