Creador de Inmortales - Jim Mizuhara

Capítulo 4

Observaciones Generales: No pude actualizar pronto por motivos de fuerza mayor. Este capi contiene lemon, por lo tanto, si no te agrada no lo leas. Espero que disfruten!


Polvo y más polvo. Todo el recinto estaba cubierto del fino polvillo que la estatua soltaba, y Rei trabajaba en un ritmo febril. Hacía dos semanas que no veía a Kai en ningunas partes, no se presentaba más en su oficina, no lograba hablar con él por teléfono. Aquel trabajo frenético que venía desenvolviendo desde entonces casi lo enfermaba por la exhaustión que le causaba.

No lograba olvidarse de aquel beso. Se pasaba el día entero recordando cómo había sido y siempre le causaban las mismas sensaciones estar rememorándolo, sentía un cierto estremecimiento en el estómago, como si aquello nunca hubiera ocurrido y fuera apenas una expectativa lejana, pero él más que nadie sabía que sucedió todo como su mente había grabado. Vivía y se desvivía por el beso y su recuerdo, apenas probaba bocado de comida en los días que transcurrían, no dormía bien a las noches; el chino estaba consternado por la conducta de Kai, quien después de besarlo con una avidez descomunal a la vera del lago, se separó del abrazo, como sorprendido de su acción, contemplando fijamente las íris del oriental, apenado por su atrevimiento. Con una seña hizo que Rei subiera al coche y se lo llevó a su departamento, en los minutos transcurridos hasta llegar no había emitido palabra y no permitió que Rei lo tocara, si estaba nervioso antes de besarlo en aquellos momentos parecía estarlo más aún. Obligó al oriental a bajar, arrancando de súbito el automóvil sin siquiera despedirse de él, dejando a Rei estupefacto por lo sucedido.

Mientras iba terminando ciertas partes delicadas de la estructura, Rei intentaba comprender todas aquellas conductas extrañas de Kai, hacía las cosas como si hubiera una prisa especial en concluirlo, con una ansiedad que parecía consumirlo… y siempre daba la impresión de estar pisando en falso en sus decisiones. No parecía haber planeado llevarse a Rei en las orillas del lago, apenas siguió un impulso del momento y terminó con los resultados previstos. Nadie podía ofrecer explicaciones para eso, quizá ni el mismo Kai.

.¿Por qué alguien joven como Kai desearía hacer una estatua?. Jóvenes desean automóviles veloces, bienes materiales, riqueza, poder… no estatuas ni el espíritu desequilibrado por la secreta admiración de un humilde escultor. Jóvenes millonarios no buscan labios antes intocados para besarlos y arrancar un rubor de las tersas mejillas de personas tan tranquilas y silenciosas como era Rei. Eso era algo que no interesaba, los trocitos de yeso iban cayendo del bloque y dentro de él conseguía revelar a Kai.

Sus brazos, piernas, tórax y bajo vientre ya estaban hechos, torneados, lijados y pulidos, con la perfección del cirujano y la paciencia de un santo. Ahora trabajaba por su cuello y rostro, finalizaría con los pies; la diminuta espátula pasaba por las pétreas mejillas de Kai, en movimientos casi imperceptibles, revelando su rostro anguloso, sus orbes mirando el infinito, la cabeza un poco ladeada hacia el costado, los cabellos dando la impresión de estar siendo llevados por la brisa.

La perfección que salía de sus cansadas y ocasionalmente temblorosas manos inundaba a Rei de felicidad, él conseguía hacerlo, lo que se le había planteado como un complejo problema iba resolviéndose casi involuntariamente por sus manos experientes, dejándose llevar por la inercia de su habilidad, movido por entidades, espectros y pasiones invisibles, no veía a Kai siendo tallado en el yeso, sentía a Kai dirigiendo sus dedos, con aquella suavidad exquisita que había percibido cuando había tomado al ruso entre sus brazos, en el fallido intento de saciar completamente sus sentimientos pero que había sido abruptamente interrumpido por el bicolor.

Cuando David talló la estatua de Moisés, luego de concluirla golpeó la rodilla de la estatua con un martillo y gritó desesperadamente: ".¿Por qué no me hablas?.", tal era su perfección que apenas bastaba un soplo de vida para se levantara de su pedestal. Rei estaba a punto de hacer lo mismo, aunque jamás golpearía algo tan admirable que hubieran producido sus manos; a su manera, deseaba abrazar a la estatua y susurrarle quedamente al oído: ".¿Por qué no me amas?.", postrándose ante su imagen, escurriendo sus dedos recubiertos por el polvo del yeso por todo su desnudo y terso cuerpo, en espera de una señal, de una indicación cualquiera. Envidiaba la única persona que había logrado dar vida a una estatua, al menos mitologicamente… cuando Pigmaleón había, con sus manos también hábiles, formado y tallado a Galatea, obtuvo el favor de los dioses para darle vida a su creación, por esa singular ocasión abrazó a lo que alguna vez fue un montículo de barro húmedo e informe, amándolo en la forma de una mujer que su mente había concebido y que nunca, antes y depués, había existido más.

Quizá su creación necesitara algo más para que tuviera aliento, talvez lo único que requería era… un beso. En su estado de semi-delirio, provocado por el cansancio, el insomnio y la falta atroz que Kai le hacía, sonrió débilmente, en sus convexas orbes ámbares se reflejaban los labios que había dotado a la estatua, era imposible que no supiera cómo eran desde la misma noche en que casi se ahogaron en brazos uno del otro. Era otro pequeño trozo que Rei había inmortalizado y que estaba ansioso para probarlo de nuevo.

Limpió el rostro de la estatua con un paño húmedo, sólo faltaban los pies nada más. Suspiró largamente, observando su obra y avergonzándose tanto como si el mismo Kai estuviera en su presencia, tan sacrílego era tocarlo en persona que hasta temía tocar su imagen. La desnudez casi libidinosa que presentaba estaba a la vista de Rei, podía contemplarlo a su gusto durante un tiempo mucho mayor, contornarlo y apreciarlo, cada detalle y línea había sido tallado mitad por el diseño, mitad por la adoración que el chino sentía hacia el bicolor.

Se aproximó de su creación, aferrándose a su cintura, deslizó una de sus manos por las mejillas. Frío y pétreo como era, tuvo que cerrar los ojos para en su mente imaginar que era a Kai quien estaba abrazando. Súbitamente acercó sus labios a los de la estatua, nuevamente le pertenecían esos labios que en aquellos momentos eran apenas sombra e ilusión del real, deslizando con ínfima delicadeza su boca sobre la superficie, deseando íntimamente que fuera más tibio, receptivo y ansioso los labios que había creado con sus manos pero que no podía dar las características más preciosas. Sus manos acariciaban el cuello, su fantasía exacerbada estaba pasando de los límites al punto de amenazar que su estatua se hiciera trizas; su suspiro acongojado y sus orbes cerradas le impidieron oír la puerta que se abría.

– .¿Rei?. – nombró Kai, sujetando el pomo de la puerta, impresionado por la escena que contemplaba.

– .¡Oh!.… .¡K-Kai!. – exclamó el ojidorado, transtornado por ver a Hiwatari en su frente, después de tantos días, aparte de ser sorprendido en tal distracción.

Rei se apartó inmediatamente de la estatua, sacudiendo nerviosamente las manos, evitando mirar a Kai a los ojos y caminando en círculos. Se suponía que aquello era algo que Kai nunca debería haber visto, sin embargo lo descubrió como un colegial a punto de saltar las murallas de la escuela. .¡Tonto!. se recriminaba el oriental, .¿desde cuándo era dado a tales insensateces como esa?. Se sentó después en una silla.

– Kai… lo que has visto, no es lo que piensas… - comenzó balbuciendo Rei.

– .¿Y qué yo estoy pensando?. – preguntó el ruso con tono de interés, sacando el máximo jugo posible de la situación.

– Supongo… supongo que soy como un tarado que se complace en tomar en brazos a sus propias obras – atinó a decir Rei, no se le ocurría nada más coherente.

– Eso lo has dicho tú – dijo Kai – pero es un rasgo interesante de personalidad…

– Yo no…

– .¿Y luego qué vendría más?.

– .¿Cómo?. – perguntó Rei, confundido.

– Me gustaría saber que ibas a hacer después si no te interrumpía – aclaró Kai – besarlo y… .¿qué más?.

– Nunca hice eso antes – susurró el chino, apenado – lo siento – finalizó, agachando la cabeza.

– .¿Desde cuándo haces eso?. – preguntó con voz insistente Kai.

– .¡Ya te he dicho que no…!.

– No me refiero a la estatua… me refiero a que te sonrojes por un motivo tan fútil como este.

– No es un motivo fútil… .¡Y yo no estoy sonrojado!.

– Claro que estás… ahora estás más todavía.

– .¡Hmm!.

– Te ves más hermoso cuando te sonrojas y al mismo tiempo haces puchero de indignación.

– .¿Por qué haces eso, Kai?.

– Eres tan sincero, Rei…

– Kai, yo… no creo que pueda más evadir este asunto importante – titubeó repentinamente el ojidorado.

– .¡Oh!. Ahora hablaremos de asuntos importantes – repitió Kai en tono de sarcasmo.

– Es en serio, Kai, no te burles… - asintió Rei – yo… pues… desde aquel asunto que sucedió en el lago… pienso que… sería conveniente…

– Traduciendo tus balbuceos y rodeos, lo que realmente quieres decir es: luego que te he besado allá en el lago, finalmente has comprendido lo que yo siento por ti – dijo Kai, con una sonrisa burlona.

– Pues… sí – contestó Rei, iluminándosele el rostro con una de sus bellas y espontáneas sonrisas.

– Ven aquí.

Con cierta indecisión Rei se acomodó al lado de Kai, permaneciendo en una postura algo tensa y recelosa, no le convencía tanto las semi-cerradas orbes con que Kai le escrutaba. La expresión del ruso se suavizó, los dedos de su mano tocaron las mejillas del chino que parecía estar estremeciéndose, parpadeando incesantemente. Se acercó más a Rei, le tomó una de las manos, poniéndola en su regazo, y su tranquila respiración se aproximó de su cuello, apartó la cabellera negra para depositar allí un beso, luego entreabrió los ojos y pasó toda su lengua en el cuello de Rei, el escalofrío en su espina era más que evidente.

– Yo también te amo, Rei. Sería inluso capaz de pagar por la escena que acabé de ver hace minutos, pero me la has proporcionado gratis – mumuró Kai al oído del chino – me hace muy feliz que sientas lo mismo… pero, por si acaso, ya me estoy poniendo celoso por aquella estatua – señaló Kai, haciendo sonreír a Rei.

– Kai, yo… - mencionó Rei, girando la cabeza, pero al verse tan próximo de los tentadores y húmedos labios del ruso, puso sus manos sobre las mejillas de Kai, a la vez que acercaba su boca para besarlo.

De esta vez, Kai no estaba tan nervioso como la vez anterior, bajó los brazos a sus costados permitiendo que Rei tomara la iniciativa; el ojidorado no tardó en demostrar lo que en verdad sentía, aferrándose al cuello de Hiwatari, avanzando sobre él cada vez más, hasta el punto que el ruso debió sostenerlo para no tumbarlo sobre el sofá. Las manos de Kai se encargaron de sujetar la camisa de Rei, metiendo sus dedos y recorriéndole la espalda, su mano derecha pasó al frente, desabotonando uno a uno los botones, dejando paso abierto a su exploración por el tórax del chino, mientras lo subyugaba besándole vorazmente el cuello.

– .¡N-No!.… .¡No, Kai!. – exclamó Rei, haciendo que Hiwatari se detuviera.

– .¿No qué?. – preguntó el ruso, confuso.

– Bueno… no podemos hacer eso que piensas aquí… - contestó Rei.

– Yo no estoy pensando en nada – dijo Kai con expresión inocente – excepto si te refieres a que me gustaría verte como esa estatua allí – finalizó, con una mirada de esta vez maliciosa.

– Pienso que… .¡Waahh, Kai, así no!. – gritó de nuevo Rei, al ver que Kai le aprisionaba otra vez entre sus brazos y besaba su cuello con verdadero furor.

– .¡Hmpf!. Haremos como tú quieras, entonces – acordó Kai, apartándose.

– No aquí… es que… pienso que debería ser una habitación grande y… vitrales, sí, debe tener vitrales, me fascinan las luces de colores que se filtran por los vitrales… un lecho grande, muy grande… sábanas de seda, almohadas que sean blandísimas… cortinas de seda, también… aroma de manzanas en el aire, muy relajador… y las piezas de un color claro, tonos pasteles… o talvez, crema…

– .¿Y qué tal un baño de tina con sales aromáticos junto a los diez chicos más hermosos que hubieras conocido, desnudos en pelo, ávidos por conocerte y, además, vírgenes?. – añadió Kai con tono de propuesta de negocio.

– .¡Kai!. .¡Sólo puedes estar bromeando!. – exclamó Rei con tono de indignación y frunciendo el ceño.

– Pero eres tú el que comenzó a soñar y citar todas esas cosas – respondió el bicolor con una sonrisa burlona – pero… veremos.

Del bolsillo interior de su saco extrajo su teléfono móvil, y presionó algunas teclas, con la mirada perdida en el vacío.

– .¿Dimitri?.… Kai hablando… sí, sobre eso lo que te hablaré… no, deja todo eso y apenas cambia el color, .¿de acuerdo?.… crema o amarillo claro… ajá… espléndido, quizá dentro de un rato… de acuerdo, adiós.

– .¿Con quién has hablado?. – curioseó Rei.

– Con Dimitri, mi mayordomo – repuso Kai, guardándose otra vez el aparato.

– .¿Con tu… qué?.

– Es… quien hace la mayor parte del trabajo – intentó explicar Kai.

– .¿En donde trabajas?.

– No, en mi casa.

– .¿Tu… casa?. – preguntó azorado el chino.

– Ajá. Estaba hablando justamente sobre que debía cambiar apenas el color de cortinas y sábanas – repuso pensativamente Kai – acerté incluso sobre el aroma de manzanas… es increíble, .¿no?. – agregó el ruso, sonriendo.

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El ruso había casi obligado a Rei para que dejase su tarea donde lo había dejado, empujándolo al automóvil. El chino no despegaba los ojos del espejo retrovisor, evitando mirar a Kai y tomado por una repentina indecisión.

– .¿Por qué todo ese nerviosismo, Rei?. – preguntó el bicolor con toda naturalidad.

– Es que… talvez… - balbuceó el ojidorado.

– No sea el momento adecuado aún, y que convendría pensar seriamente en esto – completó el bicolor – tonterías, Rei, no pienses como si fueras firmar una sentencia de muerte… ambos sentimos las mismas cosas, no sería conveniente a estas alturas estar escondiéndolos, .¿no te parece?.… tú sabes que yo te amo – sususrró finalmente Kai, acariciando una de las mejillas a Rei.

– Quizá esté equivocado… - divagó el chino.

– Pero yo no. He buscado mucho tiempo por una persona como tú, y ahora que finalmente encontré, no pienso renunciar por nada de este mundo… y por nada del tiempo que sobra – agregó Kai, suspirando.

– .¿Kai?. – dijo Rei, volteando la mirada.

– Ehm… no iremos primero a casa – explicó el ruso – vamos a una tienda – añadió, sonriendo.

El lugar donde fueron a parar estaba ubicado en una calle transversal a la avenida principal, lugar donde había muchos automóviles estacionados pero el movimiento en la acera era bastante escaso. Casi ningún transeúnte pasaba frente a un edificio de dos pisos de ladrillo, cuya única decoración eran dos frisos de yeso sobre la puerta de vidrio giratorio, representando unas flores y ramas entrelazadas; no había ninguna placa que indicara cuál era el servicio prestado por ellos, así como tampoco había ninguna señal que conduciera a ese lugar o publicidad que fuera visible. Las personas que allí ingresaban tenían cierto aire furtivo, miraban a ambos lados de la calle antes de entrar, cosa que Rei prontamente advirtió. El chino se sintió un poco receloso por el extraño ambiente, por algunos instantes llegó a pensar en varias actividades delictuosas en las que Kai estaría metido. Sin embargo, el bicolor abrió la portezuela a Rei para que bajara, y lo acompañó hasta la entrada.

Al pasar por la puerta de vidrio Rei vio un amplio zaguán, iluminado débilmente por una lamparilla. A ambos lados se encontraban puertas cerradas, todas provistas de mirillas; el ruso empujó a Rei por una de ellas.

El aturdido chino se encontró luego dentro de un amplio salón muy bien iluminado, con mostradores y estanterías de vidrio, y a una señorita de buena figura y muy sonriente, vestida con un provocativo traje rojo oscuro. Con toda familiaridad Kai se dirigió a la mujer, mientras el ojidorado contemplaba intrigado las cosas que allí se exhibían.

Rei levantó la mirada hacia el techo y allí vió una pequeña placa pendiente, el cual con letras doradas y rojas decía sex-shop… era una tienda de artículos eróticos. Rei se apresuró para hablar con Kai, acercándose prontamente y visiblemente alterado. Halló al ruso hablando aún con la mujer, y de pronto Kai le puso la mano encima.

– Y como le decía, este es Rei, mi novio – soltó Kai, haciendo que el azorado chino abriera la boca, enmudecido – se trata que nuestra relación está con algunos problemas de monotonía y hemos pensado que podríamos incrementarlo con algunas fantasías… .¿qué podría mostrarnos?.

En aquel momento Rei, además de enmudecido, abrió desorbitadamente los ojos, parpadeando confusamente. La atendiente los condujo amablemente hacia otro salón, repleto de percheros y un enorme espejo, cerrando la puerta después y dejando a Kai y Rei a solas.

– Kai, jamás pensé que dirías una cosa de esas… - dijo Rei.

– .¿Qué?. ¿Qué nuestra relación necesita de algunas fantasías?. – atinó Kai.

– No, que éramos novios… pensándolo bien, también esa segunda parte – contestó Rei.

– Bien, Rei… a sacarse la ropa – anunció el bicolor, sin poder reprimir una sonrisa pervertida.

– .¿Q-Qué?. ¡Yo no he accedido a entrar aquí, ni tampoco dije que quería esto!. – exclamó el ojidorado, verdaderamente indignado.

– Vamos, Rei, es apenas una diversión… - insistió Kai.

– .¡Ya he dicho que no!.

– Sólo un poquito, Rei – dijo Kai a su oído, con una voz tremendamente sensual y abrazándolo – y luego accederé a hacer lo que quieras conmigo, .¿de acuerdo?. Ni que necesite ser tu esclavo después…

– .¡Hmf!. De acuerdo – asintió el chino - .¿Por dónde comenzamos?.

– Veamos… talvez podamos comenzar por, .¡este!. – exclamó Kai, alzando un colgador.

– .¿Bromeas, Kai?. – dijo Rei, meneando la cabeza - .¡Nunca me pondría una cosa de esas!.

– .¡Sólo para ver cómo te queda!. – replicó el ruso, con aire de la inocencia que no tenía.

– Si te ríes me la pagarás… - amenazó el chino entre dientes, tomando la prenda.

Se pasaron cinco minutos en los cuales el ojidorado entró en la cabina, mientras Kai aguardaba sentado en una silla, moviendo las piernas con impaciencia. De allí Rei salió completamente distinto: cambió sus largos y holgados trajes… por la fantasía de gatito más sexy que hubieran encontrado; las prendas ajustadas y con diseños de piel de tigre hacía resaltar visiblemente algunos de los atributos de Rei, dejándolo casi enteramente desnudo excepto por ciertas partes definidas y bien conocidas, las cuales parecían estar invitando a quien los vea para despojarlos de las diminutas prendas. También las orejas de gato estaban incluídas en el atuendo. Muy lejos de reírse, Kai empalideció ante la visión que estaba teniendo de Rei, y luego se sonrojó hasta la raíz de los cabellos, como queriendo evitar ver semejante imagen de lujuria y corrupción que el ojidorado le ofrecía.

– .¿Y?. – preguntó simplemente el chino.

– Ehm… quizás… quizás debas probarte otro… - dijo Kai seriamente, cruzando bruscamente las piernas como intentando esconder algo.

El chino dio media vuelta, ingresando de nuevo entre las cortinas, mientras el ruso se revolvía inquieto en la silla, apoyando sus manos sobre el regazo para disimular una incipiente demostración de que le había gustado aquello hasta el límite de lo decente… la segunda opción que el ojidorado le ofreció lo alteró hasta lo indecible, presentándole una devastadora exhibición de sus partes cubiertas apenas por unos shorts azul claro, muy ceñidos al cuerpo y también una camiseta que presentaba las mismas características; era una fantasía de marinero capaz de hundir una fragata tan sólo por la cara que Kai puso. Al menos Rei pudo adivinar algunos pensamientos que el ruso no conseguía articular, dado a que sus labios apretados, sus manos sumamente inquietas y su rostro inundado de rubores poco inocentes le daban alguna pista.

– .¿Te gusta este, Kai?. – dijo Rei esta vez, sin mucha inhibición y con un tono de voz que hizo a Kai tragar en seco.

– Ahm… ahm… ahm…

– .¿Será que debo aceptar esa respuesta como un 'sí'?. – prosiguió Rei, ahora sentándose al regazo del bicolor.

– R-Rei… no hagas e-eso, por favor… - tartamudeó Kai, apretando más sus manos contra su regazo.

– Hazlo así, Kai… - murmuró Rei, tomando una de las manos del ruso y pasando lentamente sobre su tórax, através de las mallas de su camiseta pudo sentir los pezones del ojidorado. En aquel momento su maxilar comenzó a estremecerse.

– Bueno… ejem… creo que este está bien – susurró el bicolor, levantándose repentinamente – vístete de nuevo, debemos ir.

Rei obedeció, sonriendo divertido, mientras Kai respiraba profundamente, intentando recuperarse para poder salir del establecimiento. Quizá su sonrojo no pasaría tan pronto, pero lo que más le preocupaba era algo entre sus piernas que le haría pasar vergüenza si no conseguía amenizar. La sonriente secretaria recibió el pago de manos de Hiwatari, quien no dijo una palabra y recogió sus paquetes, mientras Rei se despedía atentamente. El chino alcanzó a Kai en el coche, lo vio arrojar los paquetes en el asiento trasero y detenerse para hurgar el bolsillo de su saco, hasta sacar un pañuelo, el cual se manchó prontamente de rojo.

– .¿Quién diría, eh, Kai?. Ahora te sangra la nariz… - comentó el chino, con ganas de reírse.

– .¡Hmpf!. Hemorragia nasal… .¡Pero caso quieras saberlo, eso es un problema congénito que traigo desde la niñez!. – profirió el ruso, exaltado.

– Sin lugar a dudas – replicó el ojidorado, riendo.

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– Hmmm, Kai… esto es her… .¡ahm, Kai ,así no, que me haces cosquillas!. – dijo Rei con una espontánea risa, apartándose con un pequeño empujón del ruso que insistía, como siempre, en abrazarlo.

– .¿Qué no era así como querías, eh?. – mencionó Kai, tomándolo de los hombros y empujando al chino por la habitación, débilmente iluminado por los vitrales multicoloridos; no había conseguido el cambio de colores de las cortinas, que permanecieron de un color azul claro.

– .¿Y ahora qué?. – dijo el oriental, con un destello de ingenuidad en sus palabras.

– Ahora quiero ver a mi marinero listo para hacerse a la mar – contestó Kai, sonriendo maliciosamente.

Rei tomó uno de los paquetes, envuelto en papel de estraza, ingresó en el cuarto de baño y en poco tiempo regresó. Kai no pudo reprimir un estremecimiento de verlo así, era una fantasía que no había pensado nunca y que, sin embargo, lo excitaba sobremanera.

– Ehm… conozco unos jueguitos muy interesantes – anunció Kai, cuyas frases parecían comenzar a derretirse, literalmente – para eso, vamos a tener que vendarte los ojos con esto – explicó con una sonrisa, sacando un trozo de tela de un cajón.

El chino se dejó cubrir los ojos, con presteza Kai dio un ajustado nudo en sus extremos. Rei levantó las manos, algo confuso, pero el bicolor lo acomodó en el lecho, sentado. Después se hizo un repentino silencio.

– .¿Dónde estás, Kai?. – indagó el ojidorado, volteando la cabeza a todos los lados.

– Aquí – se oyó un susurro, proveniente de la derecha.

– .¿Qué haces?.

– Espera un poco – dijo, mientras se oía un débil ruído, quizá de ropas cayendo al suelo. Eso lo pensó Rei, y se sonrojó por lo que imaginaba y no podía ver.

La respiración del chino fue interceptada por la de Kai, sintió las manos del ruso cruzándose atrás de su cuello y haciéndolo recostar sobre algunos almohadones, antes de poder decir nada los labios de Rei quedaron atrapados entre los de Kai, en uno de esos besos que el bicolor tanto idolatraba y tanto asfixiaba al chino. Rei cruzó las manos alrededor de la cintura de Kai, sintiendo nada más toda la desnudez que el ruso exhibía pero que sus ojos cubiertos no podían ver, al tiempo que las ágiles manos del ruso se escurrían sobre su tórax.

– Yo estoy desnudo ahora, Rei – dijo Kai con voz suave – y… eres tan hermoso así, con esas prendas tan ajustadas, que me dejas muy excitado…

– .¿Eh?. – dijo Rei, confundido.

– Sí… toda esta tu piel suave y tibia – prosiguió el bicolor, metiendo su mano bajo la camiseta y pasando sus dedos desde los hombros hasta el abdomen de Rei – simplemente me enloquece de deseo… - agregó, besando sorpresivamente su cuello.

– K-Kai, esto es está poniendo extraño, .¿n-no te parece?. – tartamudeó Rei, ruborizado.

– Y tus piernas… hum, debe ser maravilloso tocárselos, o, mejor aún… - susurró con una voz candente al oído de Rei, mientras restregaba sin ninguna prisa especial sus entrepiernas contra las piernas del ojidorado, causando que se pusiera más rojo aún.

– Kai, yo…

– Hmmm, Rei… ahm, delicioso…

– .¿Qué haces?. – preguntó Rei.

– Tocándome, .¿qué más?. – contestó Kai al boquiabierto chino – con la visión que estoy teniendo ahora… hmmm, creo que explotaría muy pronto.

Y por espacio de unos treinta segundos Rei tuvo que soportar pequeños gemidos y suspiros provenientes de Kai, quien de tanto en tanto se restregaba contra el cuerpo del chino y pasaba sus manos de su cuerpo a los de él. Lo que hacía insoportable todo eso era que Rei no podía ver nada, y el sólo imaginarse mientras iba escuchando la voz endiabladamente sensual de Hiwatari al oído, con todas esas palabras estremeciendo sus fantasías, provocaba una demostración imposible de pasarse por alto, el cual se abultaba contra sus shorts.

– Interesante – oyó decir a Kai, mientras sentía, con una mezcla de genuína vergüenza y placer, que sus shorts iban siendo manoseados – déjame hacer un poco esto – musitó, Rei pudo sentir el órgano de Kai restregándose brevemente sobre sus piernas, haciendo con que soltara una exclamación – oh, Rei… genial, genial… hmmm, ah, delicioso…

– .¿Kai?. – susurró Rei, casi al borde de un colapso.

– Extiende las manos juntas, por favor – solicitó el ruso.

Rei obedeció, quedó pasmado cuando sintió un tibio líquido escurriéndose sobre ellas. Y perdió totalmente la facultad del habla al oír que dicho fluido era acompañado de un sonoro y profundo jadeo.

– .¡Simplemente hermoso!. – profirió Kai luego, contemplando fijamente al ojidorado estático y enmudecido, con las manos juntas aún.

– Kai, talvez… talvez no sea como…

– Lo que más me excita en ti, Rei, es cuando te sonrojas todo, como ahora – interrumpió Kai - .¿Por qué no hueles lo que tienes en las manos?.

– .¿Ehm?. – exclamó Rei, seguro de que sufriria un colapso, pero de vergüenza ahora.

El indeciso oriental se llevó las manos a la nariz, aspirándolo tímidamente, y levantó la cabeza abruptamente.

– Esto es… .¿aceite de almendras?. – preguntó Rei con tono de voz aliviado.

– Ajá – asintió Kai – pero la cara que pusiste cuando derramé sobre tus manos fue muy… sublime – añadió, con la voz congestionada por la risa contenida.

– Bueno… yo pensé que era algo así – mintió pobremente Rei, sonriendo.

– Te creo – respondió Kai, riendo brevemente y haciendo que el chino juntara ambas manos, desparramando el aromático aceite.

Las manos del oriental iban despaciosamente recorriendo todo el tórax de Kai, sus dedos exploraban todo su cuerpo con la delicadeza de quien, sin poder ver, deseaba conocer hasta los más recónditos detalles. Un suspiro complacido fue exhalado por el ruso, era simplemente maravilloso estar siendo restregado por las manos tan precisas de Rei, en un masaje que, si perdía la vista de su objetivo, acabaría durmiéndose tal era el grado de relajación. Rei sintió su pulso siendo tomado por Kai, dirigiéndoselo en alguna parte. Lo que fuera que el oriental haya tocado, lo sorprendió tanto como para alzar significativamente las cejas.

– .¡Kai!. – exclamó el chino.

– .¿Qué?. Tú me pones así – contestó el bicolor, divertido.

Rei sintió que el ruso sujetaba momentáneamente su cabeza, después se vio libre de la tela que cubría sus ojos. Parpadeó algunas veces, acostumbrándose a la penumbra, pero Kai no le dio tiempo para más. Lo empujó contra las almohadas, sometiéndolo a una de sus inacabables sesiones de besos; en aquel preciso momento terminaban los juegos amenos para dar inicio a lo que realmente interesaba a Kai.

Las manos de Kai eran quienes ahora se encargaban de tocar y apretar todas las partes del cuerpo de Rei, besándolo ávidamente, sometiéndolo y acorralándolo entre sus brazos; el bicolor sujetaba con firmeza la parte posterior de la cabeza de Rei, no permitiendo que la moviera casi, entregándose a besar y lamer todo su cuello, mientras el oriental se debatía inútilmente por librarse de aquellos dedos.

– Ahora tú eres el marinero Rei, y harás todos los caprichos del capitán Hiwatari… - dijo Kai, deteniéndose un momento.

Tomó la cabeza del oriental, acercándose a sus labios y besándolos ansiosamente, mientras sus nerviosas manos se aventuraban a explorar sus partes más bajas, encontrándose con el miembro de Rei, el cual tomó entre las mallas de sus calzones y lo acariciaba con movimientos rítmicos; el chino, al sentirlo, abrió grandemente los ojos y después los cerró con fuerza, todo intento de gemir o jadear fue suprimido por Kai, quien no le permitía que se despegara de sus labios. La áspera tela de sus shorts le producían escalofríos incontenibles cada vez que Kai lo masturbaba, aumentando la intensidad y la rapidez de sus movimientos. El bicolor percibió la situación en que Rei se encontraba al sentir sus dedos ya húmedos, a parte que Rei le hacía desesperadas señas cada vez que los espasmos paralizadores le permitían. Entonces Kai se apartó, esbozando una pequeña sonrisa pero sin cesar con sus movimientos, ahora el bicolor se complacía visual y auditivamente escuchando los jadeos confusos y suspiros ahogados del chino, su rostro alterado y sus orbes estremeciéndose lastimeramente.

– K-Kai… ya… ya… - pronunció con dificultad el oriental.

– El capitán Hiwatari no permite que sus marineros ensucien su uniforme – dijo el ruso, apretando repentinamente el órgano del ojidorado, provocando que este hiciera una mueca terrible, además de soltar un quejido estremecedor.

Se abrazó nuevamente al cuerpo de Rei, el cual aún se estremecía involuntariamente, frotando su rostro por el cuello el tórax del chino, besándolo en ocasiones y esperando a que se restableciera. Rei nada más jadeaba, con esa desconsoladora sensación de que la inminencia de su clímax fue bruscamente cercenado, abrazándose al cuello del bicolor. Recostado sobre el pecho de Rei, que subía y bajaba cadenciosamente, veía sus pezones erectos, resaltados contra su camiseta. Sus dedos tocaron esa parte, haciendo unos movimientos circulares, mientras Rei apenas observaba, sintiendo otra vez aquella incontenible sensación creciendo dentro de él. De nada le sirvió restablecerse pues Kai lo estaba alterando de nuevo. El bicolor levantó la camiseta de Rei, dejando todo su tórax a descubierto, su boca se concentró en besar y lamer toda esa región, dándole especial atención a sus pezones, los cuales lamía más demoradamente, mientras observaba que el ojidorado apretaba entre sus dedos las sábanas. Kai tomó una de las muñecas a Rei, llevándoselo entre sus piernas, de forma que su placer fuera recíproco.

Las manos de Rei iban acariciando todo el órgano de Kai, mientras el ruso disfrutaba inmensamente de ese contacto, pero de todas formas el chino no lograba concentrarse mucho en lo que hacía, ya que las acciones de Kai lo sacaban de la realidad. Poco después el ruso siguió restregándose contra las entrepiernas inflamadas del ojidorado, prodigándole muchos besos y caricias en su cuello y tórax. De esta vez, Rei no pudo contenerse más como la primera vez, y se estremeció por completo al sentir la violenta descarga que terminó manchando sus shorts, gimiendo perdidamente. El bicolor sintió algo húmedo y tibio entre sus piernas, y dirigió la mirada hacia abajo, viendo el resultado de sus atenciones para con Rei.

– .¡Te he dicho que no debías ensuciar el uniforme!. – exclamó Kai, afectando enojo – por eso el capitán Hiwatari te hará acreedor de un castigo ejemplar…

Despojó prontamente al oriental de la prenda inferior, contemplando su pulsante y húmedo miembro, pasó sus dedos por encima, haciendo que Rei soltara un gemido. Llevó un poco de ese escurridizo fluido sobre sus dedos, con la mano derecha se encargó de mantener a Rei acostado mientras que con la izquierda buscó a tientas su entrada, hasta que finalmente lo halló. El impulso inicial del chino fue levantarse, pero las fuertes manos de Kai se lo impidieron, quejándose por la incipiente invasión del cual Kai le hacía objeto. Las protestas y boqueos de Rei no servían a Kai más que para exacerbarle los sentidos, sintiéndose cada vez más ansioso para terminar aquello, pero debía admitir que el juego estaba de lo más interesante.

El alarido que Rei emitió ante la invasión a la que Kai lo sometió fue prontamente acallado por los labios del bicolor, quien no permitió que su incomodidad durara mucho y tocó fondo en vez de hacerlo pausadamente, los resuellos del chino lo obligaron a detenerse para que se acostumbrara.

– Kai… - dijo el chino, en un hilo de voz.

– No debieras ponerte así, Rei – susurró el bicolor, pasándole los dedos por las mejillas para evitar que una lágrima cayera – pero debo admitir que, cuando tus ojos brillan así, me excitan endemoniadamente…

– Se siente… extraño… - prosiguió Rei, entrecerrando los párpados.

– Ya pasará – arguyó Kai – déjame mirarlos bien – dijo de nuevo, deslizando su mano por sus orbes – me fascinan, son hermosos… creo que me enamoré de ellos primero…

– Dices cosas… sublimes, Kai – murmuró Rei, deteniéndose momentáneamente al sentir un movimiento por parte del bicolor.

– También tu boca… me gusta – prosiguió Kai – déjame besarlo hasta que terminemos con esto, .¿de acuerdo?. – solicitó, con un tono de voz que el oriental no pudo negarse.

Unieron sus bocas en un ardoroso beso, al tiempo que Kai, cadenciosamente, embestía al chino, disfrutando al máximo del cálido y estrecho interior de Rei, moviéndose con facilidad y ya sintiendo el grato calor en el abdomen que antecede al orgasmo. Los brazos de Kai estrecharon con más fuerza a Rei al sentir la irrefrenable y nebulosa sensación que, algunos segundos después, lo condujo a un estremecedor y gratificante orgasmo, momento en el cual el bicolor no pudo evitar apartarse repentinamente de los labios de Rei para cerrar con fuerza los labios, dejando escapar un suspiro de inmenso alivio y placer al sentir descargarse en el interior de Rei, quien también gimió por la presión que ejercía en sus adentros, alcanzando también un orgasmo aunque de menor intensidad que el anterior. Exhaustos, se apartaron recostando sus cabezas sobre las almohadas, respirando profundamente; Kai se incorporó un poco.

– Espero que hayas sufrido con el castigo – comentó el bicolor, sonriéndole.

– Ojalá los próximos castigos sean más severos – añadió el chino, abrazándole a Kai para después sentarse sobre su bien definido abdomen.

– Hmmm… lo serán, prometo. Quizás mi marinero prefiera algunas cosas más exóticas, y debemos complacerlo, .¿no es cierto?. – contestó Kai, acariciándole las mejillas a Rei.

– .¿Pero de veras que te ha gustado esto de marinero?. – indagó el chino, con tono curioso.

– .¡Por supuesto!. Aunque yo te veo más como esos marineros novatos, de aquellos que todos miran y se relamen al mirarlo… - sentenció Kai, con voz descarada – pero nadie sino yo tengo los privilegios… pero, sobre todas las cosas, eres tú quien me gusta, independiente de cómo estés. Ahora convendría darse una ducha para dormirnos, porque ha sido cansativo, pero divertido… ah, y otra cosa.

– .¿Dime?.

– Estás prohibido de levantarte mañana a las seis de la mañana para irte a trabajar en tu oficina – dijo Kai.

– .¿Caso contrario… qué?. – preguntó interesado Rei.

– Caso contrario… te esposaré por las rejas de la cama. Y tendrás que pagar las consecuencias – sentenció el bicolor sugestivamente.

– Hmmm… creo que pondré un despertador – concluyó Rei, guiñándole un ojo al ruso.

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Al día siguiente, Kai abrió los ojos y halló a Rei durmiendo, aún a su lado. Lo abrazó por el cuello, despertándolo con un beso. El sonriente oriental miró a Kai, sabiendo de esta vez que no se trataba de una visión o delirio, pero que sí era real, él estaba allí, contemplándolo, admirándolo, queriéndolo… a la vez que Kai no se saciaba de las doradas y melosas íris de Rei, hundiéndose en ellos, intentando ver sus mínimos detalles al verse reflejado sobre sus orbes, sintiéndose dueño y protector de esas raridades que nadie los admiraba y que ahora estaban allí, a su merced, agradablemente sorprendidos por las atenciones que Kai le dedicaba.

Durante el desayuno, Kai se mostró extrañamente callado y taciturno, como sumido en profundas reflexiones. El chino, quien aún no llegaba a comprender del todo las actitudes y comportamientos del ruso, se mantenía en un silencio que apenas era interrumpido ocasionalmente por comentarios en voz baja, los cuales Kai escuchaba y asentía con la cabeza o contestaba con monosílabos. Casi al final parecía haber salido de sus pensamientos y con voz clara, anunció:

– Bien, Rei, terminemos esto e iremos a un lugar.

– .¿Dónde vamos?. – inquirió el chino, interesado.

– Cuando lleguemos, sabrás – contestó llanamente el bicolor.

Después de concluir el desayuno, subieron al automóvil de Kai y se dirigieron a una maltrecha ruta, llena de baches y levantando mucho polvo; así como la vez anterior, Rei percibió un cierto nerviosismo en las facciones de Kai, pero así como era nunca admitiría una cosa de esa clase. Doblaron por un entroncamiento, prosiguiendo por un camino poco usado, tan poco en realidad que el césped cubría las huellas de los coches. Se detuvieron en un pequeño bosque de pinos, en el centro del cual había una pequeña construcción rectangular.

– .¿Quién vive allí?. – preguntó Rei.

– Nadie – contestó Kai, tristemente – es un mausoleo.

– .¿Un qué?.

– Un lugar donde se entierran a las personas – aclaró el bicolor.

Se dirigieron a la construcción, su tamaño aumentó considerablemente cuando se acercaron y Rei pudo notar los innúmeros detalles que poseía; flores entrelazadas en frisos de yeso adornaban la entrada, y florones entallados en mármol rosado aparecían en los bordes del techo y la puerta, donde se hallaban pequeñas plaquetas de bronce con nombres y fechas. La puerta de vidrio semejaba un vitral, los trocitos de vidrio colorido inundaban con luces rojas, azules y verdes el interior del recinto. Kai sacó del bolsillo una llave vieja y oxidada, y con un crujido abrió la puerta. En el interior Rei pudo sentir un olor de flores marchitas.

– Aquí es donde pusieron a mi abuelo – señaló Kai con el dedo – y allí, a mis padres – dijo, señalando otro rectángulo de granito – estos son algunos parientes de mis padres, nunca los conocí.

– Kai… .¿por qué hemos venido aquí?. – preguntó Rei, quien ya se sentía tomado cierta tristeza.

– Este es mi lugar – dijo Kai, señalando un hueco vacío – en algún momento lo ocuparé.

– .¡No digas esas cosas, Kai!. – lo reprendió el chino, inconforme – tienes mucho camino aún por enfrente.

– Rei… déjame explicarte algo – dijo el bicolor, con la voz repentinamente ahogada, una lágrima escurrió de sus ojos pero lo secó furiosamente con el dorso de la mano – no sé cuánto tiempo más viviré.

– .¿Pero qué cosas dices?. – reclamó el ojidorado.

– Rei, yo te amo tanto que… es una pena… lo siento mucho, Rei, no debía haberte encontrado… - balbuceó el ruso, intentando controlarse para no decir incoherencias.

– .¿Kai, de qué me hablas?. – preguntó el chino, asustado.

– La vez pasada, cuando me caí en el jardín… aquello era un síntoma – explicó el bicolor, respirando profundamente – hace meses estoy enfermo, Rei, y los médicos no saben más qué hacer.

– .¿Q-Qué?. ¡No puedes decirlo en serio!. – gritó Rei.

– Me mantienen apenas con medicamentos, y llegará un momento que no harán más efecto….¡Y no lo quiero, Rei, es demasiado temprano!. – gimió Kai, mientras su rostro se mojaba por las lágrimas.

– .¡Kai, no… no puedes hacer eso, yo no quiero que te vayas!. – exclamó el chino, quien también soltaba lágrimas de consternación.

– La estatua que estás haciendo, Rei… - murmuró el ruso, agachando la cabeza – es para ponerlo aquí, en este rincón – agregó, apuntando el interior – será apenas lo que sobre de mí… pero antes, antes de irme… no podía irme sin conocer y amar perdidamente a alguien, entregarme enteramente cuando nadie antes me había amado… soy feliz porque me has correspondido, Rei, pero triste porque no durará mucho tiempo…

– .¡Cállate de una vez!. – profirió el oriental, sacudiendo a Kai – cállate… no puedo creer en lo que dices. Prefiero creer que no sucederá, que no me has amado con el sólo fin de que sufra… .¡sufra tanto como tantas veces ya me ha sucedido!.

– Lo siento, Rei… - dijo Kai , sollozando profundamente – era para estar juntos, pero no dijeron por cuánto tiempo.

– Cállate, diablos… - murmuró Rei, abrazándose fuertemente a Kai, humedeciendo su camisa con el incontenible y profuso llanto que lo sacudía.

Y a la puerta de aquella aislada construcción se podían divisar apenas dos figuras abrazadas, mientras el viento silbaba entre las copas de los pinares y se llevaban consigo los sollozos apagados de ambos. El miedo y la impotencia se habían adueñado de Rei, y la resignación y la tristeza, de Kai. Pero ambos cerraban los ojos ante la construcción que se elevaba tras ellos, símbolo de la muerte y desintegración, para concentrarse apenas en ellos, en sus penas y temores, en su amor y su poco tiempo que restaba para disfrutarlo.