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Sora salió del baño temblando, pálido y aún tratando de procesar lo que acababa de pasar; había demorado bastante. Su corazón latía con fiereza en su pecho, latidos rítmicos y constantes llegaron hasta sus oídos. Estaba seguro de haber perdido presión sanguínea en el proceso. Sin embargo ese detalle no importaba ahora. Este "desconocido" había llorado sobre su rostro, estaba seguro de eso. Había sido un sollozo ahogado, ahogado en su propia boca. No lo había tocado puesto que sus manos sostenían la toalla, o al menos una de ellas, la otra no estaba seguro de dónde había ido a parar. Y otra cosa que sospechaba Sora, era que se trataba de un hombre. En el momento en que ese pequeño impulso de apartarlo apareció, sus manos se habían apoyado en el pecho del otro y éste era plano. A Sora lo recorrió un escalofrío al notar eso. Quizá lo habían confundido con Roxas, aunque eso no pasaba desde primaria, porque no encontraba otra respuesta a que un hombre quisiera besarlo. El sujeto debía estar por los alrededores aún, después de todo no le había tomado mucho tiempo el salir del baño. El pasillo estaba inhóspito, la música llegaba hasta él desde abajo, y se sintió solo. Necesitaba hablar con alguien, desahogarse y hasta golpear algo si era necesario.

Sus plegarias parecieron ser escuchadas al momento en que Kairi apareció en el corredor, sonriente y deteniendo sus pasos frente a él. La muchacha sonrió de oreja a oreja y a continuación hizo una mueca. El castaño sólo se puso más pálido y sus ojos fueron dos pozos vacíos.

—Bueno, ¿y qué te pasó?—. Kairi se puso de cuclillas y señaló el rostro, riendo—. Estás pálido, pero tus mejillas están rojas. No me digas que te quedaste dormido—. Ojalá se hubiese quedado dormido, entonces esto no habría pasado. Lo más curioso de la situación era que realmente se había prestado para que sucediera.

—Kairi, ¿hace mucho que estás acá? ¿No viste a alguien salir de aquí?—. Preguntó en un hilo de voz, y aunque necesitara sacar un montón de cosas a relucir, por ahora le preocupaba encontrar a esa persona. Kairi lo miró preocupada.

—A excepción de ti a nadie más, ¿por qué? ¿Pasó algo, Sora?

— ¡No!—dijo, quizá muy deprisa, levantando sospechas en su amiga—. P-por cierto, ¿has visto a Roxas? En unas horas deberíamos irnos—. La muchacha abrió los ojos desmesuradamente y parpadeó.

—Roxas se fue poco menos de una hora, creí que te había dicho. Cuando hablé con él dijo de estar apurado y que se había despedido de todos…

El mundo de Sora se cerró súbitamente; Roxas… ¿se había ido? ¿Sin avisarle siquiera? Mecánicamente se levantó del suelo y miró su reloj de muñeca empezando a caminar. Buscó por la parte alta de la casa, en cada espacio disponible, y en la parte baja. Había tanta gente en el medio, así que Sora no dudó en hacerse paso habitación por habitación. Pero era cierto, no estaba. Ni él, ni Axel. Agitado, su último recurso había sido comunicarse con él por medio del celular. "El número al que desea comunicarse…", cerró la tapa del aparato con fuerza. Mordió su labio para apaciguar la cólera que sentía. Se había ido, Roxas había desaparecido como un suspiro. Sin una última palabra, sin un abrazo, sin hablar de la próxima vez que se vieran. Sora se quedó en la puerta de entrada, sentando, colérico, con sus últimas palabras guardadas en su pecho. Oh quizá no. Abrió los ojos, quizá estaba a tiempo de llegar después de todo, claro que no caminando. Así nunca llegaría.

Volvió a bajar los ojos y apretó los párpados, justo en ese entonces una bocina se escuchó. Sora reconocería ese color rojizo y exuberante en cualquier lado. Kairi le alzaba la mano desde la ventanilla y Riku sonreía de lado.

— ¿Necesitas que te llevemos?

Sora asintió mientras caminaba hacia dicho automóvil.

—Lo siento, Sora, debería haberte ido a buscar antes.

—No es tu culpa, Kairi, de hecho debería matarlo con mis propias manos en vez de irlo a buscar—. Sora miró furibundo por la ventanilla del automóvil.

Antes de subir a él se había prometido insultarlo, inclusive sacudirlo si era necesario. Después de todo lo que había pasado, después del calvario que había vivido los últimos días, después de haber reconocido sus sentimientos, después de aceptar los mismos y verse a sí mismo como un enfermo, lidiar con ello toda la noche, y haber sido besado de la nada. Sora creía que no se merecía esto.

Las luces de la calle se movían a grandes velocidades conforme Riku pisaba el acelerador. Estaba con un hondo agujero dentro de él y sus ojos parecían dos pozos carentes de emoción alguna. Se sentía miserable y sus amigos guardaban silencio, respetándole el espacio. Sora nunca había creído necesitar espacio personal, pero conforme pasaban los minutos más necesitaba abrazarse a sus piernas y dormir hasta la próxima vida. Nunca había imaginado que esto le pasaría a él. Un hijo problemático y vago eran cosas normales para él, defectos de su personalidad. Pero agregarle la palabra homosexual y estar enamorado de su hermano sólo hacían más compleja la tarea de vivir consigo mismo. El castaño acurrucó el rostro contra la ventanilla mirando de manera ausente el paisaje.

Conocía tan bien el camino. Después de que su hermano le dijera de Midgar, Sora había buscado la ruta para llegar al tren y el recorrido que haría el mismo hasta Midgar. Roxas era un ingrato, pero no sabía que habría hecho al despedirse tampoco. Las emociones estaban a flor de piel, y podría haberse confesado. ¿Qué… habría hecho Roxas ante ello? ¿Después de confesarse… qué le habría dicho? Probablemente lo habría mirado con asco, terror y habría tenido más motivos para irse.

Sora se desanimó, más… no le dijo a Riku en ningún momento de detenerse. La lógica no tenía mucho sentido si se pensaba en él. Pese a todo, el castaño albergaba la posibilidad que Roxas lo entendiera, si bien no lo aceptara, al menos que no huyera de él por ser raro. Por ser tan cínico y pecaminoso. Después de todo eran hermanos. Sobre todo eso. Hermanos.

— ¿Sabes de algún motivo por el cual Roxas no se despidiera?—. La voz de Riku lo sacó de sus pensamientos, y sus ojos lo miraron desde el espejo retrovisor.

— ¡Claro que no! ¿¡Cómo demonios voy a saberlo de todas formas?—. El castaño no lo miró directamente y siguió mirando por la ventanilla—. No es cómo si Roxas hablara conmigo seguido.

—Eso es nuevo; me era más normal verlos juntos—. Lindos recuerdos, pero sólo eso, recuerdos—. No dudo que tenga motivos para no despedirse de ti, Sora.

— ¡Riku!—. Exclamó Kairi, golpeándole el hombro—. No lo escuches, Sora, seguramente los motivos no son por ti, quizá guardaba prisa.

Sora creía que Riku tenía razón. Roxas había huido de él. Y esa posibilidad se incrementó en su pecho cuando bajaron del automóvil y la estación estaba desierta. Era un hecho. El castaño se quedó estático, con la respiración calmada en el lugar. Apenas sintió cuando los brazos de Kairi lo rodearon y lo recostó en su pecho. Después de todo, Roxas sí había huido de él.

Esa misma noche, cuando Riku lo dejó en la puerta de su casa, Sora no entró inmediatamente. Contrario a eso se quedó sentado en la puerta de entrada mirando la calle. Faltaba para el amanecer, pero los perros callejeros comenzaban a vagar por la avenida. Él no era muy diferente a esos perros, buscando algo para vivir, y se fijó en uno en particular. Estaba maltrecho, hurgando con su hocico hasta el fondo del tacho de basura, además de parecer que estaba rengo de una pata trasera. Sora se acercó con las manos en los bolsillos, buscando algo. Normalmente siempre quedaban restos de galletitas que guardaba para la hora de escaparse de clases; cuando lo encontró sonrió al animal y le tendió un trozo de la misma.

El perro lo miró desconfiado, con miedo, estaba delgado. Notó cuando se acercó temblando. Parecía que la vida tampoco extendía suerte para él. Y cuando al fin tomó ese pedazo. Sora abrió la puerta de su casa, sin entrar y mirando al animal.

—Hey, si quieres más tendrás que venir por ellos.

El perro cedió al verse invitado, pese a que no podía mover la cola por la falta de nutrición, Sora imaginó que el animal buscaba el calor de un hogar, y por ello debía estar feliz.

Miró una vez más afuera, así que… hasta acá llegaba todo. Después de todo… su hermano no podría aguardar mucho de él si volvía, Sora estaba seguro de no poder reprimirse y, en el fondo, quizá este había sido el final más adecuado.

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No podrás llegar a la estación antes que termine la fiesta, ¿lo memorizas?

Axel—. Roxas lo miró sorprendido. Habían hablado minutos antes, habían dejado atrás su relación de pareja, pero ellos seguían siendo amigos. Axel le sonrió engreídamente antes de tirarle el casco a los brazos. A pesar de amigos ahora, Roxas nunca hubiese esperado que Axel se recuperara tan rápido, ni mucho menos que lo ayudara—. Gracias.

No me agradezcas hasta que lleguemos, aún no sé si esta chatarra llegará todo el camino, así que sube antes que se destartale—. Y no dudó ni un momento—. Te importaría explicarme que mierda que está pasando, Roxas—. En cuanto se acomodó ocultó el rostro tras el casco y mordió su labio al momento en que Axel encendía la motocicleta.

Se quedó en silencio unos momentos antes de contestar: —Besé a Sora—. Fue seco, explícito y le dijo a Axel todo lo que necesitaba saber. Axel silbó y puso camino a su casa, después de todo tenía que ir a buscar el equipaje.

Eran demasiados detalles—. Murmuró su amigo, haciendo una mueca—. Al menos deberías tener compasión por tu ex—. Sonrió ante ello, Axel siempre sacaba una sonrisa de él, quizá por eso mismo eran amigos.

En cuanto llegaron, Roxas entró por la puerta trasera de la casa, sus padres debían dormitar a estas horas. Ya se habían despedido de él con anterioridad y no quería responder por Sora. En silencio arrastró el equipaje escaleras abajo y siguió hasta el patio, dónde Axel lo esperaba con una sonrisa ausente en el rostro. Miró una vez más su casa y fue ayudado por Axel a enredar la correa a la maleta. Tantos recuerdos en esa casa, tanto que se llevaba con él. No obstante, a pesar de ellos, no había vuelta atrás. Desde el momento en que su padre había mencionado la posibilidad de estudiar afuera le había abierto un camino a nuevas posibilidades.

Y lo había tomado, decidido cuando era más joven. Sobre todo teniendo en cuenta el suceso de momentos antes. Suspiró antes de montarse y agarrar la espalda de Axel.

Vamos, creo que ya no queda nada aquí.

Cómo digas, aunque si quieres podemos quedarnos unos minutos—. Roxas negó con un ligero movimiento de cabeza y Axel arrancó de nuevo. Todo lo que había querido estaba quedando tras su espalda.

Justo como había querido.

La música de los auriculares retumbaba con suavidad en su cabeza. Roxas notó el vagón del tren casi vacío, parecía que la gente no quería viajar a Midgar de noche, sabiendo que llegarían a la madrugada. Y sabía el porqué. Sus padres lo ignoraban pero él había averiguado los detalles. Midgar era tierra de nadie, la luz del sol apenas sí llegaba y era un pueblo; justo cómo había esperado.

En un lugar así no se encontraría con conocidos, las señales de celular eran casi inexistentes, aunque si se compraba en ese pueblo sí era posible comunicarse. La gente empezaba a trabajar de muy chica, y la facultad dónde tenía el examen quedaba en Ciudad del Paso. Lugar dónde no tenía pensado ir. Él pretendía dar vuelta una hoja de su libro, terminarlo y empezar uno nuevo. Temía encontrarse con un conocido al llegar a dicha facultad, todos querían estudiar ahí por el prestigio y años de la misma. No él. Y si quería alejarse de Villa Crepúsculo debía dejar, absolutamente todo, atrás y empezar de cero.

Intentó dormir por las horas restantes de viaje pero le fue imposible. La imagen de Sora venía a su cabeza una y otra vez. Ni bien había terminado con Axel, había subido al baño. Sorpresa al encontrarse a su hermano ahí lavándose la cara. En el momento de tenderle la toalla un impulso se había apoderado de su autocontrol y había hecho dominio total de su persona.

Besarlo había sido justamente cómo había imaginado: el temblor en su cuerpo, los nervios mostrándose en su pulso, en su corazón. Roxas había experimentado de todo apretando la boca de Sora. Ahora que conocía lo que se sentía besarlo, temía estar cerca de él. Se odiaba a sí mismo por ensuciar al castaño de esa forma. Por haberlo acorralado hasta el final. Por eso decidió huir de él. Si preguntó si Sora aún sería ignorante en cuanto a su ausencia, cómo había reaccionado al no encontrarlo… pero no había vuelta atrás, todo lo que estaba haciendo lo hacía por él. Roxas se consideraba una amenaza para su hermano. Siempre se había sentido así. Ahora ambos podrían ser libres.

Con el sólo recuerdo de sus labios, Roxas ya se llevaba un momento inolvidable.

Uno tras otro acecharon en su mente en las próximas horas; los recuerdos estaban matándolo antes de llegar a destino. Roxas aprovechó que el tren hizo una parada para enjuagarse la cara y comer algo. El ambiente era desolado, parecía inhóspito desde su punto de vista. A excepción de algunos animales, y alguna que otra persona no se oía nada. Estaban cerca de llegar, ya eran cerca de las seis de la mañana para cuando se hizo esta parada. Y entre que se había higienizado, alimentado y dado una vuelta, ya creía que estaban rondando las ocho. Esperaba que Cloud supiera más o menos el horario de los trenes, porque llegar a Midgar y no tener quién lo recogiera podría ocasionar un conflicto.

Su celular había sido destruido en las vías del tren y no tenía forma de contactarlo. Las veces que había hablado con Cloud eran cuando él se comunicaba, y estaba lejos de Midgar. Así que ahora… sería imposible que pudiera contactarse con él; sin embargo había anotado su número de celular y poder llamarlo apenas llegara. Las ruedas del tren comenzaron a andar, una vez todos los pasajeros estuvieran arriba. Roxas suspiró. No tenía ansiedad por llegar, no tenía ganas de respirar siquiera. Con sólo lograr que sus sentimientos fueran machacados en la ruta le bastaba. Uno tras otro despedía el cariño que tenía a Villa Crepúsculo, a sus padres, a sus amigos, a Axel… y a Sora. Y él no quería llevarlos consigo.

De más chico, se conformaba con sólo mirarlo a la distancia, desearlo con sólo ver un pliegue de piel al dormir, así como también mirarle el rostro no-tan tranquilo al descansar. Sora tenía tantas facetas que, incluso para él, era imposible descubrirlas todas. Sin embargo, sus gestos eran tan precisos. Estando a tantos kilómetros de distancia… aún Sora no desaparecía. Era injusto tener que esperar el tiempo adecuado, no quería vivir meses y meses con esto. Esperaba no desesperarse, y que el tiempo se pasara volando. Tenía planes de hacer Midgar su nuevo hogar, tenía libros en el equipaje para matar el tiempo hasta que pudiera asentarse en un trabajo, conseguir hospedaje, no planeaba ser un vividor en la casa de Cloud. Menos cuando él ya vivía con tantos niños y una mujer. Tenía entendido que era taberna que ofrecía alojamiento a niños sin padres, y realmente él quería su espacio personal. No incomodar a Cloud.

Además de independizarse, olvidar y dejar que la vida pasara. Quién decía tal vez encontraba a alguien interesante y pudiera formalizar adecuadamente.

Roxas suspiró y el pecho se le contrajo en nervios cuando el tren anunciaba que habían llegado a destino. Tomó su maleta en sus manos y la deslizó junto a la de otros pasajeros. Los cuales eran dos nada más. Y bajó. La calidez de la mañana lo envolvió y sintió el aire pesado, cómo si le costase respirar. El aire parecía viciado de alguna forma. Había vagones de tren rotos a los costados y la estación era gris oscuro, las sillas deterioradas en el tiempo y una persona destacaban por su enorme motocicleta, y estilo lúgubre. El cabello en picos, dorados, anteojos de sol… Roxas pensó que ese podría ser Cloud ya que concordaba con la imagen borrosa de él.

Los años parecían haber pasado; Cloud ya no era un adolescente. Era todo un hombre. Se acercó con el enorme equipaje a cuestas y lo miró inquieto.

—Sube, iremos a lo de Tifa.

—… Claro.

Para cuando se hallaban en camino, Roxas iba aferrado a su espalda, mirando lo poco que podía, dada la velocidad, el polvo de la tierra subir en una carretera interminable. El paisaje desértico que mostraba el internet no era una mentira, todo era real. Desde la poca actividad hasta los carteles colgando, abandonados, en la ruta con diversas direcciones. Sonrió a pesar de lo poco alentador del ambiente, aquí ya no habría distracciones. Aquí iba a aplastar uno tras otro sus sentimientos y poder ser libre.

Roxas anhelaba esa libertad; quería un día llegar de vuelta a casa, mirar a sus padres sin culpa alguna, poder ser un amigo para su hermano… Estaba seguro de poder lograrlo con la fuerza de voluntad necesaria. Estaba seguro de progresar aunque fuese sólo a paso tranquilo. Aunque cada paso doliera, y siguiera matándolo, esos pasos (pequeños e inseguros) lo distanciarían del peso que llevaba sobre los hombros. Por primera vez en mucho tiempo, Roxas sonrió del corazón. A pesar que este no volviera a latir de la misma manera que cuando veía una sonrisa de Sora.

—Aquí te quedarás un tiempo—. Cloud desmontó de la moto, desarmó el equipaje aferrado y lo colgó sobre sus hombros. Roxas se dedicó a mirarlo con los ojos abiertos. Cloud era imponente, pero a la vez parecía una persona sumamente melancólica—. ¿De qué huyes exactamente?—. Le preguntó con franqueza, mirándolo fijo. Roxas sudó frío y trago saliva a la hora de contestar.

—De la vida real, supongo—. Sus ojos azules vagaron inquietos. Cloud le inspiraba confianza, pero ésta no era la suficiente como para mostrarle esos oscuros sentimientos de tantos años—. ¿Cómo sabías eso?

—Todos los que vienen aquí huyen de algo—. Le dio la espalda y empezó a caminar en dirección a la taberna, sacándose los anteojos y clavando los ojos en el suelo—. Incluso yo—. Fue un murmullo tan sutil que Roxas creyó no haber oído correctamente. No obstante se acercó a grandes zancadas a él y caminó a su lado.

— ¿Tú? ¿Por qué…?—. Nunca terminó su pregunta, Cloud no parecía tener intenciones en contestar y Roxas no quería hurgar en asuntos ajenos. Eso le había salido en un impulso, el hombre frente a él parecía tan fuerte que podría creer que era una broma. Pero no parecía el tipo de persona que hiciera alguna de esa magnitud, y su pensamiento inicial sobre él tomaba más color que el de una simple suposición.

Al entrar el olor rancio a alcohol le golpeó los sentidos. En el mostrador había una muchacha limpiando, de largo cabello negro y sonrisa amistosa. Casi inmediatamente saltó del mostrador y le extendió la mano, sosteniendo los rasgos amigables con los cuales se había presentado apenas lo había visto. Cloud había dejado su maleta en el costado de las escaleras, y la madera había chirriado al momento de sostener el peso.

No cabía duda alguna que al lugar le hacía falta alguna que otra remodelación, pero parecía llenarse de vida con las risas que provenían del piso de arriba, risas infantiles, sin preocupaciones. Risas libres. Roxas extrañaba ese tipo de sonido; Sora los hacía casi todo el tiempo, a excepción de cuando volvía golpeado y solamente afloraban maldiciones de sus labios sangrantes y carnosos. Cuantas veces había tenido él que desinfectar esas heridas a escondidas de sus padres, encerrados en el cuarto de baño. Y tener que escuchar sus quejas. Ya había perdido la cuenta de las veces. Sonrió un poco a la hora de tomar la mano de la muchacha en la suya.

— ¡Haz crecido una barbaridad! No me quiero imaginar cómo estará Leon entonces—. Tanto Tifa cómo Cloud habían asistido a la secundaria con sus padres, eran íntimos amigos a pesar de la poca comunicación que existía entre ellos—. ¿Cómo fue el viaje?

—Bien. Acerca de la estadía—. Roxas necesitaba aclarar esto antes de que lo tomaran por un vividor, no quería que le regalaran un espacio cuando no había—. Sólo me quedaré unos días hasta que consiga un trabajo—dijo en tono serio. Después de todo él no era una criatura, podía tomar ya sus propias decisiones. Notó que Cloud y Tifa intercambiaban miradas, la de ella desconcertada y la de Cloud normal.

—Tu padre nos dijo de la Universidad y…

—No tengo planes de ir a la Universidad—. Era el momento de decir la verdad. O una parte de ella al menos; estas personas iban a cuidar de él después de todo—. Nunca tuve intenciones de hecho; no quiero tampoco molestar, así que si saben de algún lugar…

Hubo un silencio terminal en el que ella se mostró nerviosa, probablemente no era lo que esperaba. De Cloud no podía decir lo mismo, no estaba seguro de lo que estaba pensando. Uno de los encantos de estar aquí era justamente poder decidir qué iba a ser de su vida. No aspiraba a una gran vida, sino a tener la consciencia tranquila y poder dormir en las noches sin sentir que el infierno lo absorbía más. Era todo lo que precisaba por el momento. Algunas decisiones vendrían solas, conforme a sus necesidades y sus pensamientos. No quería estresarse pensando en tantas cosas al mismo tiempo, un paso a la vez. Así fuera diminuto. Él estar aquí ya era uno importante.

Tifa le sonrió una vez más antes de abrazarlo con sutileza.

—Mañana hablamos de eso, aunque no creo que Leon le agradará saber las nuevas noticias—. Le sonrió cálidamente—. Pero creo que ya puedes tomar tus decisiones, ¿no?—. Lanzó una risita tras ello y se dirigió a Cloud—. Cloud, ¿tienes tiempo de ayudarlo con el equipaje? Preparé un cuarto arriba, junto al de los niños.

—Aa. Sube.

Roxas agradecía para sus adentros esta posibilidad. Midgar representaba libertad, y ese encanto era todo lo que Roxas necesitaba al momento.

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Abril golpeó en Villa Crepúsculo. Sora caminó por la avenida con una bufanda en su cuello y un cuaderno bajo su brazo, maldito período escolar; no obstante su mal humor no se debía a los estudios. Hoy iba a terminar con Naminé.

En los dos meses que transcurrieron desde que Roxas se fuera, Sora no estaba seguro de sentirse cómo él mismo. Sus amigos le dijeron más de una vez, preocupados, que parecía la sombra de él. Ya no estaba seguro en qué creer, había veces en las que la comida no le pasaba por la garganta y la angustia le recorría a pleno las noches en las que se encontraba solo. No había nadie con quién charlar. No había nadie con quien confesarse, por más que fuera una tontería. No había nadie a quién molestar. Sora había perdido a su hermano, a su amigo, a su… más cínico deseo en una noche. Con tantas cosas atragantadas en su garganta. Había pensado la posibilidad de salir más seguido, pedirle a Riku y Kairi que lo acompañaran a distraer sus ideas y evitarse ahogarse en ese mar de emociones.

La cafeína era lo que más pasaba por su cuerpo, las noches en vela procuraban unas ojeras oscuras bajo sus ojos. Pero era indignante llorar para él; no quería darle esa satisfacción a alguien que, ciertamente, no lo merecía. Noche tras noche buscaba un porqué a la huída de Roxas, todos comentaban haberse despedido de él. Esas personas habían podido dirigirle unas últimas palabras, abrazarlo, desearla buena suerte. Sora no había tenido la posibilidad, ignoraba si había hecho algo para ofenderlo de tal magnitud. Quizá se había equivocado en algo. Pero… ¿en qué? Golpeó el vidrio de una confitería ganándose los rostros aterrados de los clientes que lo miraban como si fuese un delincuente.

Sora continuó caminando, ignorando eso. Quería pensar bien que iba a decirle a Naminé, para justificarse al menos. Su aspecto no era el mejor, su ropa estaba desgarbada por haber estado tirada en el suelo sin tendérsela a su madre que la lavara al menos. Había perdido peso y dar cada paso costaba el doble. Odiaba sentirse tan vulnerable, mostrarse cómo una imitación de lo que era. Decir y hacer cosas que no tenía ganas. Estos dos meses resultaron ser una pesadilla. Quería salir adelante, pero no estaba seguro de cómo.

Al llegar a la casa, Sora tomó aire y tocó timbre. No quería usarla cómo una segunda, ahora que tenía todo claro no planeaba seguir con esta relación. No era, tampoco, cómo si hubiese estado enamorado de ella. Y estaba seguro que ella no lo estaba de él. Cuando Naminé abrió la puerta lo primero que Sora recibió fue una cachetada; Naminé sonrió tranquila mientras se tocaba la mano.

—Deberías haber venido antes, Sora—. El castaño miró el suelo, estaba seguro que tendría la mejilla roja e hinchada. Pero se lo merecía—. Si querías terminar nuestra relación tendrías que haberlo dicho.

—Lo siento, Naminé—. Se rascó la nuca, mirando el suelo. No se animaba a mirarla a los ojos sin sentirse culpable. Lo que tenían había muerto gracias a él—. No sabía cómo decírtelo.

—Está bien, Sora, lo entiendo. Lo sabía desde hacía tiempo—. Naminé le sonrió una vez más, tratando de cerrar la puerta—. Seguimos siendo amigos, no te preocupes.

Volvió a casa cabizbajo, cansado y por primera vez tenía un hambre aterradora. Pensó en Jasper, el perro que había traído a la casa el mismo día que Roxas se había ido. Ese perro se había vuelto importante, además de hacerlo sentir orgulloso, era todo lo que Sora había pensado en un perro. Sin embargo, le hacía acordar a él. Los primeros días del animal en la casa permanecía acurrucado en un rincón, asustado, cuando alguien se acercaba mostraba los dientes para defenderse. Le había costado integrarse, como Roxas. Sora hizo una línea en sus labios, que bien podría asemejarse a una sonrisa.

Dios, lo extrañaba. Lo extrañaba demasiado. ¿Por qué se había aislado de esa forma de él? Sora quería respuestas, no seguirse preguntando estás cosas. A veces sentía ganas de gritar, desahogarse con un simple grito que había quedado atorado, pero no podía. Sora se preguntaba a sí mismo si cuando estas preguntas tuvieran sus respectivas respuestas si dejaría de ser una simple imitación del Sora que había sido.

— Sora, ¿qué quieres para la cena?—. Aerith lo había visto cruzar desde la ventana, su madre estaba preocupada por él. Leon inclusive, Sora empezó a sentir su punzada de egoísmo por preocupar de esa magnitud a sus progenitores—. Hay alguien que te estuvo esperando todo el día.

— ¿Quién?—. Detrás de las piernas de Aerith, el perro movía la cola satisfecho y lanzándose a sus brazos—. ¡Hey! ¿Tienes hambre tú también?—. No era un perro muy grande, así que alzarlo no era un problema para él. Jasper era un perro mimado, la primera persona en acercarse había sido a su madre, y recién después a él. Era increíble el peso que había ganado en los días que había estado en la casa. Y, gracias a la veterinaria, su cola podía ya mantenerse en alto por la dieta balanceada—. Uhm, cualquier cosa para cenar estará bien, muero de hambre.

—Es bueno oír eso, pensamos que Roxas te seguía afectando—. Leon entró en la cocina, sonriendo de lado y con los brazos cruzados—. Tu hermano habló conmigo hoy, en el trabajo—. Sora se puso pálido.

— ¿D-dijo algo en especial?—. De los nervios la voz le había salido incierta, dudosa, no tenía sentido para él si no habían hablado. Seguramente ni siquiera había preguntado por su persona. Esa sensación se ahueco en su estómago. Su padre se cubrió la frente con una mano y sentó en la silla.

—Aparentemente nunca ingresó en la Universidad, y también es homosexual. Está satisfecho con la vida ahí y…—. Leon parecía pensar en cómo iba a decir lo próximo, aparentemente. Sora clavó sus ojos intrigado, ansioso, esperando algo. Cualquier cosa—. No vendrá para pascuas, tampoco para otras festividades. Roxas quiere quedarse ahí.

A Sora le tembló el labio inferior y una sonrisa se dibujó en su rostro. No una llena de vida, o de sorpresa, una sonrisa fatídica. No tenía sentido lo que estaba haciendo. Si bien quizá lo odiaba, quizá ya sabía él de antemano sus sentimientos y le dio la repulsión suficiente para no volver a casa. Pero… estaba lastimando a sus padres en el proceso. Sora odiaba ver a su madre sentada, tomándole la mano a Leon sin decir palabra alguna, odiaba verse sumiso ante cualquier decisión que tomara. Sora estaba lamentándose a sí mismo el tener estos sentimientos nefastos que, según parecía, estaban arruinando a su familia.

La familia feliz estaba cayéndose a pedazos y Sora no encontraba otro motivo que no fuera el suyo. Roxas debía haberse dado cuenta de sus sentimientos. Debía. No había otra explicación razonable a todo esto que estaba pasando. Sin pensarlo dos veces salió corriendo hacia afuera. Necesitaba tomar aire. Volver a la habitación implicaría ver los restos que habían quedado en la pieza de Roxas; y en estos momentos más que recordarlo quería golpearlo.

Todo este cúmulo de sensaciones se desencadenó en él una lluvia trágica de sentimientos que parecían puñales. Que su hermano no lo aceptara era una cosa, odiarlo otra. Su rostro dio de lleno con un extraño que estaba de paso. Iba a insultarlo, a pegarle, solamente buscando esa excusa para desahogarse. No obstante vio el rostro de Axel y lo miro con furia. Esto no era lo que necesitaba ahora. Oh, un minuto. Axel… ¿no estaba con Roxas en Midgar? Se le aceleró el pulso y su labio inferior tembló. Nada de lo que estaba pasando tenía sentido alguno. Se preguntó si Roxas había pensado eso.

—Yo, ¿no es tarde para que estés por la calle?—. Sora lo tomó del cuello de la camisa y lo miró entre la cólera que sentía y lo descolocado que estaba—. Agradecería que no la rompieras. ¿Nunca nos vamos a llevar bien, verdad?

— ¡¿Qué… qué demonios haces aquí? ¿¡No deberías estar con Roxas?—. No entendía nada, pero parecía Axel sí sabía más que él. Como siempre.

—Ah, eso, debo imaginar que nunca hablaste con Roxas entonces—. Axel tomó un cigarrillo, soltándose de sus manos y lo miró con una sonrisa—. Deberíamos empezar de cero antes: Soy Axel, encantado de conocerte, y tu hermano no quiso que vaya con él. Así que aquí estoy con el corazón roto y hablando amigablemente con mi rival.

Entonces… ¿cómo había llegado a la estación de tren? Sora miró con vergüenza su boleto, se sentía sucio por la falta de una ducha y no traía mucho dinero consigo. De hecho este era un viaje inesperado, e incoherente, ¿quién iba a recibirlo cuando llegara allá? Todo culpa de Axel, aunque debería agradecerle en parte, sino seguiría pensando cosas que en realidad no tenían sentido. Tragó saliva cuando el tren se estacionó frente a él.

¿Qué quieres decir con rival, Axel? No entiendo—. Sora lo miró con los ojos abiertos mientras el humo del tabaco le penetraba las fosas nasales—. Tenías que prenderlo delante mío, ¿no?—. Se quejó, alzando una ceja y viéndolo con los ojos en blanco. Realmente necesitaba una respuesta, ahora.

Haha, perdón, me equivoque con alguien más—. Axel miró el cielo, mientras caminaba hacia los bancos de la plazoleta. ¿Qué pretendía? Sora no lo sabía, pero lo seguía de cerca. Probablemente él tuviera alguna respuesta, aparte de esa ridícula sonrisa en ese estúpido rostro.

Axel, ¡podrías contestar! Es importante—. Espetó, cruzando sus brazos. Axel lo miró de reojo ante la declaración, ensanchando su sonrisa mientras tomaba asiento cómodamente. Sora se estaba irritando e impacientando—. No entiendo nada de lo que estás diciendo.

Aa. A muchos les pasa—. Dio una calada al cigarrillo y clavó sus ojos verdes en él—. ¿Sabes porque Roxas me dejó?—. El castaño negó con la cabeza; ni siquiera le importaba. Bueno, quizá un poco le picaba la curiosidad—. Aparentemente robó un beso que no debía de un lindo chico que estaba descuidado en la fiesta.

La realización le dio de lleno en pleno rostro, y una esperanza nació en su pecho. ¿Fue Roxas de verdad? Sora sabía que Axel hacía referencia a él, es decir ¿a cuántas personas podían robarle un beso en la misma noche? Ese fue todo el empujón que el castaño necesitó para enfrentar a su hermano, o de tomar decisiones.

Hey, si piensas ir a la estación, te llevo. No estoy haciendo nada importante, y estoy aburrido.

—… Gracias—. Nunca, jamás en su vida, se habría imaginado dándole las gracias a Axel. Mucho menos por esto—. Por cierto, no lamento que Roxas haya terminado contigo—. Axel parpadeó y lanzó una carcajada. Parecía que su corazonada no estaba lejos de ser una mentira.

De eso no tengo dudas.

Suspiró y tomó asiento, solamente estaba él en el vagón. Y se recriminó mentalmente por no haber traído algo de comida, ahora tardaría en llegar a algún lugar.

En cuanto el tren arrancó, Sora ya tenía tomada una decisión en cuanto a la relación de ambos. Quizá no era muy inteligente, ni mucho menos una opción que tuviera que tomar solo; pero si todo era verdad, las palabras de Axel, probablemente Roxas estaba atravesando la misma situación que él. Probablemente estaba sufriendo lo mismo que él. Pero él iba a hacerle frente a estos sentimientos, había tomado la decisión de intentarlo. Hermanos. Sangre. Familia. ¿De qué iba a servir eso si no podía disfrutarlo? O… ¿sería infeliz por el resto de su vida? Iba a decirle esto, después de golpearlo, porque supuestamente tendría que haberse enterado de la boca de Roxas, no la de Axel. Y entendía el miedo a decirlo en voz alta que debía atascar la garganta de su hermano. ¿Por cuánto tiempo lo había sentido? ¿Por cuánto tiempo Roxas lo había guardado? Sora sonrió con calma y ansias. Pronto, cuando llegara, todo se aclararía. Sora planeaba jugarse por su hermano, este era el empujón que necesitaba, saber que Roxas le correspondía. Ahora… la pregunta era si Roxas pensaba jugársela también.

Después de todo, desde el momento en que los ojos de uno se posaron en los del otro con todos los sentimientos, ya habían quedado menos probabilidades de salir ileso. Y si le tocaba ir al infierno, al menos no estaría solo. Sora iba a tener a su hermano en sus brazos y dejar que todo los consumiera, claro… si no lo mataba antes por todo esto.

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Roxas se retiró el sudor de la frente, probablemente haberse ofrecido. O, mejor dicho, que Cloud lo hubiera ofrecido para ayudar a Cid no había sido muy buena idea. El olor a aceite desparramado por el suelo lo mareaba y el sitio estaba hecho un asco. En los dos meses que pasaron, Roxas se encontraba en paz consigo mismo: la gente que lo rodeaba era solidaria, y descubrió que en realidad más que trabajar era ayudar en los lugares dónde se necesitaba. De hecho, había trabajado de mesero cuando Cloud llevaba repartos y la taberna estaba colmada de gente, los niños se metían en cada lugar que para buscarlos siempre se necesitaba a alguien, y ahora Cid con sus problemas de aviones.

No podía evitar el sentirse útil y las distracciones le venían de perlas. Sonrió maldiciendo a Cloud por estar por ahí, Dios sabe dónde, y él tener que lidiar con Cid quién aparte de ser complicado le exigía cosas que no sabía sobre aviones. Lo único en lo que no estaba cómodo era en el asunto de la vivienda. Realmente era difícil encontrar algo en los suburbios y los robos eran de lo más usual en esta parte del mundo.

Extrañaba casa, a veces, pero a la vez tenía en cuenta con lo que tendría que lidiar allí. Con su padre, Sora. Sobre todo con este último. Además que con los días que había estado aquí había aprendido tantas cosas, se sentía a pleno. Pero la añoranza de las comodidades y las amistades seguía latente. Cómo había sospechado, no había mucha gente de su edad en Midgar. La gente que estaba ahí ya era nativa, o en todo caso eran delincuentes que huían de la ley. Agradecía el hecho que Cloud y Tifa fueran buena gente, sino no sabría dónde habría ido a parar. Sonrió un poco y se secó las manos en el jean gastado que usaba para este tipo de cosas. Cuando sonó la cadena que iba del jean al bolsillo, Roxas sonrió aún más. Había encontrado un paquete normal y pequeño apretujado entre la ropa. No tenía tarjeta, pero él ya suponía de quién venía el regalo. Sora debió haber pasado muchas complicaciones para dárselo personalmente. Para cada fecha festiva pasaba lo mismo, siempre encontraba su regalo días después embotado en alguna parte de la habitación, bolsillos de los pantalones y su hermano se ruborizaba frunciendo el ceño al verse descubierto.

Típico de Sora.

— ¿Cómo va el trabajo, chico?—. Cid le revoleó una botella de agua, engrasada, mientras se limpiaba las manos con el trapo que llevaba siempre colgando en el bolsillo—. Haha, estos bebes pueden más que toda la mierda que crea Shinra.

—Creo—dijo con calma, no conocía mucho a Cid y la confianza no era plena cómo le hubiese querido—. ¿Shinra no es lo mejor en tecnología?—. Creyó ver por una centésima de segundo la vena de la sien de Cid a un paso de estallar.

— ¡Esos no saben nada de las máquinas, sólo hacen chatarra!—. Sonrió, se rascó la nariz—. Mañana te quiero nueve en punto, chico. No me haría mal un aprendiz.

—Aquí estaré.

Parecía que la cosa ya tomaba más color, vio a Cloud esperarlo con la motocicleta afuera del galpón y sonrió. Hoy por hoy, estaba satisfecho con las cosas que había conseguido y Cid, a pesar de su carácter especial, le parecía un buen hombre. Saludó a Cloud ligeramente con la mano y se arrimó a él. El galpón de Cid quedaba en mitad del campo, por ello llegar a pie era imposible.

Antes de seguir caminando, entre tanto verde, Roxas distinguió algo carmín. Pestañó ante ello y se acercó con cautela. No sabía que en esta parte pudieran florecer rosas rojas, así que preguntó cuando Cloud se acercó a ver el motivo de la distracción.

—No sabía que en Midgar florecieran rosas rojas—. Confesó, desconcertado, apenas tocando la flor y clavando sus ojos en Cloud.

—Aa. A veces se ven—. Esa flor distinguía entre mucha hierba, dándole vida al ambiente. Viéndose única entre tantas plantas iguales. Cómo sus sentimientos por Sora, únicos, pero llenos de espinas—. Por cierto ya tienes lugar dónde vivir—. Cloud sonrió un poco, apenas, ante ello al notar el brillo en sus ojos.

— ¿En serio?—. Sonrió de oreja a oreja mientras la flor quedaba en el mismo lugar, Roxas no se creía capaz de arrancarla—. ¿Dónde es?—. Realmente estos dos meses habían valido la pena y la añoranza era reemplazada por la felicidad.


Disclaimer: Ningún personaje de KH me pertenece, yo sólo abuso de ellos.

A/N: Un capítulo más nos queda y esta historia se termina. Muchas gracias a quienes leen este fic, a los que dejan comentarios y están pendientes de la actualización.

Antes que nada, Fanfiction net está andando mal, pésimo. Por lo que no me deja contestar review, a las personas que quieran actualizar hay un pequeño truco: cuando aprieten "Publish" reemplazen en el link la palabra "Property" por "Content"

Un beso grande y, ya saben, cualquier comentario es bien recibido =)