Disclaimer: Si fueran míos, ese Cabrito ya estaría en manos de mi querida Cangreja.
Faraway
Y todo había llegado al punto de no retorno.
Todo.
Sus labios rozando mi piel como si su vida se fuese en ello, sus manos afirmadas en mis caderas mientras se empujaba más y más dentro de mí, haciéndome temblar como una hoja al azote del viento, sus susurros roncos elevándose por entre mis jadeos y gemidos; todo había llegado al punto de que no sabía dónde terminaba yo y dónde empezaba él.
Sus verdes ojos, nublados por el deseo, mirándome fijamente mientras yo no podía mantener abiertos los míos, presa de la creciente tensión, la marea me llevaba, me inundaba, me consumía...
Todo había llegado al punto del entendimiento del alma, no del cuerpo. Entendimiento de la esencia, no del ser. Explosión del sentimiento, no de la pasión.
Los temblores se hicieron más y más obvios, amenazando con destrozarme, con maniatarme y ofrecerme como sacrificio a los Dioses, con fundirme en un incandescente resplandor donde todo se resumía a la sensación húmeda de complexión blanca y cálida, de fulgor de estrellas, de candidez maliciosa extraída por el instinto.
Dedos que se entrecruzaron con los míos en el álgido punto, la máxima cumbre, labios que cubrieron los míos acallando el grito que se trancó en mi garganta. Lujuria, angustia, confianza, todo echado en un mismo recipiente donde él y yo funcionábamos rudamente intentando mantener en silencio nuestros movimientos, nuestras miradas, nuestras escapadas.
Debajo de las sombras de los pilares, él desnudaba su cuerpo y el mío con prisa casi violenta, casi enfadada, yo sabiendo que lo que se quitaba con la ropa era lo último de sus valores. Su sentido del deber, su fidelidad y el sentido del respeto a la amistad.
Pero en cuanto se deslizaba entre mis piernas y me embestía por todo lo que valía la vida, lo único que musitaba era mi nombre, todo lo que tocaba era mi cuerpo, mis cabellos, mi alma. Borrosos quedaban los recuerdos del pasado y del futuro, del ayer y del mañana; sólo importaba ese presente que respirábamos, que jadeábamos, mientras mis manos halaban sus cortos cabellos, verdes como la grama, y él halaba los míos furiosamente, intentando sacar el color sangre de las hebras, buscando la liberación final.
Y de mis labios se escapaba su nombre entrecortadamente, un siseo que delimitaba su acercamiento al clímax y un gruñido que moría y comenzaba mi nombre en un gemido en mi oído, ambos presionándonos contra el otro alargando esa efímera sensación de felicidad donde él y yo no éramos más que uno.
Lo que él no sabía, era que yo agonizaba cuando él se iba.
Lo que yo no sabía, era que él moría un poco más cuando yo me iba.
Y ambos sucumbíamos una vez más a la mentira y al delirio entre las sombras.
- Tenna' ento lye omenta -
