Después de la extraña versión de Jaken de la canción "Grip!" y escuchar a todos los seiyuu de este fandom tonteando, riendo e inventando su propia aventura, encontré la inspiración para continuar con la historia...


CAPÍTULO 4:

Mucho menos son caballerosos

Después de que Sango regresara del instituto, parecía haberse aferrado a una idea anormal, diferentea las que tenía diariamente. Desde el momento en que puso un pie en su apartamento supo que hoy las cosas serían algo diferentes. Tal vez incluso emocionantes.

Sango sólo levantó su mano en forma de saludo y pasó de largo para ir directo a su habitación. Miroku se había quedado inmóvil, sin creer el hecho de que no se había percatado del diminuto desorden, ni siquiera de que alguien había rasgado un lado del sillón —y, claro que no había sido Miroku, ya que él no podía ser quien se hubiera dedicado a jugar como si fuera un simple niño. Ni mucho menos porque la tela fuera tan suave y se sintiera como plumas al romperla con sus garras.

Ahhh.

Y cuando ella apareció de forma repentina con otra ropa, un pañuelo en la cabeza, una aspiradora y productos de limpieza comprobó sus sospechas de que algo le había ocurrido o iba a ocurrir.

—¿Qué pasa? —le preguntó, mientras observaba cómo Sango se ocupaba de limpiar la sala.

—Muévete o te aspiraré la cola —le dijo, moviendo ese aparato endemoniado. Miroku sólo saltó, alejándose de la aspiradora.

—¡No mi preciosa colita! —se encontró gritando y, después de escucharse, se sintió algo avergonzado por su acto de cobardía. Aunque, claro, se trataba de una parte de su cuerpo y por lo tanto era muy preciada. Después de toser para tratar de olvidar lo anterior, comenzó a hablar—: Entonces... después de que termines tu limpieza profunda anual, ¿saldremos a patrullar?

—No —ella contestó, mientras luchaba por limpiar una mancha extraña que se encontraba en la pantalla de la televisión.

Miroku esperaba que con lo concentrada que estaba Sango, no se diera cuenta de que pertenecía a su preciado helado de «fresas silvestres y frutas rojas con menta y un toque de pistache tropical, conmemoración del aniversario cincuenta» que él había comido en su ausencia, sin antes preguntarle si podía incluso respirar sobre él. ¿La razón del por qué había terminado un poco justamente ahí? Pues en eso él podría decir que no tenía la culpa, sino de los canales de televisión que se les ocurría poner cualquier tontería sobre su especie, ignorando el hecho de que él era susceptible a los enojos con respecto a ese tema.

«¿A esas escualideces le llaman "sexy"? ¡Mírenme, yo lo soy! ¡Ni siquiera hablo así de inexpresivo! ¡Boo! ¡Fuera!».

Él mismo se sorprendió al ver cuánta fuerza y puntería tenía con esa apariencia.

—Entonces, ¿primero será el alimento? —al parecer, a un pequeño gato no le quedaba tan bien la voz seductora.

—No es lo que quiero decir —Sango detuvo un instante su labor de sacudir, limpiar y trapear. Esa sí que era una habilidad oculta, pero poderosa—. Hoy no saldré.

—¿Por qué? —le preguntó, con sus ojos azules viéndose brillantes y enormes. Una mirada que decía «Acaso... ¿Me dejarás solito?». Nadie podría resistirse... a excepción de Sango, ella quien ya se había vacunado contra eso hacía un rato.

—Tengo mucho qué hacer —respondió, acomodando unos libros y cosas así, chucherías que Miroku había traído consigo al llegar—. Deberes, tareas... Estaré ocupada.

—Si es importante para ti... —le estaba dando la última oportunidad para cambiar de idea.

Sin embargo, ella no la tomó: —Lo es.

Miroku suspiró y comenzó a caminar rumbo a la salida: —Entonces, creo que iré con Inuyasha.

—¿Sabes dónde vive? —Sango se vio interesada ante eso. Seguramente después le estaría preguntando la dirección, número de teléfono y demás datos que le podrían servir para que Kagome y ella se volvieran best friends forever o como le dijeran las chicas de ahora a su tipo de amistad. En sus tiempos...

—Sí —contestó. De alguna forma se le había ocurrido intercambiar datos con Inuyasha (alguna vez podría necesitarlo). Aunque, claro, todos estos años de vida le habían servido para no ser tan confiado. Por eso, él no le dio su número de teléfono, sino el de alguien más.

—Compadeceré a Kagome —ella dijo sin dudarlo.

—¿Por qué? —y él todavía se atrevió a preguntar. Bueno, la verdad es que sólo quería conocer la reacción que ella pondría. En eso consistía gran parte de su diversión de este siglo.

—Ammm... —comenzó—. ¡Pues porque tendrá toda la diversión y terminará muy cansada! —Sango sonó animada, tanto que terminó su mensaje con un movimiento de brazo. Su sonrisa era tan falsa como el hecho de que Inuyasha y él pertenecían a un grupo de raperos multi-instrumentistas y con toques sinfónicos cuyo nombre era demasiado sensual como para poder ser pronunciado sin que una mujer cayera desmallada.

Aunque, ahora que lo pensaba, eso no sonaba tan mal...

—Noto tu sarcasmo, Sango.

—Sólo vete, ¿sí? —y él estaba a punto de hacerlo, no obstante, recordó su apariencia y el hecho de que así no podría salir. Sólo se encontró tocando la madera con su pequeña pata.

—Mmm, ¿me abres la puerta? —le pidió a Sango. Ella se acercó, lo observó y obedeció (claro, haciendo el triste intento de no reír en el proceso)—. Thank you, honey —Ahora a él le había tocado usar el sarcasmo.

—Habla bien —le dijo, continuando con la mirada hacia abajo—. No eres un extranjero.

—Eso es lo que piensas... —terminó su comentario con un guiñó. Un gato guiñando el ojo...

Mea culpa —se medio disculpó—. Pero es que yo no hablo en alienígena.

—Los extraterrestres son cosa seria —fue su frase de despedida. ¡Claro que eran un tema del que no se debía pasar por alto! Todos trataban de no verlo, pero ellos ya estaban en la tierra. Aunque sí, parecían algo tímidos los muchachos, mas sólo estaban esperando su momento...

...

La puerta sonó y, rápidamente, la habitante oficial del apartamento (al menos ella era quien pagaba la renta, la comida, el internet... Debía recordarse pedirle a Miroku una contribución), abrió.

—Sango-san —un muchacho de apariencia confiable la saludó con una sonrisa brillante. Siempre amable y de buen carácter. Sí, esos eran hombres y no tarugadas.

—Takeda-sama —dijo el nombre de ese alumno de su mismo instituto, ese con el que la profesora la había emparejado para que fuera su tutor (Gracias Miroku)—. Pasa —le dijo inmediatamente, casi olvidando que era un humano no un vampiro, así que no hacía falta una invitación oficial.

—Gracias —y él obedeció, encontrándose con una sala tipo comercial de televisión. Incluso él podría jurar que en cualquier momento alguien aparecería para invitarlo a comprar un cierto tipo de limpiador—. Vaya, Sango-san, tu casa... parece como si brillara.

—No es para tanto —ella dijo, intentando que sonara despreocupada, como si no le hubiera gustado el alago—. Así está siempre.

—Entonces eras muy ordenada —sí, alguna vez su apartamento estuvo ordenado y limpio que hasta creyó que podría ganarse un premio (si es que algo así existía). Fue en ese tiempo en que no tenía un vampiro que se quejara porque esa pasta dental irritara sus delicados colmillos y le quemara la lengua, por lo cual soliera escupirla.

A veces solía analizar bien la idea de querer tener hijos o no.

—Oh, Kirara —Takeda mencionó al momento en que acariciaba a su gata. Él la conocía porque su padre era veterinario y solía atenderla (a Kirara, no a Sango. Aunque sí había pensado en llevar a Miroku cuando se portaba mal).

—Creo que está feliz de verte —era cierto. Su amiga peluda no parecía querer despegarse de él.

—Tal vez —sólo sonrió. Pero su gesto se fue cuando observó algo en la alfombra—. ¿Eso es... sangre?

¡Diablos!

—¡Oh! Jajaja, claro que no —lo negó. Esperaba que él se la creyera porque, para ella, sonaba sobre actuada—. Sólo es una mancha de salsa. Qué imaginaciones las tuyas, Takeda-sama —y volvió a hacer su risa falsa.

—Sí, ¿verdad? —pareció creerle aun así. Pobre ingenuo—. ¿Por qué razón habría sangre derramada en tu apartamento? —y él también rió.

Si te lo dijera... pensó.

Después, Sango fue a la cocina por algo qué ofrecerle mientras él comenzaba a planear qué es lo que verían ese día. Todo era tan tranquilo, tan normal... Debió de presentir desde un momento que eso era muy escaso en su vida, por lo tanto...

—¡Auch! —Takeda se quejó desde la sala. Y ella corrió sin saber qué era lo que podría esperarse.

—¿Qué ocurre? —¿Acaso se trataba de un vampiro vengativo? ¿Yumi, Margaret y Fabiola se habían unido en una sociedad en contra de los hombres? ¿El señor del pan, con ayuda de su amigo el vendedor de aguar frescas, había contraatacado?

Sin embargo, él respondió: —No sabía que tenías otro gato.

—¿Qué? —Sango observó la imagen con atención como aquél que juega a encontrar a Willy, Foncy o como se llamara ese monito tímido.

Una mano herida por un rasguño. Unas gotas de sangre. Un gato erizado, enojado.

Un gato negro y de ojos azules.

¿Por qué no me llevas y dejas de hacerme sufrir?

—Discúlpame un momento —Sango dijo, después de haberse recuperado un poco. Él asintió y ella se llevó a la pequeña bestiecilla entre los brazos, sin preocuparse de ser considerada o no. No se iba a tomar molestias por quien le había mentido.

Entraron a su habitación y ella lanzó al gato malo hacia la cama.

—¡Más cuidado, Sango! —se quejó—. Muchas personas se sentirían tristes si algo le pasara a este cuerpo... —una almohada voladora logró callarlo por un momento.

—¿Qué haces aquí? —esa era la pregunta del millón.

—Nunca me dijiste que ibas a estar acompañada por un él —sonó serio, casi molesto.

—No pensé que fuera importante —tampoco pensó que sería muy buena idea el que ambos se conocieran. ¿Qué cosas podría hacer Miroku? ¿Tal vez buscar a su padre y pedirle fotos de su infancia para mostrárselas? «Y esta es cuando escapó desnuda porque no quería ser bañada. Ahhh, qué linda»—. ¿Cómo lo supiste?

—Súper oído —citó unos de sus súper poderes, uno que ella desconocía.

—¿En serio? —con Miroku no se sabía.

—No —sí, siempre una sorpresa—. La verdad es que vi accidentalmente que en una libreta tenía escrito «Hoy cita con Takeda-sama».

—Accidentalmente —repitió la palabra que no encajaba en todo eso. No conociéndolo.

—Así es. Accidentalmente —asintió, alegre. En ese momento él estaba recordando cómo es que había obtenido esa información. Por un momento había sido un súper gato espía. Tun-tun-tun...—. Así que como usaste el sama quise saber si era merecedor de ese título. Ya sabes, si multiplicaba los panes, camina sobre el agua o algo así —se burló de su elección de palabras.

—¡No seas hereje! —le arrojó otra almohada—. Sólo quiero que no molestes. Por favor —suplicó. El hecho de reprobar a veces resultaba muy espeluznante.

—Lo haré —casi escuchó los coros celestiales. Mas no duró mucho porque alguien comenzó a dispararle a los angelitos—. Pero primero debes de darme de comer.

—Oh, ¡claro que no! —se negó rotundamente—. Si te alimento, adquirirás tu forma humana. Y, si vuelves a tenerla, no sé qué otras cosas podrías hacerle al pobre de Takeda-sama.

—No se me había ocurrido —trató de sonar inocente y de verse del mismo modo gracias a unos ojos grandes y brillantes. Incluso estaba ronroneando. ¡Oh, y se puso de espaldas, jugando con su colita!

¡No! Sango debía poder contra eso... Estaba luchando por no caer...

—¡Mentiroso, embustero y tramposo! —le gritó, alejándose rápidamente de él, yendo hacia la salida—. ¡No te daré de comer! ¡Quédate ahí y no molestes! —entonces, cerró la puerta. No era necesario ponerle seguro o algo así. Después de todo, seguía siendo un gato.

—Sango... ¿Estás bien? —Takeda apareció de repente detrás de ella. Su mirada era extraña, cautelosa—. Escuché que gritabas.

—Ah, sí, yo sólo... —trató de encontrar qué decir. A pesar de que fuera verdad, «mi gato es en realidad un vampiro cambia formas que vive conmigo e hice un trato con él para que se alimentara de mí y no dañara a inocentes. ¡Pero no sabes cuántas veces no me he arrepentido!», no era lo más apropiado.

—Comenzaré con el trabajo, ¿está bien? —él dijo, caminando de reversa.

—Sí —después de que él hubiera regresado a la sala, le habló a la puerta (un grado más a la locura)—: ¿Ves lo que hiciste? Ahora debe creer que estoy loca —después recargó su cabeza contra la madera. Se estaba cansando—. Parece como si lo estuvieras disfrutado.

—Pero sé que puedo divertirme más —a pesar de no poderlo ver, sabía que estaba sonriendo cual Cheshire.

¡Un momento!

—¿Qué quieres decir con eso? —abrió la puerta, pero encontró su habitación sin su prisionero. En verdad era un pequeño demonio.

Y, entonces, otra vez hubo un grito por parte de Takeda Kuranosuke y, otra vez ella, se encontró corriendo.

De alguna forma, el gatito vampiro estaba saltando de su hombro a la cabeza, de la cabeza a la espalda... y con cada paso encajaba las garras en el cuerpo del pobre muchacho.

—¡Miroku, alto! —gritó y él, sorprendentemente, la obedeció para después echarse a correr—. ¡Perdón, Takeda-sama!

—Creo que a tu gato le desagrado —hubo una sonrisa, pero no alcanzó sus ojos. Sango ya no estaba segura de que él volvería a sonreír de nuevo como antes lo hacía.

—No... —todavía mintió—. Es que le desagradan los desconocidos.

Y, después de curar las heridas de Takeda, —¡Por fin!— comenzaron a hacer por lo que él había venido y, cuando su mallugado compañero dijo «Ya está oscureciendo», Sango sintió que volvía a respirar. Miroku ya había hecho mucho como para satisfacerse. Ahora debía de andar vagando en la calle, disfrutando de su cuerpo, o con Inuyasha, contándole sus travesuras del día. Que se divirtiera lo que quisiera porque mañana nada podría evitar que fueran a visitar al padre de Kuranosuke.

Sin esperarlo, la puerta se abrió y apareció un muchacho que entró como Juan por su casa, sin preocuparse de ver a las dos personas sentadas en la sala y que lo observaban, embobados —uno más que otro.

¡¿Qué quieres de mí?! ¡Si no te gustan mis oraciones, sólo dímelo!

—Ah, hola, Sango —mencionó, despreocupado, como si apenas se hubiera dado cuenta de que estaban ahí, como si no le importara. Su mejor actuación desde que lo conocía.

—¡Pero qué haces aquí! —no pudo evitar preguntarle. Fue más un grito, incluso se levantó rápidamente del sillón.

—Vine por mi ropa interior —dijo, actuando todavía—. Ya que me corriste por esta noche, he decidido dormir hoy en la casa de Inuyasha —casi pudo sentirlo carcajear en el interior.

No obstante, quien parecía más sorprendido por su presencia fue su compañero: —¿Tú quién eres?

—Lamento no presentarme —se dirigió hacia él, ofreciéndole su mano en un saludo que fue respondido—. Yo soy Miroku.

—¿Como el gato?

—Precisamente —y sonrió, revelando cuánto lo disfrutaba.

También él otro muchacho sonrió, pero esta sonrisa parecía ingenua. Pobre, una persona como él sería aplastada por personas malas, así como Miroku.

—Tú debes ser el hermano de Sango-sama —propuso. Ella le había contado que tenía un hermano, pero no le había dicho qué edad tenía. Ese era su salvavidas que apareció en medio de la tormenta.

¡Sí, sigue el juego!

Sin embargo, Miroku decidió no lanzarle el salvavidas y dejarla ahogarse con el cubito de hielo en el que se había convertido Jack: —Te equivocas. No somos hermanos.

El Titanic oficialmente había tocado el fondo del mar.

—Entonces... ustedes viven juntos, pero no son familia —el inocente hombre todavía luchaba por entender.

—Chico listo —la sonrisa de Miroku no se esfumaba, sólo se ampliaba más.

—¡Ya es tarde! —tuvo que intervenir o se le saldría el corazón por la tensión—. Takeda-sama tiene que irse.

—Es verdad.

—No te preocupes, yo lo acompaño a la salida —y, antes de que ella pudiera decir algo, Miroku empujaba al muchacho confundido hacia afuera del apartamento y cerraba la puerta, recargándose en ella para que Sango no pudiera abrirla por más que intentara.

—¡Miroku! ¡Déjame salir!

—Nop. Has sido una niña mala.

—¡Mira quién lo dice!

—¿Sango está bien? —Para Takeda todo eso era nuevo. Tantas cosas locas sucediendo de forma tan rápida. Se sentía en Wonderland.

—Sí —contestó, ignorando los gritos y golpes—. Es que es una chica juguetona. Sí lo sabré yo —suspiró, puso un gesto placentero y miró a la lejanía, como si rememorara recuerdos valiosos. Un pequeño sonrojo apareció—. Sabes, Kuronosuke-kun, a mí no me importa que vengas. Es decir, no puedo decirle qué hacer o no. Es libre —hizo un gesto con las manos para ilustrar—. Sólo intento delimitar territorios.

Miroku había sido serio en todo eso. Pero, al parecer, el muchacho que tenía en frente había estado distraído o no escuchaba bien porque comenzó a reír. Tal vez escuchó un chiste.

—Eres muy gracioso —sí, ese chico estaba mal—. Si no son las palabras de Sango, es como si no hubiera escuchado —comenzó a irse con su sonrisa boba—. ¡Buenas noches!

—Niño estúpido —Miroku tuvo la necesidad de decirlo o iba a explotar. Kuranosuke se detuvo y lo volvió a ver con rostro confundido: —¿Dijiste algo?

—Sí —fue franco y sin vergüenza—. Dije niño estúpido.

—Oh, entonces escuché bien —él retomó su camino tan alegremente que Miroku imaginó flores alrededor y música melosa de fondo. Toda una heroína shoujo.

—Y que nadie lo dude.

Cuando abrió la puerta, fue embestido por una Sango que planeaba derrumbar la puerta con su fuerza casi sobre humana. Ambos cayeron al piso del pasillo convertidos en un nudo.

—Ay, ten más cuidado, Sango —él mencionó mientras se levantaban.

—Te prometo que lo haré la próxima vez que me vuelvas a hacer esto —la ironía regresó al momento en que entraban al apartamento—. ¡Claro! ¡Si es que Takeda-sama desea regresar! ¿Pero qué te pasa? —y otra vez a los gritos.

—Ese tipo no me agrada —hizo una mueca y le contestó liberando su lado infantil.

—¿Qué? —¿Cómo podía ser que todo ese relajo se pudiera explicar con algo tan sencillo?

—Que ese tipo no me agrada —Repitió. Al parecer, hoy habían muchos sordos.

—No comprendo...

—Tengo mis razones —trató de sonar misterioso—. Además, se ve listo. Era cuestión de tiempo en que se pusiera a preguntar. «Por qué hay tantas manchas de salsa en tu casa?», «¿Por qué tus amigos son algo extraños?», «¿Por qué tu compañero de apartamento es increíblemente atractivo, tanto como si no fuera de este mundo?» —Sango rodó los ojos.

—Pero... tiene una sonrisa brillante —insistió. Le estaba quitando su posibilidad de tener amigos humanos. Un poco de normalidad ayudaría en su estabilidad emocional, el no sentirse tan loca.

—Yo también —le dijo, tratando de que no lo olvidara.

—Es amable —mencionó otro de sus atributos.

—Yo también —y al parecer también de Miroku.

—Y es algo lindo —se sonrojó un poco al decirlo.

—¡Yo también y más que él! —Miroku no podía creer el hecho de que lo olvidara en ese aspecto. Cansado, cruzó los brazos y miró hacia otro lugar. Después, dijo en voz baja, casi susurrando—: Además, él le dio algo de comida a Kirara para que se acercara a él.

—¿Cómo sabes eso? —era evidente que Sango sentía mucha curiosidad.

—Ella me lo dijo —lo dijo, como si fuera lo más normal del planeta, la vía láctea y el universo.

—Que Kirara te lo dijo... —mencionó lentamente las palabras, como analizando cada una mentalmente. «Aquí pequeña Sango número ciento treinta y tres reportando desde el cerebro. ¡Inconsistencia! ¡Inconsistencia!».

Miroku parecía defraudado por el hecho de que no le creyera: —Sango, la mitad de mi vida me la he pasado y me la pasaré como un gato, debo de conocer su idioma.

—¿Estás diciendo la verdad? —¿O se trataba de otro de sus típicos juegos?

—Kirara me dijo que antes de que me mudara contigo, solías hacer conciertos mientras te duchabas y siempre hacías que tu jabón cantara un solo. Los rumores dicen que su voz es fantástica, un prodigio musical —lenvató una ceja—. Por tu rostro, debo suponer que es la verdad.

—¡Hablas gatonés! —gritó emocionada (además de que deseaba cambiar el tema de su imaginación y su jabón cantante).

—Yo lo llamaría gatoniano, pero comprendes el punto.

—¡Eso es genial, es estupendo! —siguió sonando de la misma forma. Tenía tanta energía como si estuviera apunto de rebotar contra las paredes—. ¡Dile a Kirara que la quiero, díselo!

Miroku se enterneció ante eso: —Ella te comprende, Sango. Te aseguro que sabe eso.

—Entonces, dile que guarde mejor los secretos —y Kirara, quien como siempre sólo observaba, trató de ocultarse... cubriéndose el rostro con sus patas.

—Además, deberías agradecerme —Miroku retomó su plática, quizá sintiéndose responsable. Además, ahora sería más difícil el que Kirara retomará la conversación en la que se habían quedado (ahora tendría que imaginar de qué otro tipo de ropa interior tenía Sango. ¿Tal vez su tentación, el encaje negro?)—. Si terminara involucrado, ¿no crees que sería muy problemático para él? Expuesto a peligros, mordidas.

—Sólo estás tratando de que te disculpe.

—Tal vez —Incapaz de poder controlar las acciones de ese vampiro con sólo palabras, Sango suspiró. Miroku se había salvado de que ella estrenara con él el nuevo sartén.

«¡Toma tu agradecimiento!»

«¡Auch!»

La chica comenzó a caminar hacia la cocina. Tal vez él no se había salvado del todo.

—Creo que necesito algo de helado —explicó, y Miroku abrió los ojos de par en par—. Y no pongas esa cara que te daré un poco. Sé feliz por ello.

—No es necesario, Sango —comenzó a hablar rápidamente, como si fuera un trabalenguas «Sango pica... ¡y golpea, y rebana y malluga!»—. Es de edición especial. No sería justo para ti —acto siguiente, bostezó como de caricatura—. Además, creo que me siento cansado. Iré a adormir —después de que ella asintiera, se encontró preparándose para correr como cual estudiante al escuchar la campana de salida.

—Espera ahí —y la profesora escribiendo la tarea lo detuvo—. ¿Sabes por qué sólo queda muy poco de mi helado de «fresas silvestres y frutas rojas con menta y un toque de pistache tropical, conmemoración del aniversario cincuenta»? —no era necesario el verla para saber que su rostro mostraba furia.

—Ah. Sí —contestó, volteándola a ver—. La verdad es que... —comenzó e hizo una pausa. Esto era difícil, se encontraba bajo presión. Aun así, pudo terminarlo sonando muy sincero—: Kuronosuke-kun se lo comió. Justo en el momento en que fuiste a regañarme.

—¿En serio? —la forma en que lo había dicho... Él no podría haber mentido, ¿o sí?

—Pues fíjate que sí. Kirara me lo dijo todo.

—Pero yo creí...

—Se ve buen tipo y todo, Sango. Pero recuerda que el sabor del helado de «fresas silvestres y frutas rojas con menta y un toque de pistache tropical, conmemoración del aniversario cincuenta» atrapa a todos.

—Tienes toda la razón —ese helado era la locura. Tanto que, mientras ambos se encontraban sentados en el sofá, compartiendo lo que quedaba, ella confesó—: Entonces, ahora pienso que no estuvo tan mal lo que hiciste. ¡Pero que no se repita!

Pobre Takeda... Tal vez ahora se había quedado sin alguna oportunidad. Pero bueno, eso se ganaba por no querer ver los límites que un vampiro —él— había puesto.

Miroku sólo asintió obediente y sonrió.

...

Ahora, hagamos uso del poder de omnipresencia que nos otorga el leer para imaginarnos escuchando todas las conversaciones telefónicas que ocurrían esta noche. Bien. Entonces, después de que te detuvieras a escuchar qué es lo que decía cierta persona y con quién lo hacía, analicemos una en especial. Porque, en algún lugar, una persona tuvo el deseo de hablar con su amigo recién adquirido.

El tono de llamada sonó dos veces hasta que alguien contestó.

—¿Miroku? —él pregunto, esperando que le respondiera.

—No. Número equivocado —soltó una voz tal vez malhumorada por ser despertada a esas horas. O porque estaba viendo su telenovela favorita y en ese momento se la estaba perdiendo por la llamada de alguien que, al parecer, no sabía marcar.

—No me vas a engañar —el muchacho no caería con un truco tan viejo. Él lo había aplicado desde hacía tanto tiempo—. Sé que eres tú.

—Ya le dije que no —la persona volvió a sonar cansada. Obviamente ya quería colgar. Joaquín Fernando José estaba a punto de decirle a su novia, la inocente Marta Juana Fernanda, que no era quien creía, sino el primo mellizo malvado, Leonardo Sebastián Iván, de quien ella sí pensaba que era. Ah, y quedeseaba su multipremiado rancho de pollos.

—Miroku, esa es una pésima actuación de voz —para la mala suerte de la televidente de dramas curiosos, el molesto aún no terminaba. Dios. Ya se estaba perdiendo el opening, ¡y ella amaba la canción pasión aviar!—. Te oyes como una mujer vieja, arrogante y fea. Aunque sé que eres tú por el evidente tono de voz de hombre.

—¡Que no soy él! —gritó molesta, de la misma forma que lo haría su actor favorito—. ¡Yo soy la señora Johnson! —Si Naraku-sama me viera, pensó, orgullosa.

—Y, para acabar, inventas un nombre tan tonto... Pensé que eras listo —eso ya era algo que no podría soportar.

—¡Jodidos! ¡Que soy la señora Johnson!

—No, pues ahora sí suena completamente como hombre —él expresó después de que sus orejas súper sensibles se recuperaran del impacto.

—¡Muérete! — y colgó.

—¿Qué ocurre? —del otro lado, una chica vampira le preguntó al hanyou que sostenía el teléfono.

—Nada —él también colgó—. Miroku jugando. Creo que debemos de hablarle después.

—Bueno —y se firmó la sentencia de que esa noche la señora Johnson se perdería del capítulo que más la sorprendía (a pesar de ya haber visto esa telenovela incontables veces). También, no dormiría bien.

El teléfono no dejó de sonar.


Agradecimientos a: fifiabbs, Yumipon, Artemisa Neko-chan (Aceptaría tu proposición, pero... ¿un lemon con comedia? Creo que el autoestima de alguien saldría dañado) SangoSarait y Guest.

Loops Magpe saluda y se despide deseando un poco de helado.