El viaje.

Nota del Autor: Hey. Hola. Yo sólo quería aclarar que esta historia es T debido al lenguaje. Ellos van a usar muchas malas palabras en un momento. Haha. Pero creo que es divertido, al menos a mí me da risa imaginármelo. Disculpen si les molesta.

Sobre sus actitudes. Sé que los personajes están algo fuera de lugar, pero he estado leyendo muchas historias de Connie Narvegas y ella tiene un estilo de escritura que me encanta. Que en serio adoro. Y hablan con maldiciones y hacen chistes sexuales que, por alguna razón me matan de risa. No lo sé, yo no estoy diciendo que ella ponga a sus personajes fuera de lugar, pero me refiero a que me gusta la idea de que hablen así. Después de todo, son adolescentes y tienen derecho a hablar con maldiciones. Haha. No usaré chistes sexuales porque eso no se me da bien, pero sí las maldiciones.

Ah, sí. Connie, si alguna vez tú lees mi humilde trabajo, sólo quiero decirte que estoy más que obsesionada con "April's Diary" y que todo tu trabajo me encanta. Me fascina.

Ah. ¡Muchas gracias por leer y por sus comentarios! ¡Son todo un amor!

¡Lean y comenten!

Descargo de responsabilidad: Yo no soy dueña de Teenage Mutant Ninja Turtles. Y gracias por recordármelo, descargo de responsabilidad.


Miro al horizonte a través del cristal. El Sol sigue oculto entre las nubes y el cielo sigue moteado de gris. La calle es del color del pavimento y se desdibuja a lo lejos, cortando el enorme y vasto cielo oscuro en dos. Sonrío en mis adentros. He apagado el CD de Katy Perry porque ya me resultó frustrante.

—No necesitamos un dedo medio, Raphie.

Niego con la cabeza, divertida. Mikey y Raph se han puesto a discutir sobre por qué las tortugas mutantes no tienen un dedo medio. Y yo en serio quiero soltarme a reír a carcajadas con sus comentarios.

—Claro que necesitamos un dedo medio. ¿Quién no necesita un maldito dedo medio?

Intento no reírme.

—Esos bastardos de tiempo completo se merecían un enorme dedo medio —continúa Raph. Y estoy de acuerdo con él.

Mike se encoge de hombros y parece meditar su respuesta.

—Tal vez.

—Tal vez… ¿qué?

—Tal vez sí tenemos un dedo medio. ¿No lo habías pensado?

Raph enarca ambas cejas, escéptico.

—¿Cuál se supone que es tu dedo medio, Mike?

Mikey se gira y se inclina hacia atrás.

—Tenemos tres dedos, ¿no?

—Uh-hu.

—Si fuéramos humanos. Este —dice, señalando el dedo de la punta izquierda en su mano derecha—, vendría siendo el pulgar, ¿no?

—Supongo.

—Y este —continúa él, ahora apuntando hacia el extremo opuesto—, ¿sería el meñique?

Raph se encoge de hombros, indiferente.

—Supongo.

Ahora Mike señala su otro dedo.

—¿Y este qué? ¿No sería el dedo medio?

—Sería el dedo índice.

—Nuh-uh. Dedo medio.

—Tal vez sería el anular…

—Si me permiten opinar —digo, lanzándoles una mirada—, creo que ese podría ser el dedo medio porque, bueno, está en medio de los otros dedos. Pero me inclino más por el índice.

Raph sonríe.

—¡Ja!

—Ja, nada. Sigo creyendo que es el dedo medio.

Me río.

—Bueno. Si quieres…

Y entonces lo escucho. En medio del balbuceo y de su conversación, lo escucho. El vehículo se está deteniendo. Comienza a hacer un ruido de trap, trap, trap. Hasta que se detiene.

Piso el acelerador, con todas mis fuerzas. No se mueve. No funciona.

—¿Qué sucede? —pregunta Raph.

—No tengo idea.

Abro la puerta del conductor y la cierro con una patada. Me pongo de puntillas y me asomo, encima del carro: nada. Entonces me arrojo al suelo, me sostengo con ambas manos un poco por encima del pavimento y giro mi cabeza noventa grados. Tampoco hay algo debajo del carro.

Mierda.

Me impulso hacia delante y me levanto. Me dirijo hacia la parte frontal del automóvil y abro el cofre para revisar el motor. Está sucio, y yo no sé absolutamente nada de materia automovilística. Me-voy-a-morir.

Dejo la varilla que sostiene el cofre arriba y me dirijo hacia la parte de atrás. Toco la ventanilla del asiento trasero un par de veces. Raph baja el vidrio y me saluda.

—¿Qué sucede, pelirroja?

—Podrías ayudarme aquí, ¿por favor?

Él me mira un segundo, después asiente. Oigo la voz de Mike.

—¿Yo también ayudo?

—No, gracias —respondo—. Está todo bien.

Raph se baja del vehículo y me sigue. Cuando le muestro el motor, él hace una mueca.

—Tu tía es igual de limpia que tú, ¿eh, O'Neil?

Me río. En medio de todo el desastre, me obligo a reír.

—¿Qué puedo decir? Así nos gusta. Sucio, feo y… ¿eso está verde?

Hago una mueca y estiro el dedo. Raph me toma el brazo y tira de él hacia atrás antes de que llegue a tocar esa cosa.

—Hey. No sabes si es tóxico.

—No es tóxico, Raph —sonrío—. Pero gracias por tu cuidado.

Él me da la sonrisa de vuelta.

—No es nada.

—¿Chicos? —dice Mike. ¿Cuándo se bajó del carro?

—¿Qué pasa, Mikey? —le pregunta Raph.

—Creo que deberían mirar esto.

Ambos nos dirigimos hacia atrás, donde está él. Y entonces lo veo. Un enorme rastro de gasolina sobre el pavimento.

—Yo no sé mucho sobre mecánica —dice Mikey—. Pero sé que eso es gasolina y que esa cosa no debería estar en el suelo.

El golpe de la realidad.

—Tal vez se rompió algo cuando esos tipos se estrellaron con nosotros por detrás —dice Mike.

—Malditos bastardos —murmura Raphael.

Me quedo callada por un segundo.

—Mierda —mascullo—. ¿Dónde se supone que voy a encontrar gasolina?

Giro mi cuerpo 360° y chillo:

—¡No hay nada en la redonda!

Ambos se quedan callados.

—Oh, mierda —digo, enterrando la cara entre las manos.

Más silencio.

—Quiero morir —continúo, en mi monólogo deprimente.

—Espera —dice Raph.

—¿Qué?

—¿Quieres decir que estamos en medio de la nada y sin combustible?

—Uh-hu.

—Voy a soltar una maldición.

Me río.

—No lo hagas —le riño.

—Tú ya lo hiciste —sonríe.

Sonrío de vuelta.

—¿Mierda? Eso no es una maldición.

—¿Entonces puedo decirla?

Pongo los ojos en blanco.

—Podríamos empujar el automóvil —sugiero—. Tal vez si caminamos un par de kilómetros, podríamos encontrar una gasolinera.

Mikey se dispone a ayudarme. Ambos nos colocamos detrás y colocamos las manos sobre la cajuela. Empujamos.

Me giro hacia Raph. Él está mirando hacia el frente con los brazos cruzados y tiene el ceño fruncido.

—Hey —le digo—. Deja de ser un holgazán y ven a ayudarnos.

—No creo que sea buena idea.

Me detengo. Quito las manos del auto y lo observo, jadeando.

—¿Qué?

—No creo que sea buena idea empujar el automóvil.

—¿Y por qué no?

—Si es cierto que no hay absolutamente nada a la redonda, entonces ¿de qué serviría? Y además. Si empujamos esa cosa dentro de unos dos kilómetros a la redonda tardaríamos horas. Nos retrasaría demasiado. El cielo ya está oscuro y no tienes idea de si podría pasarnos algo. Lo más seguro es que orilles esa cosa y lo escondas entre los árboles. Después bajas tu maleta de ahí y nos vamos. Con suerte, si caminamos rápido tal vez encontremos un pueblo cerca. Podríamos pedir asilo.

Tiene razón. Odio cuando tiene razón.

—Sí —digo, al cabo de un rato—. Está bien.

Obedezco. Raph me ayuda a sacar mi maleta cuando el auto ya está en la orilla.

—¿Tienes algunos gorros y abrigos largos que nos puedas prestar? —pregunta—. No creo que podamos caminar en la calle… así.

Mira hacia atrás y, por un momento, creo que está vigilando a Mike.

—Pero que no sean tan femeninos —me dice.

Sonrío.

—Nada se te escapa, ¿eh?

Él ríe.

—Es un don.

—Qué modesto.

Abro mi maleta y hurgo entre la ropa. Al final les doy dos juegos de prendas. Raph tiene un gorro rojo y un largo abrigo negro. Mike tiene un gorro gris y un abrigo marrón.

Los tres caminamos por la periferia de la carretera. Raph se ofreció a llevar la maleta, así que la lleva arrastrando. Mike no para de decir que él también debería ayudar. Y yo no paro de pensar que esa cosa tiene ruedas y no está pesada, así que pude llevarla yo misma.

—Parecemos vagos —musita Raph.

Me río.

—Sí —concuerdo—. Pero unos vagos guapos, obviamente.

Ahora ellos se ríen.

Y en medio de todo ese ruido, me sobresalto. Observo un la figura de un relámpago a lo lejos y después escucho el trueno. Y la lluvia se dispara hacia abajo en un torrencial.

Los tres nos detenemos. Supongo que estamos pensando lo mismo: mientras más rápido caminemos, más rápido podremos llegar a un lugar seguro.

Comenzamos a caminar todavía más rápido que antes. Mike está abrazando a Raph, rodeándolo de los hombros con un brazo. Y lo sé porque he enganchado mi brazo alrededor del de Raph para no perderme. La lluvia es una cortina de agua que apenas y deja ver.

—¿Ya puedo soltar esa maldición, April?

Me río. Y Mike también lo hace. Y sé que Raph lo ha hecho a propósito. Sé que Raph sabe que ambos nos morimos de miedo y él tiene que actuar lo mejor que puede para protegernos. Después de todo, somos una familia.

Sé que su mejor manera de protegernos —o de sentir que nos protege— es hacernos sonreír, y eso me agrada. Así que sonrío.

Y sigo riendo todo el camino mientras sigue contando anécdotas de cómo Mike quedo atascado en una de las puertas y por eso tuvieron que quitarla.

Mikey también ríe. Supongo que no le importa.

Me enredo más al brazo de Raph y, por alguna razón, me siento más segura que nunca.


N/A: ¡Muchísimas gracias por leer! ¿Me regalan un review? ¿Un fav? ¿Un follow? :D

¡Gracias en serio! ¡Los adoro!

Sus comentarios son el amor.

¡La historia continúa!