Capítulo III.

El tiempo pasaba y Akira iba sintiéndose peor. La fiebre había regresado, por lo que el médico del turno de noche había indicado medicamento para tal cosa. Los pocos líquidos que el hombre había ingerido habían sido regresados tan rápidamente como fueron ingresados. Akira ya no podía comer nada sin vomitarlo todo.

- No creo que sea una gastritis.- comentó el médico de noche.- Pareciera más bien un caso de obstrucción intestinal. Habrá que pedirle nuevos estudios por la mañana.

- ¿Por la mañana?.- preguntó Genzo, irritado.- ¿Por qué no se los pidieron antes?

- Sí se los pidieron, pero no fueron concluyentes.- mintió el médico.

La verdad era que los estudios solicitados por Alejandro Del Valle habían sido añadidos al expediente sin que nadie los revisara.

- Ya veo.- gruñó Genzo.- ¿Y mientras tanto, qué?

- Le daremos más medicamento para el dolor.- respondió el médico.- Eso, por ahora, mientras vemos si se debe pasar a cirugía o no.

- No puede ser, en este hospital todos son incompetentes.- gruñó el portero.

- Genzo, cálmate, por favor.- pidió Akira.- Deja que los doctores hagan su trabajo.

- Bah, la mayoría, sino es que todos, son charlatanes.- replicó Genzo.

El médico le dirigió una mirada ceñuda a Genzo, pero no dijo nada, simplemente se dio la vuelta y se marchó. Akira miró con severidad a su hijo.

- Es a lo que me refiero, deberías ser más cortés.- reprendió Akira.- No tienes por qué ser tan maleducado.

- Si las personas se molestaran en hacer bien el trabajo por el cual les pagan, no estaríamos pasando por esto.- replicó Genzo.- Y yo podría ser más cortés, pero todos son incompetentes.

- Uhm.

Akira prefirió no discutir. El dolor se estaba haciendo más insoportable y tuvo una nueva arcada de vómitos. Al verlo así, Genzo consideró la posibilidad de pedir el alta voluntaria de su padre y llevárselo a otro hospital, pero Akira lo convenció de desistir. A pesar de ser japonés, el hombre había vivido el suficiente tiempo en Inglaterra como para adquirir el carácter estoico y frío de un inglés. Así pues, a regañadientes, Genzo se retiró cuando apareció Kenji, su hermano, para relevarlo en el turno de cuidar a su padre y que el portero se pudiera retirar a descansar y a prepararse para el entrenamiento.

- Vete tranquilo.- dijo Kenji, el cual había viajado desde Frankfurt al enterarse de que su padre estaba enfermo.- Yo cuidaré a nuestro padre y si pasa algo, te llamaré.

- Muy bien.- respondió Genzo, con un suspiro.- ¿Y Victoria?

- Está buscando hotel.- respondió Kenji.- Yo me vine directamente desde la estación del ferrocarril.

- Entiendo. Bueno, cualquier cosa que suceda, llámame.- pidió Genzo.

- Claro.

El joven salió del hospital con un mal presentimiento, pero inmediatamente lo desechó, aunque tuvo un sueño intranquilo. Soñó con la primera chica que logró enamorarlo, una alemana que falleció asesinada por tres balazos disparados por un policía cuando ella intentaba robar la caja fuerte de la mansión Wakabayashi y después soñó con la segunda chica de su vida, aquella con la que quería casarse y la cual lo engañó con su rival ya que ella solo estaba interesada en él por su dinero. Al despertar, Genzo llegó a la conclusión de que todas las mujeres eran unas auténticas desgraciadas que lo único que querían era su dinero...

- Por eso es.- comentó Genzo, mientras se preparaba para tomar una ducha.- Que nunca me casaré con nadie, a menos que alguien me ponga una pistola en la cabeza. Ninguna mujer vale lo suficiente como para que yo pase el resto de mi vida con ella.

Muy pronto, Genzo habría de arrepentirse de haber dicho tales palabras. Cuando Wakabayashi salió de la mansión rumbo al campo de entrenamiento del equipo Hamburgo, se topó con el padre de Yuki, el cual estaba esperándolo con cara de pocos amigos.

- Buenos días, Genzo.- dijo el señor, tuteándolo.- Tengo que hablar contigo.

- Buenos días, señor.- respondió Genzo, sin inmutarse.- Discúlpeme, pero tengo que marcharme, además de que creo que no hay nada que hablar entre nosotros.

- Claro que tenemos mucho de qué hablar.- replicó el hombre.- Tú vas a casarte con mi hija, te guste o no.

- Por favor, ¿sigue usted con eso?.- Genzo bufó, fastidiado.- Ya déjeme en paz. No voy a casarme con Yuki, ni ahora ni nunca.

- Vas a arrepentirte si no lo haces.- el padre de la chica repitió la amenaza que le hizo al joven en su casa.

- ¿Ah, sí?.- Genzo se mofó con sarcasmo.- ¿Qué podría hacer usted contra mí? Tengo muchas influencias, ¿sabe?

- Quizás tengas razón.- replicó el hombre.- No puedo hacer nada, yo que soy un hombre humilde y que trabaja todos los días para ganarse el pan, no puede hacer nada contra un millonario famoso como tú.

Genzo miró fijamente al hombre. Algo había en su mirada que hicieron que el joven se diera cuenta de que estaba a punto de soltar una bomba.

- ¿Pero sabes?.- continuó el papá de Yuki.- Hay algo con lo que aun puedo atacarte. Afortunadamente, ninguna ley de ningún país Europeo apoya el abuso sexual en las mujeres.

- ¿Qué quiere decirme?.- Genzo se puso muy serio.

- Que te demandaré por haber violado a mi hija si no te casas con ella.- contestó el hombre, muy serio.- Y créeme que, aunque tengas mucho poder, dudo mucho que a algún juez le guste la idea de una chica inocente atacada por un desgraciado como tú.

- ¡Eso es ridículo!.- protestó Genzo.- Yo no violé a Yuki.

- ¿Y quién va a creerte?.- el señor soltó una carcajada.- Yo solo te lo advierto que mi hija va a decir lo que yo crea que es conveniente en la corte. Así que, ya sabes, si no te casas con Yuki, vete preparando para pasar el resto de tu vida en la cárcel o por lo menos para darle a mi pequeña algunos de tus varios millones. Buenas tardes, hijo.

El padre de Yuki se retiró con una sonrisa de triunfo. Genzo hizo una mueca. Lo dicho, las mujeres podrían llegar a ser unas auténticas desgraciadas, y todo por culpa del dinero...

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Lily estaba tratando de arreglar el que sus jefes y su escuela la dejaran terminar su servicio social unos cuantos días antes para poder irse a Alemania. Su pasaporte estuvo listo en menos tiempo del que ella pensó, así que confiaba en que no hubiera problema en que la liberaran unos cuantos días antes del tiempo esperado; además, su reemplazo ya había llegado y no habría problema en que la clínica rural en la que ella trabajaba se quedara sin médico.

- Espero tener todo listo lo antes posible.- le comentó Lily a Débora Cortés, su mejor amiga de toda la vida.- Quiero irme a Alemania lo antes posible.

- ¿Por qué tanta urgencia?.- quiso saber Débora.- Tu padre lleva allá dos semanas, cuando mucho.

- No lo sé.- respondió Lily.- Tengo un muy mal presentimiento, Deb. He intentado convencerme de que él estará bien, pero algo me dice que algo muy malo le va a ocurrir. Y quiero estar allá para ayudarlo.

- Y si algo malo pasa, ¿qué crees tú que podrías hacer?.- replicó Deb.- No tiene lógica, Lily, un hombre de edad madura y médico además tendría más oportunidades de zafarse de un lío que una mujer joven recién egresada de la carrera de medicina.

- Yo que sé, quizás pueda evitar que se meta en problemas, qué se yo.- bufó Lily.- El caso es que quiero irme.

Débora no dijo nada, pero su mirada se desvió a la revista de sóccer que tenía sobre la cama y la tomó. La muchacha hojeó la revista y vio el artículo dedicado a Genzo Wakabayashi que Lily tenía separado con una hoja.

- ¿Y esto?.- preguntó ella.

- Lucrecia me regaló la revista.- respondió Lily.

- ¿Y eso?

- Yo que sé, se le botó la canica, ya sabes lo loca que está esa mujer.- replicó Lily, encogiéndose de hombros.

- ¿Por qué tienes marcada la revista en el artículo dedicado a Genzo Wakabayashi?.- quiso saber Débora, leyendo de rápido.

- Me llaman la atención esos ojos y quisiera dibujarlos, simplemente.- contestó Lily, suspirando.- Es como si hubiesen perdido su color y su brillo, hay algo raro en ellos...

- Como si solo conocieran la tristeza.- comentó Débora.

- En fin, ésa es una de las cuarenta mil cosas que no me interesan.- replicó Lily.- Únicamente quiero dibujar esos ojos, nada más. Bien, veré si mi jefa quiere dejarme ir ya. Podría comprar un boleto de avión para pasado mañana.

- Eso sería muy pronto.- observó Débora.- Te falta aun arreglar el título y todo eso.

- Lo dejaré tramitando, en dos meses estará listo y entonces volveré por él.- sonrió Lily.- Cuando ya esté instalada en Alemania y me asegure que mi padre no se metió en problemas, volveré.

- Te voy a extrañar.- musitó Deb.

- Puedes ir a visitarme cuando quieras.- Lily abrazó a su amiga.

- Sí, como no.

Las dos chicas se separaron y cada una le deseó suerte a la otra. Lily se dirigió entonces a hablar con los que habrían de darle una respuesta pronta, dispuesta a dar mil y un argumentos para que la dejaran irse unos cuantos días antes. En el camino, ella recibió una llamada telefónica de su padre.

- ¿Hola?

- Hola, Lily.- dijo Alejandro.- ¿Cómo estás?

- Bien, papá, gracias.- respondió Lily.- Me da gusto oír tu voz, pero debe de ser de madrugada allá.

- Es solo que no puedo dormir.- replicó Alejandro.- Algo me tiene preocupado.

- ¿Qué ocurrió, te pasó algo?.- preguntó Lily, preocupada.

- Es solo que me preocupa un paciente que vi hoy en el hospital.- respondió Alejandro.- Me parece que tiene apendicitis, pero mi reemplazo cree que estoy loco. Me temo que lo dejen pasar y el cuadro se le empeore.

- Ya veo.- suspiró Lily.- Sigues preocupándote por tus pacientes al extremo de no poder dormir. Por eso eres mi ídolo.

- Exageras.- rió Alejandro.- Bueno, quería ver como te ha ido.

- Muy bien, papá, estoy arreglando las cosas para poder irme a Alemania en dos días.- contestó Lily.- Así que mejor que vayas preparándome un sitio en donde dormir, aunque sea con el perro.

- No será necesario, tu cuarto está listo casi desde que llegué.- replicó Alejandro.- Me dará gusto que vengas.

- ¿Y eso?.- se sorprendió la chica.- ¿Ya no vas a decirme que tengo que esperar pacientemente hasta que termine la carrera?

- No por ahora.- suspiró Alejandro.- La verdad es que extraño a mi pequeña.

- Vuelve a dormir, papá.- sonrió Lily.- Yo también te extraño.

- Cuídate mucho, y avísame cuando vengas para acá.- dijo Alejandro.

- Tú también cuídate.

Lily cortó comunicación y se preparó para hablar con sus jefes. Debía sonar muy convincente si quería que la dejaran terminar antes de tiempo.

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Alejandro llegó a trabajar muy temprano, ya que no había podido volver a dormir. Lo primero que hizo el médico al llegar fue preguntar por Akira Wakabayashi; un agotado médico interno le explicó al médico mexicano que el señor Wakabayashi seguía a la espera de un diagnóstico, ya que al parecer se le habían pedido nuevos estudios de laboratorio y otra radiografía. Alejandro descubrió con horror que al señor Wakabayashi se le habían vuelto a administrar los calmantes y la dieta se le había administrado y se le había retirado ahora que estaba vomitando todo.

- ¿Por qué no se dieron cuenta de los resultados de laboratorio?.- el doctor Del Valle estaba asombrado.- Los estudios que le ordené claramente demuestran que el hombre trae una apendicitis.

- No sé, realmente.- el interno estaba quedándose dormido después de una larga noche de guardia.- El doctor Goebbels solicitó nuevos estudios ya que considera al posibilidad de que el señor tenga obstrucción intestinal.

Alejandro no esperó más y se fue a revisar nuevamente al paciente. Akira tenía ya franco dolor y su estómago estaba duro como una tabla, lo que indicaba que el señor traía un problema que debía ser corregido por cirugía. El doctor Del Valle no lo pensó dos veces y llamó personalmente a uno de los cirujanos del hospital y ordenó que prepararan una sala en el quirófano. El cirujano llegó un poco molesto porque no se le había avisado antes de tal paciente, pero Alejandro le explicó que él sí había hecho la solicitud de que se valorara al señor Akira el día anterior pero que el médico del turno vespertino había contradicho sus órdenes. Para esos momentos del día, Akira ya estaba francamente mal y había perdido la compostura.

- Tenemos que pasarlo cuanto antes a quirófano.- dijo el cirujano.- Ese medicucho de la tarde es un completo idiota, mira que confundir una apendicitis con una gastritis.

- Lo sé.- suspiró Alejandro.- Aunque también tengo la culpa, por no haberte llamado personalmente ayer, dejé que alguien más lo hiciera.

- Bueno, no puedes tú hacerlo todo.- replicó el cirujano.

Akira se quejaba de dolor y comenzaba a delirar por la fiebre. Varias enfermeras se apresuraban para prepararlo para la cirugía.

- Tranquilícese, por favor.- pidió Alejandro.- Será atendido muy pronto.

- A-avísenle a mis hijos, por favor.- pidió Akira, con el rostro desencajado.

- No se preocupe, se lo diremos.- respondió Alejandro.

- Gracias.- Akira sonrió débilmente.

- Señor Wakabayashi, necesito que me firme la autorización para entrar a quirófano.- pidió el cirujano.

- Con gusto lo haré, si eso significa quitarme este tormento.- musitó Akira.

Pronto, todo quedó listo para que el señor Wakabayashi pasara al quirófano. Alejandro se quedó haciendo las últimas notas del expediente, al tiempo que Akira era trasladado con la ayuda de un camillero. El hijo del señor Wakabayashi se acercó y le musitó algunas palabras a su padre en japonés. Alejandro lo vio de reojo y supuso que se trataba de Genzo; el médico se dio cuenta de que se debió de haber confundido, ya que de momento pensó que el tal Genzo era algún deportista famoso (el nombre le sonaba familiar en la mente, pero no alcanzaba a ubicarlo) pero el muchacho que estaba frente a él no tenía facha de deportista, sobre todo por los lentes que usaba. Alejandro se encogió de hombros, eso era algo que le tenía sin cuidado, aunque lo tenía apesadumbrado el hecho de que el tratamiento se hubiese retrasado tanto en el señor Akira, un día era de vital importancia en una apendicitis, y más porque el señor llevaba ya quejándose desde hacía casi una semana.

- No fue culpa suya, doctor.- le dijo Enge.- Así son algunos pacientes, creen que su dolor se calma con cualquier cosa que se tomen y no se preocupan por averiguar nada más. Eso causa que de plano cosas como éstas se conviertan en una desgracia.

- Gracias, Enge.- suspiró Alejandro.

Y de pronto, una persona entró en el hospital con la furia de un huracán. El mismo joven de los ojos fríos que Alejandro había visto el día anterior caminó con rapidez por la sala de urgencias, empujando y maltratando a la gente que se le cruzaba en el camino.

- ¿Qué le han hecho a mi padre?.- gritó Genzo, furioso.

Él y Alejandro se miraron fijamente, y entonces el médico supo que habría problemas...

Notas:

- El nombre y la personalidad de Kenji Wakabayashi son obra de Lily de Wakabayashi.