Disclaimer: Los derechos de autor del SDLA y Star Wars no me pertenecen ni pretendo lucrar de ellos.

Estimados lectores: Muchas gracias por sus amables comentarios. Espero que continúen leyendo y, ¡que disfruten de este capítulo!

N. del A: Aun recuerdo algunas traducciones de nombres y términos de Star Wars (empezando por "La Guerra de las Galaxias", una traducción demasiado pobre de "Guerra en las Estrellas") y todavía me estremezco con "Lucas Trotacielos", "Trespo", "Dar Vader", "Estrella Letal" y la traducción más absurda de todas: "Arturito" para R2-D2…hahahaha! Lo mismo sucede con ESDLA, por lo cual, en lo personal, me gusta respetar los nombres propios de personajes, escenarios, etc., y no presentaré muchos de ellos en español. Por ej: decidí que el apellido de Frodo será Baggins, en vez de Bolsón. De otra manera, tendría que escribir "Obe-uno" en vez de Obi-Wan…hehehe…Espero que esto no resulte confuso ni mucho menos, molesto para nadie. Muchas gracias por su comprensión. Sigamos con la historia…

I I I

El Montaraz y el Caballero Jedi

Esto es lo que haremos, – anunció Obi-Wan de la manera más serena posible, mientras alejaba a los hobbits del salón común del Pony Pisador. – Pippin, Merry: ustedes dos registren la planta baja. Sam y yo revisaremos el segundo piso.

A pesar de su reputación como la mejor posada en todo Bree y sus alrededores, el Pony Pisador era un edificio relativamente pequeño. El Maestro Jedi aun podía percibir la presencia de Frodo en el interior del establecimiento y sabía bien que mientras el secuestrado hobbit permaneciera a su alcance, no todo estaba perdido.

Los tres hobbits asintieron al unísono y Obi-Wan se percató de que los diminutos humanoides se encontraban bastante tranquilos, aun a pesar de la gravedad de la situación. Merry y Pippin se volvieron y se adentraron en el estrecho corredor que guiaba a las habitaciones para hobbits de la posada, pausando solamente para escuchar las últimas indicaciones del Maestro Jedi.

Recuerden: en caso de que encuentren cualquier rastro, deben buscarme antes de intentar cualquier otra cosa. – Aconsejó Obi-Wan con gran seriedad. - ¿Entendido?

Entendido. – Repuso Merry con suavidad, mientras que Pippin se limitaba a asentir en silencio.

Bien. – Dijo Obi-Wan con cierto apuro, mientras ambos hobbits se disponían a reanudar la marcha. – En caso de que nosotros encontremos cualquier rastro, enviaré a Sam por ustedes.

Conforme Pippin y Merry se volvían para iniciar su búsqueda, Obi-Wan salió trotando en dirección de las escaleras de ascenso hacia el segundo piso de la posada, seguido de cerca por un desconsolado Sam. El grueso piso de madera chirriaba agudamente bajo el peso de las botas del Maestro Jedi, aunque Sam podía moverse de manera tan silenciosa como cualquier felino. En cuanto alcanzaron el piso superior, no tomó mucho tiempo para que Obi-Wan pudiera encontrar su destino.

¡No tengo idea de lo que estás hablando! – Se escuchó de repente exclamar a la voz de Frodo, proveniente del interior de la puerta de madera de una de las habitaciones. - ¡No llevo absolutamente nada conmigo!

Desde luego que no. – Fue la respuesta de la potente voz del misterioso secuestrador - ¿Sientes temor?

Obi-Wan no alcanzó a escuchar la respuesta de Frodo, concentrando en vez todos sus sentidos en aproximarse cautelosamente la puerta. El Maestro Jedi se volvió en dirección de Sam y se llevó el dedo índice a los labios para indicarle que permaneciera en silencio. Acto seguido, señaló al regordete sirviente de Sam que fuera a avisar a Merry y Pippin, mientras colocaba un oído contra la puerta. Sam obedeció en el acto y Obi-Wan jaló aire hondo, mientras colocaba lenta y silenciosamente la mano derecha sobre la empuñadura de Gloérach, acariciando la espada élfica suavemente con la punta de los dedos.

¡No temes lo suficiente aun! – Advirtió la voz del secuestrador de manera sombría. – Conozco a tus perseguidores.

El Maestro Jedi llamó a la puerta con suavidad y de inmediato, un absoluto silencio se apoderó de la habitación. Aun presionando un oído contra la puerta, Obi-Wan escuchó pasos lentos y cautelosos aproximándose hacia él y en cuanto sintió a una mano dando vuelta a la perilla, retrocedió un par de pasos.

De súbito, una violenta ráfaga de invisible energía abrió la puerta de par en par, provocando que el asombrado secuestrador cayera de espaldas sobre el piso. Obi-Wan se introdujo rápidamente en la habitación, clavando los ojos fijamente en el sujeto conocido como Trancos, quien simplemente se limitó a sentarse sobre el piso, incapaz de apartar la mirada de aquél hombre barbado que se erguía ante él. Sin embargo, el montaraz se reincorporó en un abrir y cerrar de ojos, abalanzándose en contra de Obi-Wan mientras desenfundaba su espada con relampagueante velocidad.

¡Espera! – Exclamó un horrorizado Frodo, saliendo disparado en dirección de ambos combatientes.

Pero antes de que alcanzara su destino, Obi-Wan levantó la mano derecha y la filosa espada metálica que blandía el montaraz escapó de sus dedos y comenzó a flotar por los aires, alejándose de su propietario. El harapiento sujeto se detuvo en el acto y permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de su flotante sable. Acto seguido, retrocedió un paso, mientras su rostro mostraba un gesto de gran confusión, indicando que se encontraba inseguro de cómo proceder.

En ese preciso momento, Sam irrumpió violentamente en la habitación, seguido de cerca por Merry y Pippin, portando un largo banco de madera entre las manos con el que comenzó a agitar de manera amenazante en dirección del montaraz.

¡Déjale ir, "piernas largas"! – Entonó el hobbit con gran determinación, aunque estremeciéndose visiblemente, mientras señalaba con la cabeza en dirección de Frodo primero y luego de Obi-Wan. – ¡No conoces los terribles poderes del Sr. Obi-Wan!

El hombre conocido como Trancos respondió sacudiendo la cabeza, suspirando profundo y dejando caer ambos brazos a sus costados con simpleza, indicando sentir de que no tenía sentido luchar contra los recién llegados.

Eres de corazón valiente, pequeño hobbit. – Murmuró finalmente el montaraz, clavando sus verdes ojos sobre la regordeta figura de Sam. – Pero, me temo que eso no les salvará.

No hay necesidad alguna de recurrir a la violencia para descubrir lo que sucede aquí, Sam. – Añadió Obi-Wan con completa serenidad y de nuevo, se percató de que la férrea mente del montaraz no le permitiría conocer sus verdaderas intenciones por medio de la Fuerza, por lo cual, el Jedi decidió proceder con extrema cautela y paciencia.

Lentamente, caminó hacia el centro de la habitación, mirando por todos lados para asegurarse de que el montaraz se encontrara solo. De igual manera, Trancos caminó hacia el rincón más apartado del recinto y se dejó caer sobre una silla ubicada a un lado de la ventana, incapaz de apartar la mirada de Obi-Wan. Por un largo rato, ambos guerreros permanecieron en silencio, estudiándose mutuamente y con gran detenimiento.

En cuanto Obi-Wan posó los ojos en aquél hombre de largo cabello oscuro, ojos verdes y rostro sagaz que se encontraba a unos metros de él, se percató de inmediato de que el montaraz era mucho más de lo que aparentaba a simple vista. La apariencia de Trancos sugería que se trataba de un individuo culto y bien educado; un sujeto que resultaba demasiado suspicaz y experimentado aun a pesar de su harapienta apariencia. Los hobbits se aproximaron a Obi-Wan y se colocaron alrededor del Maestro Jedi como si se tratara de niños asustadizos y desconfiados que buscaran la protección de su padre. Sin embargo, Trancos no dio señal alguna de pretender detenerles.

En efecto. No hay necesidad alguna de recurrir a la violencia. – Repuso Trancos con voz cansina. – No me teman, pues no soy su enemigo.

Eso está por verse. – Respondió Obi-Wan sin mayor preámbulo. – ¿Quién eres y por qué secuestraste a Frodo de esa manera?

Aunque no le resultaba posible detectar las verdaderas intenciones del montaraz a través de la Fuerza, Obi-Wan decidió confiar en el sentido común. Trancos se encontraba tan sorprendido con la inesperada presencia y verdaderas intenciones del Jedi, como Obi-Wan lo estaba con el propio montaraz y la gran serenidad y paciencia que Trancos mostraba en ese momento, claramente parecía indicar que decía la verdad.

Aun no comprendo qué es lo que sucede aquí en realidad, – Dijo Frodo abruptamente, tal como si pudiera haber leído la mente del Jedi. – Pero me parece que el Señor Trancos ha dicho la verdad.

Soy amigo y aliado de Gandalf el Gris. – Repuso Trancos con simpleza, mirando fijamente en dirección de Frodo, antes de devolver su atención a Obi-Wan. – Lamentablemente, su demora me indica que algo le ha sucedido. Gandalf no suele fallar a sus compromisos cuando se requiere de apremio.

¿Cómo? – Preguntaron Frodo y Pippin al unísono. Realmente, Trancos sonaba sincero. En verdad parecía conocer al famoso mago llamado Gandalf.

No, ¡espere un momento, señor! – Añadió Sam, mirando directamente al rostro de Trancos con inconfundible recelo dibujado en su chapeado y redondo rostro. - ¿Cómo sabía usted que buscamos a Gandalf?

Obi-Wan permaneció sereno. Cruzó los brazos sobre el pecho y se reclinó sobre el filo de la chimienea, aguardando pacientemente que el montaraz ofreciera su explicación.

Acabo de decirlo. – Replicó Trancos, sonriendo ligeramente en dirección de Sam. – Gandalf y yo somos viejos amigos y, debo insistir, su retraso me parece seriamente preocupante.

El harapiento humano suspiró hondo, mientras clavaba la mirada en dirección del exterior de la ventana. La lluvia continuaba azotando al pequeño poblado de Bree y Obi-Wan se percató de que, fuera del "pequeño incidente" de Frodo en el salón común, el asentamiento se percibía extremadamente tranquilo.

Hace apenas unos meses, Gandalf y yo sostuvimos una conversación en las afueras de la Comarca. – Prosiguió Trancos, rompiendo el breve silencio que se había apoderado de la habitación. – Él me informó que dos hobbits habían partido de Hobbiton y que marchaban en dirección de Bree. Aunque, nunca mencionó la presencia de otro par de hobbits y…mucho menos la de un hombre.

Yo soy…un aliado inesperado. – Repuso Obi-Wan. – Soy amigo de un elfo llamado Gildor y porto su espada, de hecho.

Diciendo esto, Obi-Wan desenfundó el arma que colgaba de su cinturón de accesorios y la mostró a Trancos, quien la estudió de manera cuidadosa.

Eso veo… – Asintió finalmente Trancos. – La hoja relata la leyenda de Gloérach, espada de Gildor de Lórien. Lamentablemente, yo no cuento con prueba alguna acerca de mi identidad o intenciones. Más, esto les puedo decir: Cuando me encontré con Gandalf entre los arbustos cercanos a la Comarca, me pidió que, en caso de que no volviera a recibir noticias suyas, me presentara en Bree. "Pues, de ser así," me dijo, "eso significará que no podré estar ahí para protegerles y requerirán de tu ayuda."

Así que, estás protegiendo a Frodo. – Afirmó Obi-Wan, más que preguntar. El sujeto parecía sincero y, lentamente, las cosas comenzaban a adquirir forma. En realidad, Trancos no había secuestrado a Frodo, sino que le había retirado del gran peligro en el que el propio hobbit se había colocado con todo ese turbio asunto respecto al anillo, que se presentara en el salón común. Escucha, provengo de muy, muy lejos y aunque aun no comprendo todos los misterios que rodean a la Tierra Media, la repentina invisibilidad de Frodo debe estar relacionada con tu agudo interés en él. Sin mencionar la estrecha amistad que afirmas tener con Gandalf el Gris.

En efecto. – Repuso el montaraz con inequívoca sinceridad. – El peso con el que Frodo carga me concierne en una manera mucho más profunda de lo que cualquiera de ustedes pueda imaginar.

Trancos conoce la existencia del Anillo… – susurró Frodo de manera casi inaudible.

Al escuchar las palabras del apesadumbrado hobbit, Obi-Wan decidió preguntar más acerca de las misteriosas cualidades del poderoso anillo dorado, pues resultaba obvio que la sortija era la razón por la que los Jinetes Negros perseguían a sus pequeños protegidos de manera tan implacable. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, Trancos respondió a Frodo.

Protejo a Frodo de sus perseguidores. – Anunció el montaraz en tono ominoso. – Les conozco bien y sé lo terribles que son. ¡Lo que Frodo lleva consigo no es ninguna baratija!

Eso resulta claro. – Asintió un pensativo Obi-Wan, acariciando su barba de manera distraída. – Y, en lo que respecta a sus perseguidores, ciertamente no se les puede tomar a la ligera. Ya tuve el nada agradable honor de conocer personalmente a los Jinetes Negros cuando veníamos en camino a Bree.

Al escuchar la manera en que el Maestro Jedi se había expresado en forma tan casual de los aterradores siervos de Sauron, Trancos arqueó ambas cejas y miró en dirección de Obi-Wan, quien, claramente, no se había expresado de los Jinetes Negros como solían hacerlo los hombres comunes de la Tierra Media.

Muy bien. – Repuso finalmente el montaraz, recuperándose de la sorpresa. – Siendo así, me parece que nos entendemos.

Todavía no, amigo mío. – Respondió Obi-Wan, mientras los cuatro hobbits observaban el duelo de voluntades que sostenían los humanos con incontenible fascinación. – Primero dime, ¿conoces el camino a Rivendell?

Partiremos a primera hora por la mañana. – Asintió el montaraz conocido como Trancos. – Dejaremos un mensaje para Gandalf con el Señor Butterbur…en caso de que aparezca más tarde por aquí. ¡En verdad deseo que su demora no sea a causa de alguna maligna artimaña del Enemigo!

Más tarde, mientras la tormenta comenzaba a menguar, el Pony Pisador se encontraba en total y completo silencio. La mayoría de los huéspedes seguramente ya se habrían retirado a descansar y las habladurías provocadas por el misterioso truco llevado a cabo por el forastero hobbit habían cesado. Obi-Wan aun se encontraba recargado contra el muro contiguo a la chimenea, manteniendo sus sentidos alertas en todo momento, mientras que los hobbits dormían profundamente sobre el colchón de la única cama presente en la habitación. El montaraz se mantuvo cómodamente sentado en la silla a un costado de la ventana, mirando a través de la misma constantemente.

Me resultas sumamente extraño. – Murmuró de súbito. – Conozco a todas las razas de hombres en la Tierra Media y ninguno de ellos es capaz de hacer magia. ¿Acaso fuiste enviado por los Valar?

No. – Fue la llana respuesta de Obi-Wan, quien ignoraba por completo lo que Trancos acababa de preguntar. – Me temo que no estoy muy familiarizado con estos…Valar. Pero, se podría decir que he llegado con ustedes…por accidente.

Así que no eres uno de los Istari, entonces. – Repuso Trancos, frunciendo el ceño ligeramente, antes de volver a mirar por la ventana.

Siento mucho decepcionarte. – Respondió Obi-Wan, sonriendo ligeramente. – Pero, me temo que tampoco conozco mucho acerca de los Istari.

Gandalf es un Istar. – Prosiguió el montaraz, incapaz ahora de apartar su aprehensiva mirada de la ventana. – Sospechaba que él podría haberte enviado. Eso ayudaría a comprender tu inesperada presencia. Aunque, ahora que lo pienso mejor, Gandalf habría mencionado algo en caso de que un poderoso colega suyo fuera a presentarse en representación suya. Dime, amigo, ¿acaso has sido enviado por los elfos de Lórien, entonces?

Obi-Wan respiró profundo y su sonrisa se extendió, mientras pensaba cómo le resultaría posible explicar al montaraz quién era y de dónde provenía.

No exactamente. – Dijo finalmente el Maestro Jedi. – Provengo de… "más allá de las estrellas", como dirían los elfos. Me temo que, no me resultaría posible explicarte detalladamente la forma en que llegué a la Tierra Media, siendo que yo mismo aun intento descifrarlo. Pero, he sido bien adiestrado en artes de combate que, aparentemente no son muy comunes en la Tierra Media y he aceptado la petición que Gildor me hizo para cuidar de los hobbits. Por lo menos, hasta que lleguemos a Rivendell.

Muy bien, amigo mío. – Suspiró Trancos, visiblemente relajado. Acto seguido, devolvió la sonrisa a Obi-Wan. – Siendo así, ¡bendito sea Ilúvatar o quien sea que te haya enviado. Pues, has cuidado bien de los hobbits…Maese…

Kenobi. – Respondió el Jedi, aun sonriendo. – Obi-Wan Kenobi. Di mi palabra a los elfos de que protegería a los hobbits y procuraré cumplirla. Hasta donde a mí me corresponde, seguiré brindándoles mi protección hasta que…

Se detuvo abruptamente. A través de la Fuerza, pudo percibir claramente aquello que Trancos parecía temer tanto. Sigilosamente, caminó en dirección de la ventana, mientras percibía que algo terrible acababa de suceder justo ante las puertas de Bree: la frágil presencia del viejo portero había desaparecido en un brutal y terrible destello.

Los Jinetes Negros están aquí. – Anunció en un susurro al oído de Trancos y ambos hombres mantuvieron la mirada clavada en la ventana.

Pocos, pero tensos, minutos después, los sobrenaturales y escalofriantes chillidos de los espectros retumbaron por los muros del Pony Pisador.Los agudos sonidos despertaron a los hobbits de su profundo sueño con enorme brusquedad y de inmediato, los cuatro diminutos humanoides comenzaron a mirar por todas direcciones con gran desesperación, hasta que sus ojos se posaron en ambos, el Maestro Jedi y el montaraz, quienes se encontraban ahora erguidos, uno a cada costado de la puerta, con sus filosas espadas desenvainadas, luciendo alertas y listos para entrar en acción.

¿Qué…qué o quiénes son los Jinetes Negros? – Preguntó Frodo, estremeciéndose visiblemente.

Obi-Wan y Trancos se llevaron dedos índices a los labios, indicando a los hobbits que permanecieran en absoluto silencio y totalmente inmóviles. La aprehensión fue en aumento conforme el tiempo pasaba, hasta que finalmente, todos pudieron escuchar la forma en que los siniestros espectros abandonaban el Pony Pisador, enormemente frustrados al haber sido incapaces de atrapar a sus elusivas presas una vez más. Durante su expedición de la posada, los espantosos Jinetes Negros no habían encontrado absolutamente nada, más que cuatro almohadas colocadas sobre las camas de una habitación para hobbits, donde se suponía que sus víctimas se encontrarían dormidas. Al no encontrar nada más que señuelos, los siervos del maligno Señor Oscuro Sauron se limitaron a emitir agudos berridos de indignación e inmediatamente se internaron de nuevo en el frondoso bosque, determinados a encontrar a sus objetivos.

Obi-Wan suspiró con gran alivio al momento en que escuchó la manera en que las monturas de los Jinetes Negros se alejaban de la posada, cabalgando a toda velocidad. La simple, pero brillante estrategia concebida por Trancos había funcionado a la perfección. Después de unos segundos, el montaraz enfundó su arma de nuevo y emitió una leve sonrisa de alivio, mientras se reacomodaba en su asiento, permitiendo que su tensa humanidad se relajara sobre la silla. Por su parte, el Maestro Jedi también devolvió su arma a la funda y se sentó sobre el filo de la cama. Claramente, ambos hombres se encontraban totalmente exhaustos.

Si no les importa, ¿ahora sí puedo preguntar acerca de los Jinetes Negros?" Dijo Frodo tímidamente, mientras cambiaba su postura sobre el colchón. "Realmente quisiera saber qué son esas espantosas y abominables criaturas que, ¡parecen determinadas a destruirme sin piedad alguna!

Trancos sonrió de manera compasiva en dirección del aterrado hobbit antes de volver su mirada en dirección de la ventana. Emitiendo un largo suspiro, el montaraz comenzó a relatar la historia de los Jinetes Negros con una profunda mezcla de irritación y tristeza en la voz.

"Alguna vez, fueron grandes reyes entre los hombres. Hasta que Sauron, el Señor del Engaño, les obsequió nueve Anillos de Poder; uno para cada reino. Pero aquellos grandes señores ignoraban que el poder de sus anillos estaría por siempre atado al maligno poder del Anillo Único. De tal forma que, se convirtieron en espectros, ni vivos ni muertos, condenados a morar en las Tinieblas eternamente. Son los Nazgûl: Los Espectros del Anillo."

Las palabras de Trancos entristecieron profundamente a Obi-Wan, quien pudo percatarse de la facilidad con la que el lado oscuro de la Fuerza era capaz de seducir a aquellos que sucumbían ante una voluntad mucho más poderosa que la propia; tal como fuera el caso del alguna vez legendario Maestro Jedi, Dooku.

El grupo abandonó Bree aun antes del amanecer. Aunque, antes de partir, Obi-Wan informó a Trancos de dos o tres malintencionadas que había percibido en el salón común del Pony Pisador la noche anterior. Alarmado con la revelación del Jedi, el montaraz decidió conducir una investigación para descubrir qué tan largo sería el alcance del brazo de Sauron. Guiados por Trancos, el grupo comenzó a recorrer las calles del asentamiento, mientras el propio montaraz realizaba todo tipo de preguntas a los habitantes.

Finalmente y después de una extensa búsqueda, Trancos descubrió que, tal como temía, Bree y sus alrededores se encontraban plagados de espías del Señor Oscuro. Entre todos aquellos espías se encontraba un malencarado y malicioso humano llamado Bill Ferny, quien, con una sutil aportación de los poderes mentales de su aliado Jedi, confesó a Trancos que no tenía absolutamente nada que ver con la repentina aparición de los Nazgûl en la posada. Pese a ello, el corrupto sujeto confesó haber recibido una jugosa recompensa de manos de un hombre de macabro aspecto proveniente del sur de la región, a cambio de cualquier tipo de información relacionada con el arribo a Bree de un hobbit de apellido Baggins.

Arrepentido de sus malas acciones o, quizás temiendo represalia de parte del montaraz y del misterioso "mago" que le acompañaba, el malicioso Ferny ofreció al grupo un pequeño, enclenque y desagradable equino, el cual Obi-Wan descubrió después que era precisamente un pony, como compensación por cualquier daño que su espionaje pudiera haberles ocasionado. Irónicamente, Sam decidió llamar al pony como su antiguo propietario, siendo que el diminuto hobbit sintió un inmediato aprecio por la pobre bestia de carga. Finalmente y aun no muy satisfecho con los resultados obtenidos en su investigación, Trancos decidió que era tiempo de abandonar Bree y el grupo se adentró en la maleza silvestre del bosque.

Conforme caminaban entre la maleza, Obi-Wan se percató inmediatamente de la vasta experiencia y grandes conocimientos que su guía poseía, pues Trancos claramente parecía saber lo que hacía, guiando al grupo de manera rápida y silenciosa entre los frondosos arbustos y bosques de la región de Eriador.

El territorio lucía más hostil en aquella parte del bosque, lo cual ayudaba a ocultar las huellas que el grupo pudiera dejar como pista para cualquiera quien intentara seguirles y después de unas horas de marcha, el experimentado montaraz se adelantó ligeramente, explorando el terreno de manera cautelosa y expedita. Sam, quien se cerraba la retaguardia tirando de las riendas de Bill, el pony, rebasó a Pippin y Merry con paso presuroso, alcanzando a Obi-Wan y Frodo, quienes marchaban al frente. El diminuto hobbit levantó la mirada en dirección del Jedi, con un gesto de evidente desconfianza en el rostro.

Señor Obi-Wan…eh… – Preguntó el titubeante Sam. – ¿Se encuentra usted seguro de que podemos confiar en este Trancos?

Estoy completamente seguro de que sabe lo que hace, Sam. – Respondió Obi-Wan con gran seriedad. – Me parece que conoce bien el camino hacia Rivendell y, mucho me temo que por el momento, no tenemos muchas opciones más que confiar en él.

¿Qué pasa, Sam? – Preguntó Frodo en tono ligero, mientras sonreía pícaramente en dirección de su amigo y sirviente. – ¡Pensé que deseabas conocer a los elfos más que nada en el mundo!

Ah, bueno. Me parece que ya he superado eso, Señor Frodo. – Respondió Sam, encogiéndose de hombros. – Aunque, debo admitir que visitar uno de esos maravillosos, legendarios y hermosos reinos élficos debe ser algo grandioso, si comprende a lo que me refiero. Lo único que pretendo decir es que…bueno…no me agrada mucho el tal Señor Trancos este o…mejor dicho, no me inspira nada de confianza.

¡No te preocupes, Maese Samsagaz! – Exclamó el susodicho desde la distancia, mientras un sorprendido Obi-Wan se preguntaba de qué manera le sería posible al montaraz escuchar lo que se acababa de decir sobre él. – En cuanto nos encontremos en Rivendell, ya no tendrás necesidad de volver a mirarme. Si es que eso es lo que deseas.

Inseguro de cómo responder, Sam se limitó a ruborizarse e inclinar la cabeza, mientras volvía a asumir su posición en la retaguardia, mientras que Merry y Pippin sostenían una animada discusión acerca de cuándo podrían consumir su "segundo" desayuno del día. Trancos aflojó el paso, aguardando a que Obi-Wan y Frodo se aproximaran. Siempre el negociador, Obi-Wan sintió que lo mejor sería cambiar el tema.

Después de escuchar el relato de Ferny… – Repuso el Maestro Jedi, seleccionando sus palabras con sumo cuidado, – no dudo en lo absoluto que los Jinetes Negros descubrieron nuestra presencia al momento en que Frodo se colocó el anillo.

Y, yo no dudo en lo absoluto que Frodo no deberá volver a utilizarlo, ¡bajo ninguna circunstancia! – Replicó el montaraz, clavando su penetrante mirada en Frodo, como para intentar causar una mayor impresión aun. El diminuto hobbit simplemente tragó saliva y se mantuvo marchando al mismo paso que Trancos y Obi-Wan.

El Maestro Jedi se encontraba plenamente convencido de la existencia de una tenebrosa e incomprensible simbiosis entre el Señor Oscuro, sus aterradores siervos y el misterioso anillo de oro. Sus ojos descendieron sobre la figura del humanoide que caminaba a su lado y en el acto se percató de que Frodo caminaba encorvado, como si el peso de la sortija, la cual colgaba de una gruesa cadena plateada que portaba alrededor del cuello, fuera demasiado para poder soportarlo. El hobbit se detuvo súbitamente y titubeó por un instante, claramente intentando encontrar las palabras correctas, aunque sin desear profundizar en aquél tema en particular.

Yo sé bien que el Anillo Único tiene un poder incomparable a cualquier otro Anillo de Poder. – Repuso finalmente. –Gandalf me advirtió que nadie puede resistirse a dicho poder…así como también me advirtió que el Anillo intentaría traicionarme, pues lo que más desea es volver a la Negra Mano de su Amo. Pero, ¡no tenía intención de usarlo! Simplemente, cayó sobre mi mano…como, ¡como si la maldita sortija supiera lo que hacía!

Así es. Al momento en que resbalaste y caíste. – Asintió Obi-Wan, intentando aliviar un poco del sufrimiento y temor que hacían presa de Frodo. Nuevamente, Trancos se adelantó, explorando el terreno con experta facilidad. – Eso lo pude observar claramente.

Eso fue lo que sucedió. – Insistió el pequeño humanoide en tono defensivo. – Y eso…eso es todo lo que diré por el momento.

Yo sé lo que viste, Frodo. – Repuso Obi-Wan sin mayor preámbulo. – Y estoy de acuerdo contigo: el anillo parece desear volver con su amo o, por lo menos, le está invocando. Pude percibir la presencia de ese cruel…ojo demente cuando el anillo se encontraba alrededor de tu dedo.

Al escuchar las palabras del Jedi, Trancos se detuvo por completo y se estremeció visiblemente. Obi-Wan miró en dirección de todo su alrededor y decidió pacientemente que sus asombrosas palabras fueran diferidas por el resto de sus compañeros.

No puedo explicarlo. – Confesó finalmente el Maestro Jedi, en cuanto se percató de que nadie se atrevía a hacer comentario alguno en relación con su sorprendente revelación. – Los Jedi hemos desarrollado ciertas habilidades poco comunes para el resto de los seres pensantes. Así es como me fue posible observar esa bola de fuego…ese ojo, dentro de mi mente al momento en que intenté detectar la presencia de Frodo en la posada. De alguna extraña manera, establecí una especie de conexión telepática con…esa cosa: por medio de observar lo que el propio Frodo miraba.

¿Jedâi? – Preguntó Trancos de súbito. - ¿Acaso ese es el título que reciben los magos de tu tierra?

Los caballeros Jedi somos los guardianes de la paz y la justicia en mi…tierra. – Explicó el Maestro Jedi. Para ese entonces, Obi-Wan había aprendido que, algunas palabras que resultaban comunes para él resultarían complejas y totalmente desconocidas para sus compañeros. – En mi lugar de procedencia, la Orden Jedi está dedicada a mantener la paz y, desde una edad muy temprana, los Jedi recibimos un adiestramiento especial que nos permite mencionar los ya mencionados poderes o habilidades.

Siendo así, ¿tu lugar de procedencia se encuentra en paz? – Preguntó Trancos con gran interés, claramente fascinado con el relato acerca de los Jedi que Obi-Wan compartía con ellos. – Tu…Orden les protege a todos, ¿no es así?

Lamentablemente, ese no es el caso en la actualidad. – Suspiró Obi-Wan con tristeza. – Durante más de mil años, los Jedi fuimos capaces de mantener la paz dentro del territorio de la República Galáctica, ese es el nombre de nuestro gobierno. Aunque, recientemente, una amenaza similar a Sauron, la cual pensábamos extinta por más de mil años, ha resurgido, desembocando en un cruel conflicto que el poder de la oscuridad ha comenzado a ganar. La Orden Jedi ha sufrido numerosas bajas durante la guerra, las cuales amenazan seriamente con destruirnos.

Y aquí, en la Tierra Media, la antigua gloria del Reino del Hombre ha menguado debido a las malignas artimañas del Enemigo. – Observó Trancos, después de asimilar las palabras de Obi-Wan. – Más, ¡no debemos pronunciar su nombre en voz alta jamás! Los montaraces hemos sido los protectores del antiguo reino del norte; Arnor era su nombre durante los lejanos días de la luz. Más ahora, sufrimos y menguamos, igualmente. Debo insistir, Maestro Obi-Wan: me parece que nos entendemos.

Eso parece, sí. – Musitó un pensativo Obi-Wan. – La crueldad y la malicia pueden surgir en cualquier lado. Sau…el enemigo, quiero decir, no es en sí distinto al Tenebroso Lord Sith que nos acecha oculto desde las penumbras. Aunque, me gustaría pensar que la Tierra Media aun tiene esperanza.

Siempre habrá esperanza, amigo mío. – Dijo Trancos en tono solemne, mientras un peculiar destello titilaba en sus ojos. - ¡Qué los Pueblos Libres de la Tierra Media se levanten y confronten a la Sombra, antes de que sea demasiado tarde!

El resto del día transcurrió sin incidente alguno, exceptuando las constantes ocasiones en las que los hobbits se encontraban hambrientos, y, conforme el sol comenzaba a ocultarse en el occidente, el grupo encontró un buen lugar donde montar su campamento. Una vez que Obi-Wan ayudó a encender una fogata, levitando leños con asistencia de la Fuerza para gran deleite de los hobbits y sorpresa de Trancos, y encendiendo el fuego con su pequeño dispositivo láser, los hobbits consumieron su cena como si no hubieran probado bocado alguno en varios días y quedaron profundamente dormidos, arropados con sus gruesos mantos, mientras los dos humanos permanecían sentados sobre la hierba, disponiéndose a montar la guardia.

Deberías descansar, Obi-Wan. – Observó suavemente Trancos, mientras se tendía cómodamente sobre la hierba y encendía su larga pipa. – Yo me encargaré de la primera guardia.

No te preocupes por mí, Trancos. Replicó Obi-Wan con gentileza. – Yo puedo descansar sin necesidad de dormir.

Yo también puedo pasar muchas horas sin sueño. – Respondió el montaraz, mientras envolvía su cuerpo bajo su larga y gruesa capa verde. – Me he acostumbrado. Pero, si insistes, entonces tú deberás conducir la primera guardia, amigo mío.

Seguro. – Repuso Obi-Wan, mientras Trancos sonreía suavemente, mostrando que claramente, aun no tenía intenciones de dormir.

Después de un breve silencio, Trancos se reacomodó sobre la hierba y conforme lo hacía, Obi-Wan logró distinguir la empuñadura de una espada rota que colgaba firmemente sobre el costado izquierdo del montaraz. La hoja lucía elegante y aun filosa, pero se encontraba totalmente quebrada.

¿Puedo hacerte una pregunta? – Dijo el Maestro Jedi de repente, incapaz de ocultar su curiosidad. – Veo que portas una espada quebrada…

¡Al igual que tú! – Interrumpió un animado Trancos. – En verdad deseaba hacerte la misma pregunta desde hace algunas horas, pues no he podido evitar mirar la extraña empuñadura metálica que cuelga de tu cinturón.

Bueno, sí. – Repuso Obi-Wan, sonriendo con suavidad. – La empuñadura ciertamente es metálica, pero la hoja no lo es. La hoja es activada…se enciende al oprimir un interruptor…creando una luz o flama, por así decirlo.

Interesante magia, la que practica la Orden Jedâi de Más Allá de las Estrellas. – Murmuró Trancos, incapaz de apartar la mirada del desactivado sable de luz de Obi-Wan. - ¿Podrías mostrarme el poder de tu arma?

Me temo que mi sable de luz se encuentra dañado. – Suspiró Obi-Wan suavemente. – Los sables de luz son el símbolo de los caballeros Jedi. Para nosotros, representan mucho más que una simple arma, pero lamentablemente, uno de los componentes primarios de mi sable de luz se encuentra dañado y me temo que el arma no funcionará a menos de que me resultara posible reemplazarlo.

Al escuchar al Maestro Jedi, Trancos sacudió la cabeza y rió con suavidad, antes de devolver su entera atención a Obi-Wan. Profundamente confundido por la actitud que el montaraz mostraba, el Maestro Jedi envió una inquisitiva mirada en su dirección.

Has preguntado por Narsil. – Dijo Trancos, mientras la seriedad regresaba a su rostro. – La espada que cortó el Anillo de la mano del Enemigo, ¡que será forjada de nuevo! Es una larga historia, amigo mío; un relato que quizás tengas oportunidad de escuchar en Rivendell…si es que permanecemos con vida, hasta alcanzar nuestro destino…

Ya veo. – Respondió un paciente Obi-Wan, aunque en realidad deseaba escuchar la historia de la misteriosa espada rota, pues si Sauron había sido derrotado alguna vez con un antiguo y obsoleto sable de metal, ¿qué oportunidad tendría el Señor Oscuro ante un sable de luz? ¡Si tan sólo se encontrara en buenas condiciones! – Aunque, debo admitir que, reparar tu arma resultará mucho más sencillo que la mía, Trancos.

No pretendo comprender qué es lo que ha quebrado tu espada. – Replicó Trancos con genuina consternación. – Más, aun así, ¿podrías intentar explicarlo?

Bueno, explicarlo no resulta tan complicado. – Respondió Obi-Wan. – La fuente de poder de un sable de luz es una gema, un cristal que funge como punto de enfoque, responsable de generar la energía que requiere la hoja en sí. Ahora, si me resultara posible encontrar una joya con propiedades similares, reparar mi arma no resultaría tan difícil.

Al escuchar las palabras del Maestro Jedi, los usualmente tristes y pensativos ojos de Trancos resplandecieron con gran esperanza.

No pierdas toda esperanza, Obi-Wan. – Repuso el guardián de los bosques con gran determinación. – Pues no toda esperanza está perdida. Y, de resultar posible que puedas forjar tu arma de nuevo, ¡entonces qué tiemblen los siervos del Enemigo ante semejante extraño e invencible poder!

Si tan sólo los Jedi fuéramos invisibles. Pensó Obi-Wan con profunda tristeza, recordando súbitamente a su apreciado amigo y antiguo mentor, Qui-Gon Jinn.

El día siguiente resultó tan tranquilo y monótono como el anterior. Trancos se mantuvo guiando al grupo a través de frondosos matorrales y arbustos silvestres de la Tierra Media, donde no había señal aparente de los temibles Nazgûl. La travesía era complicada y agotadora, pero el ánimo de los compañeros se encontraba alto, pues comenzaban a sospechar que sus perseguidores les habían perdido la pista.

Mientras pensaba al respecto, Obi-Wan se sintió presa de una profunda consternación, al recordar que le resultaba imposible percibir la presencia de los nueve Jinetes Negros a través de la Fuerza. Sin embargo, un constante hormigueo se había apoderado de su cuerpo; una sensación de intranquilidad que servía para recordarle que sus protegidos aun no se encontraban fuera de peligro.

Por la tarde, Trancos guió al grupo hasta las faldas de un inclinado monte, localizado en medio de la nada. Obi-Wan levantó la mirada y reconoció grisáceas ruinas ubicadas en la punta del monte.

Amon Sûl. – Anunció Trancos. – La vieja Cima de los Vientos. Aquí fue donde alguna vez, se erigió una gran fortaleza en la que los soldados del antiguo reino del norte de Arnor vigilaban el paso hacia el sur. Acamparemos aquí esta noche.

El grupo se disponía a trepar hacia la cima de la antigua torre de vigía, cuando Trancos pidió a Obi-Wan que mantuviera la guardia, mientras él partía a explorar los alrededores.

Esto es sumamente extraño. – Murmuró el montaraz, una vez que regresó de su expedición. – Aunque no puedo asegurarlo, podría jurar que Gandalf estuvo por aquí hace poco tiempo.

El experimentado guardabosques guió al grupo a un pequeño claro ubicado en las cercanías de la Cima de los Vientos, donde les mostró los restos de lo que debía ser una fogata encendida quizás un par de días antes y claramente extinguida con gran apuro.

Trancos, me parece que deberías echarle un vistazo a esto. – Exclamó Obi-Wan, quien se encontraba inclinado frente a una pequeña roca ubicada a un costado de la extinta fogata.

El montaraz se aproximó hacia donde el Jedi señalaba, descubriendo una peculiar runa grabada sobre la piedra: una "G" élfica, de acuerdo al experto análisis de Trancos, que representaba el símbolo de Gandalf el Gris.

Insisto: no puedo estar seguro. – Dijo un pensativo Trancos, aun arrodillado frente al extraño símbolo. – Pero, podría jurar que Gandalf pasó por aquí, en efecto. La fogata no tiene más de dos o tres días y….esta runa élfica ha confirmado mis sospechas. Más, me pregunto, ¿qué clase de infortunio tan funesto sería capaz de obligar a nuestro querido amigo a huir con semejante apremio?

Trancos clavó la mirada justo en los ojos de Obi-Wan y ambos humanos intercambiaron breves gestos de preocupación. La respuesta era tan clara como los azules cielos de Naboo: Gandalf el Gris debía haber confrontado y ahuyentado a los Espectros del Anillo, lo cual explicaría su demora para presentarse en Bree.

Debo realizar una mayor expedición de la zona. – Decidió Trancos, mirando a Obi-Wan primero y luego a los hobbits. –Pero, ustedes, amigos, deben escalar hacia la cima.

Diciendo esto, el montaraz se aproximó a los hobbits y extrajo cuatro pequeñas dagas de su saco de posesiones, proporcionando una a cada hobbit y Obi-Wan se percató que, tomando en consideración las proporciones, aquellas dagas resultarían tan efectivas como espadas para los pequeños humanoides.

No las pierdan de vista. – Advirtió Trancos, clavando sus penetrantes ojos verdes en los rostros de cada uno de los hobbits. – El Maestro Obi-Wan podrá ser un poderoso guerrero, dotado de grandes poderes, más aun así, los Jinetes Negros son Nueve y requerirá de más ayuda de la que yo podré proporcionarle. Mantengan estas armas cerca de ustedes. No tardaré en regresar.

Trancos, espera… – Dijo Obi-Wan, una vez que su nuevo amigo y guía se alejaba de ellos. – Ya no son nueve jinetes. Eliminé a dos de ellos en el bosque de la Comarca.

El asunto no es tan grave. Pensó el Maestro Jedi.

No. – Respondió Trancos, estremeciéndose claramente. – Me temo que no les has derrotado, amigo mío. Solo les has retrasado, pues los Nazgûl, los abominables Espectros del Anillo, no pueden morir. Solo al destruir al Anillo de Poder, será destruido por completo el Señor Oscuro, junto con sus Nueve siervos malditos.

Bueno, la situación es peor. Rectificó Obi-Wan dentro de su mente.

Pronto, el montaraz fue devorado por completo por la maleza silvestre y la creciente oscuridad. Siguiendo la guía de Obi-Wan, el resto del grupo comenzó a escalar, hasta que habían alcanzado la cima del monte conocido como Amon Sûl. Una vez ahí, Frodo cayó presa de un profundo sueño, mientras que el Maestro Jedi decidió intentar un arriesgado trance de meditación que, de resultar exitoso, podría ayudarle a localizar la presencia de los Jinetes Negros. El trance realmente era peligroso y muy difícil de realizar, pero después de escuchar las palabras de Trancos, el Maestro Jedi se encontraba seriamente consternado.

Si bien no fue capaz de introducirse en el lado oscuro de la Fuerza, Obi-Wan pudo percibir algo; una ligera agitación, una perturbación que le sacudió profunda y violentamente, provocando que saliera del trance, como si le hubiera tragado una enorme bestia salvaje que decidiera escupirle de súbito.

¿Pero…pero, qué es lo que han hecho? – Chilló un alarmado Frodo, mientras miraba en dirección de las llamas de la fogata que sus amigos acababan de encender. - ¡Extínganla! ¡Deben extinguirla, insensatos!

¿Qué sucede, Señor Frodo? – Preguntó un inocente y confundido Sam, después de que su patrón pateara el plato repleto de comida que acababa de ofrecerle. – ¿Acaso no está nada hambriento?

¡Cenizas en mis tomates! – Se quejó amargamente Pippin, mientras el desesperado Frodo intentaba extinguir el fuego con sus enormes pies. - ¿Acaso te has vuelto loco, Frodo?

¡Ya basta! – Exclamó un exasperado Obi-Wan, mientras se preparaba para desenfundar a Gloérach una vez más. - ¡Los Jinetes Negros vienen en camino!

Los cuatro hobbits salieron disparados hacia el filo de la ruinosa torre, con gestos de incontenible temor en sus pálidos rostros, mientras Obi-Wan miraba hacia abajo. Apretó las quijadas en el acto, al momento en que distinguió a cinco espectros envueltos en negras túnicas, quienes desmontaban de sus negros caballos, justo en las faldas del monte y, como para anunciar su presencia, uno de los Nazgûl emitió un escalofriante y agudo chillido hacia el firmamento.

¡Busquen un lugar para ocultarse! – Exclamó Obi-Wan a todo pulmón, mientras batallaba para desenfundar la metálica espada. - ¡Rayos, jamás imaginé que éstas cosas resultaran tan difíciles de desenvainar!

Fue entonces que Obi-Wan se percató que los cinco Nazgûl trepaban hacia la cima con sorprendente facilidad.