CAPÍTULO 4 "La Apuesta"
Si algo debía reconocer al Ministerio de Seguridad Pública e Investigación Criminal era la comodidad de sus instalaciones. Aunque a los Ejecutores no se nos permitía salir del edificio a menos que contáramos con autorización o compañía de un inspector, dentro, las cosas no eran tan malas una vez que te enfocabas en los detalles positivos. Después de todo, comparado con las deprimentes celdas de prisión o del sanatorio, aquello era prácticamente un hotel de cinco estrellas.
Un mes después de mi primera - y desastrosa - intervención en la operación de rescate de aquel niño inmigrante (la cual terminó en una no muy agradable reprimenda de parte de Ginoza y en dos semana de aislamiento) se decidió que se me permitiría reincorporarme a las actividades de la Unidad 1, no sin prometer antes que cumpliría, sin excepción, las órdenes de mis superiores. Convencer a Ginoza de ello, sin embargo, no fue sencillo y para lograrlo la inspectora Tsunemori tuvo que firmar un acuerdo de responsabilidad y tutela para responder por mis acciones en caso de que volviera a cometer otra imprudencia. Aunque no había razón para que la chica abogara por mí, lo hizo bajo la creencia ciega de que – contrario a lo que todos creían – alguien como yo todavía tenía una oportunidad de llevar una vida "normal" y "digna" incluso sirviendo como Ejecutor. Tsunemori poseía una convicción en las personas que me resultaba difícil de entender, pero aun y cuando Ginoza cuestionó su inteligencia ella decidió confiar en mí.
Así fue como se decidió que tres días a la semana compartiría turno con Kagari y Masaoka y tres lo haría con Kougami y Yayoi. Ya que las unidades de investigación solo podían incluir a cuatro Ejecutores, mi incorporación a la Unidad 1 se clasificó como provisional hasta la liberación de una vacante en otra unidad, mientras tanto, mi deber no iba más allá de seguir órdenes y mantenerme alejada de cualquier problema, repitiendo la rutina infernal del día a día, hasta el infinito o hasta la locura, que en todo caso era lo mismo.
Aunque la vida como Ejecutor se me antojaba repetitiva y exhaustiva no podía negar que era la mejor opción – por no decir la única - con la que contaba en ese momento y con una resignación agridulce y con el transcurrir de los meses, me fui acostumbrando a sentirme colega y extraña entre aquellos extranjeros que me veían con desconfianza, unos, y con inesperada familiaridad, otros. Y así el tiempo empezó a escurrirse como la arena que resbala en el reloj, lento y rápido al mismo tiempo.
Los domingos por ejemplo, si nada fuera de lo común sucedía, los dedicaba a mis propios asuntos, tratando de disfrutar de las pocas y muy controladas "libertades" que se nos concedían como Ejecutores, manteniéndome apartada y fuera de problemas en cuanto me fuera posible, pero a veces aunque lo intentara con toda mi voluntad, fracasaba sin remedio y terminaba en situaciones poco placenteras para mi y para los otros, como el día en que los drones de seguridad me pillaron fumando en una de las salas de usos múltiples "smoke- free" y enviaron un reporte directo a Ginoza cuando me rehusé a seguir sus instrucciones y les dediqué algunas palabras poco elocuentes a cambio. Recuerdo que esa misma tarde tuve que escuchar una encantadora letanía acerca de cómo mi "futuro pendía de un hilo", o de mi "soberbia" y otros términos a los que dejé de prestar atención después de escasos diez minutos de lección. Al inspector no le hacía ni pizca de gracia aquella clase de incidentes, no porque se tratara de una falla grave (venga, vivíamos entre personas con pocos límites) sino porque odiaba que su nombre se relacionara con nada que no fuera honorable o perfecto; Ginoza, que tenía mi misma edad parecía envejecer a una velocidad acelerada en comparación a los propios Ejecutores que trabajan para él, esto debido a la rigidez de sus propias reglas y dilemas.
De mil formas aquel hombre malhumorado y hermético no era menos víctima del sistema que el resto de nosotros, sistema que decía defender y aceptar con total seguridad, aunque cada vez que lo veía, cada vez que otro caso se nos asignaba, cada vez que otra persona amenazaba con romper el status quo, sus ojos reflejaban miedo, cansancio y duda.
Al final de aquel incidente tuve que cubrir turnos completos durante un mes, noche y día, sin quejarme.
Mi falta de interés por incorporarme de lleno al equipo de trabajo o siquiera molestarme en hacer las cosas bien irritaba de manera especial al inspector Ginoza, pero creo que la razón por la que de verdad era yo motivo de su evidente desagrado era que, aunque deseaba con toda mi alma ser liberada de mi encarcelamiento, no demostré ni una sola vez, alguna clase de servilismo que insinuara respeto alguno por el Ministerio de Seguridad, ni por sus reglas, ni por él. Ahora que analizo la naturaleza de nuestras fricciones debo reconocer que mi actitud quizá no fue la más correcta dígase menos la más madura, pero ¿qué podía hacer?, estaba asustada y enfadada, viviendo en la incertidumbre de la libertad y la condena. Nadie pierde su libertad y se resigna a ello como si no fuera la gran cosa.
En otra ocasión fui suspendida y enviada a confinamiento porque en un arranque de cólera dañé un dron de patrullaje que quiso detenerme por estar en una zona restringida y sin supervisión; cómo odiaba aquellas máquinas. Aquel día, recuerdo, había despertado con un humor terrible y desquité toda mi rabia con lo primero que se me puso enfrente, que fue la pobre máquina que sin anuncio cayó de bruces al recibir el impacto de una patada encolerizada.
El causante de tan desafortunada reacción había sido Jacques, mi viejo amigo de la Universidad, a quien había recurrido para solicitar intervención diplomática y quien momentos antes de mi pequeña riña con el dron de seguridad, me había informado que mi petición de amnistía había sido rechazada por segunda ocasión. Jaques que era Ministro Internacional de Derechos Humano en el Bloque Europeo, se había ofrecido amablemente a ayudarme a llegar a un acuerdo con el gobierno japonés para realizar mi extradición a Francia, país del cual gozaba nacionalidad por nacimiento, pero ni siquiera él que contaba con alta influencia y reputación intachable, había podido ayudarme hasta ese momento.
Para empeorar las cosas, a Ginoza no le agradó que le explicara que era mejor patear un dron que patearlo a él y con las gafas temblando por la rabia no se contuvo al momento de gritarme frente a medio mundo en la cafetería, como si se tratase de un profesor viejo y cascarrabias reprendiendo a una adolescente mal portada. Para entonces ya me estaba acostumbrando a sus maneras, así que no dije nada más y regresé a mis labores sin pena ni gloria a la mañana siguiente.
"Oye, Nagano. ¿Podrías echarle un vistazo a este informe?", me pidió Kagari con su típica sonrisa burlona cuando entré en la oficina para cubrir el turno de día; sabía que no tardaría en preguntar detalles de lo sucedido. Luego me miró con sorpresa reclinándose peligrosamente en su silla. "Pero, ¿qué te has hecho?".
Me senté frente al escritorio y encendí el ordenador. Mi cara ojerosa se reflejó en la pantalla negra que me dio la bienvenida con caracteres neones. Por inercia o quizá por nerviosismo, me llevé la mano a la cabeza y me peiné el cabello con los dedos. La noche anterior había recurrido a Yayoi en medio de una crisis estética para que me ayudara con un nuevo corte de cabello. Ella, que a pesar de su fría actitud era una fanática de los productos para chicas, aceptó sin mayor problema; también se las ingenió para conseguir tintura de cabello. Después de una hora o algo, había logrado dar un cambio total a mi apariencia lo cual me pareció renovador y emocionante, ya que desde siempre había llevado el mismo estilo (una cabellera marrón y alborotada que siempre recogía en un moño). Así que aparecí aquella mañana con un corte por encima de los hombros acomodado torpemente detrás de las orejas, teñido de "Dark Red Apple", un color que de acuerdo a las palabras de Shion "resaltaba el tono verdoso de mis ojos".
"¿Te gusta?", pregunté sin prestar mucha atención al asunto y Kagari se cruzó de brazos, me observó un momento, inclinó la cabeza a la derecha, luego a la izquierda y por último me hizo una señal de aprobación con el pulgar que acompañó con un guiño atrevido.
"Te llegó esto", interrumpió Yayoi extendiéndome una caja con el holograma del Ministerio de Seguridad Pública en la parte de arriba, lo cual indicaba que había sido previamente revisado y clasificado como 'no peligroso'. Le agradecí intentando adivinar qué podría ser y lo dejé sobre el escritorio para revisarlo después. El penetrante olor a tabaco emergiendo desde una esquina y el rastro de un hilo blanco y vaporoso me indicó que Kougami estaba en la oficina, aunque hasta el momento no había dicho nada, lo cual me pareció extraño.
Kougami raramente hablaba de algo que no fuera el trabajo, pero cuando lo hacía fuera de esa excepción, lo hacía para lanzar comentarios que despertaran en mí algún tipo de reacción, no sé si para molestarme o divertirse, pero casi siempre funcionaba. Discerníamos en nuestra forma de ver las cosas, ya sea que habláramos de una situación común como el acomodo de nuestros horarios de servicio, la implementación de inteligencia artificial en los ejércitos del Bloque de Atlántico Norte o las posturas de Voltaire contra las de Rousseau.
Las discusiones podían tornarse tan acaloradas que la inspectora Tsunemori tenía que intervenir para que las cosas no se salieran de control. Otras veces, cuando corríamos con menos suerte, era Ginoza quien nos frenaba de tajo con un regaño fulminante y entonces debíamos aguantar su mal humor durante el resto del día, el cual se reflejaba en más gritos y papeleo de lo normal.
Su objetivo, creo, no era otra cosa sino ponerme a prueba en cada oportunidad que se le presentara y yo, que carecía de templanza y paciencia, fallaba en cada ocasión ante sus provocaciones. Con él mi orgullo siempre pendía de un delgado e inestable hilo, porque sentía que todos los días tenía que demostrar que a pesar de ser etiquetada como una "criminal" seguía siendo una persona entera y capaz. Creo que era una especie de iniciación, una forma de doblegarme completamente y obligarme a aceptar mi situación; sin embargo, hasta aquel día no lo había logrado.
Puedo decir que lo que más me molestaba de él era aquella expresión escéptica y poco impresionada que ponía cada vez que me atrevía a contradecirlo a él o a cualquier otro, cuando aseguraba con ciega convicción que estaba a punto de largarme de ahí o cuando iba más allá y vociferaba sin pena ni miedo lo mucho que desaprobaba el sistema Sybill.
Pero, a pesar de todo aquello, lo consideraba un buen sujeto, un Ejecutor notable y un brillante conversador, inteligente y perspicaz. Siempre creí que si hubiésemos vivido en otro tiempo y en otro lugar lejos de la mirada constante de Sybil y de las normas del Ministerio de Seguridad Pública, hubiésemos llegado a ser buenos amigos.
"Nagano, ¿tienes uno?", preguntó de repente. Como si lo hubiera invocado con el pensamiento. Estaba parado detrás de mí con su rostro estoico de siempre y un cigarrillo humeando en los labios. La corbata y el cabello hechos un desastre, indicaban que no había dormido en toda la noche.
Lo miré con poca gracia y me giré de nuevo hacia el monitor.
"Lo siento, me he quedado sin nada", mentí. Luego me troné los huesos tensionados del cuello tratando de enfocarme en lo mío; el reporte de Kagari apareció en la pantalla y pude ver gracias a un reflejo rápido que sus ojos todavía estaban clavados en mi nuca. Se acercó más y como si fuera un perro olfateó ruidosamente cerca de mi oreja, exagerando el acto solo para incomodarme. Me sobresalté al sentir mi espacio vital siendo invadido.
"¡Ey!", le reclamé.
"El egoísmo es malo, ¿sabes?", me acusó entre sonriendo y tono serio, y pasó la colilla de su boca al cenicero en mi escritorio.
Solté un suspiro en señal de derrota y acto seguido saqué de la campera verde olivo un paquete abierto de Gauloises.
"¿Entonces en este país también se considera un crimen no compartir los cigarrillos?", le espeté con sarcasmo y tomé uno antes de pasarle el paquete entero. Kougami lució bastante complacido con su victoria. "¿También soy una mala persona por esto?".
"Bueno, no eres una persona tan terrible. Si no fuera por tu pésimo temperamento serías bastante aceptable, creo", contribuyó Kagari sumergiendo medio brazo en un frasco de dulces como si aquello hubiese sido un cumplido.
"Gracias", respondí sin remedio y el pelirrojo me sonrió burlonamente porque sabía que de cierta forma estaba en lo correcto. "Quédatelos, tengo más en mi habitación", dije a Kougami con voz derrotada; su mirada azul y profunda soltó un destello debajo de los mechones de cabello negro que le caían en la frente.
"¿Qué, qué ocurre? ¿Necesitas algo más?", pregunté con desespero ante su insistencia silenciosa. No dijo nada, pero de nuevo pude sentir en su mirada el despertar de una sospecha inquietante. Luego tomó su abrigo, se despidió de todos y salió de la oficina; Yayoi hizo lo mismo minutos después anunciando el cumplimiento de su turno.
A la mañana siguiente desperté a primera hora. Me duché con prisa y me arreglé entre nerviosismo y entusiasmo para mi audiencia con Jacques, que ocurriría a eso de las once de la mañana. Era domingo. Como norma casi inquebrantable preparaba mis propios alimentos en la cocina de mi habitación, pero aquella mañana la inquietud me llevó hasta el comedor de la cafetería donde sin hablar con nadie me senté en un rincón discreto a desayunar café y pan tostado con mantequilla. A pesar del alimento recién ingerido sentía el estómago hecho un nudo y mis manos sudorosas anunciaban el incipiente miedo creciendo dentro de mí. Traté de ignorarlo e imaginé que si todo salía bien aquella será mi última vez en el comedor, en el Ministerio y en el país. Estaba lista para irme de ahí y nunca regresar; sin duda había tenido tiempo y experiencia suficientes con el sistema Sybil y no quería repetirlo.
Aun así me resultaba extraño pensar en cómo solo unos meses habían bastado para domesticarme, básicamente, como un preso, un soldado o un perro. Sabía que ahí no era libre, pero me hacían sentir como si lo fuera, para que al salir a la calle a jugarme la vida por aquellas personas felizmente enajenadas, sintiera dentro de mí como si estuviera haciendo algo heroico y para que olvidara, aunque sea por un momento, que no era una carnada humana.
Después del desayuno caminé un rato sin rumbo entre pasillos solitarios y tranquilos, que eran mis preferidos para deambular y meditar. Todavía faltaba una hora para mi audiencia con Jaques, así que me refugié en la terraza de una de las tantas áreas de acondicionamiento físico del edificio. Aquel era mi lugar favorito para "ocultarme", porque nadie nunca iba ahí y la vista de la ciudad era preciosa y lejana, como una pintura hiperrealista. Me quedé ahí mucho rato, hasta que el reloj anunció un cuarto para la hora y con sobresalto me di cuenta que iba a llegar tarde.
La sonrisa perfecta de Jacques Le Blanc me recibió cuando la puerta corrediza se abrió con un roce metálico y de un salto llegué hasta él donde lo abracé con fraternal y genuina alegría.
Aquel día como el resto de todos sus días, iba impecable y con una amabilidad natural que utilizó para halagarme de pies a cabeza. Jacques era un hombre joven que había nacido con el privilegio de un buen apellido, una herencia suntuosa y una cabellera rubia que peinaba hacia a un lado con perfecta simetría. Era un clásico francés que siempre vestía de negro para resaltar el color claro de sus ojos y para disimular una sobresaliente inteligencia que prefería ocultar bajo su engañoso encanto.
Eran nuestros intelectos, más que nuestras costumbres, lo que nos había permitido consolidar una amistad durante tantos años y bajo circunstancias, que como aquella misma, no eran siempre las más placenteras. Nos debíamos algunos favores pero estaba segura que si en alguien podía confiar era en él. Si alguien podía salvarme, era él, o eso me había empeñado en creer hasta ese día.
Tomamos asiento, yo en una silla y él en el sofá al otro lado de la mesa de patas torneadas que reposaba entre nosotros. Se desabotonó el abrigo para poder moverse con mayor libertad y procedió a servir el té con dedicación y elegancia.
"Permíteme hacer hincapié en lo hermosa que luces el día de hoy", dijo con su habitual y exagerada elocuencia y haciendo un movimiento con la cabeza indicó que se refería a mi cabello. "Creo que es la primera vez que te veo usando un color que no sea el natural" agregó, como haciendo memoria. "Resalta el color de tus ojos, bien por ti".
"Jacques", lo interrumpí aceptando la taza de porcelana con florecitas rosas y azules que me ofrecía con mano firme; la suavidad de mi voz pudo haber sorprendido a cualquiera de los que ahí me conocían. Fácilmente pude percibir que se sentía inquieto y ya que eso no era una reacción normal en él, fue razón suficiente para que yo también me sintiera inquieta. "¿Qué ha sucedido? ¿Has llegado a algún acuerdo con la embajada?".
Jacques pretendió no escucharme y comenzó a quejarse de la falta de azúcar en la mesa, la terrible iluminación de la habitación y del hecho de que "le parecía inaceptable y una falta gravísima a los códigos diplomáticos" que nuestra conversación no pudiera ser privada como él había solicitado. Y no era mentira, al otro lado, Tsunemori y Kougami presenciaban la escena como si se tratase de una obra de teatro. Por reglamento del Ministerio de Seguridad un Ejecutor que recibía visitas del exterior debía permanecer bajo custodia, especialmente si el visitante era un extranjero, como era el caso. Había micrófonos y cámaras por todo el lugar y en realidad aquella habitación estaba ambientada con un programa de hologramas para que luciera como una antigua sala de estar, porque a Jacques la "exagerada modernidad" de los japoneses no le agradaba mucho y prefería "el clásico estilo francés".
"Ah, casi lo olvido", dijo de pronto. "Tengo un presente para ti". Y con un movimiento airado de la mano hizo señas al dron de seguridad que custodiaba la entrada. "Dépêche-toi, dépêche-toi", lo apuró elevando la voz. Lentamente cerré los ojos y los abrí de nuevo ahogada en un profundo suspiro; comenzaba a perder la paciencia. El dron se acercó flotando con suavidad y anunció que requería una identificación para proceder con cualquier orden. Jacques volvió a maldecir en francés, luego se presentó en japonés y por último se dirigió a mí en inglés, presumiendo su alta habilidad en el dominio de idiomas; hablaba más de diez.
La parte superior del robot inteligente se abrió con un movimiento mecanizado y de su interior emergió una caja de tamaño más o menos grande. Jacques la tomó con cuidado, yo lo observé sin decir nada, luego la depositó en el centro de la mesa y con un suave gesto me indicó que podía abrirla.
"La Apuesta", dije. Sacando de la caja un librillo de pasta dura color verde olivo y letras doradas que rezaban el mencionado título en la tapa delantera y en lomo, con letras más pequeñas.
"Tu relato favorito de Chéjov", completó Jacques con entusiasmo como si la ocasión fuera mi cumpleaños y no el momento más crítico de mi vida. "Es una edición especial impresa hace 100 años y mira, está en su idioma original. Como estarás pensando no fue fácil conseguirla, pero es para ti, así que lo vale", añadió con orgullo, yo en cambio no pude sonreí cuando lo miré a los ojos.
"No podrán extraditarme, ¿cierto?", dije con voz ahogada. A Jacques se le borró todo rastro de sonrisa y la pena oscureció su rostro como una sombra.
"No", dijo finalmente y aquel monosílabo al que tanto miedo le tenía me aplastó los pulmones como un mazo, me zumbó en la cabeza y de pronto, la habitación me pareció demasiado pequeña y asfixiante, como si fuera una jaula y yo un animal salvaje recién capturado. Salté de la silla y con manos temblorosas de rabia y miedo me llevé un cigarrillo a la boca. Me sentí como en mi primera conversación con Tsunemori. Rabia y miedo, eso era lo único que fui capaz de sentir.
"Hice todo lo que pude, Dean. Lo juro", se disculpó Jaques aún sin sonrisa. Su tono apagado parecía no pertenecer a la misma persona que momentos antes se había quejado de la falta de azúcar para el té. "Tu caso va más allá de un simple malentendido diplomático", prosiguió, ya no hablando como un amigo sino como un interventor internacional y fue en ese preciso momento en el que comprendí todo. Jaques, antes que ser mi amigo, era por supuesto, un político y yo había entrado a la boca del lobo estúpida y voluntariamente para servir de ejemplo para aquellos que se oponían a la expansión del sistema Sybil en el Bloque del Atlántico Norte.
"Violaste leyes japonesas de confidencialidad y el registro de tus mails indica que tus últimos reportes enviados a Norteamérica son una amenaza para la credibilidad y prestigio del sistema Sybil. Incluso se te puede acusar de provocación, insurrección y terrorismo, todo lo que este sistema está diseñado para destruir".
"Mi trabajo solo es determinar si el Sistema Sybil es conveniente para su implementación en nuestro país, no pretendo destruir nada. ¿Se han molestado solo porque no estoy de acuerdo con ellos en absolutamente todo?".
"No quieren comprometer los lazos diplomáticos y una influencia negativa significaría…"
"¿Una influencia negativa? ¡Ellos me enviaron aquí para evaluar y analizar...".
"Tus aportaciones han sido brillantes, pero una vez que tu hue comenzó a oscurecerse tu credibilidad disminuyó y…".
"¿Oscurecerse?, por supuesto que sí. He visto lo que hace la aplicación de un sistema de control absoluto; estas personas viven en una simulación de sus propias vidas, controlados desde lo que comen hasta lo que piensan, no queremos eso allá…".
"¿Allá? Dean ¿De verdad crees que los estragos de la guerra se borran con buenas intenciones y filosofías obsoletas? Sybil es la única forma de restauración para el Atlántico Norte. ¿Por qué no lo puedes aceptar?"
"Porque aún creo que podemos ser libres…"
"No existe la libertad absoluta, Dean. Solo la idea de libertad absoluta. La auténtica libertad se convierte en guerra , en multitudes que mueren de hambre, en legiones de idiotas que responden a la violencia de su propia naturaleza, impulsiva y estúpida. Las sociedades no pueden avanzar a menos que haya un control superior que las regule".
Jacques me lanzó todo aquello como si estuviera leyendo las ofertas del supermercado. Toda mi vida, todo en lo que creía, todo para lo que había trabajado hasta ese momento resultaba ser nada salvo una mentira, un sueño estúpido. Todo estaba perdido. Él me daba la espalda pero de alguna forma sabía que su pena era genuina, no porque creyéramos en las mismas cosas sino porque en ese momento el único hilo que nos unía estaba a punto de romperse de manera definitiva. Lo próximo que ocurrió fue que un ardor comenzó a subirme de la boca del estómago hasta la garganta y me impulsó a descargar mi rabia contra todo, incluido él.
Arrojé el cigarrillo a medio terminar al suelo y éste soltó algunas chispas cuando lo rematé con fuerza con la punta del zapato, el dron que custodiaba la habitación encendió luces preventivas rojas y azules que llenaron la habitación como una burbuja a contraluz y me advirtió que de hacerlo de nuevo sería inmovilizada. Lo ignoré y me dirigí al vidrio templado disfrazado de espejo con marco barroco que estaba colgado en la pared. Arrojé un puñetazo encolerizado que retumbó con fuerza en el cristal, haciendo que mis nudillos se reventaran como uvas blandas; el holograma que ocultaba el cristal que daba a la cámara de observación en la habitación contigua hizo una especie de corto circuito y después se repuso con un zumbido eléctrico.
"Quiero que lean mi coeficiente criminal ahora mismo", bramé con la voz enronquecida y señalando con un dedo acusatorio a mi reflejo, el cual me regresaba la imagen de un fluido viscoso y rojo escurriendo desde mi mano hasta el antebrazo; sabía que Kougami y Tsunemori me veían a través del cristal.
Jacques se apresuró a tomarme por el brazo sano para intentar tranquilizarme pero cualquier acto de resistencia que atentara con apaciguar mi furia solo resultó contraproducente. "Me traicionaste", les espeté con repudio, ya sin poder ocultar el desprecio que había engendrado hacia él en el preciso momento en que, como un Judas cualquiera, me había regalado mi libro favorito como señal de arrepentimiento tras haberme vendido.
El holograma finalmente se desactivo y pude verlos a través del cristal. Tsunemori pidiendo con voz angustiada que me tranquilizara y Kougami, con su expresión seca de siempre, me declaraba con su mirada que lo había sabido todo desde el primer día. Yo, que cada noche creía salir a capturar criminales en potencia, estaba siendo partícipe de mi propia captura. A partir de ese momento, no recuerdo detalles que valgan la molestia. Excepto que mi mano dolía como el mismo infierno y que comenzaba a inflamarse como un globo de helio. Que dos drones de primeros auxilios entraron y que me inmovilizaron para intentar curarme. Posiblemente intenté detenerlos, posiblemente lloré, grité y señalé. Posiblemente amenacé con palabras que hubiese deseado no haber pronunciado con tanto descuido; "acabar con ellos", "destruirlos", "destruir a Sybil". En ese momento, finalmente, pude reconocer que muy dentro de mí habitaba, después de todo, un deseo latente de destrucción y caos, quizá de muerte y de dolor; yo, que había dedicado mi vida a la tarea de procurar la elevación de la mente humana me rendía ahí, sin lamentarlo siquiera, ante mi propia locura.
"Nagano-San, debes tranquilizarte o tu hue rebasará los límites", pidió Tsunemori con voz suplicante cuando irrumpió en la habitación momentos después, con su Dominator listo para ser accionado. Alarmas de prevención se activaron, más drones y Ejecutores llegaron como refuerzo pero no para detenerme sino para presenciar el momento en el que cavaba mi propia tumba. Incluso desarmada era yo para ellos la peor de las amenazas, era la peor de sus pesadillas, el ejemplo perfecto de lo que ningún hijo de Sybil quería ser, patético y nefasto, un ser humano sucumbiendo ante sus propias emociones y debilidades. Y entonces todo se detuvo, el sonido y el movimiento, hasta el aire que respiraba en aquella pequeña y atestada habitación dejó de llegar a mis pulmones. Se detuvieron los labios de Tsunemori y la expresión apresurada de Kougami que daba órdenes a quién sabe quién. Luego sentí un choque, una punzada, una especie de energía que recorría cada nervio de mi cuerpo hasta llegarme al cerebro. Todo se volvió negro.
