Capítulo 4: CAMINOS CRUZADOS.
Sabin marchaba a paso firme. Alicia, con paso ligero y rápido, apenas si podía mantenerse a su altura. Era obvio que la preocupación ro su hermano no le daba respiro alguno. Gau trotaba como un lobo a su lado. De repente, se agachó sobre el cieno.
-¡Padre! Olfateó intensamente. – ¡Chocobos!
La chica usó su vista de lince, pero no percibió nada de momento. –Deben estar muy lejos, exclamó, perpleja, ¿Por qué te dice padre, acaso es tu hijo? Culminó dudosa, no notaba demasiado parecido entre ambos, salvo en lo salvajes, se dijo.
Sabin la miró de reojo. Darle una explicación no le haría daño a nadie… Así mientras su protegido correteaba y se paraba de tanto en tanto, le narró la forma inusual en que se había criado el chiquillo, suelto al mundo, en el Veldt y cómo había decidido adoptarlo y llevarlo a las montañas con él.
El corazón de la Princesa latía desacompasadamente. Un fuego desconocido la impulsaba a arrojarse en los brazos de ese gigante musculoso pero de alma tan dulce y gentil… El incendio que había despertado en sus labios recorría todo su ser, contaminando su sangre y recorriéndola por completo. Enrojeció.
-Se lo que estás pensando… comenzó el artemarcialista, pero no es lo que crees.
-¿Sí? Respondió la muchacha, desfalleciente.
-Seguro estás pensando que mi hermano es un cabeza hueca y un idiota, pero el asunto es, que nosotros apreciamos mucho a Terra, de seguro se preocupó cuando vio que se marchaba sola, ella es muy fuerte, pero frágil al mismo tiempo... Y le contó también, un poco de la singular historia de la jovencita de cabello verde.
-Es muy triste, dijo la chica cuando el joven terminó su relato. Al menos ella se había criado con sus padres, aún entre el odio y el resentimiento había algo de amor para su hija.
-¡Al suelo! Sabin la empujó intempestivamente.
-¿Pero qué..?
-¡Shhhsshhh!
Una monstruosa águila gigante descendía sobre ellos, seguramente pensando en convertirlos en su cena. Sin pensarlo dos veces, Gau se arrojó sobre ella mordiéndole un ala.
-¡PUMMEL! Sabin realizó unos mandobles y luego cayó sobre el ave con una ráfaga de golpes de sus poderosos puños.
-¡TAK STARS! Cuidando de no herir a sus amigos, Alicia arrojó sus estrellas ninja y se lanzó sobre el pajarraco empuñando la katana.
Al sentirse herido el monstruo decidió remontar el vuelo, luego de sacudirse a la ninja y al culturista. Gau aún estaba aferrado a las alas…
-¡Lánzate! Le gritó el gemelo del Rey. La caída del niño fue frenada por la ninja que rodó con él en sus brazos para evitar golpearse en las piedras.
-¡AURABOLT! Sabin realizó una mantra que produjo un deslumbrante "láser espiritual" que atravesó al pájaro de parte a parte.
Media hora más tarde, y habiendo desplumado una parte del águila, ésta se asaba lentamente sobre unas piedras. El olor que les traía el aire era apetecible. Anochecía.
-No deben estar muy lejos. Pero con esta oscuridad, sería casi imposible encontrarlos, dijo el artemarcialista con pesar, mientras trazaba líneas en la arena con una rama. Filetearon algunos trozos del ave y compartieron la improvisada cena bajo las estrellas.
-¿Siempre come así? La chica no daba crédito a sus ojos mirando la forma en que Gau devoraba la carne.
Minutos después, el chico dormía como un tronco. El gemelo del rey miró, a su pesar, a la pálida princesa que se sentaba cerca del fuego, a su lado. Compartieron historias, para esperar al sueño que tan esquivo parecía esa noche, pero, inexorablemente al pasar un par de horas, se quedaron sin palabras.
Sabin contuvo el aliento. A la luz de las llamas los ojos de Alicia parecían noches en miniatura, como estrellitas diminutas perlando terciopelo negro…
-No digas nada, dijo ella acercándose, con su cuerpo pequeño y delgado, encendido de pasión como un junco en medio de un incendio. Sé que no está bien, pero uno nunca sabe lo que traerá el destino, y tal vez sólo dispongamos de esta noche para ser sinceros con nosotros mismos...
Con un gemido que casi parecía un bramido de un joven toro, el príncipe de Fígaro la tomó en sus brazos. Y silenció sus palabras con sus labios. Ya era demasiado tarde para retroceder…
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A bordo del Falcon…
Relm y Strago sentían la vista pesada de tanto otear el horizonte en busca de sus amigos. Desde arriba la perspectiva no era la misma. De pronto la pequeña, aburrida, se acercó al capitán del a nave.
-Oye anciano…
Setzer se sobresaltó y volvióse a mirar a la niña, molesto.
-¡Relm! Mi cabello es gris natural, ¡no soy un anciano!
-Bueno, al menos te quedan unos pelos más sobre la cabeza que a mi abue, ¡él ya está en "calvolandia"!
-Hijita… el mago a veces se sentía imposibilitado de frenar la verborrea algo grosera de la chiquilla.
-No te preocupes, algún día ella se convertirá en una damita y aprenderá como tratar a un caballero, expresó el que se aferraba al timón.
-Si "no" eres un anciano, ¿por qué no tienes novia? ¿Ah?
Era una excelente pregunta. ¿Tendría Terra razón? No se tomaba las chicas en serio… aunque de importarle, le importaban, pero ninguna tenía la audacia y belleza de aquella que lo desafiaba a llegar más allá, aquella que fuera la dueña anterior de la Nave que los llevaba surcando el cielo.
-¿Te comió la lengua el ratón, abuelito?
Setzer suspiró. Sería un viaje muy largo. La tarde expiraba, y los rosados dedos del crepúsculo comenzaron a teñir el horizonte. En minutos la visibilidad sería demasiado pobre para buscar algún lugar donde aterrizar.
-¡Ahí! El mago de Thamasa indicaba con vehemencia un punto bajo ellos. ¡Parecen los restos de una carreta!
-Bajaremos cerca de ahí para pasar la noche. ¡Por la mañana examinaremos nuestro hallazgo!
-¡Buen trabajo, viejito cabeza de estopa! Creí que tus ojos ya no valían un pepino… se jactanció la pequeña.
Setzer y Strago se miraron. Sin tener más armas para seguir guerreando, y alegres por haber encontrado algunos indicios, no les quedó más que reír a carcajadas. La niña los miró, confusa de su repentina hilaridad.
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Locke, Celes y Cyan caminaban con brío. Habían preferido ir a pie, temerosos de perderse cualquier signo de la presencia de sus amigos. Los silencios eran algo incómodo, así que los rellenaron interrogándole sobre sus nuevos señores. A pesar de haber sido la chica quien sacara el tema de sus nuevos Amos, fue el "Cazador de tesoros" quien pareció aún más interesado.
-¿Entonces, los hermanos han estado todo este tiempo en Fígaro?
-Ah sí, contestó el samurái, ha sido un gran alivio porque así las obras han avanzado muy a prisa. Hemos hecho llegar buenas piedras de la cantera y ya está reparada toda la pared exterior. El resto sólo es limpiar y reparar lo que dañó durante el saqueo, como tapices y muebles, alhajar el dormitorio Real con ropa de cama nueva y reponer la platería faltante. El Rey Edgar fue muy amable al regalar algunas piezas él mismo, Señor.
-Vaya, ha sido un trabajo eficiente, lo felicitó Celes, viendo que el ladronzuelo se quedaba mudo y dubitativo.
-Sí mi señora, en pocos días Doma volverá a brillar. Al parecer, nobles y juglares de otras latitudes escucharon la noticia, porque ya hacen fila para ser seleccionados como miembros de la Corte.
-Es un caso excepcional, ya que falleció toda la gente que vivía en el castillo… murmuró Locke, ¿y han aparecido algunos pillos? Preguntó mientras bebía unos sorbos de agua de una botella que sacó de su faltriquera.
-¡Oh sí, Señor! Pero no han podido pasarme gato por liebre, sonrió con orgullo el guerrero. Encontré a un "gato de campo" arrastrando un saco de antiguos tapices familiares alegando que los iba a llevar a lavar. ¡Como si pudieran lavarse! La norma indica que sólo deben sacudirse con delicadeza. Son invaluables piezas históricas.
-Je, je, je, je… tú podrás ser algo ingenuo, pero nunca tanto, se carcajeó el experimentado ladrón. ¿Tú crees que las reliquias familiares puedan venderse a buen precio en el mercado negro? Su cara había cambiado y ahora denotaba preocupación.
-¡Shhh! Celes se había puesto pálida y escuchaba con atención. Un ruido de garra arrastrándose les hizo comprender que no estaba solos. Algo correteaba entre las piedras hirvientes del desierto.
-Tenemos compañía… Locke sacó su afilado cuchillo de rapiña, la rubia General y el samurái desenvainaron a un tiempo, mientras la enorme cabeza de un Dragón Zombie del desierto se alzaba frente a ellos, intentando devorarlos. La bestia dio la primera embestida.
Celes dio el primer mandoble, el Cazatesoros, se arrojó sobre un costado, con su cuchillo.
-¡MUG! ¿A qué esperas? Cyan? El domano parecía congelado.
-Shhh, déjalo concentrarse, está cargando su Bushido, masculló la chica entre hueso y hueso de la bestia que desgajaba su espada de plata.
-¡Yuhuuu! Locke, agachado entre las costillas del monstruo, levantó su cuchillo con una botellita de cristal azul que había encontrado entre ellas. ¡Un ELIXIR!
-¡QUADRA SLICE! Con un fenomenal salto, el samurái domano se arrojó sobre la bestia, y le dio cuatro golpes de espada, poderosísimos.
-¡Vaya, si no estuviera acostumbrado a esto…! ¡Pero sigue siendo impresionante!
El dragón, moribundo, comenzó a usar sus poderes mágicos remanentes, arrojándoles una tormenta de arena en medio de los ojos.
-Ya es hora de acabarlo, el ladrón sacó unas plumas ígneas de fénix de su bolso y acercándose como pudo las arrojó en las fauces de su atacante.- ¡PHENIX DOWN!
Con un bramido retumbante, el dragón no muerto se desvaneció.
-¡Ufff!... ¡Por fin!… La chica guerrera se dejó caer sobre sus rodillas. Miró a su alrededor. La noche comenzaba a asediarlos. – Creo que es hora de armar una tienda. Preparó en una fogata algunas provisiones que trajeran del castillo, dejando a los hombres la tarea de levantar la carpa. Las estrellas los encontraron sentados sobre un tronco al amor de las llamas.
-Bueno, ¿y ha encontrado cosas interesantes en su búsqueda de tesoros, Señor?
-Tesoros no muchos, dijo Locke con pesar, pero cosas interesantes, muchas, agregó, mientras sus ojos se posaban intensamente sobre Celes. Abrió su bolso y sacó un bonito pendiente de piedra azul que brillaba intensamente al chisporroteo de la lumbre. –Es para ti, murmuró a la muchacha mientras enrojecía violentamente. Lo encontré dentro de un cofre herrumbroso, en una cueva de la isla Triángulo. Se lo llevé a un relicario, aumenta la magia y protege a quien lo usa. Los ojos de la chica brillaron. Más que por la joya, por el gesto… -¿puedo? Preguntó con delicadeza. Sus manos temblaron cuando cerró el broche en torno del cuello de la mujer que amaba.
-Ejem… Creo que muero de sueño, señores, bostezó Cyan, sintiendo que estaba de más, para dejarlos hablar a solas, y se metió de rondón por la puerta de la tienda.
En silencio, la leve brisa haciendo rodar las arenas, se sentía como puñados de trigo cayendo incesantemente en un granero. EL cabello de Celes, ondeaba al viento. Con timidez, Locke acarició su mejilla con su mano enguantada.
-Celes…
-Sí? Lo miró a los ojos, tan intensos y plenos de ternura y pasión, que la hicieron bajar los suyos.
-¿Cuándo dejarás todo de lado y te vendrás conmigo a recorrer el mundo? Su sonrisa era esperanzada y seductora, pero… A ella la habían criado para ser responsable; para hacerse cargo de un escuadrón o de un regimiento, para dirigir una invasión y un asalto. Jamás para abandonar sus funciones. Eso era una deshonra y un deshonor para un soldado.
-¿Es que no lo entiendes? Participamos de la liberación de los Espers y de la destrucción del Imperio, de alguna forma somos responsables… La gente de Vector nos necesita. Me necesita, aún. ¡No puedo abandonarlos en mitad de la faena!
-¡Pero es tu vida! Se picó el Cazatesoros. No pueden depender de ti por siempre. Yo siempre he sido libre como el viento y no voy a dejar que nada me amarre de esa forma, culminó, enojado.
-¡Pues no seré yo ese algo que te amarre! Lágrimas de ira rodaban por el rostro de la bella guerrera.
-Celes… No quise decir eso, yo... Tapándose aún la boca con la mano, se metió en la tienda para no meter la pata de nuevo.
La chica se quedó sola. Quiso arrancarse la cadena de la reliquia. Pero luego la miró con tristeza y remembranza. Recordó las palabras de su "abuelito" y mentor Cid: "el que está en la punta de la pirámide, siempre está solo".
-¡Pero yo no quiero estar sola! Le confesó a las estrellas, sollozando.
Esa noche, sólo Cyan, entre los dos, cada uno embutido en su saco de dormir, durmió profundamente, sus armónicos ronquidos amenizando el insomnio de sus amigos.
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Esa mañana, muy temprano, apenas el sol comenzaba a despertarse perezosamente y a rozar con sus rayos la fina arena, llegaron a la casita de Katarin y Dwayne. Dos chocobos comían trigo de un recipiente, amarrados a la empalizada de la cabaña.
-¡Gold Wind! Exclamó Sabin apesadumbrado. El ave de carga lo saludó con graznidos alborozados. ¡Es el chocobo favorito de Edgar! Ha ganado varias carreras con él, se jacta de que es el chocobo más veloz del mundo. ¿Pero dónde has dejado tu jinete? Alicia acarició el suave plumaje del pájaro corredor, mientras Gau intentaba dialogar con él, trinando.
-No es necesario, dijo Dwayne, saliendo por la puerta con el bebé Eric en sus brazos, con honda preocupación en sus ojos. Había madurado mucho desde que era padre y debía mantener y cuidar a su familia. Ayer muy tarde llegaron estos dos, dijo señalando a las aves, trayendo a todos los chicos. Fue un milagro que encontrasen el camino, siendo tan tarde… Katarin los tiene en cama aún. Estaban muy cansados y hambrientos, pero alcanzaron a relatarnos algo: Creo que viajaban en una carreta y un monstruo descargó su porra sobre ellos de improviso. Por suerte el Rey llegó en su ayuda. Estoy muy asustado por mamá, dijo refiriéndose a Terra; Ella y Edgar se quedaron luchando contra el Gigante para darle la oportunidad a los chicos de salir ilesos…
Alicia ahogó un gemido. Sabin descargó su puño sobre un árbol, remeciéndolo. Gau aulló con angustiada añoranza.
-¡Debemos partir de inmediato! Soltó los chocobos y se montó sobre uno, el chico salvaje sobre el otro, y la ninja se subió de un salto en Gold Wind, aferrándose fuertemente a su torso pétreo. Un cosquilleo cálido en la espalda producía sensaciones desconocidas e inoportunas en Sabin. ¡Se sentía tan bien llevar a la chicha a la grupa! Sin embargo, eso no distraía su objetivo. Encontrar a su hermano perdido… y devolverle a su prometida.
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-¿Terra?
Un rayo de luz matutina iluminó las tinieblas en que se encontraba sumida. Borrosos, a través de copos de algodón, le miraban intensamente los ojos del Rey de Fígaro, abiertos de par en par. El azul puro de un zafiro no se comparaba a la diáfana luz de cálida ternura y sorpresa que emanaba de ellos, mientras la imagen se hacía, peligrosamente, cada vez más nítida. Casi sin poder contenerse, suspiró.
-¡Edgar! ¡Estás despierto, estás vivo! La alegría y el optimismo volvían a inundarla, sin reparar que se había desmayado encima de él, lo abrazó con fuerza.
-¡Uffff! No con tanta fuerza, mi Lady, creo que tengo un par de costillas rotas aún… urghhh. No es que me queje, de hecho, esta postura… la picardía volvía al semblante del chico, era obvio que ya no se iba a morir. En ese preciso instante, ella se dio cuenta que lo quería así, tal como era y seguir negándoselo a sí misma era inútil… ¿Acaso había ganado su corazón? Confundida, intentó ocultar sus emociones, replegarlas a lo más profundo de sus ser, pero su semblante acalorado delataba lo que sentía.
Levantando su magullado rostro con delicadeza, lo besó, apenas rozando sus labios con los suyos. Un beso delicado pero cargado de electricidad. Un beso suave, pero lleno de significados. "Has ganado" "Soy tuya"… la cara de sorpresa de Edgar era de pintarla y colgarla en la pared.
-¿Y eso? Apenas se atrevió a preguntar, sin creer demasiado en su buena suerte.
-Nada, dijo ella, poniéndose de pie con dificultad y volviéndole la espalda con los brazos pegados al cuerpo, me alegra de que estés mejor. Ayer deliraste, tenías una fiebre muy alta, creí que morirías.
-Ah, él bajó los ojos, intentando disimular su decepción, entiendo.
-¿Cómo está tu pierna? A pesar de poner todo de sí, le fue imposible ponerse de pie. También había varios huesos rotos ahí, de momento no podría moverlo de la cueva.
Un rugido vino a turbar el silencio monacal… ¡Oops! Creo que muero de hambre… ¿No tienes nada de comer? Preguntó avergonzado el Monarca.
Terra se alejó cojeando y se asomó a la boca de la cueva. Algunas aves trinaban en el exterior. Un árbol pequeño y débil ostentaba algunos nidos. Decidió, con el dolor de su alma, robar unos huevos. Pocos, dejando la mayor cantidad posible, pero ella también estaba muy débil y hambrienta.
-¡FIRE! Luego de cocerlos con su cáscara y aunarlos a algunos dátiles secos que llevaban en su morralitos, los comieron en silencio. Ya verían como mejorar su situación. De momento, era mejor guardar fuerzas y aprovechar al máximo la exigua comida.
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No muy lejos de allí, Relm y Strago bajaban del Falcon. En una fogata se prepararon un buen desayuno. Setzer se dedicaba a examinar los restos de la carreta. Todo parecía aplastado, derruido, las ruedas deformadas… no había dudas, habían sido atacados brutalmente, y era obvio que por un monstruo de gigantescas proporciones, pero de Terra y Edgar, ¡ni rastro!
Una nube de polvo los puso alerta. El tahúr preparó sus naipes mortíferos, el anciano empuñó su báculo con fiereza, la niña, armada tan sólo de su pincel mágico, esperaba a pie firme.
De a poco el polvo se fue asentando y vieron a Sabin y Gau, caballeros en ágiles chocobos y acompañados de una desconocida ninja vestida de rojo. Ante su sorpresa, el artemarcialista aclaró escuetamente: Es la princesa Alicia.
Tras ver los restos, el musculoso joven comenzó a gritar con grandes voces:
-"¡EDGARRRRRR!, ¡TERRAAAAA! Una risa fría como un cuchillo cortó el aire.
-Me parece que no es la mejor forma de buscar… se burló Shadow apareciendo de la nada con Interceptor pegado a sus talones.
-¡Perrito, perrito! El can se acercó a saltos a Relm, ansioso por jugar y corretear. El ninja lo vio ir resignado. Adiós a la dignidad. Carraspeando, se agachó sobre los restos, examinó las marcas en el suelo y tras hurgar algunas piedras dijo:
-Aquí hay rastros de sangre. El corazón de sus amigos dejó de latir por unos segundos. Una pequeña cantidad de sangre humana y grandes cantidades de sangre seca de monstruo, ¡Ven aquí Interceptor! Deja de hacer el loco.
Obedientemente el perro se acercó a su amo y olfateó. El rastro de sangre se perdía hacia un desfiladero. Sabin pálido como la cera, se asomó al borde.
-No me estarás diciendo que cayeron por aquí…
-Probablemente. Necesitaremos cuerdas para bajar, es una sima empinada y resbalosa.
-¿Llegamos tarde? Locke, Celes y Cyan aparecieron para sumarse al resto. Tuvimos que luchar con unos lobos que querían convertirnos en su desayuno, aclaró la guerrera. Unos feos rasguños en su brazo y el cuchillo ensangrentado de Locke daban fe de sus palabras. El samurái limpió las heridas propias y de la muchacha, vendándolas cuidadosamente. El Cazatesoros lo miró con envidia. Ni siquiera durante la batalla ella le había dirigido la palabra. Ya la conocía bien. Cuando se sentía molesta o herida, era inútil tratar de parlamentar.
Unas cuerdas enganchadas en el Falcon, y ya estaban descendiendo. No era una tarea fácil, había muchas piedras resbalosas y la sequedad del ambiente hacían que la arena se desprendiera en terrones bajo sus pies. Repentinamente el tacón de Celes cedió al caer un peñasco.
-¡Ufff….! Quedó apenas colgando de los brazos, era una chica fuerte, pero de todas maneras tembló al escuchar los retumbos sucesivos e interminables del deslizamiento antes de chocar, finalmente, con el fondo.
Silenciosamente, una daga se clavó bajo sus pies. La usó como punto de apoyo, y murmuró con voz apenas perceptible:
-Gracias. No era necesario.
-Prometí protegerte, susurró Locke. Pocas cosas en el mundo podrían hacerme incumplir una promesa… los ojos de ella, lo miraron por fin, apenas por un instante. Si tan sólo comprendieras mi punto de vista, decían en silencio.
Siguieron descendiendo, algunos con más brío, otros con mayor dificultad. Alicia, Sabin y Shadow tocaron tierra primero. Strago se quedó, con Relm y Gau, a proteger la nave. De todas formas, debían avisar si eran atacados, los monstruos de esta zona eran especialmente difíciles.
Un poco más allá, en la cueva. Terra se asomó a percibir unos rasguños en la entrada. Miró en todas direcciones y no vio nada. Bajó la vista y un pequeño lagarto verde, que parecía indefenso, la saludó con unos gruñidos. Se agachó a recogerlo.
-Hola amiguito… Decidió llevárselo al herido para alegrarle la mañana. –¡Mira, Edgar, tenemos visitas!. No se esperaba la reacción de él.
-¡Rápido, mátalo o tápale la boca! EL Rey tenía los ojos desorbitados y parecía conmocionado.
-¿Por qué? ¿Qué sucede con este pequeñín? El animalillo parecía adorable e inocente… Abrió la boca y emitió un gañido largo y profundo que sobresaltó a la muchacha y la hizo soltarlo, asustada. Apenas se vio libre reptó velozmente hacia la entrada de la cueva.
-¡Es un Lagarto de Fígaro! El que encontraste es un "explorador", busca alimento y luego avisa a la jauría. En unos minutos tendremos cientos de esos tratando de entrar para devorarnos, explicó con preocupación, son como pirañas, sólo dejan los huesos. Parece inofensivo, pero si lo multiplicas por cien o por quinientos…
-Yo… ¡Lo siento mucho! La muchacha cuyos cabellos esmeralda lucían adheridos a su rostro por el sudor y la mugre, palideció por la ansiedad y el temor.
