Disclaimer: Los personajes no son míos, pertenecen a Rumiko Takahashi. Además, la imagen de dicha historia tampoco es mía.
Historia dedicada especialmente a Madame Morgan y Moun.
NA: Agradecer a todos los reviews, a los que tienen cuenta se lo he agradecido personalmente, pero a los que comentan como anónimos, ¡muchísimas gracias!
Y destacar a: Amaterasu97, Moun, Ahome Hinata, Paula, Sexy Style, Madame Morgan, Tsuyu otaku, , Tennyoukai, Kira Christopher, Ladyakaneyranma, InuSakk24, InuxKag y a Serena tsukino chiba, por haber comentado a lo largo de Dangerous Night.
Y tú, que estás ahí leyendo esto y no tienes intención de comentar, agradecería que en este último capítulo, dejases un (aunque sea breve) comentario, lo agradecería mucho, ya que las horas que dedico a escribir no son pocas.
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Advertencias: se podría decir que en este capítulo hay una escena de sexo no muy explícita.
NA2: Y este es el capítulo que le da el completed a esta historia. Me da un poco de pena, pero es lo que hay :)
¡Gracias por leer!
Dangerous Night
Unos rayos tímidos asomaron por la entrada del lugar, alumbrando el interior de la cueva. La fogata ya extinguida y dos cuerpos acurrucados rodeados por matices rojos y blancos. Una mañana tranquila y preciosa.
Kagome empezó a removerse, anunciando su inminente despertar. Aspiró profundamente, envolviéndose en el aroma a bosque y a hombre, y abrió poco a poco los ojos. Se sentía realmente cansada, pero muy feliz. Dirigió sus ojos hacia arriba para encontrarse con unos dorados que la miraban intensamente.
La azabache alzó su mano izquierda y acarició la cara del hanyô, entreteniéndose más de lo necesario en los labios de él.
—Inuyasha —susurró tan bajito que el hanyô creyó que se lo había imaginado.
La garra que estaba apoyada en la cintura de Kagome empezó a subir y a bajar por la espalda de esta, mientras seguían mirándose el uno al otro.
Inuyasha descendió vacilante hacia los rojos labios de ella y los rozó con suavidad. Poco a poco se fue haciendo más profundo y apasionado, hasta el momento que tuvieron que separarse para poder respirar.
—Inuyasha, yo... —comenzó Kagome.
Pero Inuyasha no la dejó acabar, ya que la agarró por las caderas y la sentó sobre su abdomen, dándole así una increíble vista del cuerpo del hombre. Kagome se sonrojó ante el gesto tan atrevido del hanyô. Él, por el contrario, mostró su mejor sonrisa, para parecer de la muchacha, dejando a la vista ese colmillo travieso. Él dirigió su garra derecha hacia el final de su espalda y allí acarició los kanjis que habían sobre la zona. Kagome dirigió allí su vista, al recordar el dolor que sintió la noche anterior, encontrando allí el nombre del medio demonio que estaba debajo de ella.
—¿Por qué tengo tu nombre escrito ahí? —preguntó con curiosidad la azabache.
—Porque ahora eres mi compañera de vida —contestó con simpleza y sinceridad el hanyô.
—¿Y eso qué significa? —cuestionó una vez más.
—¿No sabes lo qué es? —abrió enormemente los ojos Inuyasha. Al ver como ella negaba con la cabeza, continuó— Los demonios nos emparejamos de por vida una única vez. Cuando encontramos a la hembra con la que compartiremos el resto de nuestros días, mientras que nos a- apa... —Empezó a balbucear— apare-amos, si es ella la verdadera, el nombre del otro se inscribe en la cadera de la pareja, antes de que acabe el ritual.
—Entonces —dijo Kagome mientras alzaba su dedo índice y lo posaba en su barbilla—, ¿tú tienes mi nombre inscrito?
Inuyasha asintió.
Kagome se mordió el labio inferior tratando de contener los gritos de felicidad que querían salir de su boca. El hanyô comenzó a repartir caricias osadas por el cuerpo de ella.
—Estate quieto, Inuyasha —riñó la hembra al macho— quiero preguntarte algo más.
—Adelante —la animó a continuar, mas no paró de rozar la piel de ella.
—¿Los yôkais no os marcabais por una mordida en el hombro? — preguntó al mismo tiempo que ladeaba su cabeza. Inuyasha empezó a reírse. No era una risa de suficiencia y egocentrismo, sino la risa de Inuyasha era relajada y sincera, esa que pocas veces llegaba a dejar ver. Sólo cuando estaba con ella.
—No, Kagome. Es tan sólo una leyenda. Cada raza de yôkais tiene su propia forma de marcar a su compañera, la mordida es la de los vampiros, en cambio, la de los inuyôkai es la inscripción del nombre de nuestro propietario —explicó el peliplateado.
Kagome asimiló la información que acababa de recibir.
—Hay algo que no entiendo. —Comenzó Kagome—, ¿por qué me mordiste anoche?
Inuyasha se sonrojó profundamente y giró su cara hacia otro lado, tratando de ocultarlo.
—Keh —replicó. Y con un casi inaudible susurro, dijo— porque me dejé llevar.
A Kagome aquello le causó gracia, ese era el Inuyasha de siempre. Miró hacia el pecho del hombre y pudo apreciar todo aquello que escondía bajo esas holgadas ropas. Era incluso mejor que todos los famosos de su época que posaban para revistas. Y era todo suyo. Acarició con las yemas de los dedos ese escultural pectoral y una duda asaltó su cabeza.
—¿Por qué has vuelto a ser un hanyô? —La duda se reflejó en su rostro—, la espada no está y no he usado el conjuro. ¿Cómo puede ser posible?
Inuyasha lo meditó durante unos segundos. Recordaba vagamente una de las charlas que Miyôga había tenido con él cuando tan sólo era un cachorro, en la que le explicaba algo sobre sus instintos demoníacos.
—Por lo que creo recordar —le explicó a la azabache— al aparearnos con nuestra compañera, nuestros instintos más primitivos se calman, permitiéndonos así tener un control sobre nuestra sangre demoníaca. Pero esto no implica que se sellen nuestros instintos, sino que los fortalece. —Al ver la confusión en ella, aclaró— cuando nos encontramos en peligro, ya seamos nosotros o nuestra familia, la sangre demoníaca toma control en nuestro cuerpo, pero en cualquier otro instante tengo la libertad de poderme convertir en un yôkai cuando quiera.
A Kagome le parecía interesante y muy complejo todo aque sistema que tenían los inuyôkai con sus rituales y leyes. Aunque creía que con el tiempo acabaría por comprenderlo.
Kagome alzó los brazos y se estiró, mientras dejaba escapar el bostezo más grande que creía haber hecho nunca. Inuyasha al ver la postura tan provocativa de la hembra empezó a gruñir por lo bajo.
—¡Entonces recuerdas todo lo que ha sucedido mientras eras un yôkai! —exclamó sonrojada la sacerdotisa.
De un rápido y ágil movimiento, el hanyô los cambio de posición. Ahora ella estaba debajo y él encima. Sus cuerpos se tocaban libremente y sus alientos se mezclaban formando uno solo.
—Keh. Recuerdo cada una de las cosas que hicimos anoche, Kagome. —Pronunció lentamente el nombre de ella—. Y tengo intención de volverlo a repetirlo. Pronto. Ahora.
—¡Pero, Inuyasha, los demás!— No hubo tiempo para más palabras. Los labios del peliplateado habían chocado con fiereza contra los suyos, mientras la mano derecha acariciaba uno de sus pechos. La otra mano subía por la pierna hacia sitios peligrosos.
Al ver que sus quejas eran ignoradas, optó por lo más sabio. Tener sexo con el hombre más atractivo de toda la faz de la tierra.
Alzó ambos brazos y acarició las orejas caninas que había sobre la cabeza del hombre, asimismo, ancló sus piernas a la cintura de Inuyasha.
Iba a ser una mañana con mucha diversión.
Habían pasado varios meses aquel día.
Cuando regresaron, se dirigieron a la cabaña de la anciana Kaede, donde los recibió un lloroso Shippo junto al resto de componentes del grupo. Todo había acabado bien.
A pesar de las preguntas por parte del pervertido monje y de algún comentario inocente por parte del kitsune, todo fue con normalidad. La espada que creían perdida, había quedado olvidada cuando Inuyasha se lanzó a salvar a Kagome, pero Sango, antes de volver a la aldea para poder curar al monje, la cogió y la llevó con ella.
Como pasaba el tiempo.
Naraku fue destruido en la siguiente batalla y ahora la perla había desaparecido. Tuvo que decidir entre su época y la era feudal, pero no hubo dudas. A pesar de la dura despedida con su familia, Kagome e Inuyasha volvieron para compartir una vida juntos.
Miroku y Sango esperaban su primer hijo, mientras Shippo había empezado a entrenar para ser un demonio más fuerte. Por lo que hacen ellos dos, ahora viven juntos, en una cabaña en mitad del bosque de Inuyasha, donde compartían la intimidad que ellos querían.
Porque, ¿quién no disfrutaría de una buena sesión de sexo con un Inuyasha descontrolado, ya fuese humano, hanyô o yôkai?
