DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.


Pactum —


IV

Pecado inevitable —


Abrió los ojos y soltó un suspiro, el claro donde siempre entrenaban estaba vacío, las marcas de las últimas sesiones presentes en los árboles y otros implementos improvisados por ellos para sus objetivos, denotando que hacía un tiempo nadie había vuelto a practicar allí: eran como viejas arrugas o cicatrices. Miró a las gemelas arrastrar los pies, decepcionadas mientras negaban con la cabeza, los ojos buscando alguna señal que claramente estaba ausente.

— Gracias, tío InuYasha, pero hoy tampoco vendrá… — Mao se encogió de hombros, su hermana hizo un gesto de abatimiento mientras echaban una última mirada al límite del bosque.

— Quizá papá tenga razón y nunca regrese…

InuYasha soltó un gruñido, había pasado un mes desde que su amiga se marchara sin mayor explicación que la dada a su esposo, y los últimos días, Miroku había salido de su estado de decaimiento y tristeza para entrar en uno de recriminación, enfadándose y negando que le afectaba, intentando aparentar que podría seguir adelante, dejando atrás esa etapa como si hubiese sido algo poco importante, y responsabilizando a Sango de todo lo ocurrido, culpándola y asegurando que ya no sentía nada por ella. Rodó los ojos al recordarlo, como si ellos no lo conocieran lo suficiente como para ver el dolor que aún seguía presente en sus ojos. Si no lo había golpeado por idiota todavía, era porque Kagome lo amenazó con una buena dosis de "abajo" si lo hacía.

— No le hagan caso a su padre, Sango volverá — aseguró, sabía que ella no podría dejar atrás a su familia —. Estoy seguro — Miró nuevamente el límite del bosque que rodeaba el claro y frunció el ceño —. Niñas, adelántense.

— Pero no deberíamos estar solas… — Mei estaba extrañada con la petición, su tío era muy sobreprotector y le parecía muy anormal que les pidiera eso.

— Voy detrás de ustedes. Tranquilas, no huelo ningún peligro cerca.

Las pequeñas se encogieron de hombros y le hicieron caso, mientras él seguía escudriñando alrededor con detenimiento y sus sentidos en alerta, hasta que ellas se alejaron unos cuantos metros y dio una corta carrera hacia uno de los extremos del claro, atravesando el límite y dando pasos cautelosos, tratando de no alarmar a la presencia oculta y con cada uno de sus sentidos enfocados en ella.

— Sé que estás ahí. No me hagas sacarte a la fuerza.

Escrutó la zona, llevando su mano hasta la empuñadura de su espada y oliendo el aire con detenimiento. Esa esencia… tan familiar y a la vez distinta, ¿cómo podía ser posible? Sabía de quien era, no tenía duda de ello, pero lo confundía el hecho de que no se sintiera como ella, sino como algo muy diferente, hasta aterrador en cierto grado. Identificó el punto exacto del origen del aroma y en una fracción de segundo estaba con la punta de su arma en el cuello de ella, sus ojos confirmándole sus sospechas, pero no por eso tranquilizándolo.

— Si pudieras destruirme con Colmillo de Acero, estaría agradecida.

— ¿Sango? P-Pero ¿qué…? — La miró boquiabierto, envainando confundido. Era ella, pero demasiado diferente. No parecía humana. — ¿Qué te pasó?

La chica iba a responderle, había abierto la boca dispuesta a darle una explicación porque sabía que él sería el único que podría comprenderlo; sin embargo, un par de gritos la interrumpieron, desgarrando el aire y alertándolos a ambos, eran las gemelas. Sango desapareció de su lado más rápido de lo que hubiese sido posible para cualquiera; InuYasha gruñó por lo bajo y comenzó a correr velozmente hasta el lugar, consciente de que tardaría un par de minutos en llegar a su destino y regañándose mentalmente por eso: si algo les pasaba a las pequeñas, sería su culpa. Encontró a las niñas sentadas, abrazadas fuertemente entre ellas con los ojos cerrados, temblando y sollozando aún asustadas. Miró la escena que había frente a ellas, el cadáver de un ogro de mediano tamaño estaba tirado unos metros más allá y no tenía signos evidentes de alguna herida o algo que indicara el motivo de su final, simplemente estaba inmóvil boca abajo en el suelo. La lucha debió ser corta y la muerte, rápida. Buscó con la mirada a la responsable, estaba seguro de que su amiga había sido quien salvó a Mao y Mei, pero se había desvanecido tan fugazmente como había partido a salvarlas. Se acercó a la criatura y miró sus facciones grotescas, los ojos abiertos en sorpresa y un hilo de sangre que terminaba formando un pequeño charco bajo su cabeza. Movió el rostro con el pie, buscando el origen de la sangre, y vio la marca de colmillos en su cuello, grandes y profundos, justo en un vaso sanguíneo, lo que de seguro terminó por desangrarlo en cuestión de segundos.

— Niñas, ¿qué pasó? ¿Lograron ver algo? — Preguntó, acercándose a ellas y acuclillándose a su lado para quedar a su altura.

— N-Nosotras… e-el yōkai ap-pareció de la nada y… y…

— D-Dijo que nos… c-comería y…

— D-De pronto algo se le lanzó encima y…

InuYasha echó otro vistazo a la escena e hizo un cálculo mental, reconstruyendo los hechos en su cabeza, sorprendido por la velocidad con la que debió actuar la castaña para acabar con eso tan pronto. Luego, apoyó gentilmente una mano en el hombro de cada una de sus sobrinas, llamando su atención.

— Ya, tranquilas enanas. Lo que las salvó no es malo, se los aseguro… Ahora, vengan… hora de regresar a casa. No le digan nada de esto a su padre, sino, no volverá a dejarlas salir conmigo. ¿Entendido?

— Lo prometemos, tío InuYasha — respondieron a coro, para respirar profundo e intentar calmarse, mientras se alejaban del lugar y comenzaban el camino a casa.

El hanyō también se prometió mantener la boca cerrada, por lo menos hasta que averiguara lo que había pasado con su amiga, en qué se había convertido y cómo. Necesitaba explicaciones y no iba a descansar hasta tenerlas.


Llegó trastabillando a su habitación, un poco mareada y con un horrible dolor de cabeza, las náuseas produciéndole arcadas casi incontrolables. Se recostó en la cama, aguantando las ganas de vomitar que tenía y tratando de olvidar el gusto en su boca, repugnante y amargo. Dolmance le había advertido que la sangre yōkai no era una fuente confiable de alimento y que, lejos de saciar su sed, iba a enfermarla. No pensó que los efectos fuesen tan poderosos y bruscos al grado de afectarla tanto, aunque no tenía otra opción: si no acababa rápido con el ogro, iba a herir a sus hijas, incluso llegar a matarlas, y la única forma que vio factible para salvarlas, fue tomando su sangre, drenándola violentamente para matarlo en cosa de instantes y así, evitar que llegara siquiera a tocar a las pequeñas.

Negó con un gesto, necesitaba algo para poder quitarse esa molestia, estaba comenzando a ver borroso y le ardía todo el interior, naciendo desde la garganta, con esa sensación nauseabunda y asquerosa, hasta el vientre, quemándole por dentro como si hubiese tragado fuego ardiendo.

— Já, así que probaste sangre de un demonio a pesar de mis advertencias — Dolmance soltó una especie de risa condescendiente mientras aparecía a su lado, mirándola de reojo —. ¿Cómo le dicen ustedes, yōkai? Veo que estás muy desesperada…

— No estoy desesperada — respondió en un siseo, nuevamente llevaba unos días sin probar una gota de su sangre, pero a pesar del clamor urgente de sus entrañas, había soportado bastante bien el hambre, mentalizada en la idea de que tomarla era aún peor que eso —. No fue por sed…

— Lo sé, recuerda que estamos unidos. No puedes ocultarme nada — sonrió de esa forma que le provocaba rechazo, malicioso y astuto, sus ojos atravesándola con frialdad. Sin embargo, también se sentía irracionalmente atraída por él, en especial ahora que le punzaba incesante la necesidad de su sangre en las entrañas —. Vamos, te ayudaré con eso.

— ¿A dónde vamos? — Preguntó temerosa, las últimas veces que lo había acompañado, había sido testigo de su cacería de humanos, cruel y despiadada. Había visto la ferocidad de los instintos aflorando sin tapujos y había luchado con su propio deseo de matar, haciendo uso de todo su raciocinio para no caer en el mismo juego macabro, lográndolo a duras penas. Cada día sentía que era más difícil mantenerse firme, evitar que los instintos ganaran esa batalla.

— Ya lo verás… he planeado algo especial esta noche.

Pasó saliva, tenía un mal presentimiento sobre eso y la sonrisa ladina sólo acentuaba esa sensación y le producía escalofríos. Y no podía negarse, había aprendido que hacerlo siempre iba a tener consecuencias, tanto para ella como para otros, inocentes que no llegaban a comprender lo que les había pasado y con los que Dolmance descargaba su ira cuando ella se negaba a obedecerlo en algo. Al final, esa sangre también terminaba corriendo por sus manos…

Tomó su mano y se transportaron a los límites de un bosque, una zona que no tardó en reconocer, el sentimiento cálido que le causaba se contrapuso de inmediato con el miedo. Miró alrededor, el hogar que antes era suyo a unos cuántos metros de ellos, y en su interior escuchaba algunas risas junto con el latir de los corazones refugiados por las paredes. La tibieza de la sangre la llamó sin consideración, provocando algo que sólo le había ocurrido una vez, ese mismo día más temprano: sus colmillos crecieron junto con la súplica intensa de sus vísceras por el vital fluido, una mezcla poderosa entre la sed acumulada y el malestar creciente. Se aferró con fuerza al árbol que estaba a su lado, enterrando las garras en la corteza e intentando menguar ese impulso, usando toda su voluntad para frenarlo.

— Es noche de cacería, querida — Dolmance sonrió ampliamente, mostrando sus colmillos resaltar aún más de lo normal, como clara señal de lo que ocurriría —. Lo único que te quitará esa molestia es la sangre… Lo mejor en estos casos, es la de los niños: un suave y delicado elixir que calma ese infierno en tus entrañas de forma inmediata… aunque he escuchado que la de humanos con poderes espirituales también es excelente para quitar ese mal sabor de boca, sólo que su efecto es un poco más lento.

— ¿No puede darme su sangre, señor? — Murmuró suplicante, intentando ignorar el eco de las pulsaciones de quienes estaban en el interior de la cabaña. — Se lo ruego, su sangre es lo único que necesito…

— No puedes alimentarte por siempre de mí, Sango. Y lo sabes, por algo tus instintos te empujan hacia ellos… dale una oportunidad a la sangre humana.

— Prefiero morir de sed… — Soltó tajante, no había malestar suficiente que la obligara a beber de personas.

— Sabes que no morirás, pero si lo deseas puedo dejarte aquí a que pruebes. Será divertido verte caer en ese abismo… — Rio como si el imaginar eso fuese el mejor espectáculo que pudiese tener en esos momentos. Luego la miró de reojo, curioso. — ¿Cuál es el problema? El mundo está repleto de humanos, uno más, uno menos… no habría diferencia.

— Yo… — Ella se mordió el labio inferior, recordando todas las razones por las que no podía hacerlo. De entre la larga lista, había una que estaba ahí desde que ella tenía uso de razón. — Toda mi vida entrené y me preparé para protegerlos. No puedo hacerle daño a un ser humano sin sentir culpa…

— ¿Culpa? — Alzó las cejas, con escepticismo y burla, eso era algo ridículo para él. — Un sentimiento abstracto que no te sirve de nada. ¿La culpa te quitará la sed, te dará energías? Eso sólo te limita — La sonrisa despectiva logró irritarla un poco, pero sólo desvió la mirada sin responder —. Ahora, si el problema es que no quieres hacerles daño, podría cazarlos para ti… así puedo yo escoger a las víctimas.

Se paralizó mientras Dolmance sonreía, ahora perverso, los ojos verdes con el brillo malévolo y la sed de sangre y sufrimiento escapándole por los poros. Sango supo a quienes tenía en mente, porque eran los mismos deseos que ella estaba intentando reprimir, esforzándose por no hacerles daño, aunque el vampiro no se contendría de ninguna forma. Se arrodilló frente a él, desesperada ante la idea, tenía que detenerlo, no podía permitir que le hiciera daño a su familia…

— Se lo suplico, no los cace… no a ellos. S-Si me ofrece sangre humana de un desconocido, la beberé sin reclamos, lo prometo…

— Si me pides que siga alimentándote, será bajo mis términos, no estás en condiciones de exigirme nada. Además, ahora me apetece cazar niños… — Soltó un gruñido gutural, alertándola del inminente acto. — Su sangre es deliciosa… — El tono fue perverso y su lengua rozando sus colmillos demostró claramente sus intenciones.

— ¡No! Señor, por favor…

Su voz fue una súplica angustiante y temerosa, ella no quería que él les hiciera daño. Dolmance la miró con recelo, la ira y las ansias de una sangrienta cena reflejándose en sus ojos sin piedad ni consideración alguna. Endureció el gesto, molesto.

— No quieres que cace niños, ¿cuál es tu opción, entonces? No voy a ir tras lo que tú quieras, así no funciona esto. Es mi cacería, mis objetivos, mi alimento.

Sango apretó sus puños con impotencia, buscando una salida. Si dejaba que él atrapara a sus víctimas esa noche, lo haría a su modo sangriento e inhumano, arrebatándole la vida a niños inocentes, probablemente los suyos, con dolor y agonía; luego quizá fuera por sus amigos, por Miroku, para darles el mismo final… No podía permitirlo, debía hacer algo para evitarlo, pero sólo lograba llegar a una respuesta, algo que no lograba hacerla sentir mejor.

— Y-Yo cazaré — levantó la vista, mirándolo a los ojos con decisión a pesar del dolor que no podía ocultar —. Busquemos otra aldea y cazaré-

— No iremos a otra aldea, no estoy para tus juegos de moral — cortó firme él, mirándola con severidad —. Si vas a cazar a alguien, será aquí y ahora. Si no quieres hacerlo, puedes volver al castillo, yo mismo me encargaré de llevarte sangre fresca luego. Es tu decisión.

Tensó la mandíbula, ella no quería matar a nadie, pero era aún más difícil hacerlo si era alguien a quien conocía. Sin embargo, era todo lo que podía hacer ahora, era el único camino que le estaba dejando el vampiro. No tenía más opciones y debía actuar pronto, su acompañante no se caracterizaba por ser paciente. Intentó poner su mente en blanco para acatar, de todas formas, se iría al infierno por lo que haría.

— De acuerdo. ¿A quién desea que cace?

— Oh, no… es tu cacería, tú debes escoger a tu presa — ella pudo distinguir sin dificultad el brillo divertido en sus ojos ante la situación —. Si vas a hacerlo, vivirás todo el proceso, así aprenderás.

El vampiro soltó una carcajada fría y tétrica, tras lo cual desapareció, dejándola por su cuenta. Ella abrió y cerró los ojos un par de veces, procesando lo que eso significaba, intentando pensar en lo que iba a ocurrir sin desmoronarse antes, buscando alguna opción que disminuyera la gravedad de sus futuros actos. Sin embargo, no había nada que le sirviera de consuelo, sólo saber que estaba protegiendo a los suyos. Era un acto egoísta, porque destruiría a otra familia por mantener la suya a salvo. Después de tanto tiempo defendiendo el bienestar de todo el que lo necesitara, ahora ella terminaría siendo la responsable de arrebatarle la vida a alguien…

De pronto escuchó ruido a unos cuantos metros, parecía una alegre charla entre un grupo de hombres. Se trepó a un árbol y silenciosamente se acercó de rama en rama, con cada metro avanzado, las voces eran más claras, y así mismo el calor de la sangre, el latir de sus corazones en su pecho y las pulsaciones del tibio líquido corriendo en sus venas. Llegó cerca del otro extremo de la aldea y logró divisar las antorchas avanzando a lo lejos, el grupo de hombres que las portaban, caminaban de regreso a casa después de haber terminado su jornada de trabajo. Sango los miró con detenimiento, sintiendo desde ya el remordimiento en su ser. Casi todos eran jóvenes, un par tenía hijos pequeños que dependían de ellos, otro era el hijo mayor de una anciana a la que cuidaba junto con su hermana pequeña. Ellos eran el sustento de sus hogares, los protectores de sus familias, ellas dependían de ellos. Todos apenas estaban comenzando su vida, excepto el mayor del grupo. El señor de las verduras, Daichi.

Tragó duro, sintiendo la presión en su garganta, el deseo y la sed corriendo por sus venas mientras sopesaba las opciones, sabiendo que ya no tenía ninguna alternativa más. La pérdida del anciano sería menos dura para todos, ya que él tenía su vida hecha. Nadie dependía de su trabajo, sus hijos habían formado sus propios hogares y su esposa había muerto un par de años atrás. Los observó con detenimiento, el grupo se despidió a la entrada de la aldea, separándose para encaminarse a sus hogares. El mayor vivía apartado, cerca de las cosechas que él mismo sembraba y cultivaba para luego vender en su puesto. El camino largo, solitario, alejado de las demás cabañas, le daba ventaja a ella. Cerró los ojos, mentalizándose nuevamente, intentando buscar en su interior la fortaleza para cometer ese pecado. Pensó en sus amigos, en sus hijos, en Miroku… el miedo a que algo les pasara se hizo más fuerte en su pecho al tiempo que sus instintos afloraron de golpe, como si el hecho de ver a su presa sola, alejado de toda ayuda oportuna, hubiese disparado una especie de señal en su interior. Con más pesar del que hubiese imaginado, dejó que sus entrañas dominaran sus actos, el deseo y la necesidad crecientes por sentir la sangre tocar su boca y alimentarla, borrando de su organismo todo rastro de la asquerosa experiencia con el yōkai que había asesinado unas horas atrás, afloraron en su piel y guiaron sus actos. Apareció frente al anciano, impresionándolo a tal grado que cayó sentado hacia atrás, mirándola fijo un par de segundos, de seguro intentando descubrir qué era lo que lo había sorprendido a esas horas de la noche en medio del camino.

— ¿S-Señora Sango? ¿Es usted? Que bueno que regresó, su Excelencia no es el mismo… — Daichi parecía confundido al principio, pero luego intentó esbozar una sonrisa, pensando que ella había vuelto.

— Silencio — gruñó en respuesta, mostrando los dientes, los colmillos, y sintiendo bullir en su pecho aún más insistentemente el deseo por alimentarse. El hombre palideció —. Por favor, perdóneme. Tengo que hacerlo.

Arremetió contra él, lanzándose directo a su cuello, hundiendo sus colmillos de lleno en la vena yugular, evitando que él gritara, su voz sofocada por la presión en su garganta. La sangre llegó a su boca como un elixir de energía y placer, saciando la sed y quitándole cualquier malestar, borrando incluso el sabor de su víctima anterior de su paladar. La mezcla entre el placer que estaba sintiendo al alimentarse y la culpa que se acrecentaba a medida que la vida del hombre se desvanecía en sus manos, logró angustiarla. Sintió una lágrima rodar por su mejilla, sabía que eso estaba mal, que era un pecado que jamás se borraría de su alma; pese a ello, no podía evitar sentirse completa, fuerte, viva al hacerlo, cada gota intensificando esas sensaciones. Tomó el cuerpo y se dirigió al bosque, temerosa de que alguien pudiese descubrirla ahí mientras terminaba de alimentarse. No podría soportar que alguien supiera en qué clase de monstruo se había convertido.


Estaba sentado junto a la entrada de la cabaña, observando a los demás con cierta confusión. Su encuentro con Sango había sido tan tranquilizador como preocupante, dado que sospechaba por la expresión en sus ojos y la frase con la que lo había recibido, que ella no se había marchado para escapar con otro hombre; sin embargo, el aroma, el cambio de su piel, sus ojos, la velocidad y la forma en la que había acabado con ese yōkai, sólo podían alertarlo sobre la verdadera razón de su partida.

De pronto, un pesado aroma metálico le llegó a sus fosas nasales, mezclado levemente con otra fragancia que lo confundió. Tenía que descubrir qué había ocurrido, pero necesitaba hacerlo solo.

— Iré por más leña para el fuego — soltó casual, poniéndose de pie y haciéndole un gesto disimulado a Kagome, lo que bastó para que ella supiera que no debían seguirlo —. En seguida regreso.

Salió tranquilo de la cabaña, pero en cuanto estuvo fuera, se apresuró a llegar al origen de los olores que llamaron su atención. Gruñó por lo bajo al percatarse de que persistía y aumentaba el de la sangre y el otro, disminuía. Llegó al camino que daba a uno de los límites de la aldea, la morada del viejo Daichi, y sólo pudo sentir una ira creciente y preocupación al ver la salpicadura del líquido rojo en el suelo. Miró alrededor, localizando el rastro y siguiéndolo rápida y sigilosamente, la espada desenvainada lista para acabar con el responsable.

El viejo Daichi, el señor de las verduras, era uno de los aldeanos que, si bien muchas veces no estaba de acuerdo con cómo ellos vivían, siempre se había mostrado preocupado por todos, dándoles consejos y siendo franco y directo con sus opiniones. Era un buen hombre, y sabía, por el repugnante olor, que seguramente ahora estaba muerto. No iba a perdonar al maldito que lo hubiese asesinado.

Encontró su objetivo, una figura oculta por las sombras de la noche en medio del bosque estaba inclinada sobre el cadáver, podía escuchar como sorbía la sangre con desesperación y de pronto, sólo por una fracción de segundo, ese aroma tan conocido para él se hizo presente, sólo para desaparecer casi al instante. Su ira ascendió al ver el rostro sin vida del aldeano, la piel pálida y deshidratada, los ojos abiertos, desorbitados. Soltó un gruñido ahogado antes de atacar, lanzando un golpe directo a la criatura y alcanzando a darle en el hombro derecho, debido a que ella logró reaccionar y se alejó de un salto hacia atrás, dejando el cuerpo de su víctima abandonado. InuYasha se paralizó al sentir ahora el aroma de la sangre de su adversario, escudriñando la oscuridad con incredulidad.

— ¿Sango? ¿Qué…? — Volvió a dirigir los ojos hacia el viejo Daichi y luego hacia ella, confundido. — Tú… ¿Tú lo hiciste? ¿Por qué?

Ella salió de la oscuridad que la ocultaba, dejando que él viera en lo que se había transformado. El rostro del hanyō sólo mostró horror al notar los colmillos goteando sangre, los ojos con una sed inexplicable y un brillo inhumano muy diferente al que él recordaba, la piel pálida brillaba de lo blanca que estaba. La muchacha se llevó la mano a la herida que le había ocasionado su antiguo compañero y curvó los labios en una triste sonrisa.

— Tuve que hacerlo… no pude evitarlo, necesitaba sangre, y si no era él… — Admitió, su rostro contrariado con la confesión. — Yo… debo alimentarme, no puedo suprimir esta necesidad…

— P-Pero… el viejo Daichi… ¿por qué? ¿Qué te ocurrió?

— Lo lamento, fue la única opción que tuve. Estoy condenada, InuYasha. Por favor, acaba conmigo, es la única forma de detenerlo… no voy a rogar perdón ni esperar que no castigues mi crimen…

Él miró su espada, el ataque directo debería haberla matado, pero sólo le había causado un corte no muy severo en el hombro. Quizá si usaba todo su poder podría acabar con ella, pero no podía hacerlo. Necesitaba saber qué había pasado, debía existir otra forma de detener lo que fuese que le estaba ocurriendo a su amiga.

— Te transformaste de alguna manera, pero no sé en qué ni cómo. Si vuelves, buscaremos la forma de…

— ¡No voy a volver! ¡No puedo hacerlo! ¿No lo entiendes? Ya no soy humana, no…

Fue interrumpida por la aparición de Dolmance a su lado, quien soltó un gruñido y miró con odio a InuYasha antes de tomar a Sango del brazo con firmeza.

— ¡No te atrevas a volver a acercártele, hanyō! Si lo haces, no serás tú quien sufra las consecuencias — fue un bramido salvaje, las facciones llegaron a mutar mostrando una imagen más parecida a la de un demonio que a las masculinas que ella conocía —. Hora de irnos, querida.

No le dio tiempo a InuYasha de hacer algo, desapareció junto a Sango, dejando atrás una densa niebla con un olor fuerte a azufre. Él maldijo por lo bajo, estaba seguro de que Sango iba a decirle lo que había ocurrido, que por lo menos intentaría darle una explicación, pero ese maldito lo había impedido. ¿Por qué? Si se suponía que no había forma de salvar a Sango, ¿por qué le había prohibido acercarse a ella? La castaña era todo un demonio cuando la encontró, pero su mirada había cambiado cuando lo vio, de cierta forma, era ella misma…

No sabía qué mierda estaba pasando, pero encontraría la forma de remediarlo, costara lo que le costara.


Prompt: Colmillos.


¡Hola! Ya estaba un poco ansiosa por actualizar. El trabajo de edición me tiene tan emocionada como cuando escribí el capítulo. Además, el plantear una situación así, en la que se muestre un lado tan oscuro del sinfín de posibilidades que tienen los personajes... me deja un poco ansiosa y con un gusto medio amargo en la boca. La verdad, me siento muy angustiada por la situación que están viviendo, pero es parte de la trama. Así que no me torturen por esto (?)

Bien, no tengo mucho más que decir. Sólo que sufro con cada revisión que le doy antes de actualizar y que agradezco que me acompañen en este amargo camino. En especial a Constantine Moore y a Loops, necesitaré sus direcciones para enviarles el chocolate prometido. Y nuevamenrte menciono el gran apoyo que he recibido de Nuez.

Nos leemos en la siguiente entrega. Les mando muchos abrazos y lamento esto.

Yumi~