CAPÍTULO 3: LA ENCRUCIJADA DE MALFOY
El sepulcral silencio de la húmeda habitación era interrumpido por un continuo goteo proveniente del rocoso techo. Las dispares y mohosas paredes de granito mantenían la temperatura del lugar como una verdadera nevera herméticamente cerrada y con una única salida: una purulenta puerta de cedro recubierta con remaches de acero sólido.
La escasa luz, que se colaba por el diminuto ventanal del muro principal y por la rendija debajo de la puerta, proyectaba extrañas sombras que incrementaba lo lóbrego del lugar.
Sentado en el suelo, apoyado en la pared y con su empapada y mugrienta cabellera rubia, Draco Malfoy temblaba sin control. Permanecía ahí… inmóvil, con la mirada perdida en el pequeño charco formado por el intenso goteo, y ajeno a cualquier ruido. Sus dientes castañeaban y un ligero espasmo le cruzaba parte de la ceja. No sólo tenía miedo, sino que estaba aterrado. Sin querer moverse. Sin querer arriesgar los pocos pedazos de su vida que le quedaban. Estaba fuera de Hogwarts, separado de sus padres y degradado, por sus compañeros, al rango más bajo que puede tener un seguidor del señor tenebroso: un mortífago cobarde… igual que su padre. Pero lo que más le aterraba era el continuo y vívido recuerdo de aquella escena en la torre de Hogwarts. Dumbledore no le había temido, y sin embargo había tenido compasión de él. Y él, un mago de sangre pura, no había tenido el valor de acabar con el viejo. No… no había sido cobardía… no lo había eliminado por la sencilla razón de que en el fondo nunca había deseado verlo muerto.
La purulenta puerta de madera se abrió provocando un chirrido perturbador, y fue seguido por el sonido de unas pisadas acuosas que retumbaban en la habitación. El primer lugarteniente miró a Draco con un dejo de preocupación. Vestía su inseparable túnica de satín negro, y sus nuevas botas paramilitares igualmente negras. Su nariz afilada, y su grasoso cabello negro azabache brillaban parcialmente por el reflejo de la luz entrante.
—¿Qué haces ahí Draco?
Pero Malfoy no respondió. Seguía sumido en su postración sin dar señales de vida. Inerte… como una roca en medio de la nada. Únicamente el lento movimiento de su pecho, al inhalar y exhalar aire, mostraba que aún seguía vivo.
Severus Snape lo miró fijamente durante unos segundos y habló con un tono molesto, pero al mismo tiempo paternalista:
—¡Levántate Draco! El señor tenebroso quiere verte… —Y su voz perdió la firmeza del inicio—. Tiene una misión para ti.
El rostro pálido de Malfoy adoptó tintes transparentes y enfermizos. Como impulsado por una mano invisible que le tiraba hacia arriba, levantó su rostro y miró fijamente a Snape sin atinar a decir ninguna palabra, pero mostrando un temblor en sus labios. Snape levantó su varita y apuntando a Draco dijo: "purgare". Las manchas de su túnica desaparecieron y su cabello recupero ese brillo y pulcritud de siempre. Draco se miró y comenzó a incorporarse con una lentitud propia de un condenado a muerte. Snape aguardó expectante a que el joven mago saliera de la habitación y subiera las escaleras hacia el salón central.
Las escaleras curvaban alrededor de un soporte de piedra negra y el camino era alumbrado por antorchas que emitían una luz blanquecina. El final de las escaleras estaba coronado por varios pasillos que se entrelazaban y formaban diferentes caminos, pero todos convergían en una habitación central de grandes dimensiones. La puerta principal estaba hecha de titanio reforzado, y en su centro se encontraba grabado el símbolo de Slytherin y rodeado por un sin fin de cerrojos vivientes en forma de serpiente (era una clara copia del portal de la cámara de los secretos, sólo que de mayor resistencia y mayores dimensiones).
El lugarteniente Severus Snape entró en el gran salón seguido por un aterrorizado Draco Malfoy. El salón era iluminado por un millar de velas negras que flotaban en todas las direcciones, provocando la aparición de sombras nuevas a cada momento. Las paredes se encontraban rebosantes de cuadros barrocos y pinturas de la inquisición; mapas de tierras extrañas; viejas espadas doradas y hachas de doble hoja. Cientos de libreros contenían lo que parecían ser miles de libros de todos los tamaños y colores. Algunos temblaban y otros derramaban de sus páginas una especie de aceite rojizo y viscoso (Draco ignoraba si se trataba de laca o de sangre).
En el centro de la habitación se extendía un conjunto de mesas con la forma de una media luna que se alineaban paralelamente unas con las otras y enfocaban su vista en el único sillón de satín y terciopelo que se alzaba en el centro, y sobre él, la rígida figura de Lord Voldemort.
Conforme se acercaban al centro, alcanzaron a divisar que algunas de las mesas que rodeaban al señor tenebroso se encontraban ocupadas, como si fuera una reunión. Pero los participantes no eran comunes mortífagos seguidores de Voldemort. Más bien parecía una convención de personajes sacados del monstruoso libro de los monstruos.
La cara de Draco palidecía rápidamente y conforme se acercaban más, un enorme sentimiento de pesadumbre de apoderó de él: "como si no pudiera ya volver a sentirse contento". Y ahí se dio cuenta de la presencia de un dementor. Pero no era cualquier dementor. Era el dementor más grande que hubiese visto en su vida: la manta putrefacta que cubría su cuerpo se hallaba roída y emanaba un hedor a muerte (como la humedad atrapada en un cementerio), sus largos brazos llenos de póstulas parecían deseosos de sujetar a aquél menudo chico que se dirigía hacia él. Sin embargo, la presencia de ese temible ser de su izquierda y la importancia de la reunión, hicieron menguar su deseo de alimento.
A su izquierda, los ojos de un ogro de piel azulina clara seguían todos los movimientos de la pareja. Su cabello verdoso y sus extraños ropajes orientales le hacían contrastar con el resto de los presentes. En su mano sujetaba un largísimo látigo de cuero que no dejaba de arrojarlo contra el suelo una y otra vez, a la vez que su cuerpo emanaba una cierta energía que producía una absoluta oscuridad al entorno.
Un extraño ser miraba despectivamente al dueto que se acercaba: su cabeza y brazos peludos, pequeños cuernos negros y extremidades inferiores de macho cabrío, hacían imposible ocultar su raza de sátiro. Sujetaba una flauta en su mano izquierda y en su mano derecha una copa dorada de lo que parecía ser vino.
Malfoy continuaba mirando temeroso a los extraños seres, hasta que se percató de la presencia de uno en particular que aumentó su terror: se trataba de lo que parecía ser un cuerpo globular con un ojo gigante, más o menos esférico, con unos 10 pedúnculos largos que estaban cubiertos por decenas de diminutos ojos, y una enorme boca con dientes afilados.
—Es un contemplador, también conocido como "el ojo tirano" —dijo Snape al mirar el rostro de Malfoy—. Habita en las profundidades marinas, pero a pesar de ello puede levitar y desplazarse en el exterior a voluntad. Su ojo central es la mejor defensa antimagia que existe en el mundo, ya que le permite bloquear cualquier hechizo dentro de su campo de visión. El resto de sus ojos hacen la función de ataque: pueden provocar sueño, transformar en piedra, generar telequinesis, ralentizar los movimientos del enemigo, e incluso acabar con él con un rayo mortal (su Avada Kedavra personal). Es un ser ágil y temible… imposible de manipular. —El rostro de Snape reflejo un ligero espasmo nervioso—. Una criatura mortalmente peligrosa.
Ambos se habían detenido para observar al contemplador, hasta que una grave voz los sacó de su ensimismamiento:
—Momo no les hará daño… por lo menos no en mi presencia.
La penetrante mirada asesina de Lord Voldemort seguía cada uno de los pasos de Malfoy. Sus pálidas y translúcidas manos sujetaban un cáliz dorado, y en su cara se dibujaba una mueca disfrazada de sonrisa.
—¡Acércate chico! —dijo autoritariamente.
Snape empujó a Malfoy para que se situara cerca del señor tenebroso, y se alejó unos pasos tras realizar una torpe reverencia a éste.
Malfoy se mantuvo rígido, como petrificado. Sus manos sudaban copiosamente, y en sus ojos vidriosos se divisaba una lucha interna que le ordenaba resistirse a dejarse llevar por el miedo.
—¡No debes temblar Draco! Nadie que cumpla mis órdenes debe de temblar en mi presencia.
Draco se mantuvo rígido y confuso. Su cerebro trabajaba demasiado lento para comprender las palabras de Voldemort. Su cara debió de reflejar una muestra de confusión, porque Voldemort le contestó a una pregunta que Malfoy nunca hizo.
—¿Piensas que estoy enfadado contigo? —Y soltó una risa estridente—. Al contrario Draco, me siento satisfecho con tu acometer. Cumpliste con la misión que te encomendé. Lograste entrar en Hogwarts y provocaste la muerte de Dumbledore. ¡Cierto que tú no lo mataste! Pero lograste hacer lo que muchos mortífagos más experimentados nunca pudieron hacer: entrar en Hogwarts y engañar a Dumbledore.
—Es por ello que he decidido darle otra oportunidad a los Malfoy para restaurar su honor y demostrar su lealtad ante mí. Y tú serás el depositario de dicha oportunidad.
Durante algunos segundos Voldemort saboreó el momento haciendo una prolongada pausa. Adoraba mirar la cara de terror de su joven seguidor. Y disfrutaba más el hecho de poseer no sólo su vida, sino su espíritu. Ese infante haría lo posible por restaurar el honor de su familia, especialmente el de su padre.
—La guerra ha estallado completamente Draco. El Ministerio lo sabe, la población mágica de Gran Bretaña lo sabe, y lo mejor es que no pueden hacer nada. Los pequeños ataques que han sufrido sólo han sido simples advertencias y evaluadores de fuerza. Pero ha llegado el momento de tomar el control del Ministerio de Magia. —Extendió su pálida y huesuda mano y señaló a todos los presentes—. Ellos son los líderes de nuestros aliados. Junto con ellos, aplastaremos las defensas del Ministerio y no dejaremos a ningún auror con vida.
—Pero tu misión no tiene nada que ver con este ataque. Es mucho más simple, y dado que pudiste acabar con Albus Dumbledore, no veo porque no puedas con esto. ¡Quiero que mates a Harry Potter!
Un sudor frío recorrió la espalda de Malfoy. No podía creer que esa fuera la misión. Y dadas las circunstancias estaba seguro que esa misión resultaría más difícil que la anterior.
—¡Ah por cierto… Draco! —dijo desdeñosamente Voldemort—. Fallar no es una opción que tengas, porque si fallas… todo terminará para ti y para tu familia. ¡Ahora vete!
Draco salió corriendo del salón, haciendo caso omiso de las risas burlonas y de la continua verborragia de Snape. De nuevo su vida estaba amenazada, y peor aún, también la de su familia. Y mientras continuaba corriendo la imagen de un joven con una cicatriz en forma de rayo en su frente le vino a su mente. No había opción alguna, y debía de terminar con la vida del niño que vivió… para salvar la suya.
