EL RELOJ
Shion captó un movimiento en el límite de su campo de visión y descubrió un pequeño insecto que acaba de posarse despreocupadamente en el alfeizar de la ventana. ¿Qué hacía ahí la diminuta criatura? Era la primera vez en muchos años que veía uno de esos insectos fuera del lugar que les correspondía... lo mejor sería capturarlo y devolverlo a su sitio antes de que lo atrapara un pájaro o alguna lagartija.
Se acercó despacio y adelantó la mano cuidadosamente, debía capturarlo sin hacerle daño, así que no podía moverse demasiado rápido ni emplear demasiada fuerza...
-¿Cazando grillos, Maestro Shion?
El insecto voló y Shion miró con algo de resignación al niño que acababa de sorprenderlo. Saga era el único de los aprendices en el Santuario que lograba acercarse al Patriarca sin que éste lo notara, y en más de una ocasión casi había tenido éxito en provocarle un infarto.
-No es un grillo –dijo Shion, con un tono calmado que ocultaba a la perfección el disgusto que sentía por haber sido atrapado en algo tan poco digno como una cacería de insectos.
-¿No?
El insecto se posó en lo alto de una pequeña pirámide de pergaminos, a la que Shion se acercó sigilosamente.
-¿Cazar insectos es una forma de entrenar? –preguntó Saga, y el insecto voló de nuevo.
Shion contuvo un gruñido de frustración. Era una suerte el que la máscara ocultara su rostro completamente, mientras la llevaba puesta solía darse el lujo de no esforzarse demasiado en controlar su expresión.
-No.
-Puedo aplastarlo con uno de estos libros –ofreció Saga.
-No, nada de eso. No quiero lastimarlo.
Saga lo miró enarcando las cejas. Parecía estar a punto de hacer otra pregunta, pero en cambio levantó una mano a la velocidad del rayo y atrapó al insecto.
"Suerte de principiante, sin duda alguna", pensó Shion.
-¡Ah, muy bien! No lo sueltes y procura no hacerle daño.
-¿Qué hago, entonces?
-Ven conmigo.
El niño siguió al Patriarca fuera del palacio y por los túneles que hacían de atajos entre las diversas partes del Santuario.
-Por cierto –dijo Shion de repente-. ¿A qué fuiste a buscarme?
-¿Eh? Oh... Aioros me preguntó algo que no pude responder y pensé que tal vez usted sabría la respuesta.
-¿Y esa pregunta es...?
-¿Por qué el reloj de las Doce Casas no tiene agujas?
-Porque no las necesita, no es un reloj normal.
-¿Ah, no?
-Antiguamente se realizaban combates sagrados para honrar a los dioses. El reloj de las Doce Casas se usaba entonces para determinar cuánto tiempo debía durar cada uno de esos combates. Por eso se dice que no marca tiempo real sino tiempo sagrado.
-¿Pero cómo hace para marcar el tiempo sin agujas?
-Oh, es cierto, la última vez que trabajó el reloj tú todavía no habías nacido... es con fuego.
-¿Eh?
-Cuando se inicia un combate sagrado, cada signo del reloj se ilumina durante una hora.
-¿Con fuego? ¿Y cómo se hace para que el fuego dure exactamente una hora? ¿Y si hay viento? ¿Y si llueve?
-No es fuego de verdad... oh, bueno, ya lo verás.
Habían salido del último túnel al interior de un edificio en el que Saga no recordaba haber estado antes y empezaron a subir una escalera de caracol.
-¿Dónde estamos, Maestro?
-Dentro del reloj.
Saga contempló la espiral de escaleras. El reloj debía ser mucho más alto de lo que parecía visto desde el Santuario. ¿Y de dónde provenía esa luz verde que iluminaba el interior del edificio?
-Aquí está el mecanismo –indicó Shion mientras subían alrededor de la maquinaria-. Fue construido por el propio Hefesto. Controla doce ventanas en cada una de las cuatro caras de la torre. Cuando se inicia un combate sagrado, el mecanismo abre todas las ventanas y luego las cierra una a una. Desde lejos, la luz que proviene del interior del reloj parece fuego.
-¿Y qué es en realidad?
-Ya lo verás.
El último nivel dentro del reloj era una caja transparente, Saga no pudo resistir la tentación de tocar una de esas paredes. Era fría al tacto, aunque no tanto como podría haberlo sido si hubiese estado hecha de hielo.
-Es cristal de roca –dijo Shion, adelantándose a sus preguntas mientras abría la puerta.
La caja de cristal estaba llena de... plantas. Era un enorme invernadero repleto de plantas que brillaban débilmente en la oscuridad... y, entre las plantas y por encima de ellas, una masa luminosa parecía flotar girando lentamente sobre sí misma, con oleadas más claras y más oscuras que la recorrían de un extremo a otro, con un ritmo similar a los latidos de un corazón.
-Dudo mucho que alguna de estas plantas pudiera sobrevivir más de unos minutos bajo la luz del sol –dijo Shion, sonriendo para sus adentros ante la expresión fascinada de Saga-, han estado aquí desde la era del mito y la única luz que conocen es la que ilumina el reloj... por cierto, ya puedes soltarlo.
Saga abrió la mano y contempló con atención al insecto que había atrapado.
-No es un grillo...
El insecto, por su parte, no le prestó ninguna atención a Saga y voló casi de inmediato para perderse en la masa luminosa, un punto de luz intermitente entre miríadas de su misma especie.
Shion contempló las luces un momento más y luego le indicó a Saga que saliera de la caja de luz para cerrar la puerta.
-Son luciérnagas.
fin
