Su hora de irse a la cama ya ha pasado.
Regina siempre ha sido una persona de rutinas, las nueve en punto es la hora en la que Henry apaga las luces y media hora después las apaga ella. Tiene que decirse que no siempre se ha acostado tan temprano. Durante sus primeros veintiocho años en la ciudad, Regina tenía el hábito de quedarse despierta hasta la medianoche leyendo un libro o disfrutando de una copa de vino en su estudio. Pero para su desgracia, sus horas de sueño se han visto forzadas a un nuevo horario cuando cierta rubia irrumpió en la ciudad en su feo escarabajo amarillo y accionó el paso del tiempo. Ahora, más que nunca, Regina comienza a apreciar la importancia de dormir lo suficiente todas las noches para mantener su sueño reparador. Su cuerpo ya no tiene la capacidad de detener la aparición de las arrugas y los no bienvenidos signos del envejecimiento, y eso la tiene muy preocupada.
Y la culpa es de una mujer.
Una mujer que, irónicamente, es también la razón por la cual ahora no está acurrucada bajo sus sábanas y durmiendo profundamente.
Hace cuatro horas que han regresado de peinar el bosque, abandonaron la búsqueda antes de que oscureciese demasiado para continuar. A pesar de estar hecha polvo y dolorida por todas partes, Regina logró aparecer con una comida decente para su hijo hambriento y para sus famélicas madres. Poco después, tras acabar de limpiar los cacharros, Emma se fue de casa porque Blanca le pidió que fuera a su antiguo apartamento, sin duda para intercambiar opiniones sobre el hechizo del claro y la consecuente amenaza de fisura.
Teniendo a su hijo todo para ella, Regina monopolizó el momento de arropar a Henry en la cama, y, para su deleite, también obtuvo el permiso de su hijo para permanecer a su lado hasta que se durmiese. Henry siempre ha tenido problemas para quedarse dormido cuando está asustado y, aunque nunca lo admitiese, pensar en criaturas saliendo de la fisura —todavía por descubrir— obligando a sus madres a salir a buscarla, lo perturba. Por eso, cuando le pidió a su madre que se quedase con él bajo el pretexto de querer hablar sobre su tarde en el bosque, Regina no dudó en aceptar, y se aseguró de susurrarle palabras tranquilizadoras de vez en cuando. Pasó un rato hablando sobre la teoría de Regina sobre las fisuras y por qué aparecen, y, para su incomodidad, también pasaron otro agónico rato hablando sobre Emma y su «herida». La rubia había estado caminando por la casa con una cojera apenas perceptible, pero, por supuesto, Henry y sus avispados ojillos la notaron. El chico pensaba que Emma se había herido durante su expedición por el bosque. Estaba equivocado, pero Regina no sabía cómo explicarle a su hijo que su precioso Caballero Blanco estaba sufriendo las consecuencias de haber pasado medio día con rozaduras en lugares que no quería mencionar. Así que guardó silencio y dejó que Henry creyese que Emma había tenido un tirón en la búsqueda. Una pequeña mentira para un bien superior. Emma volvía a quedar como la heroína, pero no le molestaba si eso significaba no tener que discutir con su hijo el penoso estado de la vagina de la rubia. Es una solución con la que podrá vivir.
El borboteo de ese patético cacharro que Emma llama coche atraviesa el silencio de su casa y de inmediato, Regina se endereza en su asiento y se prepara para la acción. Se rellena la copa de vino y rápidamente extiende el gastado mapa del bosque de Storybrooke ante ella, con cuidado de no romperlo. Con eso, Regina se inclina sobre la mesa, sosteniendo un rotulador en una mano y sujetándose la barbilla con la otra, fingiendo analizar el mapa. Con el atrezo y la coartada, espera al acecho.
—Oh, eh… ¿has esperado por mí? —pregunta Emma con sorpresa cuando la ve en la cocina un momento más tarde.
—No —miente Regina con naturalidad, frunciendo el labio superior con asco—. No se tire flores, señorita Swan.
La rubia sonríe burlona antes de encaminarse hacia la nevera y sacar un cartón de leche. La poca sutileza con la que Regina se aclara la garganta es suficiente para impedir que Emma beba directamente del cartón y, como un cachorrito obediente, la rubia se encabeza hacía la alacena, saca un vaso y se sirve como un ser humano normal. Emma se traga la leche de un trago antes de girarse para mirarla.
—¿Por qué estás despierta todavía?
Regina no se molesta en alzar la vista de su «supuesta» tarea.
—Estoy intentando determinar qué áreas necesitamos cubrir.
—Ah. —Frunce los labios y asiente, los ojos verdes lo observan todo—. Deberías descansar, ha sido un día duro y mañana nos tenemos que levantar temprano.
—Lo sé, pero todavía no estoy cansada.
—No, claro que no —bufa Emma—. En serio Regina, sube y ve a dormir. Tienes una pinta de mierda.
—Señorita Swan. —Regina cubre con una mirada asesina a la mujer al escuchar la grosería—. Aunque aprecio su preocupación, no voy a permitir comentarios sobre mi apariencia de una mujer que se ha pasado todo el día caminando como un niño recién circuncidado.
Los labios de Emma se transforman en el puchero de un niño.
—Uno de estos días, Majestad, esconderé toda tu ropa y solo te dejaré con unos vaqueros estrechos. A ver si te gusta.
Regina no puede evitar la sonrisa arrogante que le aparece en la cara.
—Bueno, es una pena que no tenga un par de vaqueros como esos. Al contrario que usted, querida, prefiero no cortar la circulación de mis piernas —sentencia—. Oh, y hablando de ropa, me he tomado la libertad de tenderle su nueva ropa sobre la cama.
El agrio carácter de Emma se evapora con rapidez al escucharla.
—¿En serio?
—Sí. También he combinado algunas piezas, así puede hacerse una idea de qué es lo que va bien y con qué —continua Regina con un tono aburrido, clavando los ojos en el mapa que tiene delante y moviendo una mano con desdeño en el aire—. Vaya corriendo, señorita Swan. Sus nuevas ropas la esperan.
Una mirada repleta de miedo, temor, curiosidad y ansiedad aparecen en la cara de Emma. Regina se reiría si no estuviera ocupada manteniendo su farsa.
—Gracias. Voy, eh, voy a echar un vistazo entonces. Buenas noches, Regina —dice Emma con un tono ligero al marcharse caminando mecánicamente hacia la puerta del sótano.
Tan pronto la rubia abandona la cocina, Regina deja de actuar y exhala el aliento. Coge el vaso de vino y se toma un buen trago.
Este es el momento por el que ha estado esperando toda la noche. Ha sacrificado su sueño reparador por esto, más le vale a Emma Swan no decepcionar.
Y, con nada que hacer, Regina se apoya casualmente en el respaldo de la silla y espera. Los minutos pasan con agonía, y ella todavía está sentada sin moverse, con los sentidos agudizados por la anticipación.
En el momento en el que escucha los pesados pasos de Emma subir las escaleras, Regina reprime una sonrisa y se endereza en el asiento, colocándose la habitual máscara de indiferencia total y absoluta.
«Allá vamos.»
Sin preámbulos, la puerta del sótano se abre de par en par, revelando la cara pálida del retoño de Blancanieves.
La voz de Emma es un mero susurro.
—¿Regina? Estoy confundida.
—¿Debería ser eso una novedad? —pregunta Regina con tono monocorde.
Emma avanza con lentitud y se deja caer en la silla frente a ella. La cara de haber visto un fantasma que trae Emma es compensación suficiente por todo el sueño que Regina ha tenido que sacrificar.
—¿Has comprado ropa o disfraces de Halloween? —pregunta Emma, clavando los ojos verdes en los marrones.
Regina sonríe con condescendencia.
—Si no me equivoco, creo que los disfraces también son ropa, querida
—¡No puedo llevar eso en público! —chilla Emma, perdiendo los nervios por un momento.
A Regina no le extrañaría que Henry bajase saltando por las escaleras en cualquier momento al despertarse con los chillidos de su madre biológica. Al ver la mirada de reproche de Regina, la rubia rebaja el tono y suspira.
—Regina, por favor, dime que no me he gastado todo ese dinero para parecer El Llanero Solitario.
—¿Prefería ser Tonto? Si la memoria no me falla creo que también había un vestido de flecos en la boutique —dice Regina, todavía con cara seria.
—¡Estoy hablando en serio! —escupe Emma, el rojo le tiñe el cuello y la cara—. Dios bendito, no puedo ir a trabajar pareciendo un cowboy, una cantante de los setenta, Cindy Lauper, un payaso, ¡joder!, o la Britney Spears de «Hit Me Baby One More Time!».
—¿Britney Spears? —Regina levanta una ceja.
—El traje repugnante de niña de escuela católica. Blusa blanca, chaqueta de punto y falda a cuadros —cuenta Emma, entornando los ojos hacia Regina—. Te dije que nada de faldas.
—Dijo que nada de faldas lápiz —puntualiza Regina.
—Ya, ¡pero tampoco quería minifaldas!
—Entonces debió ser más específica.
Emma suelta un quejido, pasándose la mano por la cara, de pronto parece mayor de lo que es.
—No puedo salir con ese disfraz, parezco un cebo para pederastas.
—Perfecto. —La sonrisa de Regina es deslumbrante—. Me atrevería a decir que eso haría su trabajo infinitamente más fácil. ¿Qué mejor manera de atraer criminales ahí fuera, sheriff?
La mirada desagradable que le lanza Emma casi consigue que Regina se salga del personaje con una sonora carcajada. La morena se aclara la garganta y le ofrece una sonrisa poco sincera.
—Le he comprado musculosas —puntualiza Regina, para reafirmarse.
—Sí, sí, lo has hecho —resopla Emma indignada, cruzando los brazos sobre el pecho—. Y resulta que la mayoría son de un color con el que ni muerta dejaría que me viesen. Me refiero, ¿cuántas musculosas rosas puede tener una persona? Y por encima son de un color chillón.
—Algunas son pastel —corrige Regina—. Rosa palo.
Emma arruga la nariz en un gesto de asco.
—Le he comprado jerséis.
—Amarillos —bufa Emma—. Que resulta ser otro de los colores que no me suelo poner, porque coincide con mi pelo y casi siempre termino pareciendo una mazorca de maíz andante.
—Imagíneselo —se burla Regina en tono serio y ojos divertidos.
Emma la mira sin apartar los ojos durante un par de minutos, abriendo y cerrando la boca con frecuencia como si quisiese decir algo mordaz, pero nada saliese de sus labios. Poco tarda en bajar los hombros con resignación, y finalmente, Emma abandona la mesa de la cocina resoplando y con pasos lentos hacia su cuchitril en el sótano, sin molestarse en mirar hacia atrás.
Regina se da palmaditas a sí misma en la espalda por el trabajo bien hecho. Recoge sus cosas y limpia, sonriendo todo el tiempo. Punto para la Reina Malvada.
Pero Regina no es una persona sin corazón. Le ha comprado a la rubia un puñado de trajes bonitos, muy elegantes y profesionales. Actualmente se encuentran en el fondo de su armario, escondidos detrás de un par de sus trajes. Se los dará a Emma en una semana o dos. A lo mejor tres. ¿A quién quiere engañar? Se los dará en un mes.
O el año que viene.
[X-X-X]
Cinco días después del robo y el incidente de la magia, las cosas están empezando a volver a la normalidad en la comisaría.
Todavía no han atrapado al ladrón o al que lanzó el hechizo, pero por lo menos, no han encontrado ni una sola fisura tras dos días enteros de recorrerse de arriba abajo los bosques de Storybrooke. Todos pueden volver a respirar con tranquilidad.
Bueno, excepto si tu nombre es Emma Swan.
Desde su queridísimo cambio radical, cortesía de Regina, las cosas han estado algo tensas en su lugar de trabajo. No es que haya ningún problema entre sus ayudantes, sino que la única tensión proviene de la misma sheriff. Regina no decepcionó con sus adquisiciones en la boutique de Sebastián. Cumplió con las expectativas de Emma, de hecho las sobrepasó. Y hubiese sido una buena noticia, si Emma no hubiese sabido que se arrepentiría de su decisión desde un primer momento.
La boutique de repente tiene la política de «no se devuelve ni se cambia» exclusivamente para ella, un cuestionable giro de los acontecimientos en los que sospecha que Regina tuvo algo que ver. Y así, Emma está atrapada con su ropa nueva y como no tiene nada más que ponerse y no se puede permitir comprar nada más hasta la próxima paga, decide comérselo, ponerse las piezas menos humillantes de su nuevo vestidor y encajar los golpes. Es una mujer mayorcita, puede soportarlo. Pero disfrutarlo es otro tema muy distinto.
Está claro, Regina Mills tiene un perverso sentido del humor, y Emma lleva puestas las pruebas.
Y, como es natural, en la oficina se ha abierto la temporada de caza para Emma.
—¿Quién demonios lleva tu estilismo? ¿Tus enemigos? —dijo Leroy la primera vez que apareció con su ropa nueva.
—No sabía que los colores chillones volvían a estar de moda. ¿Qué será lo próximo? ¿Hombreras? —quiso saber August.
—Oh Em… —fue todo lo que pudo decir una Ruby sin palabras.
Hoy, por supuesto, no será diferente.
—Buenos días, gente —gruñe Emma como saludo mientras arrastra los pies al entrar en la comisaría, cargando en los brazos con una taza de café y algunos informes que había enviado el ayuntamiento.
Suspirando lo deja todo en su escritorio con cautela. Pasar los últimos días peinando el bosque en busca de portales unidireccionales ha pasado factura a su productividad en la oficina.
La asombrosa cantidad de papeleo en su pila de «por hacer» es la prueba. Está tan inmersa intentando discernir qué documentos atacará primero que no se percata de los dos pares de ojos mirando cada uno de sus movimientos con atención cautivadora. No ayuda que las separaciones de los cubículos sean de cristal, dejándola expuesta a ojos curiosos.
—Allá vamos… —dice Ruby tan pronto como Emma se encamina a su escritorio.
August, cuya mesa está enfrente a la de Ruby, se inclina y se estalla los nudillos con anticipación sin dejar de observar a la sheriff.
En el momento en el que Emma baja la cremallera de la chaqueta y encoge los hombros para quitársela, Ruby lanza un puño al aire y grita vítores de triunfo. August gruñe y de mala gana rebusca en su chaqueta, saca un billete de veinte dólares y se lo tiende a una petulante Ruby.
—Déjame adivinar, ¿has ganado la porra de hoy?
Colgando la chaqueta en el respaldo de la silla, Emma mira a su sonriente ayudante y se deja caer en la silla.
—Adiviné el color. —Ruby se encoge de hombros con indiferencia, guardándose las ganancias en el bolsillo y después se acerca hasta la oficina de Emma. Levanta una ceja ante la musculosa de la rubia y esboza una sonrisa tonta—. ¿Rosa?
—No hay nada de malo en el rosa —murmura Emma, rehusándose a encontrarse con los ojos de su amiga.
Cuando le dijo a Regina que le comprase colores lisos debió ser más específica. Ayer fue una verde. Parecía un moco fosforito.
—Ya, ¿pero rosa eléctrico? —Ruby se ríe entre dientes.
—Por lo menos no es el color de un esputo eléctrico —dice Emma sin expresión—. Era esto o una camisa de cuello alto con ondulaciones.
—¿Qué tienen de malo los ondulaciones?
—Las únicas ondulaciones que me gustan son las de las patatas fritas que me puedo comer y bajar con una cerveza. Además, la camisa también tiene topos rojos por todas partes. ¿Ondulaciones y topos? No, gracias.
—Creo recordar haber visto esa camisa en la boutique de Sebastián. De hecho es bastante bonita, Em. A la moda.
—Y jodidamente cara —resopla Emma. Para ser alguien que afirma odiar su vieja ropa, Regina se las ha apañado para llenar su armario con una aún más fea. Bueno, no es fea, pero no es su estilo (aunque no hay excusa para las musculosas fosforito que cree que Regina cogió para fastidiarla)—. El material es el paraíso en la piel, no me malinterpretes, pero delante del espejo no me podía tomar en serio. Parecía un payaso con varicela.
—O Enrique VIII —añade August desde su escritorio.
—Ese también. Sea quien sea —murmura Emma, estudiando la pila de papeleo ante ella.
Decide empezar el día con los informes de August antes de enfrentarse con las cosas de la oficina de Mary Margaret. Esos archivos tienden a ser largos, aburridos y últimamente difíciles de llevar. Gira la silla para mirar a su ayudante, prefiriendo charlar un poco antes de zambullirse en el trabajo.
—¿Algo nuevo sobre el ladrón?
—Nada concreto, pero puede que tenga una pista —comparte Ruby, apoyada contra el lado del escritorio de Emma—. ¿Recuerdas la temporada en la que tenía una especie de depresión y MM y tú me sacasteis a bailar?
—Sí, no te podías sacar de la cabeza a algún capullo insensible que te menospreciaba. ¿Por qué?
—¿Recuerdas el jaleo del que se tuvo que ocupar Leroy en Sheppard Lane el otro día? Dónde un pirata amnésico estaba agrediendo a Meeks —continúa Ruby, trazando figuras con los dedos sobre la madera desgastada.
—¿Es el mismo tipo? —Emma arquea una ceja. Su amiga tiene el desafortunado hábito de enamorarse de los chicos malos que no traen nada bueno.
—Sip. —Ruby asiente, ignorando adrede la mirada de desaprobación que le ofrece la rubia—. No recuerda su antigua vida, todavía cree que es Jackson Peters. Pero su nombre real es Killian Jones.
La cara de Emma permanece inexpresiva.
—No me suena.
—El Capitán Garfio —aclara Ruby.
—¡No jodas! —Emma mira boquiabierta a su ayudante—. Peter Pan es mi cuento favorito.
—¿Qué, nada de amor para Caperucita Roja?
—Rubes, por mucho que te quiera, te transformas en un puñetero lobo una vez al mes. Ante mis ojos eso te coloca directamente en el territorio de Crepúsculo. Lo siento, no puedo evitarlo. Esos libros me han destrozado a los hombres lobo. No te ofendas.
—No me ofendo —ríe Ruby, desestimando sus palabras con un gesto de manos—. De todas formas, volviendo a lo que te decía. He oído de una fuente muy fiable que Jackson vendió su motocicleta a un tipo con una máscara de hockey y con pinta sospechosa el día del robo. Pagó el importe en efectivo. Y, atenta a esto, el hombre enmascarado tenía una espada enganchada en la espalda.
Emma se tensa de inmediato.
—¿Crees que es nuestro ladrón?
—A lo mejor. —Ruby encoge ligeramente los hombros—. O podría ser solo un lunático con una espada. En cualquier caso, creo que deberíamos echarle un ojo.
—¿Quién es tu fuente?
—Ashley. Vive puerta con puerta con Jackson —comparte Ruby en voz baja.
Emma sospecha, y con razón, que Ruby dio con este chisme en una de sus conversaciones telefónicas regulares con la chica. Esas dos cotillean como porteras.
—Me dejaré caer por la casa de Jackson después de comer y veré si puedo conseguir un nombre.
—¿Por qué no vas ahora?
—Está inconsciente. Ha estado bebiendo hasta la saciedad desde que perdió su mano.
—Oh. —Emma asiente. Con tranquilidad lo asimila todo antes de darle una pequeña sonrisa aprobadora. Por lo menos están haciendo progresos en la investigación, aunque sean pequeños—. Está bien, más tarde entonces. Mantenme informada.
—Lo haré. —Ruby sonríe y le da unas palmadas en el hombro antes de volver a su propio escritorio—. Oh, casi lo olvido. Alguien te ha dejado un paquete esta mañana. Te lo he dejado ahí, encima del archivador.
Emma mira al archivador detrás de su escritorio, la curiosidad le pica. Se acerca y coge la caja cuadrada en sus manos. Es normal, blanca, sin cintas, sin envoltura. Sacude la caja vacilante al lado de su oreja, intentado adivinar qué es lo que hay dentro. No quiere arriesgarse a abrirlo y que algún espray la rocíe con algo asqueroso (es una de las gamberradas típicas de Los Niños Perdidos). Al no oír ningún repiqueteo dentro, coge una bocanada de aire profunda y abre la tapa.
No es una gamberrada.
Solo un extraño, aunque bonito, regalo.
Dentro hay una simple flor púrpura, una lila. No está muy familiarizada con los diferentes tipos de flores del mundo, pero esta la reconoce sin dudar porque la ve todos los días en el jardín de Regina. Y, bueno, Henry le dijo de pasada que era la flor favorita de su madre.
Con cuidado, la saca de la caja y la pone al lado de la foto de Henry en su escritorio. Probablemente el chico la haya dejado de camino al colegio. A veces hace las cosas más dulces y amables.
Emma arroja la caja en la papelera de reciclaje detrás de ella. Tan pronto como se separa de su mano, cae una pequeña carta blanca en su regazo. Una sonrisa aparece en sus labios y se pregunta qué dirán los garabatos de Henry esta vez.
Pero las palabras para nada son garabatos. Están escritas a máquina. Eso descarta a su hijo como remitente.
Espero que disfrutes tu cambio de imagen. Yo lo he hecho.
– A
Emma pone los ojos en blanco al hombre que escribe un informe en su cubículo.
—¿Con ganas de que te despidan, «A»? —Mira a August con desaprobación. El hombre le devuelve una mirada extraña, totalmente confundido.
—¿Has dicho algo, Em?
—Nada. Vuelve al trabajo —bufa Emma, tirando la carta a la papelera.
Con nada más que una pila enorme de papeleo, Emma suelta un suspiro, flexiona los dedos y se pone a ello.
Después de la sexta carpeta del montón «por hacer», Emma ha tenido suficiente. Con un gruñido de frustración, abandona el informe que tiene en la mano y lucha con las ganas abrumadoras de hacer una bola de papel con él y tirarlo a la papelera. Tensa la mandíbula y observa al hombre que trabaja con esmero en su cubículo. Lo había contratado por su cerebro; Dios sabe que necesitan equilibrar la energía de la comisaría. Leroy, Ruby y Emma son los músculos en esta ecuación. No es que sean estúpidos, es solo que no tienen la paciencia para pensar antes de actuar, como hace él. Es un gran ayudante: trabajador, honesto, diligente y, por lo general, amable. Es una desgracia que sea un asco a la hora de seguir órdenes.
—¿August? —le llama Emma entre dientes.
—¿Sí, sheriff? —pregunta con una sonrisa radiante, formando un contraste agradable con su ceño fruncido.
A veces, Emma odia lo alegre que es.
—Sobre el informe de las infracciones de tráfico de la semana pasada…
—Lo dejé en tu escritorio —puntualiza con rapidez August.
—Lo sé, lo estoy leyendo ahora mismo. Mejor dicho, intentándolo.
—¿Hay algún problema?
Emma exhala despacio, pellizcándose el puente de la nariz.
—¿Recuerdas lo que te dije la semana pasada, ¡demonios!, y la anterior?
—No sé, sueles decir muchas cosas —dice August con una sonrisa de medio lado. Es lo suficiente listo para dejarlo cuando los ojos de Emma se tornan peligrosos—. ¿Específicamente sobre mis informes? Dijiste que eran un poco locuaces…
—Un poco locuaces es un eufemismo —gruñe Emma—. ¿Qué te dije que hicieras?
—Me dijiste que dejase el sombrero de escritor en casa, y también los impulsos de escribir novelas en vez de informes policiales.
—Es una bonita manera de decirlo. ¿Pero, cuales fueron mis palabras exactas?
August se rasca la parte de atrás del cuello, con mucha vergüenza.
—Uh… «deja la diarrea verbal, o válgame Dios, meteré mi puño en tu garganta y te ahogaré con él…» — murmura débilmente.
—Sí. —Emma levanta las cejas con los labios formando una fina línea—. ¿Debo llamar a un exorcista, entonces? Porque veo con claridad que sigues poseído por el fantasma de Shakespeare.
—Oh, venga Emma, los informe de infracciones de tráfico son tediosos de escribir porque son aburridos. No hay nada malo en querer ponerles un poco de chispa.
Durante un breve momento, Emma cierra los ojos, agradeciendo poderosamente que Regina ya no esté trabajando en el ayuntamiento. La Alcaldesa Mills tenía la manía de meter las narices donde no la llamaban, la mujer conseguía estar en los asuntos de todo el mundo, en los de Emma, para ser más precisos. Eso incluye todo cuanto pasa en el Departamento del Sheriff. Si la Alcaldesa Mills llegase a leer alguno de los informes de August, bueno, le saldría una hernia.
—August —comienza Emma, con voz calmada pero rezumando peligro—. Hasta que no te abofeteen con el carné de conducir y no te metan los papeles por el culo, no tienes que escribir sus reacciones mientras les pones la multa. ¿Me has entendido?
—Lo pillo, jefa. —August asiente de manera hosca, probablemente haciendo las cuentas mentales de cuántos informes tiene que deshacerse y empezar de nuevo.
—Tampoco tienes que describir lo que llevan puesto —añade Emma un momento después con otro de sus informes en la mano, con los ojos verdes inyectados en sangre paseándose por las partes donde su ayudante describe con perturbador detalle la ropa de la vieja señora Mitten. Hablando de exceso de información. No necesitaba saber que a la dama no le gusta llevar sujetador cuando conduce.
—Andamos escasos de espray de pimienta.
Emma levanta la vista para encontrar a Ruby delante de su escritorio. Enfatizando sus palabras, su segunda al mando zarandea un bote vacío del espray de pimienta.
—Presenta una petición, Rubes. Ya conoces el procedimiento.
—Porque lo conozco, es por lo que te lo estoy contando. Si presento una petición tardará días en procesarse.
—Bueno, así es la burocracia.
—Em, los necesitamos ya. —Ruby se encarama al borde del escritorio y alza las piernas en el aire—. Mañana es el desfile.
—¿Y?
—Necesitaremos el espray de pimienta.
—No, no lo necesitaremos. —Emma centra su atención en otra pila de archivos que con diligencia ha ido descuidando a lo largo de la semana. Las palabras bailan ante sus ojos, recordándole una vez más porque odia hacer el papeleo. No tiene la concentración suficiente para ello.
—Pero, Em…
—En serio Rubes, dudo mucho que alguien en Storybrooke vaya a causar una revuelta en el desfile de carrozas rebosantes de calabazas, manzanas y hojas secas. Eso sería muy triste.
La siempre insistente Ruby se mantiene en sus trece, negándose a olvidar el asunto.
—Emma, la Abuelita regala cerveza durante el festival, y durante los últimos veintiocho años siempre ha habido alguien que ha acabado rociado con espray de pimienta durante el desfile.
—Lo sé, y según los antiguos archivos de Graham, ese alguien está sentado ahí mismo.
La rubia inclina la cabeza hacia el hombre desparramado contra su escritorio unos cuantos metros más allá, babeando sobre el informe de presupuesto que le ha pedido hace una hora. Está literalmente durmiendo en el trabajo, y a plena vista de sus superiores. Leroy tiene unas buenas pelotas, eso se lo reconoce.
—Y desde que nuestro querido y viejo Gruñón es parte del equipo, estoy bastante segura de que este año se abstendrá con la bebida.
—¿Estás segura? Leroy se tomó unas cuantas cervezas con los enanitos ayer. Ahora mismo está durmiendo la mona. Un montón de gente estará por ahí borracha como una cuba, para él será una tortura. —Ruby se pone a su altura con una mirada cómplice. Las viejas costumbres nunca mueren. Aunque no lo hubiese hecho en su antigua vida, Leroy se pasó las dos últimas décadas como el borracho de Storybrooke. Ruby lo sabe de primera mano, fue ella la que le sirvió los tragos durante esos años—. ¿Qué tarea le has asignado?
—Seguridad. Estará al cargo de vigilar el final del desfile con August. Nosotras estaremos al principio.
Ruby hace un sonido profundo en la garganta ante las palabras, dejando que la información se asiente en su cabeza. Pasado un momento, comprende todo el asunto. Arquea una ceja mirando a Emma.
—Las monjas están en la última carroza.
Emma sonríe con superioridad, con apariencia de estar satisfecha consigo misma. Y, ciertamente, lo está.
—Precisamente. No creo que tenga la tentación de acercarse a la cerveza gratis del estand de la Abuelita cuando, en esencia, le he dado permiso para comerse con los ojos el culo de la hermana Astrid todo el día.
—Bravo, sheriff Swan. Diez puntos por la astucia. —Ruby aplaude en beneficio de Emma. Se aparta de la mesa y sale de la oficina de su jefa a paso tranquilo, pero antes murmulla en voz baja por encima del hombro—: Todavía creo que deberíamos tener reservas de espray de pimienta, por la tradición y todo ese rollo, ya sabes.
Emma se ríe.
—Confía en mi Rubes, mañana vamos a romper la racha de Leroy de veintiocho años. Espera y verás.
—¿No te preocupa que alguien más cause problemas?
—No, es un desfile organizado por las hadas religiosas y los niños del orfanato, solo un desalmado intentaría causar problemas.
Emma sacude la mano quitándole importancia.
Tal vez es un mal procedimiento para un sheriff ser tan displicente sobre estos asuntos (considerando que tiene una alarma por fisura y maleantes como Rufio y sus Niños Perdidos merodeando por ahí), pero el cerebro de Emma está tan frito por leer todo tipo de formularios e informes que, ahora mismo, le importa un comino.
—Te aseguro que nada saldrá mal.
Famosas últimas palabras.
[X-X-X]
Resulta que no estaban buscando tan a fondo como ellos creían.
Una fisura se ha abierto en el bosque después de que se lanzase un poderoso hechizo, pero han hecho falta seis días completos para que una criatura del ruinoso Bosque Encantado tropezase con ella y entrase en su mundo.
Las fisuras son portales unidireccionales, un puente que conecta el Mundo de los Cuentos con Storybrooke. Ahora que la magia tiene un nuevo hogar, la tela entre ambos mundos se ha desgastado, permitiendo que un hechizo lo bastante poderoso cause roturas que podrían usarse como portales para transcender a un nuevo mundo desde el viejo. Esas roturas son fisuras. Y por desgracia para las pocas personas de la ciudad que deseaban volver al Bosque Encantado, las fisuras solo traen seres del Mundo de los Cuentos a Storybrooke, no al revés. Están atrapados en Maine, como todo el mundo.
Michael Tillman está acampando en el bosque con sus hijos en esta fatídica mañana cuando Storybrooke se ve acosada de nuevo por un visitante del otro lado. La fisura ha aparecido cerca de dónde han levantado sus tiendas, con un tamaño suficiente para que no la vieran en un primer momento y pasar su día sumidos en una agradable ignorancia ante el infierno que está a punto de desatarse. Tan pronto como siente que la tierra se sacude y ve la apertura de la grieta, abierta como una herida, Michael iza a sus hijos sobre los hombros y, abrumado por una oleada repentina de adrenalina, corre tan rápido como le permiten sus piernas. Ecos de rugidos amenazadores atraviesan el bosque, incitándolo a moverse más rápido, a un ritmo casi inhumano. Entre el miedo y la prisa por salir, deja atrás, en el campamento, sus pertenencias, entre ellas, el móvil en la mochila.
De vuelta a la ciudad no tiene manera de llamar y avisar a nadie durante el frenético y corto trayecto.
Las carreteras bloqueadas que les dan la bienvenida a la ciudad envían un escalofrío por su columna vertebral. Vencido por el pánico lo había olvidado. Hoy es el Festival anual de Otoño de Storybrooke. Y, por lo que parece, la fiesta y el jolgorio está en pleno apogeo. El desfile está a punto de comenzar. El rugido ensordecedor que lo ha atormentado en el bosque, se cuela a través del aire y provoca que el metal de su camioneta tiemble. Blanco como una sábana tropieza al abrir la puerta, se coloca frente a la multitud de gente que pulula por ahí y grita a todo pulmón:
—¡CICLOPE!
[X-X-X]
Si hace cuatro meses alguien le hubiese dicho a Emma Swan que estaría luchando contra un gigante uniojo —esta vez en el medio de Main Street y justo en el inicio del desfile del Festival de Otoño—, habría puesto los ojos en blanco y se partiría su bonito culo.
Bueno, ahora seguro que no se está riendo.
—¡Coño…! —aúlla, ganándose una muy poco elegante zambullida a la acera, comiendo asfalto en el proceso.
Una calabaza de madera gigante le pasa rozando la cabeza y falla por unos míseros centímetros. El proyectil naranja golpea el poste de la luz que hay detrás de ella, astillándose en mil pedazos. Emma hace un gesto de dolor ante el espectáculo. Marco ha estado trabajando en eso durante una semana, y, maldita sea, si no estuviera tan ocupada corriendo por su vida, está segura de que se enfadaría.
Al parecer, Leroy, está más que contento de estar enfadado por ella.
—¡Eh! ¡Por aquí feo pedazo de mierda!
Gateando para cubrirse detrás de una de las carrozas abandonadas, Emma tiene la oportunidad de echarle un vistazo al hombre fornido arrojando piedras al monstruo, que está causando estragos en los alrededores. No sabe si estar impresionada por su coraje o molesta por su imprudencia. Bien, loco o no, Leroy es un hijo de puta valiente. Como mínimo, tiene que felicitarlo.
Después de todo, no hay mucha gente que tenga el coraje de hacer frente a un cíclope de cuatro metros (al parecer, es uno de los pequeños).
Y si no temiese por su vida y por la de aquellos a los que había jurado proteger, habría encontrado graciosa la curiosa —pero algo formidable— visión de un enano enfrentándose al primo feo del gigante de las judías mágicas. Es similar a David y Goliath; salvo que su malhablado ayudante no parece hacer el daño suficiente para confundir o derrotar al monstruo de circo uniojo. Como mucho, Leroy solo parece provocar el temperamento del cíclope.
La recién desmantelada carroza de Mary Margaret puede dar fe de ello.
—¡Apunta al ojo! —sugiere Emma para ayudar.
Quizás puedan matar a un cíclope de la manera en la que se debe matar a un ogro.
—¡Es lo que estoy haciendo! —le grita Leroy, tirando sus reservas de piedras con una sorpresiva falta de precisión.
El cíclope, que es un objetivo grande, es fácil de golpear. Pero, darle a ese ojo enorme, inyectado en sangre, mientras se mueve, es una tarea casi imposible.
—¡Emma! —escucha una voz llamándola desde el otro lado de la calle.
—¡Por aquí!
Unos segundos más tarde, una Ruby sin aliento se acuclilla a su lado con la cara enrojecida por la carrera que se ha marcado.
—Todo el mundo ha ido al hospital. Whale está tratando a los heridos, nada serio, solo heridas superficiales. Me he ido cuando han llegado Blanca y Encantador.
—¿Y Henry?
—Está bien. Un poco alterado, pero está bien.
Emma deja escapar un suspiro cansado al sentir cómo su cuerpo libera tensiones. Él está a salvo, eso es lo importante.
—¿Y Regina?
—Henry ha dicho que la llamaría en seguida y le explicaría lo que está pasando.
Emma asiente y toma una bocanada de aire, sintiéndose inesperadamente cómoda al saber que Regina, seguramente, está de camino. Se sentirá más confiada acerca de las posibilidades de sobrevivir a esta terrible experiencia con Regina y su magia al lado.
Un sonoro rugido llena el aire y ambas mujeres respingan por el ruido. Una scooter vuela sobre sus cabezas e impacta en una furgoneta. Ruby y Emma, que están viendo la carnicería con los ojos muy abiertos se encogen al oír el aullido de agonía de Leroy. Esa es su scooter. ¿Y la camioneta que estaba aparcada? Pertenecía a las monjas.
Este día se pone cada vez mejor.
Ruby echa un fugaz vistazo a su enemigo uniojo, le da un codazo a Emma y dice en un tono monocorde:
—Observa el enorme ojo de esa cosa. ¿No desearías tener algo de espray de pimienta ahora?
Si no fuese por el hecho de estar en una situación de vida o muerte, Emma se reiría.
—En la próxima reunión del consejo, recuérdame que pida a la ciudad que pongan pasta para un camión de bombero que rocíe gas lacrimógeno.
—Recibido, sheriff.
Dándole a Emma un ligero golpecito en la espalda, Ruby sale hacia el otro lado de la calle, con los ojos fijos en el revólver que se le ha caído por accidente a Leroy cerca de la barricada y con gran agilidad se lanza a por él.
Mary Margaret y David —a quienes Emma todavía no puede llamar por sus verdaderos nombres desde que la maldición les devolvió a todos sus recuerdos— se fueron antes para escoltar al Hada Azul hasta el lugar donde Michael levantó el campamento, asegurándose de que ninguna otra criatura surgía de la fisura cerrándola con la magia de las hadas. Prometieron volver tan pronto como pudieran para ayudar con el gigante, pero Emma rechazó su ayuda, insistiendo en que deberían ir y proteger a la gente atrincherada en el hospital en su lugar. Ellos intentaron quedarse aquí, pero si por alguna razón, Dios no lo quiera, no pudieran evitar que el cíclope abandonase Main Street, necesita a sus padres como última línea de defensa. Ellos pueden arreglárselas. Todos ellos pueden. David tiene su espada, Mary Margaret tiene su arco y flechas, y Emma, bueno, ella tiene su fiel pistola y su alegre banda de viejos ayudantes.
—¡Me estoy quedando sin piedras! —Leroy salta hacia un lado, justo a tiempo de evitar que un barril de roble le golpee. Por un segundo, la situación le recuerda a Emma a Donkey Kong, pero deshecha el pensamiento cuando ve que una tapa de alcantarilla casi le arranca la cabeza. Leroy le gruñe—: ¡Date prisa y haz algo, hermana!
—¡Solo conozco ese rollo del ojo y no está funcionando! ¿No sabrás algún otro punto débil de los cíclopes, no? —le grita Emma, lanzando una miradita a la vuelta de la esquina.
Corre a toda prisa cuando ve al cíclope inclinándose para lanzar un banco en su dirección.
—Si la supiera, no estaría jugando al balón prisionero con él, ¿no crees? —gruñe Leroy y rueda hacia un lado, mostrando gran destreza para alguien cuyo único ejercicio, hasta hace unos meses, consistía en levantar la cerveza hasta los labios.
—Increíble… —murmura Emma para sí misma.
Desenfunda la pistola y coge aire, sus ojos se mueven en todas direcciones, tratando de evaluar su próximo movimiento. Sus manos están pegajosas, y aun que está agarrando el arma con firmeza, se siente inútil con ella.
Es la misma sensación que tuvo durante su breve viaje al Mundo de los Cuentos, cuando un ogro convirtió con facilidad su viejo revólver en una pelota irregular de metal.
Las pistolas son bastante inútiles contra criaturas sobrenaturales. Ahora lo sabe.
Por desgracia, otra pobre alma de su equipo lo descubre cuando August salta de su escondite y dispara con su escopeta al cíclope a quemarropa. Dándole a ese cabrón justo en la pierna izquierda logrando que se tambalee, y, aunque la herida le sangra, el cíclope se la frota como si no fuese nada más que el minúsculo corte de un papel. No es ninguna sorpresa que se desquite golpeando con fuerza a August, enviándolo lejos como a una mosca, lo último que ve Emma de su ayudante es a él volando por los aires como un muñeco de trapo y estrellándose en el escaparate de la tienda de el señor Gold.
Ruby salta a por él, ágil como un lobo, y su grito tranquilizador de «¡está vivo!» consigue deshacer el nudo de preocupación que se ha creado en el estómago de Emma. Nadie va a morir bajo su custodia, no si puede evitarlo.
Leroy sigue haciendo sus acrobacias, saltando y escurriéndose en el medio de la calle, intentando captar la atención del cíclope hacia él para concederles a sus compañeros algo de tiempo para idear un plan de ataque.
Y por compañeros, solo puede significar una Ruby ocupada, un August herido y, por supuesto, una Emma inútil.
Dicha rubia afirma su decisión. Viendo que sus ayudantes están o incapacitados o preocupados con otros asuntos más importantes, depende de ella, la sheriff, dar con la solución perfecta para su gran pequeño problema.
Eh, pero sin presiones, para nada.
Emma cierra los ojos por un momento regulando la respiración. Está claro que las probabilidades no están a su favor. Pero, ¿cuándo lo han estado?
En ese momento, como si de una intervención divina se tratase, lanza una mirada preocupada hacia la ventana rota de la tienda de Gold y ve su salvación. Esperaba ver a sus dos ayudantes que siguen dentro, pero lo que ve provoca que una oleada de emoción le recorra el cuerpo, dejándola con una sensación eléctrica en la piel.
Entonces recuerda a uno de sus viejos padres de acogida, al que le gustaba pulir sus armas al lado de la chimenea después de la cena del domingo.
—Niña —la llamó una vez, cuando la pilló mirando su ritual desde detrás del sofá. Tomó un buen trago de su vaso de bourbon antes de coger un trapo y pasarlo por toda la superficie de su pistola 9mm—. Créeme, no hay ningún problema en este mundo que no puedas solucionar si tienes un arma en una mano y un vaso de un buen licor en la otra.
Emma tenía ocho años por aquella época, por eso apenas podía entender de qué demonios estaba hablando. Ella sabía que estaba un poco loco, por eso nunca le prestó atención a las tonterías sin sentido que vomitaba día sí, día también. Dicho esto, disfrutaba tomándole el pelo de vez en cuando.
—¿Y si el problema es demasiado grande?
Entonces sonrió, una amplia sonrisa que enseñaba los dientes que le faltaban.
—Eso es fácil, pequeña. Solo tienes que encontrar un arma más grande.
Y eso, es lo que va a hacer.
Respirando con mayor facilidad desde que empezó todo este lío, observa rápidamente al cíclope, asegurándose de que Leroy todavía tiene su atención, antes de lanzarse a la carrera hacia la tienda destrozada de Gold. No le cabe duda de que pedirá que el ayuntamiento le pague los destrozos de la tienda cuando vuelva a Storybrooke, pero esa es la menor de sus preocupaciones. Los cristales rotos crujen bajo sus botas mientras brinca hacia la tienda, el sonido de la campana encima de la puerta es un duro contraste con el ruido caótico que se escucha fuera. Ruby y August están en el suelo, la primera atendiendo las heridas de guerra del último.
Emma se arrodilla al lado de ambos.
—¿August? ¿Estás bien?
—Mi p-padre me talló e-en palisandro, es una de las maderas m-más duras, o eso es lo que dice. C-creo que viviré.
El herido intenta bromear pero falla de manera miserable, retorciéndose ligeramente y siseando de dolor cuando Ruby tapa la herida del muslo con un pedazo de tela para aplicar presión y para la hemorragia.
—Aguanta, colega. Pronto te llevaremos al hospital. Solo necesitamos deshacernos de un amigo uniojo —dice Emma en un tono amable y dulce, apretándole el brazo en un gesto reconfortante.
Siente algo caliente y húmedo en la mano; no necesita mirarse los dedos para saber que ahora los tiene teñidos de rojo. Su brazo no está tan grave como su pierna, pero tiene el bíceps cubierto de cortes desagradables. La sangre la paraliza y verla deslizándose con libertad por la pierna herida de su ayudante agrava su miedo, pero patea lejos su incomodidad y se obliga a concentrarse. Si quiere salvar a August necesita actuar ya.
—¿Ruby? Sé que no es el mejor momento pero, ¿puedes echarme una mano?
Una mirada de duda se plasma en la cara pálida de Ruby y, durante un segundo, Emma cree que podría negarse. Pero entonces, August coge la mano temblorosa de Ruby con la suya, temblando también, y asiente con un ligero movimiento, dándole permiso para apartarse de su lado. El sangrado más profuso ha parado, pero ha perdido mucha sangre. Puede aguantar por ahora, pero si no se van antes de una hora podría perder la pierna… o peor, la vida.
—¿Tienes un plan? —Ruby se gira hacia Emma, con la expresión tan seria como la sangre que le chorrea de las manos.
—Las piedras y las balas no son suficientes para derribar a ese cabrón. Necesitamos un arma más grande.
Los ojos de Emma brillan decididos, y con lentitud, posa la mirada en el escaparate en el que ha impactado August.
Ruby sigue su mirada y en un instante sus cejas suben alcanzando el crecimiento del pelo.
—Un arma más grande… —murmura bajito.
—¿Crees que funcionará?
—Averigüémoslo —dice Ruby con un gruñido vibrándole en la garganta y ojos peligrosos.
Emma tiene que admitir que la idea del cañón es brillante. Si no pueden alcanzarle en el ojo, tendrán que ir a por su cara. O su cuerpo. Cualquier parte sirve. En tanto haga un agujero a la criatura, está bien. No son quisquillosas.
[X-X-X]
—¿Y este es uno de los pequeños?
—Sí, los he visto más grandes.
—Entonces, ¿comparado con otros cañones, este es un bebé?
—Ajá
—El puto bebé más pesado que he visto nunca.
—Em…
—Lo siento.
Con cuidado, mantienen el cañón bajo y lo van arrastrando fuera de la tienda con rapidez y con toda la discreción que reúnen. Pesa un montón, y las ruedas necesitarían algo de aceite, pero se las ingenian para moverlo con la ayuda de la energía que están bombeando por el miedo y los nervios que corren por sus venas. Sitúan el cañón cerca de la entrada de un callejón, con cuidado de no llamar mucho la atención, escogiendo un lugar que está lleno de escombros. Por suerte, el cíclope se ha movido calle abajo y está demasiado ocupado para ser consciente de que ellas están entrando y saliendo de la tienda de empeños, trasladando todos los objetos que estaban en el escaparate con el cañón. Leroy todavía mantiene distraído al cíclope, y el mero hecho de que no esté estampado en el suelo como una tortita no es solo prueba de su elasticidad, sino de su habilidad para esquivar. Es un cabrón escurridizo, ese es Leroy. Si consigue salir vivo de este embrollo, Emma cree que no se merece nada menos que una condecoración. Joder, seguramente le dé una a cada uno de sus ayudantes. Todos merecen una medalla.
Esparcen las cosas delante de ellas y las dejan cerca del cañón: una esponja sucia atada a una barra, un par de trapos, una caja de madera llena de pólvora, dos balas de cañón, una vara de acero, algo de papel de aluminio, una caja de cerillas y una espoleta para el cañón.
Disparar una pistola es fácil. Apuntar y disparar. Cualquiera puede coger una pistola y dispararla (acertar al objetivo es otro asunto). Sin embargo, un cañón es un juego totalmente distinto. Aturdida por el surtido de materiales a sus pies, Emma se vuelve hacia Ruby y pronuncia las únicas palabras que le atraviesan el cerebro:
—¿Ahora qué?
Por suerte, Ruby no parece tan ignorante como ella sobre la mecánica para disparar cañones, y pronto se pone a trabajar. Emma observa, un poco desconcertada, la manera que tienen los dedos de Ruby de formar un pequeño envase de papel de aluminio para la pólvora.
—Este es el cañón de Jackson… —dice Ruby, con voz calma y ojos enfocados en la tarea que tiene entre manos. Señala con la barbilla el objeto que parece un bastoncillo gigante—. El cañón debe estar limpio, coge la barra y limpia el orificio.
—¿Te enseñó a dispararlo? —pregunta Emma, haciendo lo que le ha dicho y frotando el interior del cañón.
Inserta la barra dos veces y la gira dentro, asegurándose de que la esponja lo coge todo.
Ruby permanece en silencio por un momento, perdida en sus pensamientos, antes de morderse el labio inferior y asentir débilmente.
—Frota, coloca la pólvora, el algodón y dispara.
Emma levanta una ceja cuestionándola.
Ruby se encoge de hombros, coge la barra de metal y con mucho cuidado inserta el papel de aluminio con la pólvora en la caña con ella. Aplica la misma cantidad de atención cuando se pone con el detonador.
—Durante nuestra segunda cita, Jackson lo llevó a la playa y disparó una bala al océano para impresionarme. Siempre ha sido un poco creído. Se metió en un montón de problemas por eso, Regina lo tuvo encerrado durante dos días. Tuve que pagarle la fianza.
A Emma no se le escapa el leve suspiro que abandona los labios de Ruby, pero decide no presionar. Todavía quedan sentimientos sin resolver ahí. Pero este no es el momento ni el lugar para tener una charla seria sobre el ex de Ruby. Tienen un monstruo uniojo que matar.
Durante los siguientes momentos de agonía, la atención de Emma vuela entre Ruby y Leroy; manteniendo un ojo también —no es una pullita— en el cíclope. Es muy consciente de su entorno, razón por la cual casi tira el algodón de las manos de Ruby cuando el cíclope abre un agujero justo en la ventana de la boutique de Sebastián enviando fragmentos de cristal por todas partes.
—Cuidado, Em. No quiero que la pólvora de dentro se salga. —Ruby le brinda una mirada de reproche mientras se asegura de que el algodón queda bien colocado encima de la pólvora.
—Lo siento —murmura Emma, guardando sus inquietas manos para ella.
—Estoy segura de que eso es todo… —dice Ruby pasado un momento, limpiándose las manos en los muslos de sus pantalones de cuero—. Lo único que queda es cargar y disparar.
La bala de cañón pesa casi una tonelada, a Emma le tiemblan las manos cuando levanta una. Si no hubiese sido tan diligente sobre ir al gimnasio tres veces a la semana, está segura de que la hubiera dejado caer sobre sus pies. Ruby corre a ayudarla y, juntas, la deslizan por la caña con mucho cuidado.
—Venga, vamos a hacerlo… —Emma flexiona los dedos y deja escapar un suspiro entre los labios. Solo tienen una oportunidad para hacerlo bien. Si fallan, seguramente no tengan tiempo para volver a cargar el cañón antes de que el monstruo vaya a por sus cabezas—. ¿Cuánto tiempo tenemos tras encender la mecha?
—Tres segundos como mucho.
—Bien, voy a hacer que Leroy atraiga al grandullón al medio de la intersección. Tan pronto como el cíclope esté a un paso del semáforo, prendemos la mecha.
—Eh, Em…
—¿Qué?
—¿No tendrás un mechero contigo, no? —pregunta Ruby, enseñándole la caja de cerillas vacía.
—¡Leroy! —grita Emma por el walkie-talkie enganchado a la tira del hombro de la chaqueta de sheriff—. ¿Me oyes?
La radio crepita durante un segundo antes de que una voz ronca familiar responda con un gruñido sin aliento.
—Genial, escucha bien. Ruby y yo estamos cerca del callejón que está al lado de la tienda de zapatos. Tenemos un cañón cargado y preparado. Necesito que dirijas a ese cabrón al centro de la intersección. ¿Me copias?
—Alto y claro, hermana.
—Bien, tan pronto como pases a nuestro lado, lánzanos tu mechero.
—¡No tengo ninguno!
—¡¿Por qué narices no tienes?! —chilla Ruby directamente en la radio, y Emma se estremece en consecuencia.
—¡He dejado de fumar!
—¡¿Desde cuándo?! —preguntan al unísono las dos mujeres.
—Nova
Ambas ponen los ojos en blanco.
—Vale, retrasaremos el plan hasta que encontremos un mechero. Volveré a avisarte por la radio cuando estemos preparadas.
—Recibido.
—Mantente con vida, Leroy.
—¿Sí? Entonces daros prisa de una puta vez.
—Vigila el cañón, intentaré buscar un mechero en la tienda de Gold.
—Vale, date prisa.
Emma asiente mientras Ruby se aleja, saca la pistola y se agacha junto a la artillería antigua.
Gotas de sudor le perlan la frente cuando la tensión embarga su cuerpo una vez más. Si el cíclope la ve aquí, es mujer muerta. ¿De qué sirve una diminuta pistola contra un gigante de un solo ojo?
Tras un agonizante minuto, parte de la tensión desparece de sus hombros en cuanto ve por el rabillo del ojo una cabeza de cabello oscuro acercándose a ella.
—Dios mío… —exhala Emma con alivio.
—Con Regina es suficiente, querida.
—Has tardado bastante en llegar. —Emma mira de soslayo a Regina y sonríe, la primera sonrisa auténtica desde que el cíclope se ha plantado en el desfile.
—Me imaginé que usted y sus ayudantes serían capaces de arreglárselas con un pequeño cíclope —dice Regina secamente con una sonrisa irónica en los labios. Barre la calle con los ojos y hace un mohín ante la carnicería—. Estaba equivocada.
—Pronto le devolveremos el golpe.
Emma da palmaditas al cañón que está a su lado y pasa los dedos por la caña, sin darse cuenta de que está ensuciando el metal con la mano, gracias a la bala del cañón y a la sangre de August.
Al verlo Regina se crispa.
—Está herida.
—¿Eh?
Antes de que Emma pueda reaccionar, Regina le coge la mano derecha e inspecciona su palma y dedos sangrientos, tiene el ceño fruncido con tanta profundidad que le deforma el rostro, por lo general, estoico.
—¿Dónde está la herida?
—Estoy… estoy bien… —murmura Emma, de repente con dificultad en el habla—. Es August el que está herido.
Regina le suelta la mano, con suavidad, en una manera muy poco típica de Regina, y de inmediato Emma siente un tirón en el pecho por la pérdida. Se aclara la garganta y se recompone, centrándose en la importante tarea que tienen delante.
—¿Regina? Necesito que me toques.
—¿Qué?
Emma pasa por alto la manera cómica con que la mira Regina, y en su lugar inclina la cabeza hacia el cañón.
—Leroy va a llevar el cíclope hasta allá. Necesito que uses tu magia para encender la mecha cuando llegue el momento de disparar.
—Vale, eso puedo hacerlo. —Regina asiente.
—Rubes —dice Emma por el walkie-talkie—, coge el coche patrulla, está aparcado en la esquina de la casa de empeños y lleva a August al hospital.
—¿Qué pasa con…?
—Regina está aquí —interrumpe Emma—. Todo irá bien ahora.
Emma siente, más que ve, la mirada seria que le lanza Regina al oír sus palabras y la confianza que hay en ellas. Lo que ha dicho, lo siente de verdad. A grandes rasgos, tener a Regina aquí, armada con su magia, su confianza y todo lo que la hace tan formidable, es garantía suficiente de que van a salir de ahí con vida.
—¿Leroy? —contacta Emma por radio a su ayudante.
—¿S-sí?
Se le nota la falta de aliento.
—Estamos listas. Cuando estés preparado, tráelo.
—Ya e-era hora, hermana.
Emma se levanta y mira a lo largo de la calle hasta donde se encuentran Leroy y el cíclope jugando a una versión retorcida del escondite. Leroy se esconde detrás de un coche y entonces el cíclope trata de acabar con su vida aplastando el vehículo con los puños. Están avanzando por toda la calle bailando esa danza extraña, dejando coches destrozados a su paso. Las compañías de seguros van a tener mucho que rascar cuando todo esto haya acabado.
—Tenemos dos minutos —estima Emma, girándose hacia Regina y extendiendo una mano en ayuda.
Tira de la mujer para levantarla y ambas se posicionan detrás del cañón, con cuidado de no situarse demasiado cerca del arma, tiene mucho retroceso cuando se dispara.
—¿Está segura de que podremos golpear a esa cosa, sheriff?
Emma se encoge de hombros sin tener ni idea.
—Es grande, si no le damos en la cara o en el pecho, con suerte le daremos en la entrepierna. Si eso no consigue que caiga sobre sus rodillas, no sé qué lo hará.
Regina alza una ceja pero lo deja pasar.
Emma ofrece su mano una vez más, pero en vez de tocarla, Regina flexiona los dedos y decide probar sus poderes sin la asistencia de Emma. Para alivio de ésta, Regina tiene la sangre fría de apuntar en la dirección opuesta.
Un movimiento de muñeca y el aire explota… en miles de luciérnagas.
Emma ahoga una carcajada.
—Gran trabajo, Majestad, pero no creo que las luciérnagas puedan usar su luz para encender un fuego.
Regina se pone colorada hasta el cuello y pone los ojos en blanco a la rubia.
—Uno de estos días podré conjurar un dragón en vez de una libélula. Veremos si eso le gusta.
—Ya he asesinado a un dragón. Creo que podré hacerlo otra vez —dice Emma con una sonrisa altanera, ganándose otros ojos en blanco por parte de la morena.
Una sucesión de temblores las hace mirar en la dirección de Leroy. El pobre hombre está empapado en sudor con la cara roja casi púrpura. Está corriendo tan rápido como se lo permiten sus piernas, con el cíclope pegado a los talones.
—Un minuto —murmura Emma.
Esta vez toma la iniciativa y coge la mano de Regina.
Siente la acostumbrada oleada por la transferencia de energía desde su cuerpo al de Regina, pero a diferencia de las ocasiones anteriores, ya no siente náuseas. Puede que se deba a toda la adrenalina que le ruge en las venas, o a lo mejor se está acostumbrando.
Esta vez, cuando Regina hace el movimiento de muñeca, una bola de fuego le aparece en la mano libre.
—Hace cuatro meses, ¿se te habría ocurrido pensar que estaríamos haciendo cosas calientes juntas?
La bola de fuego aumenta su fulgor al escuchar esas palabras. Emma suprime una sonrisa y finge no darse cuenta.
—Señorita Swan —la advierte Regina.
—Solo digo que cuando nos tocamos surge el fuego. No hay cosa más caliente que esa —dice Emma en tono inocente.
Regina la mira por el rabillo del ojo.
—Se ha tomado nota de su comportamiento inapropiado en situaciones de vida o muerte, sheriff Swan. Ahora, si pudiera dejar a un lado los dobles sentidos, creo que tenemos un cíclope que matar.
Emma sonríe de oreja a oreja antes de centrar toda su atención en su amigo uniojo.
—¡Es todo vuestro! —grita Leroy mientras corre hacia el medio de la intersección con el cíclope unos metros por detrás.
—En sus marcas… —le dice Emma a Regina—. Preparadas… y… fu… ¡oh mierda!
Todos sus temores sobre el cañón fallando el objetivo se convierten en problemas del pasado, de repente el cíclope capta el brillo de la bola de fuego en la mano de Regina, abandonando la búsqueda de Leroy y saliendo disparado hacia ellas. Está tan cerca que es casi imposible fallar.
—¡Fuego fuego fuego fuego fuego fuego fuego fuego fuego fuegooooooooo! —chilla Emma entrando en pánico.
Regina, regia como siempre, es la viva imagen de la calma. Con un gesto casual de muñeca envía una pequeña bola de fuego a toda velocidad hacia el cañón y prende la mecha.
El cíclope está tan cerca que cuando ruge, el pelo se les vuela hacia atrás y ambas ponen una mueca ante el fétido aliento.
Ruby está algo fuera de onda. No son tres segundos. Son solo dos. Sin previo aviso, el cañón dispara y retrocede una buena distancia. Nubes de humo blanco se arremolinan a su alrededor, haciendo toser a Emma y que la nariz de Regina se arrugue en disgusto.
Los oídos les zumban y les cuesta respirar.
Pero nada de eso importa.
La explosión que ocurre tras el impacto, colapsa y truena a través de la calle como si se tratase de una bomba nuclear.
La bala de cañón atraviesa el pecho del gigante, yendo directa al corazón del cíclope y, tan pronto como golpea el órgano, el monstruo explota en pequeños trozos. Llueve sangre en Main Street. Piezas de cíclopes salen volando en todas direcciones. Cayendo en las copas de los árboles, en las fachadas de las tiendas, en los coches, y sí, incluso encima de un pobre Leroy sin aliento. Emma se ríe por dentro. No sabía que su ayudante fuese capaz de arrancarse un intestino delgado que le ha quedado como una bufanda, pero es capaz. Ahora se merece dos medallas.
Gracias a Dios Regina ha tenido los recursos para conjurar una barrera segundos antes de que estallase el gigante. Una o dos piezas han atravesado la protección pero, por lo menos, se han salvado de un baño de sangre. Leroy, al contrario, continúa escupiendo sangre de cíclope y atragantándose en el medio de la calle. Emma hace un mohín. Sí, mejor que sean tres medallas.
—Bueno, esa ha sido suficiente emoción por un día. Si dijese que ha sido divertido estaría mintiendo —dice Regina con tono aburrido, apartando la mano del agarre de Emma.
Sin nada más que un vistazo rápido gira sobre sus tobillos y se va.
—Adiós, señorita Swan. Disfrute de la limpieza.
A Emma le lleva un segundo reaccionar. Se precipita tras la morena y casi resbala en el suelo teñido de rojo.
—¡E-Eh! ¿A dónde vas?
—A casa.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—¿No vas a ayudar?
—Ya lo he hecho.
—Venga. —Emma trota hasta hacer frente a la Reina Malvada y comienza a caminar de espaldas—. ¿No quieres ayudarnos a arreglar tu amada ciudad? Como ex alcaldesa, ¿no sería apropiado que te quedases y ayudases a limpiar a tus antiguos votantes?
—Me forzaron a abandonar mi oficina. —Apunta con la nariz al aire—. Esto es problema de su madre ahora.
—Henry quizás quiera ayudar también… —Emma menea las cejas, jugando sucio.
Regina la observa, sabiendo cual es el juego que se trae entre manos, y camina sin energía.
—Oh, venga, ¿estás bromeando? Necesitamos tu magia para limpiar esto rápido. Además, ¿estás haciendo servicios comunitarios, verdad? Dame una buena razón por la que debería dejarte ir… —la reta Emma levantando una ceja.
—Tengo cíclope en el pelo.
Esa es una respuesta que no se esperaba.
Emma observa como el labio superior de Regina se frunce en una mueca de asco mientras sujeta un mechón de pelo empapado lejos de su cara.
—De hecho, —Emma sonríe de medio lado— tienes algo en el escote también.
Regina trastabilla. La sonrisa de Emma se ensancha.
—Podría ser caballerosa y ofrecerme a quitártelo de encima, pero eso significaría tocarte las tetas —dice Emma con toda la seriedad que puede encontrar, esforzándose en no reír—. Y no sé yo, Majestad, pero si tocar tu mano es capaz de encender un fuego, y tocar tu brazo abre un portal a otro mundo, tocarte las tetas podría destruir la ciudad. Y después de pasar dos semanas sabáticas forzadas con Mary Margaret, prefiero este lugar al Mundo de los Cuentos.
La mirada fulminante de Regina podría fundir hierro.
Emma se encoge de hombros.
—Solo digo que soy el Caballero Blanco no el Heraldo de la Muerte.
—No, no lo es, señorita Swan, pero yo podría ser la suya.
—¿Mi caballero?
—Su muerte.
—Oh. —Emma junta los labios. Mira a Regina con su cara más patética y murmura un desesperado—: Quédate por favor.
Regina pone los ojos en blanco y retoma sus pasos, golpeando el hombro de la rubia al pasar.
Emma suspira por la derrota y deja de seguir a la morena. Parece que van a tener que arreglar este desastre sin la ayuda de la magia de Regina.
—No me voy a quedar.
—¿Hm? —Emma se gira y observa la espalda de Regina. La Reina Malvada sigue caminando, sin siquiera mirarla.
—No me voy a quedar —repite Regina—. Pero volveré.
Una sonrisa aparece en la cara de Emma. Está claro que Regina optaría por asearse ella antes que limpiar la ciudad. Ninguna otra persona valora más el orden y la limpieza que Regina Mills. A esto le añadimos una buena dosis de vanidad, y bueno, tienes a la mujer más organizada de Storybrooke.
—Estaré esperando —murmura Emma, mirando la retirada de Regina hasta que la pierde de vista.
En el momento que se da la vuelta, la rubia ve un anuncio que le provoca una sonrisa. Emma se acerca al estand abandonado de la Abuelita al otro lado de la calle, sacude la cabeza con asombro ante el hecho de que haya aguantado en pie y se agencia un botellín de cerveza fría. Coge dos más, se las pasa por el cuello con una mano y retoma su camino hacia el hombre empapado en sangre, sentado en medio de la calle.
Emma le acerca los botellines a Leroy con una sonrisa antes de dejarse caer a su lado con desgana. Le da un golpe en el hombro con el suyo, manchándose, sin querer, la chaqueta con sangre de cíclope, pero sin importarle lo más mínimo.
—Hay algunas más por allá, si quieres. —E inclina la cabeza en dirección al estand de la Abuelita.
—No bebo cuando estoy de servicio, hermana —murmura Leroy—. Me tomaré una cerveza cuando acabe el turno.
—Haz una excepción por hoy. —Emma se encoge de hombros—. Te lo has ganado.
Leroy la mira y sonríe.
—¿No hay espray de pimienta este año?
—Nos quedamos sin ella. —Emma le devuelve la sonrisa. Brindan con los botellines, beben un buen trago, y simplemente… se ríen.
[X-X-X]
Matar un cíclope, energizar la magia de Regina y limpiar la ciudad pasa factura.
Después de pasar dos días enteros en pie, el cuerpo exhausto de Emma ha tenido suficiente.
Está durmiendo, febril, en su dormitorio cuando entra Henry, vaso en mano y una caja blanca que le resulta familiar bajo el brazo.
Sube a la cama y coge una pastilla de la mesilla de noche, con cuidado de no derramar agua sobre el cuerpo enfermo. Sitúa la caja en la almohada, al lado de la cabeza de la rubia.
—¿Emma? —pregunta con suavidad, dándole un empujoncito en el hombro.
Emma se queja y se cubre más con las sábanas.
—Mamá dice que es hora de las medicinas —insiste Henry, apartando las sábanas con los pies.
—Chico, dame un respiro… —farfulla Emma, con la voz espesa por el sueño.
Henry le pone la pastilla en los labios.
—Si no te la tragas bajará ella misma y hará que te la tomes. Y ella no será tan amable como yo. Venga Emma, tómala y te dejaré descansar, ¿vale?
Sin molestarse en abrir los ojos separa los labios y deja que el chico le introduzca la pastilla en la boca.
—El agua —dice Henry.
Emma levanta un poco la cabeza y bebe del vaso que le sostiene Henry.
—Buen trabajo, Emma — la anima Henry y coloca el vaso en la mesilla de noche.
Emma le ofrece una sonrisa perezosa antes de dejar caer la cabeza de forma brusca sobre la almohada y quedarse frita otra vez.
Cuatro horas más tarde se despierta con baba reseca en la comisura de los labios y una sensación extraña a un lado de la cara. Tiene la mejilla derecha dormida. Cuando se la va a tocar sus dedos encuentran otra cosa en su lugar. Se ha dormido sobre una caja, y por eso la sensación de entumecimiento. No tiene ni idea de cómo ha llegado esa caja a su almohada. Puede que haya sido Henry.
Emma suspira y la abre sobre su cabeza, como es natural, la gravedad actúa y el contenido cae sobre su cara.
Otra lila.
Cómo ha sacado August el tiempo para enviarle una flor mientras se está recuperando en el hospital, es un misterio.
Emma coge la carta blanca que ha caído en su cuello y la abre. Escrita a máquina otra vez. Los ojos verdes desconcertados por la fiebre repasan las letras escritas. Una vez. Dos veces. Tres veces. Un gesto confundido se hace camino en sus facciones.
—¿Quién narices es Argos? —dice Emma con voz ronca para la habitación vacía.
Buen trabajo contra el cíclope. Mi parte favorita fue cuando te pusiste a gritar como una zorra.
– Argos
P.D.: Gracias por los tres mil pavos. Con el tiempo los tendrás de vuelta. Considera esto mi PAGARÉ.
