Chicos, he vuelto con un nuevo capítulo! Debo admitir que este me ha resultado algo más complicado de redactar: he tenido que documentarme muy bien sobre el tema y pensar cómo expresarlo de un modo lo más literario posible: supongo que ha quedado bien larguito y apañado! Espero que sea de vuestro agrado, ahora a leer my babies ^^
Capítulo IV: Luna Menguante
Berlín, 23 de diciembre de 1945. Como si de un hermoso lienzo se tratase, el cielo berlinés pronto comenzó a diluirse en sutiles flujos dorados y cobrizos que, como manchas de luz, se encargaban de adormecen al Sol y envolverlo en el manto de Nix. Llegado el ocaso a la capital alemana, la ciudad podía descansar y liberarse de su aflicción, aunque sólo fuese por unas cuantas horas. Tres meses atrás, ese cielo berlinés se abrió al mundo después de permanecer 6 años y un día cegado por las tinieblas; concedió un halo de vida a la humanidad, inundó el corazón de felicidad y el alma de paz: todo había acabado.
Sin embargo, las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial fueron tan sumamente devastadoras que, a pesar de ello, muchas personas habían sido arrebatadas de su hogar y de su familia para siempre y apresadas por la repulsiva crueldad del hombre; tanto importantes edificios públicos como viviendas fueron destruidos y el planeta entero había tornado un color sucio. Después de tal conflicto, después de haber alcanzado el mayor grado de morbosidad y el mayor grado de destrucción; tras haber acabado con el legado cultural, étnico y religioso que conformaba al ser humano y que lo hacía perfecto tal y como es, había que recomponer todo y empezar desde cero.
Para Ludwig Beilschmidt, su mayor preocupación no era el futuro de su pueblo, sino el futuro de su hermano mayor. Tales fueron las circunstancias por la que tuvo que pasar durante la contienda que ahora mismo su más ambiciosa pretensión era adoptar una perspectiva afable y positiva; virtud de la que él siempre había prescindido y que, de algún modo, siempre había despreciado.
Quería olvidar lo inolvidable. Todo lo que había oído, lo que había visto y lo que había presenciado: no quería sufrir más, estaba cansado de sufrir. Ya había sido suficiente, se merecía una oportunidad y para él esa oportunidad era permanecer junto a la persona que más quería en este mundo; quien siendo un lactante lo acogió entre sus brazos y le vio crecer; a quien agradece lo que es ahora, todos sus conocimientos y todas sus experiencias. Esa persona era Gilbert Beilschmidt, representación del pueblo prusiano. Primero fue Reino; más tarde Imperio; y por último, República. Y actualmente, su identidad estaba aún por determinar.
A nivel estatal, el territorio germano había resultado dividido y administrado por cuatro de los cinco países que conformaron el frente de los Aliados durante la guerra: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y URSS; al tiempo que millones de alemanes estaban siendo deportados de Prusia por Iósif Stalin, mandatario del Estado comunista.
A nivel personal, estaba el enorme malestar físico y emocional de ambos hermanos ante el pernicioso capricho ruso de aprisionar al albino en su mansión lo antes posible; y teniendo plena consciencia de sus intenciones sádicas y despiadadas, resultaba una horrible pesadilla el hecho de no poder evitar lo inevitable.
Tras una fatídica jornada alejado de su hermano, durante la cual su gobernante le había informado en profundidad sobre la situación que estaban atravesando y los posibles planes que podían sanear sus problemas; llegó exhausto a su domicilio, bien pasada la medianoche.
Por entonces, Roderich ya estaba profundamente dormido en su cama matrimonial; se había acostado temprano debido a los duros ensayos con la Orquesta Filarmónica de Viena, en la que desempeñaba su vocación de compositor, violinista y pianista. Repentinamente, el teléfono comenzó a sonar desde la sala de estar, reverberando su sonido por toda la vivienda y llegando hasta sus oídos. Se despertó sobresaltado y acudió torpemente hasta él en la oscuridad, recogiéndolo con cierta desgana e indiferencia.
-Roderich, Roderich, necesito tu ayuda.-al otro lado del teléfono, un angustiado Ludwig suplicaba su atención ahogadamente, dejando atrás su marcada compostura.
-S-sí, tranquilo Ludwig, te escucho.-el austríaco pudo sentir como se contraía su corazón y se ahogaba en su propia inquietud ante la desesperación que percibió en la voz del más joven.
-Es mi hermano… ¿te ha visitado hoy? Dios mío, contéstame Roderich… ¿¡Roderich!?
Las palabras murieron en su garganta. Tras unos minutos con la mente en blanco, retomó la razón y respondió con voz casi inaudible:
-¿Qué ocurre?
-¿¡Contéstame!?¿¡Sí o no, contesta!?
-No… ayer vino por la mañana.
-Demonios, eso ya lo sé… verás, he llegado de la reunión hace unos cuantos minutos y obviaba que iba a estar aquí, en casa… pero no es así, y ya he hablado con Antonio y François. Los dos me han dicho que no quedaban juntos desde hace meses, y que probablemente estuviera contigo.-tras un incómodo silencio de por medio, Ludwig procedió diciendo:-Voy a buscarlo.
-Yo…-no pudo continuar dialogando. Su mente fue invadida por la misma posibilidad que, en esos justos momentos, estaba atormentando al alemán desde el otro lado de la línea telefónica.
-Ludwig, tal vez…
-Voy a buscarlo.
Y Ludwig colgó. Ante tan inesperado gesto, Roderich pensó que se iba a desmayar. Estaba horrorizado, no podía asimilar tal pensamiento; él jamás les daría el último adiós de esa manera y menos a ellos dos, no era propio de él. Además, jamás hubiera pensado que el temido día podría llegar tan pronto: él mismo le había hablado detenidamente sobre el tema pero… ¿ya? ¿y así?
Comenzó a hacer tormenta y el aristócrata regresó al dormitorio, se desplomó sobre la cama nuevamente y se arropó con las sábanas, aferrándose a ellas con todas sus fuerzas. Desde su posición miraba fijamente hacia los ventanales, que había dejado abiertos junto a la puerta, ignorando el fuerte viento y la intensa lluvia, los relámpagos y los truenos; ansiando su respuesta.
Tras varias horas desvelado y dándole mil vueltas a la cabeza, decidió cerrar los ojos e intentar decelerar los latidos de su corazón, que cada instante que pasaba se volvían más y más dolorosos. Cuando estaba a punto de dejarse vencer por el sueño, pudo notar cómo una fría ráfaga de viento se había colado por sus sábanas y había atacado su cuerpo sin piedad; seguidamente, un gran peso cayó sobre su pecho: estaba entumecido y se movía débilmente. Sin levantarse lo acarició, pasando las yemas de sus dedos por toda la superficie, delineando los pliegues de su camisa mojada, sus manos, sus cabellos, su rostro. Cuando lo supo se incorporó y se echó sobre él, dándole calor con su propio cuerpo, abrazándolo y reposando la cabeza sobre su espalda.
-Idiota…-susurró conteniendo al máximo sus emociones, silenciándolas y anteponiéndoles su característica actitud imperturbable, aunque en esta ocasión se le estuviese haciendo prácticamente imposible.
-¿Qué pensabas que era, un depravado sexual? Kesese…
-Deja de reír, pareces agotado.-acto seguido, Roderich encendió la pequeña lámpara que estaba situada al lado de su cama, sobre la mesita de noche. Se incorporó y cerró los amplios ventanales; salió de la habitación en busca de dos toallas, mantas calentitas y algo de comer, concretamente consomé, pavo asado y una porción de tarta Sacher. Cuando las toallas y las mantas estuvieron colocadas sobre la cama y la comida en una bandeja, encima de la mesita de noche; se dio media vuelta, dándole la espalda a un atónito Gilbert, y dijo:
-Desnúdate y abrígate. ¿O acaso quieres enfermar?
-Bueno bueno, pero no vale mirar, kesesesese...
Y Roderich contestó con un largo suspiro por respuesta.
Una vez bien envuelto en las mantas, tomó la bandeja entre sus manos y se sentó junto a Roderich en el borde del lecho. Al ver como engullía la comida sin apenas masticar, Roderich no pudo evitar hacer un comentario en voz alta, aunque sin pretenderlo:
-Desde luego… ¿tu hermano también come así?
Una vez tragado el último bocado de tarta, soltó la bandeja ya vacía sobre el mueble y contestó entre risas:
-Por supuesto, es mi pequeño Luddy y a mi pequeño Luddy le gusta imitarme. Por eso es casi tan asombroso como mi persona, el chico aprende rápido.
-Lo tienes realmente preocupado. ¿Por qué no le has avisado de qu-...?
-Simple: porque no quiero hacerle padecer más de lo que ya lleva padecido. Todos lo hemos pasado mal, verdaderamente mal; pero ten por seguro que él ha sido la verdadera víctima de toda esa puta mierda, y yo he podido presenciarlo todo: cuando se desmayaba, yo lo recogía del suelo y lo llevaba hasta su dormitorio; cuando convulsionaba, yo soportaba verlo convulsionar, y más tarde lo abrazaba y lo recostaba en mi pecho para que pudiese dormir; cuando le daban ataques de ansiedad, sólo yo podía reconfortarlo, sólo yo le secaba las lágrimas y sólo yo le hacía sonreír. Tal y como cuando era pequeño, él siempre me busca y yo siempre lo recibo con los brazos abiertos porque sigue siendo muy frágil, y no quiero que se rompa. Por eso he decidido no decirle nada, porque sé que tú sabrás cómo apoyarlo y cómo consolarlo cuando tenga noticia de que me he marchado con ese energúmeno de Iván Braginski.
-Prusia… entonces, eso significa que…-Roderich estaba intentando controlarse a sí mismo, ya que no sabía lo que podría llegar a hacer en cualquier momento: el bello y sincero discurso que había salido de los labios del teutón y el modo en el que este le estaba mirando a los ojos, clavando ese par de rubíes ardientes en su alma, le estaba haciendo perder la razón una vez más. Pero entonces, ¿qué sentía por él? ¿Era amor? Él no quería que fuese amor, no quería reconocer lo irremediable pues el orgullo le cegaba.
-Volveré pronto, lo juro por Dios, por mi hermano y por ti. Primero: no sufras más de la cuenta, ¿de verdad crees que ese psicópata talludo va a poder hacer sombra a mi increíble y absolutamente perfecta asombrosidad con sus macabros jueguecitos de fontanería? Segundo: córtate las pestañas y abre bien esos dos ojos que tienes, aunque ya los tengas bien grandes, porque supongo que ahora que no voy a poder venir a incordiarte constantemente podrás escuchar a alguien más que a tu podrido cerebrito de aristócrata resignado, ¿me equivoco?-reposando una mano sobre el pecho de Roderich, justamente donde se esconde su corazón, procedió diciendo:-míralo, el pobre no deja de palpitar a mil por hora y tú no haces nada más que ignorarlo.
Roderich tuvo el impulso de apartar la mano prusiana de su torso con violencia, volviendo a escoltarse en la cotidiana falsedad y volviendo a sentir como su sangre se congelaba y empezaba a cristalizar, agrietándolo por dentro.
Gilbert, al percibir el caos emocional que estaba acosando al otro tras lo ocurrido, sólo atinó a soplar dulcemente contra su rostro, al igual que hiciera tiempo atrás.
-Espero que sepas refrescarte tú solito durante todo este tiempo. Me voy ya Princesa, que va siendo hora de verle la cara a esa gran escoria comunista. Cuídate y cuida de West, ¿de acuerdo?
Tras decir esto, Gilbert salió por la puerta del dormitorio con sus pies torcidos hacia afuera, con su uniforme militar y con toda la altanería que le caracterizaba; aunque estuviese muriendo por dentro. Roderich no supo hacer nada más que observarlo desde el silencio, sentado en el borde de la cama mientras lamentaba cómo esa odiosa fuerza le retenía nuevamente y le impedía hablarle, confesarle, tocarle y detenerle; porque no soportaría que se fuera de su lado.
Ala, se habrán quedado a gusto(?) Como de costumbre les sugiero que me regalen un pequeño review *^* es que son tan lindos y me dan tanto ánimo y fuerzas para continuar escribiendo~ además, les soborno diciendo que como no me hagan mi pequeño regalito abandono… vale vale, solo era una broma pesada. PERDÓN, NO ME ODIEN TT-TT Yo les amo a todos con o sin review, no lo olviden:) besitos y abrazos apretaditos, nos leemos kesesese~
