Diablo vigilaba el patio con sus pétreos ojos, impasible al clima y al tiempo. Su dueña solía sentarse a su lado y unirse a su vigilia durante las tardes estivales mientras la joven aprendiz realizaba sus tareas. El día después de la visita de Aurora, mientras Nimue paseaba por el patio, Maleficent buscó de nuevo la compañía y el consuelo de su Fiel Amigo. Acarició la estatua con cariño, pasándole los dedos por las alas.

-¿Crees que me estoy volviendo blanda? –preguntó al cuervo. Suspiró y se apoyó contra el muro.

Nimue tenía razón. Podía haber matado a la chica sin el mayor problema. Era la oportunidad perfecta para regresar a lo grande y recuperar el temor de antaño. Sin embargo había vacilado.

-También vacilé en su cumpleaños, ¿recuerdas, Fiel Amigo?

Esperó unos instantes a oír el graznido de Diablo, pero éste no llegó. Volvió a suspirar. Las circunstancias eran otras, desde luego. Una parte de ella, la que la había dominado todos estos años, le exigía terminar lo ya empezado. Pero ahora lo único que deseaba era que la dejaran en paz.

Su mente siguió girando en torno a Aurora. Recordó lo mucho que a su madre le gustaba leer y lo rápido que terminaba los libros, y quizás la hija había heredado esa facultad. De todos modos le había picado la curiosidad. Evocó las salas del castillo de Glenhaven, una por una, hasta encontrar a la joven, que paseaba por el jardín en compañía de su madre. Ambas tenían el gesto serio, y Aurora se mordía levemente el labio inferior, al igual que hacía su padre al ponerse nervioso.

-O sea…-empezó la chica-. Que ella te habló…de mí…

La reina negó con la cabeza. Pasó un brazo por la espalda de su hija.

-No, cielo, me habló de tu nombre. Sé que hasta ahora has oído mil y una versiones sobre el origen de tu nombre, pero esta es la verdadera razón –esbozó una leve sonrisa y le guiñó un ojo, animosa-. Ese es mi pequeño secreto.

Aurora le devolvió la sonrisa a su madre. Le preguntó que qué pasaba con su padre, a lo que la reina respondió que mejor no implicarle en todo eso. Nunca le había caído demasiado bien su cuñada.

-Es bastante irónico, ¿no crees?

-Sí, lo es –admitió Maleficent, mirando la imagen. Aurora y su madre abandonaron el jardín y se recluyeron en el interior. Dejaron de lado la conversación hasta llegar a las habitaciones privadas de la familia real. Una vez allí la joven decidió continuar.

-Supongo que tú la odias, Madre.

La reina soltó algo parecido a una risotada. Se dirigió hacia una mesa, cogió una copa y la botella que descansaba sobre la madera y se sirvió vino. Se la llevó a los labios y la apuró de un trago. Al verlo, Maleficent sonrió. El gusto por el alcohol y el saber aguantarlo era una de las pocas cosas que unía a las dos mujeres.

-Al principio la odié, no voy a negarlo –respondió mientras se limpiaba la comisura de los labios-. Se presentó en el que se supone iba a ser uno de los más felices de mi vida y tú el motivo de mi orgullo. Nos hirió de la manera más cobarde posible, Aurora. La odié con toda mi alma por eso.

"¿No lo entiendes, cariño? Si me hubiera hecho daño a mí directamente… ¡I-Incluso podría haberlo entendido! Yo la traicioné, lo lógico habría sido vengarse en mi persona. Tú eras inocente, una recién nacida que no tenía nada que ver. La odié con toda mi alma desde ese día".

La reina dejó la copa en la mesa dando un golpe. Aurora se sobresaltó. Su madre apoyó los nudillos contra la madera, mirando las pequeñas manchas de tinto desparramadas sobre la mesa. Tragó saliva y respiró hondo varias veces. Acto seguido se llevó una mano a la frente y se la frotó.

-Sin embargo, ella también sufrió –se giró hacia la joven-. Tampoco puedo olvidar nuestra juventud. Verás, tu…-le tembló la mano-…tu tía siempre fue así, ¿sabes? Encerrada siempre en sí misma, abriendo su corazón sólo a unas pocas personas. Yo fui una de ellas, y eso siempre me llenó de orgullo. El cariño que nos teníamos se negaba a irse por mucho que me empeñase en odiar. Podría decirse que sí, que aún la quiero. Pero ahora ya es demasiado tarde para hacer nada.

Aurora miró al techo, algo confusa y apenada por su madre. Mas, ¿qué podía ella decir? Absolutamente nada. Sintió remordimientos; no había sido prudente sacar de nuevo el tema a la luz.

-Es curioso, el cariño. Ella me quería con toda el alma y yo la engañé con un acto de amor. Dicen los sabios que el mal se encuentra en el corazón del amor. Si yo…Si tan sólo hubiera podido decirle algo, hablar con ella…

-Nadie puede cambiar el pasado, hermanita –dijo Maleficent.

-Ese día, cuando vino, hizo ademán de marcharse –continuó la mujer, al borde de las lágrimas-. Yo le dije "¿No os sentís ofendida, Excelencia?". Entonces ella se volvió y me contestó que tenía un regalo para ti. Yo...Yo sólo quería…–apretó los puños y soltó un involuntario sollozo. Aurora hizo ademán de ir a consolarla pero la mujer la detuvo con un gesto-. Por un instante llegué a pensar que todo saldría bien y que volvería a mi lado. Que me perdonaría.

-Mamá…-interrumpió la joven.

Maleficent deshizo la escena con un violento gesto. Se mordió el labio y se llevó una mano a los ojos. Se pasó la manga por ellos. Había derramado unas pocas lágrimas con aquella extraña confesión. Sólo la dignidad le impidió derrumbarse.

La quería, a pesar de todo lo que había hecho. ¿Perdonarla, ella? Nunca se le había pasado por la cabeza tal cosa. Estaba tan corrompida por el deseo de venganza que ni siquiera se había parado a pensar…

¡O sea que Aurora, su sobrina, sí llevaba su nombre en honor a ella! Era una sorpresa. A pesar de haber oído hacía muchos años que Aurora era nada más que eso, un nombre bonito mencionado en una conversación pasada, nunca imaginó el verdadero significado de ese gesto. El nombre de Aurora era la única manera que había tenido Fleur de rendirla un secreto homenaje.

Sin embargo, tal y como había dicho Fleur, ya era demasiado tarde. Ella había marcado su propia senda cuando eligió el nombre de Maleficent, y por ella habría de andar hasta el final de sus días. Mientras se repetía mentalmente la frase se asomó para vigilar a Nimue. La muchacha estaba sentada frente al puente levadizo, leyendo como siempre. Tenía las mejillas hundidas. Había ganado peso desde que el día en que se presentara, pero todavía seguía demasiado delgada. Maleficent se reprochó el no haberse dado cuenta antes. Dejó el balcón y bajó a la despensa solo para descubrir lo que ya sospechaba, que la comida se había estropeado casi en su totalidad. Con un suspiro anotó el hechizo conveniente en un trozo de pergamino. Salió al patio.

Se detuvo a unos pasos de la joven. Nimue estaba de espaldas a ella y por lo tanto no la vio. Había dejado de leer y contemplaba el horizonte, gris y vacío. Se aclaró la garganta y empezó a cantar. Tenía una voz clara, casi infantil, pero excelente. Cantó una canción popular lexovien que a Maleficent le trajo gratos recuerdos.

-Bravo –dijo una vez finalizada-. Cantas muy bien, Nimue.

La joven pegó un brinco y se puso en pie, azorada. El libro se le resbaló del regazo y cayó estrepitosamente al suelo.

-S-Señora, yo…-balbuceó. Maleficent abrió la mano en gesto conciliador y le entregó el pergamino.

-Nadie pasará hambre en mi castillo. Date un atracón esta noche, tu cuerpo lo necesita. Y por lo que más quieras, deja de llamarme "señora"; no soy una vieja matrona.

La joven sonrió de oreja a oreja y le dio las gracias. Aquella noche Maleficent invocó cantidad de comida suficiente para un banquete y Nimue pudo comer hasta saciarse por primera vez en meses. Dedicó a su maestra miradas de agradecimiento durante toda la velada mientras la mujer la devolvía una expresión distraída.

Maleficent pensaba en su aprendiz, a la que sin quererlo había cogido cariño. Le había costado semanas admitirlo, a decir verdad. Pero el cariño que sentía cada vez que pensaba en Nimue se mezclaba con orgullo cada vez que la chica lograba aprender algo nuevo. No era el mismo tipo de amor que ella había experimentado en el pasado, el cariño que entonces sintiera por la futura reina de Glenhaven. El afecto y el deseo de protección eran parecidos, pero el orgullo era algo relativamente nuevo.

En silencio, la Emperatriz del Mal se preguntó si aquella sensación sería lo mismo que una madre siente por una hija, si Fleur experimentaba lo mismo cada vez que veía a la joven Aurora.

-¿Os ocurre algo, señora?

La mujer alzó la cabeza y cruzó una mirada falsamente enfurruñada con la joven.

-¿No te he dicho que no me llamaras señora?

Nimue bajó la cabeza, como siempre, pero en su gesto había desaparecido el terror de al principio de su relación. Ahora la mujer veía timidez y vergüenza, quizás algo derivado de su niñez. Tenían que remediar eso si Nimue quería llegar a vengarse.

-Lo sé. Pero no me habéis dicho como he de llamaros entonces.

-Como te apetezca –bufó la mujer, encogiéndose de hombros.

-De acuerdo, entonces –contestó la joven, asintiendo con la cabeza.

Empezó a recoger los restos de la comida, siempre en silencio. Cuando terminó fue a recostarse junto al fuego que Maleficent había prendido en su corredor, junto a su maestra. Ésta la sorprendió gratamente cuando, de repente, le pidió que cantase.

-Pero no se me da demasiado bien –confesó, roja como la grana.

-No digas tonterías –rezongó Maleficent-. Canta algo.

Nimue sintió que se iluminaba la cara, como siempre pasaba cuando Maleficent la elogiaba. Le había dicho "Bravo" esa misma tarde. Su familia siempre sabía encontrarle fallos al cantar; cualquier pequeño detalle que no encajaba era causa de fatalidad. La música, la cantante, el acompañamiento…Nunca nada resultó ser lo suficientemente bueno como para decir bravo.

La muchacha respiró hondo y repasó mentalmente su repertorio. Le costó, pero acabó por encontrar la canción perfecta, la que le ganaría más elogios por parte de Maleficent.

Cuando el frío del invierno venga
La noche cubrirá los días
Caminaré en la amarga lluvia
Sintiendo tu ausencia a cada paso

Pero en los sueños
Puedo oír tu nombre
Y en los sueños
Nos reuniremos de nuevo

-¿Ya está? –inquirió la mujer nada más terminar.

-Es una canción bastante corta –admitió Nimue. Luego añadió que la gran mayoría de canciones que conocía eran cánticos religiosos. Explicó que durante su niñez había estado a punto de ingresar en un convento debido a su posición en la familia y a su voz. La monja que se ocupaba de su educación estaba orgullosa de su canto y la había hecho aprender todos los cantos de alabanza al Señor que conocía.

-Pues cántame otra cosa.

-¿Aunque sea religioso? –Maleficent se encogió de hombros. Le daba igual. Acababa de descubrir lo mucho que echaba de menos la música y lo que deseaba oírla de nuevo.

Veni, redemptor gentium

Ostende partum Virginis

Miretur omne saeculum

Talis decet partus Deum…

-… ¿Queréis que continúe? Es una canción bastante larga.

-A decir verdad la canción me da modorra. Ya cantarás otro día.

Nimue hizo un amago de sonrisa y se puso en pie, presta a retirarse. Maleficent se despidió con una especie de gruñido al que ya se había acostumbrado. Dio un par de pasos en dirección a su cuarto, pero se detuvo a mitad de camino.

-¿Qué te preocupa, Nimue? –inquirió Maleficent, mirando las llamas. La chica respiró hondo.

-Me…Me preguntaba si con respecto a cómo debería llamaros…

-Suéltalo de una vez.

-Sí, claro –respondió la joven-. Lo que quisiera pediros es si…bueno…si podría llamaros Madre.

Maleficent giró la cabeza y posó los ojos abiertos de par en par sobre su alumna. A Nimue, entre tanto, se le encendieron las mejillas y automáticamente tenía clavados los ojos en el suelo. Apretó los puños, respirando entrecortadamente.

Maleficent sopesó la respuesta durante bastante tiempo. Lo cierto, eso ya lo tenía admitido, es que le había cogido un cariño maternal a aquella muñeca rota que necesitaba de consuelo. Mas su resentimiento habitual le hacía recelar. Nunca le habían gustado los críos, y la propia idea de llegar a tener uno algún día simplemente le daba asco. Pero esa chica era diferente a cualquier crío y a la vez tan parecida a uno de ellos… ¿Qué le hacía tan especial? No lo sabía, y en el fondo tampoco le importaba demasiado.

-De acuerdo, Nimue. Antes te dije que podías llamarme como te placiera –consintió la mujer. A la chica la brillaron los ojos, como si fuera a llorar de un momento a otro, y Maleficent llegó a pensar que así sería.

-Yo… ¡Gracias, gracias, muchas gracias! ¡No os decepcionaré, lo juro!

Nimue giró en redondo y se marchó a la carrera, internándose en su habitación. Al verla así, feliz y contenta, Maleficent no pudo evitar sonreír. Mientras su ánimo se calmaba conforme pasaban los minutos comenzó a darle vueltas a la relación que habrían mantenido la joven Nimue y su verdadera madre. Ella la conocía sólo de oídas y, por los rumores que recordaba sobre ella, compartían la misma opinión sobre la maternidad. Supuso que una joven como ella habría maldecido en mil idiomas el tener que compartir lecho con un hombre apartado de la corte, menospreciado por su propia familia. Y para colmo el único recuerdo que le quedaba de él, tras su muerte, era esa chiquilla frágil de aspecto melancólico. Maleficent comprendía su situación pero, aún con todo, la actitud de la mujer le parecía despreciable. Incluso su propia madre, que no había dudado en renegar públicamente de ella al descubrirse su verdadero ser, había prodigado muestras de cariño a la futura oveja negra del rebaño. El poder de Nimue, aunque potente, nunca hubiera salido de veras a la luz si su familia hubiera sido más comprensiva. Hacer bailar las llamas era cosa de niños comparado con lo que realmente era capaz esa joven. En cierto sentido su familia era afortunada, dado que su poder no se manifestó debido a la ira.

Pero a pesar de todo aquello, ahora podría decir que, en cierto sentido, se había convertido en madre. Soltó una risa mientras se preguntaba cómo habría reaccionado Fleur al descubrir que llevaba en su interior a la joven Aurora. Todo aquello era nuevo para ella; demasiados sentimientos procedentes "del otro lado", de aquel mundo de luz prohibido para ella.

Pero hasta el más pérfido de los demonios era capaz de amar, si se presentaba la persona adecuada para ello.

Fleur se equivocaba, se dijo mientras miraba las estrellas, es el amor el que está en el corazón del mal, coexistiendo en un extraño equilibrio incomprensible para los simples mortales.

-Dulcis amor…Amor agridulce -susurró antes de bostezar.