Este capítulo aún no está terminado. Aún no sé si le agregaré más cosas. Sé que esta historia se ha ido completando muy lentamente, pero es que en realidad esta es a la que le dedico menos tiempo (probablemente le echaría más ganas si más gente la viera jaja).
IV
Al día siguiente de mi encuentro con aquella criatura desperté con un intenso dolor en todo el cuerpo. En particular la sensación de rigidez en mi cuello era mortal. Girar la cabeza unos centímetros era suficiente para mandar un doloroso impulso eléctrico por todos mis nervios, llegando hasta la punta de mis pies.
Como pude me levanté de la cama y me dirigí a la cocina, en busca de un vaso de agua para calmar la inquietante sed con la que había amanecido. Llené el vaso hasta el tope y lo vacié en mi boca en menos de diez segundos. Repetí el proceso tres veces hasta que empecé a sentir la pesadez del agua en mi estómago.
Perezosamente me dejé caer sobre el sillón de la sala de estar y encendí la televisión. Cambié distraídamente los canales hasta hallar el noticiero matutino. Como todas las mañanas, me dispuse a prestar atención; sin embargo, algo fuera de lo común me distrajo irremediablemente.
Sobre la pequeña mesa en medio de la habitación, en medio del tumulto de libros y discos, había una arrugada hoja de papel de aspecto amarillento. La levanté cautelosamente y la sostuve entre mis dedos. Fue entonces cuando noté que la uña de mi dedo índice estaba notablemente desgastada, y en la hoja de papel estaba un tenue dibujo hecho con lo que parecían ser rasguños. La piel se me erizó con solo pensar en lo que yo había hecho en mi estado de aparente sonambulismo. Aquel dibujo tenía una infantil semejanza con el ente que había encontrado entre los árboles aquella noche.
Una luz brillante pasó en la televisión, que me hizo pegar un brinco. No se trataba de más que de un comercial de refresco, pero mis nervios estaban al límite, al grado de que no había parpadeado una sola vez desde que vi el dibujo.
Al día siguiente el fenómeno se repitió, solo que esta vez el dibujo estaba hecho con lápiz. A partir de entonces no se detuvo. Los días pasaron hasta convertirse en meses y nuevas ilustraciones continuaban emergiendo de mis pesadillas.
Tratando de aligerar la carga, dejé mi trabajo en la radio universitaria y me dediqué enteramente a dar clases. Aun así, apenas podía concentrarme lo suficiente como para no quedar en ridículo frente a mis alumnos. A veces despertaba en el patio, otras en la calle, e incluso alguna vez desperté en el salón. Los dibujos aparecían en papel la mayoría de las veces, pero también llegue a hacerlo en el pizarrón o incluso en mi propia piel.
Me parece que anteriormente mencioné el haber empezado a perder grasa corporal; pues bien, esa es una descripción pobre, por decir poco. Mi aspecto cada vez se parecía más al de un cadáver ambulante, con los pómulos sobresalientes, la piel pálida y los párpados hinchados por el insomnio que me mantenía despierto hasta altas horas de la noche.
Necesitaba respuestas, y estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de obtenerlas
Curiosamente, una tarde me contactaron de la radio para ofrecerme otro trabajo. Más que necesitarme a mí, necesitaban mis contactos, pero de igual manera acepté. Algo me decía que encontraría lo que buscaba en este trabajo en específico. Se trataba del caso de una escuela que había sido quemada enteramente, en pleno día, en horario de clases, pero que milagrosamente no había cobrado víctimas. El gobierno había sido acusado de negligencia extrema no solo por el incidente, sino por su manera de reaccionar ante éste; por lo que, naturalmente, se convirtió en escándalo nacional en cuanto se dio a la luz.
Los detalles son algo borrosos para mi memoria, pero recuerdo haber hallado severas inconsistencias en los testimonios respecto a la versión oficial. En primer lugar, todos en el edificio escucharon la alarma de incendios cinco minutos antes de que en verdad se emitiera. De hecho, algunos profesores afirman haberla oído dos veces.
Gracias a mis contactos obtuve entrevistas con el director, con un oficial y con el arquitecto que diseñó el lugar. La estación de radio estaba contenta con mi trabajo. Mi reportaje no fue publicado en la radio universitaria, sino en un noticiero de la radio pública. Pero francamente todo eso me tenía sin cuidado.
Lo que es realmente importante de todo esto es una fotografía que encontré del incidente. La había tomado un fotógrafo aficionado que vivía en el pueblo. La prensa la consideró tan inverosímil que la descartó, sin embargo, en el momento en que la vi supe que era auténtica. La imagen había captado al Ente, con toda su misteriosa actitud y ambiguas intenciones, de pie sobre el techo del edificio, mientras la escuela ardía en llamas.
Por una vez pude echar un vistazo de su apariencia. Sus brazos descomunalmente largos que terminaban en lo que parecían ser garras, sus tentáculos que salían de su espalda y su delgada complexión que recordaba a una sombra.
El fotógrafo me permitió guardar la fotografía. Algo me dice que no quería tener nada que ver con ella.
Con la excusa del trabajo brindado por la estación, y con la curiosidad más intensa que nuca, casi carcomiéndome por dentro, revisé los registros para ver el número de víctimas, que de antemano sabía que eran cero. Sin embargo algo me llamó hacia aquella lista. No sabría explicar realmente qué. Era casi como si una voluntad invisible me estuviera guiando.
Mi intuición no falló. Me topé con el reporte del terrible caso de una desafortunada niña con síntomas similares a los míos… dibujos de un hombre alto y delgado, palidez extrema y pérdida de peso. Su nombre era Sarah Allen.
Ella había faltado a la escuela el día del incidente, pero no decía nada más al respecto.
No recuerdo que ocurrió después. De improviso me invadió un sentimiento terrible, como de caer al vacío. Mis raquíticas extremidades temblaron mientras mis párpados se cerraban por completo. Después de eso hubo un hormigueo terrible que sentí por todo mi cuerpo, y en especial en mi nuca. Mi cabeza daba vueltas mientras todo a mí alrededor se volvió blanco, pero no un blanco limpio como el que estamos acostumbrados a ver; este era un color enfermo, sucio, membranoso y sofocante. Pasaron unos segundos y abrí los ojos en un lugar enteramente diferente.
Frente a mí solo había una casa abandonada, con sus paredes de ladrillos medio derruidas y el techo casi completamente vencido. Alrededor no había más que árboles con espeso follaje que ondulaba con el viento.
Entre la hierba alcancé a observar la lista donde había encontrado el nombre de la niña, ahora casi enteramente carbonizada… ¿acaso la había quemado yo?
Con algo de alivio, escuché el sonido de la carretera a la distancia.
Seguí el barullo de los coches a alta velocidad hasta que finalmente salí del bosque. Caminé en dirección al pueblo y llegué a mi auto. Con las manos temblorosas encendí la ignición y arranqué a toda velocidad hacia la ciudad. No pude evitar sentir la sensación de que todo se estaba repitiendo de nuevo, y de que se volvería a repetir.
De vuelta en mi estudio me puse a ordenar la información que había recabado. Sin embargo al colocar las hojas en las que había estado haciendo mis tenebrosos dibujos pude observar algo. Muchos de los garabatos que había escrito eran en realidad letras.
El hecho de que mi profesión sea profesor de letras inglesas podría explicar un poco de lo que mi mente concibió en aquellas páginas.
Era un poema, que recitaba:
"Always watches with no eyes to be seen,
He follows you with relentless will.
He rips your eyes and you can't run,
But when he is close you must not turn."
