Cuando llegaron frente a la puerta de la habitación de la princesa, se encontraron con uno de los guardias que estaba por encima de Link. Él les informó de que el castillo estaba asegurado, que se había arrestado a los causantes del atentado y que la fiesta de presentación de Zelda seguía su curso. Por tanto, tanto el rey como la reina esperaban a su hija en el enorme salón donde se daría un baile en su honor.

Conforme hablaba el guardia, más perpleja se quedaba Zelda. ¿Cómo era posible que se quedaran todos tan tranquilos después de haber sufrido aquel ataque? De no ser por Link, su cabeza habría estado en esos momentos rodando por el salón del trono.

-Si me permitís, Majestad-decía el capitán-, la llevaré junto a sus Majestades.

Zelda se quedó mirándole con los ojos como platos y la boca entreabierta. Link se dio cuenta de que la sangre de Zelda estaba en ebullición por debajo de su piel y se adelantó a ella para responder.

-Yo puedo acompañarla, señor-el capitán rodó los ojos hasta Link-. Me deshonraría no llevarla.

El capitán frunció el ceño.

-Petición denegada, cabo-sentenció el capitán-. Vuelve a tu puesto de inmediato.

Link hizo una breve reverencia.

-Sí, señor.

Link giró sobre sus pies y comenzó a andar, pero la voz de Zelda le detuvo al momento.

-Esperad, capitán. Creo que este soldado merece el premio de acompañarme. Al fin y al cabo, me ha salvado la vida.

Link sintió deseos de volverse, pero se mantuvo firme, dándoles la espalda hasta que su capitán dijera lo que fuera. Sin embargo, hubo tal silencio que Link llegó a pensar que no respondería nunca. Ajena a los pensamientos de Link, Zelda había cuadrado los hombros y mantenía la mirada escrutadora del capitán sin vacilar. No tenía nada que esconder. «Eso no es del todo cierto. Y lo sabes», la pinchó esa vocecita que convivía con ella desde hacía cuatro años. Zelda la despachó mentalmente sin perder la compostura. Finalmente, el capitán respiró hondo y asintió con suavidad.

-Muy bien-aceptó-. Cabo.

Link se giró de inmediato y se cuadró ante su superior.

-Sí, señor.

-Acompaña a la princesa al salón de baile. Mantén los ojos bien abiertos. ¿Entendido?

-Sí, señor.

-¿Alguna pregunta?

-No, mi capitán.

-Bien…-el capitán se giró hacia Zelda y se inclinó levemente ante ella- Si me disculpáis, debo volver al trabajo.

Zelda se permitió relajarse un poco.

-Por supuesto. Buen trabajo, capitán-le felicitó con voz neutra.

-A sus pies, Majestad-replicó el capitán.

Acto seguido, el capitán anduvo hasta Link y le dirigió una última mirada de advertencia antes de desaparecer por la primera esquina a la derecha. Solo entonces, Link suspiró y dejó caer los hombros. Zelda se acercó a él con ánimo conciliador. Esperaba que el ataque de mal humor de Link se hubiera disipado ya y volviera a ser el muchacho que conoció en Ordon.

-Ha estado cerca, ¿eh?-sonrió Zelda, amistosa.

Link la observó desde su altura sin cambiar el gesto serio y distante.

-No ha pasado nada-respondió Link con sequedad-. No tenía nada que saber.

Zelda quiso cogerle del cuello y estamparle la cabeza contra el mármol de la pared, pero se contuvo. ¿Qué demonios le pasaba a Link? Vale que no sintiera lo mismo por ella, pero al menos podría ser un poquito más amable. ¿No? Así que, sin querer entrar en nuevas disputas, mantuvo la sonrisa y asintió.

-Claro. ¿Nos vamos?

-Cuando deseéis, milady-Link se mordió la lengua para no echarse a reír ante la expresión que Zelda tenía en la cara-. No me habéis dicho nada de eso, milady.

La estaba provocando. Zelda lo sabía. Estaba provocándola para que estallara y todo quedara peor que antes. «Muy listo, Link», pensó, «pero no demasiado».

-Por supuesto que no, cabo-sonrió de nuevo Zelda, borrando la molestia de su rostro-. ¿Por qué debería quejarme?

Link apretó los dientes. Odiaba que le recordaran que, a pesar de pertenecer al equipo de seguridad más importante de todo Hyrule, todavía se encontraba en el escalafón más bajo de la jerarquía militar. «Muy bien, princesa. Si quieres jugar a eso…», se dijo, sintiéndose orgulloso de su ingenio, recientemente descubierto. Sin tan solo lo hubiera tenido durante su época en el instituto…

Link le devolvió la sonrisa falsa y se acercó a ella. Zelda empezó a dar pasos hacia atrás para evitar cualquier contacto con él, pero al poco se topó con la pared de mármol, fría y dura. Tragó saliva al ver a Link tan cerca de ella, erguido, imponente. ¿Desde cuándo le provocaba esa sensación de pérdida y desasosiego? «Desde que te besó, hija de mi vida…», respondió la vocecita a la pregunta no formulada en voz alta.

-Podéis quejaros cuanto gustéis, milady-murmuró Link, sabedor de que la altura y el efecto que tenía en ella le colocaban en una posición ventajosa-. Haré cuanto esté en mi mano para que os sintáis lo más cómoda posible.

Zelda tragó saliva, consciente del doble sentido que tenían esas palabras. En otro tiempo, se habría lanzado a sus brazos tranquilamente. Ahora, solo esperaba que aquello fuera una amenaza vana y sin fuerza.

-¿Como alejarte de mí, por ejemplo?-repuso Zelda, manteniendo la voz firme y los ojos fríos.

Había andado hacia atrás, estaba atrapada entre la pared y el cuerpo irreconocible de Link. Pero no había perdido el porte frío que le caracterizaba. No obstante, le daba la impresión de que Link sabía perfectamente lo que le estaba haciendo a su organismo entero con aquel acercamiento, tan poco educado y cortés. Sin alguien les pillara en esos momentos…

Link cayó en la cuenta de aquel detalle e hizo lo que Zelda le pedía. Se alejó de ella y a dejó respirar con tranquilidad. Se miraron a los ojos y vieron en el otro cómo el fuego, la intensidad de aquel encuentro, comenzaba a pagarse lentamente; aunque seguía latente en sus pupilas y en la inclinación de sus cuerpos hacia el otro.

-Deberíamos irnos ya-dijo Link con voz grave.

-Sí-asintió Zelda, de acuerdo con él. Esquivó su cuerpo y se adelantó a Link en el pasillo-. Vamos-ordenó sin siquiera mirarle.

Durante en pequeño paseo hacia el salón de baile, Zelda tuvo clara una cosa: Link, el Link del que ella se había enamorado, había desaparecido. En su lugar, había una persona completamente diferente. Alguien frío, calculador y distante. Alguien que no se parecía en nada a ese chico de ojos azules, brillantes y dulces que le había ayudado y que la había salvado del fuego sin dudarlo. Estaba segura de que ahora volvería a hacerlo, pero no porque quisiera, sino porque era su deber.

Le dolía el corazón solo de pensarlo. Era horrible ver todo el daño que le había hecho sin pretenderlo. Y estaba claro que él no quería saber nada de sus excusas, porque ninguna le parecería lo suficientemente valiosa como para que la perdonara. Así pues, se hizo una promesa a sí misma: costara lo que costase, se desentendería de Link; no volvería a hablarle, a menos que la situación lo requiriese; no volvería a buscar ningún tipo de contacto o consuelo de su parte. Pero, sobre todo, se prohibiría seguir amándole por encima de todo. A partir de ese momento, Link era un desconocido, un guardia más del castillo. Punto y final.

… … … …

La noche de la celebración pasó, para alivio de Zelda. Había tenido que bailar con varios hijos de nobles, muy apreciados por su padre. Evidentemente, la intención del rey no era otra que el que su hija encontrase un buen partido en ellos. Además, no había podido hablar casi nada con Malon y los que habían sido sus amigos se acercaron de nuevo a ella, atraídos por el título que ostentaba y del que no habían tenido conocimiento hasta ese mismo momento. Y, por si fuera poco, sus padres habían insistido en que la última parte de la noche debía pasarla sentada entre ellos dos, justo cuando empezaba a animarse un poco.

En resumen: el día de su presentación había sido catastrófico. Y así se lo hizo saber a Impa cuando fue a verla a la mañana siguiente para prepararla para sus clases.

-Me niego a dar otra fiesta de ese estilo-sentenció Zelda, asomándose por la ventana a los jardines traseros del castillo-. Lo veo una pérdida de tiempo, dinero y recursos.

Impa sonrió un poco mientras se acercaba a ella y le arreglaba el pelo con mimo, una costumbre que había adquirido desde su regreso a la ciudadela. Y si encima Zelda no se quejaba…

-Tú y tu afán de restaurar los problemas del mundo…-murmuró Impa, cogiendo una gomilla para el pelo.

-Sabes que tengo razón, Impa. Odio tener una casa tan grande mientras hay gente que se muere por tener un simple techo donde cobijarse…-se giró cuando sintió que Impa había acabado de peinarla- ¿Tan malo es pensar así?

La mujer se quedó mirándola, curiosa. Zelda aparentaba ser una joven fría e implacable, pero cuando se trataba del sufrimiento de su pueblo volvía a ser la niña que había criado.

-¿Por qué no le expones esas ideas a tu padre?

Zelda alzó una ceja.

-¿En serio, Impa? Nunca me escucha. Siempre anda demasiado ocupado con sus reuniones…

-Tú también tendrás que asistir a ellas cuando seas reina…

-Si estoy casada, no-bufó la princesa-. Es la "ventaja" de ser mujer en la realeza-alzó las manos e hizo la señal de las comillas para darle énfasis a la palabra-. Además, se supone que ya tendría que haberme llamado para que asistiera con él a la reunión de hoy. Es sobre los ataques de ayer…

Impa borró la sonrisa y asintió con la cabeza levemente.

-Hubo un fallo en la seguridad. No tienes de qué preocuparte…

-Impa-la interrumpió Zelda-, casi me quedo sin cabeza. Doy gracias a que Li…

Se calló al instante, negándose a pronunciar su nombre y mucho menos a pensarlo siquiera. Impa se dio cuenta inmediatamente del cambio en la actitud de la princesa frente a la presencia de aquel chico en el castillo. Algo le dijo que Zelda y Link habían tenido más que palabras en el lapso de tiempo que no supo dónde estaban.

Zelda desvió la mirada, incapaz de sostener el escrutinio de Impa. Odió hacerlo. Justo en ese momento, don No-Quiero-Saber-Nada-De-Ti-Pero-Te-Beso-Como-Si-La-Vida-Dependiera-De-Ello paseaba junto a la fuente que había frente por frente a su ventana. Zelda gruñó, rodando los ojos y apartándose del vano de la pared. Impa alzó una ceja, sorprendida por el arranque de furia de la princesa, y se situó justo donde había estado ella hacía unos segundos. Enseguida, Impa vio el motivo de su estrés.

-No me has contado nada sobre…-empezó a decir.

-Ni se te ocurra preguntar, Impa-le ordenó Zelda, señalándola con el dedo-. Ni se te ocurra.

Impa alzó las dos manos a modo de rendición, divertida por cómo Zelda perdía los papeles por momentos. Aunque no estaba segura de si eso era bueno o malo… Llevaba años sin dejarse llevar por sus emociones. Había tenido que llegar Link al castillo para que Zelda empezase a sacar esa rabia y ese dolor contenidos. Y de qué forma…

Zelda suspiró con fuerza y cogió su libro favorito de la estantería que había junto a la ventana, no sin antes echar un breve y traicionero vistazo por la ventana. Link se había ido. Aliviada, en parte, giró sobre sí misma y se encaminó hacia la puerta. Impa frunció el ceño al ver su resolución.

-¿Adónde crees que vas?-la cogió por los hombros y la obligó a volver al centro de la habitación- Tienes que espera a que venga tu profesor de música.

-Santa Nayru… ¿Todavía seguimos con eso? De nada me sirve saber cantar si tengo que lidiar con una guerra inminente.

-¿Qué guerra?-sonrió Impa, alucinada- ¿De qué estás hablando?

Zelda se cruzó de brazos y la encaró.

-¿Crees que los que atacaron ayer no buscan algún tipo de enfrentamiento? Aquello no es que fueran fuegos artificiales, vaya…

-Zelda, por todas las diosas, cálmate-suspiró Impa, cansada-. No va a pasar nada. Deja de imaginarte cosas. Y hazle caso a tu profesor, ¿quieres? Solo queda la clase de hoy y luego podrás hacer lo que quieras durante el próximo mes. ¿De acuerdo?

Zelda frunció el ceño.

-Me hablas como si tuviera quince años y fuera una malcriada.

-¡Pues deja de comportarte como tal!-estalló Impa, harta de aquella actitud tan extraña con la que se había levantado la princesa- ¡Madura de una vez! Si ese muchacho está trabajando aquí, a ti te tiene que importar más bien poco. Te lo dije. Te dije que te olvidaras de él, pero tu loca cabeza fue incapaz de hacer eso, ¿no? Bien, atente ahora a las consecuencias. Vas a asistir a tu última clase y vas a dejar de actuar como una mocosa caprichosa y consentida que no aguanta que la rechacen. ¿Está claro?

Zelda dio un paso atrás inconscientemente, el enésimo en menos de dos días. Pocas veces se había enfadado Impa y menos aún le había hablado de aquella forma. Sobre todo, diciéndole aquellas cosas tan hirientes de las que ella era consciente. Le dolían las palabras de Impa, pero más que eso, la enfadaban. La cabreaban tanto que no podía creer cómo ella le había echado en cara que se estaba comportando como una niña pequeña. Siempre había sido disciplinada, callada y refinada. Se había desecho de muchas desinhibiciones en Ordon y, tras su regreso a casa, se había vuelto más fría de lo normal. ¿Acaso no podía tener un día en el que perdiera el control de sus emociones, esas que guardaba en un cofre cerrado con llave en lo más recóndito de su corazón?

No. Estaba claro que no. Porque en el momento en que lo hacía, ya se estaba propasando. Era una princesa, una conocida, de hecho. Ahora, todos controlarían sus movimientos, todos vigilarían sus palabras y comentarían sus actos. Inclusive Impa. No tenía privacidad ni la oportunidad de dejar salir todo lo que sentía y pensaba. Y, añadido a todo esto, Link estaba allí, ofuscándola y martirizándola con su extraña presencia y su nueva forma de comportarse con ella.

Jamás se había sentido tan sola…

Sin decir una palabra, se sentó en la cama y giró su cuerpo hacia la ventana, buscando en el cielo la libertad de que ella carecía. Impa se dio cuenta de todo lo que había dicho en un momento de calentón y quiso darse golpes contra la pared. Zelda era el modelo perfecto de princesa. No tenía nada que reprocharle.

Intentó acercarse a ella, pero una sola mirada ausente de ella bastó para que no la tocase siquiera.

-Zelda…-murmuró, sintiéndose muy culpable- Yo… No quería decir…

-Vete-dijo simplemente la princesa con un susurro-. Mi clase va a empezar. Déjame sola.

Aquello no era una petición. Era una orden. Zelda nunca había recurrido a su poder como princesa para deshacerse de ella…, hasta ahora. Impa se mordió el labio inferior y, sin atreverse a añadir nada más, obedeció y salió de la habitación de Zelda.