Capítulo 3
Hank la observo de reojo mientras ella terminaba de arreglarse y desvió la mirada con molestia. No podía creer que se iba y él… ni siquiera le había pedido que se quedara.
Pasaron tres días desde que Hank saliera de su laboratorio y aun no podía comprender como paso por alto algo tan importante como que Janet se marchaba. ¡Bien! Era lógico, después de todo se trataba de una buena razón, los estudios. Sin embargo algo dentro de él no quería que sucediera.
— No tienes que acompañarme al aeropuerto si no quieres.
— Lo hare.
Respondió con simpleza. Otra cosa que sucedía era que Janet se veía indiferente hacia él, como si no quisiera verlo. Lo comprendía porque le había ignorado desde… "ese día"; pero se disculpó contadas veces desde hace tres días y ella seguía igual.
—Te ves hermosa…
Susurro un poco apenado desviando nuevamente la mirada. Ella se estremeció pero aparento indiferencia ante el hombre que amaba.
—Gracias.
Y nuevamente ese gesto tan seco de parte de ella, Janet no solía ser de esa forma y Hank comenzaba a cansarse de esto, TENÍA muchas cosas que hacer. Pero nuevamente la observo. Su cuerpo lucia más desarrollado en las curvas, y sus azules ojos brillaban más de lo común, también su cabello se veía aún más sedoso que en otras ocasiones y su piel más suave.
¿Cómo PODIA SER TAN IMBESIL Y DEJARLA IR SOLA A FRANCIA?
Se recrimino una voz interna. Él la ignoro. Confiaba en Janet y era una buena razón, además estaba seguro que ella estudiaría mucho y pronto regresaría.
— Estaba pensando… ¿Por qué no vienes conmigo?
Hank la observo esta vez. Ella tenía las mejillas rojas y sus ojos azules se quedaron prendados de los propios. Tenía un aura brillando y única a su alrededor, como si fuera alguien que no debía ser tocado por cualquiera. De verdad la amaba.
— Necesitas estudiar muy duro Janet, además pese a que podría irme con mi laboratorio; no sabemos si me necesitaran aquí. — ¿a quién quería engañar?— tampoco quiero distraerte de tus estudios.
—Entiendo.
La observo apagada un instante para después darle nuevamente la espalda.
— ¿A qué hora sale el vuelo?
— A las ocho… faltan tres horas.
— ¿Ya tienes todo listo?
— Sí
Su conversación era tan seca que parecían dos desconocidos y no dos novios que se alejaban por un tiempo.
Ella tembló ligeramente cuando sintió las manos del rubio sobre sus caderas y el aliento ajeno en su cuello.
— Creo que tenemos tiempo…— susurro el hombre a su oído.
La castaña sintió como sus piernas temblaban ante ello.
