Comentarios del autor: Estoy tomando por costumbre esto de disculparme por los retrasos a la hora de actualizar…¡Ojalá no me pase más! Pero siempre surgen imprevistos, y eso junto con actualizar también el otro fic que tengo en activo, me impiden entregar puntualmente un capítulo semanal, a ver si cambio un poco el chip xD. Muchas gracias a todos por leerme hasta aquí, y espero que en lo que sigue. Un saludo!
Título: Encadenados
Autor: Quimaira
Pareja: Scorpius Malfoy/Albus S. Potter
Advertencia: Slash (relaciones homoeróticas explícitas) entre menores de edad. Lenguaje soez. BDSM.
Disclaimer: Los personajes de Harry Potter no me pertenecen a mí, sino a JK. Aún así me tomo la libertad de escribir sobre ellos para cumplir mis enfermas(¿) fantasías.
ENCADENADOS
Es mi casa y jugamos cómo yo diga.
Sabía de sobra que era culpa suya ese perpetuo estado de nerviosismo en el que se encontraba desde el día anterior. No por nada la propuesta había sido suya. Aun no entendía cómo demonios se había atrevido a sugerir ese encuentro, y mucho menos había querido pararse a pensar en los propósitos del mismo. Malfoy era una mala influencia, eso seguro, y tanto insistir en el tema de las cadenas y tantas horas de castigo juntos habían hecho mella en él. Por todos los gnomos, seguro que de un modo o de otro había terminado perdiendo la cordura.
Volvió a mirar su reflejo en el espejo por enésima vez, acomodándose el pelo con las manos, casi a tirones, para que se quedara de una vez en una postura menos desorganizada. No quería darle al rubio más motivos para mofarse de los que seguramente tenía ya.
Sus compañeros de cuarto todavía dormían, casi lo agradeció cuando salió a hurtadillas del dormitorio. Era sábado, y las nueve de la mañana de los sábados no existen para la mayoría de los estudiantes, para casi todos los de la casa Gryffindor al menos. Eso había podido comprobarlo en esos años, en que la sala común se encontraba desierta hasta casi entrado el mediodía, y el comedor de la escuela no presentaba un aspecto mucho más habitado a esas tempranas horas de fin de semana. Él mismo habría aprovechado las tibias sábanas hasta el último momento si esos condenados nervios se lo permitieran.
¿Qué diferencia habría entre nervios e impaciencia? Pensando que no sabría distinguir entre una sensación y otra, recorrió los silenciosos pasillos sin más compañía que el eco de sus propios pasos y algún sonido lejano de pájaros y ascendió pesadamente las escaleras que llevaban hacia la más alta de las torres del castillo.
No había pensado siquiera en pasarse a desayunar. Demasiado lleno tenía ya el estómago de sensaciones extrañas que tiraban en diferentes direcciones. Meter algo más ahí dentro – más tratándose de algo sólido – era bastante osado y dudaba que pudiera retenerlo más de dos minutos. Eso si su misma garganta no estaba ya cerrada al paso de comida.
Con un suspiro de resignación, se acomodó la calentita túnica de invierno que llevaba y ascendió el último tramo, dónde la piedra dejaba paso a la madera y el ascenso parecía más suave y menos frío, aún a pesar de que la estancia estuviera abierta y el aire de temprana mañana se colara por todos los recovecos.
- Buenos días. No te esperaba tan temprano – la ya conocida voz lo hizo detenerse un momento y mirar al rubio sentado sobre la metálica baranda que rodeaba la circular habitación, con la espalda apoyada en una de las columnas de piedra que se erigían hasta la bóveda. En sus muslos y entre sus manos descansaba un libro abierto del que no pudo distinguir el título por la postura, pero sí pudo identificar las tapas rojas pertenecientes a la colección de Los Hijos de la Magia: Lo que nunca te han contado. La serie contaba con trece volúmenes en los que se explicaba un poco de historia del Mundo Mágico y anécdotas sobre criaturas y hechizos. Albus se había leído los dos primeros, su tía Hermione se los había regalado hacía un par de años por su cumpleaños, pero los había encontrado particularmente aburridos y había cejado en el empeño de continuar coleccionándolos.
- Ni yo a ti. Recuerdo haberte dicho a las nueve… - murmuró terminando de subir las últimas escaleras hasta quedarse a pocos metros del muchacho, alisándose la ropa por hacer algo.
El rubio cerró el libro luego de marcar la página con un listón también de color rojo, del que pendía un dije plateado en forma de serpiente y se levantó, sacudiéndose la túnica y cerrándosela un poco más en torno al cuello, para evitar la molesta corrientilla de aire que se le colaba por ahí y le erizaba la piel y el vello de la nuca. Haciendo una filigrana con la varita se proyectaron en el aire los dígitos de un reloj que claramente marcaba las nueve menos diez.
- Me gusta levantarme temprano y hacer las cosas con calma. Acabé de desayunar antes de tiempo y como no tenía nada mejor que hacer simplemente me vine a disfrutar de la despejada mañana y del trino de los estorninos. ¿Cuál es tu excusa?
- ¿Excusa? – Albus alzó una ceja entre curioso y disconforme. No es que necesitara ninguna excusa, ¿no?
- Así es. Ambos sabemos que los dos estábamos impacientes por venir, así que no tiene caso contar rebuscadas historias, pero si quieres jugar a eso a mí me parece bien. Al fin y al cabo tú propusiste este encuentro, así que tú dictas cómo se lleva a cabo – una sonrisa de suficiencia bailó en los finos labios del Slytherin mientras el otro muchacho torcía el gesto, contrariado. Era extraño sentir como en ocasiones parecía que Malfoy le leía la mente. Y molesto pensar que de ser así, podría prácticamente manipularlo como se le antojara.
Pensar en eso hizo que su mente dejara escapar la idea de un magnífico plan tramado solo para tenerlo a su disposición, para acceder a lo que verdaderamente quería pero haciéndole pensar que era él mismo quién mandaba, quién decidía el cuando y el donde. No pudo más que sacudir la cabeza imaginando la ridiculez de sus propias ideas y recomponer una seria expresión con la que no pretendía otra cosa que aparentar una seguridad que no sentía en lo absoluto.
- Bueno, da lo mismo. – suspiró haciendo un gesto con la mano derecha antes de embutir ambas en los bolsillos laterales de su pantalón. Era incómodo sentir como toda la atención del rubio estaba puesta en él, al igual que su límpida mirada de plata, escrutando su rostro en busca de alguna señal de que iba a ponerse a hablar en breve, para confesarle el motivo de su encuentro. Motivo que él mismo seguía sin tener claro. Motivo en el cual no quería pensar en profundidad.
- Me gustas cuando callas, porque estás como ausente…. – el rubio había comenzado a recitar, moviéndose despacio alrededor del joven Gryffindor, que había pegado un pequeño bote por la sorpresa, y que ni siquiera sabía que Scorpius estaba citando a Neruda, así que le dirigió una mirada de incertidumbre, de extrañeza, con las cejas arqueadas de forma casi cómica.
El unigénito de los Malfoy sonrió de manera elegante a sus espaldas y alzó las manos, aun sujetando el libro con una de ellas, para continuar su perorata en pos de romper el silencio, y también porque le parecía de lo más divertida la expresión de su acompañante. Sabía que no estaba entendiendo ni pío.
- …y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca…
- ¿Qué han servido hoy de desayuno…?
- Parece que los ojos se te hubieran volado… - su voz sonó una octava más elevada, como pretendiendo hacerse oír por sobre la pregunta carente de sentido. Albus cerró la boca con indignación por esa manera tan irritante de ignorarlo y cruzó los brazos sobre el pecho, intuyendo que debía aguardar a que la prosa concluyese.
- y parece que un beso… - el recorrido terminó justo dónde había empezado, deteniendo sus pasos frente al muchacho, el cual dio el medio giro que faltaba para poder mirarlo nuevamente de frente. La cadencia de su voz bajó de nuevo, ahora en silencio bastaba un susurro para ser escuchado.- … te cerrara la boca.
Si hubiera sido una noche de primavera, probablemente el sonido de los grillos habría acompañado al nuevo silencio, pero en ese momento lo único que se escuchó fue el viento acariciando tentativamente la destemplada piedra de las columnas y el frío metal de las barandillas. El tiempo pareció detenerse por unos segundos considerables en los que la perpetua sonrisa de satisfacción y suficiencia permaneció en el pálido rostro de uno de los muchachos, y la mirada esmeralda del otro sostuvo la contraria con suspicacia.
El rostro momentáneamente bobalicón del moreno fue quién primero quebró el rictus, soltando un suspiro que pareció medio desinflar su cuerpo, dejando caer un tanto sus hombros y aflojando la tensión de sus brazos cruzados sobre el pecho.
- Eres una persona extraña, Malfoy. – su declaración le valió una cantarina carcajada de diversión e incredulidad.- ¿Qué? ¿De qué te ríes? Para empezar no tiene ningún sentido lo que has dicho, ¿a qué te refieres con que se me han volado los ojos?
- Potter, solo es un poema de un tipo muggle. No vayas a volverte loco con eso. – el rubio reculó un tanto hasta que su espalda quedó cómodamente apoyada sobre uno de los pilares.- Y no soy más extraño que tú, así que no creo que debieras tener queja sobre eso. En realidad soy alguien bastante cabal y sensato, al contrario que otros… - una media sonrisa ladina convirtió su dócil expresión en una de quién desconfiar.
- No es mi culpa que te pongas a recitar cosas sin sentido.
- No es mi culpa que te acobardes de decir lo que tienes que decir.
- … - sus labios se apretaron por un momento, sintiéndose algo atacado y pensando una manera rápida de devolverle la pelota a su interlocutor. Algún comentario ingenioso y afilado. ¡Vamos, cerebro! ¡Tienes que valer para algo más que para pensar en cadenas y resolver exámenes, y no desconectarte cuando realmente me haces falta!
- Seré benévolo y te echaré una mano. – se aclaró la garganta y pareció meditar durante un segundo antes de comenzar.- Podrías empezar por algo muy socorrido como es el "Estamos aquí reunidos…" – gesticuló con las manos nuevamente, acompañando a su voz. El moreno frunció el ceño contrariado.
- Deja de burlarte de mí.
- No me burlo, solo intento darte un empujón. – su voz sonó sincera al punto de que la réplica del Gryffindor murió antes de salir de su garganta, transformándola en un pequeño suspiro.
Con un poco de recelo desancló los pies del suelo y caminó hasta quedar al lado del rubio, sentándose en la barandilla que minutos antes había ocupado y en la que ahora estaba apoyado. Miraba hacia sus propios zapatos a sabiendas de que a pesar que mantenía las distancias con su interlocutor, mirarlo directamente al rostro desde esa posición le resultaría sumamente incómodo. Por su cabeza corrieron desordenados un montón de pensamientos pero al contrario que un rato antes, esta vez el Slytherin mostró paciencia y no interrumpió el devenir de sus ideas.
- No tengo idea de lo que pretendía con esto… - confesó para sorpresa del muchacho de ojos grises. Ahora sí lo miró, pero lo hizo despacio, apretando un poco los labios y con las mejillas sutilmente sonrojadas. Se sentía idiota. Impulsivamente idiota.
- Te creo – una sonrisa cálida le fue devuelta cuando esperaba algún comentario mordaz. Albus dudaba que fuera falsa, pero ¿quién sabía?
Scorpius suspiró con cierta resignación y se sentó también, mirando al frente, justo dónde descansaban los telescopios que utilizaban para la mayoría de las clases de astronomía. Comprendía el ímpetu del moreno por encontrarse con él, y también alcanzaba a entender esa indecisión, ese titubeo ahora que estaban a solas por voluntad propia y no por una mera casualidad o un castigo impuesto.
- Malfoy… - el aludido puso en pausa sus divagaciones y miró con interés al muchacho.- ¿Por qué viniste? Quiero decir, ya sé que fui yo quién te dijo de vernos y eso…pero ¿por qué accediste? Seguro que tienes cosas mucho más interesantes que hacer.
Seguramente por el mismo motivo por el que tú no fuiste a Hogsmeade la semana pasada. – respondió con apacible serenidad. Los ojos verdes se abrieron grandes, con cándida sorpresa.
- ¿Por las cadenas de Filch…?
- ¿Qué? – el rubio no pudo evitar echarse a reír, mordiéndose luego el labio inferior para intentar contener las carcajadas. La plata de sus ojos pareció fundirse en hermosos pozos argentados.- No, claro que no. Así que tú te quedaste por eso, ¿eh?
El moreno enrojeció hasta la raíz del pelo y sintió que su corazón se detenía durante largos segundos para luego embestir con fuerza su pecho. Si sus orejas no empezaron a echar humo fue simplemente por lo fisiológicamente imposible de eso sin mediación de magia, pero igualmente las sentía arder en vergüenza.
- ¡N-n-no…no! ¡Claro que no! ¡Sólo lo dije porque pensaba que era lo que tú pensabas! – respondió azorado en cuanto se vio capaz de abrir la boca para emitir algo más que balbuceos incoherentes.- ¡Me voy!
Desde luego no iba a esperar a que el rubio hiciera alguna pregunta inoportuna o volviera a pillarlo en un renuncio, así que se alejó marcando el paso en los desvencijados tablones de madera, algo raídos por la intemperie. Pero así como Albus no quería darle otra oportunidad a la hábil lengua del Slytherin, Scorpius no iba a perderla de nuevo, por lo que también se levantó y caminó tras él hasta las escaleras.
- Esta noche a las doce. Aquí mismo, Potter. – dijo lo suficientemente alto para que el muchacho que parecía estar bajando los escalones de dos en dos, fuera capaz de oírlo y entender que iba en serio.- ¡Te estaré esperando hasta que vengas, así que no te retrases mucho o me agarraré un constipado!
- Albus… - la risueña pelirroja había dejado por fin su pluma sobre la mesa luego de terminar de completar sus impecables apuntes de runas antiguas. La tinta cambiaba de color según la importancia de las palabras, comenzando las frases en un monótono tono negro y alternando con un carmesí de lo más vistoso.
El moreno no contestó, solo se quedó mirando distraído como las palabras cambiaban levemente el tono a uno más chillón, casi como si parpadeasen lentamente. La tinta neón recordaba exactamente a eso, a los carteles luminosos de la ciudad. Se había puesto muy de moda entre las chicas hacía un par de años y ahora no había ni una sola que no portara el consabido botecito de cristal de color azulón con estrellitas plateadas incrustadas.
- Albus… - el muchacho suspiró y se sacó las gafas con cansancio, frotándose los ojos. No tenía demasiadas ganas de hablar, así que en lugar de responder volvió la atención a su propio trabajo. Pero Lily era insistente y casi tan cabezona como su padre.
- Al-bu-sssssssss…
- ¿Qué te pasa? – resignado apoyó la mejilla en la mano y se quedó mirando las pecas que se repartían por la nariz de la menor de los Potter. Él mismo había heredado esa característica de su madre, aunque las suyas eran menos y bastante más difuminadas. Las de su hermana eran vistosas y le daban un aspecto de pillería que competía con el brillo travieso de sus ojos azules.
- No quería decirte nada porque te veías terriblemente concentrado…pero llevas todo el rato con el libro abierto del revés…
El moreno miró automáticamente hacia el tomo abierto en la mesa frente a él y frunció el ceño, volviendo a mirar a su hermana al ver el embuste que acaba de meterle. Ella simplemente sofocó una risilla divertida.
- Eres una idiota, Lils. – se quejó en voz baja.
- ¿Por qué estás tan distraído?
- Es obvio que está enamorado… - ese fue el saludo de James, además de un cariñoso golpe con un libro en la cabeza de su hermano al pasar por detrás de él para sentarse a su lado.
- ¿Enserio? – la boca de la menor se abrió con sorpresa pero enseguida sonrió y se acercó cómplice al moreno.- ¿De quién? ¿Cómo es? ¡Es tan emocionante! – seguía conteniendo la voz, pero se la notaba excitadísima con la noticia.
- Yo no estoy enamorado de nadie. ¿Qué pasa, James? ¿Ojos-azules-Ravenclaw ha pasado nuevamente de ti y tienes que venir a fastidiar para sentirte realizado?
Ahora sí que la pelirroja no pudo contener una carcajada y se llevó un buen "shhhh" por parte de un par de Hufflepuffs dos mesas a la derecha. Se mordió la lengua con un gesto de disculpa y volvió a prestar atención a la conversación. Hacía dos años que el mayor se había declarado en San Valentín a Estelle Looper, una muchacha de la casa Ravenclaw muy bonita de cara, y con un carácter que ya le gustaría a muchos tener.
La joven de cabellos castaños estaba también bastante encaprichada con James y por supuesto esperaba con ansia el día de los enamorados para ver si el chico se decidía de una buena vez a pedirle algo. Y sí se decidió, no por nada los Gryffindors destacan por su coraje. A la hora del desayuno, en medio del comedor, un enano malhumorado pergamino en mano se subió a la mesa de Ravenclaw, justo enfrente a la susodicha. Todos prestaron atención a la perorata, las muchachas entusiasmadas y la mayor parte de los chicos esperando reírse luego del pardillo que decidía declarar su amor de esa manera.
Todo parecía salir según lo previsto hasta que los dos últimos versos variaron del todo la expresión de felicidad de la joven, y de gran parte de los que escuchaban.
"…porque nada me hace sentir en las nubes
Más que tus maravillosos ojos azules"
No es que el poema en sí fuera la gran cosa, abochornante sería realmente la palabra adecuada para describirlo, pero lo peor de todo sin duda era el pequeño detalle de que Estelle tenía los ojos verdes. El pergamino fue arrebatado de las manos del enano y terminó de malas maneras en la boca de James a manos de una iracunda Looper. A mucho que él intentó disculparse y explicarle que claro que sabía perfectamente el color de sus ojos, pero que verde no rimaba con "nubes" lo miraras por dónde lo mirases, desde ese día la muchacha rechazó todas y cada una de sus invitaciones para lo que fuera, y además fue rebautizada como "Ojos-Azules-Ravenclaw", aunque por supuesto eso no era algo que llamarle a la cara si tenías aprecio a tu integridad física.
- Para tu información, pequeño Albus, las cosas con Estelle van muy bien. Entraría en detalles pero no creo que sea algo que nuestra jovencita Lils debiera escuchar – rebatió ufano, aunque sus dos hermanos dudaron mucho que sus palabras tuviera la veracidad que intentaba imprimirles.- Y además, no estábamos hablando de mí, sino de ti.
Vio asentir a Lily y supo que había dicho algo porque por el rabillo del ojo la vio mover los labios, pero su atención había sido repentinamente captada por un reducido grupo de Slytherins que acababan de entrar en la sala de estudios y entre los que destacaba la rubia cabellera de Scorpius Malfoy. Sus miradas se encontraron un momento y Albus se tensó en su silla, sin embargo el rubio pareció ni siquiera darse cuenta de su presencia. No hubo un gesto cómplice, ninguna reacción en sus ojos o en la forma de sus labios. Ningún disimulado saludo.
Sin saber el motivo, el Gryffindor se sintió dolido y abatido. Creía que, a pesar de las enormes diferencias, entre ambos se había creado una especie de connivencia, a poca que fuera. Era emocionante pensar en tener una conexión secreta con otra persona, pero cuando el sentimiento era unilateral era una verdadera basura.
Recogió sus cosas sin prestar atención a las preguntas de sus hermanos, disculpándose y excusándose con algún embuste del tipo que había olvidado algo que hacer y salió de allí sin ser consciente de la mirada platinada que lo siguió hasta que abandonó la sala.
No las tenía todas consigo mientras esperaba pacientemente que el moreno hiciera acto de presencia. Se había presentado más que puntual, bien abrigado y con un nuevo tomo de Los Hijos de la Magia a sabiendas de la probabilidad de tener que pasar largo rato en lo alto de la torre. Las antorchas proyectaban una cálida luz sobre el lugar, a pesar de que las llamas, movidas por el viento, bailaban rompiendo la uniformidad de las sombras.
Scorpius perseveraba en su empeño. Era constante cuando deseaba algo, y ése algo era justamente la atención de Albus. Si tenía que caer enfermo de un resfriado mientras aguardaba a que llegase, lo haría. Y luego se encargaría de restregarle por la cara lo mal que se había puesto por culpa de estarlo esperando en esas condiciones. Si apelar al sentido de la culpabilidad del Gryffindor funcionaba, ¿por qué no hacerlo? El fin justifica los medios.
Pasó una nueva página, acción algo complicada dada la finura del papel y sus dedos enguantados, y se contuvo de mirar la hora ya que aunque parecía que llevaba mucho tiempo de aguarde, sabía que apenas habrían pasado diez minutos desde la última vez que había convocado el reloj.
Todavía tuvo que esperar un poco más hasta que le pareció escuchar el susurro de pliegues de ropa deslizándose escaleras arriba, acompañado por parsimoniosos pasos. Dubitativos. Sus ojos clavados en el final de ascenso descubrieron en breve una sombra, y posteriormente la figura de la que se proyectaba la misma. Sonrió y se levantó, olvidándose incluso de marcar la página en la que se había quedado y se acercó mientras el moreno se detenía bajo el arco que enmarcaba la entrada.
- Así que has decidido venir
- Pesaría sobre mi conciencia si mañana por la noche los de primero encontraran un cadáver aquí arriba.
- Qué considerado, Potter… - soltó un bufidito divertido y cambió el peso de un pie a otro en un intento de entrar un poco en calor ante ese movimiento sin parecer realmente desesperado por pegar el culo a la primera chimenea encendida que encontrase.
Realmente lo había pensado mucho, quizá demasiado. Tanto que al final había decidido simplemente dejar de meditarlo y actuar por instinto. Era lo suyo. Cuanto más pensaba en las cosas peores resultados obtenía, sin embargo cuando cedía y se dejaba llevar por sus impulsos solía obtener resultados no tan desastrosos como cupiera esperar. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Ganarse la indiferencia de Malfoy? Eso ya lo tenía, pero no se había dado cuenta hasta hacía unas semanas, así que no podía ser tan grave. Y si por el contrario en lugar de indiferencia tenía burlas y desprecio, podría sobrevivir a eso. Lo que no podría era seguir adelante, encontrándoselo en los pasillos o en las clases y pensar en lo que podrían haber hecho y no hicieron.
- Vamos, o terminaremos los dos como bonitas estalactitas…
El rubio no necesitó que le insistiera antes de echarse a caminar tras él, adentrándose en la puerta del aula un nivel más abajo. La temperatura varió de un modo agradabilísimo al encontrarse en un lugar cerrado, con la chimenea encendida además de las antorchas de las paredes.
El olor de los libros que se repartían ordenadamente por las estanterías era reconfortante, así como el pequeño movimiento oscilatorio de las esferas que emulaban los astros del sistema solar y de constelaciones próximas distribuidas en el centro de la sala, por entre las mesas de trabajo. Scorpius dejó la túnica a un lado, pulcramente doblada sobre el respaldo de una de las sillas y siguió con la mirada un grupo de querubines de luz que salieron corriendo de una de las vitrinas y se perdieron entre las llamas del fogón.
Sus ojos volvieron inmediatamente, como si un imán los hubiera atraído, a una imagen que no recordaba haber visto con anterioridad en esa aula. En el techo, a escasos cinco metros de dónde se erigía la portentosa chimenea de mármol blanco, pendían dos herrumbrosas cadenas de hierro con gruesos eslabones que sujetaban sendos grilletes.
- ¿Confías en mí…? – apenas tuvo tiempo de detenerse en aquella visión cuando la suave y temblorosa voz del moreno lo hizo girarse a verlo. Su expresión nerviosa lo enterneció un poco, y disfrutó enormemente del brillo de determinación que mostraban sus ojos verdes, nada acordes con el titubeo de sus manos, cerradas en desasosegados puños.
- Por supuesto que no, Potter… - respondió con diversión, alzando una de sus rubias cejas. Los labios del moreno se apretaron en algo que interpretó como indignación.
- Hablo enserio, Malfoy – musitó cerrando un tanto más los puños, conteniéndose de no salir de allí en aquel justo momento para no volver a dirigirle la palabra al Slytherin, aún si éste lo amenazaba con esperarlo en medio del lago en pleno febrero.
- Claro que no confío en ti – repuso nuevamente, exhalando un suspiro y acercándose al moreno hasta detenerse a un paso escaso de él, mirándolo intensamente.- Pero eso lo hace más entretenido…¿no?
Muchísimas gracias por haber llegado hasta aquí. Como siempre, espero que el capítulo haya sido de vuestro agrado y haberos dejado en el punto justo para desear continuar leyendo la historia. Creo que es más que obvio que en el próximo capítulo habrá algo de acción sin olvidar por supuesto el tira y afloja que mantienen estos dos.
Me gustaría aclarar que a pesar de haber hecho alusión a un poeta en este capítulo, no es que Neruda me apasione precisamente, pero creo que la oratoria quedaba bien ahí, aunque por supuesto no me pertenece, solo he hecho uso de ella para darle un toque más culto y refinado a Scorpius, que a pesar de ser de linaje puro, puede apreciar el arte muggle por igual.
Nuevamente gracias a todos, espero susnopiniones y hasta el siguiente capítulo. Tengan un buen día!
