Capítulo Cuatro
Bella miraba fijamente el montón de correspondencia que cubría su escritorio, los planos de edificios que regaban el suelo de la oficina y las montañas de archivos que anegaban el pequeño sofá. Había salido de aquella oficina apenas el día anterior por la tarde, y ya se encontraba en un estado tan caótico como su vida. Casi, no tanto.
Con un suspiro cerró la puerta a su espalda y se dirigió a su escritorio. La puerta del despacho de Edward estaba entreabierta, y podía oírlo hablando por teléfono.
—No, Billy, Isabella no se ha marchado. Jessica solo la ha sustituido por un día —siguió una pausa—. Maldita sea. Estoy completamente de acuerdo contigo. Nadie podría jamás sustituir a Isabella.
Bella vaciló por un momento, sintiéndose un poquito culpable por estar escuchando, pero a la vez demasiado curiosa para dejar de hacerlo. Edward debía de estar hablando con Billy Black, un promotor de Boston que estaba edificando un nuevo centro comercial y un teatro-cine en Forks. Era un hombre exigente, en ocasiones difícil, pero a Bella le había encantado trabajar él, aunque todavía no había llegado a conocerlo personalmente. Quizá hubiera sido por las flores que cierto día le había enviado después de haber perdido la paciencia en una discusión telefónica con ella sobre un problema de permisos, o tal vez porque siempre le preguntaba qué tal estaba, como si le preocupara realmente. Era un viudo solitario con un hijo único soltero del que le había hablado varias veces con la evidente intención de emparejarlo con ella.
—No te preocupes, Billy —continuó Edward—. Isabella no se va a ir a ninguna parte. Es demasiado valiosa para Construcciones Cullen como para que yo lo permita.
Bella tuvo que tragarse el nudo que sentía en la garganta. Saber que era tan «valiosa» para la empresa debería haberle llenado de satisfacción y alegría. ¿Pero entonces por qué le habían entrado esas ganas de llorar? Debía de estar algo alterada por las circunstancias; eso era todo. Era algo lógico. Durante las últimas veinticuatro horas había renunciado a su trabajo, le había enseñado los senos a su jefe y se había «comprometido» con él.
Tenía que marcharse. Había creído que podría enfrentarse con Edward, hablar con él, pero no podía. Al menos por el momento. No cuando todavía podía sentir el contacto de sus labios en los suyos cuando la besó durante la comida. Y cuando le deslizó el anillo en el dedo, fue como si hubiera recibido una violenta descarga eléctrica en el brazo. Levantó la mano en aquel instante y contempló el anillo, sintiendo la misma corriente de electricidad circulando por sus venas.
—¿Bella?
Dio un respingo al oír el sonido de su voz. Con el aliento contenido, miró por encima del hombro y lo descubrió observándola desde el umbral. Ni siquiera se había dado cuenta de que ya había colgado el teléfono.
—Oh, hola.
—Creía que ibas a venir con tus tías.
—No. Les dije que tenía algo importante que hacer en la oficina. Me dejaron aquí y luego se fueron en mi coche a la zona de los teatros de Seattle.
Había una expresión divertida en la mirada de Edward cuando se cruzó de brazos y se apoyó en la jamba de la puerta.
—¿Hay alguien a quien necesitemos advertir?
—Al pueblo entero, supongo —como necesitaba estar ocupada en algo, recogió una carpeta del sofá y empezó a llenarla de papeles—. Pero si siguen la ruta que les he marcado en el mapa, no deberían meterse en muchos problemas.
—Algo me dice que tus tías no son del tipo de personas que presten mucha atención a los mapas —rió Edward.
—Creo que tienes razón. Edward, acerca de lo del anillo... Creo que no deberías haberte molestado tanto. Insisto en reponerte los gastos.
—No es necesario —repuso, mirando el anillo—. Tiene una garantía de devolución de dos semanas. ¿Te gusta?
—Es precioso —era exactamente el que hubiera escogido ella misma, pensó Bella sintiendo un nudo en la garganta. Nadie le había regalado nunca algo tan exquisito. Se volvió rápidamente y parpadeó para contener las lágrimas que inundaban sus ojos—. Gracias —añadió con tono suave—. Por el anillo y por la comida de hoy. Soy consciente de lo horrible que ha sido.
—"Interesante" es la palabra que habría utilizado yo —sonrió Edward.
"Ya está", se dijo Bella, preparándose para lo que seguiría a continuación. Desde la edad de seis años, había escuchado todo tipo de burlas e insultos sobre su extraña familia. Había aprendido a ignorar la sensación de ridículo, fingido incluso que no le importaba. Pero el hecho era que le dolía. Seguía doliéndole.
Había pasado su infancia rezando para que nadie lo notara, para que un día pudiera dirigirse a su casa sin que nadie la señalara con un dedo, riéndose de ella. Forks era el primer lugar en el que había sentido que encajaba bien, donde nadie se había reído ni de ella ni de su familia. Hasta ese día. Después de aquella comida y de la presentación musical de sus tías, todo el mundo en el pueblo debía de estar riéndose o murmurando a sus espaldas.
—Me disculpo por la vergüenza que hayan podido causarte mis tías —pronunció—. Te aseguro que no volverá a suceder.
—¿He dicho yo acaso que me hayan avergonzado? —inquirió Edward—. Por supuesto, podías haberme avisado de que tenían la costumbre de ponerse a cantar de repente, pero aparte de ese pequeño detalle, me parecen sencillamente estupendas. Y Emmett piensa lo mismo. Gracias a sus actuaciones musicales, los clientes se quedaron más tiempo y pidieron más comida y bebida que nunca. Ya las ha invitado para que regresen a cenar; y gratis, siempre y cuando canten.
Bella gimió en silencio. No pasaría mucho tiempo antes de que todo el mundo en Forks oyese hablar de Rosalie y de Esme Dywer, y en consecuencia, del compromiso matrimonial entre Edward Cullen e Isabella Swan. Alaska no estaba lo suficientemente lejos. Tal vez una remota isla en alguna parte, donde nadie la conociera... Se acercó a su escritorio y se quedó mirando sin ver la pantalla del ordenador. Lo de "error fatal" definitivamente era una especie de presagio.
—Esto no va a funcionar.
Edward se colocó detrás de ella y miró también la pantalla.
—Haré que vengan a repararlo. Diablos, te compraré incluso un equipo informático nuevo.
—No me refería a eso. Me refería a ti y a mí, simulando estar comprometidos. Todo el pueblo se enterará. No puedo pedirte que hagas eso.
—Tú no me has pedido que haga nada, Bella. Esto fue idea mía, ¿recuerdas? Mira, hemos superado lo de la comida, ¿no? Podremos seguir así durante unos días más.
"¿Unos días más?", se preguntó Isabella. ¿Cómo podría soportar unos días más, cuando apenas había sobrevivido a una sencilla comida? Incluso en aquel instante la cercanía de Edward la hacía sentirse medio mareada...
—Señor Cullen...
Con un suspiro, Edward la tomó de los hombros y la obligó a que lo mirara.
—Bella, esto es lo primero que necesitamos superar. Venga, inténtalo. ¿Cómo me llamo?
—Edward —pronunció con tono suave, y al ver que sonreía con expresión aprobadora, repitió con una dulzura aún mayor—: Edward.
Su sonrisa se borró de su rostro mientras la miraba.
—Ahora lo que necesitas es relajarte.
—Ya estoy relajada —mintió.
—Estás más tensa que una tabla —sus dedos empezaron a trabajar con los rígidos músculos de sus hombros—. Y cada vez que te toco, me miras con una expresión de puro terror. ¿De qué tienes miedo?
Se le debilitaron las rodillas cuando pasó a darle un masaje en la base del cuello. Un extraño calor empezó a extenderse por todo su cuerpo, hasta que se concentró en su bajo vientre.
—No tengo miedo —insistió—. Lo que pasa... es que no pienso en ti de esa manera, eso es todo.
—¿De qué manera?
—Ya sabes —se le encendieron las mejillas—. De "esa" manera.
—Oh —siguió adelante con su masaje—. Entonces, ¿de qué manera piensas en mí?
Sus pulgares se movían en lentos círculos alrededor de su cuello. Isabella dominó el impulso de cerrar los ojos y de apoyarse en él.
—Profesionalmente —respondió.
—Bueno, entonces tenemos un problema —comentó, pensativo—. Necesitamos cambiar la manera que tienes de pensar en mí. Solo durante dos semanas, por supuesto.
—Pero...
—Nada de peros —le puso un dedo sobre la boca, acariciándole delicadamente el labio inferior—. Otra vez me estás mirando así, Bella. Tus tías sospecharán si me lanzas esas miradas de terror cada vez que te toco.
Estaba paralizada por el pánico. El corazón le latía tan fuerte que temía que pudiera llegar a escucharlo. Su masculino aroma, el calor de su piel, el contacto de su dedo sobre su boca... Si no hubiera estado sujetándola con la otra mano, estaba segura de que habría caído al suelo. Se obligó a recordar que era una mujer madura, que él simplemente estaba intentando ayudarla a salir del aprieto en que se encontraba con sus tías. Quizá se sintiera algo atraída por Edward. O quizá mucho. ¿Y qué? Ciertamente él no se sentía
atraído por ella, así que lo suyo no tenía ningún futuro. ¿Que daño podía hacerle fingir durante unos días? Podría disfrutarlo mientras durara.
—No tengo miedo —susurró.
—Pues tenemos que asegurarnos —murmuró Edward mientras le quitaba las gafas y las dejaba sobre su escritorio—. Por lo que tus tías se refiere.
—Por supuesto —se tragó el nudo que sentía en la garganta.
Sin dejar de contemplar los labios, lenta, muy lentamente, Edward inclinó la cabeza. Isabella no hacía más que decirse que aquello era una prueba, un experimento. Un estremecimiento la recorrió, y entreabrió los labios, esperando...
En realidad Edward no había pretendido besarla. Solo había querido relajarla un tanto, para que se sintiera cómoda en su compañía. ¿Y qué mejor manera de relajarla que abrazarla, tocarla y hacerle susurrar su nombre? ¿Acaso no funcionaba eso siempre con las otras mujeres? Pero tan pronto como acortó la distancia que los separaba, ya no pudo pensar en las otras mujeres. Ni en ninguna otra cosa.
Tenía que saborearla. Y no con un pequeño roce de labios, como en el restaurante. En el momento en que dio comienzo el beso, un estallido de placer pareció extenderse por su cuerpo hasta quedar instalado justo en su bajo vientre. Impresionado, deslizó las manos por su espalda, atrayéndola hacia sí. Isabella entreabría invitadoramente los labios, y aunque Edward no había pretendido que las lenguas jugaran un papel en el beso, fue como si su cuerpo obrara por voluntad propia.
El corazón se le aceleró en el momento en que sintió el contacto de su lengua. Aquel beso era tan contradictorio como la propia Isabella: salvaje, aunque inocente, dulce y exótico. Nunca había experimentado nada parecido. Bella le echó los brazos al cuello, apretando sus senos contra su pecho. Los mismos preciosos senos que había vislumbrado apenas la noche anterior y en los que, desde entonces, había pensado demasiado a menudo. Sus manos ansiaban tocarlos. Su boca anhelaba besarlos.
Pero su leve gemido le devolvió la cordura. Aquella era Bella, se recordó. No podía aprovecharse de ella, que parecía no saber lo que estaba haciendo. Reacio, interrumpió lentamente el beso y cometió el error de besarla. Tenía los ojos cerrados y las mejillas ruborizadas. "Oh, diablos...".
Ya se disponía a besarla de nuevo cuando se abrió la puerta y entró Carlisle. Su hermano se quedó petrificado por un instante, mirándolos boquiabierto, hasta que dio media vuelta y salió. Edward maldijo en silencio. ¿Quién podía habérselo imaginado? Carlisle raramente pasaba por la oficina, y tenía que haber elegido aquel preciso momento para hacerlo. No tenía ni idea de cómo podría explicarle que aquello solo había sido un experimento, nada más que un inocente beso... ¿Inocente? A punto estuvo de reírse en voz alta. ¿A quién diablos quería engañar? No había habido nada inocente en aquel beso.
—Bella.
—¿Mmmm?
—Bella —dijo de nuevo—. Carlisle acaba de entrar.
—¿Qué? —entreabrió sus ojos Cafés , oscurecidos por el deseo.
—Que mi hermano acaba de entrar, y se ha marchado de inmediato.
—Oh, vaya —dejó caer las manos a los lados y se apartó rápidamente de él—. Oh, vaya.
—Pero no te preocupes —pronunció con tono ligero—. Se lo explicaré más tarde. Lo comprenderá.
—¿Tú crees?
"Ni en un millón de años", se dijo Edward.
—Claro que sí —mintió—. Carlisle es una persona razonable. Es consciente de lo mucho que significas para la empresa. Diablos, si yo no te hubiera sugerido esto, estoy seguro de que lo habría hecho él mismo.
—Lo lamento —Bella se dejó caer en el sillón de su escritorio y cerró los ojos—. Creo que lo he estropeado todo.
Edward quería consolarla, asegurarle que no tenía nada de qué preocuparse, pero con su cuerpo sufriendo todavía las secuelas de aquel beso, decidió que sería mejor guardar las distancias. ¿Quién habría pensado que Isabella escondería tanta pasión debajo de su rígido comportamiento y de su fría apariencia? Tuvo que recordarse que lo que él quería era una secretaria. Una buena secretaria valía su peso en oro, y Bella estaba calibrada al menos en veinticuatro quilates. No se arriesgaría a perderla solo por un exceso de testosteronas.
—Todo va a salir bien. Y no hay nada que debas la mentar, Bella.
—Oh, claro que sí —se mordió el labio inferior, y aquel gesto hizo que a Edward la sangre se le disparara como una flecha en la parte central de su anatomía—. Hay otra cosa que no te he dicho.
—Dilo, Bella —la animó—. Seguro que no puede ser tan malo.
—Yo... —vaciló, aspirando profundamente—. Yo les dije que estábamos viviendo juntos.
Edward había convocado una asamblea familiar en su apartamento, aquella misma tarde. Emmett y Carlisle estaban repantigados en el sofá del salón, hablando sobre béisbol, mientras Eleazar había ido a buscar una cerveza a la nevera. Incluso su hermana Alice, que vivía en Port Angeles, no había dudado en hacer el trayecto de media hora en coche después de recibir la críptica llamada. Edward no la había visto mucho desde que se casó unos meses atrás con Jasper. En aquel momento estaba cómodamente sentada en la mecedora.
El apartamento de Edward era la pesadilla de cualquier decorador, una horrible mezcla de todos los muebles que sus hermanos habían desechado. Y no era porque no hubiese podido permitirse comprar muebles mejores, ya que el negocio marchaba bien. Pero cuando no estaba viajando a la busca de nuevos proyectos que ejecutar, estaba ocupado con las obras que Construcciones Cullen realizaba en Forks. En cualquier caso, albergaba el sueño de llegar a construirse algún día su propia casa, y dejar luego que su futura esposa se ocupara de ella. Las mujeres eran buenas para eso.
Recordó la casa de Bella. Una casa parecida habría sido algo estupendo, tan acogedora, con todas esas flores y esos toques femeninos… Su sofá era muy cómodo, y tumbado en él había tenido a Bella en sus brazos, sintiendo sus senos apretados contra su pecho...
—¿Es que estamos jugando a las adivinanzas o vas a decirnos de una vez por qué nos has llamado? —inquirió Alice, interrumpiendo sus pensamientos.
—Eso estaría muy bien —terció Eleazar, apoyando un hombro en la jamba de la puerta de la cocina—. Tengo mucho trabajo que hacer. ¿De qué se trata, Edward?
—Quiere comunicarnos que está comprometido —pronunció bruscamente Emmett—. Con Isabella.
Edward miró boquiabierto a Emmett, que acababa de quitarle el mando a distancia para volver a poner el partido de béisbol. Maldijo en silencio; aquella no era exactamente la manera en que había querido comunicarles la noticia. Carlisle fue el primero en recuperarse de la sorpresa:
—¿De qué diablos está hablando?
Eleazar lo miró entrecerrando los ojos, apartándose del umbral:
—¿Que tú qué? ¿Con quién?
Por un momento solo se oyeron los gritos de las animadoras del béisbol. Emmett parecía ser el único miembro del clan interesado en ver el partido, hasta que Alice le quitó el mando a distancia y apagó el televisor.
—Hey —protestó Emmett—, con lo bien que iba el equipo...
—Ya te enterarás del resultado por los informativos —replicó Alice, mirando a Edward como diciendo "estoy esperando".
—Bueno, la verdad es que no estamos realmente comprometidos —explicó Edward con tono irritable—. Isabella y yo solo vamos a fingirlo durante unos días, mientras tía Esme y tía Rosalie sigan en el pueblo.
—Bueno, eso sí que tiene sentido, ¿no? —Eleazar bebió un trago de cerveza y miró al resto de sus hermanos.
—Oh, por supuesto —corroboró Carlisle
—Absolutamente —remató Alice, apretando los labios.
Exasperado, Edward apoyó las manos en las caderas y miró a Carlise y a Eleazar.
—Escuchad, no estaba dispuesto a permitir que nos abandonara la mejor secretaria que hemos tenido jamás.
—¿Isabella iba a abandonarnos? —inquirió Eleazar, arqueando las cejas.
—Isabella jamás nos dejaría —aseveró Carlisle.
—Bueno, pues de hecho renunció a su empleo —dijo Edward—. Cuando el miércoles regresé de Woodbury, ya se había ido. Si os hubierais dejado caer por la oficina aunque solo fuera un rato, habríais podido comprobarlo.
—Eres tú quien está a cargo de la oficina, no nosotros —replicó Eleazar—. Isabella está bajo tu responsabilidad.
—Una responsabilidad que se toma con mucha seriedad, a juzgar por el beso de tornillo que esta tarde le dio en la oficina —repuso secamente Carlisle.
Eleazar se atragantó con la cerveza. Alice entornó los ojos. Emmett se inclinó hacia delante, con los ojos muy abiertos.
—¿Has besado a Isabella? —le preguntó al fin Eleazar—. ¿A nuestra Isabella?
—¿Cómo fue? —inquirió Emmett, curioso, haciendo una mueca cuando Alice le propinó un manotazo en la cabeza.
Edward aspiró profundamente a través de sus dientes apretados. Era de agradecer contar con tanto apoyo familiar.
—No fue así. Simplemente quería hacer que se relajara un poco, para que sus tías no sospecharan.
—Por el amor de Dios, Edward —rezongó Carlisle—. ¿Qué diablos estás diciendo?
—Es una historia divertida —Edward se echó a reír, pero no se le unió nadie—. Las tías de Isabella, Rosalie y Esmer, pensaban que debería tener un hombre en su vida para, bueno, supongo que para cuidar de ella y todo eso. Luego Isabella se trasladó a Forks y le dijo a sus tías que ya tenía un hombre, no solo para tranquilizarlas, sino para que así pudieran hacer el viaje de crucero con el que siempre habían soñado, pero que no querían hacer hasta verla comprometida.
—¿Y qué tiene eso que ver con Construcciones Cullen? —le preguntó Carlisle.
—Bueno... —Edward hundió las manos en los bolsillos traseros de los vaqueros—… ella les dijo que yo era el hombre de su vida, que nos habíamos comprometido.
—¿Contigo? —rió Eleazar—. ¿Y por qué habría de haberte elegido a ti?
—¿Y por qué no? —lo miró entrecerrando los ojos.
—Bueno, todo el mundo sabe que yo soy el más guapo de los Cullen —Eleazar le hizo un guiño a su hermana—. Sin contar a Alice, por supuesto, pero ella es una chica.
—¿Quién ha dicho que tú eres el más guapo? —objetó Emmett—. Aparte de La señora Coope, que tiene setenta y cuatro años y está más ciega que un murciélago.
—Calma —Carlisle se levantó, frunciendo el ceño y ejerciendo su papel de hermano mayor—. ¿Estás diciendo que Isabella y tú estáis simulando estar comprometidos para que sus tías la dejen en paz y se marchen de viaje? —inquirió, incrédulo.
—¿Por qué no? Así Bella será feliz, sus tías también, y yo conservaré a la mejor secretaria que hemos tenido jamás. Es tan sencillo como eso.
—¿Y qué pasará más adelante, cuando no os caséis? —preguntó Alice—. ¿Entonces qué?
Diablos, eso no lo sabía Edward. En cualquier caso, tiempo al tiempo.
—Ya lo resolveremos cuando llegue el momento —repuso a la defensiva—. Quizá les digamos que rompimos porque Isabella conoció a otro tipo. Quién sabe, quizá para entonces haya encontrado a un novio de verdad.
—Estás jugando con fuego, Edward —observó su hermana—. Alguien va a resultar herido.
Al evocar el beso que habían compartido poco antes, Edward sintió que la piel se le acaloraba por momentos. Intentó decirse que había sido una casualidad. Si la besaba de nuevo, algo que no estaba dispuesto a hacer, se aseguraría de que su propia reacción fuera mucho más... controlada.
—Nadie va a resultar herido —insistió—. Y no estoy jugando con fuego. Si Bella y yo tenemos que hacer un poquito de teatro y vivir juntos, pues adelante.
—¿Vivir juntos?
Todos pronunciaron la pregunta al unísono, lo cual era exactamente la reacción que había estado esperando... y el motivo por el que se había reservado ese fragmento de información para el final.
—Somos seres racionales que no mantenemos ninguna relación relevante que no sea la laboral —argumentó; la propia Isabella le había dicho que no pensaba en él de "esa manera", ¿no? Y Edward tampoco pensaría así en ella—. Dormiré en la habitación de los invitados y dejaré por ahí algunos bártulos masculinos para conseguir el efecto deseado. Una vez que sus tías se hayan ido, todo volverá a la normalidad anterior.
—¿De verdad crees eso? —Alice arqueó una ceja, como diciéndole: "¿Tan estúpidos podéis llegar a ser los hombres?".
—Por supuesto que lo creo —sintió un súbito cosquilleo en la nuca, y se la frotó—. Completamente.
Así lo creía. Sin duda alguna. Se dijo que, al cabo de dos semanas, todo el mundo recordaría riendo aquel episodio, y todo volvería a ser como antes. Era un plan muy sencillo.
Y como para animarse, se dio mentalmente a sí mismo una cariñosa palmada en la espalda.
