¡Hola!
Espero no haber tardado mucho ésta vez, y si es así lo siento enserio. Tenía previsto subir el capítulo desde el domingo, pero me enteré de algo que me hizo perder la noción del tiempo :( Bueno, no es algo exagerado, pero el domingo fue el último día de la Comic-Con en San Diego, y yo no pude ir :'( Y tuve que enterarme por medio de la red todo lo que había pasado xD además fue mi hermoso Chris Evans 3...
Dejando de lado mi delirio, me siento muy feliz por el rumbo que va tomando esto, muchas gracias por sus comentarios, enserio me animan muchísimo para seguir escribiendo. Me encanta saber lo que ustedes piensan :33 También gracias a quienes siguen la historia, y a quienes leen, por supuesto.
Bueno, apartando todo lo demás, el capítulo de hoy es bastante largo, quizá mucho más que los otros, aunque dudé un poco en ponerlo así o recortarle algunas partes, pero creo que quedó bien.
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Capítulo 4.- En busca de un significado.
No era normal. Definitivamente no era normal. Lo había notado desde que por casualidad ella cruzaba el pasillo y vio a Tony salir con una extraña mueca sobre el rostro, pero pareció componerse de inmediato. O tratar de hacerlo. Pepper decidió ignorar este acto y comenzar a regañarlo como siempre lo hacía, no por gusto o placer, simplemente porque se lo merecía al dejar botados sus planes del día y no haber contestado al menos sus llamadas. ¡Ella se preocupaba! ¿Qué tal y algo malo le había ocurrido de nuevo? No quería ni imaginar que algo como eso pudiera pasarle de nueva cuenta. Pero todo tomó otro rumbo cuando notó las extrañas actitudes de su jefe y sus pensamientos en otros lados que no eran precisamente ahí. Luego vino esa palabra de Tony que la había descolocado por fin. ¿Él estaba recordando de nuevo? Hacía mucho que aquello había quedado sepultado para ellos dos, y para su escaso círculo de amigos.
Luego venía el asunto de la extraña llamada al Doctor Banner, quien era muy amigo de Tony. ¿Había escuchado bien? Después de eso, lo había atacado con preguntas que sólo tenían monosílabos por respuesta, pero terminó sacándole la información de todas formas. Tony alojaría a un extraño en su departamento. Y no a cualquiera, sino un hombre que venía de muchos años atrás: del pasado. No sabía si le parecía más loco aquello, o que Tony en verdad estuviera pensando en llevarlo a vivir con él. ¿De qué se trataba todo eso? Sabía por experiencia que él jamás había vivido con alguien que no fuera su propia sombra, y que estaba segura no cambiaría en mucho, mucho tiempo. Pero ahora aceptaba en unas cuantas horas vivir con un desconocido. ¿Estaba loco? ¿O estaba loca ella? Se había sentido totalmente sorprendida por eso, y después las palabras no salieron de su boca cuando Tony le explicó todo por lo que había tenido que pasar aquella mañana, y ella se sintió un poco culpable por reprocharle y gritarle. Pero no se lo dijo. Pepper no podía permitirse sentirse tan vulnerable frente a su jefe, y no por ella, pues no tenía ningún cuidado en ofrecer sus disculpas. Lo hacía por Tony. Él le había dicho que jamás le pidiera perdón por algo, o se enojaría. Ese hombre no aceptaba disculpas.
Después de toda aquella tensión y explicaciones, sin contar las cuatro tazas de café que el moreno ya había ingerido, volvió a ser el de siempre. Excéntrico. Indomable. Totalmente loco con chistes hirientes y frases sarcásticas. Quiso pensar que todo iba bien, pero en el fondo sabía que algo andaba mal en su jefe. Sus ojos parecían distantes, y por momentos sentía que no prestaba la debida atención cuando los demás hablaban. Le había dejado a ella la responsabilidad de todo ese día, solamente firmando papeles que dejó en su entera confianza. ¿Qué había pasado además de lo que ya sabía? Porque estaba convencida que el asunto del hombre que venía del pasado no era lo que le tenía así.
Lo vio salir de la oficina con aire ausente, pero siempre con una sonrisa sobre los labios. Ese no era el Tony al que ella conocía. Sin embargo no hizo comentario alguno sobre su extraña actitud, y simplemente lo dejó irse, no sin antes prometerle miles de veces que haría todo lo que él había dejado botado, pero siendo amenazado para que él no faltara a la junta del día siguiente. Él aceptó sin contratiempos y simplemente se marchó.
A veces se preguntaba cómo la empresa había seguido igual de fuerte, incluso cuando el padre de Tony falleció y él seguía siendo un muchacho sin pies ni cabeza. Andaba por mal camino. Y quizá se había reivindicado cuando tomó el control de Industrias Stark, y ella se volvió su asistente personal por un golpe de suerte. Ambos eran muy jóvenes en ese tiempo. De hecho, se preguntaba cuán joven era Tony todavía a pesar de su edad.
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Condujo sin tener cien por ciento la capacidad de hacerlo, y realmente sin saber a dónde diablos iba. Después se dio cuenta que había llegado a su casa actual: la Torre Stark. Había vivido durante mucho tiempo en la casa de Malibú, pero era realmente cansado moverse de un extremo del país a otro, así que optó por cambiarse, y cambiar a toda su gente. Eso incluía a Pepper y Jarvis. En realidad no había costado mucho encontrar un buen sitio para instalar su Torre, y menos moviendo gente por influencias monetarias. Esa que le facilitó también la construcción exageradamente rápida. Obviamente, había sido su diseño y de nadie más.
Estacionó su carísimo coche donde pertenecía, junto a sus demás reliquias. Carros de colección, motocicletas diversas, y algunos que otros de última generación. Los amaba a todos y cada uno de ellos. A veces hasta se preguntaba si amaba más a sus medios de transporte que a las personas. Subió al elevador marcando el botón especial que lo llevaría hasta su Pent House. Agradecía infinitamente el que Pepper no hubiera cuestionado más su actitud, y se hubiera limitado a hacerse cargo de la empresa hasta el día siguiente. Le debía una. Bueno, si olvidaba todas las cosas que Pepper había hecho por él, que por cierto, eran bastantes para gusto de ambos.
Se dirigió a la puerta de última tecnología y marcó un código sobre una pantalla que se asomó holográficamente. Ese era su primer avance en el mundo virtual. Que grandioso sería poder tener pantallas por todos lados, mapas, códigos, todo virtual, obviamente, ah... y un asistente inteligente como él—virtual—con mente propia para mantenerlo informado, seguramente le apodaría Jarvis, como su mayordomo. Deseaba poder conseguir todo eso en un par de años, si seguía trabajando como lo estaba haciendo. Sería un avance mucho más grande en el mundo de la tecnología, y le traería un aporte benéfico a la empresa y a su altísimo ego de genio.
Entró con una sonrisa pintada en el rostro, tirándose en el larguísimo sofá de forma circular que se extendía por toda la sala. Amaba estar ahí. Amaba la comodidad. Amaba su casa y el diseño de ésta. ¿Ya había mencionado que era su diseño, verdad? Se alegraba de tener una mente tan brillante que acaparaba muchos campos no solamente en la física y matemáticas, sino también en la historia, la geografía, astronomía, y muchos más… por eso es que llegaba a su mente nuevamente el Doctor Banner y su control extraño. Estaba claro que lo de viajar en el tiempo ahora era posible, pero no es como si alguno de ellos lo fuera a soltar por ahí, como una noticia cualquiera. Ellos sabían mantener secretos. No había hecho falta jurarlo para tener en cuenta eso. Se lo había contado a Pepper por el mismo motivo: ella jamás diría nada.
Volviendo al tema del control, se sentía orgulloso de Banner, aunque abiertamente no lo había demostrado. Se sentía muy bien al estar rodeado de alguien que tuviera los mismos conocimientos y los mismos gustos por ese tipo de cosas científicas. Encontrar a alguien como él en la actualidad, era un completo hallazgo. Era inteligente y arriesgado con sus inventos, justo lo que él necesitaba en un trabajador y amigo. Aunque a veces se cuestionaba sobre eso, pues Banner no tenía miedo a trabajar hasta altas horas de la noche, e incluso, pasar dos días seguidos sin dormir. Un día de estos se sentaría con él a platicar, pues podría darse la mala situación en que uno de sus arranques, no sólo provocara viajar en el tiempo y traer a un hombre con él, no. Podría ser algo más peligroso. Algo como por causas desconocidas e inventos fallidos, convertirse—descabelladamente, claro—en un gigante verde sin conciencia. Si eso pasara sería una catástrofe, que a él le encantaría ver. ¿Cómo sería eso? ¿Banner tratando de controlar a un monstruo que perteneciera a su interior? Probablemente sería toda una Odisea tratar de controlarle, pero si lo lograba, su admiración por Bruce crecería hasta niveles insospechados.
—Señor Stark, me alegra verle tan temprano por aquí. —una voz extremadamente familiar lo hizo parar de desvariar sobre sus pensamientos. Eso era imposible. ¿Bruce convertido en un monstruo? ¿Y luego qué? ¿Agujeros en el cielo con extraterrestres? ¡Tonterías! Esto era la vida real. Así que volviendo a tener coherencia sobre su cerebro, volteó la cabeza un poco, solo para ver a su mayordomo parado a un lado del sofá, con la mirada neutra sobre él.
—Pensé que ya te habías ido a casa, Jarvis. —comentó mientras se ponía de pie y pasaba a un lado del otro hombre, dirigiéndose a la cocina. El mayordomo lo siguió por detrás. Tomó asiento y recargó los codos sobre el desayunador, mientras veía como Jarvis le preparaba una taza enorme de café. Lo miró detenidamente, siguiendo sus acciones con mirada inquisitiva, pero claramente sus pensamientos estaban por otra parte.
—No, Sr. Stark, lo estaba esperando. —contestó, continuando con lo que hacía. Tony analizó mucho aquello de preguntarle algo. Bueno, más bien, comentar algo. Eso que lo traía pensativo desde la mañana y no lo dejaba respirar. Debía sacarlo, y no había nadie mejor para escuchar que su mayordomo.
Jarvis era un buen hombre, un buen consejero, y un excelente empleado. No sabía por cuanto tiempo había trabajado para su familia, pues desde que él recordaba, Jarvis siempre había sido su mayordomo. Un hombre que si bien ya tenía sus años, y las canas sobre-salían en sus cabellos negros, seguía siendo tan activo como en sus años de juventud. ¿Por qué no había renunciado y hecho una vida? ¿Tenido familia? ¿Alguna esposa, al menos? Eso no lo sabía, y no es como si quisiera ponerse sentimental y preguntárselo. Al igual que Pepper, ese hombre había estado para él siempre, desde niño, cuando muchas cosas habían sucedido, algunas buenas, otras malas. Él había estado ahí siempre. Y lo seguiría estando. Había sido su confidente durante mucho tiempo. Pero a pesar de todo eso, Jarvis no vivía en su Pent House. Vivía dos pisos abajo, pero ahí mismo en la Torre Stark. Llegaba temprano por las mañanas, le preparaba el almuerzo y esperaba a que se fuera. Pasaba todo el día ahí hasta que él volvía por las noches, le preparaba la cena y después se iba. Esa era la rutina diaria.
—¿Le sucede algo, señor? —volvió la vista sobre el hombro, mientras servía el café recién hecho y caliente sobre la taza, acomodándola después en un plato de cerámica hermosa. Con pasos rectos llegó hasta su jefe y colocó la taza y el plato frente a él. Buscó su mirada, pero Tony le evitó, viendo con interés absurdo los nudillos de sus manos. No, era mejor no remover esos recuerdos tontos. No quería platicar con nadie sobre lo que había estado pensando.
—No. ¿Debería sucederme algo, acaso? —preguntó con una ceja alzada y su habitual tono de voz, mientras tomaba un sorbo del café caliente y se deleitaba con el sabor. Sólo Jarvis sabía cómo conseguir un café tan exquisito para su paladar. Vio como el mencionado se dirigía hasta una alacena de vidrio, de donde sacó una caja en especial que logró que sus ojos brillaran con expectación. Eso era para ocasiones especiales—malos días—. Jarvis jamás le dejaba ingerir donas durante la noche. Diablos. A veces se lamentaba que Jarvis lo conociera tan bien.
—Es una pregunta que debería responderse usted mismo, Sr. Stark. —depositó la caja dorada sobre el desayunador, y Tony sonrió de forma vacía. Se sentía totalmente decubierto. Escogió una de las donas que contenía aquel empaque, y la llevó hasta el plato que le había traído su mayordomo. Sin poder resistirlo, le dio una gran mordida, poniéndose de pie. Si seguía allí terminaría por soltar lo que llevaba dentro. Trató de ignorar el comentario de Jarvis, ¿acaso era tan notable que no se encontraba del todo bien? Tenía que practicar más frente al espejo cada noche a partir de hoy. Entonces recordó algo.
—Jarvis, quiero que tengas listo el piso de abajo para mañana temprano. Coloca sabanas limpias, jabón, comida y toda esa clase de cosas. Tendremos un inquilino por algún tiempo. —le ordenó mientras tomaba su café y la dona, y salía de la cocina seguido por el otro hombre. Dejó las cosas sobre una repisa, pues antes de ir al taller solía cambiarse por alguna ropa más cómoda. Sintió la dura mirada del otro hombre pegada en su nuca. Tenía que irse cuanto antes.
—¿Un nuevo amigo, señor? —preguntó con respeto, pero también con algo de confianza. Jarvis, al igual que sus pocos amigos, sabían que Anthony no vivía con nadie, y que si ahora lo haría sería por un buen motivo. El castaño se encogió de hombros, mirándole por encima del hombro mientras caminaba hacia las escaleras que lo llevarían a su habitación.
—No, un favor para el Doctor Banner. Así que hazlo. —y se perdió por el pasillo a paso rápido.
Jarvis miró la dona mordida y suspiró apenas audiblemente. Sabía que algo andaba mal con su jefe, no por traer a un inquilino a la Torre Stark, pero si por su actitud. No solía ser tan esquivo, al menos no de su mirada. ¿Estaba preocupado por algo? Esa había sido su primera conclusión, pero cuando sus miradas chocaron, supo que había un deje de tristeza y vacío que hace mucho no veía en él. ¿Qué había ocurrido? Sin embargo no cuestionó nada, simplemente se mantuvo esperando a que Anthony se lo contara, pero él no habló sobre eso. Jarvis frunció la boca, y sintiendo la curiosidad desbordar su piel, se dio media vuelta para volver a su casa.
A veces se cuestionaba sobre su puesto. Sobre las cosas que podía preguntar y las que no.
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Anthony tomó de su armario unos pantalones suaves de algodón, una playera sin mangas, y un par de botas para el trabajo. Por fin se había podido deshacer de esa tonta corbata y el horrible traje que lo mantenían en su sitio. Necesitaba sentirse libre, y eso sólo lo hacía cuando estaba trabajando, a pesar de estar encerrado en su taller. Se acomodó la ropa y dejó su reloj sobre un mueble, podía ser peligroso trabajar llevándolo puesto. Sin quererlo, su mirada se movió hasta posarse en un par de porta retratos vacíos. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí, sin una foto? Cierto, muchos, muchos años. Recordó a la perfección las fotos que antes estaban ahí, como si aún lo estuvieran. Los colores, el paisaje de fondo, las sonrisas. Y luego el motivo por el cual había decidido quitarlas.
Chasqueó la lengua con desaprobación, y volvió sobre sus pasos a la planta baja de su casa. Necesitaba trabajar. Y lo necesitaba ahora. No había sido un buen día para él, pues jamás se había vuelto a encontrar con sus recuerdos pasados, atormentándose. Simplemente eso había quedado atrás, pero la mención de cierta palabra lo había descolocado. No estaba preparado para escucharla de nuevo. Así que tratando de despejar su mente de aquellas cosas absurdas, tomó su café, su dona, y una servilleta que encontró. Paseó la vista por todo el departamento, encontrando algunas luces apagadas ya. ¿Cuándo entendería Jarvis que eso no era necesario? La Torre se mantenía con luz eléctrica ilimitada, energía pura que no provenía de ninguna empresa y no afectaba la ecología. Por lo visto Jarvis ya se había marchado.
Caminó hasta su taller, que se encontraba en una especie de planta subterránea. Era exclusivamente para él, y nadie podía entrar a menos que supiera el código, lo cual era totalmente imposible. Las paredes eran de vidrio, dejando a la vista el interior de su taller personal, pero eso no le importaba. Pocos habían entrado a su casa, y sólo Jarvis conocía el camino para llegar hasta ahí. No es que ocultara su taller, pero le gustaba que fuera algo privado y para su uso exclusivamente personal.
Marcó el código en una pantalla holográfica como la de la puerta, y ésta se abrió automáticamente, dándole el paso. Entró y dejó sus cosas en la única mesa que se encontraba libre de prototipos, materiales extraños, hojas con información, etc. Tomó asiento en su silla de cuero y se dedicó a terminar sus alimentos. Jarvis se había marchado sin decirle adiós, ¿estaría molesto? Supuso que sí, ya que él no había hablado mucho, ésta vez no. Y no porque no tuviera la confianza de hacerlo, pues sabía que Jarvis lo escucharía hasta el final. Pero esta vez no quería revivir aquellas cosas. Hoy no. Y quizá nunca.
Así que tratando de enfocar su mente en otra cosa, tomó el teléfono que estaba en una de las paredes y marcó un número usado solamente para emergencias como aquellas. Tardó un par de minutos en hablar con quien quería, pues una molesta secretaria le atendió de mala gana, hasta que supo que era Anthony Stark, y entonces su tono de voz cambio por uno dulce, argumentando que buscaría a quien había llamado. Sí, ese era el peso de su nombre y apellido. Volvió sobre sus pasos a tomar asiento mientras movía planos y papeles que tenía sobre su mesa.
—¿Stark, eres tú? — la voz que escuchó del otro lado de la línea lo hizo sonreír abiertamente. Buscó entre sus cosas algunos planos que pudieran ayudarle a seguir con su trabajo actual. Le dio un sorbo largo a su café.
—Sí, soy yo. Necesito pedirte un favor. —comentó mientras sostenía su teléfono pegado a su hombro y oreja, para ocupar ambas manos en alisar un par de planos extensos que tenía, y acomodarlos sobre su mesa de trabajo. Caminó buscando un lápiz, y cuando lo encontró regresó a su puesto.
—¿El grandísimo Anthony Stark pidiéndome un favor, a mí? ¡Vaya sorpresa! —suspiró cuando se dio cuenta que había utilizado las palabras incorrectas, porque ese hombre tenía razón: el jamás pedía favores. A nadie. Bueno, tenía un par de excepciones, pero no iba más allá. Así que trató de llevar la conversación de su lado lo más que pudiera.
—No es para mí exactamente, idiota. —escuchó una exclamación del otro lado y luego un reproche por el insulto, pero aún así prosiguió—. ¿Qué harás los próximos días? ¿SHIELD te mantendrá encarcelado como siempre, o te darán una misión, eh, conejillo de Indias? — escuchó un bufido del otro lado, pero decidió no comentar nada. Tenía que aprender a reservarse algunos comentarios. Con su lápiz marcó suavemente algunas cosas en los planos, y mientras hacía cálculos, esperaba con paciencia una respuesta. No tenía ninguna prisa para aquello, en realidad.
—No. SHIELD me dará algunos días libres por motivos navideños, ya sabes. ¿Qué es lo que quieres exactamente, Stark? — preguntó con cierto tono de hastío en la voz. Pero Anthony sonrió abiertamente sin importarle, al fin y al cabo el otro ni si quiera podía verlo. Así que tomó un respiro profundo y comenzó a explicarle. Bien, todo había salido de acuerdo a como había querido. La vida de Bruce Banner iba a cambiar. Y mucho.
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Steve Rogers no sabía qué era peor: si no poder volver a casa todavía, o tener que vivir bajo el mismo techo que aquel castaño engreído. Las dos cosas lo ponían de malas, por diferentes motivos. Regresar a casa era su prioridad, de verdad, pero de igual forma tenía un poco de miedo volver. Después de todo no iba a regresar al ejército, y por el contrario, se ataría a una mujer que no amaba de por vida, encerrándose entre paredes y haciendo cuentas de la pequeña empresa que su padre le había dejado al fallecer. Estaba consciente y muy agradecido con sus tíos por haber cuidad tanto tiempo de él, y de su futuro económico, pero no estaba tan convencido de la idea de casarse sin amor. Pero en sus tiempos, solo tenía que seguir órdenes, las opiniones se las reservaba para cuando nadie pudiera escucharlo. Una pequeña parte de él se alegraba al retrasar ese absurdo compromiso por al menos unos días mientras reparaban el control.
Por otro lado no menos desagradable, estaba ese hombre. Engreído, sarcástico, irónico, contando chistes que él no entendía, miradas perspicaces, sonrisas frías y vacías, y muchas cosas más que a pesar del poco tiempo de tratarlo, había sabido identificar. No le había caído del todo bien, aunque había una cierta parte del otro que le intrigaba y lo incitaba a querer descubrir por qué su mirada tenía un brillo melancólico. Tal vez fuera su imaginación, debía ser eso. Porque en todo el rato que el Sr. Stark había estado en ese departamento, no había parado de reír. Era muy extraño. Hasta vestía de forma poco usual, y tenía un aire de grandeza que era una de las cosas que Steve no soportaba. Y eso que lo había visto unas cuantas horas solamente.
Bruce le había soltado la bomba ya entrada la noche, mientras arreglaban juntos el sofá para que él durmiera. Bruce se había ofrecido muchas veces para que él durmiera en su cama y el Doctor en el sofá, pero se había negado rotundamente a hacerlo. Estaba entrenado para dormir en el mismo suelo si era necesario, esto no supondría nada extraordinario. Así que negándose más veces de las insistidas, el otro por fin cedió, pero ayudándole a acomodar su cama de todas formas. Le explicó que la tecnología estaba muy avanzada, y que más cosas de las que él pensaba habían cambiado en esos años. Le habló sobre los automóviles, y sobre cómo la gente ahora era más desinhibida respecto a muchos temas. Puso de ejemplo al Sr. Stark y sus amigos "nórdicos" según el mismo castaño. Mucha información había caído sobre su cerebro, haciendo incluso que le doliera la cabeza. Pero fue cuando estuvo listo para dormir, que Bruce soltó la bomba.
—Steve, irás a vivir con Tony por algún tiempo, mientras yo regreso. No puedes quedarte aquí solo. —comentó mientras acomodaba las sábanas, y le ofrecía un vaso con leche, que Steve aceptó. Bruce era un hombre muy considerado con sus invitados. Bueno, él era un intruso inesperado.
—¿Perdón? —ni si quiera bebió de su vaso. Lo retiró con rapidez de sus labios para preguntar, con voz sorprendida—. Creo que no es una buena idea. El Sr. Stark no me cayó muy bien, y bueno… quisiera acompañarlo a usted, Doctor Banner, en su búsqueda por el metal Irindion. —finalizó con una mueca rara sobre el rostro. No le agradaba en lo más mínimo la idea esa. Sus ojos azules chocaron con la mirada oscura.
—Es Iridio, Steve. Y no aceptaré un "no" por respuesta. Ir conmigo será muy arriesgado, y no permitiré que nada te pase mientras estés aquí. Será mejor que te quedes, y nadie mejor que Stark para cuidarte. —sonrió satisfecho al recordar cómo el castaño se había rendido. Bien podría haberlo dejado solo, sabía que aquel muchacho no era ningún tonto, y podría sobrevivir algún tiempo mientras él volvía, pero la oportunidad de molestar al castaño era algo que jamás se perdería—. Sé que Tony parece ser un hombre… un poco complicado. Pero te aseguro que muy, muy en el fondo, es una buena persona. —le sonrió mientras posaba una mano en su hombro, palmeándolo con soltura—. Buenas noches Steve. Tony pasará por ti mañana. —y antes de que él pudiera objetar algo más, oyó la puerta de la habitación cerrarse.
Suspiró mientras iba a la cocina y colocaba el vaso sucio en el lugar donde se lavaría mañana. Se sentó con una mueca torcida en el sofá, y miró a su alrededor gracias a la luz que desprendía la lámpara a su lado. Era verdad. Mucha tecnología y cosas que él no conocía lo rodeaban, y no se sentía preparado para ir al exterior y comprobar que habría mucho más de eso. Bruce ni si quiera tendría tiempo de enseñarle lo básico, pues partía al otro día también. Por alguna extraña razón, cuando él propuso quedarse con ese hombre Thor, y su hermano Loki, Bruce negó con nerviosismo, alegando que no era una buena idea. No sabía por qué, si ellos dos eran hermanos y se veían como buenas personas. Él no contemplaba ir con ese castaño que le había puesto los pelos de punta.
Sobó su cuello con cansancio, y luego se acostó en el sofá. Se cubrió con la manta que Bruce le había dado, y se sintió perdido cuando el constante sonido del reloj que colgaba de una pared, se escuchó sobre el silencio de la noche. ¿Sería buena idea quedarse con ese hombre? ¿Cómo sería convivir con él? ¿Se portaría grosero? Y luego vino una pregunta más profunda, ¿tendría esposa e hijos? ¿Quizá alguna novia? Esperaba que no, pues era suficiente con dar molestias quedándose con él algunos días, para sentirse un intruso violador de familias felices.
—Espero que esto sea una buena idea. —susurró para nada convencido de sus palabras, pues tenía un ligero presentimiento de que su estancia ahí no sería del todo buena. El nerviosismo y los latidos acelerados de su corazón se lo confirmaban. Estiró la mano y apagó la luz de la lámpara, según Bruce así se hacía. Y en medio de la oscuridad abrió sus ojos, e imaginó un par de orbes color chocolate mirándole con una sonrisa en el rostro, y la mano estirada hacia su persona. Vaya imaginación la suya. Se dio media vuelta y rascó su pecho, sintiendo el frío metal chocar contra las yemas de sus dedos. Sonrió inconscientemente y tomó entre su mano aquellas pequeñas placas que lo habían acompañado siempre. Se sentía feliz al saber que al menos algo de su hogar había podido cargar. Por suerte no se las había quitado. No se imaginaba viviendo sin eso que él consideraba más que placas de identificación militar. Eran sus sueños cumplidos, eran especiales.
Cerró sus ojos y trató de dormir.
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Al otro día, muy temprano, Thor y su hermano Loki habían entrado nuevamente por la ventana. Él había estado tentado a repetir la escena del día anterior, pero recordó que en la actualidad algunas personas solían entrar así. Lo dejó pasar, pero no sin llevarse un susto cuando el otro había comenzado a gritar sobre lo alegre que pintaba el día y la mucha hambre que tenía. Habían desayunado tranquilamente una hora después, entre algunas bromas por parte del rubio mayor, y regaños por parte de su hermano. Había notado algunas actitudes extrañas entre ellos, como por ejemplo, que se habían tomado de la mano, o se daban de comer en la boca. Había visto también como, en algún punto del desayuno, Thor había acariciado el cabello del otro hombre, meciéndolo entres sus dedos con un gesto que le pareció demasiado cercano para ser de hermanos. Sería su imaginación, de nuevo. Y volvió a rememorar las palabras de Bruce acerca de que los tiempos habían cambiado. Jamás imaginó que tanto.
Lo dejó pasar en cuanto probó la comida. Thor parecía que devoraba el plato entero, mientras Loki lo veía con el ceño fruncido, tomando su té. Supo algunas cosas de ellos, como que Thor era Jefe en una estación de Policías, y que Loki tenía su propia cafetería. Ambos ganaban muy bien, y estaban muy cómodos en su departamento. Por otro lado, Bruce le había mencionado que trabajaba en la empresa de Tony, ayudándole con algunos inventos, pero que se sentía agradecido con él porque le dejaba hacer sus experimentos propios sin pedirle cuentas. Todos habían llegado a la conclusión de que no la pasaría tan mal al lado de ese hombre, y que al menos haría sus días interesantes, eso dicho por Loki. Sintió que lo dijo con un tinte siniestro que coloreó con una sonrisa. Hoy—definitivamente—se había levantado con mucha imaginación.
Después de platicar sobre cosas triviales, y resolver algunas dudas de Steve sobre el mundo actual, hablando un poco sobre sus profesiones y sus horarios, todos se levantaron de la mesa. Thor se ofreció a prestarle algo de ropa para que no anduviera por ahí con esas prendas que no le favorecían, y después había desaparecido por la ventana. Él le había dado las gracias un par de veces, siendo interrumpido por Loki, quien mencionó que ya era suficiente, y que Thor no necesitaba de eso para ofrecer su ayuda. Era un buen hombre. Sin embargo, el pelinegro tenía otros planes en mente.
—Oye, Steve, ¿no estas nervioso por irte hoy con Stark? Supongo que será algo difícil. —mencionó cuando se quedaron solo en la cocina, lavando los utensilios que habían ensuciado durante el desayuno. Él sintió con una mueca torcida, mientras tallaba con sus manos repletas en jabón. A él no le molestaba ayudar en la cocina, y menos porque aquello lo había aprendido en el ejército.
—Un poco. —murmuró—. Sinceramente no sabré como actuar frente a su presencia. Parece un hombre frívolo a simple vista, así que… —dejó la frase en el aire al darse cuenta de que aquel hombre era amigo del castaño, y que quizá le molestaría que él se expresara así, pero el otro le sonrió, restándole importancia con un gesto de la mano, mientras secaba los vasos y los colocaba en su puesto. Loki se fijó discretamente por la puerta que daba al comedor, y vislumbró a Bruce recogiendo las ultimas cosas que sobraban. Tenía que darse prisa. Así que con una pequeña sonrisa, se acercó hasta el rubio.
—Pienso que si quieres llevarte bien con él, tienes que empezar de buena forma, ¿no lo crees? Yo conozco una buena forma de hacerlo. —le sonrió con una inocente sonrisa, pero el estómago de Steve se apretó en señal de alerta. Sin embargo, le urgía un poco más saber lo primero que haría al tener al castaño enfrente, pues en verdad no quería ni pensar en cómo iba a saludarlo. ¿Cómo un hombre lo podía poner tan nervioso? Su jefe en la milicia se burlaría en su cara completamente.
—¿Ah, sí? ¿Cómo? —preguntó con curiosidad y se acercó hasta el más alto para que Bruce no los escuchara. Sería como una especie de secreto entre ellos.
Loki sonrió. Lo sentía mucho por Steve, pero Tony merecía aquello por haber clausurado su cafetería durante dos semanas, solo por un capricho que él no le quiso cumplir. Así que era hora de vengarse. En verdad quería estar ahí cuando sucediera, y ver la cara que el castaño pondría. Casi lo estaba saboreando.
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La junta había finalizado bastante temprano, y su apretada agenda se resumía a dos citas que pasaron volando sin darse cuenta. Estaba más concentrado en sus planes, y en cómo le voltearía el juego a Bruce. Sabía que dentro de todo ese favor, se escondía un placer innato por hacerlo sufrir. El Sol a penas y comenzaba a ocultarse cuando salió de la oficina disparado, diciéndole desde lejos adiós a Pepper con una seña de la mano. Era mejor despedirse de ella a varios metros de distancia. Aun seguí algo molesta.
Encendió su coche cuando llegó al exclusivo estacionamiento de la empresa, y se puso en marcha directo a la casa del Doctor Banner. Hizo una llamada rápida usando un aparato pequeño colocado en el extremo de su oreja. Una de sus más recientes invenciones que estaban por salir al mercado. Ganarían mucho con eso, porque siendo claros, tenía una especie de goma que se adhería y era poco probable que se perdiera. Contenía un rastreador, y por si fuera poco, una señal extremadamente buena. No por algo había un satélite en el cielo con su nombre completo y el de su empresa grabado en él. Además de poder ser un receptor de los números recientes, y los más importantes, e incluso, tenía la capacidad de ser contestado sólo con la voz, sin necesidad de usar algún botón para tomar la llamada. Verificó que todo estaba saliendo bien, y sonrió en cuanto la llamada terminó.
Bien, el camino se le había hecho bastante rápido, o quizá fue porque manejó un poco más rápido de lo normal, pero las ansias le comían por ver la cara de Bruce; aunque por otra parte, quería retrasar el hecho de llevar un extraño a su hermosa Torre e instalarlo ahí. No se dio cuenta que había llegado, sino hasta que las puertas del elevador se abrieron, y él caminó el conocido pasillo hasta dar con el departamento de Bruce. Tocó con los puños un par de veces, y esperó pacientemente a que le abrieran.
Cuando la puerta fue abierta, no se esperó ser bienvenido por tanta gente. Bruce, Steve, Thor y Loki estaban esperándolo. Los saludó con su típica sonrisa, pero su mirada se detuvo especialmente en Loki, quien le sonreía abiertamente. Estrechó la mirada hacia él, porque Loki jamás sonreía de aquella forma. No a menos que tuviera alguna broma debajo de la manga. Pero antes de que pudiera dar alguna opinión sobre él, o hacer algún comentario sobre si había tenido sexo desenfrenado con Thor y por eso estaba tan feliz y pleno, alguien se interpuso en su camino. Era Steve.
—Buenas tardes, Señor Stark. —el rubio lo miró con un tinte de vergüenza en el rostro, y antes de que él pudiera decirle que dejara de decirle ese molesto "señor" el otro se le adelantó, tomando su mano en un sorpresivo movimiento, y acto seguido, llevarla hasta sus labios para darle un suave beso. Se separó de forma rápida sin soltar el agarre. Estaba con las mejillas algo rosas. Él frunció el ceño, mientras su ceja izquierda se contraía con asombro y furia, y sentía las mejillas calientes. Intentó reprimir la mueca de asombro que aquello le había causado.
—¿¡Qué mierda crees que haces!? —no le importó sonar grosero, pero estaba molesto por tal atrevimiento—. ¡No soy una maldita mujer! —gruñó de mala manera, y con un tono que aseguraba un golpe en la mejilla bien merecido. Pero se contuvo. Se contuvo porque Loki lo distrajo con una gran risa que sonó por toda la casa, seguido por Thor y Bruce, quien al menos simulaba un poco. Les dirigió una mirada iracunda a cada uno de ellos, pero esto solo acrecentó las risas. Gruñó y miró a Steve con el ceño fruncido, mientras este se veía totalmente confundido, como si no hubiera entendido el chiste. Que por cierto no era para nada gracioso.
—L-Lo siento… pero el Señor Laufeyson me dijo que así debía saludarlo. Que usted está acostumbrado a eso. —murmuró apenado, mientras se rascaba la mejilla y se apartaba unos metros más. Se sentía verdaderamente un conejillo de indias. Utilizado para beneficio de otros, siendo arrastrado a hacer cosas absurdas solo porque él no sabía. Nunca debió haber confiado en ese extraño. Vio como el castaño se mordió la lengua para retener algunos insultos, y luego aspiró una fuerte bocanada de aire, para soltarla de un solo golpe. Llevó amabas manos a sus sienes, y su expresión volvió a ser relajada.
—Buen intento, pero necesitarás más que eso, cuernitos. —le dijo a Loki, mientras aflojaba su corbata y desabrochaba su saco. Malditos hijos de Odín. Los otros mantenían una sonrisa complacida en el rostro, y Thor con su usual expresión de felicidad remota—. No me obligues a clausurar de nuevo tu Cafetería. —le rugió, pero después cayó en la cuenta que precisamente por eso había sido. Era una venganza muy pequeña, entonces. Paseó su vista por los presentes, y deseo poder borrarles esa estúpida sonrisa boba. Bueno, a uno de ellos sí podía—. Por cierto, Doctor Banner, te tengo una sorpresa. —fue su turno de sonreír y todos lo miraron expectantes. Entonces el timbre sonó y se felicitó por decirlo a tiempo—. No pudo haber sido más perfecto. —dijo con una sonrisa más marcada y abrió la puerta.
Todos mostraron una cara sorprendida, excepto Steve, que obviamente no sabía de qué iba todo aquello y se había perdido desde el inicio. Sobre sus labios aun sentía la sensación cálida de la mano del castaño, e inconscientemente, relamió sus labios. Después se acordó y se bofeteo mentalmente. ¿Qué estaba haciendo? ¡Era un hombre! Al parecer los cambios de tiempo le afectaban. Ya quería volver y ni si quiera se había ido todavía. Vio como Loki ahogaba una risa, fingiendo rascar su nariz para que no se viera tan obvio. Thor sonrió y se cruzó de brazos, mientras Bruce no podía creerlo.
—¿Llegué en mal momento? —preguntó aquel hombre cruzando la puerta, cuando sintió el silencio que pesaba sobre ellos. Tony negó con la cabeza y un gesto divertido. Cuando su mirada se topó con un hombre rubio que hasta el momento no había visto, se sintió alerta. Uno jamás sabía. Pero Stark le puso una mano sobre el hombro para relajarlo, y le señaló al otro rubio, que le regresó la mirada.
—Te presento al Capitán Rogers. —mencionó, mientras veía como ellos dos estrechaban sus manos con una mirada algo seria. Cosas de los hombres rectos entrenados por el ejército, supuso. Después miró a Steve—. Y él es Légolas. —le dijo. El rubio le asintió en forma de saludo, mientras el recién llegado suspiraba con algo de frustración. ¿Qué? Nadie tenía un buen sentido del humor en aquella "reunión". Y para acabar con la duda que recorría el rostro de los demás, volteó a ver a Bruce—. Doctor, yo no podía permitir que uno de mis mejores empleados y amigos fuera por ahí solo. Así que le pedí a Légolas que fuera contigo. —le sonrió. Loki y él compartieron miradas cómplices.
—G-gracias, supongo. —respondió—. Pero no creo que sea necesario y… además no sé por cuanto tiempo será, así que no dejaré que arriesgue su trabajo de esa forma… —trató de negarse, pero el otro hombre le sonrió, diciéndole que no importaba realmente eso.
Al parecer Stark ya le había informado sobre eso, porque tenía algunos días de vacaciones. Frunció la boca cuando se vio acorralado y tuvo que rendirse y aceptar, de lo contrario Stark no cuidaría de Steve. Una vez más, Anthony se había adelantado, jugándole una broma por igual. Era inteligente, y también se daba cuenta de las dobles intenciones de la gente. Se sintió realmente estúpido por tratar de darle una lección a Stark, bueno, quizá la recibiera. Pero él también.
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—Tony, ¿te estás vengando porque te pedí hacerte cargo de Steve, verdad? —preguntó cuando estuvieron solos en la cocina, aunque realmente ya sabía la respuesta. El otro le sonrió, encogiéndose de hombros.
—Uno nunca sabe los peligros que hay ahí afuera. Además, tú lo hiciste primero Banner, me jugaste chueco. —comentó como si de una noticia cualquiera se tratase—. No seré el único que sufrirá en estos días. Suerte en tu viaje con Clint por todo el mundo. Tómalo como un regalo adelantado de navidad. —y palmeándole la espalda con compañerismo, volvió a donde estaban los otros invitados, platicando de cosas triviales.
—Eres un dolor de cabeza, Tony. Espero que Steve no se vuelva loco a tu lado. —murmuró para sí mismo, y siguió los pasos del castaño.
Todos estaban sentados y conversando de cosas, mientras Steve solamente miraba y reía un poco cuando—muy rara vez—lograba entender un chiste. Stark lo miró detenidamente. Esos ojos azules resaltaban sobre su blanca tez, y ese cabello rubio le daba frescura, aunque obviamente el corte no le favorecía para nada. Se quedó de pie, contemplándolo. No le importó realmente si alguien lo notaba. No parecía como si de verdad viniera de más de cien años atrás, pero su actitud, sus modales, la forma de hablarles, lo delataban.
—Bien Rogers, despídete porque tenemos que irnos ya. —informó mientras volvía a abotonar su saco. El otro asintió, y con algo de nerviosismo regresó la silla a su puesto. Él sonrió al notar ese detalle. Vaya chico. Caminó hasta la puerta y con un gesto de la mano se despidió de todos, no sin antes darle una mirada larga a Loki, quien se encogió de hombros como si no le importara haberle gastado una mala broma, y luego llegó al agente de SHIELD, quien le asintió con la cabeza.
—Muchas gracias a todos por la hospitalidad. —agradeció Steve agachando la cabeza un poco, mientras les sonreía a los hermanos. Ellos le devolvieron el gesto con una sonrisa. Después volteó hacia el dueño de la casa—. Doctor, muchas gracias por todo. Espero que vuelva pronto, y sobre todo en buen estado. —sus miradas chocaron, y entonces algo le dijo que todo iría bien. Por último, miró al hombre que había llegado, y también le sonrió—. Nos vemos, señor Légolas. —le pareció un poco raro el que tuviera ese nombre, pero a fin de cuentas los nombres de los hermanos tampoco eran muy habituales. Sin embargo, el resultado de su educada frase fue lo contrario a lo que había esperado. Todos rieron fuertemente, sobre todo Stark. Él no entendió a qué se debían las risas, pero tampoco quiso preguntar. No quería ser tachado de tonto.
—En realidad no me llamo Légolas, ese es un apodo que Stark me puso. Mi nombre es Clint Barton. — mencionó divertido mientras le regresaba la despedida con la mano. Varios colores pasaron por el rostro del rubio, al darse cuenta de su gravísimo error. No tenía palabras para aquello. Desde ahora no confiaría mucho en todo lo que hablara el castaño engreído, pues para todo usaba bromas, apodos, chistes. En realidad desde que había llegado todos habían estado gastándole bromas, y aquello comenzaba a molestarle un poco.
Por otro lado, Bruce miró inquisitivamente a Tony. Se veía muy feliz para ser verdad. Se veía muy bien como para tener que recibir a un extraño en su casa y compartir con él su espacio privado, que según en palabras de Tony, nadie tenía derecho a entrar. Excepto Jarvis. Frunció el ceño, dándose cuenta que ahí había gato encerrado. Le llamó con un gesto de la mano, para que nadie más pudiera escucharlo, mientras Steve seguía disculpándose sin cesar por todo aquello.
—¿Qué pasa, Banner? —cuestionó con una sonrisa cuando se acercó a él, murmurando al darse cuenta de que Bruce lo había llamado seguramente para tener algo más de privacidad. Supuso que lo regañaría por lo de Clint, pero le sorprendió la pregunta.
—¿Qué vas a hacer con Steve? —preguntó, pero el silencio de Tony le confirmó que nada bueno sería. Así que suspiró con frustración—. No quiero que le des otro piso para vivir, Tony. Quiero que esté contigo, en el Pent House. ¿De acuerdo? No sabemos lo que puede ocasionar estando solo con tanta tecnología a su alcance. ¿Qué tal he incendia el piso? Además sólo serán unos días. —y vio como el castaño rodaba los ojos con aburrimiento.
—En realidad eso es lo que haré. No pienso permitir que viva conmigo, sabes que nadie lo hace. Y estoy seguro que ese hombre puede cuidarse solo, no seré su niñera si eso es lo que estás pensando. —soltó la frase sin detenerse ni para tomar aire. Bueno, Bruce lo había descubierto, pero no era como si le hubiera prometido que el otro viviría en su piso. Una cosa era permitirle la estadía en la Torre Stark, y otra muy diferente, permitirle el abuso a su privacidad. Sin embargo, la mirada que le dio Banner le hizo suspirar con frustración. Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
Así que después de pelear en voz baja durante algunos minutos, cada quien dando su punto de vista, Stark se vio obligado, prácticamente, a llamarle a Jarvis y ordenarle que deshiciera los planes principales, y que mejor acomodara el cuarto de huéspedes que tenía en su Pent House, todo en voz algo alta para que Banner, quien estaba enfrente de él con los brazos cruzados, sonriera satisfechamente y le asintiera con la cabeza. Sabía que Jarvis lo obligaría a tener a Steve en su casa principal, así que se quedó tranquilo.
Cuando regresaron a donde estaban los demás, ellos mantenían un cómodo silencio. Entonces fue tiempo de despedirse y desear un buen viaje. Tony miró a Steve de forma inquisitiva, pero luego recordó que no tenía una maleta que llevar, puesto que no tenía nada de ropa o pertenencias. Ya se encargaría él de eso. Así que silenciosamente bajaron por el elevador y fueron al estacionamiento, donde su hermoso Tesla Roadster anaranjado aguardaba. Pudo ver la clara sorpresa de Steve.
—¿Ese es su auto, señor Stark? —preguntó más que sorprendido mientras admiraba con deleite el flamante coche. En verdad era grandioso. Era verdaderamente hermoso, y el color anaranjado le favorecía estupendamente. El moreno sonrió cuando se dio cuenta de la forma en que los ojos azules de su acompañante brillaban.
—Así es. —contestó—. Y cuidado Rogers, alguna mosca puede aterrizar en tu boca si sigue tan abierta. —agregó con una sonrisa divertida, mientras el otro se avergonzaba un poco. Quitó la alarma y le indicó con un gesto que entrara en el lado del copiloto. Steve admiró aún más el coche, pues los asientos eran de piel, y bastante cómodos. Sonrió con ilusión, como si de un niño pequeño se tratase. Entonces Stark reparó en la ropa que llevaba.
—¿Thor te ha prestado esa ropa que traes puesta? —cuestionó fingiendo no tener interés en aquello. Metió la llave para que éste encendiera, y entonces comenzó a retroceder para salir del estacionamiento.
—Sí. Dijo algo como que la ropa del Doctor no me favorecía, y me prestó estas prendas. Las devolveré sin falta antes de irme. —comentó con una pequeña sonrisa mientras observaba el exterior—. No hay algo como esto en mi tiempo. —murmuró, mientras sus ojos no le alcanzaban para ver todo aquello. Era fascinante. Tony le sonrió mientras avanzaba hasta un aparato e introducía el boleto de estacionamiento—. Es un coche muy hermoso. —
—Y no has visto nada. —le dijo mientras se fijaba para ambos lados, saliendo así a la avenida para iniciar el trayecto a casa. Steve se puso el cinturón de seguridad cuando notó que el otro lo hacía, y sin decir ninguna palabra, se dedicó a disfrutar aquello. Los ojos de Tony se desviaron hacia su compañero, y agradeció el que le hubieran prestado otra ropa. No habría soportado más tiempo verlo vestido como el día anterior. Además no le sentaba mal aquella ropa. Mientras Steve, no podía oculta el gesto de sorpresa que tenía en ese momento, y el sentimiento agradable que surgía de su pecho por ver aquellas novedades.
Definitivamente, no había de esos coches en su Nueva York, pues la tecnología estaba bastante atrasada a comparación de estos tiempos. Admiró las casas, las calles pavimentadas, el asfalto, a las personas, los altísimos edificios; todo. Todo era nuevo, era extraño, pero en cierta parte maravilloso. Todo tan sofisticado que no cabía en su cabeza. Tenía que conseguir un cuaderno y una tiza para dibujar aquello. Sus dedos ansiaban poder plasmarlo en un trozo de papel. La forma en que los árboles adornaban los vecindarios, la sonrisa de la gente al caminar, los coches que ambulaban por ahí. Se permitió relajarse, y simplemente dedicarse a observar. Además las luces de los edificios solo hacían que la noche reluciera más, como un manto oscuro que cubría la ciudad.
Anthony tampoco dijo palabra alguna, sólo se dedicó a manejar con sutileza, pues tampoco quería espantar a Steve conduciendo como generalmente lo hacía. Que se sintiera especial, porque él le estaba teniendo algo de consideración. De vez en cuando miraba de reojo al rubio, sólo para darse cuenta que éste estaba prácticamente pegado al vidrio, sin despegar su vista de afuera. Ahogó una risa para no cortar el silencio cómodo que se había instalado sobre ambos, y tampoco encendió el estéreo con su música habitual. Dejaría que fuera simplemente un buen viaje. No sabía por qué, pero a pesar de que se había visto obligado a tener que llevar a ese hombre a su Pent House, no le tenía rencor o alguna broma escondida. Al contrario, le parecía curioso ser testigo principal de cómo aquel chico llevaría la vida actual aunque fuera por algunos cuantos días. Sus ojos se detuvieron por un instante en el rostro del rubio, y admiró la bella sonrisa que adornaba los labios carnosos. Se veía bastante guapo cuando sonreía de esa forma. Entonces sus ojos regresaron al frente, donde deberían estar los de cualquier conductor, e inconscientemente sonrió de forma sincera, mientras chasqueaba la lengua y movía los dedos sobre el volante. Solía hacerlo cuando estaba ansioso. Tendría que enseñarle a Rogers a soltarse un poco en esos días que estuviera con él. Era un reto para Anthony Stark. Y él jamás perdía.
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¿Qué les pareció? Ojalá no haya estado muy flojo el capítulo :X últimamente traigo otras cosas en la cabeza... En fin, muchas gracias por leer. Espero tardar menos en la actualización siguiente :D
Un beso.
