Capítulo tres

La hija de Hiashi se encontraba sentada de lado encima de su regazo. Por qué había acabado viéndole como su salvador era algo que a Naruto se le escapaba. Lo único que sabía era que le habían herido porque ella le había distraído, y eso no le parecía divertido.

Tampoco le parecía divertido que sus ruegos le hubieran convencido de que dejara vivo a Toneri. Tampoco en ese momento le parecía divertida la manera en que el esbelto cuerpo de ella se movía rítmicamente contra el suyo. Tampoco el aroma floral de su cabello. Tampoco esas manos acariciadoras, cada vez que modificaban el cálido contacto alrededor de su cintura. Tuvo la fuerte impresión de que la señorita Hyuuga disfrutaba de su propio rapto.

Frunció el ceño.

Eso no iba a funcionar. Se suponía que ella debía temerle.

Veinte o treinta soldados les perseguían a un kilómetro y medio aproximadamente, pero Naruto se alegraba de ello. En primer lugar, porque cuantos más soldados les persiguieran hacia la trampa a que les conducía, menos de ellos quedarían para unirse a los guardias de las torres.

En segundo lugar, la persecución le mantenía la mente alejada de otras cosas.

La forma en que su valiosa víctima movía su derriére sobre su regazo, o la parte rasgada del vestido que mostraba su escote virginal. Al ver el viejo roble que flanqueaba la carretera, hizo que el caballo se detuviera.

— ¿Por qué nos detenemos? ¡Están justo detrás de nosotros! —gritó la señorita Hyuuga.

— ¡Shh! —El escuchó con atención.

«No. Más lejos.» Espoleó al caballo de nuevo, continuaron unos cincuenta pasos y se detuvieron otra vez para escuchar.

—Maldita sea, está en algún lugar por aquí—dijo mientras conducía al caballo de nuevo junto al árbol.

«Sí. Allí.»

—Dame una de tus agujas de pelo. Ahora —le ordenó, saltando del caballo y ayudándola a bajar.

Ató las riendas alrededor del cuello del animal y ella se sacó del pelo una aguja engarzada con una esmeralda y la cabellera le cayó sobre los hombros inmediatamente. A lo lejos, a través de los árboles, se veía a los soldados en la carretera avanzando con rapidez. Él tomó la aguja y la clavó en la almohadilla de la silla hasta que ésta pinchó el flanco del caballo, que protestó violentamente. Naruto le espoleó en la grupa y el animal arrancó en un furioso galope carretera adelante.

Tomó a Hinata de la mano y corrió con ella hasta la espesura que flanqueaba la carretera. Penetraron en ella rompiendo ramas y enganchándose en zarzas. Él saltó por encima de un enorme tronco y ayudó a Hinata a hacer lo mismo.

Inmediatamente la tumbó al suelo, a su lado, sobre la densa capa de hojas, para ocultarse tras el tronco. El blanco vestido de ella les delataría con facilidad si los soldados dirigían la vista hacia el bosque.

Se quedaron tumbados el uno al lado del otro. Ella ruborizada. El jadeando. Como dos amantes después de una tarde de vigoroso sexo. Ella le miró con los ojos muy abiertos. Él puso un dedo sobre los labios de ella en un gesto de silencio pero, extrañamente, no detectó en ella ninguna intención de gritar pidiendo ayuda.

La miró a los ojos con calidez mientras oían al escuadrón pasar galopando tras el caballo negro desmontado. El ruido de los cascos apagó el distante murmullo de la cascada. Todavía con su rehén sujeto por la delicada cintura, Naruto escudriñó la carretera en dirección a la ciudad. Adivinaba que los refuerzos no podían estar muy lejos.

—Vamos.

Se pusieron de pie. Los suaves y delgados dedos de ella se entrelazaron con los suyos, callosos y fuertes. Él la condujo a través del oscuro y oloroso bosque en dirección al sonido de la cascada. Él sintió alegría al llegar al puente, puesto que se sabía fuera de peligro. La carretera ya no se encontraba a la vista. A cada paso que daban, el sonido de la cascada se hacía más fuerte.

De repente, oyó un chillido de dolor detrás de él y se dio la vuelta. Vio que un largo mechón del pelo de ella se había enanchado en unas zarzas. Sacó el cuchillo y se dispuso a liberarla, pero ella chilló:

—No te atrevas.

Él la miró con sorpresa. Ella le miró desafiante.

—Ráptame si debes hacerlo, pero no permitiré que me cortesel pelo.

Él continuó mirándola, sin comprender cómo era posible tanta rabia para algo tan trivial en un momento como ése. Pero al recordar lo que tenía que hacer al amanecer, un sentimiento de culpa le inundó y pensó: «Es lo mínimo que puedo hacer por ella». Con suavidad, le deshizo el pelo enganchado en la zarza. Ella se quedó quieta, esperando con paciencia. Entonces él se dio cuenta de que ella volvía a mirarle. Su rostro levantado hacia el suyo y bañado por la luz de la luna. Él deshizo el último nudo y se dio media vuelta.

—Gracias —le dijo ella, un poco ruborizada—. ¿Cuál es tu nombre?

—Vamos. Sin preguntas —gruñó él, molesto por ese tono de mando.

Esta vez él le tomó la mano con mayor suavidad. Se sentía excesivamente consciente de la suavidad de su piel. Al final llegaron al claro donde la cascada se derramaba hasta una enorme charca. Él se volvió y vio que ella contemplaba el brillo de la luna sobre el agua.

—Podrías fingir cierto temor —murmuró.

—Siento temor —le aseguró ella.

Él la miró y deseó saborear esos bellos labios que ahora dibujaban una impúdica sonrisa.

«No es posible que yo le arrebate la vida a esta criatura», pensó. Pero entonces se acordó de su padre, cómo se habían abalanzado encima de él, como perros sobre un toro herido, y cómo le habían apuñalado una y otra vez justo delante de sus ojos. Pensó en cómo habían cortado el cuello de Menma, como si fuera un joven ternero, su pequeño hermano de tan sólo ocho años de edad. Naruto se apartó con brusquedad y se quitó las botas.

— ¿Vas a darte un baño? —preguntó ella.

Por toda respuesta, él penetró en la charca con las botas en una mano mientras, con la otra, la arrastró a ella por la muñeca. Ella lanzó un pequeño chillido de protesta, pero la charca no era profunda: sólo le cubrió los muslos primero y luego la cintura.

— ¿Dónde vamos?

Él no le hizo caso.

Atravesaron la charca en dirección a la cascada y cuando llegaron a ella, él depositó las botas sobre una roca. Al acercarse a la cascada, Hinata observó, fascinada, que detrás de la cortina de agua se abría la entrada a una cueva. Él saltó a las rocas, se dio la vuelta, se agachó y le ofreció una mano para ayudarla. Ella la tomó y cuando salió del agua empapada y chorreando él sintió de inmediato una corriente de deseo que le recorrió todo el cuerpo.

«Oh, por Dios, ¿por qué no la habré llevado a cuestas?» La blanca seda mojada se adhería a cada curva de su femenino cuerpo y la luz de la luna otorgaba un efecto mágico a esa visión. Cuando ella se hubo puesto en pie, él consultó inmediatamente la faltriquera de su reloj.

¿Cuánto tiempo les quedaba? Marcaba la una y cuarto. No les quedaba suficiente tiempo.

Molesto consigo mismo, apartó esa idea. Aunque dispusiera de una semana entera, no pensaba hacerle el amor a esa mujer. Ni siquiera iba a pensar en ello. Quizá él hubiera sido una desgracia para su familia, pero no llegaría hasta ese extremo. Además, ¿qué clase de perverso desalmado podría pensar en seducir a una mujer a la que se disponía a matar al cabo de unas cuantas horas? Pero ¿era justo que una criatura tan hermosa muriera virgen?

«Maldito bastardo», se dijo a sí mismo. Miró hacia la boca negra que se abría en ese extremo de los túneles.

—Vamos —gruñó.

No quería contemplar su belleza ni ver la luz de la luna que dibujaba los perfiles de su vestido, revelando las elegantes líneas de sus largas piernas hasta esa cumbre donde se encontraban los misterios de Afrodita.

— ¿Por qué me llevas ahí dentro? —le preguntó ella con temor, demostrando por fin que tenía el suficiente sentido común como para estar asustada.

—Porque voy a alimentar a los osos contigo —respondió el—. Date prisa. No tengo toda la noche.

— ¿Se encuentra tu facción ahí dentro esperando?

—¿Mi qué? —preguntó él, dándose la vuelta.

Ella dio un paso hacia él y le miró a la cara con seriedad.

—No vas a dejarme sola con ellos, ¿no? La gente odia a mi padre y yo… yo me sentiría muchísimo más segura si tu estuvieras allí.

—¿Más segura? —Él le devolvió la mirada, hechizado.

Ella le miraba con timidez pero con una valiente sonrisa. Se recogió uno de los largos mechones tras la oreja.

—Sé que no permitirías que me hicieran daño. Ya me has salvado una vez esta noche.

Naruto recibió la súbita comprensión como una bofetada: ella confiaba en él.

Angustiado, comprendió a qué conclusiones había llegado la señorita Hyuuga en referencia a los motivos de él y supo por qué ella cooperaba de forma tan amable.

Sí, sus espías le habían informado sobre las inclinaciones democráticas de esa pequeña patriota, inclinaciones tomadas de los nuevos filósofos que frecuentaban los salones y los cafés de Sunagakure. Hinata Hyuuga era una defensora de la gente humilde. Él tenía conocimiento de sus proyectos caritativos y de sus esfuerzos por salvar al mundo, como si quisiera expiar los pecados de su padre.

«No le des falsas esperanzas. Merece conocer la verdad», pensó. Pero se sintió incapaz de confesársela.

¿Qué bien podría hacerle el pasar las últimas horas de su vida sumida en un estado de pánico e histeria? No quería que ella sufriera más de lo necesario. Era su padre quien debía sufrir, no ella. No, era mejor dejar que ella fuera conociendo la gravedad de su situación paulatinamente. Sería más fácil para ella de esa forma.

Y Dios sabía que también lo sería para él.

Ella todavía le miraba con los ojos muy abiertos, con una expresión de esperanza y confianza que se mezclaba con el temor.

¿Como era posible que ese prometido suyo hubiera tenido el poco corazón de pretender violar a una inocencia como ella? Bueno hizo algo más que pretenderlo.

En ese instante decidió que mandaría a unos hombres tras Toneri: perseguiría al vizconde y le mataría por lo que le había hecho a ella.

Quizá eso ayudaría a aligerar su propia conciencia.

Por unos momentos, Naruto le tomó el rostro con una mano en un gesto de inefable tristeza. Por una cuestión de linaje, el destino les había convertido en enemigos.

Pero si en esos momentos él hubiera sido un perezoso príncipe heredero — porque su padre todavía viviría a sus casi sesenta años— y si Hinata hubiera sido dama de honor de su hermana, de la pequeña princesa Naruko, igual que su madre lo había sido de la reina Kushina, ¿quién sabía?, quizá él la hubiera conquistado y la hubiera introducido en las artes del amor.

—Vamos, nena. Nos queda poco tiempo —dijo en tono ronco. La tomó de la mano y la condujo hacia la oscuridad.

Ese rebelde era un misterio para Hinata. Ahora la conducía a través de una caverna que era incluso más oscura. Después de presenciar la brutalidad con que había golpeado a Toneri, Hinata nunca hubiera imaginado que esas manos grandes y cálidas podrían resultar tan amables como para desenredarle el pelo con tanta suavidad, ni tan reconfortantes ahora que la conducían por la oscuridad.

—En algún lugar debería haber una antorcha y pedernal —murmuró él, soltándole la mano y empezando a buscar. Ella no veía nada pero oía sus movimientos y sentía su calor.

— ¿Quién eres? —le preguntó, sorprendiéndose del eco que su voz despertaba en la oscuridad.

—No necesitas saberlo.

— ¿Cómo debo llamarte?

—Como más te guste. No importa.

—A mí sí me importa.

— ¿Por qué?

Ella se encogió de hombros:

—Por educación.

—Lo siento, pero no estoy para eso —respondió él.

Sus voces resonaban en la oscuridad de la caverna y Hinata se dio cuenta de que ésta era mucho más grande de lo que había pensado.

— ¿Cuáles son tus demandas?

Con un gruñido, le hizo saber que tampoco pensaba responder a eso

— ¿Dónde estamos?

Hinata oyó un suspiro de exasperación y frustración.

— ¡Ni una pregunta más! ¿Quieres que te amordace?

—No.

Hinata oyó el chasquido del pedernal contra el metal y vio unas chispas que rompían la oscuridad. Una de ellas prendió y, al cabo de unos momentos, una pequeña llama apareció en la antorcha. Poco a poco, ésta iluminó el rostro bronceado de él, sus azules ojos y la expresión de sus cejas, y sus mejillas. Hinata se preguntó si debía sentir temor en lugar de fascinación ante ese hombre. Pero ningún hombre con una risa tan alegre podía tener un corazón cruel. Y sus manos eran tan amables. Se preguntó si se las pondría encima como Toneri había hecho.

—No vas a decirme tu nombre, ¿verdad?

—Lo haré si eso acaba con tus preguntas. —Sonrió como un diablo—. Mi nombre es... Humberto.

— ¡Humberto! No —se rió ella—. Los Humbertos se tropiezan con su propia sombra.

Él la miró con malicia y lo intentó de nuevo:

—Paolo.

Ella meneó la cabeza.

—Nunca. Demasiado suave.

El sopló hacia la antorcha y la miró.

— ¿Qué tal Antonio?

—Es posible. —Observó la forma de sus labios cuando soplaban de nuevo para avivar el fuego—. Te comportas como un Antonio. Pero si fuerais un Antonio de verdad, nunca hubieras dicho a Toneri que yo era insaciable. Ningún Antonio admitiría nunca que había dejado insatisfecha a una mujer, aunque fuera mentira.

—Yo no dije que tu estuvieras insatisfecha, sólo que querías más — respondió, divertido.

—No te llamas Antonio —insistió ella.

—Vamos nena. Tenemos tres kilómetros por delante.

— ¿Tres kilómetros? —repitió ella mientras observaba la oscuridad que les esperaba.

Él levantó la antorcha y Hinata se dio cuenta de que iban a penetrar en las mismas entrañas de la tierra. Contempló las tinieblas y, con incredulidad, supo dónde se encontraban.

—Los túneles de los Uzumaki —susurró impresionada—. Antonio‐Humberto, ¿cómo los has encontrado?

Hinata le arrebató la antorcha y dio unos pasos por delante de él contemplándolo todo con incredulidad.

—Pareces asombrada, señorita Hyuuga —dijo él con voz profunda.

— ¡Creía que estos túneles eran solamente una leyenda! —Se dio media vuelta hacia él y con repentina seriedad le advirtió—: No deberíamos estar aquí.

— ¿Por qué no? —preguntó con una expresión extraña, dura, brillante y oscura en sus ojos.

—Estos túneles pertenecen a los Uzumaki —respondió ella en tono respetuoso.

El se encogió de hombros:

—Están muertos.

— ¡Un poco de respeto! —le recriminó ella, santiguándose.

El levantó una ceja.

—No creo que ellos los utilicen nunca más.

Llevándose una mano a la cadera, Hinata le dirigió una mirada severa.

—Dime que no has revelado a tus facciones la existencia de estos túneles.

—No —respondió él con sequedad.

—Eso está bien. Deben permanecer en secreto.

Hinata se acercó a una de las paredes del túnel y pasó una mano por el duro y afilado granito con la certeza de que eso era lo más cerca que estaría nunca de tocarle a él.

—Pobre Naruto —suspiró.

— ¿Qué has dicho?

Ella le dirigió una rápida mirada y vio algo en la decidida curva de sus hombros y en el orgulloso ángulo de su mandíbula que le impidió apartar los ojos.

Por un momento casi pensó…

Pero no, era imposible. Sólo se trataba de su exacerbada imaginación, como siempre. Nadie hubiera podido sobrevivir a un salto de sesenta metros sobre unas aguas infestadas de rocas y tiburones, especialmente un chico de trece años. No por el hecho de que no hubieran encontrado el cuerpo cabía pensar que la leyenda del príncipe oculto era algo más que una leyenda.

« ¿Igual que estos túneles?», se preguntó.

El rebelde se acercó a ella y le arrebató la antorcha con brusquedad.

—Continuemos, señorita Hyuuga—dijo. Pronunció su nombre como si lo odiara.

Naruto marchaba delante, enojado por el hecho de que Hinata no hubiera podido ni imaginar quién era él. Todavía no quería que ella lo supiera pues guardaba esa revelación para su padre, pero el hecho de que ella ni siquiera contemplara esa posibilidad le molestó profundamente.

¿Cómo demonios creía ella que él conocía esos túneles? ¿Tan difícil de creer era que él pudiera ser el hijo del rey Minato? Por otro lado, esa indignación, esa vanidad herida, le divirtieron un tanto irónicamente.

Al cabo de un rato oyó otro chillido de dolor. Al volverse descubrió que la señorita Hyuuga se había torcido un tobillo.

Se había dejado caer sobre el húmedo suelo y se agarraba el tobillo con ambas manos mientras se lo frotaba sin poder reprimir las lágrimas. Él se acercó con cierta desconfianza, convencido de que fingía. Pero entonces vio la zapatilla de baile destrozada por la caída y las blancas medias rotas y manchadas. Despacio, se arrodilló delante de ella.

— ¿Qué ha sucedido?

—Resbalé —gritó ella, como si hubiera sido culpa de él. Naruto le dio la antorcha.

—Dejame ver.

Le apartó las manos y examinó el tobillo sin hacer caso de sus pequeñas exclamaciones de protesta. Le pasó ambas manos por la elegante curva del tobillo y cuando presionó ligeramente con el pulgar sobre el hueso, ella retuvo una exclamación de dolor y le miró mordiéndose el labio.

El se aparto y la contempló, pensativo. Ella se había mostrado tranquila durante todo el trayecto bajo tierra, pero ahora su resistencia empezaba a flaquear.

Había sido una noche difícil para ella, suponía. A punto de ser violada, la habían raptado, había sido perseguida por soldados, había sido arrastrada por una charca. Ahora se había torcido un tobillo y lo peor estaba por llegar. Mucho peor.

Él destapó la petaca y le ofreció un poco de ron. Hinata observó la petaca y le miró a él, desdeñosa, pero se lo pensó y dio un prudente trago. Él no pudo evitar reírse al ver que le daba un ataque de tos y que escupía el ron.

— ¡Es horrible! —exclamó con los ojos húmedos. Se tapó la boca con ambas manos y le miró con expresión de reproche.

—Atenuará el dolor. —Naruto se puso en pie y le ofreció una mano—. Vamos, mi pequeña cautiva. Arriba.

La llevó a cuestas durante el resto del trayecto. Ella sostenía la antorcha e iluminaba el camino. Al principio él se sintió molesto por las constantes órdenes y quejas de ella que le alertaban ante un charco en el suelo, le avisaban ante cualquier piedra que se interpusiera en su paso o le ordenaban agacharse para evitar un saliente del techo. Pero al final, se acostumbró.

A lo que no podía acostumbrarse era a la sensación que le provocaban sus brazos alrededor del cuello, sus piernas alrededor de su cintura, al contacto de las manos con sus muslos. Había algo salvaje en el hecho de llevar a una mujer de esa forma y le gustaba desmesuradamente. El vestido todavía estaba mojado y se adhería a sus piernas y a él, además de comunicarle la húmeda calidez de la piel con una intensidad asombrosa.

Cada vez que notaba su aliento en el oído le parecía menos probable que la señorita Hyuuga pudiera salir de ese túnel con la virginidad intacta.

Y, a pesar de todo, debía matarla.

A cada paso que daba tomaba mayor conciencia de la lucha interna que se despertaba en su interior. Desde el principio de la planificación de su vendetta, Hinata Hyuuga había sido únicamente un nombre sobre un papel, un objeto a utilizar para conseguir un resultado, nunca había sido un maravilloso ser pensante con sentimientos propios, risa de plata y pecas en la nariz.

Ella exhaló un suspiro cerca de su oído en el momento en que se acercaban a la salida interrumpiendo, así, la silenciosa lucha que mantenía consigo mismo.

—Te agradezco que me salvaras de Toneri —le dijo— incluso aunque fuera porque tenías la intención de raptarme.

— ¿Lo amas? —se oyó preguntar a sí mismo.

—No. —Ella suspiró y reposó la cabeza sobre el hombro de el— ¿y vos, amas a alguien?

—Por supuesto.

— ¿Cómo es ella?

—Tiene tres puentes, tres mástiles y la popa más elegante que un hombre pueda desear.

— ¿Un barco? —exclamó ella—. Ah, eres un marinero. ¡Claro! Ahora lo entiendo.

Ella apretó con suavidad el abrazo alrededor de su cuello y él no pudo evitar una sonrisa a pesar de sí mismo.

—Eres nativo de Konoha, pero has viajado. Lo noto en tu acento.

—Muy bien, señorita Hyuuga.

—Y, si no me equivoco, eres de alta cuna también.

—Mi padre era un caballero —concedió con la expresión más modesta que pudo.

A causa de que fue martirizado, el Vaticano consideraba la posibilidad de declararle santo.

Por alguna razón, Naruto deseaba que no lo hicieran a pesar de que nunca lo sabría. Los cardenales no lo decidirían hasta al cabo de otros treinta y cinco años, y Naruto no tenía intención de vivir tanto tiempo.

— ¿Peso demasiado?

—Por supuesto que no.

— ¿Te duele mucho el brazo? Parece que ya ha dejado de sangrar.

—Está bien.

— ¿Adonde me llevas?

—Ya lo verás.

Ella se quedó callada durante un minuto. Él casi oía los pequeños chirridos de su laborioso cerebro.

—¿Puedo preguntarte una cosa? Es algo que Toneri dijo mientras se mostraba tan desagradable y todavía me persigue, eres un hombre... así que seguramente podréis comprenderlo.

El meneo la cabeza exasperado, mientras ella continuaba antes que pudiera detenerla.

—Mira, Humberto, la principal razón de que yo quisiera casarme con Toneri era que él será el próximo gobernador de Konoha.

«No apuestes por eso», pensó él.

—Dicen que el poder es un afrodisíaco.

Ella se escandalizó.

— ¡Qué cosas asombrosas tienes! Pero esto no tiene nada que ver.

—Por supuesto que no.

—Lo digo de verdad —dijo ella con seriedad—. Pensé que siendo su mujer podría tener alguna influencia en los asuntos de Konoha, que podría intentar amortiguar las injusticias, mitigar el sufrimiento de las gentes.

—Admirable.

—Ya sabes lo que dicen —susurró ella en tono de humor y apoyando la barbilla sobre su hombro—: detrás de un gran hombre hay una gran mujer.

Él se detuvo un momento para subirla un poco más sobre su espalda.

—Disculpame, pero dudo que vuestro prometido sea nunca un gran hombre.

—Ex prometido. ¡Por supuesto que no voy a casarme con ese cretino ahora! No sé que haré. Quizás ingrese en un convento.

El se encogió al escucharla hablar de su futuro cuando él sabía que no tendría ninguno.

—Bueno, Toneri declaró que lo que iba a hacerme estaba justificado porque yo le estaba utilizando. ¡Yo nunca quise utilizarle! —exclamó—. Nunca lo pensé de esa forma. ¿Es eso poco considerado? ¿Soy perversa por querer casarme con él para servir a un bien común? Quiero decir, creo que Toneri quería casarse conmigo solamente a causa de la posición de mi padre. ¿Lo ves? Estoy confundida. ¿Qué piensas tú de todo esto, Humberto?

— ¿Qué piensas tú de ello, señorita Hyuuga? —le respondió él con calma—. Tú opinión es lo único que cuenta

Ella se quedó en silencio durante unos momentos.

—No lo sé, pero ahora me siento culpable.

Volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro, esta vez acomodándose contra él.

— ¿Humberto? Nadie había defendido mi honor antes.

Él no dijo nada.


«Nao...»

El primer pensamiento que apareció en su nublada mente fue que quería a Nao, su querida, leal Nao, obediente como un spaniel, sabía cómo cuidar de él mejor que su propia madre. Intentó abrir los ojos, pero solamente pudo abrir el derecho. El ojo izquierdo estaba cerrado por la hinchazón. Su mente parecía llena de telas de araña, estrellas y fuegos.

Vio las flores por encima de su cabeza. Caléndulas y lirios le miraban desde arriba en silencio, como rostros de mujeres preocupadas. Durante unos momentos no sabía dónde diablos se encontraba ni cómo había llegado hasta allí. Entonces lo recordó. Toneri Otsutsuki se incorporó con dificultad respirando por la boca, puesto que no podía hacerlo por la nariz. Todavía se encontraba aturdido a causa de los fuertes golpes que había recibido en la cabeza y tuvo que comprobar que tenía cada hueso en su sitio. En ese momento llegaron los soldados.

— ¡Mi señor!

— ¡Estás herido!

—Una deducción brillante —gruñó él al tiempo que se quitaba de encima la mano de uno de los hombres mientras se protegía la dolorida muñeca contra el pecho—. ¿Y la señorita Hyuuga?

—Se la llevó con ese caballo que robó. Tenemos a dos escuadrones detrás de ellos en estos momentos.

—Pronto la traeremos de vuelta, señor. ¡No se preocupe! ¡Les habremos cogido a la mañana!

—Trainganme a ese hombre —les ordenó en voz baja—. Es mío.

— ¡Sí, señor!

Uno de los hombres encontró la daga de Otsutsuki y se la devolvió. Toneri la rechazó.

—Tú —le ordenó a un soldado—, comunícale al gobernador que se encuentre conmigo ahora mismo en su oficina. Y tú —le dijo a otro—, busca al mejor cirujano de Pequeña Konoha. Y tú —Continuó con un gesto de cabeza a un tercero— encárgate que mi carruaje esté a punto en media hora.

Necesitaba a Nao. Tan pronto como le contara la historia al imbécil del gobernador y hubiera recibido atención médica iría a la pequeña casa de campo donde se encontraba ella. Nao lamería sus heridas y apaciguaría su herido orgullo.

En cuanto a Hinata Hyuuga, esa remilgada pequeña zorra, tendría que esperar a que su padre la rescatara. Él ya había aportado su parte.

«Ese diablo de ojos azules te dio una patada en el culo, tú cobarde llorón.» Ese pensamiento le hizo soltar un gruñido e intentó recomponerse. Se sacudió el polvo de sus maltrechas vestiduras y se pasó la mano por el cabello mientras se dirigía hacia el palacio. Mientras recorría el vestíbulo en dirección a las oficinas de Hiashi, esquivando a los invitados y maldiciendo con la mirada a los torpes sirvientes para que se metieran en sus asuntos, meditó acerca de la peligrosa

cuestión de a quién creería el gobernador. Qué sucedería si Hinata le contaba a su padre que él había intentado pasar un buen rato esa noche con su frígida hija. Tampoco había nada malo en lo que había hecho. Solamente había actuado en interés de Hinata, después de todo. No quería que la noche de bodas se convirtiera en un trauma para ella. Hiashi tendría que comprender que él, Toneri, simplemente había intentado proteger a la muchacha de ese insolente canalla.

¿Quién era ese hombre? Si era uno de los rebeldes, que tenía que serlo, ¿por qué no tenia el acento vulgar y rústico de ellos? ¿Por qué había dicho que era un buen amigo de Hinata? El canalla se había burlado de ella como si fueran viejos amigos. Quizá la mente no le funcionaba bien a causa de los golpes, o quizá había bebido demasiado, pero había algo que no encajaba.

Si Hinata le hubiera obedecido y hubiera llamado a los malditos soldados tal y como él le ordenó, nada de eso habría sucedido. Diablos, era culpa de ella si la habían raptado. Él había hecho todo lo posible por protegerla, pero ella no había cooperado en nada. Era casi como si hubiera deseado que la raptaran.

De repente, se dio cuenta de algo asombroso.

Ella conocía a ese hombre. Por supuesto que le conocía. Tal como el canalla había dicho, «un amigo, un muy buen amigo»

Hinata formaba parte de los rebeldes.

Toneri se detuvo, inmóvil, en el vestíbulo, con la mirada perdida: intentaba aceptarlo. Por supuesto.

Hinata era una traidora.

Todas esas pequeñas muestras de rebeldía, los colores de los Uzumaki en su vestido, su falta de respeto hacia su padre y hacia él, sus infantiles discusiones con los invitados sobre asuntos que conocía tan poco. Él nunca le había otorgado la debida importancia.

Ella lo había planeado todo. Su rapto era una comedia. No se encontraba en peligro en absoluto. Simplemente se había puesto de acuerdo con los rebeldes para conseguir que su padre y el Consejo siguieran su voluntad. Y le había utilizado a él, había jugado con él en todo momento.

Incluso más furioso que antes, Toneri dio los últimos pasos hasta las oficinas de Hiashi, ocultas tras unos oscuros paneles, se dirigió directamente al bar y, con torpes movimientos, intentó ponerse un whisky con la mano izquierda.

— ¡Maldita sea! —Volvió a la puerta y bramó para que uno de los sirvientes corriera a ayudarle y a encender algunas velas.

Cuando la habitación estuvo iluminada y el sirviente le hubo ofrecido un vaso de whisky, se contempló en el espejo con el único ojo que le quedaba sano. Le resultaba casi imposible reconocer su atractivo rostro en esos violáceos rasgos difusos y deformados.

Era natural que todo el mundo le hubiera mirado de esa forma. En ese instante se juró que se vengaría de ese perro rebelde. No sería la horca, rápida y simple, sino la tortura más lenta y duradera. Y en cuanto a Hinata, que se había atrevido a convertirle en un tonto, acabaría lamentándolo. Lo lamentaría mucho. La venganza también le llegaría a ella, pero antes debería esquivar a su padre.

Sabia que Hiashi nunca presentaría cargos contra Hinata al igual que nunca presento cargos contra su esposa cuando esta descubrió la verdad sobre la muerte de los Uzumaki. El hecho de encontrarse bajo la tutela del Consejo le había permitido conocer por completo la secreta historia de lo que le sucedió a la señora Hana Hyuuga. La madre de Hinata había sido eliminada antes de que hubiera podido contar la historia en la aldea de la roca, tal y como había planeado en secreto. A causa de que su muerte fue presentada como un suicidio, su esposo nunca estuvo al

tanto. El gobernador estaba tan encaprichado con ella que nunca la cuestionó. De la misma manera, Hiashi utilizaría todo su poder para proteger a su pequeña, incluso aunque ésta fuera una rebelde y una traidora.

Quizá fuera posible mantenerla a salvo, pensó Toneri con una sonrisa diabólica. Se observó la muñeca, ahora hinchada hasta el doble de su tamaño habitual, y decidió en ese mismo momento que si tenían que amputársela a causa de la rotura, mantendría en pie su compromiso con ella. Entonces, como esposo, podría vengarse de ella cada noche durante el resto de su vida.

El rebelde no la llevó con los suyos. En lugar de eso la envió de vuelta a Pequeña aldea de la arena.


La ciudad se encontraba a oscuras y vacía ahora, excepto por los grupos de guardias que recorrían las calles o se agrupaban en la plaza. Había tensión en el aire, en sus secas llamadas, en el agudo silbido del silbato del sargento, en el sonido de las botas sobre el pavimento, en los cascos de los caballos contra el suelo.

«Todo el mundo nos está buscando», se maravilló ella mientras su raptor la conducía por las sombras de la muralla romana hacia las torres de la puerta. Hacia la misma boca del lobo, parecía. Por un lado, se sentía culpable de cooperar con su raptor. Era como si se hubiera vuelto contra su padre y se hubiera unido a los rebeldes. Pero ¿qué otra opción tenía? No podía luchar contra un hombre que medía treinta centímetros más que ella y que pesaba el doble y cuya constitución era de una musculatura tan sólida y firme.

Sintió el estómago revuelto e inquieto al pensar en lo que le sucedería a Humberto si le cogían, especialmente cuando vieran que el vestido de ella estaba rasgado. Aunque lo hubiera rasgado Toneri, creerían que había sido él. Los soldados se vengarían contra toda la ciudad y, sin duda, a las mujeres les harían lo mismo que creían que le había hecho a ella. Entonces los hombres de la ciudad levantarían un fuerte o prepararían una emboscada donde los soldados atrapados

sufrirían terriblemente. «Venganza sobre venganza, vendetta tras vendetta, así siempre», pensó con cansancio.

Teniendo en cuenta que Konoha era un país católico cuyo Salvador había instruido a los hombres para que ofrecieran la otra mejilla, Hinata no podía comprender a qué se debía esa costumbre medieval de la vendetta, que infectaba toda Japón como una plaga, una fiebre o una locura contagiosa. Las islas se encontraban arrasadas por ella y las peores de todas eran Kirigakure, Hoshikagure y Konoha. Aunque el rey Minato era venerado aquí, nadie parecía recordar que él había redactado una ley contra esa práctica veinte años atrás.

Miró hacia el palacio y vio que todas las ventanas se encontraban iluminadas todavía. Se preguntó que diría su padre de todo eso. De lo que estaba segura era de que su padre no permitiría que la noticia de su rapto se filtrara entre los invitados.

Probablemente ya habían encontrado a Toneri y ya le abrían llevado ante un médico. Seguramente éste le habría contado a su padre un montón de mentiras acerca de lo que había pasado para hacerse ver sin culpa y, habría huido a refugiarse en los brazos de su querida.

Cuando estuvieron cerca de las torres de la puerta, el rebelde se volvió y la miró en silencio con una expresión extraña, febril y dolorosa en sus tristes y azules ojos. La miró tanto tiempo que creyó que él iba a acercar sus hermosos labios a los de ella para besarla. En lugar de eso, la tomó entre sus brazos y la hizo dar media vuelta hasta que su espalda quedó contra su pecho. Luego le pasó un brazo por delante del estómago. Ella no protestó.

—Hinata —murmuró.

Ella se sintió temblar al oír la profundidad y el deseo en su voz. Cerró los ojos cuando sintió que sus dedos le recorrían ligeramente el cuello y le acomodaban un mechón de pelo sobre el hombro. Esa inesperada caricia le provocó tal sensación de debilidad que no pudo evitar apoyarse contra él para no perder el equilibrio. Al hacerlo noto que él se quedaba inmóvil. También noto que el se frenaba. Lo notó en cada uno de los fuertes músculos que la rodeaban.

— ¿Te duele el tobillo todavía?

—Sólo un poco —suspiró ella sin aliento.

El estaba muy quieto y, entonces, la acarició deliberadamente. Toda su conciencia pareció concentrarse en la piel del cuello donde él puso sus dedos, justo debajo de la oreja. Los sintió moverse ligeramente y bajar con lentitud por la curva del cuello hasta el hombro.

Allí donde él la tocaba, su piel respondía con enorme sensibilidad, como si fuera una seda que se desplegara bajo el tacto de un experto. Temblaba sin poderse controlar y sentía el pulso de él acelerarse contra su cuerpo. Sentía el corazón de él latir con fuerza y deseaba desesperadamente saber su nombre.

Sintió que sus dedos rodeaban su hombro y bajaban su brazo hasta su muñeca. Cuando él introdujo los dedos en su mano, ella se los tomó con fuerza.

—Hinata —dijo él—. Siento mucho lo que debo hacer.

—Está bien —murmuró ella con los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra el firme y suave cojín de su pecho. Se sentía a la deriva bajo el hechizo de él. El apartó sus dedos de su mano y le acarició el brazo hacia arriba.

Todavía disfrutaba del contacto del cuerpo de él contra el suyo cuando oyó un sonido duro y metálico.

Abrió los ojos justo cuando el desconocido levantaba una pistola y la colocaba contra su sien, suave como un beso.

Ella se quedó helada entre sus brazos.

— ¿Qué haces? Oh, Dios mío.

—Fácil, nena —dijo él mientras la hacía avanzar hacia la puerta de la torre— Simplemente quedate quieta, hace lo que te digo y nada malo sucederá.

Los soldados les vieron y corrieron hacia ellos, pero Naruto les ordenó que se mantuvieran alejados. Ellos obedecieron.

—Ahora, llama a la puerta —le dijo en voz baja—. Cuando respondan, anuncianos.

Ella no se movió.

—Hinata.

—No puedo —se quejó ella—. Estoy demasiado asustada.

—Sí puedes hacerlo, nena —le dijo él sin apartar la vista de los nerviosos soldados.

— ¡Deja de llamarme así! ¿Cómo puedes dirigirte a mí de esa forma mientras sostienes un arma contra mi cabeza?

Empezó a llorar. Él se dijo que eso estaba bien, causaría más efecto. Pero le hacía sentir desolado.

— ¡Te odio por esto!

—Vamos, querida. Puedes hacerlo —le dijo con suavidad—. No te voy a hacer daño. Debemos mantener a esos soldados fuera de nuestro camino, eso es todo.

— ¿Me... me lo prometes?

—Te lo juro —susurró él.

—Muy... bien.

Todo su pequeño cuerpo temblaba contra el de él, pero avanzó y dio unos golpes contra la masiva puerta de madera reforzada con hierro que sellaba la torre.

Se la veía minúscula frente a ella, y, por algún motivo, ese detalle le hizo sentir una punzada en el corazón. Inmediatamente tiró de ella hacia su pecho otra vez antes de que ella pudiera intentar una huida. Ella hizo una mueca de dolor al apoyar el peso de su cuerpo sobre el tobillo. Se anunció con voz aguda.

— ¿Cómo puedes hacerme esto a mí? —le dijo ella—. Nunca te hice nada a ti. No sería capaz de hacer daño a nadie.

El así lo creía. Sentía su corazón retorcerse como un caballo que hubiera recibido un balazo.

Ella cerró los ojos de nuevo, como para retomar la calma, y él observó esas extraordinarias cejas punteadas de un color dorado.

—Si te resulta de algún consuelo, daría mi alma por hacerte el amor — murmuró.

— ¡No te lo permitiría! Ni en mil, ni en un millón de años.

—Creo que sí lo permitirías —respondió él.

—Oh, Dios, te odio tanto.

—Buenas noches, caballeros —se dirigió a los soldados en tono firme aunque amistoso—. La señorita Hyuuga y yo quisiéramos que todos ustedes salieran fuera. Salgan fuera con las manos en alto.

En unos minutos, la torre se había vaciado y él se encerró con Hinata dentro, asegurando la puerta con un basto tablón sin reparar en el desparramo de coloridas cartas con que los soldados habían estado jugando tan sólo unos momentos antes.

— ¡Estás loco! —chilló ella con las manos alzadas—. ¿Te das cuenta de que te van a ahorcar? ¡Tan pronto como salgas por esa puerta, eres hombre muerto!

Él le dirigió una sonrisa.

—Es muy dulce por tu parte el preocuparte.

Enfundó la pistola, la tomó de la mano y la empujó hacia la escalera de caracol obligándola a subir los peldaños de dos en dos. En la torre, el aire era rancio y viejo, los muros, húmedos. Llegaron a la torre de vigía, ligeramente ventosa. Él observó esa habitación que coronaba la torre y que miraba al mar. Se encontraba vacía excepto por una mesa de madera y unos bancos descuidadamente colocados, además de unas cuantas linternas que, todavía encendidas, colgaban de unos ganchos de hierro.

Apagó todas las linternas excepto una. Prefería trabajar a la luz de la luna y no ofrecer un blanco fácil a los soldados, en caso de que éstos empezaran a disparar.

En el centro de la habitación se encontraba el enorme cigüeñal de la puerta este. Su rueda era la culminación de un elaborado sistema de cadenas y poleas que maniobraban la puerta. Soltó la mano de Hinata, caminó hasta el centro de la habitación y colocó el hombro contra el cigüeñal. Hubieran sido necesarios dos o tres hombres para girarlo con cierta destreza, pero tendría que hacerlo solo.

Hinata le miraba, pálida y extrañamente quieta. Al oír el primer crujido de la puerta, ella se sobresaltó.

— ¿Quién eres? —preguntó mientras él empujaba con fuerza.

El esfuerzo le abrió la herida del brazo de nuevo y él soltó una maldición al ver que la sangre volvía a manar del brazo.

—Arráncate una tira del vestido —le ordenó—. Tengo que cerrar este maldito corte o nunca conseguiré abrir la puerta.

— ¿Por qué tienes que abrir la puerta?

—Simplemente, hácelo —le respondió con una dulzura áspera.

Se sacó la petaca de ron y vertió el líquido generosamente sobre la herida mientras juraba a causa del escozor.

De repente, Hinata se dio media vuelta y salió de la habitación.

— ¡Vuelve aquí! —bramó él—. Maldita seas, mujer —maldijo sin aliento.

Con el brazo lleno de sangre y ron, corrió tras ella.

Al cabo de unos momentos volvió con ella colgada de su brazo derecho mientras le propinaba patadas y golpes. La tumbó encima de la mesa, se arrancó la tira de cuero que sujetaba la petaca a su cuello y le ató los tobillos con un nudo de marinero que ella no podría deshacer. Ella le maldecía con los peores juramentos que una chica de convento podía proferir.

— ¡Bruto! ¡Mentiroso! ¡Asesino! ¡Apártate de mí! ¡Me estás manchando de sangre! —gruñó, mirándole con rebeldía.

—Dame esto —dijo él, tirando de la faja de satén que llevaba en la cintura—. Esto funcionará.

— ¡No! —se quejó ella, agarrándose a la faja con las dos manos.

Él la miró:

— ¿No?

Ella agarró la faja con más fuerza.

—No. ¡No verterás tu desagradable sangre sobre esto, señor sin nombre!

Él la miró enojado.

—Mira, señorita Hyuuga. Mi brazo sangra por culpa de tu querido prometido de quien, seguramente recordarás, te he salvado.

—Recuérdame que te de las gracias la próxima vez que apuntes un arma cargada a mi cabeza —le gritó ella, señalándose la sien.

—Oh, eres una niña fastidiosa. No iba a dispararte. Además, la pólvora se humedeció durante el camino. Seguramente no habría podido disparar. Y ahora, dame esto. Sólo es un trozo de tela.

— ¡No, no lo es! —rugió ella.

El se la arrancó y se acercó a la linterna para desenredarla. Justo cuando iba a limpiarse la herida con ella, se dio cuenta de lo que era. Se detuvo y observó detenidamente la faja. Levantó a tira de satén hacia la luz.

¿Como no se había dado cuenta hasta ese momento?

Sintió que un escalofrío le recorría la columna.

«Rojo y negro. Los colores de los Uzumaki.»

Con el corazón acelerado, Naruto levantó la vista hacia ella.

— ¿Qué diablos es esto?

Ella alzo las cejas y le dirigió un encogimiento de hombros.

—Te he hecho una pregunta.

— ¿Por qué debería decirte nada cuando ni siquiera me dices tu nombre?

Él levantó la faja, mostrándosela.

— ¿Por qué tú, una Hyuuga, llevas los colores de los Uzumaki?

—No es asunto tuyo.

—En realidad, sí lo es.

Se encaró con ella, con las manos sobre las caderas, sin hacer caso de su herida que aún sangraba.

—Esta noche tú eras la anfitriona de una fiesta en honor a Hiashi Hyuuga, y tenías a todo el Consejo de Konoha en ella. —Le acercó el satén—. Y llevabas esto.

Ella levantó la barbilla en un gesto impertinente.

— ¿Y qué, si lo hice?

Él contempló a esa descarada e impenitente criatura con cierta admiración.

Luego volvió a observar la tela que tenía en la mano casi sin oír el torrente de palabras de ella.

—Pero ¿sabes qué? Ya no quiero saber tu nombre. No quiero saber absolutamente nada sobre ti. Eres el más grosero, incivilizado...

De repente, Naruto sintió una enorme alegría.

Cruzó la habitación hacia ella en tres pasos, tomó su rostro entre las manos y acabó con sus insultos con un beso de felicidad. Automáticamente, su dulzura despertó todos sus sentidos y la rodeó con los brazos para estrecharla contra él sin reprimir un profundo gruñido de placer.

Hinata Hyuuga nunca hubiera podido imaginar lo feliz que acababa de hacerle. Esa faja roja y negra constituía un símbolo del más allá tan bueno como cualquier otro. No, ya atormentaría a Hiashi de alguna otra forma. Hinata viviría.

La tomaría bajo su protección y, alabado fuera Dios, la conduciría directamente a su cama.

Oh, la convertiría en una diosa de la sensualidad, pensó mientras saboreaba sus labios suaves de color cereza. Pensaba dedicar todo el trayecto de vuelta a las Indias Occidentales instruyéndola y disfrutando de ella. A parte de eso... bueno, ya pensaría en algo. Lo único que sabía era que él sería responsable de ella porque, a la mañana siguiente, su padre, sus parientes y su perverso prometido estarían muertos.

Un escalofrío de deseo le recorrió el cuerpo en cuanto ella rodeo el cuello con los brazos y empezó a responder a sus besos.

Si ella era de los suyos. Se encontraban unidos por el crimen de su padre. Por la mañana, ambos serían los únicos supervivientes de sus respectivas familias. Por este motivo, en ese mismo instante decidió confesarle su auténtica identidad. Eso era algo que nunca había compartido con sus mujeres. Pero esta situación era completamente distinta. Y quizá, finalmente, deseaba decírselo a alguien.

Con el corazón acelerado, le pasó la lengua, húmeda, por los labios y se los abrió. Ella emitió un suave gemido. Sería tan fácil quedarse allí, continuar explorándola, pero decidió refrenarse y esperar a las largas noches que tendrían en alta mar. Con un último y casto beso, se separó suavemente de ella y sonrió ante su expresión de sorpresa.

Le recogió el pelo detrás de la oreja y la contempló, allí sentada con los ojos cerrados. Entonces la atrajo de nuevo hacia sí y le acercó la mejilla al pelo.

—Hinata, debo decirte algo.

Inhaló con fuerza y retuvo la respiración con los ojos cerrados con fuerza mientras rezaba para que ella le creyera. Se sentía un loco por confiar en ella de esa forma.

—Soy Naruto —dijo—. Sobreviví.

Ella no se movió.

Despacio, se apartó un poco y la miró a la cara. Esas pestañas azuladas brillaron cuando ella abrió los ojos y le miró.

— ¿Naruto? —repitió ella, mirándole a los ojos—. ¿El príncipe Uzumaki Naruto?

Él asintió.

Ella le miró.

De repente, empezó a reírse.


¡Y hasta aquí!

Quiero agradecer a todas las personas que me dan los ánimos para seguir esta historia, sobre todo a las personitas de facebook que me comentan y me dejan reviews.

Como saben, esta historia está basada en un libro es por eso que pueden encontrarse con palabras distintas que no tienen concordancia con la historia original xD

Amo esta historia (L) la primera vez que la leí me recordó inmediatamente a Hinata y Naruto, además que hace rato quería hacer un fanfic basado en piratas y que Naruto sea el capitán moja bragas de la trama skdfjskj.

En fin, un saludo a todos los que leen esta historia. El próximo capítulo estará pronto.

¡Hasta luego!