Por fin! Después de 5 largas semanas, aquí está el 4to cap. Debo decir que no pude escribir nada después d pasar por una fuerte decepción con cierta personita casi inmediatamente después de publicar el capitulo 3... eso y que entre a trabajar son mis disculpas, pero esto va a continuar, y a un ritmo más rápido. Lo prometo.
Marcas de Fuego
Capítulo IV
Lo Que el Fuego Puede Fundir
Iban cansadamente montados sobre esas bestias inmensas y lentas. De la forma de un armadillo, con dientes salientes como los de un jabalí, de casi tres metros de largo contando la cola corta, y el lomo casi a dos metros de alto, la cabeza un poco más abajo. Las placas cutáneas de un terroso amarillo y la piel tirante de un sucio gris, los Parphos eran muy buenos para llevar o arrastrar cargas muy pesadas, pero eran muy lentos, y sólo si lograbas convencerlos. De terrible carácter y carnívoros.
- Estoy harto… ¿No podemos decirle que la matamos y ya? – Era alto y corpulento, de una desarrollada musculatura.
- Sabes bien que descubriría que no es verdad y nos mataría a nosotros – Éste otro era un poco más joven y no tan tosco como su compañero. De corto cabello azul.
- Eres un aburrido –
- A mí sí me interesa seguir vivo –
- ¡Bah! Eres sólo un cobarde –
- Y tú eres todo un genio ¿cierto? – Se volteó a decirle con fuerte sarcasmo y mirada divertida – Por eso ya hemos encontrado algo en estos meses ¿no? –
- No es divertido revisar cada pueblo o aldea que encontramos – Le dijo con desdén.
- Esas son nuestras órdenes – Respondió con tono terminante.
Por fin, el peliazul se detuvo.
- Yo iré a cazar. Tú encárgate de levantar el campamento – El otro sólo le contestó con un gruñido. "Son tan para cual… un par de bestias" pensaba despreciativamente mientras veía como el otro hombre acariciaba semejante criatura. Y se alejó a paso vivo.
Con la ayuda (involuntaria) de los Parphos, levantó una tienda hexagonal amplia, ubicada cerca de un pequeño estanque. Tal vez se quedarían por ahí una semana, lo que tardaran en "registrar" toda esa zona. La tienda tenía un agujero en el centro del techo; dentro acomodó una mesa, los dos camastros bajos, sobre la mesa mapas y demás, y los bultos y paquetes que llevaban, lejos de la fogata que chispeaba en el centro. Del agujero de 50cm de diámetro colgaban ganchos, a ellos colgó un buen pliego de cuero sin curtir, que al otro extremo tenía cosida una rama de nantro, una madera muy flexible y resistente, forzó a la rama a tocar su principio con su fin, agarrándolas con un gancho y una argolla que tenía para ese fin en cada extremo, formando un circulo, ajustó los broches que tenía a lo largo el pliego de cuero, y así quedó armado un túnel de tela que colgaba del techo y que hacía de chimenea. Se recostó para esperar a su compañero, que tenía que preparar la cena aparte de conseguirla.
Ambos vestían las mismas ropas. Casacas blancas resistentes, con adornos, broches y bordes azul naval. El pantalón y la capa eran granates. La capa se abría en dos puntas a partir de la cintura hasta un poco arriba de las rodillas. Del cuello y hasta bajo de los hombros y los pectorales tenía otro pliegue de tela, blanco. La espalda de la casaca estaba adornada con un emblema.
Las bestias descansaban fuera, gruñéndose entre sí y alejando a cualquier otro animal de los alrededores.
Pasaron dos días debajo de esa haya, explorando y dejando correr a su antojo a los caballos, que eran muy amigos a pesar de tener tan distintos caracteres. Encontraron un pequeño arroyo y pudieron comer unos langostinos. El paisaje era impresionante, y los atardeceres fueron memorables. No podía haber nada mejor que aquello, pero aún había mucho por ver, muchos caminos que recorrer. Así que siguieron su vereda sin destino. Después de un día de nuevo a lomos de los caballos se encontraron a lo lejos la visión de una ciudad fortaleza, y las casas y campos a sus afueras.
- Mañana iremos a la ciudad, Himeko, y podrás dormir en una buena cama –
- Teo podrá comer todas las manzanas que quiera, y avena también – Dijo acariciando el cuello de su caballo, que le respondió agitando la cabeza, parecía entenderle. A Luka siempre le había dado curiosidad esa facilidad que tenía la pequeña para comunicarse con los animales, o más bien, para hacer parecer que estos le entendían y le respondían con cierta inteligencia. No dudaba de que tuvieran sentimientos y razonaran de cierta manera, pero veía más esto en los perros, gatos, caballos, animales que desde hace eones han estado en contacto con los humanos y otras razas parlantes, y filosofaba acerca de si esa cercanía les había dado ese aire un tanto distinto de otros animales no domesticados. Pero, por ejemplo, nunca había visto como un periquito podía parecer estar escuchando atentamente la charla de alguien, como a veces hace un perro con su dueño. Eso hacía antes el ave de la pequeña.
Y no sólo eso, también las personas, cuando encontraban a otro viajero, o una aldea pequeña, o una granja perdida por ahí, en un principio la gente se mostraba recelosa de los inesperados visitantes, pero apenas Himeko sonreía y saludaba, toda posible hostilidad se detenía y eran recibidas como viejas amigas. No se explicaba eso. Realmente nunca había tenido oportunidad de apreciar cómo es que su amiga se relacionaba con otras personas, y hasta cierto punto se sentía mal por haberla privado de la compañía de sus semejantes durante casi un año, ahora se daba cuenta de eso. Ahora pensaba que no tenía excusa. Se había prometido a sí misma, replantearse sus ideas y ver un poco más las cosas como Himeko se las mostraba ahora, no con otra luz, sino simplemente con eso: con Luz.
Al principio había recelado mucho de la actitud de las personas, pues aparte de Himeko, desconocía éste lado luminoso de los humanos. Traición, engaño, deslealtad, falsas sonrisas y amistades fingidas es todo lo que conocía de sus congéneres. Le había sorprendido mucho descubrir que no sólo su amiguita era buena, sino que dentro de ese asqueroso mundo donde casi siempre había vivido, también hubiera cabida para estos otros sentimientos bondadosos y nobles, donde simples granjeros podían abrir su hogar a dos completas desconocidas y compartir su techo, su comida, su tiempo, con ellas. Pero mayor fue su sorpresa cuando también algunos nobles en verdad hacían honor a su titulo, recibiéndolas con gala y humildad en sus villas o mansiones, proveyéndolas para que después continuasen con su travesía. Verdaderos "nobles", en todo significado de la palabra. Y qué decir de cuando se fue para atrás mentalmente cuando se encontraban con otros bípedos parlantes y estos no se mostraban belicosos, como sabía y había visto siempre, pues esos otros bípedos solían desconfiar demasiado de los humanos, díganseles elfos blancos y oscuros, enanos, duendes y los llamados Onis, que involucraban toda una serie de híbridos, que habían acabado por constituir una raza aparte donde las principales características eran sentidos desarrollados, facilidad para la magia y alguna que otra parte animalesca, como pelo, colas, orejas, cuernos y demás, todo eso sin contar otras razas mucho más escasas de las cuales sólo había una minoría de individuos.
Este inesperado cambio le trajo un sentimiento dulce de nostalgia, pero ella no sabría decir por qué. De hecho, en un principio le había costado trabajo reconocer ese sentimiento como tal. Y gracias a eso se había puesto a recordar, o mejor dicho, a tratar de recordar. Ahora se daba cuenta que casi no recordaba nada de antes de trabajar para Nobunaga y sus nobles. Tenía años que no pensaba en su familia, en sus padres ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Por qué había tenido que empezar a trabajar con aquella noble dama a quien había salvado para después volverse una asesina? Su única razón durante mucho tiempo había sido la de perfeccionar su arte y que le dieran presas, sólo eso le pedía a la vida.
Himeko, por otro lado, no tenía de qué preocuparse en la vida. No se acomplejaba por el pasado que no podía recordar ni por el futuro que no podía predecir. El presente era todo cuanto tenía, y era incapaz de imaginarse algo mejor. Tenía todo cuanto podía pedir, y sus necesidades eran tan básicas y simples: le bastaba con que comer, algo mullido para dormir, con quien poder jugar y sonreír, bueno, y la ropa también se hacía necesaria, pero nada que Luka no pudiera resolver. ¿Acaso importaba mucho tener un motivo, una meta, cuando se disfrutaba tanto del camino?
Ahora descansaban al pie de una pequeña colina, que no se separaba mucho del camino. La pradera había ido quedando atrás, dejando ver cada vez más arboles, pero aún así no alcanzaban a constituir un bosque, distaba mucho de eso. No estaban muy lejos de los primeros campos de cultivos a la afueras de esa ciudad inmensa y amurallada, con alguno que otro pueblito acurrucado por aquí y por allá. Ya tenía cerca de 5 meses que no topaban con una población importante. La última había sido otra ciudad, pero era vasalla de Nobunaga, así que habían pasado de largo. De ahí en adelante, castillos y villas fortificadas, algunos pueblos grandes, pero nada como lo que tenían delante. Ésta era una de esas famosas ciudades-estado, independiente y con propio gobierno, sin tener que rendir vasallaje a ningún rey o alguna ciudad más fuerte.
- Hoy nos quedaremos aquí, Himeko –
Pasaron una noche tranquila que no les preparó para lo que pasaría al día siguiente, sino fuera sólo con un buen descanso. Avanzaron sin grandes prisas por la avenida, a la cual confluían un montón de senderos, provenientes de diferentes pueblos y granjas. Se toparon varias veces con personas que iban o venían, con grandes cargamentos de granos, verduras, ganados enteros, carromatos llenos de bultos y costales. Saludaban a aquellos que las saludaban, e ignoraban a aquellos que también las ignoraban. Ahora notablemente más cerca, los detalles de la ciudad ya podían apreciarse mejor.
La inmensa muralla debía tener unos 20km de perímetro irregular, una altura que iba desde los 3 a los 7 metros, con torres puestas cada tanto. Una muralla antigua, que había ido creciendo sin mucha estrategia a lo largo de los siglos, según se iba requiriendo. En lo que parecía ser el centro, se alcanzaban a ver las altas torres de un palacio. Las casas fuera de la muralla, eran de piedra, blanqueadas con cal, o tratadas de pintar de otros colores, con sus techitos de paja o tejas, según la riqueza de sus habitantes, dándole un aire pintoresco desde el exterior. Mientras más se alejaban de la muralla, las casas se iban volviendo más miserables y de materiales menos imponentes que la roca, hasta terminar en un barrio bajo y sucio de barracas que por puro milagro se mantenían de pie.
Era mediodía y Luka ya estaba pensando en buscar un lugar donde pararse a almorzar, mientras inspeccionaba con la vista los alrededores y comenzaba a pensar que el mejor lugar eran las ruinas de una cabaña o algo así como a un kilometro lejos de la avenida, escondida entre algunos árboles. Se encontraron con un viejo amigo, un buhonero que iba de poblado en poblado, vendiendo e intercambiando cosas, contando las noticias, y a veces haciendo de mensajero.
- ¡Eh, Chicas! Nos volvemos a encontrar – Le dirigió una mirada de fuertes sentimientos amistosos a Himeko, y otra igual de intensa, pero más animal, a Luka, que hizo caso omiso de eso. Alto y robusto, con una barba tan roja como la lava, pero sin bigote, lleno de pecas que se confundían con el tono tostado de su piel. Sus rizos le caían pesadamente alrededor de la cara, y sus ojos castaños eran amistosos y traviesos, se veía mucho más joven que Luka, aunque le llevaba más de diez años, sólo por el brillo distinto en los ojos. Tenía unos brazos poderosos, pero la cerveza había dejado su huella en su estomago. Iba cargado con un enorme bulto a la espalda, y su chaleco de piel tintineaba alegremente cuando se movía.
- Parece que te ha ido bien, Friedick – La pelirrosa lo saludo tranquilamente desde Eclipse, haciendo alusión al tintineo.
- Toda una ganga – Y observando la alegre sonrisa de Himeko, sus dientes también relucieron en una sonrisa. También vio los bultos sobre ambos caballos, mucho más voluminosos que los de la última vez que las había visto - ¿A ustedes también les ha ido bien? –
- Sí, realmente –
- ¿No quieres comer con nosotras? ¿Puede, Luka? – La encantadora expresión de la rubia la hizo sonreír, ambos oyentes divertidos ante la forma en que propuso la invitación.
- Gracias, me estoy muriendo de hambre desde que acabe mi desayuno – A su forma, Friedick también la divertía.
- Entonces, vamos – Bajaron de los caballos para acompañar a pie a su amigo. Cuando llegaron hasta el lugar escogido, Dick, como lo llamaba Himeko, se encargó de encender el fuego, mientras las otras dos se ocupaban de los caballos, los utensilios y de la comida en sí. Una rutina ya conocida. Él las había acompañado cerca de tres semanas en su interminable travesía hasta que dijeron "nos vemos" en una bifurcación del camino.
- Así que ¿piensas instalarte por fin en ésta ciudad? – Tragaba ruidosamente de su plato de madera.
- Es una posibilidad. Primero debo de revisarla, aunque parece un buen lugar – El buhonero conocía a medias tintas la historia de ese par.
- Es una gran ciudad… si sabes dónde buscar – A Luka se le vinieron a la cabeza las barracas de las afueras, y estuvo de acuerdo – Por suerte, me tienes a mí – Se señaló a sí mismo con la cuchara de metal, manchando su pantalón con lo que escurrió y soltando una maldición. Ambas mujeres rieron y el hombre las miró duramente, hasta que su risa lo contagió. Le encantaba ese pantalón, de color nuez y suave tela, perfecto para el otoño que se aproximaba – Bueno, parad ya y escuchad – Dijo con una burlona seriedad – La puerta Sureste es su mejor opción, si pueden pagarla – Aún con una sonrisa, Luka se dispuso a escuchar, mientras Himeko se distraía con un ave que había llegado de pronto.
- Ahí viven los ciudadanos más ricos, y es donde está el palacio. Tengo unos amigos que podrían ayudarlas a posicionarse – Siguió una larga charla entre ambos mayores, donde la pelirrosa recibió santo y seña de algunos lugares y personas que las podrían ayudar. Todo con decir el nombre de Dick.
- Así que tu nombre es mágico en ésta ciudad – El otro se rio de buena gana.
- Algo así, Luka. Simplemente tienes que saber a dónde mirar y a dónde no. Eso hace que te ganes muchos amigos, o por lo menos, buenos clientes – Para acentuar eso, hizo tintinear de nuevo su bolsillo interior – Por ahora, creo que sería casi todo –
- ¿Casi? – Levantó una ceja.
- Sigfra, es una ciudad cara ¿No tienes nada que vender o trocar? – Y entonces le mostró su colección de raras pieles, las diversas joyas, piedras preciosas imposibles de conseguir más que en regiones especificas, y las monedas de alta denominación que aún llevaba con ella desde que dejó su casa, donde había abandonado montones de las mismas monedas. Llevaba encima una pequeña fortuna. También llevaba carne aún fresca de un ciervo que había matado apenas ayer – Wow, creo que la Puerta Sureste apenas está a tu altura, Luka – Ella se permitió sonreírle con cierta suficiencia. No le molestaba el campo abierto y eso no quería decir que no apreciara las cualidades de vivir con holgura, nunca aceptaría menos si podía tener más.
Del centenar de las monedas de oro (Árë*), cambiaron cinco a las denominaciones más baratas, de níquel y una porción muy pequeña de hierro (Sarn*), otras tres a la siguiente denominación de bronce (Brith*) y cinco más a la denominación de plata (Khelek*). Un árë, equivale a 12 khelek, 26 brith hacen un khelek y 14 sarn dan un brith. Así que de pronto tenía un montón de monedas, y el ruidoso bulto de su acompañante ya no parecía tan alegre, pero sólo era la cantidad, no el valor de las monedas. En todas partes eran las mismas monedas, pues de lo que estaban hechas era lo que valía y sus símbolos sólo eran símbolos universales. Después le vendió parte de sus posesiones, trocó otras por algunas más útiles, y le regaló parte de la carne de ciervo.
- No. Es suficiente. Vende la demás sino la quieres tú. En la ciudad pagan muy bien por la carne diferente a la de reses y puercos – Le dijo cuando comprobó que le estaba enriqueciendo de más con los trueques ¿o acaso un poco de yesca, cebo, cuerdas, aguja e hilo, junto con telas, eran tan valiosos como el montoncito de piedras preciosas que ahora colgaba de su cinturón?
- Está bien, Friedick. Tu información será de mucha ayuda – Así que era por eso. Le estaba pagando la información.
- No tenías por qué hacerlo. Somos amigos –
- No sé de qué me hablas – La miró sin saber que responder – Espero que las piedras se vendan bien – Ella le devolvió la mirada y supo que él sabía que ella mentía. Interiormente, se alegró más por encontrar otra buena persona en el mundo.
- Fue bueno volverlas a ver, chicas. Espero encontrarlas de nuevo pronto – Ya estaban todos listos para partir, apenas habían ocupado dos horas en los trueques y la comida, así que la tarde apenas comenzaba – Tendrán que seguir la avenida en la siguiente curva para llegar hasta la otra Puerta, ésta es la Noreste y no les recomiendo atravesar la ciudad, mejor rodearla por fuera –
- Entonces así lo haremos – Luka se mostró confiada del consejo, sonriendo con esa tranquilad tan suya, que engañaba con pasividad y sumisión.
- Te echare de menos, Dick – Himeko lo abrazó.
- Y yo a ti, preciosa – Le correspondió el abrazo. La mirada de Luka se hizo levemente dura, evaluando el gesto. No había ningún rastro de nada malo. Ni lujuria, ni miradas maliciosas, nada. Sólo dos amigos abrazándose por un próximo y quizá prolongado adiós. Se relajó. Nadie lastimaría a Himeko.
Se terminaron de despedir. Montaron a sus caballos mientras veían como el otro se alejaba a pie. Después de unos metros, se entretuvieron otro rato, porque Himeko encontró un gatito, escondido entre unos arbustos y la alta hierba seca. Era de un gris atigrado y su vientre blanco, sus ojos también eran grises, limpios, con un ligero tono azul claro acerado. Aún Luka con su mirada de águila tuvo que esforzarse para verlo. Esperaron por casi otras dos horas, en las que Himeko jugó y platicó con el gatito, mientras su compañera entrenaba y los caballos pacían. La madre no aparecía, y era una cosita de apenas unas semanas, que ya veía y podía caminar, pero no iba a sobrevivir sin su madre.
- Vámonos – Himeko miró sorprendida a Luka. De inmediato se dio cuenta que en otra situación hubieran esperado por lo menos hasta el otro día. Pero le había prometido que esa noche dormiría bajo un techo… Se desató una lucha interior por esas dos simples cuestiones. Cumplir lo que para ella era una promesa, no importaba de qué, sino una promesa, no le gustaba romperlas, o el deseo más inmediato de su protegida. La rubia percibió esto y ella sola zanjó la cuestión, por vez primera.
- ¿Podemos llevárnoslo? – No había ilusión ahí, sino inocencia, y otra cosa que Luka no logró identificar.
- Claro que podemos, Himeko – Sonrió ante la solución tan simple que arreglaba a la perfección sus dos instintos, el de cumplir con su palabra, y el de darle a la pequeña todo lo que quisiera. Le pidió que esperara. Tomó un mechón no muy ancho de su cabello, de ese que crecía sobre sus hombros, en los principios de su nuca, y comenzó a trenzarlo. Cuando la trenza le llego a un punto entre el hombro y el codo, se la ató con un cordón, dejando aún bastante suelto, pues le llegaba un poco arriba de la cadera. Con su propia daga, que era más decorativa que otra cosa, se cortó ese mechón, haciendo que la trenza quedara más corta que todo su demás cabello. Con otro cordón ató éste mechón, a fin de que no se separara el cabello. Con cuidado, prácticamente rasuró una paletilla del gatito y mezcló esos pelitos con su mechón, para después ponerlo en el punto exacto donde habían encontrado al animalito. Luka no sabía bien qué pensar acerca de ese gesto. Con frecuencia la pequeña hacía cosas que no entendía.
- ¿Vamos? – La rubia le asintió, mientras se subía a Teo, y éste relinchaba como saludando al nuevo pasajero, que maulló. Sin embargo, al comenzar a avanzar, el gatito le clavó las uñas, asustado. Luka lo iba a agarrar para meterlo en las alforjas de Eclipse, pero Himeko no la dejó, metiéndoselo en la fajilla, formando un bultito tibio en su vientre y estomago. La imagen simulaba perfectamente a una mujer de pocos meses de embarazo. Luka sonrío ante la idea de la rubia, ella nunca habría metido en las alforjas a nadie, pero esa imagen de pronto le trajo un mal presentimiento, la de una Himeko embarazada ¿Podría ser? ¿Algún día? Por supuesto que sí. A ella misma le desagrada totalmente la idea, no le gustaban los bebés más que cuando dormían, y de ahí hasta que tenían ya unos 7 años y eran totalmente independientes, aunque también evitaba a los niños. Pero se dio cuenta que a Himeko tarde o temprano se le despertaría el instinto maternal, o que ya lo tenía despierto. Simplemente había mujeres que nacían sintiéndose madres de todo y todos, buenas, gentiles, cálidas, consoladoras, cómo se suponía que es una madre, y ellas no podían evitar ser ese pilar para la gente, les salía natural. Así era Himeko. Pero algún día querría sus propios hijos, algo que cuidar de su propia sangre, estaba segura. ¿Se iría de su lado? No había pensado en eso. "Son tonterías. Ni siquiera quiere a nadie así. Me preocupare por eso en su momento". Con su disciplina, logró controlar sus temores, y sonreír cuando reanudaron el paso y el gatito sacó la cabeza de entre la tela, mirando curioso hacia todas partes. Se le hizo una visión adorable. Por primera vez, no aguanto la curiosidad, y no se le ocurría nada para explicar el comportamiento de Himeko.
- ¿Por qué hiciste eso de cortar tu cabello? – Himeko parpadeó, quitando la vista del gatito, que ahora jugaba con sus patas delanteras, queriendo sujetar la trenza que brincaba levemente en el pecho de la rubia.
- Una promesa. Así la madre entenderá que cuidaremos de su hijo – Ahora la que parpadeó fue otra. "¿La madre, hijo? ¿Se refiere a la gata? ¿Entender?" – Tú hiciste lo mismo, Luka. ¿No lo recuerdas? – "¿Recordar? ¿Mi cabello…?" un flashazo le vino a la mente. Ella veía a una mujer de cabello negro hacer el mismo gesto de trenzarse un mechón, cortar lo demás y también trenzarlo y atarlo, dejándolo en un sitio incierto. Una mujer con sus mismos ojos celestes. Después hacerlo ella misma, hace más de un año. Pero su trenza ya no existía, pues la promesa ya estaba cumplida. Había jurado proteger a Himeko de Nobunaga mientras estaban en su casa. Ahora no necesitaba hacer promesas, simplemente, lo haría. Ella creía que no había sido vista.
- Entiendo – Su mirada se dirigió al oeste, donde el Sol ya comenzaba a teñir de naranja y colores pastel el cielo. Apretó un poco el paso. El gatito volvió a meterse en su nuevo lugar favorito - ¿Cómo le llamarás? –
Después de desechar un montón de opciones aún no tenía nombre el gatito, estaba igual que cuando hubo que escoger nombre para Eriteo. El Sol ya casi era invisible en el horizonte y poco a poco las luces en la ciudad se iban encendiendo, con la oscuridad que ya comenzaba a reinar, como pequeñas estrellas que hubieran decidido bajar a iluminar la tierra. Ya tenía un rato que habían avanzando en la curva, rodeando Sigfra. De pronto, ya no sólo fueron las estrellas las que habían decidido bajar, ahora también el Sol las acompañaba, en un extremo, a unos tres kilómetros enfrente de ellas, a los pies de la muralla. Primero fue el resplandor, unos segundos después les acarició una brisa donde antes el viento estaba quieto, y unas micras después, el lejano rugido, el trueno. El caos.
La conmoción de los animales de ganado luchando por escapar, gimiendo y bufando asustados, corriendo tontamente de un lado para otro. El grito de los niños, la desesperación de los adultos, el alarido de los atrapados y los moribundos, les llegaban amortiguados por la distancia.
El olor a sangre… a destrucción… a muerte… comenzaba a llenar el ambiente, la carne quemada, consumiéndose… despertando los más puros instintos de Luka. Durante un segundo alucinante dentro de todo aquello, llamándola… aquel instinto que creía perdido… hacía años que no sentía esa sed, esa hambre de matar. La verdadera asesina dentro de ella se hizo presente. Sus pupilas se dilataron, inhaló profundamente, se agacho ligeramente sobre el caballo negro y relajó las piernas, lista para el galope instantáneo. En un segundo que la golpeó con inmensa fuerza y que casi no pudo controlar, estaba a punto de ir a rebanar gargantas, cercenar miembros, oír los últimos alientos… ¡Una danza interminable de sangre y destrucción! Palpitaba en ella como nunca. No pensaba, su cuerpo y su mente reaccionaron como uno ante su verdadera naturaleza. Pero… las cosas habían cambiado. Una voz la detuvo. Un quejido espantado, más bien, uno que despertó un instinto igual de fuerte, pero para el cual sí tenía que pensar, que analizar, buscar la causa. Parpadeó confundida, casi sin entender bien qué era lo que había pasado. Reaccionando.
- ¡Himeko! – Volteó buscándola a su alrededor.
- Lu…Luka ¿Qué fue eso? – la voz le ayudó a ubicarla y por fin se calmó con un suspiro interior.
- Una explosión – Aún sus ojos guardaban ese frenesí tan repentino, su voz no estaba tan tranquila.
El incendio era enorme, ya se extendía varias manzanas. Desde lo lejos podían verlo.
- ¿Podemos ayudar? - Había pesar y urgencia en su voz. Luka intentó controlarse, para poder hacer lo que la pequeña le pedía.
- Vamos - y emprendieron el galope hacia las llamas. Otro par de jinetes también iban rápidamente hacia el mismo punto.
Ahí no había nada. Sólo fuego y restos carbonizados. Ya no había casa. Ya no había huerta. Ya no había nadie. Había dos cuerpos inertes. Sólo la ropa y uno que otro detalle los hacían reconocibles. En medio del barullo exterior, una voz se hizo oír sobre las demás.
- ¡Malditos perros! ¿Qué les hicimos? ¿¡Por qué ella! – Entre las llamas y los escombros podían ver a su vecino, abrazando desolado un cuerpo menudo con trenzas chamuscadas. La explosión había tomado la vida de muchos seres. No entendían por qué al preguntar los veía a ellos, o hacía su casa. Encontraron el mismo tatuaje en el pezón izquierdo de su madre que en el de su padre, pero el de su madre nunca lo habían visto. Apenas era reconocible entre la piel quemada y la ropa que se combinaba con las heridas. Un sol negro rodeando el pezón con una serpiente ondulante rodeándolo mordiéndose la cola.
Por cómo estaba destruida la casa, Gakupo podía darse cuenta que fue ahí dentro donde se originó la explosión. No entendía nada. Estaba como aturdido, flotando perdido en algún lugar lejano de su mente, y la conmoción alrededor no ayudaba, sentía que era otro el que se encontraba ahí. Él no podía ser. Esos no eran sus padres, esa no era su casa. Seguramente se habían equivocado por las llamas, debían buscar a sus padres y ayudar a sus vecinos. Pero… ¿Entonces por qué su hermano se arrodillaba así junto a esos cuerpos? ¿Por qué las lágrimas rodaban así por sus mejillas cuando Kaito nunca lloraba? ¿Por qué gritaba abrazando a esa mujer que no era nada de ellos? Debían buscar a sus padres… ¿Qué era eso que bajaba por su cara y sabía salado? Una mano que no parecía la suya atrapó una lágrima "Estoy llorando ¿por qué?". Volteó a las lejanías como si ahí fuera estuvieran las respuestas. Miró a sus caballos coceando asustados, amarrados sin poder huir de un incendio cada vez peor. Un niño lleno de ceniza parado sin dejar de llorar pero sin hacer otra cosa. Dos hombres peleándose sin saber por qué. Distintas escenas pasaban frente a él, sin hacerlo reaccionar. Miró algo en la poca pared que quedaba, arrancó la cubierta de pieles de la pared, debajo encontró el mismo símbolo negro. Ataba cabos fuera de sí. El galope de caballos y pisadas de muchos hombres se aproximaban. Eran soldados, venían por los culpables. De golpe empezó a recordar escenas sin sentido durante años, que ahora parecían tener lógica al irlas hilvanando. Demasiadas cosas en pocos minutos. Supo que tenía que salir de ahí. Que tenía que sacar de ahí a su hermano.
-¡Vámonos! – Lo jaló con fuerza.
- ¡No! ¡No podemos dejarlos! – Se aferró con más fuerza al cuerpo de su madre. Una punzada golpeó el pecho de Gakupo al reconocerlo, más lágrimas se escaparon. Ese no era el momento de llorar
- ¡Ya no podemos hacer nada por ellos! ¡Maldición, muévete! Tengo que sacarte de aquí – Kaito no vio la desesperación y el llorar de su hermano. Él no podía irse de ahí y dejar sola a su madre. Los soldados estaban cada vez más cerca. - ¡Muévete! – Le dio un formidable puñetazo que lo noqueó.
La pelea entre los hermanos llamó la atención de Luka, que estaba ayudando a cargar cuerpos y daba indicaciones para detener hemorragias y tratar lo más rápidamente posible las peores heridas. Himeko no se apartaba de ella y hacía todo lo que ordenaba, con una presteza y habilidades sorprendentes. Estaba muy concentrada y se podía leer en su semblante la compasión. Había hablado al gatito y ahora éste se mantenía escondido en su estomago sin salirse ni causar molestias. Luka también se había dado cuenta de la presencia de los soldados. Y veía como Gakupo desprendía las pieles y dejaba al descubierto aquél símbolo, lo reconoció. Esos "niños" no podían saber lo que representaba. Los soldados iban directo por ellos. Ahora el mayor arrastraba al otro, que iba sin sentido, hacía unos caballos que no se estaban tranquilos. Habría una matanza y ella no podía estar ahí sin correr el riesgo de perder el control, en frente de Himeko… eso no podía ser. Tendría que ayudarlos.
- ¡Himeko, vamos! – La jaló insistente – Tenemos que ayudarlos – Señalando hacía los dos chicos. El de purpura se afanaba a desatar los caballos, mientras el otro descansaba flácido sobre el lomo de uno de los animales. Hizo un chasquido muy singular con la lengua para llamar a Eclipse, que acudió al trote, junto con Teo, que estaba amarrado a él. – Rápido, sube – Himeko terminó un improvisado vendaje, hizo una ligera reverencia y montó a su caballo, que ya tenía la brida libre. Comenzaron a espolear a los caballos para salvar la poca distancia. Los soldados ya estaban casi ahí.
- ¡Apresúrate! ¡Yo los distraeré! – Gakupo busco a quién le hablaba. Ninguna de sus vecinas tenía esa voz. Distinguió a la mujer sobre el caballo negro. Le hacía señas para que se apurara. Ni siquiera se paró a pensar si podía confiar en aquella desconocida, simplemente se montó sobre su ansioso caballo y tomó la brida del de su hermano, que iba amarrado a la silla de montar, con un mechón del cabello de su madre agarrado fuertemente en la mano inconsciente.
- Sigue, por allá. Rápido y no pares, Himeko. Yo te alcanzo – Himeko la vio y echó a andar el caballo. "Ahora debo pensar cómo pararlos…" miró en derredor, buscando algo. Una pared medio derruida, sin nadie cerca… ellos no eran los únicos que podían crear explosiones. Espoleo al caballo hacia allá. Debajo de su fajilla extrajo una pequeña bolsita, encendió la mecha con uno de tantos fuegos cercanos que comenzaban a extinguirse entre sí, y arrojó la bomba, que dio justo en el blanco.
La pared se vino abajo. Los soldados casi no podían controlar a sus monturas y el camino quedo bloqueado, escalando, algunos hombres de a pie se abrían paso. Pero no lo suficientemente rápido. Debía alcanzar a Himeko. Con una mirada se despidió de aquella ciudad que tal vez pudo ser un hogar. Eclipse galopó como no lo hiciera en meses para alcanzar a los otros caballos, mientras el incendio se extendía ya lejos de donde había iniciado.
Y sólo me queda preguntar... ¿Algún nombre para el gatito? XD...
"Sólo dentro de la Oscuridad, la Luz puede brillar con toda su intensidad, convirtiendo todo en Sombras"
MoonAssasyn
Por supuesto... Gracias por los reviews.
