I
Era un día importante; tenía muchas cosas que hacer el día de hoy, muchas manos que estrechar, discursos que dar, discusiones por tener y suficientes alegatas para aventar al cielo. Y todo comenzaba con una taza de café. Su apartamento era muy pequeño, pero solo una habitación y su sala/comedor/cocina eran todo lo que necesitaba viviendo solo. Además rara vez estaba en casa, así que no necesitaba mucho más. Se sentó a la mesa, sorbiendo un poco de su café, con un plato de huevos con jamón y frijoles humeando frente a él. Levantó la mirada para leer el periódico del día, pero su visión periférica se las ingenió para levantarse sobre el papel barato.
Frente a su puerta, en el suelo, había un sobre. Se levantó de la mesa para ir por él, gruñendo. Sus articulaciones ya no eran lo mismo que hace diez años. El sobre era de color manila, bastante grande, y no parecía tener nada escrito por fuera. No había remitente ni destinatario, entonces supuso que quien lo envió lo había venido a dejar a su apartamento personalmente. Ponderó las implicaciones de salud y seguridad que podría implicar abrir este envío desconocido. Por como dos segundos, antes de romper el sobre de la parte superior y verter los contenidos sobre la mesa.
Eran planos y fotografías. Lucían como esquemas de Beyblade, cuatro de ellos más específicamente, y cada uno de ellos venía adjunto a una fotografía. Dos chicos y dos chicas, bastante diferentes uno de otro, con Beyblades que a su vez eran tan diferentes como las cuatro estaciones del año. A menos, claro, que vivieras en Hermosillo, donde cada estación era verano y el verano era infierno.
Descubrió una pequeña nota al fondo del sobre:
— Buenos días, Señor Arias. — Leyó el hombre. — Vaya conociendo a su equipo. Adjunto propuestas para los Beyblades que necesitarán más adelante.
Quien sea que haya enviado esto era muy presuntuoso. La competencia sería esa tarde, había treinta y dos competidores y esta persona se había tomado la libertad de seleccionar a cuatro personas al azar para diseñar nuevos Beyblades que se acoplaran a los estilos individuales de cada uno. A Sergio le parecía una pérdida de tiempo monumental.
Pero entonces, su mente se permitió seguir la corriente. ¿Y qué si no lo era? Sergio arqueó una ceja, ojeó los expedientes una vez más y continuó sorbiendo café.
El Estadio Azteca estaba a reventar, no cabía un alfiler. A pesar de la altura, los ánimos se caldearon a más no poder y las multitudes hacían filas kilométricas para subir al denominado Coloso de Santa Úrsula. Gente de todos los rincones del país se había dado cita para presenciar las batallas. Camiones, con placas de todos los estados, llegaban llenos a reventar con fanáticos. En el estacionamiento, cientos de automóviles se habían estacionado y la gente armó improvisados campamentos. Los aficionados reían, cantaban y bebían, a la espera del inicio de la competencia.
Sin embargo, dentro del recinto, en los vestidores, los competidores ya habían llegado. La mayoría de ellos se habían separado en grupos pequeños y charlaban animadamente. En un rincón, recostada sobre una de las bancas, una chica morena con grandes aretes dorados escuchaba música desde su teléfono, con los ojos cerrados. Los audífonos en sus oídos eran pequeños, pero perfectos para bloquear cualquier sonido externo. Había descubierto que esto era un ritual perfecto; un poco de Panteón antes de competir calmaba sus nervios y le hacía sentir fresca como una lechuga.
Y como todo en la vida, cuando encontraba algo que le hacía sentir bien, llegaba algún pendejo a arruinarlo. Un tipo rubio llegó a la banca donde estaba descansando y empujó sus piernas al suelo, arrancándola de esa tranquilidad casi zen que había alcanzado. Abrió los ojos y le miró como un gato al que acababan de arrojar un cubo de agua, molesta, suprimiendo el primer instinto que sintió, que fue partirle la madre. El muchacho rubio le miraba con la sonrisa más mierda que había mirado en toda su vida.
— ¿Tú qué? —Preguntó el muchacho. El tipo la examinaba de arriba hacia abajo, y luego arriba otra vez. — ¿Te perdiste o qué chingados?
— No tanto como tú, güey, suena a que te acabas de bajar del caballo. —Señaló una voz desconocida. Yesenia levantó la mirada para descubrir al nuevo tipejo que se había atrevido a perturbar su calma. Un muchachillo, de cabello chino alborotado y piel blanca, sonriendo como pendejo. Todo mundo sonreía como pendejo. El chavo había hecho alusión al acento norteño del rubio, y parece ser que este último no lo tomó bien, pues se levantó y optó por alejarse. —Pinche teto.
— No te pedí tu ayuda. —Afirmó Yesenia. Ciertamente era el caso, pero su solución estaba lejos de ser la más adecuada dadas las circunstancias. El de cabello alborotado sonrió y extendió su mano.
— Soy Iñaki, el representante de Ciudad de México. —El muchacho se presentó, ignorando el comentario de la chica. —Siento que es mi deber actuar como anfitrión, pues ustedes son invitados en mi ciudad. Además creo que… creo que…
El muchacho no terminó su pensamiento; sus ojos se agrandaron y su quijada cayó unos centímetros mientras miraba con horror hacia la puerta a la chica que acababa de entrar. Era una muchacha de corta estatura, cabello negro y piel blanca. Las pecas en su cara llamaban la atención, pero no tanto como los veinte mil aretes en sus orejas. Iñaki la conocía; lucía diferente ahora, pero estaba más que seguro que era ella.
— ¡Nancy! — Exclamó el de cabello alborotado, antes de arrancar intempestivamente hacía la recién llegada, atrayendo las miradas de todos los presentes. Sin embargo, antes de llegar hasta ella, alguien se interpuso en su camino. Un muchacho alto de piel morena le sujetaba de los hombros, sonriéndole.
— Lo que sea que debas resolver, que sea en el plato. —Las palabras le golpearon en la cara con un acento pesado y difícil. Sin embargo, se calmó lo suficiente para asentir y dar media vuelta.
— Mi nombre no es Nancy. — Escuchó decir a la muchacha, pero el otro sujeto no le dejó voltearse a verla. —Soy Valeria.
— Valeria, nice to meet you. —El moreno se giró a la muchacha, dejando a Iñaki a su espalda, impidiendo su avance. Aún sonreía, con confianza y tranquilidad. —Yo soy Jordan.
— Sé quién eres. —Afirmó ella, serena. Levantó su dedo índice y lo giró en círculos. —Sé quiénes son todos ustedes. Lo sé todo de ustedes. O mejor dicho, sé todo lo que vale la pena saber.
—Pinches Norteños, no saben nada. —Afirmó una muchacha rubia, avanzando hasta donde se llevaba a cabo el altercado. —Creen que pueden ganar una batalla solo con información. ¡Para ganar hace falta ser fuerte! ¿De qué sirve conocer a tu oponente si no tienes los medios para derrotarlo?
— Su arrogancia les va a costar caro. —Un muchacho alto de cabello negro se acercó también, sonriendo burlón. El susodicho sacó de su bolsillo su Beyblade. Era de un color purpura brillante y el anillo de ataque era la cosa más monstruosa que ninguno de ellos hubiese visto jamás. Jordan creyó que era demasiado grande para girar apropiadamente.
—Háganme un favor y ábranse a la verga. —Gruñó Valeria, antes de pasar de largo a Jordan, y en el transcurso ganarse una mirada llena de rencor por parte de Iñaki. El más alto suspiró desganado y se llevó una mano a la nuca.
—So this is gonna be fun… —Murmuró Jordan. Iñaki se olvidó de Valeria por un rato, lo suficiente para darse cuenta finalmente de que Jordan era el que desentonaba en toda la habitación.
— ¡Ah, tú no eres de aquí! —Exclamó el de cabello alborotado, sonriendo de oreja a oreja. —Qué cool. ¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas?
— Jo-Jordan. Mucho gusto —El mexicoamericano se quedó perplejo. Quizá era porque a lo largo de su trayectoria en México no se había encontrado con alguien que le hubiese recibido de manera tan calurosa. Le recordaba a sus hermanitos. —Escuché que eres el campeón de esta ciudad, ¿Cierto?
—Claro, príncipe. —Exclamó el capitalino, sonriente. Se le inflaba el pecho al hablar y levantaba la cara quizá para parecer más alto. La verdad es que era un poco corto de estatura. —Iñaki Valencia, para servirte. Futuro campeón nacional de Beyblade.
—No si yo tengo algo que decir al respecto. —Intervino el muchacho del Beyblade purpura. Para ser honestos, ambos se habían olvidado de que estaban ahí. —No vine desde Yucatán para perder contra un chilango y un gringo.
— ¿Yucatán? —Repitió una voz al fondo de la habitación. Yesenia seguía recostada sobre la banca, pero ya se había quitado los audífonos. —Eso explica muchas cosas; eres un chaneque. —Anunció la muchacha, y todo el vestidor estalló en carcajadas, para el desagrado del aludido. —Los chaneques son chiquitos y cabezones. ¡Bomba! —Exclamó la muchacha, en su mejor imitación del acento yucateco.
— Ya verán… — Gruñó el muchacho, estrujando su Beyblade con fuerzas.
El sol había alcanzado su punto más alto sobre el estadio. El aire se sentía caliente y ligero y los espectadores coreaban al unísono cánticos y vítores a sus participantes favoritos. El estadio estaba a su máxima capacidad; tan así que los vendedores ambulantes se pasaban con dificultad entre las gradas atestadas de gente saltando y pasándola de lo lindo. El campo de juego, que normalmente era una cancha de fútbol, había sido acondicionado para la ocasión: habían montado un escenario que abarcaba casi un tercio del total de la cancha, y en el centro un tazón de juego gigantesco.
Al fondo de la cancha habían montado un escenario más pequeño; solo una modesta tarima desde donde lo directivos y encargados del evento podían apreciar las batallas, entre ellas Sergio Arias. En la mesa, justo junto a Sergio, descansaba el inmenso trofeo que leía Campeón Nacional de México, ansioso por irse con quien resultara ganador el día de hoy. Uno de los hombres de traje tomó el micrófono del pedestal al frente de la tarima y se dirigió al público.
— Buenas tardes a todos. — La voz del hombre sonaba grave, delatando su edad por su modulación. — Les damos la bienvenida al Campeonato Nacional de Beyblade: Ciudad de México. El día de hoy treinta y dos competidores se batirán a duelo para hacerse con la presea más preciada: el título de campeón nacional. Así mismo, de entre los competidores que han venido de todos los rincones del país, seleccionaremos a los que serán representantes mexicanos en el Torneo Mundial de Beyblade que se llevará a cabo en Estados Unidos el próximo mes.
La multitud estalló en aplausos y gritos de júbilo. Uno a uno, los competidores se abrían paso desde los vestidores hacia el campo de juego y luego sobre escenario central. Los treinta y dos competidores se formaron alrededor del gigantesco beyestadio, hombro con hombro. El hombre de traje se retiró y dejó el micrófono a un muchacho joven, vestido de brillantes colores rojo y amarillo.
— ¡¿Están listos?! —La multitud rugió aún más fuerte, y el presentador sonrió agradado. — Estamos a punto de dar comienzo a la ronda eliminatoria del campeonato. Estos treinta y dos competidores se batirán primero en un combate de todos contra todos. Todo vale y cada quien está por su cuenta. Aquel que sea derribado o lanzado fuera del tazón, será descalificado del torneo. Los últimos ocho competidores de pie pasarán a los cuartos de final. Competidores: preparados…
Todos los participantes ajustaron sus Beyblades y lanzadores. Iñaki fijó su mirada en Valeria, obviando a todos los demás competidores que tenían el ojo puesto sobre él. Valeria por su parte había concentrado su atención en el tazón e ignoraba a todos los demás. Jordan había adoptado su postura predilecta con los hombros firmes y el agarre fuerte. Yesenia apretaba los dientes casi tan fuerte como su guía.
—...Listos. Let it Rip!
El campeonato nacional comenzó con un sonoro choque entre treinta y dos Beyblades, seguido por el rugir del público. Eran demasiados competidores para un solo encuentro, pensó Yesenia, pero no por eso adoptó una postura diferente a la de sus otros combates. El Beyblade blanco de la muchacha impactó de lleno con el competidor más cercano, luego giró en la dirección opuesta para impactar a otro con la misma fuerza y así en cadena a cada oponente. Tzalco y Yesenia atacaban indiscriminadamente a quien estuviese suficientemente cerca.
Jordan por otra parte escogía sus batallas con más cuidado y ya había elegido a su rival. Apenas tocaron el tazón, Mictlan embistió a un Beyblade negro y lo llevó al borde, donde este comenzó a oponer resistencia. La lógica que había adoptado Jordan era que si pasaba suficiente tiempo concentrado en un solo oponente, los demás irían eliminándose unos a otros poco a poco.
En el centro del tazón, Valeria ya se había casado con su método; se dedicaba a saltar fuera del camino cuando un oponente se lanzaba al ataque. Cinco minutos empezado el encuentro, no había sufrido ningún contratiempo, hasta que evadió el último ataque y otra ráfaga verde le impactó en un punto ciego y la envió lejos de su codiciado centro.
— ¡Eres mía! — Gritó Iñaki, sonriendo de oreja a oreja. Por cinco segundos el terror se apoderó de las facciones de Valeria, pero poco después ese miedo se convirtió en coraje.
— ¡Iñaki, no!
— ¡Iñaki, si!
Tlaloc se lanzó de nuevo contra Miztli, sin embargo este último evadió el ataque de un salto. Valeria no tenía a nadie a quien culpar más que a sí misma por no prever que Iñaki iba a hacer algo así. Pero bueno, pensó que el chico fresa sería más inteligente. Tan ocupada estaba evadiendo los mal planeados ataques del chilango que no se dio cuenta cuando un grupo de los otros competidores los rodearon y comenzaron a atacarlos a ambos. Tlaloc soportaba golpes sin chistar, pero Miztli estaba teniendo demasiados problemas evadiendo todos los ataques: por cada uno que esquivaba recibía otros dos.
— ¡Iñaki, lo vas a arruinar todo! —Gritó la campeona de Nuevo León. Iñaki solo se limitó a sonreír como un reverendo pendejo y encogerse en hombros.
— No bajes la guardia, hijo de papi.
Un gigantesco Beyblade purpura impactó de lleno contra Tlaloc, lanzándolo por los aires. Iñaki se espabiló con premura y se las ingenió para caer de vuelta al escenario, tambaleando pero seguro. Al menos por unos segundos, pues el oponente le impactó de nueva cuenta. Tlaloc soportó el impacto esta vez, pero resultaba difícil contener a un oponente tan grande e Iñaki no estaba en una posición muy cómoda para montar su defensa.
— ¿Qué pasa, niño fresa? ¿Dónde está tu defensa perfecta? —Era el yucateco, sonriendo como un pendejo aún más grande. Valeria esperó a uno de los rivales y justo cuando iba a conectar su ataque, lo evadió, saltó sobre el Beyblade oponente y hacia donde Iñaki aguantaba al rival, para repelerlo. El impacto de Miztli contra el Beyblade purpura no fue gran cosa pero le dio la oportunidad a Tlaloc para retroceder en dirección al centro del tazón.
— ¡No necesito tu ayuda! —Exclamó el capitalino, furioso.
— ¡Me vale verga lo que necesites! —Respondió Valeria e Iñaki no pudo evitar estremecerse un poco. —Esto es exactamente lo que pasó en el regional. ¡Eres un pinche bocón y siempre terminas en problemas por lo mismo!
— ¿Tú qué sabes de mí?
— ¡Todo!
En otro extremo del tazón, Yesenia se había hecho acreedora de varios enemigos. Tzalco estaba rodeado de otros ocho oponentes y lanzaba ataques desmedidos cada vez que cerraban formación alrededor de ella.
— ¿Se imaginan que una chola represente a México en el mundial? —Preguntó uno de los competidores. Yesenia no supo cual. Todos llegaban a verse igual y ella no le veía cara a los pendejos. —Qué vergüenza.
— Qué puto, perro asco.
— ¡Cállense a la verga! —Tzalco respondió al grito de Yesenia con una explosión de energía, un breve destello blanco. El Beyblade blanco se movió en un veloz círculo y de este emanó una ráfaga de aire que lanzó a los enemigos al aire.
— Don't mind if I do! —Mictlan aprovechó que los oponentes estaban desprotegidos. El Beyblade rojo se lanzó al aire e impactó a cuatro de ellos para sacarlos del tazón. Sin embargo, los otros cuatro volvieron al beyestadio y continuaron su ataque sobre Yesenia.
— ¡Pártanle la madre al gringo! —Otro grupo de participantes, otros ocho para ser exactos, se lanzaron contra Jordan, propinándole una bestial ráfaga de ataques. Uno tras otro, todos los ataques conectaron, hasta que Tzalco se libró de los estorbosos rivales para ir en su ayuda. El Beyblade blanco impactó contra el Beyblade atacante, y Mictlan tomó esta oportunidad para rematarlo y sacarlo del estadio.
Yesenia y Jordan compartieron una mirada de complicidad, solo por una fracción de segundo. Tzalco actuó como una especie de defensa y Mictlan como la fuerza ofensiva: el Beyblade blanco giraba alrededor de Mictlan e impactaba furioso a cualquier adversario que se acercara con un rápido pero contundente golpe que los dejaba aturdidos y luego el Beyblade rojo conectaba un golpe bestial y certero para enviarlos lejos. La estrategia les sirvió para eliminar a otros cuatro rivales, hasta que llegó un Beyblade dorado a romper su formación, enviándolos lejos uno del otro con un salvaje impacto.
— Obvio que los delincuentes van a hacer equipo. —Murmuró la rubia. Yesenia la reconoció como la tipa que se había metido a la conversación en los vestidores. No lo pensó dos veces: se lanzó al ataque contra el Beyblade dorado, lanzando golpe tras golpe sin coordinación ni ritmo. La rubia, sin embargo, evadía los ataques sin mayor dificultad. —No sé cómo fue que llegaste tan lejos, sucia vagabunda, pero aquí se acaba todo. ¡A la carga!
El Beyblade dorado le dio un leve golpe a Tzalco, empujándolo hacía atrás, ganando espacio; tomó un poco de ímpetu y se lanzó directo contra ella, pero Mictlan interceptó el ataque cuando estuvo a punto de conectar y lanzó a la rubia lejos. Yesenia levantó la mirada para tratar de identificar qué era lo que pensaba Jordan, pero el tipo le sonreía como si la conociera de toda la vida.
— Solo devuelvo el favor. —Explicó el californiano.
— Yo no hago favores.
— ¿Dónde están tus habilidades, niño bocón? —Preguntó el yucateco, al otro lado del beyestadio, mientras conectaba golpe tras golpe sobre el Beyblade verde. Iñaki aún seguía en una posición muy precaria; detrás de sí, Valeria hacía todo lo posible para evitar que alguno de los contrincantes atacara a Iñaki mientras trataba de defenderse del Beyblade púrpura. Miztli golpeaba a cada rival que se acercaba y saltaba sobre los ataques que no podía repeler. — ¡No vales nada!
— ¡Ya me cansé! — A la señal de Iñaki, Tlaloc se envolvió en un fulgor verde antes de salir propulsado al aire, levantándose varios metros ante las miradas atónitas de todos los competidores. — ¡Golpe del Tlatoani! — Valeria atinó a saltar justo a tiempo, igual que algunos otros competidores. El Beyblade verde volvió en picada al tazón, a toda velocidad, e impactó justo en el centro. El sonido que emanó del beyestadio fue similar al de la tierra partiéndose, y la onda de choque lanzó una multitud de Beyblades al aire, fuera de combate.
Sin perder un segundo, Tlaloc se lanzó al ataque contra Miztli al momento en que aterrizó y aprovechando el estupor provocado por su hazaña, logró impactar de llenó y sacar a Miztli del-
— ¡Tiempo! — Gritó el presentador, justo antes de que Valeria atrapara su Beyblade, ante la mirada atónita de Iñaki. — ¡Tenemos a los ocho participantes que pasarán a los cuartos de final!
Iñaki contó siete Beyblades en el tazón y levantó la mirada para contar el octavo, en la mano de Valeria. Había fallado por muy poco. Valeria por su parte soltó un suspiro de alivio y sonrió agradada.
— Por favor dirijan su atención a la pantalla. — Todas las miradas entonces se tornaron a los monitores gigantescos en lo alto. Ya había un esquema con los pareos organizados para la siguiente ronda. —Comenzaremos con la primer batalla de cuartos de final después de un breve receso de quince minutos. Tenemos a Yesenia del Estado de México contra Daniel de Yucatán.
De vuelta a los vestidores, Yesenia se tiró en la banca otra vez. Decidió no acudir a su habitual rito de paz interna, quizá por temor a quedarse dormida. Los vestidores resultaban más acogedores ahora con solo ocho cabrones dentro. El muchacho de cabello alborotado seguía muy molesto, al parecer, y miraba a la chica de los piercings con tal odio que parecía querer que le explotara la cabeza pero ella ni por enterada se daba. O quizá no le importaba. El muchacho gringo que le había ayudado en la primera ronda lucía muy cansado; se había sentado en una de las bancas al centro y se había escondido el rostro entre las piernas. Entonces se le ocurrió a Yesenia que quizá estaba rezando.
Antes de darse cuenta, estaba de vuelta en el Beyestadio. Los organizadores habían aprovechado la pequeña pausa para cambiar el tazón por otro más pequeño. Apropiado para un encuentro entre solo dos personas. El Chaneque, cuyo nombre se supone era Daniel, le miraba desafiante al otro lado del plato, le apuntó con su Beyblade gigante y púrpura y sonrió de manera casi imperceptible.
— Esto será fácil.
— Perder siempre lo es. — Respondió Yesenia. Preparó su Beyblade y a la cuenta de tres lo lanzó con todas sus fuerzas. — Let it Rip!
Como era costumbre, Yesenia atacó a su oponente con todas las ganas del mundo desde un inicio. Sin embargo, el oponente era demasiado pesado como para inmutarse por los golpes. El yucateco hizo un movimiento con la mano y su Beyblade impactó de lleno contra el de Yesenia, enviándolo lejos. Tzalco tambaleó un poco pero recuperó la estabilidad rápidamente, justo a tiempo para evadir un ataque del adversario.
Ambos danzaban, recorriendo en círculos el tazón de juego, intercambiando golpes uno con otro. No obstante, cada golpe que Yesenia acertaba era un piquete de mosquito y cada golpe de Daniel era un puñetazo en la cara. Si esto seguía por mucho más tiempo, Tzalco se iba a quedar sin fuerzas. Tenía que pensar en algo.
— ¿Qué pasa, chilanga? —Preguntó Daniel. Su sonrisa ahora se había tornado en una burlona carcajada. Se había puesto las manos en la cadera y tenía la cabeza de lado. Como un completo pendejo. — ¿Se te acabaron tus comentarios inteligentes?
— Enseguida te aviento tu Beyblade en toda la frentota. Si calza, después de todo. — No, todavía tenía bastantes comebacks. Y entonces, lo vio; vio su boleto a la siguiente ronda. — Tzalco, ¡Adelante! — El Beyblade blanco evadió un último ataque, saltando fuera del camino. Se apresuró al borde del plato y aguardó a que el Beyblade púrpura viniera en su búsqueda. No tuvo que esperar mucho, ya que a los dos segundos Daniel cargó en su contra. — ¡Caíste!
Su peso le trabajó en contra: Yesenia evadió el ataque y el oponente salió volando por su propia inercia. Solo tuvo que darle un pequeño empujón en la dirección correcta para sacarlo del plato y arrojarlo a la cara del yucateco. En la vida Yesenia había sentido pocas satisfacciones similares.
— ¡Gana Yesenia! — Anunció el anfitrión, y la multitud estalló en aplausos. La fotografía de Yesenia se expandió en la pantalla y después se colocó en uno de los puestos vacíos en el esquema de las semifinales. — El Estado de México pasa a la siguiente ronda.
— ¡Oye! — Gritó la morena, para llamar la atención del muchacho, quien había estado demasiado ocupado frotándose la frente como para prestarle atención. Lucía molesto, y con toda razón. — Te equivocaste: los chilangos son los del D.F.
— La siguiente batalla es entre los representantes de Ciudad de México y Sinaloa: denle un aplauso al chico local Iñaki y su oponente, ¡Mayra! — A la señal del anfitrión, Iñaki y la chica rubia de los vestidores se abrieron paso al plato de juego. No hubo mucho que decir. Prepararon sus Beyblades y apuntaron al tazón. — Preparados, listos… Let it Rip!
Ambos Beyblades golpearon el tazón al mismo tiempo, pero mientras el Beyblade dorado de Mayra comenzó a girar por todo el tazón a toda velocidad, Iñaki se quedó en el centro, esperando.
— ¿Dónde quedó tu confianza, hijo de papi? — Preguntó la rubia, entre risas. — ¿O es que no puedes ganar sin que alguien te regale la batalla?
La verdad es que Iñaki estaba demasiado concentrado en su estrategia. Lo que Valeria le había dicho anteriormente se quedó grabado en su cabeza. Y es que era cierto: cada vez que abría el hocico terminaba pagándola caro. No era un secreto que su arrogancia solía costarle caro. No podía prometer no volver a pecar de soberbia, pero podía comenzar a trabajar en ello. Se dio el lujo de voltear hacia las gradas y la vio a ella, la muchacha de los piercings y las pecas, de brazos cruzados junto a los otros participantes que aún quedaban en el torneo.
— Tlaloc… — Murmuró Iñaki. El muchacho sonrió, se llevó una mano a la cadera y chasqueó los dedos de su mano libre, antes de apuntar dos dedos al tazón. — Acábalo. — Mayra no se tomó su actitud de la mejor manera. La soberbia con que hablaba el capitalino le molestó sobremanera. El Beyblade dorado acumuló velocidad e impactó de lleno contra el Beyblade verde. La acción fue como darle un puñetazo a la pared con las manos desnudas, y la onda de choque estremeció al Beyblade de Mayra como un dolor que recorría hasta el codo.
La participante sinaloense salió despedida del tazón, e inclusive del escenario. Mayra tendría que ir a recoger los trozos de su Beyblade al césped del Estadio Azteca. La chica no cabía en su asombro y los otros participantes se notaban bastante impresionados también: Tlaloc ni siquiera se había movido de su lugar. Finalmente, Iñaki llamó de vuelta a su Blade, tocó su boca con las yemas de sus dedos y le lanzó un beso a la rubia, antes de retirarse de vuelta a los vestidores.
De vuelta en la seguridad de los vestidores, el muchacho dejó salir un aliento pesado. Ni siquiera se dio cuenta cuándo dejó de respirar. Se desplomó en una de las bancas y se revolvió el cabello. La verdad es que el golpe que le dio la otra chica fue muy poderoso. De haber perdido la concentración, quizá hasta hubiera perdido más que la batalla. Ese pensamiento le causo pavor, y con ese sabor en la boca se animó a revisar su Beyblade. Afortunadamente no parecía haberse dañado.
— ¿Lo ves? — Escuchó preguntar a una voz. No tuvo que mirar para saber de quién se trataba, pero de igual manera le miró a los ojos. Valeria le miraba de brazos cruzados, con esa misma mirada gélida de hace rato. Quizá así era su cara. Resting bitch face, solían llamarle sus compañeras del colegio. —Todo sale bien cuando te adhieres a un plan.
— No necesito que me digas cómo luchar. — Valeria rodó los ojos y cambió la distribución de su peso sobre su pierna izquierda, de manera que su cadera resaltaba hacia esa dirección.
— No entiendes nada. — Gruñó la muchacha antes de dar media vuelta hacia la salida. De camino a la puerta, pasó junto a Yesenia quien apenas iba llegando. Cruzaron una fugaz mirada antes de pasarse de largo. — Será mejor que comiencen a llevarse bien.
— Estuvo de poca madre tu batalla, Yesi. — Comentó Iñaki, sonriente, ignorando el comentario de Valeria. La aludida le pasó de largo y se sentó en una banca diferente. — Me tenías al borde de mi asiento.
— Te tendré al borde de la muerte si no te callas el pinche hocico. — Tras el comentario de la primer semifinalista, Iñaki decidió que lo mejor sería no continuar tentando su suerte. Desde las pantallas den los vestidores, ambos pudieron presenciar el final de la tercer batalla de cuartos de final. Jordan había derrotado a su oponente en menos de dos minutos sin siquiera sudar. Ese era el rival a vencer; Iñaki tenía su defensa impenetrable, pero Jordan era un Beyluchador completo.
Jordan era un estratega, un batallador recursivo y meticuloso, que podía examinar el flujo de una batalla y adaptar su plan de acción acorde a lo que necesite. Al batallar juntos en la ronda eliminatoria, Yesenia se dio cuenta: él la había escogido como compañera porque le convenía, no por algún tipo de caridad desinteresada. Él había estudiado y descifrado su estilo de pelea con tan solo verla por unos minutos y supo que podía adecuarse para crear esa muralla ofensiva.
Si Yesenia quería coronarse campeona nacional, si quería tener la mínima oportunidad de cambiar su vida a través del Beyblade, tenía que pasar por encima de Jordan, el mejor Beyluchador que había visto en carne propia. La atención de la muchacha entonces pasó al niño frente a ella: Iñaki era un bocón, pero no podía negar que montaba una defensa muy resistente. Quizá con él tendría que adoptar una metodología diferente. Después de todo, se había dado cuenta: durante la batalla con Daniel, su estilo veloz y salvaje no había sido lo que le dio la victoria. De haber seguido atacándolo como lo hizo al principio, muy seguramente hubiera perdido. No tendría que ser muy difícil derrotar a Iñaki: solo había que hacerlo perder la compostura y sin Valeria ahí para salvarlo, estaría fuera de combate.
Salió de su análisis al escuchar el grito de la multitud en los parlantes de las televisiones. Valeria acababa de ganar su encuentro, sin perder la compostura ni ese porte de perra poderosa que le caracterizaba. No le daba nada de confianza esa chica.
— Debemos salir. Van a anunciar los pareos de la semifinal. — Anunció el de cabello alborotado. El chico salió apresurado y la muchacha le siguió de cerca.
Las semifinales ya estaban decididas: en la pantalla se mostraban las fichas de cada uno de los cuatro competidores y los pareos. Ya el primer par de Beybatalladores había adoptado posiciones frente al tazón. Eran los capitalinos; Ciudad de México contra Estado de México. En primera instancia, Yesenia se sintió aliviada: por lo menos podría asegurar el segundo lugar, ya que estaba segura de que Jordan podría pasar a través de la chica conejo.
— Mucha suerte, Yesi.
— No me llames Yesi, pendejo. — Gruñó la muchacha, empuñando su lanzador con más fuerza. Iñaki se estremeció un poco, pero luego cambió su semblante a uno más serio.
— Competidores, preparados. Listos… Let it Rip!
La batalla comenzó como Yesenia lo había supuesto; Iñaki se plantó en el centro del tazón y esperó. Para desgracia del chilango, ella no sería tan descuidada como la rubia tonta. Tzalco giraba alrededor de Tlaloc, aumentando la velocidad gradualmente. Entonces, cuando creyó haber acumulado suficiente ímpetu, el Beyblade blanco colocó un leve golpe en el Beyblade verde. Solo uno pequeño, en un ángulo por debajo del anillo de defensa. A ese golpe le siguió otro, y luego otro.
— ¿Qué tratas de hacer? — Preguntó Iñaki, en una carcajada. Cada golpe era como un piquete, como un rasguño. — Si el putazo que me pegó la rubia no me derrotó, ¿por qué crees que unos pinchazos me van a lastimar?
— Ya verás, niño fresa. — Afirmó ella, antes de proceder con su estrategia. Después de un par de golpes, Iñaki se estremeció al ver a Tzalco tambalearse. — ¿Ves? La clave de tu defensa perfecta es tu estabilidad. Te gusta jugar a esperar al oponente, pero yo también puedo esperar. Y partirte la madre poco a poco. — Iñaki por fin cayó en cuenta: si golpeaba la base del Beyblade, en su centro de gravedad, perdería estabilidad y su manera de montar la defensa impenetrable. — Y ahora, el golpe final. ¡Tzalco!
A la señal de la chica, el Beyblade blanco arremetió de lleno contra su oponente. Esta vez le pegó de frente, como ella solía hacerlo, y lo mandó a volar. Aterrizó en el borde del tazón, justo a tiempo para evadir un segundo ataque pero incapaz de esquivar el tercero.
Ambos Beyblades giraban por todo el tazón. Iñaki no cabía en su asombro: la chica había derribado su defensa, no con una explosión, sino con varios susurros. Y ahora esquivaba un golpe y recibía otros dos en la cara. Si esto seguía así, Tlaloc iba a dejar de girar muy pronto.
— Debiste saber que no llegarías lejos. — Comentó Yesenia, antes de cruzarse de brazos. — Papi no te puede regalar la victoria. Debes merecerla.
— Nadie… — Iñaki apretó los dientes con fuerza, mientras que un aura verde emanaba de sus manos y hacia su lanzador. La misma aura verde se hizo presente en su Beyblade, que comenzó a girar a toda velocidad, aumentando las revoluciones. — ¡Nadie la merece más que yo! ¡Tlaloc!
Tlaloc se deshizo de Tzalco de un golpe que le hizo retroceder una distancia considerable y arremetió con un segundo ataque que Yesenia apenas pudo evadir.
La chica logró su cometido: le sacó de quicio, pero no obtuvo el efecto deseado. En vez de desconcentrarlo, lo había vuelto más peligroso. Pero estaba bien, ya le había hecho perder la estabilidad y su defensa perfecta. Ahora solo debía aguantar hasta que se cansara y entonces ganaría y pasaría a la final.
O al menos eso pensó al principio. Pero luego comenzó el espectáculo de luces y todo se fue a la chingada. Del Beyblade de Iñaki surgió una bestia gigante entre luces y destellos. El ajolote gigante rugió poderoso y Yesenia solo atinó a retroceder.
— ¡¿Qué es esa cosa?! — Gritó la representante de Ecatepec. Pensó en pedir ayuda, pero el público seguía gritando y los otros competidores seguían viendo la batalla, expectantes. ¿Acaso esto era normal?
— Nadie puede verlo. — Explicó Iñaki, un tanto extrañado. — De hecho me sorprende que tú puedas. Son muy pocas las personas sensibles a las Bestias Bit. Me gustaría hablar contigo de esto; pero en otra ocasión. ¡Esta victoria es mía!
— ¡Claro que no! — Yesenia salió de su estupor inicial y buscó valor en cada rincón de su ser. La criatura era gigantesca, pero no estaba en condiciones de rendirse. Apretó el puño derecho y, sin darse cuenta, este comenzó a emanar un fulgor blanco. — ¡Tzalco!
La chica lanzó un puñetazo al aire, y de su Beyblade emergió la serpiente emplumada de sus sueños. Iñaki se mantuvo ahí, con los ojos abiertos como plato y la quijada caída, con las gotas de sudor frio recorriéndole de la sien a la barbilla. En las gradas, Jordan apreciaba el encuentro de las bestias con una sonrisa resplandeciente de curiosidad y a unos metros de él, Valeria sonreía agradada, mientras buscaba en la mesa de los jueces al señor Arias.
Sergio por su parte, desde la mesa de jueces, no sabía qué pensar. Había visto Bestias Bit antes, en las anteriores iteraciones del torneo mundial, pero nunca las había visto en persona, ni mucho menos tan de cerca. ¿Era por ello que le enviaron los expedientes de estos dos? Ciertamente eran especiales por mérito propio, pero además eran portadores de bestias sagradas. Sergio sonrió, emocionado.
— ¡Ataca, Tlaloc!
— ¡Dale con todo, Tzalco!
Ambos Beyblades impactaron uno contra el otro, mientras que las bestias hicieron lo propio, enfrascándose en combate. La serpiente se enrollaba en el ajolote mientras el Beyblade blanco golpeaba al verde de todos los ángulos, rápidamente. El ajolote se deshizo del rival con un poderoso coletazo, acción que imitó el Beyblade. Intercambiaban golpe tras golpe, olvidando cualquier tipo de estrategia que pudiesen haber tenido al principio de la batalla. Ya no eran dos personas luchando con sus Beyblades: eran dos guerreros batiéndose a duelo en un campo de batalla. Yesenia lanzaba golpes al aire, con sus puños que emanaban la luz de su alma, mientras Iñaki se resguardaba detrás de sus brazos, resintiendo los impactos en su cuerpo.
La serpiente emplumada se alejó del oponente, volando por lo alto, más allá del estadio y a su vez el Beyblade blanco saltó varios metros en el aire. Ambos cayeron de vuelta en picada, mientras Tlaloc e Iñaki se prepararon para el impacto. El choque entre ambas fuerzas provocó que Yesenia perdiera el balance y cayera sobre sus rodillas y la luz que emanó de la colisión encegueció a todos los presentes. Cuando el polvo se disipó, solo quedó un Beyblade en pie.
— ¡Se acabó! — Anunció el anfitrión, rompiendo el silencio tenso del Estadio Azteca. — El ganador es… ¡La representante del Estado de México, Yesenia!
La multitud estalló en gritos y aplausos, y cuando la ficha de la ganadora se expandió en la pantalla, todos comenzaron a corear su nombre a lo alto. Por su parte, la aludida no cabía en su asombro. Ahí estaba Tzalco, girando todavía junto al Beyblade verde que había quedado inerte. Sonrió y levantó un puño en señal de victoria, sin embargo su sonrisa se desvaneció cuando Iñaki le extendió la mano.
— Buena pelea, Yesenia. — Le felicitó sonriente, alegre como quien no acababa de perder. Yesenia estrechó su mano, pero entonces el chico la sujetó firmemente y le ayudó a levantar. — Estuvo muy cerca, pero esta vez tú mereciste más la victoria.
— Gracias, niño. —No sabía que decir en esa situación, pero supuso que lo cordial sería felicitarlo también. — Iñaki. Tú también estuviste muy bien.
— Estos chicos… — Murmuró Daniel, desde su lugar en las gradas. Había quedado perplejo ante la fuerza de esos dos. Sus Beyblades se movían como extensiones de sus cuerpos, comandados a la perfección, y más aún, combatiendo con fuerzas que estaban fuera de este mundo. —Están en una liga completamente diferente.
— Hasta te hace sentir que nunca tuvimos una oportunidad. —Musitó Mayra, con una mano en la frente, sonriente. Miró de reojo a Daniel y ambos compartieron una corta carcajada. Una de complicidad y entendimiento.
No había tiempo que perder, así que Jordan y Valeria se abrieron paso al tazón al poco rato de concluido el encuentro anterior. A ojos de Yesenia, ambos eran indescifrables; Jordan sonreía de una manera muy cálida, como un niño cuyo único propósito ahí era divertirse. Mientras tanto, Valeria se mantenía estoica, serena, sin darle oportunidad a nadie de leer una de sola de sus expresiones.
— Mucha suerte. — Dijo Jordan, antes de adoptar su posición predilecta para el lanzamiento. Sin embargo, Valeria no lo imitó. — ¿Pasa algo?
— No voy a luchar. — Anunció Valeria, y claro pudo escuchar como todos en las gradas comenzaron a murmurar unos con otros. La chica se encogió en hombros y se llevó las manos a los bolsillos, cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. — Ya he conseguido probar lo que quería. Yo no soy una Beyluchadora: mi especialidad es el diseño y mantenimiento de Beyblades. — La chica entonces tomó su Beyblade y lo levantó alto, mostrándolo a todos los presentes. — Yo misma construí mi Beyblade y planeé una estrategia que me trajo hasta aquí. Sin embargo, solo pude avanzar tanto porque todos los otros competidores eran unos imbéciles con Beyblades mal diseñados. El combate en realidad no es mi especialidad.
— Ya veo. — Murmuró Jordan. El muchacho se relajó, abandonando su postura rígida. —Eres brillante. Pero ya que llegaste aquí, ¿No te da curiosidad ver qué tan lejos puedes llegar?
— Yo sé qué tan lejos puedo llegar.
— No lo sabes. — Afirmó el chico, sonriente. El californiano meneó la cabeza en dirección a Valeria, más específicamente a su Beyblade. — Es lo único que no sabes, chica lista. Vamos a ver, juntos. ¿Quieres?
Valeria guardó silencio, mirando directo a los ojos de Jordan. El anunciador del evento, por su parte, no sabía cómo interpretar lo que estaba pasando; Valeria no había accedido aún, así que no podía comenzar la cuenta, pero como seguían ahí no podía declarar ganador a Jordan.
— Tres. — Comenzó Jordan, antes de adoptar su postura de lanzamiento una vez más. — Dos… ¡Uno!
Justo en el último instante, Valeria ajustó su lanzador y tiró con todas sus fuerzas al grito de Let it Rip del estadio entero. Miztli contra Mictlan, el Beyblade gris contra el rojo. Ambos se lanzaron al ataque de buenas a primeras, intercambiando golpes al centro del tazón. El anunciador salió de su letargo y comenzó a gritar para animar al público. Valeria no le puso atención, así que no sabría decir qué estaba diciendo; en ese momento Jordan era todo lo que tenía en la cabeza.
Mictlan se lanzó contra Miztli, pero este último saltó fuera del camino justo a tiempo para propinarle un leve golpe en la parte superior y rebotar fuera de peligro. Ambos danzaron por un rato, intercambiando golpes y saltando fuera del camino cuando un golpe era demasiado veloz para evadir. Valeria cayó en cuenta entonces de que no tenía oportunidad; Jordan no solo había leído su estrategia con la facilidad de un libro de texto de escuela pública, sino que la estaba imitando. ¿Por qué quería luchar si sabía que ganaría?
Estaba jugando. Se estaba divirtiendo con ella. Fue entonces, y solo entonces, que Valeria se permitió sonreír.
— You're such a child… — Murmuró la pecosa, sonriendo aún. Y Jordan sonrió agradado. El chico hizo un puchero y asintió dubitativo. — ¿Quieres divertirte?
— Que ambos lo hagamos. — Afirmó el chico. — Después de todo, este es mi juego favorito.
— De acuerdo. Pero vamos a hacer esto más interesante.
— Perfecto.
Ambos Beyblades se alejaron uno del otro, yendo en direcciones opuestas. Ambos comenzaron a brillar, y cuando saltaron del tazón, liberaron una lluvia de colores y luces aún mayor a la de la batalla anterior. Del Beyblade rojo surgió el perro alado, gigante, rugiendo feroz. El Beyblade rojo emanó llamas de su base, que pronto subieron hasta rodear a Mictlan en un vórtice de fuego.
Por otra parte, del Beyblade gris surgió una luz plateada, precursora de la bestia que dormía en él. Pronto saltó al aire una bola de luz con grandes orejas y un aro alojado en una de ellas, de brillantes ojos rojos y con glifos a lo largo de su cuerpo.
— Es… un conejo. — Murmuró Iñaki, perplejo, admirando la batalla desde las gradas. — Yo juraba que iba a ser un alacrán o una serpiente. — Ciertamente no esperaba que fuera algo tan adorable.
Miztli, tanto en forma de Beyblade como en su majestuosa forma de bestia sagrada, descendió al encuentro de su oponente, a través del vórtice de llamas. Las luces plateadas que emanaban del Beyblade gris se mezclaban con el fuego y se esparcían por todo el estadio, creando un prisma de colores claros que se reflejaba en el techo y cada rincón de las gradas. Todos en el público miraban anonadados, preparándose para el impacto entre ambas fuerzas.
El estruendo de la colisión fue tal que tanto Jordan como Valeria tuvieron que retroceder. Las llamas perdieron su forma y se esparcieron por el aire hasta disiparse, llevándose consigo los mágicos colores. El humo poco a poco comenzó a levantarse, dejando atrás un solo Beyblade. El obvio ganador.
— ¡El ganador y segundo finalista es Jordan, de Baja California! — Anunció el anfitrión, seguido por una ronda de aplausos de todo el resinto. Valeria se acercó al estadio y tomó a Miztli. No podía decir que se sentía sorprendida. Si acaso se sentía satisfecha.
— Gracias por quedarte. — Dijo Jordan, mientras extendía su mano, sonriente. Esa eterna sonrisa comenzaba a molestarla. — Sabía que darías una buena batalla.
— Más te vale que estés preparado. Nos espera un largo camino. — Comentó la muchacha. Se giró, sin estrechar su mano y comenzó su recorrido hacia los vestidores. Jordan suspiró; creyó haber conseguido pasar la barrera de la muchacha, solo para darse cuenta de que era imposible.
— Entonces… — Comenzó Mayra, desde su lugar en las gradas. Ni siquiera se giró a ver si Daniel la escuchaba, estaba segura de que él miraba al tazón con la misma atención que ella. — Nuestro campeón nacional será o la chola o el pocho. ¿Qué van a decir los otros países?
— Nada, si quieren conservar los dientes. — Opinó el de Yucatán. Se frotó por instinto la frente, recordando su encuentro con la semifinalista.
— Creí que ya no estarías aquí. — Comentó Iñaki, antes de tomar asiento junto a Valeria. Encontró a la chica en las gradas, en un asiento no muy alejado del tazón. La muchacha no reconoció su llegada en primera instancia. — Ya te hacía de vuelta en Nuevo León.
— ¿Por qué me iría antes de terminar el evento?
— Pues porque no gané. — Opinó Iñaki, como si fuera lo más obvio del mundo. Y quizá lo era. Es decir, Valeria batalló mucho y pasó por encima de muchas personas para asegurarse de que Iñaki ganara. — ¿Qué no de eso dependía tu plan?
— Mi plan va viento en popa, Iñaki. — Explicó ella, en una carcajada, con la vista fija en el tazón. — Si hubieses ganado tú, o cualquiera de esos otros dos, no hubiera hecho ninguna diferencia. Todo va según lo planeé.
Iñaki entonces prestó atención a los dos competidores de camino al beyestadio. Jordan y Yesenia habían mostrado ser beyluchadores muy capaces, incluso quizá más que él. Nunca admitiría que Yesenia era mejor, al menos no tras perder solo una vez contra ella. Pero ella encontró una manera de sortear su línea defensiva y obligarlo a luchar en el terreno de ella, el de la ofensiva total. Jordan por otra parte era un beyluchador muy técnico; un estratega y metodista por excelencia, el muchacho podía adaptarse a cualquier situación y sorprender con un poder ofensivo impresionante.
Y luego estaba Iñaki, con su defensa impenetrable y su juego de espera. Los tres no podían ser más diferentes, inclusive en sus personalidades. ¿Qué clase de plan podría incluirlos a los tres?
— No entiendo nada. — Confesó Iñaki.
— Sé que no.
— ¡Llegó la hora del encuentro final de la tarde! — Exclamó el anunciador, mientras Yesenia y Jordan se abrían paso al tazón de juego desde extremos opuestos. Ambos lucían serenos y caminaban erguidos, con el pecho de fuera y la mirada atenta al frente, al oponente. El muchacho sonreía pero ella no le devolvió la cortesía. —El encuentro final para decidir al campeón nacional de Beyblade será entre estos dos competidores. De un lado está la implacable Yesenia con su Beyblade, Tzalco. Por otra parte tenemos al metódico Jordan y a Mictlan. — La multitud se dividió, vitoreando a partes iguales a sus favoritos. Yesenia se sintió un poco apenada, pero se deshizo de esa distracción dentro de poco. — Solo uno podrá ganar. Solo uno se llevará el premio de 250,000 pesos a casa. Todo nos ha llevado hasta aquí. Competidores, ¡Preparados!
— Mi meta es ganar, Yesenia. — Anunció Jordan, mientras adoptaba su postura predilecta. — Tengo una promesa que cumplir.
— Me valen tus promesas: necesito ese premio. Será mi llave a una nueva vida. — La morena adoptó también su postura de lanzamiento y empuñó el lanzador con fuerza.
— Listos… Let it Rip!
Ninguno de los dos dio oportunidad al otro de tantear el terreno. Ambos se lanzaron en una ofensiva completa, intercambiando feroces ataques en el centro del tazón. Ciertamente el inicio frenético le daba al público todo el espectáculo que necesitaban, y pronto había gente de pie gritando por lo alto, animando a su favorito. Tzalco evadió un ataque de Mictlan, saltando fuera del camino para después cambiar su trayectoria y golpearlo en el ángulo bajo de la base, imitando la estrategia que intentó contra Iñaki.
— Eso no servirá conmigo, dude. — Aseguró Jordan. El chico sonrió y apuntó al tazón el índice de su mano derecha. Mictlan aceleró sus revoluciones y embistió violentamente al oponente. Sin embargo, Yesenia se las arregló para caer en el borde del escenario y, en un despliegue total de control y equilibrio, recorrió el borde del tazón, seguida de cerca por Mictlan.
— Ven por mí, cabrón. — Invitó la muchacha, sonriente. Y Jordan respondió a la invitación imitando la acción, para sorpresa de Yesenia. La idea era que el chico tratara de golpearla y engañarlo para que terminara fuera del tazón, pero no previó que Jordan podría imitar su hazaña. Debió prever que Jordan imitaría su hazaña. — ¡Dios, eres tan perfecto!
— Gracias. —Obviando completamente la frustración de Yesenia, Jordan la alcanzó para golpearla. No fue suficientemente fuerte como para derribarla, pero si le hizo perder estabilidad. La chica se decidió por una nueva estrategia y Tzalco saltó al aire, con dirección al centro del tazón. — No way, girl!
Mictlan saltó también, con la intención de interceptar a Tzalco en el aire. Sin embargo, Yesenia esperaba esto, y cuando el Beyblade rojo estuvo suficientemente cerca, cayó en picada sobre él, arrastrándolo al tazón de forma violenta.
— ¡Gúey, pero que buen putazo! — Exclamó Iñaki. El muchacho se había puesto de pie y seguía la batalla sujeto al barandal frente a él. — Quizá Yesenia pueda ganar.
— Jordan va a ganar; Yesenia no tiene la experiencia. — Opinó Valeria, pero Iñaki no respondió, solo se quedó ahí mirando y sonriendo como idiota.
Mictlan se había quedado atrapado en el centro del beyestadio y ahora Tzalco lo atacaba desde todos los ángulos, a toda velocidad y sin piedad. El metódico estratega se había quedado sin opciones. Cada ataque estaba mellando el desempeño y estabilidad de Mictlan, por lo que tendría que pensar en algo cuando antes. Yesenia le había vencido en su propio terreno: ideó una estrategia para atraparlo, lo condujo como a ella le convino y creó una situación ideal para su estilo ofensivo. Entonces, Jordan tenía que vencerla en su propio terreno: con fuerza bruta.
— Pues que así sea. ¡Mictlan! — Jordan lanzó un puño al aire y Mictlan comenzó a brillar. Las llamas envolvieron al Beyblade rojo que después impactó a Tzalco, sacándoselo de encima. Jordan se lanzó al ataque sin dudarlo, dejando un rastro de brazas a su paso.
— ¡No me subestimes! ¡Acábalo, Tzalco! — El Beyblade blanco comenzó a girar erráticamente en círculos. Evadió el ataque del oponente y a su vez se rodeó en una corriente de viento. Ambos Beyblades intercambiaban golpes mientras giraban a toda velocidad, levantando a lo alto un torbellino de fuego y viento. A pesar de que las llamas rebalsaban el tazón de juego y volaban por encima de los participantes, Jordan y Yesenia continuaban firmes al pie del beyestadio.
En lo que pareció un descuido por parte de la muchacha, dejó expuesto un ángulo vulnerable en su parte inferior. Jordan aprovechó esa ventana para golpear a Tzalco por la base y lanzarlo al aire, girando sin control.
— ¡Ahora, terminala! — Jordan llamó a Mictlan desde dentro de su Beyblade. El perro alado emergió de nuevo entre llamas y luces y se lanzó al cielo en busca de su oponente. Por su parte, Yesenia esbozó una corta sonrisa y levantó una mano al aire, con la palma extendida.
— ¡Tzalco! — A la señal de la combatiente, el Beyblade blanco se estabilizó de inmediato y convocó a la serpiente emplumada. La serpiente voló por los cielos, yendo más allá del techo del Estadio Azteca, revelando su longitud. Decir que Tzalco era enorme sería no hacerle justicia. — ¡Huracán Azteca!
A la señal de la muchacha, la serpiente rugió. Fue un rugido tan poderoso que el Estadio se cimbró hasta sus cimientos. Fue tan imponente que Jordan sintió su corazón sacudirse. Pero no podía dudar; de su victoria dependía su sueño, su meta. Las llamas desbordaron del tazón y rodearon a Jordan en un perfecto círculo, al mismo tiempo que de sus puños emanaba un aura roja. A su vez, desde la espalda de Yesenia comenzó a soplar una poderosa ventisca que meneaba su cabello y sus ropas violentamente, y la misma aura blanca de antes envolvió sus puños también. Jordan lanzó los puños al aire, y Mictlan tomó esto como una señal para tomar vuelo, para encontrar a su rival en el aire.
— ¡Meteoro del Inframundo!
Las llamas consumieron a Mictlan en su totalidad, convirtiéndolo en un meteoro, un cuerpo celestial que salió disparado contra Tzalco. La serpiente emplumada por su parte había generado un tornado que envolvió su cuerpo totalmente. La bestia sagrada del cielo cayó en picada, al encuentro de su contraparte. Y cuando ambas fuerzas se encontraron en el aire, la explosión envió lejos a ambos competidores.
Todos los presentes sintieron la onda de choque. El mismo Iñaki tuvo que sujetarse del barandal con todas sus fuerzas para no salir volando, pero aún así Valeria lo empujaba con ambos pies fijos en el trasero del muchacho. En la mesa de jueces Sergio sujetaba sus papeles y el trofeo para el ganador. Las llamas eventualmente se elevaron al cielo hasta desaparecer, pero algunas brazas aún seguían ardiendo en el tazón. Así como seguía girando el ganador.
— ¡Se acabó! — Gritó el anunciador, rompiendo el silencio comunal en el estadio. — Su nuevo campeón nacional de Beyblade es nada más que… ¡Jordan Rubio!
El estadio entero estalló en aplausos y gritos. La gente saltaba en sus lugares y cantaba el nombre del ganador a todo pulmón. Mientras tanto, Jordan miraba incrédulo al cielo; después de todo, la explosión lo había dejado tirado de espaldas en el suelo y con su manbun desecho. El cabello se le había caído al frente y le tapaba la cara, por lo que se lo hizo a un lado con la mano y se acercó a gatas al tazón para poder ver y cerciorarse. En efecto; el Beyblade rojo era el único que seguía girando. Su Beyblade.
— Gané… — Murmuró Jordan, para sí mismo. No, no sonaba correcto. — I won. —Sí, eso estaba mejor. El chico saltó para ponerse de pie y lanzar los brazos al aire. — I won! I fucking won!
Por su parte, Yesenia, de rodillas en el suelo, se mordía el labio para no dejar que su decepción se llevara lo mejor de ella. Con la mirada baja, tomó su Beyblade y lo examinó de cerca: tenía marcas de hollín en todas partes. No había nada malo con Tzalco, dio todo de sí. Era un Beyblade más que extraordinario, como la bestia que vivía en él. Respiró profundo y se levantó lenta y decorosamente, porque no podía permitirse ser una mala perdedora. Miró a Jordan a los ojos y extendió su mano.
— Felicidades. —Murmuró. Quiso sonar convincente, pero el nudo en su garganta quebró su voz. — Eres increíble.
— Gracias. Tú también estuviste asombrosa. — El muchacho respondió al gesto, sonriente. La verdad es que Jordan tenía una sonrisa muy bonita, y contagiosa, así que Yesenia se permitió sonreír también. Al menos un poco.
— Ahora, para hacer entrega del premio a nuestro ganador, tenemos al representante de la Federación Mexicana de Beyblade: Sergio Arias. — A la señal del anunciador, Sergio se abrió paso al tazón con el enorme trofeo en manos. El anunciador le dio el micrófono al hombre y retrocedió un par de pasos.
— Muchas felicidades, Jordan. — Comenzó el hombre, mientras le entregaba el trofeo al ganador. El aludido musitó un agradecimiento e hizo una corta reverencia. — Eres el mejor beyluchador de México. Sin embargo, tu trayectoria no termina aquí. — Sergio entonces se dirigió a todos los espectadores. — Como todos ustedes saben, este año se llevará a cabo el Campeonato Mundial de Beyblade en Estados Unidos. El evento comenzará el mes que viene y necesitamos un equipo que pueda operar como una unidad, competir contra los más grandes del globo y ganar. Apuntamos alto, por lo que necesitamos beyluchadores que estén a la altura. Para liderar a este nuevo equipo, tendremos al campeón nacional. ¡Un aplauso para Jordan Rubio!
El público cumplió, y pronto los cánticos de Jordan, Jordan comenzaron a inundar el aire y elevarse a los cielos del Coloso de Santa Úrsula. Yesenia solo podía pretender que no le importaba por un tiempo limitado, así que dio media vuelta y trató de bajar del escenario de manera discreta.
— También, como segunda elección he decidido llevar a Yesenia Nohemí Tapia. — Y entonces, una de las cámaras enfocó a Yesenia y su rostro se proyectó en las pantallas gigantes. Debía decir que no lucía muy agraciada cuando estaba sorprendida, pero era solo su propia opinión. — La segunda mejor competidora de este torneo nacional. Y por último tenemos a los semifinalistas; Iñaki Valencia y Valeria Guadalupe Zamora. — Así mismo, la cámara enfocó a los dos chicos en las gradas, e hizo un primer plano en el rostro estupefacto del muchacho. Y vaya que estaba sorprendido.
— ¿Te llamas Guadalupe? — Valeria le dio un golpe en la nuca, antes de bajar al escenario, con Iñaki siguiéndole de cerca. — ¿Qué le pasa a Lupita?
— ¡Cállate el hocico!
Dentro de poco, los cuatro estaban en el centro del escenario, sus rostros proyectados en las pantallas gigantes del Estadio Azteca, con multitudes enteras coreando sus nombres, alentándolos. Yesenia no había terminado de procesar lo que acababa de pasar; apenas estaba haciendo las paces con el hecho de que perdió y ahora iba camino a Estados Unidos a participar en el mundial de Beyblade.
— ¿Me darán dinero si ganamos el mundial? — Le preguntó Yesenia a Valeria, en medio de todo el tumulto. La muchacha asintió enérgicamente, sonriendo discretamente. Y eso fue todo lo que la de Ecatepec necesitó. — ¡Vamos a ganar, perros!
—Durante este torneo yo fungiré como su representante y entrenador. — Explicó Sergio, aún al micrófono. — Seguirán mis instrucciones al pie de la letra y saldremos adelante. Debemos registrar al equipo con un nombre, así que piensen en uno. — Los cuatro intercambiaron una mirada de complicidad breve, antes de hablar todos al unísono.
— Barrio Pesado.
— Iñaki y sus Lobuquis.
— Los Gadgets de Valeria.
— M Force.
— Jordan, ese nombre ya lo tiene una marca de condones. — Explicó Valeria, mientras Iñaki se doblaba de la risa al fondo.
— Bueno, supongo que el Beyblade puede considerarse una actividad física vigorosa. — Filosofó Iñaki, ante las miradas incrédulas de las chicas.
— No le vamos a poner M Force al equipo. — Afirmó Yesenia, de brazos cruzados. — Antes le ponemos Iñaki y sus Lobuquis.
— ¿Neta?
— ¡No!
— ¿Qué tal…? — Pensó Jordan. El chico miró su Beyblade, al Xoloitzcuintle en su bit, mirándole de vuelta. Y sonrió. — Aztec Strikers. — Todos hicieron lo propio. Compartieron un momento con lo que los unía, lo que les daba identidad, los elementos de su cultura colectiva que los hacía mexicanos, que compartían no solo entre ellos sino con el mismo lugar en el que estaban. Los cuatro formaron un perfecto circulo y quedaron de espaldas unos con otros, alzando sus Beyblades a lo alto, anunciando su nombre al público que había venido a verlos. Esta era su primer parada, y el mundo pronto los conocería.
— ¡Aztec Strikers!
