En busca de la Libertad.

Este fic corresponde a la #Kiriasuweek2017

Tema: Época Victoriana/Japón antiguo

4

—Ese cabeza dura se marchará de aquí tan pronto como nuestro carruaje haya desaparecido del

camino —mencionó la madre de Kazuto a su marido mientras terminaba de vestirse para bajar a cenar —Será muy hijo mío pero a veces tengo ganas de azotarlo...

Como respuesta él la besó en la cabeza —No puedes hacer más de lo que ya has hecho, Midori. No te martirices, no es bueno para tu corazón.

—No es bueno para mi corazón saber que después de tantos años de relacionarse con mujeres de dudosa reputación, Kazuto finalmente se ha casado con una joven que es perfecta para él. Y para mí, debería añadir. ¡Y no comparte su cama con ella!

—Querida por favor... —se escandalizó divertido —¿No me digas que les has preguntado a los criados?

—No necesito preguntar nada —respondió ella tristemente —Sugu me lo confirmó, y tengo ojos. Si Kazuto durmiera con Asuna ella no le miraría con esa mirada de desesperación. Esa mujer está enamorada de el.

—No puedes hacer que Kazuto sienta algo por ella.

—Oh, pero para él no es indiferente. Le gusta. Cuando olvida que la odia, es evidente que está encantado con ella. Asuna es perfecta para él —añadió mientras se levantaba lentamente —Y te apuesto a que descubrió eso y más en estos días. Solo que es tan terco que no dará el brazo a torcer por orgullo.

—Puede —dijo su marido no muy convencido.

—Sabes que es así.

—En parte ha sido su culpa que todo se desencadenara de esta forma. El muchacho no quiere ser el hazme reír de la ciudad… Quizás cree que si expone su corazón saldrá herido de alguna forma.

La dama se quedó pensativa, suspiró con resignación —Es verdad que Kazuto tiene un largo historial por su manera liviana de burlar las normas, pero nunca habría provocado un escándalo que involucrara a alguien inocente. Dentro de esa fiesta, él nunca hubiera llevado a Asuna a su dormitorio siendo un invitado en la casa, a menos que estuviera loco por ella. Tampoco creo que haya sido ardid de esa niña… ¿has visto cómo lo mira? ¿Y cómo la mira él cuando ella no se da cuenta? Ambos no son ajenos al otro.

Como no pudo negar ese argumento, su marido se limitó a sonreír levemente —Entonces a lo mejor este matrimonio funcione algún día.

Su mujer levantó los hombros —He pensado en decirle algo a Asuna para animarla a hacer un esfuerzo. Pero si sabe que conozco la situación se sentirá avergonzada —puso la mano en el brazo de él —Seria un milagro que siguieran juntos.

—No te alteres Midori, este no es tu problema. Y Kazuto ya es adulto, debe aprender a hacerse responsable de las decisiones que tome.

La odió cuando descendió la escalera con gracia.

La odió cuando descubrió que el vestido rojo que se había puesto en lugar de hacerla ver ridícula, realzaba su nívea piel y hacía un grandioso contraste con su cabello.

La odió cuando sus ojos de ámbar buscaron los suyos en una sonrisa esperanzada.

La odió cuando descubrió que Asuna lo hechizaba de todas las formas posibles; con las ondas de su cabello, con sus pestañas gruesas que acompañaban su mirar de oro, con su perfume, con sus labios rojos e impertinentes que solo tenían sonrisas para él.

La odiaba con la misma fuerza con la que la deseaba.

Ella seguía cumpliendo su papel como la actriz majestuosa que era; sonriendo cuando debía hacerlo, quedándose callada, o soltando comentarios divertidos que ponían de buen humor al resto de la familia. Era ingeniosa y divertida. Actuaba mejor de lo que esperaba. Obligándole a superarse, a igualar el papel que él mismo se había autoimpuesto en esa charada. Entonces Kazuto le acariciaba el cabello, besaba esa mejilla arrebolada, la llenaba de cumplidos ante lo hermosa que se veía, y la besaba con todo el ardor que un recién casado debería. Aún debajo de los ramilletes de muérdago que parecían ser infinitos dentro de la casa… ¿Había sido idea de Asuna llenar de esa cursi tradición cada recoveco? Parecía que no existía lugar libre de la residencia donde no hubiera besado a su esposa. A estas alturas ya no era divertido.

—...querido, ¿no crees que sea buena idea?

Kazuto volvió en si al darse cuenta que se había espaciado en medio de la cena ¿cuánto tiempo habría durado su lapsus? La conversación entre sus padres y su esposa seguía, y de pronto todas las miradas se encontraban clavadas en él de modo alarmante. Sonrió con nerviosismo.

—Discúlpeme madre, ¿me hablaba usted?

La dama asintió con una sonrisa divertida —Estás un poco ausente esta noche, cariño.

—Lo… lo siento… ¿me decía?

—Tu madre nos sugería que fuéramos a recibir el año nuevo con ellos… —repitió Asuna con una sonrisa pequeña.

—Entiendo que les guste esta residencia, pero no pueden estar recluidos en el campo todo el tiempo… — siguió con tono casual —Además sería genial que presentaras a Asuna en nuestro círculo de amigos, muchos están deseando conocerla… —y añadió como quien no quiere la cosa —Quisiera tenerlos cerca todo el tiempo posible…

—Me parece una idea encantadora… ¿No lo crees así? —la mirada ambarina se suavizó al preguntar oportunamente. Y él tuvo que morderse el labio para evitar gritarle en la cara lo arrastrada y penosa que era.

—Haré arreglos para ir a la ciudad, madre. ¿Le parece bien? Ocuparemos la residencia más próxima a la capital.

La dama asintió con ojos brillantes, luego observó de soslayo el rostro abatido de su nuera. Y tuvo que inspirar con fuerza para no intervenir. Kazuto era un pésimo actor. Ambos lo eran.

—¿Por qué no nos dirigimos a la sala para hacer la apertura de regalos? —Propuso Suguha con emoción, ajena a lo que ocurría entre su hermano y cuñada. Debajo del pino inmenso había visto congregarse obsequios de variados pesos y tamaños. Y como una niña pequeña estaba ansiosa por ver que le tocaba.

La familia entera consintió al pedido de la muchacha, y tras ordenar a la servidumbre les llevaran el café a la nombrada habitación, se dirigieron hasta allí soltando exclamaciones ante la magnificencia del pino oportunamente adornado.

Asuna apareció última luego de que diera las indicaciones pertinentes de los postres y aperitivos que se fueran a servir, suspiró ante la tensión que jamás parecía abandonar sus hombros y fue a reunirse con ellos.

—Oh Asuna… ¿qué eso no es muérdago?

La madre de Kazuto señaló con una sonrisa pícara el ramillete inocente que colgaba justo debajo del recoveco de la puerta y que se encontraba encima de su cabeza. La joven se sonrojó desde el cuello hasta las orejas, parecía que la familia entera esperaba que hiciera algo al respecto. Desamparada dirigió una mirada de ayuda a quien podía salvarle.

—Asuna ¿no crees que has ido demasiado lejos con esa tonta tradición? —se quejó Kazuto con falso humor.

Al oír sus palabras la joven bajó la cabeza y se aprestó a entrar al salón.

—No ha sido Asuna —comentó la dama mirando a su hijo —He sido yo, como toda pareja de recién casados pensé que sería divertido darles un empujoncito para que no tuvieran tanta pena de dar muestras de amor en público… normalmente los recién casados no pueden quitarse las manos de encima…

—Madre… —Suguha intervino temerosa de lo que estaba develando con sus palabras.

No fue necesario decir que Kazuto sintió que sus mejillas se calentaban, en silencio se encaminó hacia la joven que ajena a él buscaba un lugar donde sentarse, y volviéndola, la besó delicadamente. No le importó que Asuna no le respondiera ni que permaneciera con los ojos muy abiertos, se sintió extrañamente halagado al notar su rostro sonrojado, y sus ojos brillantes como gemas. Luego, como si fuera lo más normal del mundo se sentaron juntos sin soltarse. En la cabeza del joven daban vueltas las palabras de su madre. ¿Acaso sospecha algo? No, hemos sido demasiado cuidadosos… Y he cumplido cada uno de sus caprichos… Dirigió una mirada hacia la dama, pero esta sonreía viendo como su hermana tomaba los paquetes y los sacudía como niña pequeña intentando adivinar que había dentro.

—¿Podemos empezar ya?

Kazuto abrazó la delgada cintura de Asuna, quien por todos los medios intentó no saltar ante su gesto, y se dirigió a Suguha —Reparte los obsequios.

Tras el chillido de felicidad que soltó la pelinegra, se dio por empezada oficialmente la apertura de regalos.

—Asuna… —la mujer la detuvo antes de subir por la escalera, ya luego de la cena cuando todos se retiraban a dormir. Kazuto se quedó algunos pasos más adelante notando que las dos se habían quedado atrás, y peleó consigo por volver o seguir de largo.

—¿Ocurre algo Midori-san?

—Sólo quería despedirme —disparó una mirada por encima de su hombro hacia el escucha que las observaba, y que, entendiendo la indirecta siguió su camino hasta el piso de arriba casi a regañadientes —Como partimos mañana temprano es probable que cuando despiertes ya no estemos aquí.

—Oh, pero yo quisiera…

—No, querida no es necesario —desechó con un gesto la pregunta, y le sonrió rompiendo la distancia que imponía el protocolo para dos personas que no eran tan cercanas, y la tomó de los hombros con ternura —Quiero decirte que estoy muy feliz que seas parte de esta familia, y que lleves nuestro apellido. Más allá de como se haya dado este matrimonio eres una Kirigaya, y una condesa… Y anhelo que tomes el lugar como tal en la sociedad…

—Midori-san yo… no creo que…

—No te desanimes —murmuró en voz alta y clara —Los hombres de esta familia son un poco reservados, y el camino a su corazón es cuesta arriba, pero una vez que llegas a él no hay nadie que pueda sacarte…

El rubor cubrió las mejillas de la chica ante sus palabras.

—Te veré en la cena de año nuevo —la besó en la frente —Ve a descansar, tu marido te espera.

Asuna alzó la vista al oír eso y descubrió la silueta del joven en el piso de arriba que seriamente las observaba. No lo había visto ¿quizás oyó todo lo que su madre dijo? Sus mejillas ardieron aún más si eso era posible.

—Puedes ir subiendo, querida. Yo me tomaré una copa de brandy antes de ir a la cama, es un vicio secreto que mi esposo desconoce pero que me deja completamente relajada para dormir como un bebé.

Asuna rió para aligerar los nervios que tenía, aunque demasiado pronto se encontró sola por lo que decidió ascender la escalera, al llegar al piso superior su marido le salió al encuentro y la tomó del brazo arrastrándola consigo por el pasillo hacia las habitaciones.

—¿Qué le dijiste?

—No le dije nada… —se soltó.

—Escuché todo. ¿A qué se refería? Fue muy contundente…¿Acaso tuviste el descaro de hablarle de nuestro pequeño acuerdo?

—¡Me limité a hacer lo que me pediste! Quizás fueron tus pobres dotes histriónicas las que la pusieron sobre aviso.

— Porque tú eres una excelente actriz haciéndole creer a todos de tu inocencia, ¿verdad?

—¡Soy inocente! ¡Jamás busqué que esto pasara…!

Kazuto se detuvo ante el aposento que le pertenecía y la observó, sintiendo otra vez que la rabia que sentía reverdecía ante la vista de esa mujer que pese a su expresión melancólica se veía más bella que nunca. Con sus ojos brillando febrilmente de lágrimas contenidas.

Y él presentía que de continuar ahí finalmente se rompería y haría un estupidez colosal. Apretó los ojos endureciendo la mandíbula —Eres una hipócrita.

—N-No tanto como tú...

Él cerró la boca, pareció que iba a decir algo desagradale. Sonrió inexplicablemente y aunque su voz salió contenida fue obvio su desprecio —Me iré mañana luego de que mis padres y mi hermana se marchen.

Asuna guardó silencio, sus labios temblaron —¿Y porqué me lo dices?

—Así puedes seguir planeando tu patética vida, sólo óyeme en esto —se inclinó ante ella —Que ninguna de las tonterías que escribes alcance el nombre de mi familia…

Que Kazuto sacara a colación su sueño fue un golpe que no se esperaba —Jamás haría algo que trajera la desgracia sobre tu apellido.

Le sonrió irónico abriendo la puerta de su alcoba —Ya se termina este suplicio, buenas noches.

Asuna miró su espalda hasta que desapareció en las sombras, sus ojos cuajados en lágrimas.

Sola en su habitación Asuna se detuvo ante el tocador, había transcurrido una hora desde que la cena acabó y no podía dormir. Cansada de dar vueltas en esa cama que era demasiado grande para ella se levantó presa de una angustia que apenas podía contener. El recuerdo de las palabras de su suegra, y más aún, las de su marido daban vueltas por su cabeza aturdiéndola.

Antes de darse cuenta había encendido una lámpara y arrodillada frente al mueble donde guardaba sus vestidos, buscaba cierto objeto que hubo sepultado allí a los pocos días de haberse casado. Finalmente debajo de muchas prendas que ni recordaba que tenía lo halló, se trata de la caja de cartas que le había escrito a su marido desde que lo conoció hasta que se mudó allí. Todas sin abrir como le habían sido devueltas aquella vez que intentó hacérselas llegar durante los primeros días de su matrimonio.

Él se iba al día siguiente, la forma hiriente en la que se lo había dicho daba vueltas una y otra vez en su cabeza.

Miró hacia la banqueta junto a su lecho; allí estaban los regalos de Navidad que había recibido de su familia política. Ante la vista de aquello su estómago se ciñó.

Kazuto y sus padres habían sido muy generosos con ella aunque los regalos que él le hizo fueron totalmente impersonales y solo para disimular ante la señora Midori; un collar de perlas, un abanico de plumas y un sombrero a la última moda. Cuando Kazuto se los entregó en medio de una sonrisa engreída quiso gritar de frustración y arrojárselos a la cara. ¿Cómo se le había ocurrido algo semejante? Tenía buen gusto sí, pero eran detalles frívolos que en nada la representaban. Ella no usaba joyas ni sombreros así de lujosos, pero de seguro era del gusto de alguna de sus amantes…

Los regalos que les dieron a sus padres los hizo en nombre de ambos pero no era lo mismo. Y cuando llegó el momento de que cada uno abriera su obsequio, Asuna se dio cuenta que no había ninguno para Kazuto de su parte. Este insinuó que ella deseaba dárselo mas tarde en privado, y Asuna no pudo sentirse más infeliz.

Pero la verdad era que ella no le había obsequiado nada porque no tenía nada que darle…nada excepto lo que contenía la caja que tenía entre las manos. Y que representaba su última medida desesperada.

Le podía dar eso a Kazuto. En esas dos semanas le había llamado así muchas veces, tantas que comenzó a pensar en él de diferente forma. Incluso había hecho todo lo que se le ocurrió para que notara su presencia y la mirase de otro modo. Había coqueteado con el joven y dedicado horas y horas a peinar su cabello, y a pensar la ropa que se pondría que le hiciera justicia. Y le había sorprendido mirándola…en esos momentos Kazuto la miraba de la misma forma en la que lo había hecho la noche del baile de máscaras, cuando la llevó a su habitación… como si quisiera besarla.

Durante esos maravillosos quince días se había convencido de que estaba profundamente enamorada de él. En algún momento sucedió… quizás ya lo estaba desde antes, desde esa fiesta, no lo sabía, pero los sentimientos se le desbordaban del pecho cada vez que veía su sonrisa perezosa y soñaba que iba dirigida a ella. También se había dado cuenta de otras cosas, entre ellas de que era necesario cerrar la brecha que había entre ambos. En primer lugar, era consciente de que la madre de Kazuto deseaba un nieto, un heredero. Él también lo quería. Lo había dicho con una expresión tal en el rostro que Asuna supo inmediatamente que no estaba mintiendo, Kazuto anhelaba una familia, y tal y como estaban las cosas hasta este momento, eso era imposible. Y Asuna presentía que era su culpa. Ella era la causante de toda esa pesadilla y si había algún modo de acabar con ello lo haría. El escándalo de un divorcio salpicaría a toda la familia, pero Asuna confiaba que si jugaba bien su última carta podrían empezar a construir algo sólido.

Lo único que necesitaba era que él leyera sus cartas. Estas eran la única prueba que podía darle de que ella no había planeado el encuentro en el baile de disfraces, que no había tenido ningún plan para atraparle en un matrimonio. En esas cartas había volcado su vida entera.

El problema era que no podía darle esa prueba sin desnudar su alma ante él. Sin dejarle ver todo lo que ella era, no era y lo que quería llegar a ser. Todo estaba allí, y una vez que lo leyera quedaría al descubierto, mas vulnerable que nunca en su vida.

Rogando silenciosamente para que aquello funcionara, se dirigió a la puerta que conectaba las dos habitaciones y llamó. No esperaba que Kazuto le abriera demasiado rápido, ni verlo tan juvenil e informal. Los ojos grises la escudriñaron de arriba abajo, vio la ropa que ella llevaba puesta y casi da un portazo en respuesta.

Vestida con una bata de terciopelo con un escote ovalado que evidenciaba sus curvas y el pelo cayendo sobre sus hombros como fuego, Asuna Yuuki Kirigaya lucía irresistible.

—¿Qué sucede?—le preguntó apoyándose en la puerta —¿Tu conciencia no te deja dormir? —aventuró burlón.

Asuna decidió ignorarle, y dando un paso hacia adelante extendió lo que llevaba en las manos.

—Es para ti—contestó con su brillante pelo, su seductora piel y su preciosa bata —Toma.

Kazuto miró la caja y luego a ella.—¿Qué es eso?

—Por favor, tan solo aceptalo.

—¿Por qué demonios debería…?

—Porque…porque es un regalo, un regalo de Navidad para ti de mi parte.

—No quiero nada que provenga de ti Asuna.

—¡Pero tu quieres tener un hijo!— le soltó mirándole aturdida ante esa declaración.

Él guardó silencio algunos segundos, finalmente sonrió —No te necesito para tener un bebé— dijo con desdén.

Ella palideció pero insistió: —Ninguno seria legítimo.

—Podría legitimarlos mas tarde —dio un paso hacia el frente y la tomó del brazo —¡Ahora vete de aquí!

—¡Maldito seas!— exclamó Asuna con voz ahogada, aventándole las cartas al pecho, las cuales cayeron a sus pies como numerosos pétalos marchitos —Yo no urdí nada para ponerte una

trampa el día de la fiesta de disfraces. Cuando te pedí que arruinaras mi reputación pensaba que eras otra persona.

Una lenta y cínica sonrisa cruzó la cara de el.

—¿De veras?—preguntó mordaz—¿Y quien pensabas que era?

—¡Pensé que eras un ángel, una divinidad!—soltó Asuna desgarrada, sintiéndose miserable —Había bebido más de la cuenta y… pensé que Dios en su misericordia había enviado a alguien para ayudarme... La prueba está en esa caja, en las cartas que escribí desde que te conocí, en esa especie de diario. No te pido que me creas, tan solo que las leas…

—No pienso hacerlo.

Asuna frunció los labios, la actitud de Kazuto era intransigente, parecía que nada lo conmovía. Abrazándose a si misma, se dio la vuelta y salió de allí.

Ignorando la caja desparramada en el suelo, Kazuto pisoteo algunas de ellas cuando se sirvió una copa y se fue al sillón. Cogió el libro que había dejado cuando llamaron a la puerta y lo abrió por la primera página. Entonces se fijó en la caja que contenía las cartas. Con una cierta curiosidad por saber lo que le habría preparado esta vez su imaginativa mujer, decidió leer una de ellas.

La primera del montón estaba fechada en la primavera anterior y supuso que debía comenzar por esa aunque nunca se había fijado en Asuna Yuuki hasta ahora.

"Fecha x,

He conocido a alguien hoy en el parque, y ha provocado algo en mi tan fuerte que apenas puedo dejar de pensar en ello. Siempre se habla mucho de los caballeros de la ciudad, de lo galantes que se supone que son y te llevas una desilusión cuando los conoces. Entonces conocí a Kazuto Kirigaya, era apuesto…muy apesto. Y también duro y frío, al menos en apariencia, pero creo que se rió de lo que le dije

cuando me iba. Si se rió no puede ser duro, simplemente demuestra que es alguien cauteloso…"

Dos horas mas tarde cayó un tronco de la chimenea soltando un montón de chispas

anaranjadas al tiempo que Kazuto dejaba la última carta a un lado. Entonces cogió una que ya había leído varias veces y volvió a leer las líneas que le habían llenado de auto desprecio.

"Intuyo lo avergonzada que la abuela estaría de mí. Yo solo quería bailar esos tres bailes con

él y así Noboyuki-dono retiraría su oferta de matrimonio…Sabía que no debería haber dejado que me besara. Lo sabía, pero aún así sucumbí a él. Tiene una sonrisa genuina, y una voz profunda y fuerte… ¡Como ansío ver su sonrisa de nuevo! Tengo que intentar arreglar las cosas de alguna manera. Lo deseo, lo deseo, lo deseo… Deseo que las cosas entre nosotros se hubieran dado de otra forma… Y después lloro…"

Con la cadera apoyada en el asiento de la ventana, Asuna miró la helada noche con los brazos rodeando su estómago como si con ese gesto pudiera alejar el frío que la invadía cada vez mas profundamente según pasaba el tiempo y él no aparecía. Se lo había dicho. No creeré ninguna de tus palabras. Levantando un dedo dibujó un círculo en el cristal y luego otro dentro del primero. Estaba empezando a dibujar un tercero, cuando en el centro vio la imagen de un hombre moviéndose despacio. En mangas de camisa y con las manos en los bolsillos de los pantalones, se acercaba a ella mientras el corazón de Asuna parecía querer salir de su pecho.

Él se detuvo a su lado y ella esperó, escrutando su expresión en el reflejo del cristal con miedo de lo que vería si se daba la vuelta y le miraba directamente.

—Asuna—rugió la voz de el joven con emoción.

Ella soltó una respiración temblorosa y después volvió la cabeza. Vio una sombría sonrisa en los labios de él al tiempo que sus miradas se encontraban.

—Cuando pensaste que yo era , y luego que era el demonio ¿quieres saber lo que pensaba yo de ti?

Asuna tragó saliva y asintió.

—Pensaba que eras una ilusión…

Incapaz de moverse o respirar esperó a que le dijera lo que pensaba de ella ahora. Entonces manteniendo su mirada fija en los ojos ambarinos dijo solemnemente:

—Yo también lo deseo Asuna. Lo he deseado desde que te conocí...

Ella se levantó, dio un paso hacia delante y se encontró de pronto pegada a ese cuerpo que añoraba, con sus fuertes brazos alrededor como bandas de acero. Su boca se apoderó de la de ella con gentil violencia, sus manos recorrieron su espalda y sus costados con caricias apasionadas, atrayéndola hacia él con fuerza. La besó hasta que Asuna apenas pudo respirar y se amoldó contra él acoplando su cuerpo a sus duros muslos. Los brazos de ella rodearon el cuello de Kazuto e internamente deseó no estar soñando. Cuando finalmente el joven se apartó, besó su rostro, mejillas, los ojos, las sienes…Después apoyó la barbilla contra el suave cabello anaranjado y susurró:

—Lo deseo, lo deseo.

Asuna esperó a que su diestra boca descendiera sobre la suya de nuevo. Tímida e insegura, hizo ademán de besarle, acariciándole la espalda consiguiendo que la acercara mas hacia su cuerpo.

Echó la cabeza hacia atrás, le miró esperanzada y deslizó sus manos sobre su pecho observando como ardían aquellas pupilas de acero.

Kazuto aceptó la invitación y corrió los dedos por la nuca de ella, sosteniendo su boca contra la suya, bajó la cabeza mientras susurraba:

—Yo también deseaba que todo fuera de otra forma…

Asuna soltó un ligero gemido tras esas palabras. Y se perdió a si misma en ese torbellino de sensaciones que él creaba. Como única preparación contaba con esos besos y caricias de la fiesta y esperaba que él volviera a actuar de idéntica manera. Pero Kazuto la alzó en brazos y retrocedió hasta su propia habitación y ya no dijo más.

La depositó con suavidad sobre el lecho entre las blancas sábanas y se tendió sobre ella observando como contrastaba su cabello de fuego con todo lo que la rodeaba, y como latía el el fulgor en su mirar ambarino. Casi que tenía miedo de tocarla, esas cartas habían desgarrado al ser cruel y déspota, dejando en su lugar al joven que se había enamorado profundamente de su esposa.

Asuna iba a abrirse la bata considerando que era lo que tenía que hacer, pero Kazuto la detuvo besándola con ternura dándole, y dándose todo el tiempo del mundo. Cuando finalmente sus manos se buscaron sedientas, sus sentidos estaban completamente preparados para el siguiente paso. La desvistió con suavidad, cuidando de no asustarla y conteniéndose, recordando cuantas veces había deseado hacer eso durante aquellas semanas.

Ella era hermosa y perfecta. Su cuerpo había sido cincelado para las manos de un hombre. Las suyas, así lo decidió. Cuando en esa fría madrugada se volvieron uno ya no quedaban sombras de dudas. Kazuto no solo le demostró con besos ardorosos que ella era suya, sino que ambos se pertenecían.

Ambos se entregaron a los brazos del otro con algarabía, haciendo de la cálida unión de sus cuerpos una nueva promesa, un nuevo comienzo.

Sus curvas femeninas habían sido cinceladas para las manos de un hombre. Las suyas. Ardía en deseos de tocarla. Hicieron el amor con desesperación al principio y luego muy lentamente al final. No solo le demostró con sus besos que no se trataba de una mentira. No. Ambos se entregaron haciendo de la unión de sus cuerpos tal vez un nuevo comienzo.


Pido perdón! Se me había traspapelado el epílogo junto con el capítulo! Ya solucioné eso.

MUCHAS GRACIAS POR LEER!