¿Cómo era posible que la joven pudiese reconocer mi verdadera identidad sin demostrárselo? Fruncí el ceño. La situación se había tornado bastante extraña y el silencio terminó apoderándose de ambos, pero de una manera u otra, tenía que responder.

—¿Vampiro? Realmente no sé de qué habla, Florence. — respondí con el fin de evitar el tema. No podía dejar que me descubrieran, no cuando tenía a media ciudad en mi contra.

— No pretendas que no sabes de qué hablo, Lorenzo. Sé que eres uno de ellos. — De pronto, la mujer se levantó impulsivamente de su asiento, tomó mi mano y me jaló hasta la salida del bar. Al detenerse, me miró fijo y susurró — Soy como tú. Soy una vampira.

Su confesión me dejó boquiabierto. Era obvio que no podía ser el único de mi tipo en el mundo, pero jamás pensé que me encontraría con alguien de mi nueva raza tan rápido. Creí que tardaría años en encontrar a otro vampiro, pero sorpresivamente, ahí estaba, frente a una hermosa vampira.

— Debe demostrarlo, por favor, Florence. Se lo suplico. — necesitaba pruebas. Era muy probable que todo fuese solo un engaño, pero valía la pena arriesgar toda esperanza para saber la verdad.

Sin pronunciar una palabra, la mujer abrió la boca y pude ver cómo sus ojos se ennegrecieron y sus colmillos comenzaron a florecer, creciendo poco a poco y volviéndose afilados. No me mentía. Florence era de mi misma especie.

— Dios santo. — susurré— No sabe cuánto me alegro de no estar solo en esto, Florence. — no pude ocultar un cierto tinte de emoción en mis palabras. La mujer sonrió, volviendo a su forma humana. Estaba seguro de que todo lo que estaba sucediendo en aquel instante era sin duda la mejor noticia que podía recibir. Parecía que había pasado una eternidad desde que me había convertido en vampiro, cuando en realidad todo había comenzado hace solo unos días. — Necesito preguntarle, ¿cómo supo que soy como usted?

La vampira comenzó a reír y movió la cabeza, negando. —Ya deja de tratarme de "usted", Lorenzo. Por favor, tutéame. — continuó con su dulce risa. — Intenté hipnotizarte, pero no pude. Supuse de inmediato que podrías ser un vampiro, pero también había otras opciones, ya sabes, podías ser un humano que estuviese bebiendo verbena o simplemente un brujo. Ellos siempre están a la defensiva. — dijo para luego encogerse de hombros.

— Espera, entonces… ¿Podemos hipnotizar a otras personas? — pregunté un tanto incrédulo.

— ¡Claro que sí! No me digas que no lo sabías. — Florence arqueó una ceja y ladeó un poco la cabeza.

— Digamos que soy nuevo en esto. – respondí.

— ¿A qué te refieres?

— A que me convirtieron en vampiro solo hace unos días. Aún no sé cuáles son todas mis habilidades ni creo haberlas desarrollado a su máximo. Ya sabes, aún no me acostumbro a esto de estar muerto.

— ¡No puede ser! — exclamó, demostrando evidente sorpresa. — Creo que hay mucho que debo enseñarte.

— En ese caso, estaré ansioso de escuchar todo. — sonreí con suavidad, observándola con atención.

— ¿Sabías que podemos apagar nuestra humanidad? Somos capaces de eliminar nuestros sentimientos para librarnos de cualquier culpa tras nuestros actos. Podemos hacer lo que queramos, sin remordimientos. ¿No crees que es increíble?

— No tenía idea… — murmuré. Sonaba bastante tentador y parecía valer la pena intentarlo, después de todo, no tenía nada que perder. — ¿Crees poder ayudarme a apagar mi humanidad?

— ¡Claro! Podemos hacerlo ahora mismo. — propuso en un tono malicioso. — ¿Estás listo? — preguntó. La verdad era que no lo estaba. Todo sucedía realmente rápido y no quería cometer un error. Aunque ahora, al ser inmortal, tenía el tiempo a mi favor y siendo realista, tenía una eternidad para enmendar mi actuar.

— Estoy listo. — respondí con seguridad. No tenía idea qué estaba a punto de hacer, pero era una propuesta demasiado tentadora. Quizás estaba cometiendo una gran estupidez, o quizás podía ser la mejor decisión que podía tomar en mi vida, pero estaba listo. Listo para comenzar desde cero; una eternidad sin de culpa y llena de libertad. Quizás era cierto. Mis sentimientos era lo único humano que me quedaba y librarme de ellos sería lo que finalmente me convertiría en un monstruo.

Florence se me acercó y posó sus manos en mis mejillas. — Tranquilo. Estás muy tenso. Relájate. — lo siguiente que puedo recordar es sus carnosos y suaves labios sobre los míos. Me besó, de una manera tierna y lenta, pero antes de que fuese capaz de corresponderle, se apartó con la misma sonrisa coqueta con la que me miraba en el bar. — Ahora, cierra los ojos y concéntrate. Imagínate como humano, trata de recordar todos tus sentimientos como si fuesen objetos. Tristeza, dolor, felicidad y bondad. Canalízalos como objetos tangibles y quémalos. Hazlos arder. Libérate de ellos. Eres libre. Sin remordimientos, sin culpa. Sin humanidad.

Pude sentir cada palabra dicha por la castaña. Tras cerrar los ojos me vi parado en un cuarto oscuro. No podía ver nada más que cuatro objetos; una flor, un cuchillo, una cruz y una fotografía. Impulsivamente, les prendí fuego. No por decisión propia, sino porque mi cuerpo me incitaba a hacerlo. Los vi en llamas y me sentí como nunca. Pude sentir cómo ya no había presión ni culpa. Era libre, estaba deshumanizado. El proceso pareció eterno, pero todo sucedió en cosa de segundos.

— Abre los ojos. — ordenó la vampira. Seguí sus órdenes y la vi fijamente, en silencio, por unos momentos. Florence me miraba expectante y preguntó — ¿Cómo te sientes?

— Como nunca. — respondí serio, desalmado. Luego una sonrisa maliciosa se formó en mi rostro e impulsivamente empujé a la vampira contra la pared. Tomé sus manos y las subí por sobre su cuerpo. La besé apasionadamente y con necesidad. Recorrí su boca con mi lengua. Nunca había estado tan excitado. Solo quería sentir su sabor. Quería recorrer su cuerpo entero; besar cada rincón de su piel.