La historia NO ME PERTENECE solo la adapto al fin de continuar con el siguiente libro de la saga Malory de Johanna Lindsey, los personajes pertenecen a Rumiko.
Capítulo 4
Sesshomaru no podía creerlo. Aun cuando la vio entrar, mirar a Totosai con furia y luego lanzar la misma mirada iracunda a Sesshomaru, no podía creerlo.
—Ese mayordomo tuyo es muy grosero, Sir Sesshomaru.
Él sonrió. Ella estaba frente a él golpeando el suelo con el pie, los brazos cruzados sobre el pecho.
—Cuando te di mi dirección, cariño, fue para que me enviaras un mensaje en caso de necesidad, no para que aparecieras en mi casa de improviso. ¿Te das cuenta de que tu actitud es poco decorosa? Esta es la residencia de un hombre soltero. Y mi hermano y mi sobrino están viviendo aquí...
—Bien, si están aquí quiere decir que no estoy a solas contigo.
—Lamento decepcionarte, querida, pero han salido y estás a solas conmigo. Como ves, me estaba preparando para salir. Por eso Totosai se negaba a hacerte pasar.
Pero cuando ella lo observó, con ojos ensombrecidos por la ira, tuvo la sensación de que se preparaba para ir a la cama. Llevaba una bata corta y acolchada de raso azul plateado, los pantalones y nada más. Antes de que él atara el cinto de su bata ella atisbó el vello negro y ensortijado de su pecho. Tenía los cabellos húmedos, peinados hacia atrás con la mano y algunos mechones comenzaban a rizarse sobre sus sienes. Su aspecto era muy sensual. Tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de mirarlo y recordar el motivo de su visita.
Pero de pronto vio la cama y súbitamente comprendió que la había recibido en su dormitorio. Demonios.
—¿Sabías que era yo... no, era imposible —se respondió a sí misma, mirándolo a los ojos—. ¿Recibes aquí a todas tus visitas?
Sesshomaru rió. —Sólo cuando llevo prisa, querida mía.
Ella frunció el ceño, pero trató de sobreponerse. Para ello, debió desviar la mirada.
—No te quitaré mucho tiempo. Tampoco yo puedo perderlo. Ocurrió algo... bueno, no te concierne. Baste decir que ya no tengo tiempo.
Necesito un apellido, y lo necesito ahora.
El humor de él cambió súbitamente. Creyó saber exactamente qué quería decir ella y esa certeza le produjo una incómoda sensación en el estómago. Cuando él se ofreció ser su confidente, sólo lo había hecho para acercarse a ella. Pero no traicionaría sus propios planes ayudándola a casarse. Había tenido la intención de dilatar indefinidamente la situación y seducirla antes de que ella se casara. Y ahora ella le pedía que le consiguiera un apellido, que en realidad tendría si hubiera hecho lo que había prometido hacer. Era obvio que ella ya no necesitaba un confidente. Si él no la ayudaba, ella haría su propia elección, buena o mala. No le cabía duda alguna al respecto.
—¿Qué diablos ocurrió?
Ella parpadeó ante el tono áspero de él, tan repentino. —Dije que no te concernía.
—Pues deberás explicarme por qué encaras este matrimonio con tanta desaprensión y tanta prisa.
—No es asunto tuyo —insistió ella.
—Si deseas que escoja un nombre para ti, deberás permitir que lo sea.
—Eso... eso...
—No es muy deportivo de mi parte, lo sé.
—Bruto.
Al verla enfadada, él recobró el buen humor. Era hermosa cuando sus ojos brillaban de esa manera. Los reflejos dorados parecían lanzar destellos que combinaban con el fuego de sus cabellos. De pronto comprendió que ella estaba en su casa, en su dormitorio, donde tantas veces la imaginara, sin poder hallar la manera de concretar sus deseos.
La sonrisa que esbozó la enfureció aún más. Has venido a mi cubil, cariño, pensó él. Ahora te tengo.
Sesshomaru dijo: —¿Deseas beber algo?
—Harías pecar a un santo —dijo ella, pero aceptó con un gesto de la cabeza y bebió un generoso sorbo del coñac que él le ofreció.
—¿Y bien? —dijo él, cuando ella continuó mirándolo enfurecida sin decir nada.
—Está relacionado con mi abuelo y la promesa que le hice de casarme tan pronto él muriera.
—Lo sé —dijo Sesshomaru serenamente—. Ahora dime por qué te hizo prometer eso.
—Muy bien —dijo ella—. Tengo un primo lejano que tiene la intención de casarse conmigo a toda costa.
—¿Y?
—No dije que lo deseara sino que ésa es su intención, con mi consentimiento o sin él. ¿Lo comprendes, ahora? Si Naraku Sucotshi me atrapa, me obligará a hacerlo.
—Y tú no deseas casarte con él.
—No seas tonto, hombre —dijo ella con impaciencia, comenzando a pasearse por la habitación—. ¿Acaso crees que estaría dispuesta a casarme con un extraño por alguna otra razón?
—No, imagino que no.
Lin contuvo el aliento al ver la sonrisa de Sesshomaru. —¿Crees que es gracioso?
—Creo que has exagerado un tanto. Sólo necesitas que alguien persuada a ese primo tuyo de que sería mejor para él buscar una esposa en otra parte.
—¿Tú?
Él se encogió de hombros. —¿Por qué no? No rehusaría hacerte ese favor.
Ella estuvo a punto de golpearlo. Pero en cambio bebió el resto de coñac que había en su copa y se tranquilizó.
—Déjame decirte algo, Sesshomaru Malory. Estás sugiriendo que arriesgue mi vida, no la tuya. No conoces a Naraku. No sabes cuán obsesionado está ni cuánto ansía apoderarse de la fortuna de mi abuelo.
Haría cualquier cosa para obtenerla y, una vez que la obtenga, nada le impide planear un accidente, o encerrarme en alguna parte, aduciendo que me he vuelto loca o algo semejante. Una advertencia tuya no lo amedrentaría, incluso en el caso de que pudieras hallarlo. Nada lo atemoriza. La única manera de protegerme de él es casándome con otra persona.
Sesshomaru había tomado su copa, la había llenado nuevamente y se la había entregado mientras ella le relataba todo. Ella no pareció notarlo.
—Muy bien, ahora sé por qué has decidido casarte tan rápidamente. Peor, ¿por qué ahora deseas hacerlo de inmediato? ¿Qué te indujo a arriesgar tu reputación al venir aquí esta noche?
Ella dio un respingo al recordar ese peligro, que en otro momento le pareciera un mal menor. —Naraku sabe dónde estoy. Anoche me hizo drogar y logró que me sacaran de la casa de Frances.
—Demonios.
Ella prosiguió hablando como si no lo hubiera oído. —Esta mañana, cuando desperté, estaba encerrada en una habitación desconocida, cerca del muelle, aguardando la llegada del cura falso que nos casaría. Si no hubiera saltado por la ventana...
—Dios mío. Mujer, no hablas en serio.
Ella detuvo su impaciente deambular por la habitación para mirarlo desdeñosamente. —No cabe ninguna duda. Todavía tengo en los cabellos el heno que se introdujo entre ellos y que estaba en el carro sobre el que caí. Tardé tanto en hallar el camino a casa que no he tenido tiempo de cepillarme prolijamente. Podría mostrártelo, pero Nettie no está aquí para rehacer mi peinado y no creo que Totosai fuera capaz de hacerlo. Y no me iré de tu casa como si... como si...
Sesshomaru rió, echando la cabeza hacia atrás, al ver que ella no se atrevía a completar la frase provocativa. Lin le dio la espalda y fue hacia la puerta. Él se adelantó y le impidió salir.
—¿Dije algo indebido? —preguntó él inocentemente al oído de ella.
Lin no vaciló en propinarle un codazo. Satisfecha al oír su quejido, se deslizó junto a él para apartarse de la puerta.
—Creo que ya te has divertido bastante a mis expensas. Sólo pensaba estar aquí unos minutos y he estado perdiendo el tiempo con explicaciones innecesarias. Un cochero me aguarda y debo hacer un largo viaje. Dijiste que tú también llevabas prisa. Por favor, dime un nombre.
Él se apoyó contra la puerta; ese largo viaje le producía pánico. —¿Te irás de Londres?
—Por supuesto. ¿No pensarás que pueda permanecer aquí, después de que Naraku me ha descubierto, no?
—¿Y cómo te las ingeniarás para cortejar a uno de tus admiradores para que te proponga matrimonio si no te encuentras aquí?
—Demonios. Carezco de tiempo para cortejar a nadie —dijo ella exasperada por sus continuas preguntas—. Yo haré la proposición, siempre que me indiques el nombre de alguien.
Su énfasis furioso lo decidió a cambiar de táctica. Pero en el momento no supo qué hacer. No le nombraría a nadie, ni aunque tuviera alguno para recomendar, pero si se lo decía, ella se marcharía de inmediato e iría quién sabe adónde. No sabía si atreverse a preguntarle qué rumbo llevaba. No, estaba harta de las evasivas deliberadas de él.
Fue hacia ella y le enseñó el sillón que estaba frente al hogar.
—Siéntate, Lin.
—Sesshomaru... —comenzó a decir ella con tono admonitorio.
—No es tan sencillo.
Ella entrecerró los ojos con desconfianza. —Has tenido tiempo suficiente para hacer las averiguaciones necesarias, tal como lo prometiste.
—Recuerda que te pedí una semana.
Ella lo miró, alarmada. —Entonces no has...
—Todo lo contrario —la interrumpió él rápidamente—. Pero no te agradará lo que averigüé.
Ella gruñó, ignoró el sillón que él le ofrecía y comenzó a caminar otra vez por la habitación. —Dímelo.
Sesshomaru hizo trabajar su imaginación a toda velocidad, tratando de acumular defectos y vicios para atribuirlos a sus candidatos. Comenzó con lo único que era verdadero, esperando inspirarse a medida que hablaba.
—Ese duelo que te mencioné y en el que David Fleming se negó a participar. No sólo lo convirtió en un cobarde sino también... bueno...
—Dilo. Supongo que involucraba a alguna mujer. No me sorprendería.
—No se produjo por una mujer, querida mía, sino por otro hombre y fue una discusión sentimental. —Aprovechando la conmoción momentánea de Lin, él volvió a llenar su copa de coñac.
—Quieres decir...
—Temo que es así.
—Pero parecía tan... tan, oh, no importa. Él está descartado.
—También deberás tachar a Dunstanton —dijo Sesshomaru. Como ella se marcharía de Londres no podría constatar la veracidad de lo que él dijo a continuación—. Acaba de anunciar su casamiento.
—No lo creo —dijo ella—. El fin de semana pasado me invitó al teatro.
Claro que luego canceló la invitación pero... oh, está bien. Yo deseaba acortar la lista. ¿Y Savage?
Sesshomaru se inspiró al escuchar el nombre. —No es el indicado, querida mía. En algún momento de su juventud disipada debe haber tomado su nombre muy en serio. El hombre es un sádico.
—Oh, vamos...
—Es verdad. Se complace en herir a cualquier ser que sea más débil que él: animales, mujeres. Sus criados están horrorizados...
—Está bien. No es necesario que entres en detalles. Resta Lord Warton; tu sobrina me lo recomendó; y Sir Artemus.
Fue Sesshomaru quien comenzó a pasearse por la habitación. No sabía qué decir de Warton. Podía acusar a Shadwell de jugador empedernido pero no había ningún motivo para acusar a Warton. En realidad, podría ser un marido ideal para Lin. Pero esa idea lo enfadó de tal manera que pudo imaginar la peor bajeza.
Se volvió hacia Lin, fingiendo una expresión renuente. —Será mejor que descartes a Warton también. Su interés hacia ti era sólo una maniobra para despistar a su madre.
—¿Qué quiere decir eso?
—Está enamorado de su hermana.
—¿Qué?
—Oh, es un secreto muy bien guardado —le aseguró Sesshomaru—.
Kaggie lo ignora, porque Shikon no desea desilusionarla con una causa semejante. Ella es amiga de los tres Warton. Y él no me lo hubiera dicho si yo no le hubiera hablado de tu súbito interés por el individuo. Pero en una ocasión se reunió conmigo en el bosque y fue muy embarazoso, te imaginas...
—Basta. —Lin bebió su tercer coñac y le entregó la copa. —Has hecho cuanto te he pedido y te lo agradezco. Sir Artemus fue el primero que figuró en mi lista, de modo que parece lógico que sea él el elegido.
—Está descalificado, querida mía.
—No habrá problemas. —Ella sonrió.— Poseo suficiente dinero como para restituir el que pierda a causa del juego.
—Creo que no comprendes, Lin. En los últimos años, su pasión por el juego se ha convertido en una enfermedad. Era uno de los hombres más adinerados de Inglaterra y ahora prácticamente no posee nada. Ha debido vender todas sus propiedades, excepto la que posee en Kent y ésa está hipotecada.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi hermano Edward se encargó de las ventas.
Ella frunció el ceño, pero insistió empecinadamente —No me importa. En realidad, me da la seguridad de que no rechazará mi propuesta.
—Oh, la aceptará, sin duda. Y dentro de un año estarás tan pobre como él.
—Olvidas que yo seré quien controle mi fortuna, Sesshomaru.
—Es cierto, pero no tomas en cuenta el hecho de que un hombre puede obtener crédito en el juego, y eso es imposible de controlar. Sus acreedores acudirán a ti, porque serás legalmente su esposa; incluso podrán entablarte un juicio. Y los tribunales, querida mía, no respetarán tu contrato cuando prueben que te casaste con Shadwell sabiendo que era jugador. Deberás afrontar sus deudas, lo quieras o no.
Lin palideció. Lo miró con asombro e incredulidad. Como no conocía las leyes, no tenía por qué dudar de la palabra de Sesshomaru. Se vio obligada a creerle. Y pensar que en un momento pensó que un jugador contumaz sería el candidato perfecto, sin tener en cuenta que podría conducirla a la ruina. Era como entregar su fortuna a Naraku.
—Eran todos tan aptos —dijo ella distraídamente y apenada; luego miró a Sesshomaru con sus grandes ojos pardos—. ¿Te das cuenta de que me has dejado sin nadie?
Su expresión lo conmovió. Él era le responsable, con sus verdades a medias y sus invenciones. Había interferido en la vida de ella por motivos puramente egoístas. Pero no podía empujarla en brazos de otro hombre. No podía hacerlo. Y no sólo porque la deseara. La idea de que otro hombre la tocara le producía una sensación angustiosa. No, no podía lamentar lo que había hecho; su alivio era enorme. Pero tampoco podía evitar la pena.
Hizo un esfuerzo para animarla. —Fleming te aceptaría, aunque sólo fuese para salvar las apariencias. —Si él pensara que ella podría aceptarlo, se vería obligado a matar al individuo. —Sería ideal para tus fines y yo podría estar seguro de tenerte sólo para mí.
Con ese comentario solamente logró provocar la ira de ella. —No tomaría a un hombre que odiase tocarme. Si debo casarme, querré tener hijos.
—Eso puede solucionarse, querida mía. Yo estoy dispuesto a hacerlo —respondió él.
Pero ella no lo escuchaba. —Supongo que podría regresar a casa y casarme con un granjero. ¿Qué importa con quién me case? Lo que importa es hacerlo.
Él comprendió que todos sus esfuerzos habían sido vanos. —Por Dios, no puedes...
Ella todavía cavilaba sobre sus oportunidades perdidas. —Debí hacerlo desde un comienzo. Por lo menos sabré con quién me caso.
Él la tomó de los hombros, obligándola a escucharlo. —Maldito sea, mujer; no estoy dispuesto a permitir que desperdicies tu vida con un granjero. —Y, antes de darse cuenta de lo que iba a decir, Sesshomaru balbuceó: —Te casarás conmigo.
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Cuando Lin dejó de reír, tardíamente comprendió que su reacción era en realidad una ofensa hacia Sesshomaru. Mientras ella reía a carcajadas él se había apartado de ella. Finalmente, lo vio sentado en la cama y apoyado sobre un codo.
No parecía ofendido. En realidad parecía confundido. Por lo menos el paso en falso de Lin no lo había enfadado, lo que hubiera sido razonable. Pero era tan ridículo. Casarse con él; qué ocurrencia. El libertino más famoso de Londres. Seguramente quiso decir otra cosa. Pero ella se sintió mejor después de reír a mandíbula batiente. Todavía debía afrontar muchos problemas. Sonriendo, se acercó a él con la cabeza inclinada hacia un costado para llamar su atención.
—Posees el don de levantar ánimos, Sesshomaru. La verdad es que nadie podría acusarte de no ser encantador. Pero es evidente que no estás en tu elemento cuando se trata de proponer matrimonio. Considero que debe hacerse como un pedido, no como una exigencia. Deberás recordarlo la próxima vez que tu sentido del humor tienda a lo absurdo.
Al principio, él calló, pero la miró a los ojos. Ella se sintió perturbada.
—Estás en lo cierto, querida mía. Creo que perdí la cabeza. Pero casi nunca hago las cosas de una manera convencional.
—Bueno... —Ella se arrebujó en su pelliza bordeada de armiño con gesto nervioso. —Ya te he demorado bastante.
Él se irguió y apoyó las manos sobre las rodillas. —Antes de marcharte deberás responderme.
—¿Responder qué?
—¿Te casarás conmigo?
Aunque la pregunta fue hecha de manera convencional, fue igualmente absurda. —Bromeas —dijo ella con incredulidad.
—No, cariño. Aunque estoy tan sorprendido como tú, hablo en serio.
Lin apretó los labios. Esto no era gracioso en absoluto. —De ninguna manera. No me casaría contigo ni con Naraku.
Su risa anterior se tornó comprensible. Y la reacción que ella tuvo ante la proposición de él era débil comparada con su propia sorpresa.
Pero si bien sus palabras habían sido impensadas, una vez dichas Sesshomaru comprendió que la idea de casarse, que antes lo horrorizara, era de pronto aceptable.
No era que no pudiese ser convencido de lo contrario si ella no hubiese estado allí y luciera tan atractiva. Había vivido treinta y cinco años sin necesitar una esposa; no tenía por qué necesitarla ahora. ¿Por qué demonios insistía en la seriedad de su proposición cuando ella la había rechazado con su actitud dubitativa?
El problema era que no le agradaba que lo arrinconaran y ella lo estaba haciendo al amenazar con casarse prácticamente con cualquiera. Y le agradaba menos la idea de no volver a verla, con lo que también lo estaba amenazando. En realidad, no deseaba que ella saliera de su habitación. Estaba allí. Y él sacaría ventaja de la situación.
Pero la rotunda negativa de ella había inclinado el platillo de la balanza. Ella lo aceptaría, aunque él tuviera que llegar a una transacción para obtener su consentimiento.
—Corrígeme si me equivoco, querida mía, pero ¿no tienes otra oferta, verdad? Y recuerdo que dijiste que no te importaría casarte con cualquiera con tal de hacerlo.
Ella frunció el ceño. —Es verdad, pero tú eres la única excepción.
—¿Por qué?
—Porque serías un pésimo marido.
—Siempre he opinado lo mismo —dijo él, sorprendiéndola—. ¿Por qué otra razón hubiera evitado el matrimonio durante tanto tiempo?
—Bueno, entonces comprendes mi punto de vista, ¿verdad?
Él sonrió. —Sólo admito la posibilidad, cariño. Pero miremos la otra cara de la moneda. También podría inclinarme por el matrimonio.
Shikon lo hizo y yo fui el primero que pensó que estaba condenado al fracaso.
—Pero él está enamorado de su mujer —señaló ella enfáticamente.
—Dios mío, no esperas que diga que te amo, ¿no? Es muy pronto...
—Naturalmente —lo interrumpió Lin secamente, con las mejillas encendidas.
—Pero ambos sabemos que te deseo, ¿verdad? Y ambos sabemos que tú...
—Sesshomaru, por favor. —Se ruborizó más aún. —Nada de cuanto digas me hará cambiar de idea. No me sirves. Juré que jamás me casaría con un libertino y has admitido que lo eres. Y no puedes dejar de serlo.
—Supongo que debo agradecer tu inflexibilidad a Lady Grenfell, ¿no es así?
Desconcertada, ni siquiera se preguntó por qué llegaba él a esa conclusión. —Sí, Frances sabe por experiencia qué ocurre cuando una se enamora de un libertino. Cuando ella se vio en la necesidad de casarse, el de ella huyó velozmente y se vio obligada a aceptar lo que pudo: un anciano al que detestaba.
Sus ojos eran más rasgados cuando él fruncía el caño. —Creo que ha llegado el momento de que conozcas la verdadera historia, Lin. El viejo George fue presa del pánico cuando debió afrontar la paternidad en forma inesperada. Se marchó por dos semanas para resignarse a la pérdida de su soltería y, cuando recapacitó, Frances ya estaba casada con Grenfell. Ella nunca le permitió ver a su hijo. Se negó a recibirlo cuando Grenfell murió. Puede que tu amiga haya sido desdichada a raíz de cuanto ocurrió, pero mi amigo también lo fue. La verdad es que George se casaría con ella ahora si ella lo aceptara.
Lin se sentó en el sillón y miró fijamente el fuego del hogar.
¿Por qué debía ser amigo de George Amherst? ¿Por qué le había contado eso? Tal vez Frances se casaría con Amherst de inmediato si pudiera perdonarlo por una reacción que indudablemente había sido muy natural, considerando que en esa época él era un disoluto. ¿Y qué pasaba con Lin?
Demonios, nada le agradaría más que casarse con Sesshomaru Malory... si él la amara, si pudiera serle fiel, si ella pudiera confiar en él. Pero no era así. Probablemente Inuyasha Taisho amaba a Kagome, su abuelo pudo haber amado a su abuela, George Amherst probablemente había amado a Frances y quizás aún la amaba, pero Sesshomaru había admitido que no la amaba. Y, lamentablemente, a ella se resultaría muy fácil amarlo. Si la situación no fuera como era, ella aceptaría su proposición. Pero no era tan tonta como para exponerse al sufrimiento que Sesshomaru podía causarle y que indudablemente le causaría.
Ella se volvió para mirarlo, pero la cama estaba vacía. Azorada, se dio cuenta de que le ponían el sombrero y la empujaban hasta el borde del sillón. Luego vio que Sesshomaru había apoyado los brazos sobre el respaldo del sillón.
Lin tardó un segundo en habituarse a su cercanía; luego carraspeó y dijo: —Lo lamento, pero lo que me has dicho acerca de George y Frances no me hace cambiar de idea respecto a ti.
—Lo imaginé —dijo, meneando la cabeza, y luego sonrió seductoramente—. Eres una escocesa empecinada, Lady Yitama, pero es una de tus cualidades que más me agrada. Te ofrezco lo que más necesitas y lo rechazas, perjudicándote; todo por un motivo que es tan sólo una ridícula suposición. Podría llegar a ser el más ejemplar de los maridos, no me das la oportunidad de averiguarlo.
—Sesshomaru, te dije que no me agrada hacer apuestas. No deseo arriesgar el resto de mi vida a un quizás, cuando hay tantos factores negativos.
Él se inclinó hacia adelante y apoyó el mentón sobre sus brazos cruzados. —Supongo que te das cuenta de que si te obligo a permanecer aquí durante toda la noche, te verás en una situación comprometida. Ni siquiera necesitaría tocarte, mi querida; las circunstancias hablan por sí mismas. Así se casó Kaggie, a pesar de que su primer encuentro con Shikon fue completamente inocente.
—No harías tal cosa.
—Creo que sí.
Lin se puso de pie y lo miró, furiosa. El sillón estaba entre ambos. —Eso es... eso es... de todos modos no resultaría. Regresaré a Escocia. No me importa que mi reputación se haya arruinado aquí. Aún tengo mi... —No pudo pronunciar la palabra. —Mi marido se daría cuenta y sólo eso me importa.
—¿Ah, sí? —preguntó él con una mirada maliciosa que asomaba a sus ojos azules—. Entonces, como debo ayudarte a pesar de ti misma, no me dejas muchas alternativas. ¿De modo que debo comprometerte realmente y no sólo aparentemente?
—¡Sesshomaru!
Su exclamación lo hizo sonreír. —Dudo que me hubiera conformado con la apariencia. Fui considerado al tenerla en cuenta, pero, como reiteradamente afirmas, soy demasiado libertino para no sacar ventaja de tu presencia en mi habitación.
Ella comenzó a retroceder hacia la puerta. Se apresuró cuando él fue hacia ella. —Aceptaré un compromiso aparente.
Él meneó la cabeza. —Querida niña, si todos pensaran que has compartido mi cama, ¿por qué negarte ese placer?
Las palabras de Sesshomaru la perturbaron, pero Lin trató de luchar contra su perturbación, estaba segura de que él bromeaba. Él lo había aparecer como un juego, pero cuanto más se acercaba a ella, más se alarmaba.
Sabía qué ocurriría si él la besaba. Había sucedido antes. Hablara él seriamente o no de una supuesta seducción, si la tocaba era probable que se produjese. Sesshomaru no necesitaría realizar un gran esfuerzo.
—No quiero...
—Lo sé —dijo él tiernamente, tomándola por los hombros y acercándola a su pecho—. Pero lo querrás, cariño, te lo prometo.
Naturalmente, tenía razón. Él sabía cuáles eran sus deseos profundos, los que no quería admitir ni ante sí misma. Por mucho que luchara contra ellos, no dejarían de existir. Él era el hombre más atractivo y adorable que ella jamás conociera y lo había deseado desde el momento en que lo vio por primera vez. Era un sentimiento intenso que nada tenía que ver con la lógica o el razonamiento. Era una ansiedad del cuerpo y del corazón, y al diablo con el sentido común.
Lin cedió, entregándose al torbellino de los sentidos, en el momento en que él la tomó entre sus brazos. Había imaginado tantas veces ese instante, que era como regresar al hogar. El calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos, la embriaguez de la pasión. Ya los conocía, pero todo se renovaba de una manera maravillosa.
Pero cuando la besó, lo hizo con tal suavidad, que apenas lo sintió.
Y comprendió que él le estaba dando una última oportunidad para detenerlo, antes de que él dominara la situación por completo. Él sabía muy bien que era lo suficientemente hábil y experimentado como para quebrantar cualquier resistencia que ella pudiera oponer. Lo había hecho antes. El hecho de que se contuviera la perturbó más y lo deseó con más intensidad.
Lin dijo que sí al rodear el cuello de él con sus brazos. Quedó vencida por el enorme atractivo de él. Los labios de Sesshomaru la anonadaron con su magia; respirar no era importante. Sus labios eran cálidos y rozaban nuevamente los de ella.
La sostuvo entre sus brazos durante un largo rato, besándola, provocando en ella sensaciones deliciosas. Cuando él se echó hacia atrás, comenzó a desabrochar el vestido de Lin. Ya le había quitado el sombrero y la capa, sin que ella lo advirtiera.
Ella contempló cómo la desvestía lentamente y no pudo moverse; no quiso hacerlo. Los ojos de él la hipnotizaban; sus párpados pesados y su mirada intensa escudriñaban su alma. Ella no pudo dejar de mirarlo, ni siquiera cuando percibió que su vestido se deslizaba por su cuerpo hasta caer a sus pies. Su ropa interior siguió el mismo camino.
En ese momento él sólo la tocó con la mirada, recorriendo con los ojos su cuerpo de arriba hacia abajo y viceversa. En sus labios reapareció esa sonrisa sensual que tenía el poder de fundir sus miembros, lo que era peligroso pues sus sentidos ya se le habían rendido. El cuello de ella osciló y él sostuvo sus caderas. Luego, lentamente, acarició la piel desnuda de su cintura, deteniéndose en los senos. Los sostuvo con el pulgar. Los pezones de ella se irguieron y su respiración se aceleró; una suave tibieza recorrió su ser.
La sonrisa de Sesshomaru se ensanchó, triunfante, como si pudiera ver su interior y saber exactamente qué estaba sintiendo. Se regocijó con su victoria. Y a ella no le importó. Ella también sonreía, pero interiormente, porque si bien él había triunfado, también lo había hecho ella, derrotando a su sentido común, para obtener lo que había deseado en todo momento: hacer el amor con ese hombre; que él fuera quien la iniciara y se convirtiera en su primer amante, porque sabía que, con él, todo sería hermoso.
Pero, dado que cedería a los deseos de él, quería desempeñar un rol activo. Había pensado desvestirlo, preguntándose cómo sería su cuerpo desnudo. En su imaginación, lo veía como a un Adonis. Frente a ella estaba el hombre, que la intimidaba mucho más que una fantasía, pero el deseo la tornaba audaz.
Lin desató su cinto y la bata se abrió. Apoyó las palmas de sus manos sobre la piel de Sesshomaru, tal como lo había hecho él, y las deslizó hacia arriba, tocando su piel, abriendo la bata y haciéndola deslizar por sus hombros. Él la dejó caer y luego tomó a Lin entre sus brazos, pero ella lo apartó para contemplarlo a sus anchas. Vio la piel tibia y los músculos firmes, el vello oscuro y ensortijado de su pecho hizo vibrar sus dedos. Sólido, poderoso, era mucho más de cuanto había imaginado. Ella sintió un fuerte impulso de rodearlo son sus piernas para acercarse a él todo lo posible.
—Oh, qué hermoso eres, Sesshomaru.
Él estaba hechizado por la mirada escrutadora de Lin, pero estas palabras, pronunciadas con esa voz ronca, lo estimularon hasta el delirio. La acercó a él y la besó apasionadamente. La tomó entre sus brazos, llevándola hacia la cama.
La depositó suavemente sobre el lecho y luego se echó hacia atrás para contemplar su cuerpo una vez más con ojos encendidos de deseo. A menudo la había imaginado allí, con la piel sonrosada por la pasión, llamándolo con ojos ardientes. Era exquisita, más de lo que había supuesto; sus curvas eran perfectas, femeninas y estaba allí; era suya y lo deseaba.
Hubiera querido gritar de alegría. En cambio, apoyó sus manos con ternura sobre las mejillas de Lin y sus dedos acariciaron su rostro, sus cabellos, su cuello. No se cansaba de tocarla.
—No imaginas lo que haces conmigo.
—Sé lo que tú haces conmigo —dijo ella suavemente, mirándolo—. ¿Es lo mismo?
Él respondió con una sonrisa y un gruñido. —Dios, espero que sí.
Y entonces la besó, introduciendo su lengua en la boca de ella y apoyando su pecho contra el de ella. Cuando ella levantó los brazos para abrazarlo, él los tomó, estirándolos hacia los costados y entrelazando sus dedos con los de ella. Lin no podía moverse, pero podía sentir; sentir el pecho de él que rozaba sus pezones, electrizándolos con su sensual suavidad.
Luego él bajó la cabeza para tomar uno de sus senos son la boca, succionando suavemente o deslizando la lengua a su alrededor. Pero no soltó sus manos y ella creyó enloquecer a causa del deseo incontenible de tocarlo y acariciarlo.
Lanzó un gemido. Él se detuvo y sonrió, mirándola a los ojos.
—Eres un demonio —dijo ella al percibir su maliciosa alegría.
—Lo sé. —Y deslizó la lengua sobre el otro pezón. —¿No te gusta?
—¿Qué si me gusta? —dijo ella, como si nunca hubiese escuchado una pregunta tan ridícula—. Pero desearía tocarte a mi vez. ¿Por qué no me sueltas?
—No.
—¿No?
—Luego podrás tocarme hasta que te hartes. Ahora no podría resistirlo.
—Oh —suspiró ella—. Pues yo tampoco podré continuar resistiéndolo.
Él enterró la cabeza entre sus senos, gruñendo. —Cariño, si no callas, comenzaré a comportarme como un joven inexperto.
Lin rió y el sonido ronco de su risa fue la perdición de Sesshomaru. Se quitó los pantalones, pero afortunadamente recapacitó antes de arrojarse sobre ella. Aún debía quitarle las medias y los zapatos y lo hizo rápidamente. El deseo lo atenazaba y su ritmo pausado del comienzo había sido reemplazado por una prisa frenética.
El puñal que cayó de la bota de Lin lo obligó a recuperar el control. Sonrió, íntimamente asombrado. La pequeña escocesa estaba llena de sorpresas. Casarse con ella no sólo sería sumamente placentero sino también interesante y de pronto sus dudas se disiparon y comenzó a pensar ansiosamente en la posibilidad.
Sopesó la daga. —¿Realmente sabes cómo usar esto?
—Sí, y lo hice cuando uno de los maleantes de Naraku trató de secuestrarme en la calle.
Sesshomaru arrojó la daga hacia un costado y sonrió. —A partir de esta noche, ya no deberás preocuparte por eso, cariño.
Lin tenía sus dudas al respecto, pero se abstuvo de expresarlas. Nada había sido convenido. Aún consideraba que él no era un hombre apto para el matrimonio, aunque deseara que fuese todo lo contrario. Era un amante y como tal podía aceptarlo. ¿Qué importaba su virginidad, si los acontecimientos recientes le aseguraban que su matrimonio sólo sería un contrato comercial?
Pero las decisiones de mañana eran muy lejanas y las manos de Sesshomaru se deslizaban por sus piernas, separándolas e imposibilitando todo pensamiento. Él se agachó para besar la cara interior de su muslo, luego la cadera, para finalmente introducir su lengua en su ombligo. Llamas de fuego lamían los pies de Lin, que retorció su cuerpo. Ella tomó la cabeza de él, pero él volvió a besar sus senos, acariciando con su lengua los sensitivos pezones, hasta que ella enloqueció de deseo. Arqueó su espalda, amoldando su estómago al pecho de él, exigiendo el contacto.
Ella no sabía exactamente qué necesitaba, pero instintivamente comprendía que sus sentidos estaban encendidos con alguna finalidad.
Tiró frenéticamente de la cabeza de Sesshomaru, pero él controlaba la situación. Cuando estuvo preparado, se deslizó hacia arriba un poco más, besando el cuello de Lin con labios ardientes y acercándolos a su oído. Cuando introdujo la lengua en su oreja ella reaccionó tan vivamente que estuvo a punto de arrojar a Sesshomaru lejos de sí. Luego comenzó a temblar deliciosamente y deseó acurrucarse junto a él.
A Lin le dolía la espalda y se sentí envuelta en un calor húmedo e infernal y cuando sintió que algo la tocaba en sus genitales por primera vez, su cuerpo lo envolvió instintivamente, ávido de sentir la presión en esa zona quemante. Y luego la penetró y ella experimentó una hermosa sensación de plenitud, rodeando el cuerpo de Sesshomaru con sus piernas para no perderlo, sintiendo finalmente que había logrado cierto control. No lo soltó y la presión comenzó a crecer en su interior hasta que pareció estallar, abriendo un nuevo canal de sensaciones, que alivió parcialmente la tensión. Pero el alivio no fue duradero.
Él la besó nuevamente, con avidez y ferocidad, con una voracidad similar a la de ella. Los brazos de él la aprisionaban como barras de hierro y sus dedos acariciaban sus cabellos, sosteniéndola, controlándola. Y su cuerpo se movía contra el de ella con un apremio al que ella respondía. La tensión volvió a crecer y finalmente alcanzó la culminación, que dio paso a un dichoso olvido.
Instantes más tarde, Sesshomaru se desplomó sobre ella; su propia culminación lo había debilitado tanto que durante un rato no pudo levantar la cabeza. Nunca había experimentado nada igual y estaba a punto de decírselo cuando se dio cuenta de que ella estaba inconsciente o profundamente dormida. Sonrió, apartando los cabellos de las mejillas de Lin, sumamente complacido consigo mismo y con ella.
Hubiera deseado despertarla para recomenzarlo todo, pero se reprimió al recordar la barrera que había sentido y que revelaba su virginidad. Kaggie le había dicho que lo era. Las respuestas apasionadas de Lin lo desmentían. La verdad lo llenó de un gozo inexplicable. Y, aunque ella no pareció percibir la pérdida de su condición de doncella, esa pérdida era una recuperación. Existía la mañana. Existía el resto de su vida.
Desconcertado, meneó la cabeza. ¿Desde cuándo era tan caballeresco?
Cautelosamente salió de la cama y la cubrió con las mantas. Ella se estiró lánguidamente y suspiró. Sesshomaru sonrió. Dios, era hermosa, y tan seductora que un hombre desearía conocer cada centímetro de su cuerpo.
Se prometió a sí mismo que lo lograría. Pero, por el momento, se puso la bata, recogió las ropas de ella y salió silenciosamente de la habitación.
Debía despedir al cochero y tomar decisiones; la dama no iría a ninguna parte.
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Lin despertó a causa del roce de los pétalos de rosa contra su mejilla.
Abrió los ojos y los fijó sobre la rosa rosada, frunciendo el ceño; luego vio al hombre que le sonreía.
—Buenos días, querida. Y lo es realmente. El sol ha decidido brillar para nuestra boda.
Lin gruñó y se volvió para enterrar el rostro en la almohada; no deseaba enfrentarse al día ni a las consecuencias de sus propias acciones. Demonios, ¿qué había hecho? Nettie estaría en Silverley sumamente preocupada, pensando que la artimaña había fracasado y que Naraku había apresado de nuevo a Lin. Y el cochero. ¿Cómo pudo olvidarlo? Le había dado una buena propina, pero no tan grande como para hacerlo aguardar durante toda la noche. Probablemente se había marchado, llevándose su maleta, que no sólo contenía ropa, sino también la mayor parte de sus alhajas y papeles importantes, tales como su contrato matrimonial. Al diablo con esas tres copas de coñac.
A las consecuencias indeseadas de su proceder se sumaba ahora la mano de Sesshomaru que recorría su espalda mientras reía. —Si deseas permanecer en la cama...
—Vete —dijo ella, furiosa consigo misma porque, a pesar de su desasosiego, experimentaba un estremecimiento al sentir su caricia; y furiosa con él porque parecía tan alegre.
—¿Cuál es el problema? —dijo él razonablemente—. Te he liberado de la preocupación de tomar decisiones. Estás realmente comprometida, cariño. Ella se volvió. —Al diablo contigo. No experimenté ningún dolor, sólo...
Él rió al verla ruborizarse y callar súbitamente. —Sé que soy sutil, pero no sabía que era tan hábil. Percibí la pérdida de tu virginidad, querida niña. —Arqueó una ceja y le sonrió seductoramente. —¿No lo notaste tú?
—Calla y déjame pensar.
—¿En qué debes pensar? Mientras tú dormías profundamente, obtuve una licencia especial que nos permitirá casarnos de inmediato.
Nunca me había dado cuenta de cuán útil es conocer a hombres influyentes.
Parecía tan orgulloso de sí mismo que ella hubiera deseado golpearlo. —No dije que me casaría contigo.
—No. Pero lo harás. —Él fue hacia la puerta, la abrió y dejó pasar al mayordomo. —Lady Yitama desea que traiga su ropa y el desayuno, Totosai. Tienes apetito, ¿verdad, cariño? Siempre estoy famélico después de una noche de...
La almohada dio en su rostro y Sesshomaru debió reprimir la risa al ver la expresión incrédula de su mayordomo. —Eso es todo, Totosai.
—Sí, sí, por supuesto, señor. Muy bien señor.
El pobre hombre, confundido, salió apresuradamente de la habitación. Lin dijo, hecha una furia: —Eres una bestia, un mal nacido.
¿Por qué le dijiste mi nombre?
Él se encogió de hombros, inmutable ante la reacción de ella por su treta deliberada. —Sólo traté de asegurarme, cariño. Totosai jamás difundiría habladurías sobre la futura Lady Malory. Por otra parte... —No completó la frase, pero era innecesario aclarar cuáles podrían ser las nuevas consecuencias.
—Olvidas que no me importa arruinar mi reputación aquí.
—Eso no es exacto —dijo él suavemente, de forma reservada—. Te importa. En este momento no tienes una noción clara de cuáles son tus prioridades.
Era verdad, pero no venía al caso. Ella trató de revertir la situación.—Me pregunto por qué un hombre como tú podría desear casarse tan rápidamente. ¿Es mi fortuna lo que te interesa?
—Dios mío, ¿de dónde has sacado esa idea?
Pareció tan sorprendido, que ella se avergonzó de haberlo dicho, pero señaló: —Eres el cuarto hijo.
—Así es. Pero olvidas que estoy enterado de tu insólito contrato matrimonial que, por otra parte, estoy dispuesto a firmar. También olvidas el hecho de que anoche hicimos el amor, Lin. En este momento podrías estar encinta.
Ella desvió la mirada y se mordió el labio inferior. Lo habían hecho y ella podría estarlo. Trató de reprimir el placer que esa idea le produjo.
—Entonces, ¿qué ventaja tiene para ti este matrimonio? —le preguntó.
Él se acercó a la cama. Quitó una brizna de paja de sus cabellos y la observó con esmero, sonriendo. —Tú —respondió sencillamente.
El corazón de Lin se aceleró. Sonaba demasiado bien; tanto que no pudo recordar cuáles eran sus objeciones. No resultaría.
Suspiró con exasperación. —No puedo pensar cuando me acabo de despertar. Anoche tampoco me diste tiempo para pensar —dijo con tono acusador.
—Eres tú la que lleva prisa, cariño. Sólo trato de adecuarme a ti.
¿Por qué le señalaba esas cosas? —Necesito tiempo para meditar.
—¿Cuánto tiempo?
—Me dirigía a Silverley. Mi criada ya está allá, de modo que debo ir. Si aguardas hasta esta tarde, te daré una respuesta. Pero debo decirte, Sesshomaru, que no me imagino casada contigo.
De repente, Sesshomaru la levantó por el aire y la besó. —¿Ah, no?
Ella se alejó de él y cayó sobre la cama. —Eso demuestra que no puedo pensar cuando estoy a tu lado. Ahora, si traes mi ropa, me marcharé. Y ¿por qué diablos la cogiste?
—Para asegurarme de que estarías aquí cuando regresara de obtener la licencia.
—¿Dormiste conmigo?
Él sonrió ante su tono vacilante. —Querida, te hice el amor. Que haya dormido contigo o no carece de importancia después de eso, ¿no lo crees?
Ella decidió no decir nada y lamentó haber tocado el tema. Él podría envolverla con sus argumentos de todos modos.
—Mi ropa, Sesshomaru.
—Totosai la traerá. Y la maleta que dejaste en el carruaje está en mi cuarto de vestir, si es que la necesitas.
Lin arqueó las cejas. —¿La recuperaste? Gracias a Dios.
—Por Dios, no es posible que hayas sido tan descuidada como para dejar algo de valor en un coche alquilado.
Ella se molestó ante la crítica. —Cuando vine estaba muy alterada —dijo ella agriamente, defendiéndose—. Y, si mal no recuerdas, lo estuve mucho más cuando llegué a esta habitación.
—En efecto —dijo él—. Pero deberías verificar si están todas tus pertenencias.
—Sólo me preocupaba el contrato matrimonial. Llevaría mucho tiempo hacer redactar otro.
—Ah —dijo Sesshomaru sonriendo—. El contrato infame. Puedes dejarlo aquí para que yo lo lea.
—¿Y para que lo extravíes intencionalmente? No.
—Querida niña, deberías confiar un poco en mí. Nuestra relación sería más agradable, ¿no crees? —Como ella se negara a responder, él suspiró. —Muy bien, hazlo a tu manera. —Pero, para que ella percibiera que el también desconfiaba, añadió: —Estarás en Silverly cuando vaya por ti. ¿Verdad?
Lin se ruborizó. —Sí. Fuiste muy amable al hacerme tu proposición. Te debo una respuesta. Pero no admitiré discusiones al respecto. Deberás aceptar mi decisión, sea cual fuere. Sesshomaru salió de la habitación sonriendo. Respecto a eso, confiaba tan poco en ella como ella en él. Debía hacerla seguir para asegurarse que no se marcharía a Escocia. También necesitaba que alguien mantuviera a Warton lejos de Silverley mientras ella permaneciera allí. No podía arriesgarse a que se encontraran después de haber desprestigiado al hombre con una mentira infamante.
Respecto a la respuesta de ella no estaba preocupado. El primo de Lin no era el único que podía lograr que se casaran, de una manera u otra.
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—No puedo creerlo. ¿Sessho te ha pedido que te cases con él? ¿Mi tío Sessho?
—Sé a qué te refieres —dijo Lin, divertida ante la expresión azorada de Kagome.— A mí también me cuesta creerlo.
—Pero, es tan repentino... bueno, él conoce tu situación. Debe ser repentino si desea que lo aceptes. Oh, esto es grandioso. Tío Jason no cabrá en sí del asombro. Toda la familia se sorprenderá. Nunca pensamos que lo haría. Oh, es maravilloso.
Que fuera maravilloso o no era discutible, pero Lin sonrió para no decepcionar a Kagome, que obviamente estaba encantada. Ella había tomado una decisión durante el largo viaje a Silverley. Afortunadamente, pues, desde que llegara, no había tenido un instante de respiro. Primero había debido atender las reprimendas justificadas de Nettie. Luego Kagome quiso saber todo lo relativo al secuestro y a la huida de Lin de manos de su captor. Nettie lo había mencionado para explicar el motivo de su inesperada visita.
Ahora Lin pensaba que pronto llegaría Sesshomaru para obtener una respuesta. Era notable que Kagome no le hubiera preguntado cuál sería esa respuesta. Naturalmente, ella era parcial. No podría concebir que una mujer dudara ante la posibilidad de casarse con un hombre tan apuesto y encantador como Sesshomaru, aunque tuviera un pasado dudoso.
—Habrá que avisar a todos —dijo Kagome con entusiasmo—. Si deseas me encargaré de ello. Y estoy segura de que querrás que se celebre la boda en cuanto las amonestaciones...
—Nada de amonestaciones, gatita — dijo Sesshomaru, entrando en la habitación sin previo aviso—. Puedes informar a la familia, pero ya ha notificado al sacerdote y lo ha invitado a cenar. Después celebraremos la pequeña ceremonia. ¿Es eso lo suficientemente rápido para ti, Lin?
Ella no había imaginado que debería comunicarle su decisión en cuanto llegara. Pero él la estaba mirando a los ojos, aguardando su confirmación o su negativa y ella hubiera jurado que había en él algo diferente. ¿Nervios, quizás? ¿Sería en realidad su respuesta tan importante para él?
—Sí, así estará bien... pero antes debemos hablar de ciertas cosas.
Sesshomaru exhaló el aire con lentitud y sonrió. —Por supuesto. ¿Nos disculpas, gatita?
Kagome se puso de pie y le echó los brazos al cuello. —¿Disculparte?
Te aporrearía. No nos habías dicho nada.
—¿Y estropear la sorpresa?
—Oh, Sessho, es maravilloso —dijo, feliz—. Estoy impaciente por decírselo a Inuyasha, de modo que me marchare. —Rió. —Antes de que me echen.
Sesshomaru sonrió al contemplarla mientras salía de la habitación, dilatando el momento en que debería afrontar las consecuencias. Pensó que no debió apremiar a Lin de esa manera. Y cuando ella dijo que debían hablar de ciertas cosas él notó que el tono de su voz era muy serio.
—Espero que no serás siempre tan despótico.
La voz de Lin era cortante. Sesshomaru se volvió y la miró con una sonrisa forzada.
—No. Puedo ser muy maleable en manos de la mujer adecuada.
A ella no le causó gracia. Su expresión se tornó más fría.
—Siéntate, Sesshomaru. Antes de que acceda a casarme contigo deberás aceptar ciertas cosas.
—¿Será doloroso? —Ella entrecerró los ojos y él suspiró. —Bien, dime lo peor.
—Deseo tener un hijo.
—¿Sólo uno?
Demonios, ella hubiera deseado arrojarle algo a la cabeza. ¿Es que nunca podía hablar seriamente?
—En realidad, me agradaría tener por lo menos tres, pero uno será suficiente por ahora —dijo ella secamente.
—Bien, esto justifica que me siente, ¿verdad? —dijo él y se sentó junto a ella en el sofá—. ¿También tienes preferencias respecto al sexo? Quiero decir que, si deseas niñas y sólo tenemos niños, estoy dispuesto a seguir intentándolo, siempre que tú lo quieras.
Su tono era de chanza, pero ella tuvo la sensación de que hablaba en serio. —¿No tienes inconveniente en tener hijos?
—Mi querida niña, ¿de dónde has sacado esa idea? Después de todo, la manera de engendrarlos siempre ha sido mi actividad favorita.
Ella se ruborizó intensamente. Miró sus manos, entrelazadas con fuerza sobre su regazo. Percibió que él la contemplaba, divertido ante su vergüenza. Pero todavía había más.
Sin mirarlo a los ojos, ella dijo: —Me alegra que seas tan razonable, pero hay otra condición poco ortodoxa. Tu amante, o amantes...
Él la interrumpió tomándole el mentón y obligándola a mirarlo.
—Esto no es necesario —dijo suavemente—. Un caballero siempre renuncia a sus amantes cuando se casa.
—No siempre.
—Puede ser, pero en mi caso...
—Debiste permitirme concluir, Sesshomaru. —Su voz era nuevamente dura. Inclinando tozudamente el mentón, dijo: —No te pido que renuncies a nada. Por el contrario, insisto en que continúes frecuentando a tus amantes.
Él se apoyó contra el respaldo del sofá y meneó la cabeza. —He sabido que hay esposas complacientes, pero ¿no crees que exageras un poco?
—Hablo en serio.
—Lo sé. —Frunció el ceño, furioso; no sólo porque ella parecía hablar realmente en serio, sino por la sugerencia en sí misma. —Si crees que accederé a un matrimonio puramente nominal...
—No, no; me interpretas mal. —Ella estaba sorprendida ante esa explosión de ira. Había pensado que él estaría fascinado con su sugerencia. —¿Cómo podría tener un hijo si nuestro matrimonio fuera puramente nominal?
—Exacto —dijo él, cortante.
—Sesshomaru. —Ella suspiró, comprendiendo que había herido su orgullo. Era obvio que él esperaba tener una mujer celosa y que ella lo decepcionaba.
—Tengo la intención de ser tu esposa en todo sentido. Es lo menos que puedo hacer, después de comprobar que me has salvado. Sólo deseo que me escuches.
—Estoy pasmado.
Ella volvió a suspirar. ¿Por qué discutía él ese punto? En apariencia, era la solución ideal. Ella no se casaría con él si no se ponían de acuerdo sobre el tema.
Lo volvió a intentar. —No comprendo por qué te exaltas. No me amas. Lo dijiste. Y tampoco están en juego mis sentimientos; al menos, no todavía. Pero me gustas y nos... por lo menos yo me siento atraída hacia ti.
—Sabes muy bien que la atracción es mutua.
Ella ignoró la airada interrupción. —Ese fue uno de mis requisitos previos, que el marido que escogiera fuese físicamente agradable, para que no me importara tanto...
Ella se interrumpió ante el bufido de él, sabiendo que él estaba pensando en la noche anterior y en cómo ella la había disfrutado. No, no era necesario aclarar que con él, ciertas obligaciones maritales le resultarían muy placenteras.
—Eres bien parecido —continuó diciendo ella— y encantador. Eso es innegable. Y estoy segura de que podemos llevarnos bien. Pero como nuestra relación no está basada en el amor, no tienes por qué asumir ese compromiso. Tampoco yo, si bien soy la que necesita desesperadamente un marido. Peo en tu caso, no sería realista de mi parte esperar que fueras fiel a tus promesas. ¿No lo comprendes? De modo que no te pido que lo seas. Nuestro matrimonio será un convenio comercial, un matrimonio por conveniencia. La fidelidad no es indispensable.
Él la miraba como si ella hubiera enloquecido. Lin pensó que quizá estaba exagerando, pero ¿de qué otra manera podía expresar civilizadamente que ella no confiaba en él y que probablemente jamás confiaría? Demonio, él admitía ser un libertino. Y un libertino no se reforma a menos que se enamore; eso había dicho su abuelo y ella lo creía porque era sensato. Sesshomaru no tenía por qué enfadarse con ella. Debía ser ella quien se enfadara por verse en la necesidad de formular esa estipulación.
—Quizás deberíamos olvidar todo este asunto —dijo ella con sequedad.
—Por fin una buena idea —dijo él lentamente.
Ella se alegró de que por lo menos coincidieran en eso. —Yo no deseaba casarme contigo. Te lo dije.
—¿Qué? —Él se irguió bruscamente. —Aguarda un momento, Lin. No quise decir que no casarnos fuese una buena idea. Pensé que tú...
—Pues no —exclamó ella, perdiendo la paciencia—. Y si no accedes a mantener a tus amantes, no queda nada por discutir, ¿verdad? No estoy renunciando a lo que corresponde físicamente. Pero sé lo que eres; cuando la novedad se gaste, comenzarás de nuevo a buscar amoríos. No puedes evitarlo. Está en tu naturaleza.
—Mierda.
Ella prosiguió, como si no hubiese oído su palabrota. —Soy tan tonta, que estaba dispuesta a compartirte. Hubiéramos tenido hermosos niños. Me habrías salvado de Naraku. Era suficiente. No pensaba pedir más.
—Quizás yo esté dispuesto a darte más. ¿O es que jamás pensaste en ello cuando tuviste este gesto tan magnánimo?
El tono despectivo de él la tornó rígida, pero logró controlar otra vez la situación. —Todo se reduce a una cosa, Sesshomaru. Jamás podría confiar en ti respecto a otras mujeres. Si llegara a... si llegara a amarte alguna vez tu traición me haría sufrir demasiado. Prefiero saber desde el principio que no me serás fiel. De ese modo nuestra relación no se modificará. Seríamos amigos y...
—¿Amantes?
—Bueno, sí. Pero como no accedes a mi pedido, no hay más que decir, ¿verdad?
—¿Acaso dije que no accedería? —La voz de Sesshomaru había recuperado la serenidad, pero era una serenidad forzada. Su expresión dura, su postura rígida, indicaban que aún estaba furioso. —Veamos si estamos de acuerdo, querida. Deseas tener un hijo conmigo, pero, al mismo tiempo, no deseas que te sea fiel. Tú serás mi esposa en todo sentido, pero yo continuaré con mi vida habitual y frecuentaré a todas las mujeres que desee.
—Con discreción, Sesshomaru.
—Oh, sí, con discreción. Comprendo que no desees que se sepa, sobre todo porque me arrojas de tu lado antes de que transponga el umbral de la puesta. De modo que si no regreso a casa dos o tres noches por semana, tú serás feliz, ¿no es así?
No se dignó responder a esa pregunta. —¿Estás de acuerdo?
—Claro que sí. —Sonrió fríamente, pero Lin no lo notó. —¿Qué hombre podría rehusar semejante propuesta?
A Lin no le agradó el comentario. Tampoco estaba segura de que le agradara la aceptación de él, ahora que la había logrado. Él no había discutido mucho. Había resistido un poco y luego había aceptado de mal grado. Ah, hombre despreciable. Seguramente estaba encantado con las condiciones que ella le había impuesto. Ahora, ella debería sobrellevarlas.
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También rechazó el champaña, pues ya había bebido varias copas después de la ceremonia.
Lo habían hecho; se habían casado. Una noche hicieron el amor y la noche siguiente se casaron. Era tan increíble que Lin se preguntó si no lo había deseado desde un comienzo; si no fue para eso que se dirigió a la casa de Sesshomaru la noche anterior, en lugar de marcharse directamente a Silverley, tal como lo había planeado. Pero no sería un matrimonio ideal. Ella, con su propia terquedad, había tratado de que no lo fuera y no debía olvidar que era así. Pero lo tenía; eso era indudable.
Era su marido, aunque no lo fuera con exclusividad.
Ella sonrió y se acurrucó junto a él, feliz de estar tan complacida como para actuar naturalmente. Sesshomaru bebía champaña a pequeños sorbos y miraba pensativamente por la ventanilla. El silencio era agradable; el champaña que ella había bebido la adormilaba.
No estaba segura de por qué no pasarían la noche en Silverley, tal como ella lo había supuesto. Sesshomaru había dicho algo acerca de los ruidos y de su propia cama y de su deseo de comenzar bien las cosas. En ese momento le había parecido un tanto ominoso, sobre todo en lo referente a los ruidos, pero ya no recordaba por qué. Probablemente a causa del nerviosismo propio de una recién casada. Después de todo, acababa de renunciar a su independencia y se había entregado a un hombre al que apenas conocía y que estaba lleno de sorpresas, como la de haber decidido casarse con ella.
Tenía sobrados motivos para estar nerviosa. ¿Acaso no la había sorprendido él en dos ocasiones ese día, primero al discutir sus condiciones y luego al firmar el contrato matrimonial sin haberlo leído?
Inuyasha, que había oficiado como testigo, protestó. Ella también lo había hecho. Pero aun después de haber firmado ese maldito papel, Sesshomaru se había negado a leerlo. Y ahora la llevaba de regreso a Londres, que era lo que ella menos esperaba.
En realidad, se hubiera sentido más segura si pasaba su noche de bodas en la casa de los Taisho. Pero ese día ya había planteado demasiadas exigencias y no protestó cuando Sesshomaru decidió marcharse con ella después de la breve celebración. Habían cenado temprano y la ceremonia matrimonial había sido muy breve. No era tan tarde, pero probablemente sería medianoche cuando llegaran a la casa de Sesshomaru, en la ciudad.
Ella decidió aprovechar el viaje para descansar y dormir un poco.
Volvió a sonreír, pues cuando vio los almohadones y mantas apilados en los asientos no había pensado en dormir. La había espantado la idea de pasar su noche de bodas en el coche. Nettie viajaba en un carruaje más pequeño detrás de ellos, a una velocidad menor. Estaban a solas en un coche que era lo suficientemente amplio como para hacer cuanto se les ocurriera. El resplandor amarillo de la lámpara del coche lo inundaba con una luz suave y romántica. Pero no, Sesshomaru sólo había sugerido que ella durmiera durante el viaje de regreso a Londres. Ni siquiera la había besado; sólo la había acercado a él.
Lin podía culpar al champaña por hacerle pensar que su noche de bodas comenzaría temprano. Ni siquiera estaba segura de tener una noche de bodas. Después del alboroto que había provocado Sesshomaru a causa de las condiciones que ella le impusiera y aunque las hubiera aceptado, no se sorprendería si la dejara en la casa y se marchara para visitar a una de sus numerosas mujeres. ¿Y qué podría decir ella al respecto? Él mismo le había dicho que lo había arrojado lejos de ella.
Sesshomaru oyó el suspiro de su mujer y se preguntó cuáles serían sus pensamientos. Con seguridad estaba tramando más argucias para desligarse de él todo lo posible. Tenía gracia, pero no había pensado así unas horas antes. Por primera vez en su vida había decidido casarse y ella sólo deseaba ser una amante; y ni siquiera una amante posesiva. ¿Acaso no sentía nada por él y por eso le permitía alegremente que él saliera de sus brazos para arrojarse en los de otra mujer? Si él hubiera deseado continuar con su vida disipada hubiera permanecido soltero.
Había transcurrido más o menos media hora cuando el disparo quebró el silencio de la noche y obligó al coche a detenerse de golpe.
Lin se incorporó parpadeando y oyó que Sesshomaru maldecía en voz baja.
—¿Hemos llegado? —preguntó ella, confundida, mirando por la ventanilla.
—Aún no, querida.
—Entonces...
—Creo que seremos asaltados.
Ella lo miró a los ojos.
—¿Bandoleros? Entonces, ¿qué haces ahí sentado? ¿No harás nada?
—Querida mía, estamos en Inglaterra y los asaltos son tan comunes que uno llega a pensar en ellos como donativos a los pobres. Nadie que esté en su sano juicio viaja a estas horas de la noche con objetos de valor.
Vaciaremos nuestros bolsillos y continuaremos viajando sin problemas.
En pocos minutos, todo habrá pasado.
Ella lo miró, horrorizada. —¿Así como así? ¿Y si no deseo ser asaltada?
Él suspiró. —Supongo que ésta es la primera vez que te ocurre.
—Claro que sí. Y me asombra que permanezcas tranquilamente sentado y no hagas nada al respecto.
—¿Y qué sugieres que haga, considerando que no llevo un arma conmigo?
—Yo poseo una.
Cuando ella se inclinó para tomar el arma que tenía oculta en la bota, él tomó su muñeca. —Ni lo intentes— le advirtió.
—Pero...
—No.
Ella se echó hacia atrás y lo miró, enfadada. —Es una vergüenza que un marido no defienda a su mujer de los asaltantes.
—Cede, Lin —dijo él con impaciencia—. Son tan sólo unas pocas libras y algunas baratijas.
—Y una fortuna en alhajas.
Él la miró, luego miró la maleta que estaba sobre el asiento frente ellos; la misma que ella había dejado negligentemente en el interior del coche que alquilara la noche anterior; y gruñó: —Maldición. ¿Cómo se te ocurre viajar en coche con una fortuna? Muy bien. —Examinó el interior pero nada se le ocurrió. Luego miró a Lin. —Ponte la capa sobre los hombros... sí. —El profundo escote de su vestido permitía ver el nacimiento de sus senos, pero era recatado si se lo comparaba con otros que se usaban en la época. —Ahora, baja un poco tu vestido...
—Sesshomaru...
—No es momento para gazmoñerías —dijo él, sentándose en el asiento opuesto al de ella—. Los distraerás.
—Bien, en ese caso.
—Es suficiente, querida. —Él frunció el ceño. —Quizás a ti no te importe que otras mujeres me vean desnudo, pero yo no soy tan generoso respecto a tus encantos y los demás hombres.
—Sólo trataba de ayudar —replicó Lin, fastidiada porque él le recordaba el convenio impuesto por ella.
—Muy loable, pero queremos que el individuo te mire con avidez, no que reviente sus pantalones.
—¿Que reviente sus pantalones? ¿Qué dices?
Él sonrió. —Te lo demostraré con gusto en otro momento.
En ese momento apareció el asaltante; abrió la puerta del coche e introdujo la cabeza en el interior. Lin se sobresaltó. Una cosa era hablar de un asalto, aun cuando éste fuera inminente, y otra ver al ladrón cara a cara.
El coche era elevado y sólo se vio la parte superior del torso del hombre, pero era un torso grande, de hombros anchos y musculosos, enfundado en una chaqueta demasiado ceñida. Sus cabellos eran oscuros y revueltos, tenía la cabeza envuelta en una chalina sucia. Sus dedos gruesos sostenían una vieja y oxidada pistola, apuntada en dirección a Sesshomaru.
Lin no podía dejar de mirar el arma, mientras su corazón latía alocadamente. No lo había imaginado así... en realidad, no había imaginado nada. Como no conocía personalmente a ningún bandolero ¿cómo podría saber cuán peligrosos eran? Pero había instado a Sesshomaru a hacer algo y si lo mataban, ella sería la culpable. ¿Y para qué? ¿Para salvar unas estúpidas joyas que podían ser reemplazadas?
Miró a Sesshomaru, preguntándose cómo podría hacerlo saber que olvidara sus palabras. El asaltante dijo:
—Buenas noches, señor. —Su voz sonaba amortiguada por la chalina.— Ha sido muy amable al quedarse quieto y sentado hasta que yo llegara. Tuve un problema con mi caballo después de aclarar la situación con el cochero. Pero quiero aligerar su carga...
En ese momento el individuo miró a Lin. Sesshomaru tomó la muñeca del hombre y lo atrajo violentamente hacia él, para darle una trompada.
Fue tan rápido que Lin no tuvo tiempo de alarmarse viendo que la mano que había tomado Sesshomaru era la que empuñaba la pistola.
El bandolero cayó al suelo, boca abajo. Con toda calma, Sesshomaru apoyó un pie sobre su espalda para evitar que se deslizara por la puerta y le quitó el arma.
—Sé una niña buena y permanece aquí mientras compruebo si estaba solo o tiene compañeros en las cercanías.
Antes de que Lin pudiera responder, Sesshomaru descendió del coche. El asaltante cayó por la otra puerta y ella se halló en el coche vacío, sin poder pronunciar palabra. Nunca había estado tan atemorizada en su vida, ni siquiera por sí misma. El hecho de que Sesshomaru corriera peligro fue una revelación para ella. Descubrió que no podía tolerar la espera y temió escuchar más disparos.
Afortunadamente, él regresó a los pocos instantes, sonriendo.
—Según nuestro asustado conductor (en apariencia, éste es su primer asalto), el individuo estaba solo.
El inmenso alivio de Lin fue expresado explosivamente. — ¿Cómo has podido atemorizarme así? Pudiste haber muerto.
Sesshomaru arqueó las cejas ante la vehemencia de ella. —Mi querida niña, ¿qué esperabas que hiciera? Tú me exigiste que actuara.
—No me referí a que te dejaras matar.
—Me alegra oírlo —dijo él secamente—. Pero ya está hecho.
—No me digas que...
Él la arrojó sobre su regazo y la besó con pasión. Luego sus besos se tornaron más suaves y finalmente sonrió.
—Así está mejor. Ahora podrás pensar en otra cosa y puedo asegurarte que continuaremos con esto más tarde. —La ubicó con suavidad de nuevo a su lado y tomó la botella de champaña. —Pero ahora me agradaría beber otra copa y tú puedes seguir durmiendo.
—Como si pudiera —dijo Lin, pero ya no estaba enfadada.
—Será mejor que lo intentes, cariño, porque te aseguro que no tendrás oportunidad de hacerlo más tarde.
Ella no respondió. Aguardó a que él se instalara en el asiento con la copa en la mano y volvió a recostarse contra su hombro. Su corazón latía ya a un ritmo normal, pero la experiencia había sido muy desagradable.
Precisamente en su noche de bodas. Esas cosas no sucedían en la noche de bodas de una.
Malhumorada por haberse asustado sin motivo, dijo: —La próxima vez no me hagas caso y no seas tan heroico. Las joyas no eran tan importantes.
—Quizás, pero como soy tu marido hubiera debido reponerlas y no desearía incurrir en un gasto tan grande.
—¿De modo que te casaste conmigo por mi dinero?
—¿Por qué otro motivo habría de hacerlo?
La ironía de su voz hizo que Lin lo mirara; vio que él contemplaba fijamente su escote. Estuvo a punto de reír. Realmente, ¿por qué otro motivo? El hombre era un libertino cabal, pero ella no lo ignoraba y sabía que no existía la menor esperanza de cambiarlo.
Ella suspiró, preguntándose si no debería decirle que, si se había casado con ella por su dinero, recibiría una agradable sorpresa. Su contrato matrimonial era muy generoso respecto de él. Y aunque evidentemente Sesshomaru tenía una fortuna que le permitía vivir sin trabajar, era el cuarto hijo y nunca sería tan rico como para despreciar lo que ella había aportado al matrimonio.
Tendría que decírselo, pero no ahora. El susto que le había provocado el asalto frustrado la había conmocionado demasiado.
Después de unos instantes, se durmió profundamente.
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Sesshomaru sacudió a Lin para despertarla en el momento en que salieron de King's Road y tomaron Grosvenor Place. Ya estaban cerca de Picadilly, donde se hallaba la casa de él, frente a Green Park. Deseó que Miroku hubiera salido esa noche y que Jeremy estuviera en la cama, pues ya era tarde, y no deseaba dar explicaciones. Además, durante todo el viaje, excepto cuando fue brevemente interrumpido por el asaltante, había estado añorando su cama. No podía aguardar más tiempo.
En ese momento, Lin no pensaba en el problema. Había dormido profundamente y tuvo dificultades para despertarse y tomar conciencia de que ya habían llegado. Sólo deseaba continuar durmiendo.
Ya no pensaba en su noche de bodas, ni en su nuevo marido ni en nada.
Pero alguien la sacudía con fuerza.
Sesshomaru quedó perplejo cuando Lin gimió, irritada y apartó la mano de él, negándose a abrir los ojos. Casi siempre, las mujeres no dormían en su presencia, de modo que no estaba habituado a esforzarse por despertar a una que se negaba a hacerlo. Le había sugerido que durmiera para descansar un poco, no para que lo hiciera durante toda la noche.
Sesshomaru lo intentó de nuevo. —Vamos, niña, ¿o es que has olvidado qué día es hoy?
—¿Mmm?
—¿No recuerdas las campanas de la boda? ¿No piensas en un marido que espera que te pongas algo suave y delgado y sensual para complacerlo?
Ella bostezó, pero logró sentarse, parpadeando y frotándose los ojos como una niña. —No suelo viajar con esa clase de cosas.
Él sonrió. Por lo menos la mente de Lin funcionaba, aunque con una lentitud que le impedía darse cuenta de que él bromeaba.
—No te preocupes, querida. Esta mañana envié a por tus cosas. Eso la despertó. —No. Fue una tontería, pues aún no sabías si me casaría contigo o no. Naraku pudo haber estado al acecho para averiguar dónde había ido yo.
Sesshomaru esperaba que así fuera y por eso lo había hecho. Si tenía suerte, el hombre que él había enviado para seguir el rastro de los perseguidores, tendría mañana una dirección para darle. Pero rió ante la preocupación de ella.
—Sé que uno no se casa todos los días, cariño, pero resulta desconcertante y muy perjudicial para el ego, que continuamente te olvides de tu condición de mujer casada. Lo estás y, cuanto antes lo sepa tu primo, mejor; de esa manera dejará de molestarte.
Ella comenzó a sonreír y luego su expresión se convirtió en una manifestación de gran deleite. —Es verdad. Estoy tan habituada a huir de Naraku, que supongo que tardaré un tiempo en acostumbrarme a la idea de que ya no necesito hacerlo. Ya está. Soy libre.
—No completamente, querida mía.
—No, no quise decir...
—Lo sé —dijo él, dando una palmadita en el mentón de Lin—. Pero ahora eres mía y estoy descubriendo de forma muy rápida que soy un latoso posesivo.
Era una frase absurda, pero Lin estaba segura de que él le tomaba el pelo, como siempre. Si alguna vez llegara a hablar de algún asunto con seriedad, probablemente ella moriría del shock.
Cambiando de tema, ella preguntó: —Sesshomaru, ¿por qué insististe en regresar a Londres esta noche?
Los ojos de Sesshomaru brillaron, divertidos. —Las novias suelen estar nerviosas en su noche de bodas. Pensé que estarías más cómoda en una cama que ya conoces.
Sonrojándose, ella respondió en un susurro: —Supongo que me lo busqué.
—Así es.
—Pero hablaste de ruidos.
—¿Sí? No tiene importancia. Seremos muy silenciosos.
Otra vez bromeaba. Ella no estaba segura de que le agradase que lo hiciera esa noche. No estaba segura de llegar a habituarse a sus bromas relativas a hacer el amor. Peor esa noche...
Ella bostezó y Sesshomaru sonrió. El coche se detuvo.
—Por fin —dijo él y saltó del coche—. Ven querida; haré el esfuerzo de llevarte en mis brazos para cruzar el umbral.
Ella tomó su mano y salió del carruaje. —No es necesario...
—Permíteme cumplir mi rol —dijo él, tomándola en sus brazos—Después de todo, deben haber inventado esta curiosa costumbre por algún motivo. Tal vez para que la novia no pueda huir.
—Qué tontería —Ella rió y rodeó con su brazo el cuello de Sesshomaru.
—Quizás algunas novias se desmayaron en el umbral y debieron ser llevadas al interior de la casa en brazos.
—¿Sólo algunas? —bromeó él—. Te aseguro que existe una gran ignorancia sobre cuanto ocurre en el lecho conyugal. En estos tiempos las madres no se atreven a tocar esos temas. Es una pena, porque los pobres novios se ven en grandes dificultados, tratando de calmar nervios y temores, cuando en realidad desean desflorar a sus esposas.
—Sesshomaru —exclamó ella, aunque le resultó difícil no reír ante la sonrisa malévola de él—. ¿Necesitas decir esas cosas?
Luego añadió: —Además, algunas novias no tienen madres que las instruyan.
—Ah, nos estamos poniendo personales. —Él llamó a la puerta y luego la miró con ternura. —Pero, ¿no estabas atemorizada, verdad, cariño?
—No me diste tiempo para estarlo —dijo ella, sonrojándose.
—¿Y ahora que sabes de qué se trata?
—Creo que voy a desmayarme.
Él se echó a reír, pero cuando se abrió la puerta, convirtió la risa en tos. Totosai los contempló con expresión estoica. Lin experimentó cierta decepción ante su aire hastiado, como si estuviera muy habituado a ver a su amo en la puerta con una mujer en los brazos. Pero cuando pasaron junto a Totosai y ella vio su expresión, se sintió aliviada; estaba azorado. Ella ocultó su sonrisa contra el hombro de Sesshomaru.
Por mirar, al mayordomo, no vio a Miroku Malory, que en ese momento entraba en el vestíbulo, con una copa en la mano. No demostró sorpresa alguna y su voz sonó suave y serena.
—Imagino que no debería estar presenciando esto.
—Esperaba que no lo hicieras —dijo Sesshomaru, sin detenerse—. Pero ya que lo has hecho, te informo de que me he casado con esta joven.
—Diantre.
—Lo hizo —dijo Lin, riendo, encantada ante su reacción—. ¿O supones que permitiría que cualquiera me llevara en brazos para cruzar el umbral de la puerta?
Sesshomaru se detuvo bruscamente, algo sorprendido al comprobar que había logrado desconcertar a ese hermano en particular. —Por Dios, Miroku, durante toda la vida he aguardado el momento de verte anonadado. Pero comprenderás que no puedo esperar a que reacciones, ¿verdad? —Y continuó su camino.
Cuando llegaron a la planta alta, Lin murmuró sonriendo.
—Fuimos perversos, ¿no lo crees?
—De ninguna manera, niña —dijo él—. Si he de tenerte durante un rato a solas, era necesario dejar boquiabierto a mi hermano. La familia no tardará en bombardearnos con preguntas y buenos deseos. —Cuando entraron en la habitación de Sesshomaru, él se recostó contra la puerta, suspirando. —Al fin solos.
Antes de que Lin pudiera decir nada, la depositó en el suelo y, al mismo tiempo la obligó a volverse hacia él. Ella quedó prácticamente acostada sobre Sesshomaru, posición de la que ambos disfrutaron, mientras él la cubría de besos.
Él acarició sus mejillas con el dorso de sus dedos y ella abrió lentamente los ojos. Los de Sesshomaru estaban cargados de pasión. Su voz era una caricia y su aliento tibio rozaba los labios de ella.
—¿Alguna vez te detuviste a pensar que ésta es la única noche de tu vida en que todos saben que tienes la intención de hacer el amor? Oh, cariño, me encanta que te ruborices por mí.
—Es algo que sólo he estado haciendo últimamente... desde que te conocí. Su respuesta fue un estímulo para los sentidos de Sesshomaru. La apartó de sí con manos temblorosas y gruñó con ternura.
—Fui un estúpido. No debí aguardar tanto tiempo. Te concederé cinco minutos para hacer cuanto necesites, pero, por Dios Lin, apiádate de mí y métete en la cama antes de que yo regrese.
—¿Con algo ligero y sensual?
—No, por Dios —exclamó él—. No podría tolerarlo en este momento.
Luego desapareció, encerrándose en su cuarto de vestir. Lin permaneció con una sonrisa boba y una tibia sensación de expectación en el estómago. ¿Había ella logrado eso? ¿Hacerle perder el control? Qué extraordinario. Pero ella tampoco estaba muy serena. Era muy distinto saber qué sucedería que no saberlo. Facilitaba las cosas. Experimentaba una gran ansiedad. Pero todavía era demasiado inexperta para no estar también un tanto nerviosa.
Con dedos torpes se despojó de sus ropas, pero logró hacerlo con rapidez. Su corazón latía a una velocidad anormal. Sus oídos estaban atentos al ruido de la puerta que se abriría en cualquier momento. Se metió en la cama; no sabía si cubrirse completamente con la sábana o dejar una parte de su cuerpo al descubierto. En ese momento triunfó la modestia. Se preguntó si la frecuencia modificaría las cosas; si llegaría a poder expresar cierta indiferencia. Tratándose de Sesshomaru, lo dudaba. Lo más probable era que esto se convirtiera en un hábito.
Cuando regresó, Sesshomaru llevaba una bata larga de terciopelo color carmesí. Muy avergonzada, Lin percibió que ni siquiera había pensado en ponerse una camisa de dormir. No hubiera permanecido con ella durante mucho tiempo, pero, ¿no era indecoroso que una esposa aguardara a su marido desnuda en la cama? Quizás no; por lo menos esa noche. Y la sonrisa de Sesshomaru cuando se acercó a la cama expresaba su aprobación.
—Permiso —dijo él, sentándose a su lado y quitando las horquillas de sus cabellos.
Ella tocó uno de los rizos rojizos que cayeron sobre sus hombros.
—Lo olvidé.
—Me alegro.
Y era verdad. Adoraba sus cabellos y disfrutaba tocándolos. Dejó las horquillas a un lado y masajeó el cuero cabelludo de Lin hasta que ella cerró los ojos y en sus labios se dibujó una sonrisa soñadora.
—Qué agradable —murmuró ella suavemente.
—¿Lo es? ¿Y esto?
Apoyó sus labios sobre las sienes de ella y luego los deslizó hasta su boca. La besó apasionadamente antes de continuar, besando su cuello y luego sus senos. Lin se estremeció.
—Eso es demasiado agradable —murmuró ella.
Sesshomaru rió, complacido. —Oh, cariño, ¿realmente fue anoche? Parece que ha transcurrido una eternidad desde entonces.
Ella apoyó su mano sobre la mejilla de él y luego pasó un dedo sobre sus labios. —¿Nada más que una eternidad?
Él la nombró con pasión y luego tomó su muñeca y besó la palma de su mano sin dejar de mirarla. Una corriente eléctrica, caliente y hormigueante, se estableció entre ambos. Y la mirada fija de él la traspasó, inmovilizándola, mientras él se quitaba la bata, apartaba la sábana y se tendía sobre Lin. Comenzó a besarla tan intensa y apasionadamente que, cuando la penetró, ella estaba transida de deseo, tanto que alcanzó la culminación de inmediato, lanzando un grito de plenitud que hizo que Sesshomaru también la alcanzara.
Rendida de placer, Lin sostuvo entre sus brazos el cuerpo transpirado de Sesshomaru y ambos aguardaron hasta que su respiración se normalizó. Ella no tenía prisa para que él se moviera y lo sostuvo con fuerza. Él tampoco deseaba moverse. Su cabeza se apoyó en el hombro de ella y su aliento rozó su cuello, provocándole levísimas cosquillas. Un escalofrío recorrió los brazos de Lin y él lo percibió.
—He actuado como un recién casado típico —dijo él, suspirando—. Impaciente, apresurado y ahora contrito. —Apoyó el peso de su cuerpo sobre los codos; Lin se conmocionó al sentir que la ingle de él presionaba sobre la suya. —Te otorga permiso para que me castigues, querida.
—¿Por qué?
—Bueno, si no lo sabes...
—¿Por qué, Sesshomaru?
—Por mi descontrol, naturalmente. Un hombre de mi edad y experiencia no tiene excusas, de modo que debo culparte. Me hiciste perder la cabeza.
—¿Acaso es malo eso?
—Tú lo decidirás dentro de un rato, cuando te haga el amor con más lentitud.
Ella rió. —Si no supiera que no es así, diría que estás tratando de que te adule. Debes saber que tu actuación no fue deficiente. Todo lo contrario. Estuviste maravilloso.
Él sonrió con seducción y ella se conmovió. Lanzó un suspiro entreabriendo los labios y él se inclinó para besarlos tiernamente.
Pero entonces se levantó, la cubrió sorpresivamente con la sábana y tomó la bata que había dejado caer con desidia en el suelo. Volvió a sentarse en el borde de la cama, pero a cierta distancia de ella. Debió servir a Lin de advertencia.
Con un suspiro fingido, dijo: —En lo que respecta al ruido.
Ella parpadeó. —¿El ruido?
—La exteriorización de tu temperamento escocés.
Lin sonrió, creyendo que él bromeaba. —Me enfadaré, ¿verdad?
—Es muy probable, pues debo decirte que hoy te mentí.
Ella se tornó seria. —¿Acerca de qué?
—¿No lo adivinas, querida mía? Ahora que me he casado, no tengo la menor intención de mantener a mis amantes. Te defraudo, ¿no?
—Pero, estuviste deacuerdo.
Él sonrió con masculina satisfacción. —Hoy hubiera aceptado cualquier cosa con tal de hacerte legalmente mía; incluso lo hubiera hecho por escrito, pero por fortuna no me lo exigiste.
Lin lo miró con incredulidad; la languidez fue reemplazada por la ira. Se sentía estafada. Estaba furiosa.
—Te casaste conmigo empleando falsedades.
—Me casé contigo de buena fe.
—Que no pedí ni deseaba. Y, si lo piensas, comprenderás cuán absurdo era tu pedido. Tú no me pediste que me casara contigo; fui yo quien te lo pidió y deseo que sepas que jamás lo hice antes. Ni lo hubiera hecho desaprensivamente. He tenido amantes que pudieron durarme toda la vida. Ahora deseo una esposa.
La calma de él resulta ridícula frente a la furia de ella y Lin, avergonzada, bajó la voz. —Eso dices ahora, pero ¿qué sucederá dentro de un mes o de un año? Pronto tus ojos comenzarán a mirar a otras mujeres.
Sesshomaru sonrió, sabiendo que su sonrisa la enfurecería más aún.
—Mis ojos las han estado mirando durante los últimos diecinueve años. Dales un descanso, Lin. Están fijos en ti y no desean moverse.
Ella entrecerró los ojos y lo miró enardecida, tal como él lo previera.
—¿De modo que piensas que bromeo? Bien, déjame decirte...
Él se inclinó y la tomó de la cintura, arrastrándola por la cama y acercándola a su pecho. La sábana quedó atrás, pero ella estaba demasiado enfadada y no lo notó. Pero Sesshomaru no lo estaba y la sensación que experimentó debajo de su cinto le hizo desear concluir con la discusión y volver a disfrutar de los placeres de su noche de bodas.
Niña tonta. Tanto alboroto porque sólo al quería a ella. Debería estar feliz en lugar de armar un revuelo. Pero él lo había imaginado y tenía una respuesta preparada.
—¿Por qué no llegamos a un acuerdo, cariño? ¿Aún insistes en que tenga una amante?
—Demonios. ¿Acaso no te lo he estado diciendo? —dijo ella.
—Muy bien. —Sus ojos acariciaron el rostro de ella, se detuvieron en sus labios y su voz se hizo más profunda. —¿Estás preparada para desempeñar ese papel?
—¿Yo?
Él volvió a sonreír, con esa sonrisa enloquecedora. —¿Quién si no? Eres la única mujer que me interesa en este momento.
—No fue eso lo que quise decir y lo sabes.
—Tal vez, pero es todo cuanto puede hacer.
Lin no le creyó. —Seguramente hay una mujer a la que has estado frecuentando.
—Seguramente. En realidad hay varias. Pero ninguna de ellas es mi amante, cariño. Y deseo que sepas que no las he visto desde que te conocí.
Pero eso nada tiene que ver ¿verdad? La cuestión es que no deseo volver a acostarme con ninguna de ellas. Estás atada a mí.
—Sesshomaru, por favor habla en serio aunque sólo sea una vez —rogó ella con exasperación.
—Querida mía, jamás he hablado tan seriamente en mi vida. ¿Cómo hacerle el amor a otra mujer si eres la única que deseo? Sabes que no se puede. El deseo no obedece a la voluntad. ¿O no has pensado en ello?
Ella lo miraba, confundida y algo asombrada, pero luego frunció el ceño y apretó los labios. —Pero eso no significa que en algún momento no te agrade alguien a quien veas.
Sesshomaru suspiró, fastidiado. —Si ese día llega, te juro Lin que no me importará. Bastará que te imagine, tal como estás ahora y eso alcanzará para complacerme.
Ella exhaló un resoplido. —Sabes decir muy bien las cosas, lo admito. Pero olvidas que no me amas.
Él la arrojó sobre la cama y cubrió su cuerpo con el suyo. —Entonces estudiemos cuáles son mis sentimientos, ¿quieres? —Su voz parecía un ronroneo, pero era obvio que había perdido la paciencia. —Existe una gran cantidad de deseo. Ha sido una tortura aguardar hasta ahora para tocarte. Existe una gran posesividad, la que he descubierto hace poco. Existen celos, que he experimentado durante semanas. —Arqueó las cejas y ella lo miró, asombrada. —No me digas que te sorprende.
—¿Tuviste celos? ¿De quién?
—De todos, incluso de mi maldito hermano. Y, ya que hablamos del tema, debes saber que los caballeros con los que pensabas casarte eran todos muy adecuados, a excepción de Fleming, que es realmente raro.
Fueron todo mentiras, Lin, porque no toleraba la idea de que ninguno de ellos te tuviera.
En ese momento la sostenía de los brazos, esperando la violenta reacción de ella después de esa confesión. Pero Lin permaneció inmóvil; el azoramiento era mayor que el enojo.
—Entonces... debes quererme un poco —dijo ella en voz muy baja y vacilante.
—Mierda —explotó él—. ¿Me hubiera casado contigo de no ser así?
Para nada intimidada, ella le recordó: —Te casaste conmigo para ayudarme a salir de una situación horrenda y te lo agradezco.
Sesshomaru cerró brevemente los ojos, tratando de controlarse. Cuando los abrió, su mirada era dura. Pero su voz, serenamente arrogante.
—Querida mía, si sólo hubiera deseado salvarte, como tú dices, hubiera podido provocar la muerte prematura de tu primo sin mayores inconvenientes. Pero te quería para mí; así de sencillo. —El tono de su voz cambió y se tornó severo. —Y si vuelves a decirme que frecuente a otras mujeres, me convertiré en un marido arcaico y te daré una zurra. ¿He sido claro? No habrá otras mujeres; ni ahora, ni nunca.
Aguardó que ella estallara. Pero ella sonrió, con una sonrisa que encendió los reflejos dorados de sus ojos.
Sesshomaru no supo qué pensar de ese cambio súbito. Hasta que ella dijo: —¿No mencionaste antes algo acerca de hacerlo más lentamente? Se supone que yo debía decidir...
Él rió, interrumpiéndola. Su risa era profunda y exultante. —No cambies nunca, cariño. No te querría si fueras diferente.
Y procedió a poseerla a su manera, con la amplia colaboración de ella.
Que les pareció? Sessho no pierde el tiempo.
Definitivamente.
Saludos!.
