Ambos se dirigieron a la zona de sombra tras darse un chapuzón. El rubio leía un periódico mágico de la zona para enterarse de las noticias mientras Harry se relajaba en la tumbona. Sus ojos no estaban cubiertos por gafas de sol y se entretenía admirando algunos cuerpos interesantes. Nah, realmente, no había muchos. De hecho, el mejor estaba a su lado, pero ni por asomo iba a decírselo a su dueño. En ese instante, deseó llevar gafas de sol para disimular el poder girar la cabeza al otro lado. A pesar de estar bajo la sombra, enseguida volvió a sentir calor en cuanto su cuerpo se secó.

—Voy a por una bebida —informó, y Draco hizo un gesto más propio de un señorito de alcurnia que de un compañero de viaje.

Harry sorbió su cóctel con los ojos cerrados. Demonios, ese estaba realmente bueno, aunque el que probó el otro día en la discoteca —¿acerola, se llamaba?— tampoco se quedaba corto. Draco lo miraba, atónito.

—¿Qué bebes, orgasmos pasionales?

—Es caipirinha —y lo ignoró en pos de su refrescante cóctel.

—La caipirinha es verde, no rosada, Potter —dijo su compañero sentándose sin permiso en su tumbona.

—Me gusta con granadina —repuso el moreno, y Draco elevó una ceja.

—Eso es muy gay.

—Sí, lo es. Ignórame y sé feliz, Malfoy —pero el rubio nunca había hecho caso a sus advertencias, y sin previo aviso agarró una de las pajitas y sorbió con fuerza. Harry trató de protestar, pero al volverse su cara estaba tan cerca de la de ese engreído que tuvo que recordar respirar. Quizá porque bajó la guardia o porque estaba demasiado ocupado mirando los labios pálidos del rubio que su bebida desapareció.

—Mmmm... gracias por la invitación, Potter —Y se lo llevó a su tumbona, a degustarlo.

—¿No era muy gay? —recordó el otro, enfadado.

—No te quejes y ve a por otro. Seguro que te los dan gratis —Fue la réplica del impertinente rubio. Harry se levantó a por otra bebida, definitivamente, nada bueno saldría si ambos volvían a pelearse otra vez, y la piscina en ese instante era necesaria, no necesitaban más prohibiciones. Al volver con otra bebida exactamente igual, Harry se quedó mirando la barra y empujó a Malfoy con el pie.

—Tus amigos los que hablan raro están en la barra. Quizá quieras ir a divertirte con ellos —Ante la mención de aquello, Draco se giró bruscamente, para hallarlos en la barra, hablando y riendo. Frunció el ceño, enfadado. Harry no perdió ripio, imaginándose que, tal vez, Malfoy no daba la talla en determinadas situaciones—. Voy a llamarlos, ya que veo que no estás por la labor de levantarte.

Una mano firme y dura le apresó la pierna.

—Ni se te ocurra, Potter —El moreno lo miró, enfadado, pero se quedó de pie—. Vuelve a tu jodido sitio. O más allá, no me importa.

—¿Pasó algo digno de mención, Draco? —E hizo hincapié en pronunciar su nombre como metiendo el dedo en la llaga.

—No veo que tenga que contarte mis salidas con otros magos. ¿Lo hiciste tú?

—Ah. Pero yo no salí con un mago, Malfoy —sonrió Harry, sentándose de nuevo, frente a él, y Draco abrió mucho los ojos, dejando la caipirinha sobre la mesita de al lado.

—¿Era una bruja?

—Si te lo cuento, me lo cuentas.

Ambos se miraron, retadores. Draco estaba seguro de que Potter no salía con jovencitas, ni maduritas, no salía con humanas que tuvieran vagina, o eso decían los rumores. Rumores que había comprobado desde que llegaron del viaje, ante señales demasiado propias de homosexuales que de bisexuales o heteros. ¿Quizá le iban hermafroditas, o transexuales? ¿O quizá le iban el sexo en grupo? Draco hizo una mueca y asintió. Nadie en el Ministerio podría enterarse nunca de ese acontecimiento, salvo él. Y siempre podría extender rumores si Potter se portaba mal.

El moreno, como si leyera el pensamiento retorcido del rubio o siguiera las impresiones de sus gestos de repugnancia, añadió:

—Por supuesto, lo que pasa en Brasil, se queda en Brasil.

Draco esbozó una sonrisa sibilina. Era un buen trato, aunque los gryffindor no solían llevarse por pensamientos estudiados. Draco tampoco quería sucios reportajes sobre su vida privada o en especial, ese acontecimiento. Asintió. Harry extendió la mano.

—No voy a tocarte.

—Solo es para cerrar el trato. ¿O prefieres darme el meñique? —Draco lo miró como si fuera idiota.

—No voy a darte ni las gracias —Harry agitó la cabeza y se encogió de hombros. Qué poco divertido era el rubio—. Venga, escúpelo.

Harry miró alrededor y por si acaso, observó a Malfoy con cuidado. ¿Iba a confesarle aquello a Draco, de entre todas las personas? Ni siquiera su amigo Ron estaba al tanto. Pero después pensó en lo negativo que podría sacar de aquella confesión, y tampoco era tan grave. ¿Su vida plasmada en un periódico cambiante? Ya había tenido docenas de artículos en su nombre.

—Salí con un muggle —Draco se alegró de haber dejado a salvo el cóctel. ¿Un muggle?

—Por Salazar, Potter, eso es asqueroso.

—Pues era muy bien parecido. Alto, moreno, con cabello largo...

—¡Potter! —el gesto de repulsa era permanente—. Es un muggle. Ni siquiera tienen hechizos de protección.

—Bueno, usamos otras cosas.

—Usáis el preservativo, un plástico tan antiguo como las cavernas y que puede romperse.

Harry rio.

—Gracias por la preocupación, pero nunca me ha sucedido nada de eso —Draco calló. La conversación era demasiado interesante para dejarla pasar. Y aunque Potter no era su amigo ni nada parecido, de repente sentía que el viaje se hacía interesante.

—¿Cómo? ¿No era la primera vez?

—¿Creías que era virgen? —Harry se ofendió y dejó su caipirinha junto a la de Malfoy.

—¡Tu primera vez con muggles, lerdo!

—Bueno, obviamente, no —justo antes de decir lo que pasaba por su cabeza volvió a mirar a su eterno enemigo. Allí estaba, a punto de contarle algo muy, muy personal—. Si tú fueras yo, o mejor dicho, si tuvieras mi fama, ¿no sospecharías de la gente que sale contigo por alguna segunda intención?

—No necesito ser tú para entender eso —Draco volvió a recostarse en su tumbona—. Durante años he vivido en una de las familias más ricas de Gran Bretaña.

—¿Y no te importa?

—En mi círculo muchas cosas se hacen por conveniencia e interés. Solo has de sacarle partido a la situación.

Harry bufó y se retiró un mechón de pelo que lo incordiaba.

—Disculpa, Malfoy, discrepo en tu idea de las relaciones con humanos. No me apetece salir con alguien solo por mi fama.

—Pero la fama es parte de ti, ¿no? Les costará más aceptar tu idiotez y el que quieras lanzarte al peligro cada vez que lo ves —Harry abrió la boca, pero no dijo palabra—. Si la gente está dispuesta a aceptar eso además de tu fama, ¿no te estarían queriendo a su manera si van a convivir contigo durante un tiempo?

—Pero eso... no es real. Finalmente, se cansará.

—Pues a otra cosa, Potter —el moreno calló, impresionado. ¿Y así, tan fácil? Bueno, a él no le costaba recuperarse de sus rupturas, pero porque tampoco creía en ninguna de ellas como relaciones serias—. Quizá debas verlo de otra manera. Nada es para siempre, solo disfruta lo que se te da, y ya está.

—¿Eso es lo que tú haces? —Harry no pudo evitar imprimir algo de irritación en la pregunta.

—Yo no me acuesto con muggles.

—Pero para un rato...

—No me siguen, Potter. Son una raza inferior, si me entiendes.

—Hay muggles muy cultos.

—¿Muggles con quienes pueda hablar de negocios de magia y de la historia de nuestros antepasados? Lo dudo. Me va la conversación —Draco volvió a mojar los labios en su caipirinha—. Yo no conozco su mundo, ellos no conocerán nunca el mío. Sin hablar de la desgracia que podría traerle a mi familia.

Bueno, ahí Harry no podía rebatir. Siendo como era Lucius, y aunque él no viviera con ellos, podía imaginarse muy bien las condiciones impuestas para ser un Malfoy. Ser un Malfoy tenía sus ventajas e inconvenientes, como todo. Nada era infalible.

—¿Y saben lo de tu preferencia sexual?

—Mi madre lo sospecha, aunque nunca ha dicho nada. Mi padre prefiere no saber. De todos modos podría vivir una vida con una bruja sin ningún problema. Y también con los matrimonios de conveniencia. Lo bueno que tienen esas cosas es la confianza con la que ambas personas salen a buscar lo que necesitan.

—Hum... no comparto ese modo de vida, pero si a ti te vale, ¿cuál es el problema? Sal a buscar lo que quieres y ya está —esta vez, Malfoy sí rio y su sonrisa fue un tanto sombría.

—A diferencia de ti, no puedo hacer eso —aquel fue el momento en que los franceses decidieron posarse en sendas tumbonas frente a ambos, al otro lado de la piscina—. Mira esos imbéciles. Creí que aquí, en el extranjero, podría satisfacer mis instintos, pero no.

—¿Qué pasó? —Harry había olvidado el cóctel, el calor (el sol se había movido y ahora estaba sobre él) y sus ojos no podían atender a nadie más que no fuera Malfoy. Curioso.

—Que los magos del mundo prefieren acostarse con un muggle a hacerlo con un Malfoy —los ojos del rubio destilaban rabia, y por una vez, Harry se alegró que no estuvieran dirigidos a él—. En cuanto se enteran de mi apellido, me repugnan como si fuera una rata.

Harry frunció el ceño. Cierto era que muchas familias seguidoras antaño de Voldemort habían pasado años duros tras la guerra: multas, trabajos sociales, encarcelamientos temporales y confiscaciones de bienes. Los Malfoy se habían librado solo del encarcelamiento temporal gracias a que él y otros testigos hablaron a favor de los Malfoy en el juicio. Harry siempre recordaría el agradecimiento de Narcissa. Draco jamás le dijo nada, pero Harry supuso que sintió una humillación enorme mitigada con el paso de los años. Y que esa fue la rabia que Draco expulsó cuando anunciaron sus nombres como empleado del año.

—¿Qué? ¿Te comió la lengua el basilisco?

Harry alzó la vista para después posarla en esos ejemplos de la raza humana. Habían estado flirteando con Malfoy durante todo el trayecto en lancha. Seguramente, el rubio había ocultado su identidad hasta que fue demasiado tarde.

—Pudiste haberlos engañado, diciendo otro nombre —fue lo único que se le ocurrió, y Draco montó en cólera.

—¿Y para qué quiero acostarme con alguien que me odia? No merecen a alguien como yo. ¿Pero sabes qué? Les caliento hasta que no pueden más, y en ese instante les digo mi apellido. Así me dejan tirado, pero se van jodidos.

Harry frunció el ceño. En general aborrecía las injusticias, como buen gryffindor, pero que alguien te cortejara para después dejarte tirado en el momento más importante se merecía sufrir lentamente.


Draco se tumbó en su cama, el silencio de la noche rodeándole. Sacó su pluma y comenzó a escribir.

Cuaderno de bitácora, día cuatro. Vacaciones obligadas con Potter el alelado.

No creo que pueda escribir mucho antes de que me venza el sueño. De cualquier modo, el día comenzó bien sin contar mi mandíbula golpeada y mi cuerpo magullado. El idiota de Potter durmió al raso porque no se le ocurrió preguntar en recepción si estaban sus llaves y después me pegó como un vulgar muggle por reírme de él. En serio, ¿hay magos con este coeficiente intelectual? Ahora entiendo por qué mi padre se resistía a que ingresara en Hogwarts. Entre Potter y Longbottom debieron elevar el coeficiente de idiotas al infinito. Hasta Greg y Vincent tenían ideas más sibilinas.

Para colmo, nos castigaron con no poder reservar excursiones. De hecho, estoy pensando en no pagar ni una más. Mientras haya rápel se pueden meter sus ofertas por el culo.

Visité el Hito Tres Fronteras, que no es más que una sucia plaza con los nombres de los tres países que flanquean Paraná en un intento de mal gusto para que te hagas una ridícula foto y digas "he estado en tres países a la vez".

Potter ha descubierto que también me van las escobas. Sus caras hoy han sido todo un poema. Una mezcla de confusión con negación y esperanza. Esperanza, no por desearme a mí, sino porque en su acera encuentre especímenes como yo. Claro que después de escuchar que sale con muggles, no creo que tenga muchos escrúpulos. Muggles. Aunque lo más extraño de todo es que tuve una conversación con Potter. Una larga, interesante y constructiva conversación dentro de su limitación para entender algunas cosas. La verdad es que su resolución sobre ir con muggles es la misma que yo tengo para aceptar a mujeres de conveniencia. Llegados a este punto, Potter me pareció demasiado slytherin y me asusté. El muy tonto me tranquilizó diciendo que el Sombrero Seleccionador le quiso poner en esa casa y entonces mi inteligencia se sintió ofendida. Lo de ese trozo de fieltro es vergonzoso, deberían retirarle tantos privilegios. Lo sugeriré cuando entre al Departamento de Relaciones Internacionales, aunque no tenga nada que ver conmigo.

La caipirinha está muy rica. Nota mental: tomarme más antes de irme.

Al contrario de lo que Draco pensaba, le costó conciliar el sueño. Su cabeza no paraba de dar vueltas a la imagen de los franceses rechazándole y, aunque ya estaba acostumbrado, siempre dolía como si fuera la primera vez. Su amigo Blaise, que conocía el tema, ya le había aconsejado que hiciera terapia, pero Draco se negó. Blaise advirtió que le cogería asco al sexo, pero el rubio recalcó que si seguía encontrando engendros como aquellos, ni siquiera valía la pena correrse a su lado. Y su cabezonería le estaba privando de meses de abstinencia muy bien llevados, todo sea dicho. Su autocontrol y fortaleza eran dignos de admirar. Quizá le tomara la palabra a Potter y se acostara con algún muggle, aunque no había visto ninguno que lo encendiera.

Aquellos fueron sus últimos pensamientos antes de que alguien llamara a la puerta insistentemente. Draco se negó a abrir y entonces una pajarita encantada hizo su aparición sobre su cara.

"Desayuno. Quedan diez minutos para que cierren"

Draco dio un bote en su cama. Tanteó su varita bajo la almohada y ejecutó un Tempus. Mierda, eran las nueve y media y aún tenía que arreglarse. Convocó sus mejores hechizos, se puso ropa cómoda y finalmente, abrió. El Jefe de Aurores lo miraba, curioso.

—¿Dormías? —Draco prefirió no responder, sobre todo porque el rubor acudiendo a su cara fue una respuesta más que clara.

—¿Qué haces aquí? ¿Vienes a buscarme por si me pierdo?

—He decidido hacer de escolta.

—Por eso me golpeaste ayer —Draco cerró la puerta y ambos caminaron hacia el salón.

—Lo siento. Pero tú no te quedaste atrás con tus insultos.

—Supéralo, Potter, nunca me ganarás en eso —ambos seguían tirándose pullas, pero cada día que pasaba, parecían más unidos. Además, ¿desde cuándo se esperaban para el desayuno? Oh, aquella era la primera vez. Qué alivio.

Ambos fueron desprovistos de sus varitas al entrar.

—¿Esto qué es? ¿Una regla que se han sacado de la manga? —soltó Draco, ofendido—. ¿Así es cómo tratáis a unos invitados de lujo?

—Es por su propio bien, señor Malfoy —dijo la chica en su idioma con evidente acento brasileño mientras alzaba los ojos al cielo, como si aquella tarea fuera más bien un castigo.

—Venga, Malfoy, no vamos a pelearnos hoy, ¿no? —sonrió Harry mientras ocupaba una mesa.

—No voy a sentarme ahí. Si quieres comer conmigo, yo elegiré la mesa —el moreno se levantó.

—¿Y cuál es el problema con esta?

—No está bien situada. Demasiado inclinada.

—Malfoy, eres muy caprichoso.

—Se llama ser selectivo. Dudo que sepas qué es eso —cuatro gorilas con trajes idénticos aparecieron a su lado, de la nada. Harry fue a replicar, pero en lugar de eso, se giró para observar. ¿Los habían puesto en vigilancia intensiva?

—Les aconsejo que callen y coman —dijo uno en portugués con rostro duro y mandíbula apretada. No parecían estar para bromas. Draco se acercó a él y puso su nariz a milímetros del otro.

—Yo te sugiero que cambies ese peinado. Es ridículo —el matón abrió los ojos, sin duda sorprendido, pero volvió a poner cara de póker. Harry puso su mano en el hombro del rubio, tratando de apaciguar.

—Malfoy, por favor. Recuerda tu puesto en Asuntos Internacionales.

El rubio seguía sin quitarle la mirada al matón.

—Te vas a librar... porque está aquí el Salvador del Mundo.

Harry rio mientras los otros se alejaban, no mucho más, pero lo suficiente para darles intimidad.

—Malfoy, no tienes nada que hacer con ellos... ni siquiera yo los vencería con mis técnicas de auror.

—No me sorprende…

Harry paseó la mirada por el buffet. Cogió varias tostadas y huevos duros, se sirvió mate y una deliciosa tarta de melaza. Al volver a la mesa se cruzó con el rubio, que aún no había elegido.

—Vaya, Potter. Nadie podrá decir que no le echas huevos —Harry, por primera vez, se contagió del chiste del rubio y rio—. Vaya. Te has reído con mi chiste. Dime que el mate te ha afectado o empezaré a preocuparme.

—Demasiado oxígeno aquí arriba —respondió el moreno, divertido.

—¿Cuáles son tus planes hoy, aparte de buscar huérfanos? —preguntó Draco, una vez instalado en la mesa con su bandeja, llena de frutas variadas y tostadas con mermelada.

—No tengo nada pensado. Lo que se tercie —Harry continuó saciando su hambre, que a esas horas era bastante acusado. Si había algo que odió siempre en casa de los Dursley fue la hora del desayuno. Desde que podía cocinar para sí mismo lo disfrutaba con creces; y si el desayuno era con los Weasley o en hoteles como aquel, el disfrute se multiplicaba.

—¿Así planeáis los gryffindor? —se burló Draco.

—Improvisar es divertido.

—Es lo que hiciste toda tu vida, supongo —indicó el rubio, pero Harry no lo vio como algo peyorativo. Sí, si pensaba en su vida en Hogwarts, en los intensos años que pasó allí, para él ir al colegio fue una experiencia más que emocionante.

—Echo de menos Hogwarts —Draco alzó la vista de su plato.

—Hogwarts era muy deficiente como institución, si me permites mi opinión.

Harry se encogió de hombros. A pesar de la charla de ayer, aún no consideraba a Malfoy como un amigo íntimo al que pudiera contarle que cuando terminaba el curso se deprimía al tener que volver con sus tíos. Quizá en la mansión Malfoy la vida fuera muy diferente, incluso bajo la dominación de Lucius.

—No fui a otros colegios, por lo que no puedo opinar.

—Qué diplomático… recordaré eso cuando tenga que hablar con un difícil comprador.

Milagrosamente, ese desayuno resultó agradable y sin percances, para tranquilidad del personal del hotel. Ambos chicos salieron a recepción. Junto a una sala próxima habían colgado fotos de diversas excursiones. Localizaron las fotos en la lancha del día anterior, rumbo a la Gran Aventura, y también las fotos de los miradores y del trenecito que se internaba por la selva. En todas, Harry aparecía con cara adormilada y el pelo revuelto. Draco, por su parte, ponía su mejor pose como si detectara la cámara a kilómetros, aunque jurara que no era amante de las fotografías. Harry no le creyó.

—Voy a hacer rápel otra vez, Potter. No voy a pagar un miserable sickle a ese hotel después de que nos castigaran. ¿Te animas, o prefieres tirarte por la cascada? Hazme un favor, avísame cuando vayas, quiero verlo y fotografiarlo.

Harry ignoró la sorna en las palabras del rubio y entonces se le ocurrió algo.

—Enséñame, Malfoy. Enséñame a hacer bajadas. En intercambio porque esa noche te haya dejado el jacuzzi.

El rubio se giró, impresionado.

—¿Estás seguro? Te daré órdenes y probablemente te diga lo inútil que eres manejando las cuerdas. No sé si seas capaz de soportarlo, sobre todo, la primera parte.

—Será interesante hacer de pasivo por una vez —el gesto de Draco no tuvo precio, y Harry se carcajeó. Sus pullas con Malfoy estaban convirtiéndose en piques realmente intensos, buscados. Y el rubio estaba comenzando a considerar a Potter algo más allá de un troll. Primero, porque su cuerpo de auror lo valía. Cuando estuvieron en la piscina notó algunas miradas hacia su persona por parte del Jefe de Aurores (las habituales en cualquier chico con buen gusto), pero muchas menos de las que Draco echó, aprovechándose de los cristales de sus gafas de sol. La verdad es que, bien mirado, Potter no resultaba feo. Es decir, era resultón, con esas gafas de miope, ese nido de pájaros y su desaliñado aspecto, que con el paso de los años había mejorado gracias a Granger y a algún amante que le hubiera insuflado decencia para vestir. Pero tenía las cosas claras y no le importaba la opinión de la gente, algo que a él, por cierto, le costaba superar. El episodio con los estúpidos franceses le hacía sentirse despreciado y escoger un destino tan alejado debía tener algo positivo en cuanto al sexo. Mientras Potter ya había retozado, él seguía buscando algo digno de meterse a la cama. Bien, las comparaciones eran odiosas, y hablábamos del héroe del mundo mágico, pero no era justo. Sencillamente, Draco era magnífico en toda su gloria y que los estúpidos lo vieran y lo rechazaran precisamente por sus ancestros le hacían hervir de la rabia. Por cierto, quizá no fue una buena idea contarle esto a Potter. El moreno parecía haber desarrollado un sentimiento de protección hacia él que no le gustaba nada. Era autosuficiente y no necesitaba guardaespaldas, gracias. Y odiaba que lo miraran como si fuera débil. Le expropiaban su masculinidad, por Salazar.

Sin embargo, aquella mañana pudo demostrarle a cara rajada sus conocimientos, su destreza y su buen hacer con las cuerdas y los riscos. Potter debía ser muy bueno con la varita, pero la precisión física no era su fuerte. Varias veces tuvo que estabilizarse con su propio cuerpo para no quedar estampado en la roca.

Potter y su magnífica idea de ir juntos a hacer rápel.

Una idea que perdía puntos por momentos cuando observó sus cuerpos pegados, su entrepierna rozándole el culo. "El rápel no es deporte para maricas", había dicho una vez Blaise. Y ahora entendía por qué. Draco siempre había bajado solo y con su propio equipo, una afición heredada de los Black y el único pasatiempo muggle que Lucius permitía en la familia, todo porque a su madre le apasionaba. Pero esa mañana, Draco sudó. Por primera vez cometió errores al bajar y al atar las cuerdas, por primera vez se sintió mareado al tener el aroma de alguien tan cerca. Definitivamente, tenía que probar eso con algún tipo que le hiciera gracia. Y después, el polvo no se lo quitaría nadie. Pero ¿quién se prestaría a algo así? Únicamente un muggle. Un mago no se prestaría a practicar un pasatiempo muggle. Quizá solo uno que entendiera a los Black. Y eso sonaba demasiado a Harry Potter.