Cap. 4: Plan en marcha.

Ese día, a las 6 de la tarde, decidió empezar con su plan. Primero, se dirigió a la mesa de su estudio y cogió su móvil, el chocolate preparado esa madrugada y una botellita con el antídoto del APTX 4869. A simple vista, parecía zumo de remolacha pero un poco efervescente. Se preguntó qué sabor tendría.

Luego, se dirigió al armario y cogió su vestido y sus zapatos de cuando llegó a casa del profesor (las únicas prendas de su talla de adulta en toda la casa) y, rápidamente, fue a la puerta de salida y gritó:

-¡Voy a dar un paseo! ¡Vuelvo en un rato!

-Adiós, A... -fue lo único que alcanzó a escuchar antes de cerrar la puerta por fuera.

Corriendo se dirigió al parque más próximo y se encerró en los baños. No convenía que nadie, y menos Kudo y los demás, la vieran transformarse en Shiho. Se cambió, poniéndose su vestido y sus zapatos de adulta, y se tomó el contenido de la botella de un trago. Sabía, por alguna extraña razón, a limón. En unos pocos segundos, su cuerpo empezó a convulsionarse mientras sudaba sin parar. Dolía tanto como cuando encogió, pero pensó que verlo a él lo merecía. En un minuto era de nuevo Shiho Miyano, con sus largas piernas, su fino cuello y, en resumen, su cuerpo adulto.

Salió de los baños y miró en su móvil el mensaje que horas antes había enviado a su amado:

"Nos vemos en la fábrica de coches abandonada en la avenida 24 a las 7 y media de la tarde. Siempre tuya, Shiho."

Miró la hora: las 18:20. Tardaría más de una hora en llegar andando al lugar de la cita. Se guardó el móvil y comenzó a caminar.

Conan llamó al timbre de la casa del profesor Agase por tercera vez, mientras oía un lejano "Voy, voy" del profesor. Esa misma mañana, el anciano había telefoneado a Conan para pedirle que fuera a ver unas cosas que estaba inventando. La verdad, el plan no estaba mal del todo. Era domingo por la tarde, no tenía nada que hacer y últimamente había "sequía" de casos en la oficina de Mouri. Además, así vería si Hiabara había avanzado con el antídoto y seguro que el profesor sacaba algunos dulces. Llamó una cuarta vez.

-¡Ya va, ya va! -le respondió la voz del profesor. Al poco la puerta se abrió, y Conan vio la cara de agobiado que exhibía su amigo Agase- ¡Hay que ver qué impaciente eres, Shininchi! -le recriminó mientras el niño entraba a la casa.

-Es que tardabas mucho...-se excusó él- Si estabas ocupado, ¿por qué no ha abierto Haibara? ¿Dónde está, en su estudio?

-No, salió hace un rato. Así mejor, la verdad...

-¿Mejor? ¿No sería mejor que ella estuviera aquí también para poder dar su opinión acerca de tus inventos?

-Es que...no te llamaba para hablar de inventos, -dijo un poco angustiado- sino para hablar de ella.

-¿De ella? -se extrañó Conan.

-Me daba corte decírtelo esta mañana, con ella delante, por lo que me inventé esa excusa. Pero así, estando ella fuera, podremos hablar con tranquilidad.

-Bueno, tú dirás -dijo Conan tomando asiento en un sillón. El profesor lo imitó.

-Verás, -empezó- es que lleva un tiempo bastante rara, como nostálgica. Y a menudo suelta unos suspiros...Y murmura cosas como "¿Por qué no podré controlar mis sentimientos?", y cada vez que le menciono San Valentín se pone triste.

-¿Desde cuándo está así?

-Desde enero, mayormente. ¿Sabes qué le puede pasar?

-No sé... -reflexionó Conan- a lo mejor la deprime algo...

-O echa de menos a su novio... -añadió el profesor.

-No, eso no es posible -le cortó Conan- Me dijo que no tiene. A no ser... ¡No puede ser! -de un salto, se levantó y abrió su móvil.

-Shininchi, ¿qué ocurre? -preguntó el profesor al ver a Conan teclear un número y pegarse el móvil a la oreja.

-Contesta... Contesta... ¡Contesta! ¡Maldición! -murmuró Conan. Cerró el móvil, se lo guardó y le dijo al profesor-: Profesor, ¿te dijo Haibara adónde iba?

-No... Me dijo que iba a dar un paseo, nada más...¿Por qué?

-Oh, por nada -disimuló Conan- ¡Huy, acabo de recordar que tengo algo urgente que hacer! ¡Adiós! -exclamó y se marchó.

-Adiós... -dijo el profesor mientras se preguntaba adónde se marchaba Conan y por qué.

Shiho corría frenética por las calles de Tokio, no solo por la emoción que la embargaba por el hecho de que iba a ver a su amado, sino también por el miedo a ser descubierta. Unos minutos antes, había oído sonar su móvil. En cuanto vio el número, lo reconoció: Kudo. Seguramente se olía qué se traía entre manos y la había llamado para intentar convencerla de que abandonara su plan, pero Shiho estaba decidida: nada ni nadie la haría volver atrás.

"Lo siento, Kudo, pero lo voy a hacer".

Conan corría por las calles, buscando a Haibara. Había activado sus gafas rastreadoras, y seguía a la chica mediante la señal de su pin, que, por suerte, llevaba con ella. Conan creía saber qué se proponía Ai, y jamás la dejaría hacerlo.