Capítulo dos (II)

Habitación de los chicos de la torre de Gryffindor, octubre de 1973

Despertó entre sudores fríos y calambres descontrolados, sentía un fuerte ardor en el pecho y las manos le temblaban nerviosas. Otra de sus pesadillas, oscuras y turbias pesadillas que acojonaban a Sirius Black noche si y noche también.

—Sirius… —Desde la cama de al lado Remus Lupin se incorporó en la oscuridad—. ¿Estás bien?

—Sí, sí… —mintió a duras penas—. S-Solo ha sido una pesadilla.

Se oían los ronquidos de Peter y la respiración calmada de James. La habitación de los chicos estaba a oscuras, pero Remus cogió la varita y de su punta salió un sutil rayo de luz que le iluminó la cara. Sirius vio como las cicatrices de su rostro bailaban con el tintineo de la luz que emanaba de la varita y de como todo él se desdibujaba en un contorno imposible de claros y oscuros.

—¿Seguro que estás bien? Llevas teniendo pesadillas desde hace más de dos semanas…

Sirius dejó caer la cabeza en la almohada abatido por el asfixiante recuerdo de aquella horrible pesadilla. El ardor en el pecho aun persistía, pero las manos le habían dejado de temblar.

—No puedo controlarlo, Remus… No sé como hacer que paren.

—¿Quieres un cigarrillo? —dijo Remus.

—Sí.

Sirius sabía de sobras que Remus era esa clase de personas que siempre saben que decir en cualquier situación. Ya por ese entonces Sirius sabía cuanto le importaba aquel larguirucho empollón, siempre cansado y con la enorme nariz metida siempre en algún libro. Ya por ese entonces —con solo catorce años y una reputación de todo menos honrosa en el colegió— Sirius sabía que los nervios que se le acumulaban en la boca del estómago cuando Remus andaba cerca eran algo peligroso, por lo que debía preocuparse de vez en cuando.

Sirius se metió en la cama de Remus y ambos compartieron un cigarrillo en silencio. Hablaban entre susurros, procurando no despertar a los demás. Se creó una armonía perfecta entre ellos dos, una intimidad diferente a la que Sirius conocía con James. Con él podría pasarse el día gastándose bromas, despeinándose el pelo, dándose empujones por los pasillos, fumando marihuana a escondidas y hablando de quidditch horas y horas. Con Remus era diferente, el tipo de intimidad que compartía con él era muy distinta. A Remus no le gastaba bromas, ellos dos preferían batallas dialécticas llenas de sarcasmo e ironia, no se daban empujones por los pasillos, ni hablaban de quidditch. Remus y Sirius compartían una intimidad callada, silenciosa, invisible pero tan fuerte como las rocas bajo tierra. Su intimidad iba más allá de una amistad fraternal, iba mucho más allá. Pero ellos aun no lo sabían.

—Remus… ¿Puedo quedarme a dormir contigo?

—¿Aquí, en mi cama? —Remus se quedó un tanto perplejo por su repentina pregunta.

El cigarrillo ya se había consumido.

—Da igual, no te preocupes —dijo Sirius—. Vuelvo a la mía.

Pero antes de que Sirius pusiera un píe en el suelo para volver a su cama, Remus lo agarró del brazo y lo retuvo.

—Quédate.

Y se quedó.