La carrera de Arquitectura se basa por el reducido número de estudiantes varones con el que contaba, al menos, en esa universidad y en esa ciudad. Feliciano contaba con algunos compañeros, bastante agradables y se había acercado mucho más a sus compañeras, a quienes él les parecía un muchacho encantador. Sin embargo, existía otro muchacho que se estaba llevando los suspiros de más de una de sus compañeras. Su nombre era Ibrahim Brown, era un muchacho de padre inglés y madre libanesa, que se encontraba viviendo en Alemania porque su padre era diplomático en el país. Tenía un tremendo bajo perfil, intentando siempre relacionarse poco con las personas, aunque su belleza inmensa causaba reacciones insospechadas tanto en hombres como mujeres. Él, por su parte, no parecía el tipo de hombre que se interesa en las mujeres.
Feliciano observaba a su compañero con curiosidad, aunque podía sentir que los ojos negros del muchacho lo quedaban viendo constantemente, no quiso buscar explicaciones cansadoras al respecto, si el de cabello negro y rasgos duros estaba interesado en él eso no era un gran problema. Salvo que produjera una reacción dentro de Ludwig, quien no sospechaba la situación que se estaba desarrollando.
Al salir de la clase y tener que esperar un par de horas para la que venía, Feliciano se acercó a la cafetería donde esperaba encontrarse con Ludwig y su grupo de amigos. Al verlo se acercó animado a hablarles, todos reaccionaron felices con su presencia, el alemán de un modo más recatado, por supuesto.
—Feli, cariño, ven a sentarte con nosotros —comentó Emma, indicándole la silla que sobraba a su lado. Govert levantó las cejas, pero no hizo ningún comentario hacia el italiano, no lo veía como una real amenaza en su forma extraña de expresarse.
—¿Cómo están todos? —miró al alemán, que se encontraba al frente con un café en las manos —. Esta noche tendré que preparar mi primera maqueta, estoy muy entusiasmado.
—Ay, nosotros tuvimos una clase muy aburrida, necesitábamos ponernos a conversar —respondió la belga, mientras observaba al griego acariciarle el cabello al japonés mientras éste se ponía bastante nervioso.
—Oh, ya veo —sonrió el italiano, luego se le vio algo tenso, pareciera que no encontraba algo—. Ah, maldición… Seguramente lo dejé en la sala de clases, ¡qué tonto!
Ludwig se inquietó.
—¿Qué sucedió, Feliciano? —preguntó, a punto de ponerse de pie.
—He perdido mi carpeta con los bocetos que hice en la clase…
Todos se pusieron bastante nerviosos, cuando se oyeron unos pasos acercándose.
—Tú eres el italiano, ¿verdad? —el dueño de estas palabras era Ibrahim, el muchacho de cabello negro que se encontraba en la generación de Feliciano.
—Oh, así es… ¿Tú eres el chico de apellido Brown, no es así? —respondió el italiano bastante nervioso, los demás observaban la escena confundidos.
—Dejaste esto en el salón, llevaba tu nombre así que supuse que te pertenecía. Espero haber sido de ayuda —dijo, sonriendo de forma amplia.
—Grazie!, ¡me sentí desesperado por un momento! Creí haber perdido todo mi trabajo, realmente te lo agradezco Ibrahim —dijo el italiano muy efusivamente.
—No me agradezcas, lo vi ahí y le pregunté a Muriel y Alexandra si te pertenecía, ahora me retiro, te dejo con tus amigos. Con su permiso, muchachos y… Dulce señorita —dijo, sonriéndole a Emma, quien mordió su labio inferior abrumada por la belleza del anglo-libanés.
El muchacho salió de la cafetería, Feliciano abrazó su carpeta y lo observó alejarse. Ludwig miró a su alrededor y pudo percatarse en el asombro de todos sus compañeros.
—Ese chico es muy bello, ¿cómo dices que se llama? —dijo Emma repentinamente.
—Él es Ibrahim Brown, hijo del diplomático inglés, aunque no le gusta mucho que mencionen su status. Su padre estaba esperanzado en que estudiara Ciencias Políticas y él no quiso hacerlo —dijo Kiku de repente.
—¿Cómo sabes todo eso? —dijo Heracles mirándolo intrigado.
—Hace unos días leí en internet que había muchas chicas de la universidad interesadas en él, lo que no imaginan es que él nunca ha tenido una novia. No saben bien si su padre ha acordado un matrimonio para él o si no le interesan las mujeres —el japonés mordió un muffin mientras los chicos se quedaban boquiabiertos con toda la información que manejaba.
—Parece que Feliciano se sintió muy agradecido —rio Emma, aunque Ludwig frunció un poco el ceño.
—Ah, sí. Parece una buena persona, las chicas de mi carrera están locas por él —el italiano miró al alemán, que aparte de Govert que siempre mantenía silencio, estaba totalmente callado— Luddy, ¿qué sucede? ¿Estás celoso del joven Brown? —dijo, estirando la trompa mientras observaba al alemán.
—Nada de eso, Feliciano —dijo Ludwig, poniéndose de pie—. Iré afuera un momento.
Ludwig sacó un paquete de cuero de su bolso donde portaba algunos cigarrillos, normalmente fumaba solo cuando se sentía inquieto. Salió de la cafetería y se dispuso a prender el cigarrillo, mientras observaba el campus.
—Creo que Luddy no desea competencia —Emma miró a Heracles para que opinara al respecto.
—Oh, vaya que no… Se sintió abrumado por la belleza arábica de nuestro querido Ibrahim —el griego sonreía mientras tenía al japonés agarrado por la cintura.
—Seguramente cree que nuestro querido Feliciano se sintió abrumado por su belleza —dijo Kiku algo nervioso.
Feliciano lo pensaba, realmente Ibrahim era guapo, pero no le generaba la locura que Ludwig le había provocado desde el primer momento en que lo vio. El muchacho de ojos pardo se puso de pie y salió de la cafetería, la belga miró al griego, quien le devolvió una sonrisa cómplice.
—¿Tu madre no te ha dicho que el cigarrillo puede ponerte feos los dientes y enfermarte? —dijo el italiano repentinamente, generando que Ludwig se sobresaltara un poco.
—Claro que lo ha hecho, pero sólo hago esto en ciertas ocasiones —dijo el rubio volteándose a ver al chico que medía un par de centímetros menos que él.
—¿Te sientes amenazado de alguna forma, cariño? —dijo el italiano mordiéndose el labio inferior—. Eres muy cruel, pensando que puedo dejarte tan fácil. Necesitas un castigo de mi parte —dijo, riendo de forma lasciva, el de ojos azules se sonrojó bastante.
—No creas que poniéndome ese rostro voy a caer —dijo el alemán apagando la colilla del cigarrillo, para luego botarlo en uno de los contenedores del campus.
—Sé que puede funcionar, cariño —dijo Feliciano acariciando el rostro del alemán.
Ludwig intentó acercarse a Feliciano para besarlo, pero el italiano cubrió la boca del mayor con su mano sin dejar de sonreír.
—Dijiste que no lo hiciera dentro de la universidad —el italiano mordió su labio inferior y pasó sus dedos por los labios del alemán.
—¿Harás caso a todo lo que te diga? —dijo el rubio levantando una ceja y frunciendo un poco el ceño.
—Lo que considere conveniente, Luddy.
Al volver a la cafetería los demás se vieron inquietos, Emma no supo ocultar su emoción al verlos tan cerca y de forma tan coqueta. Govert no entendía muy bien su emoción, Heracles abrazaba con fuerza a Kiku y le decía algunas cosas al oído.
—Qué envidia —susurraba el griego en el oído del japonés—. No es justo, llevo más de un año esperándote y ellos se conocen hace tan poco y ya tienen esa cercanía… Acéptame de una vez, pequeño gatito —le decía al muchacho delgado de cabello negro, que temblaba al sentir la respiración del griego tan cerca y por el calibre de aquellas palabras.
—Guarda silencio, Heracles —le respondía con el rostro ardiendo.
—No te entiendo, Luddy… Eres tan aprensivo, pero a la vez no eres demasiado cariñoso, ¿qué debo hacer para satisfacerte? —decía el italiano recostado en la habitación del alemán mientras este se encontraba escribiendo en el escritorio.
—No necesitas hacer nada para satisfacerme, estoy conforme con como las cosas están marchando… —el alemán no era completamente sincero.
El italiano se puso de pie, Ludwig pensó que probablemente se iría a su habitación, sin embargo, lo que hizo fue cerrar la puerta por dentro.
—Han sido semanas sin hacer nada, Luddy. Sal de ahí, ¿quieres? —el italiano abrazó por detrás al alemán, que se encontraba en la computadora.
—Ah, Feli… No lo sé —el rubio intentaba seguir escribiendo, pero los besos en el cuello de parte del italiano más la forma en que mordía su oreja no lo estaban ayudando.
El alemán se puso de pie, cerró la pantalla de su laptop y miró fijamente al italiano, con aquellos ojos pardos que lo volvían loco cada día más y esos labios húmedos, gruesos y dulces que se estiraban para tomar posesión de su boca inquieta. Un beso bastante lascivo los unió, las manos del rubio de ojos azules comenzaron a recorrer la espalda del menor, que entrelazaba sus dedos con las mechas de Ludwig, perdiendo un poco el aire dentro de su boca.
—Sabía que estabas de ánimo —dijo el italiano mordiendo sus labios.
Ludwig sonrió ampliamente y miró hacia abajo, sus ojos resplandecieron. Aquella imagen significaba demasiado para Feliciano, ya que ver cómo se marcaban los hoyuelos de su rostro al sonreír era un afrodisiaco muy grande.
El alemán recostó al castaño sobre su cama, perdiéndose en aquellos ojos pardos poderosos y deliciosos. Comenzando a besar cada rincón de su cuerpo a medida que lo despojaba de la ropa, que lo tocaba y apretaba, según sentía que quería hacerlo. Al comenzar a desnudarse él, sintió los ojos del italiano examinarlo por completo. Tocó su torso con las manos frías, el cuerpo de Ludwig estaba ardiendo, la lengua del menor regulaba aquella temperatura y su deseo de estar el uno con el otro los sometía a una aventura indescriptible.
Sin embargo, el amor no se basaba solo en la atracción, y la atracción tampoco era un aspecto sólo de enamorados. De alguna forma Feliciano debía hacer entender a Ludwig que el amor no consiste en dominar ni poseer, sino en amar tanto que ambos compartan su alma, pero nunca se apropien de ella.
