Capítulo 4: Historia de un par de sombras
Slade Wilson era un hombre solitario. Quien le conocía de toda la vida habría afirmado que hubo un solo periodo en que le vio sonreír a menudo; cuando tuvo una familia.
Pero la guerra se lleva muchas cosas consigo, y el tiempo con sus seres queridos es una de ellas, la más valiosa podría decirse. Una esposa, y tres hijos a quienes nunca vio crecer. Y cuando al fin decidió quedarse en casa por el resto de su vida, lo único que recibió fue una solicitud de divorcio.
Ni siquiera podía volver al servicio, por haber perdido su visión en uno de los encuentros. Ahora, que al fin volvía a la ciudad, estaba solo y así se mantendría. Fue recomendado como maestro, eso y la lectura se habían vuelto su pasatiempo. Estaba claro que nunca intentaría formar una familia de nuevo.
Aunque sí, durante los últimos años había salido con algunas mujeres en encuentros casuales que no iban más allá de una noche. Todas mayores de edad, que no debían ser más de 5 años menores a él.
Entonces, ¿por qué interesarse en una chica que podría ser su hija?
Repasando sus años como docente, había impartido clase a decenas de alumnas, y nunca se le había pasado por la cabeza el fijarse en ellas, ni siquiera cuando algunas de ellas intentaban mejorar sus calificaciones a cambio de favores más que personales.
¿Qué diferencia había en Rachel?
Tenía un gran cuerpo, y cualquiera estaría de acuerdo. Pero no era el primer caso de una joven bastante desarrollada para su edad. Era hermosa, sí, una belleza inusual pues no en cualquier lugar se podría ver esa pálida piel con cabello oscuro y ojos azules con tintes violáceos. ¿Era eso razón suficiente? Las mejores notas de la clase, y el hecho de que pasaba el tiempo sola, volviéndola un blanco fácil.
Y es que al final, no era una sola razón, sino una serie de factores que Rachel reunía y que, para desfortuna de ella, pasaron a ojos de un hombre que no era precisamente el mejor del mundo.
Porque, dejando de lado su historia, habría que ver la otra cara de la moneda. Desde pequeño, había aprendido que no importaban los medios, sino el fin. Frío, calculador, controlador y obsesivo eran características que Adeline había logrado calmar; pero que la guerra resaltó. Y qué decir del perder a su familia, eso sólo fue la gota que derramó el vaso.
Ahora, si quería algo debía tomarlo, amarrarlo y no dejarlo ir.
Y fue Rachel, la avecilla que pasó a ojos de un hombre con tales antecedentes. La edad era sólo un pequeño obstáculo que podría dejar de lado si a cambio obtendría todas las cualidades que ella reunía. Era sólo un juego, no tendría nada que perder.
Slade Wilson miraba a través de la ventana de su oficina, como si en cualquier momento la chica fuera a aparecer. Se había saltado la clase de Biología, y no le sorprendía. La pregunta era, ¿cuándo le volvería a ver?
La respuesta llegó al instante.
El cuervo había entrado a la jaula.
El temido azote de la puerta, siempre acompañado de groserías y el aliento a alcohol. Ambas debían recibirle, pues si Theodore aún tenía algo de consciencia y notaba una ausencia, madre e hija pagarían por igual.
El día anterior, apenas al llegar a casa se había encerrado en su habitación. Seguía aturdida por el golpe que había recibido y el suceso de la enfermería. Estaba asustada, confundida y no podía calmarse por más que lo intentara. Trató en vano de sumergirse en la lectura, y así pasó el tiempo hasta que la puerta anunció su llegada.
Theodore Roth había llegado más temprano de lo usual, pero no por ello menos ebrio. Avanzó tambaléandose y balbuceando incoherencias con una botella aún en la mano. Tras detenerse para el último trago, lanzó el envase vacío hacia una de las paredes, y por suerte Rachel tuvo el reflejo para evitarla. Apuró a recoger los pedazos, deseando que esta vez no terminara golpeada; la última vez había dolido más de lo habitual.
Pero ese día, el hombre no tuvo interés en su hija. Tan sólo tomó la cabellera de Arella y la arrastró a su habitación, sin siquiera preocuparse en cerrar la puerta. Los gritos de la mujer no se hicieron esperar, entre sollozos y golpes sordos. Rachel volvió a su habitación, ignorando la imagen que había visto tantas veces desde que tenía memoria: su madre al ser posicionada a la fuerza.
El día siguiente despertó como de costumbre, vistió su uniforme con la seguridad de que su padre no despertaría pronto después de beber tanto. Salió de casa pero no se dirigió a la escuela, sino a un parque cercano donde solía leer en vacaciones a la sombra de un árbol. No le apetecía encontrarse con sus amigos, y la biblioteca ya no era un escondite, pues todos sus amigos lo conocían.
Dejó que pasaran las horas, y tomó un momento para comer una manzana mientras observaba a los cuervos que le rodeaban.
Estaba cansada, y por alguna razón sentía como si el hecho de la enfermería no hubiera pasado realmente. De no ser por la gasa en su mejilla, habría jurado que todo había sido un sueño.
Las últimas horas que debían ser de clase las pasó intentando concentrarse en su libro, pero se dio por vencida al terminarlo y no recordar una sola palabra del mismo. Decidió acudir a la escuela para devolverlo, no recuperaría el interés en esta novela pronto.
Y justo como había calculado, llegó cuando los pasillos estaban vacíos. Aun así, asomaba la mirada antes de caminar sólo para asegurarse de que alguno de sus amigos no estuviera buscándola.
— ¿Llevarás otro? — Preguntó la encargada de la biblioteca que ya conocía de sobra a Rachel: apenas dejaba un libro, sacaba otro.
— ¿Eh? Ah, si— Tomó el primer tomo que encontró en el estante de pre-acomodo, sin siquiera leer el título. Esperaba no arrepentirse más tarde.
Y salió de la biblioteca. Tras un par de pasillos cayó en cuenta de que el no quedarse en la escuela significaba volver a su casa, justo lo que siempre evitaba. Se detuvo justo en la puerta que daba salida al edificio, dio media vuelta y miró hacia la nada por un momento.
No deseaba volver a casa.
T-theodore… ¡Detente!
De pronto, comenzó a caminar de regreso. Apresuraba el paso a medida que avanzaba.
¡Basta! ¡Me duele!
Su corazón aceleraba. Sentía su estómago revuelto y un nudo en la garganta.
¡Cállate!
Golpe
Llora.
No pensaba, no reparaba en sus acciones ni en lo que podía suceder. Miró el letrero de la oficina por una décima de segundo y sin más, abrió la puerta y cerró con seguro tras de sí.
El cinturón se adhería a su piel, una y otra vez las marcas en su espalda.
— Rachel— Murmuró Slade Wilson, sorprendido.
La chica jadeaba, los ojos más abiertos de lo usual y la adrenalina a flor de piel. Era incapaz de escapar aun cuando veía al hombre acercarse.
Después de todo, ella lo había buscado.
La única forma de amor que había visto en su vida.
Ha pasado mucho tiempo… otra vez. Lo sé, no tengo vergüenza pero subiré el próximo capítulo en esta semana. Agradezco a todos los comentarios de este retorcido proyecto, más aún con mi irresponsabilidad sobre el tiempo.
A Rascalize2, tu comentario me hizo darme cuenta de que me faltaban razones para Slade, porque, la vida de Rachel adaptada a la realidad da bastantes "motivos", pero no había caído en cuenta de que me faltaba un poco de la historia de Slade, espero haberlo logrado con este capítulo… al final, recordemos que él es el villano de la serie, maldad por naturaleza (¿?)
A Nana, sí, al principio será un típico profe se aprovecha de una alumna, pero tengo pensado más que eso para este extraño proyecto.
¡Gracias a todos!
