Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Stephanie Meyer, solo me pertenece la historia.
Hola, muchísimas gracias por todos sus reviews, alertas, favoritos.
Gracias a Larosaderosas y a su equipo EleGL, Meelii21, AlePattz miembros del primer curso de betas realizado por mundofanfiction . blogspot . com.
Esperaba pacientemente por él. Siempre lo había hecho y lo seguiría haciendo de por vida.
Solo con recordar como él le devolvió la vida después de unos meses horribles e interminables le hacían estremecerse y suspirar profundamente, tratando así de alejar los sentimientos de tristeza y pérdida que sentía en aquel tiempo y que después de su llegada habían desaparecido, tal vez no del todo, pero sí habían huido a la parte más honda de su corazón, siendo remplazados por sentimientos muchos más fuertes y agradables.
Después de lo que sucedió esa fatídica tarde, Bella salió del callejón y caminó media hora hasta que encontró una pequeña pensión entre la calle 3Y y 4 de Nueva York.
Su aspecto era deplorable, le faltaban los tres primeros botones de la blusa, pero ella había tapado su falta estratégicamente con su bolso de mano; sus rodillas estaban heridas por el impacto que recibieron cuando se cayó en el suelo del callejón, llevaba el cabello todo revuelto, sus brazos y ropa estaban todos sucios y la cara llena de huellas de las incontables lágrimas que había derramado ese día.
Entró a la pensión con miedo, producto de los temores de antaño, temiendo que la miraran con repulsión y no la dejaran quedarse o llamaran a la policía.
Inmediatamente se le acercó una señora mayor, aparentaba más de cuarenta y cinco años, era alta, muy blanca, con el cabello marrón claro, ojos azules y en su mirada se reflejaban la preocupación y la alarma por el aspecto de Bella.
-Mi niña, ¿qué te sucedió? ¿Te hicieron algo?, ¡Mike rápido! Busca gasas y alcohol para limpiarle las heridas de las rodillas. Ven siéntate, parece que estás a punto de desmayarte, ¿cómo te llamas? ¿Sabes hablar?
Bella estaba aturdida pero hizo lo que la señora le dijo. Se sentó en una silla grande y azul que estaba en el vestíbulo.
-Mi nombre es Catherine Newton y él es mi esposo Mike Newton – dijo mientras señalaba a un señor alto de 1.75 metros de estatura, de piel blanca y pelo rubio, de unos cuarenta y ocho años de edad, que observaba a Bella preocupado y con el ceño fruncido. – ¡Oh dios Mike!, está en estado de shock, ¿será que alguien le hizo daño? Mike rápido, ve a buscar a la policía
-¡No! – gritó Isabella sintiendo pánico. No quería saber nada de la policía o de nadie de esa índole. No después de todo lo que había vivido. Nunca podría confiar en la ley, la justicia no existía. Al ver la cara de pánico de la amable señora y el gesto de desconfianza del señor, quien tal vez estaba pensando que era una delincuente, como en realidad era, ya que después de todo era una expresidiaria. Se apresuró a agregar – no se molesten, disculpen de verdad por el grito, yo… yo… me caí y por eso me lesioné las rodillas, solo… es que me dolió mucho y… lloré tanto y bueno… todavía me duele, por eso le respondí así, disculpe de verdad señora, yo creo que lo mejor es que me vaya… - y trató de levantarse, pero no pudo moverse ni cinco centímetros ya que la Señora Newton, la agarró por los hombros y la dejó en su posición original.
-No, por supuesto que no te vas a ir. Mike por favor ve a calentar agua. Te voy a preparar un té, una receta personal mía muy buena para calmar los nervios, me imagino que estás muy nerviosa por tu… caída – dijo la señora Newton, quien concluyó inmediatamente que la chica era muy mala mentirosa. No creía que se hubiera caído, pero no era su problema averiguar qué sucedió; si ella no lo quería decir, solo podía ayudarla y si alguna vez se lo quería contar… bueno la escucharía. Le hizo el té y se lo llevó.
–A ver, ¿cuál es tu nombre?
-Bella Swan, Señora Newton – le dijo mientras tomaba la taza de té, ya más calmada.
-Bueno Bella cuéntame, ¿por qué entraste aquí? ¿Necesitas habitación? o ¿querías ayuda por tu caída?
-En verdad me disculpo de nuevo por mi actitud, es que me dolían mucho las rodillas por la caída – dijo Bella mirando sus manos y la taza de té –. En verdad entré porque estaba buscando habitación, soy nueva en la ciudad –. Optó por no comentar que había vivido allí once años de su vida, no quería que imaginara nada o que preguntara dónde había vivido el resto del tiempo –, y quería un lugar donde quedarme.
-Bueno, entonces entraste al lugar correcto, casualmente hoy se desocupó una habitación, la había ocupado un joven muy atento y respetuoso, pero ya sabes, ahora con la guerra son más a los que están llamando para cumplir su deber con la patria. Japón va a saber quiénes somos los americanos además, ya sabes que estamos ayudando a Europa con ese malvado hombre que quiere dominar el mundo… ¡qué horrible son las cosas en esta época!, nada es seguro, le recomiendo señorita que no salga sola por las noches, uno no sabe qué puede pasar y no queremos que le hagan daño – le dijo mirándola de forma que hizo a Bella empequeñecerse como si supiera que le estaba ocultando algo –. Mi Mike quería participar en la guerra pero el pobre sufre de pie plano por lo que no era un buen candidato, aunque no importa cumpliremos nuestro deber ayudando a quien lo necesite. Yo colaboro en la cruz roja a cuidar a los soldados que vienen heridos. Ahora mi niña, ¿tienes hambre? ¿Has comido algo hoy?
- No…
Eso fue lo único que Bella pudo decir antes que la Señora Newton la volviera a interrumpir. Empezó a contarle sobre su esposo, que no tenían hijos, lamentablemente Dios no los había bendecido con una familia grande, así que consideraban a sus clientes como sus hijos. Le contó que la posada perteneció a su padre quien había muerto diez años atrás de una rara enfermedad y la había heredado. Junto a su esposo la ampliaron y ahora cuenta con seis habitaciones, le dijo orgullosa describiendo cada una, tanto a las personas que vivían allí como la decoración de cada habitación.
Bella escuchaba todo atontada, no podía creer que alguien hablara tanto, la señora siguió con su monólogo por una hora, mientras le preparaba la comida y veía como se la comía, deteniéndose únicamente para preguntar por qué no dejaba el bolso en el suelo. Cuando Bella se negó efusivamente sin dar una buena excusa, la Señora Newton frunció el ceño, la miró por un minuto y continúo con su monólogo. Bella suspiró aliviada y siguió con su comida.
Después de terminar la llevó a la que iba a ser su habitación, ubicada en el primer piso y se la enseñó. Era amplia, con paredes pintadas de blanco y una gran ventana cubierta con cortinas amarillas. La cama estaba en el centro del cuarto, era grande y tenía el cubrecama de la misma tela y color que la cortina. Era de madera al igual que las dos mesas de noche que adornaban los lados de la cama y la peinadora que estaba al otro extremo del cuarto. Tenía un gran espejo, con un bello ornato lleno de azucenas y en las paredes del cuarto colgaban distintos cuadros decorativos. Le abrió dos puertas; una era el closet y la otra el cuarto de baño, indicando orgullosamente que cada habitación tenía uno. Le mencionó el monto a pagar por la habitación, la forma de pago y la dejó para que descansara.
Bella respiró aliviada. Estaba muy agradecida por la amabilidad de la Señora Newton, le dio abrigo, la atendió, le limpió las heridas de la rodilla, un momento muy estresante para ella ya que no tenía ropa interior y no quería que nadie se diera cuenta, y con su conversación la distrajo y no pensó en lo que había sucedido horas antes. En ese momento volvió a revivir todo lo que había pasado, tiró el bolso, corrió al baño, se desnudó y entró a la bañera.
Bella pasó una hora en la tina restregándose hasta que su piel estaba toda enrojecida. Quería quitar su aroma, dejar de sentir su tacto, trataba de borrar las huellas que él hubiera dejado. Salió del baño y se revisó, tenía unos cuantos cardenales en su cuerpo repartidos entre sus piernas y su cuello, y una marca enrojecida en su seno derecho. Suspiró agotada, se vistió y se tiró en la cama.
Pasó toda la noche revolviéndose sin poder dormir, recordando y llorando. No sabía definir bien como se sentía, lo lógico sería sentirse enojada, rabiosa, odiarlo hasta la muerte, culparlo, gritar, acusarlo y desear verlo muerto. Pero eso no era lo que experimentaba. Sentía una tristeza inmensa.
Tenía una sensación de pérdida que no comprendía, era como si hubiese poseído algo importante y ya no estuviera allí, que hubiera desaparecido. Tal vez sí entendía por qué; ya no era la misma, eso la había cambiado, no iba a ser igual nunca, pero era algo más profundo que eso… solo que no lograba entender qué era.
Se sentía culpable. Ella fue la culpable. Sucedió por ella. Conclusión a la que llegó al restregarse su cuerpo por octava vez en el baño. Después de revivir, aún sin quererlo, el evento por enésima vez, decidió que fue su responsabilidad, ella lo abrazó, se acercó a él, ¿por qué lo hizo? ¿Qué la llevo a actuar así?, fue su culpa… estaba segura de eso.
Con ese último pensamiento rondando en su cabeza, por fin se quedó dormida.
Al día siguiente se despertó y le dolía todo el cuerpo. Se vistió y sacó el sobre que le entregaron en la cárcel; revisó primero la ficha de identificación y las credenciales que la avalaban para dar clases a niños. Sacó el dinero que le pagaron por sus servicios y se quedó paralizada. Después de salir de la impresión y contar cinco veces por si acaso se había equivocado, llegó a la conclusión que era cierto, que en sus manos tenía más de diez mil dólares. ¿Cómo le dieron todo ese dinero?, era más dinero del que había visto en su vida. Siempre que preguntaba cuánto le iban a pagar por los servicios, le decían que como máximo eran doscientos dólares, ella rezaba que fueran trescientos, pero eso… eso era demasiado.
Por un momento pensó que lo más seguro es que fuera un error y que tenía que ir a devolverlo… pero esa idea le hizo dar un vuelco en el estómago… nunca regresaría, nunca lo volvería a ver…
Guardó el dinero en un lugar seguro, decidió quedarse con él, así sería más fácil cuando Alice volviera con ella.
Alice…
Se levantó de la cama y aunque sintió un poco de molestia la ignoró. Salió de la habitación… tenía una misión… iba a encontrar a su hermana.
Llegó al orfanato "Nuestra Señora de la Caridad" y pidió hablar con alguien que le pudiera dar información sobre la estadía de las huérfanas. Por un momento tuvo miedo, legalmente era menor de edad, por lo menos durante los próximos cuatro meses lo sería, por lo que la podían dejar internada allí. Pero se llenó de valor, ella era Bella Swan y tenía dieciocho años, así se lo repitió una y otra vez hasta que le permitieron pasar con la madre superiora.
-Buenos días. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?
-Buenos días madre, mi nombre es Bella Swan, soy hermana de Alice Swan, recibí una carta de esta institución – dijo entregándole la carta a la mujer y observó como la mirada de la misma cambiaba, como si la reconociera - donde me informaron de su estadía aquí. Lo que quiero saber es que pasó con ella, en la carta dicen que ya no está aquí pero quiero saber dónde está. Por favor, necesito encontrarla, es mi única familia – le dijo con los ojos llorosos y sin poder evitar que las últimas frases salieran entrecortadas.
-Señorita Isabella, sé muy bien cuál es su caso, ya que fui yo quien redactó la carta. Es una información que no tendemos a dar a ninguna persona, pero vista su… insistencia en el asunto, opté por escribirle para informarle que estuvo aquí y que estaba bien pero lamentablemente, no puedo decirle dónde se encuentra en la actualidad o su estatus, es decir si fue adoptada o no, va en contra de nuestra política.
-Por favor madre, necesito encontrar a mi hermana, ella es lo único que tengo, yo… - empezó a llorar desconsoladamente –, yo necesito saber que está bien, si es feliz, si está sana,… la quiero a mi lado, es mi familia.
-Cálmese mi niña – le dijo la madre superiora acercándose a su silla y tomándole sus manos –. Tú eres muy joven y acabas de salir de la cárcel, no puedes adquirir una carga como es la vida de otra persona – levantó su mano para evitar que Bella la interrumpiera – además, ¿no es más importante que la niña en cuestión sea feliz? ¿Crees que va a ser más feliz contigo aunque no le des seguridad, ni tengas un hogar establecido, o un buen trabajo? Dime ¿hace cuanto saliste de la cárcel?
-Ayer, pero yo…
-Ayer… - le interrumpió la madre superiora –. Entonces es imposible que tengas un trabajo, ni que tengas los medios para comprar una casa y equiparla debidamente para dos personas, siendo una de ellas una adolescente.
-Es mi familia…
-Sí lo es. Nadie lo está negando mi niña, pero no tienes los medios para criarla. No puedes cuidarte a ti y a otra persona,¿qué edad tienes?, ¿dieciocho?, ¿diecinueve? Eres muy joven para cumplir con esa responsabilidad tú sola.
-Yo la cuidé cuando tenía once años, y ella estuvo bien…
-Imagino que lo hiciste lo mejor que pudiste – volvió a interrumpirla-. ¿Y qué pasó? La presión fue tanta que tuviste que robar para alimentaros. No Isabella, esa no es la solución además, está fuera de mi alcance. Alice ya no está aquí y no te puedo decir dónde está.
-Pero… yo entiendo lo que me quiere decir madre, yo… pero ella es mi hermana, mi familia, quiero estar con ella, no sabe la preocupación que siento todos los días por no saber dónde y cómo está…
-Isabella… esto es lo que vamos a hacer. Voy a escribir al lugar donde está tu hermana –Bella casi salta del asiento de la emoción e iba a agradecer a la madre cuando la interrumpió para decir –. Escucha, les voy a explicar tu situación y ellos van a decidir si te dan su dirección o si te dicen cómo está Alice o si simplemente, no te responden absolutamente nada, ¿entiendes?
A Bella se le detuvo el corazón cuando la madre superiora terminó de hablar.
-Es decir que si ellos no quieren decirme donde está Alice, ¿nunca lo sabré?
-Lo siento Isabella, es lo único que puedo ofrecerte. Tú eres la que tiene que decidir, lo que es definitivo es que nunca tendrás a Alice. Ella fue adoptada legalmente, ahora tiene otros padres.
-Oh… -Bella no pudo decir nada más y se dejó caer en la silla. Alice fue adoptada… tenía otra familia… ya no le pertenecía. Trató de alegrarse, pensando en que Alice estaba con un padre y una madre que la querían, tal vez su madre adoptiva le daba el cariño que Renée siempre le negó. Eso significaba que ella estaba sola. No tenía a nadie.
-Lo siento mucho mi niña, pero piensa que ahora tu hermana está mejor, es una buena familia, solo te puedo decir eso, y ya te dije más de lo que debería. No podía señalar ni siquiera que había sido adoptada, pero estoy segura de que es una niña muy feliz.
-¿Pue… puede enviar la carta?, ¿preguntarles como está ella y si podría visitarla?, yo… yo si solo pudiera saber que está bien, si pudiera verla, ella ni siquiera tiene que verme si sus padres adoptivos no quieren, solo quiero verla…
-Lo haré, déjame tu dirección y una vez que me den la respuesta te enviaré la carta. De verdad espero mi niña, que te permitan verla, siempre leí cada una de tus cartas, sé tú historia, está grabada en mi corazón. No te contesté porque… bueno, pensé tontamente que necesitabas una esperanza para salir de prisión – y le sonrió, pero la misma no le llegó a los ojos.
-Gracias madre, espero que respondan pronto. No le quito más tiempo.
Isabella salió de allí con el corazón destrozado… era demasiado… demasiado para ella… no podía aguantar más. Se sentó en una banca que estaba frente al orfanato y metió su cabeza entre las piernas. Hizo todo lo posible por aguantar, para no derrumbarse allí frente al mundo pero no pudo, su fuerza… su voluntad fue quebrantada el día anterior y todavía no la había recuperado. Lloró un largo rato con las manos en su cara. Perdió también a Alice.
Pasó las dos semanas siguientes como una autómata; comía, hablaba cuando le preguntaban algo… consiguió un trabajo de mesera a tres cuadras de la pensión y lo hacía por inercia. Salía del trabajo y regresaba a la pensión sin recordar ni siquiera de qué forma lo había hecho; se sentaba en la sala común junto a la Señora Newton y la ayudaba a coser o a cualquier cosa que necesitara mientras ella continuaba con su monólogo de la guerra. Cuantas pérdidas había esa semana, las esperanzas de que se acabara rápido, el temor de que haya otro ataque en alguna otra parte del país, las maldades del alemán, los rumores de que estaba creando sitios donde ingresaban a judíos y los mataban. Bella solo podía quedarse allí, abstraída, con un solo pensamiento en su cabeza. Después se iba a su cuarto, se bañaba y se acostaba pero no dormía, solo miraba el techo, solo pensaba: ¿Cuándo tendré respuesta de Alice?
A la octava semana llegó a la pensión después del día de trabajo y encontró lo que tanto había esperado. La madre superiora le había enviado la carta. ¡La tenía en sus manos! Estaba ansiosa y asustada, no sabía lo que contenía la carta pero sabía que fuera lo que fuera, iba a cambiar su vida, estaba segura.
Entró a su cuarto, cerró la puerta y empezó a caminar de un lado a otro. Después de diez minutos y de repetirse que todo iba a salir bien se obligó a abrir la carta.
La "madre" de Alice le había escrito informándole que de ninguna manera una expresidiaria iba a tener contacto con su hija, lo único que iba a decirle es que Alice, aunque ese ya no era su nombre, estaba bien, feliz y que no necesitaba de la mala influencia que estaba segura era Bella. Se despidió deseándole suerte y diciendo que esperaba que no entrara muchas veces más en la cárcel.
Se le escapó el aire y se cayó al suelo sin poder evitarlo, sus ojos se nublaron y empezó a llorar desconsoladamente. ¿Podía una hoja con seis líneas romper un corazón? Bella se respondió a esa pregunta ese día.
Las semanas siguientes fueron un tanto borrosas para Bella, solo recordaba que fueron las más horribles de su vida. Lloró más de lo que lo había hecho nunca y pensó que esto iba a ser su vida: tristeza, dolor y miseria hasta que muriera, eso hasta que…
Dejó de divagar en sus recuerdos cuando escuchó una voz muy familiar para ella. Fijó su mirada al frente, lo vio e inmediatamente sonrió. Siempre había sido así, ella lo observaba y su sonrisa se ensanchaba, le brillaban los ojos y su pecho, si no su alma, se llenaba de paz y del amor más grande que había sentido en su vida.
-¡Maaaaamaaaaa! –grito corriendo para lanzarse sobre ella y abrazarla fuertemente.
-Mi bebé – respondió mientras lo abrazaba dando vueltas haciendo que sus piernas se levantaran en el aire.
-¡Mamá!... ¡no me digas bebé! Tengo nueve años, ya soy mayor – le dijo haciendo una mueca enojada y soltándose de su abrazo.
–Tienes razón eres mi gran hombrecito, vamos a casa –. Dijo Bella mientras reía divertida y guiándolo hacia donde estaba estacionado el carro para encaminarse a su hogar.
Durante el trayecto, Bella quitó un segundo la vista del camino y miró a su hijo, era tan parecido a él. Charlie Edward Swan, tenía el mismo cabello cobrizo y al parecer con la misma rebeldía que aparentaba tener el de su padre en aquellos tiempos; no importaba cuanto lo peinaras siempre se le movía para otro lado. Tenía el mismo color de ojos que ella, marrón oscuro, aunque la forma de la cara, la nariz, la barbilla… era todo de él.
Imaginaba que parte de su personalidad también era de su padre, aunque nunca lo hubiese conocido realmente. A veces tenía un carácter muy difícil para ser tan joven, si se le metía algo en la cabeza no había nadie que lo sacara de allí. Protegía a su madre, así fuera ella la que lo tuviera que hacer en realidad, él la cuidaba, era celoso con todos y la amaba con locura.
Nunca podría olvidar el día que se dio cuenta que estaba embarazada. Habían pasado un mes desde que se enteró que Alice ya no iba a formar parte de su vida. En esos días casi no comía, se sentía tan deprimida que no se dio cuenta de la falta de su periodo y de que tenía náuseas matutinas, pensaba que era indigestión o estrés, también estaba cansada todo el tiempo así que la Señora Newton, diciendo que podría ser anemia la envió al médico. Cuando el doctor le dijo que estaba embarazada… primero sintió pánico, ¿qué iba a hacer con un bebé? ¿Cómo podría cuidarlo?
Pensó en su madre, en como Renée las había abandonado después de la muerte de su padre y como antes de eso justificaba su falta de atención pensando que estaba ocupada, estresada por los problemas del dinero o por los quehaceres del hogar, por lo cual trabajaba hasta caer cada noche agotada en la cama, primero con las tareas del hogar y luego para llevar dinero a casa, tratando así de ayudar a su madre y ser útil. Pero ahora se daba cuenta, no importaba lo que ella o Alice hicieran, Renée nunca las quiso, siempre fueron una carga.
Ella nunca le haría eso a su bebé, nunca lo abandonaría. Darlo en adopción o perderlo no eran opciones válidas porque ya lo amaba. Desde el momento en que el doctor le dijo que estaba embarazada algo en su pecho se expandió, quería a ese bebé, aunque se acabara de enterar que existía y así hubiera sido concebido de la forma tan horrible en que lo fue. Él no tenía la culpa de venir al mundo y lo iba a cuidar, amar y proteger como su madre nunca hizo con ella ni con su hermana, iba a hacer todo por su bebé porque era su familia, lo único que tenía.
Pasó dos días pensando en cómo iba a salir adelante con esa nueva vida que se estaba formando dentro de su ser y tomó la decisión que le dio un giro a su vida. Todavía se arrepentía de haberlo hecho, no porque haya sido algo malo, pero ha tenido que pasar diez años cargando con esa casi mentira y ya estaba cansada, y Charlie… él es quien más sufría creyendo en algo que no va a pasar… nunca va a pasar.
-Mamá… - Bella salió de su ensoñación y lo miró.
–Dime Charlie – dijo sonriéndole amorosamente.
-El viernes es el evento del día de padres en el colegio… ¿Crees… crees que él vuelva antes del viernes? – Preguntó tímidamente, observando sus manos. Bella lo miró con tristeza, desde que tenía cinco años en esa misma fecha preguntaba lo mismo y sabía cuánto le dolía hacerlo. Eso causaba que se le partiera el corazón porque era su culpa, ella es la que hizo que él pensara eso… no debió haberlo hecho, debió haber dicho otra cosa.
Bella sabía que no se podía quedar en Nueva York con el bebé, allí vivía en una habitación y la conocían. Sabrían que era una madre soltera y eso en esa época era una falta grave. Ella podría soportarlo, todavía nadie se había enterado que era expresidiaria, tampoco le importaba si se enteraban, pero a su hijo o hija sí le iba a afectar. Solo de pensar en las burlas y humillaciones que tendría que soportar su hijo o hija por no tener padre… inmediatamente protegió a su bebé nonato con sus manos, como si nada le pudiera pasar si apretaba su estómago con sus brazos y juró que nunca dejaría que pasara eso.
Al día siguiente pagó la residencia y se despidió de unos muy emotivos Sres. Newton. Renunció al café donde servía mesas y se fue al terminal. Tenía el dinero que le dieron de la cárcel más unos cien dólares que había reunido de los meses que trabajó en el café, con eso tendría una vida digna para ella y su bebé y conseguiría otro trabajo.
Se dirigió al Terminal de pasajeros, preguntó a un operador cual era el próximo autobús que iba a salir, realmente no le importaba el destino. Le dijeron que a Forks en Washington, compró un pasaje y esperó.
Mientras llegaba la hora de salida del autobús empezó a observar las vitrinas que había en el Terminal y lo vio. Era un anillo de compromiso falso pero aparentaba ser verdadero y en un impulso, que todavía no comprendía bien, decidió que lo mejor que podía hacer era comprarlo y ponérselo en su dedo corazón.
Era más fácil decir que estaba comprometida con un subteniente, que se quedó embarazada y él nunca volvió, lo cual era una situación normal en esa época, por la segunda guerra mundial se perdían cientos de vidas diarias. Era más sencillo que decir que habían abusado de ella, se había quedado embarazada y no sabía ni quería saber dónde estaba el padre.
No estaba diciendo completamente una mentira, lo cual le ayudaba ya que era muy mala mintiendo. El padre era un subteniente, la dejó embarazada, se fue y nunca volvió… solo que nunca se comprometió con ella.
Llegó a Forks tres días después. Cuando se bajó estaba lloviendo, esperaba que no fuera un presagio de mala suerte por su nueva vida. No lo era, Forks era el sitio más húmedo que había conocido en su vida. Llovía mucho y generalmente estaba nublado. Tenía un gran bosque que colindaba con toda la ciudad y en los límites había una reserva de Indios Americanos. Era un pueblo tranquilo.
Compró una casa de dos pisos, con dos habitaciones y un baño, pintada de blanco y con puertas en las ventanas de color azul. El suelo era de madera y contaba con una sala y una cocina. Era la casa más grande en la que había vivido en su vida, claro que comparándola con la habitación donde vivió su infancia que solo tenía dos espacios y vivían cuatro personas, eso era una mansión. La amuebló a su gusto y la primera noche que durmió allí lloro de felicidad. Tenía un hogar, una casa suya y de su bebé, por fin después de tantos años pertenecía a alguna parte y nadie la sacaría de allí.
Unos días después de la mudanza conoció a todos los vecinos de la localidad. Se reunieron en su casa para conocer a la nueva adquisición del pueblo, así la llamaban. Trataron de averiguar toda su vida y ella intentó ser lo más reservada posible, no quería que se enteraran que había estado en prisión, no creía que un pueblo tan conservador aceptara de buena gana a una expresidiaria. Allí contó la historia de su prometido subteniente y todos aceptaron su versión compadeciéndose por su historia triste ya que también habían perdido unos cuantos buenos hombres por la guerra y aceptaron de buen grado su embarazo, aunque no estuviera casada.
Entre las personas que conoció ese día estaba la Señora Kate Denali, quien se presentó como la directora de la escuela elemental de Forks. A Bella le brillaron los ojos y llena de esperanza, le comentó que tenía un certificado para dar clases en primaria, ese mismo día fue contratada para el empleo por el que tanto había esperado y soñado, iba a ser maestra de niños de segundo grado. La Directora Denali le informó que había llegado en un buen momento, la maestra anterior se había ido y el puesto quedó vacante.
En Forks, conoció la felicidad y la tranquilidad por fin, se sentía segura. Pasó un embarazo feliz, dejó de trabajar en el tercer trimestre. Cuando tenía exactamente treinta y nueve semanas de gestación llegó al mundo su muy esperado hijo, Charlie Edward Swan.
La primera vez que lo tomó en brazos y lo besó, lloró y se perdonó a sí misma y a Edward. Ningún acto que haya traído un niño tan perfecto al mundo podría haber sido malo. Quizás por eso decidió ponerle su nombre.
Los nueve años siguientes pasaron volando. Bella no podía creer como corría el tiempo, y lo feliz que había sido, le daba gracias a Dios todos los días por la bendición que había traído a su vida después de su desgraciada infancia y adolescencia. Había pasado nueve años disfrutando de su hijo, viéndolo crecer, estaba embelesada con él. No podía dejar de mirarlo, cuando era un bebé pasaba las noches en vela únicamente viéndolo dormir; le enseñó a hablar, a caminar, jugaba con él. Evitaba ser como su madre y tenía la satisfacción de que su hijo la amaba, eran una familia pequeña, solo ella y él, pero lo hacían bien, así se lo repetía todas las noches.
Pero esa mentira que inventó hace diez años, a fin de evitar que juzgaran el nacimiento y la procedencia de su hijo, era el único punto negro en su vida ya que estaba hiriendo a Charlie y no sabía cómo evitarlo. Cuando le preguntó la primera vez por su padre, ella le contó la versión oficial, como la llamaba. No podría contarle la verdad nunca, pero el error que cometió, la mentira que dijo, se le escapó de las manos y no consideró las consecuencias de sus actos, no previó los sentimientos de su hijo.
-A ver Charlie, ¿qué es lo que te he dicho de tu padre? – le dijo con los ojos tristes y mordiéndose el labio inferior, le dolía ver a su hijo sufrir, pero no sabía cómo decirle la verdad, era mucho peor.
-Que… que es muy valiente y lucha con todos los hombres malos, que está desaparecido desde la guerra – frunció el ceño, había oído un poco sobre la guerra y no le gustaba – y que no sabes dónde está, que era subteniente pero ahora, yo creo que debe ser general – dijo risueño. Sin que su madre se diera cuenta leía sobre el ejército nacional, se sabía todos los grados, las formas de ascenso y siempre había deseado que su padre fuera grande, que fuera un General. Se imaginaba a su padre como un héroe que no había vuelto con ellos porque estaba muy ocupado salvando el mundo – y que se llama Edward Cullen.
Ese detalle se le escapó un día que estaba distraída, Charlie le preguntó su nombre y sus labios lo pronunciaron antes de que su cerebro procesara lo que había dicho. Nunca se había perdonado por decirlo, no es que pensara que él iba a aparecer por allá pero no quería ni siquiera que alguien escuchara ese nombre, nunca se sabe quien conoce a quien y ella no se iba a arriesgar a que le quitaran a su hijo.
-Exacto, estoy segura de que si estuviera aquí te acompañaría al evento del viernes y a todos lo que quisieras, porque eres lo más bello de este mundo y nadie que te conozca puede evitar quererte, así como te amo yo – trataba de repetirle siempre cuanto lo querían todos, tal vez para que no extrañara tanto el afecto de un padre - pero mi amor, él lleva mucho tiempo perdido, no sabemos dónde está, tal vez… tal vez nunca regrese.
-¡No!, no mamá –dijo Charlie exaltándose inmediatamente y la observó con esa mirada que había aprendido a conocer bien, tal vez era heredara de él porque estaba segura que ella nunca había mirado a nadie así. Trasmitía una completa decisión, siempre que miraba así Bella temblaba. Generalmente significaba que iba a hacer una maldad de las que era experto, todavía se acordaba de la vez que le dejó una bolsa de papel llena de popó de perro al vecino porque había peleado con Bella por unos juguetes que él había tirado en su porche –. Lo conseguiré, yo traeré a papá a casa, ya lo verás.
-¿Y en qué juegos te montarás esta noche? – le preguntó Bella para cambiar un tema que siempre era triste para él e incómodo para ella –. Sam viene por ti a las siete de la noche para llevarte a la feria.
Cada año Forks celebraba una feria estatal donde se presentaban de todas partes del país juegos, circo, cantantes… las personas del pueblo participaban en la organización, vendían comida, trabajaban como anfitriones y participaban en el evento. Era bueno para el turismo y un ingreso adicional a las arcas del gobierno regional.
-¿Por qué no vas conmigo mamá? Siempre vamos a la feria juntos – preguntó fingiendo un desinterés que estaba claro que no sentía.
-Porque hoy voy a salir con Jacob, mi amor. ¿Te acuerdas que hablamos de eso?, y Sam quiere ir contigo, además van a ir Emily y el pequeño Sam – le respondió mirándolo a los ojos mientras estacionaban en el porche de la casa.
–Pero no quiero que salgas con él, ¡quiero que vayas conmigo mamá!, siempre vamos a la feria juntos, no me gusta Jacob –. Dijo Charlie mientras salía del carro, tenía la cara arrugada y los ojos tristes.
-Charlie, te vas a divertir, siempre te ha gustado salir con ellos y de Jacob ya hemos hablado, somos amigos, además le conoces desde que eras prácticamente un bebé, ¿cómo vas a decir que no te gusta?, te ha llevado a pescar, a acampar, al béisbol,… nunca me habías dicho que no te gustaba – le dijo preocupada por esa reacción. Nunca había actuado así, mucho menos con Jacob que era prácticamente una figura paterna para el niño.
Entró a la casa y dejó el bolso de Charlie en la sala, encima del mueble blanco que estaba en la mitad de la habitación. Levantó la mirada y en el centro de la vidriera la vio, la estrella púrpura que siempre tenía él colgada en lado derecho de su uniforme. Ya no la notaba, era invisible para ella, llevaba tantos años colocada en el mismo sitio que era como si no existiera, por eso le extrañó verla hoy, debía de ser porque estaban hablando de él.
A fin de darle más creencia a su historia y porque Charlie tenía derecho de conocer por lo menos algo de su padre, cuando adornó su casa colocó la estrella en medio de la habitación. A veces pasaba y veía a Charlie parado frente al ornamento mirándola con adoración, tal vez fue un error, debió haberla tirado esa noche, solo que… esa estrella representó un sueño, una estúpida ilusión adolescente que le ayudó a pasar los últimos dos años en prisión.
-No me gusta cómo te mira, ni como lo miras tú – dijo Charlie y después salió corriendo a su habitación.
Oh Charlie… quizás estaba celoso porque Jacob era un hombre y quería protegerla o tal vez… tal vez piense que su padre va a volver. ¡Demonios! Nunca debió inventar esa mentira…
Jacob había llegado a su vida un día lluvioso de octubre, hacía ya seis años. Llegaba tarde a buscar a Charlie a casa de una vecina que le estaba haciendo el favor de cuidarlo mientras ella iba a una reunión del colegio y su carro se averió dejándola varada.
Él llegó como un superhéroe, bajo la lluvia, mientras ella tenía la cabeza en el volante pensando cómo iba a hacer para salir de allí y buscar a Charlie.
Sin importarle la lluvia, le tocó la ventanilla y le brindó una de las sonrisas más bellas que había visto en su vida. Era muy alto y musculoso, moreno, de un color cobrizo, el típico color tostado del indio americano y tenía el cabello negro todo empapado. En ese momento despertó de la ensoñación que había caído y escuchó que la estaba llamando y ofreciéndole su ayuda.
Con Jacob todo era fácil. Después de ese día, se volvieron buenos amigos, él iba a su casa y ella le cocinaba las cosas que más le gustaban y además, probaba nuevas recetas con él. Era una de las cosas que había descubierto de ella misma, le encantaba cocinar. Hablaban hasta muy tarde, y aunque nunca le contó lo referente a la concepción de Charlie y lo referente a Edward siendo jefe de la cárcel, le confesó todo lo demás; sobre su familia, sobre el tiempo que vivió en la calle con Alice, la cárcel… se inventó que Edward vino después de salir de la cárcel aunque se sintió muy mal por hacerlo, pero por alguna razón no pudo decírselo. También le contó como perdió a Alice, lo asustada que estaba cuando descubrió que estaba embarazada y su decisión de irse a vivir a Forks, todavía recuerda lo bueno que fue y como la consoló, desde ese día supo que siempre iba a ser su amigo.
Con Charlie era especial, desde el principio se ganó el corazón de su hijo, le llevó a conocer el bosque, le enseñó a jugar béisbol y fútbol, veían los juegos juntos y Charlie lo adora, o por lo menos lo hacía.
Los llevó a la Push a conocer a su familia y su entorno, allí conoció a Sam, Emily, al pequeño Sam, su hijo de siete años de edad y a Bill, el papá de Jacob, quienes se convirtieron en parte de su familia. Los quería mucho y ellos también a su hijo y a ella. Generalmente los domingos iba a la reserva y pasaban el día riéndose, comiendo y compartiendo juntos.
Ya habían pasado tres meses desde la primera vez que se besaron. Una noche Charlie se había quedado dormido en brazos de Jacob viendo el juego, mientras él lo fue a acostar ella empezó a acomodar las cosas y cuando regresó lo miró y sintió nostalgia, parecían una verdadera familia y le dolió pensar cuanto quería Charlie eso pero con otra persona. Él notó sus ojos tristes y la abrazó fuertemente, buscó sus labios y la besó, al principio suavemente, pero luego le hizo abrir los labios y el beso se volvió más apasionado. Bella se rindió a ese roce hasta que poco a poco, fue menguando y se separaron mirándose a los ojos con la respiración entrecortada, en ese momento él la abrazó fuertemente y acercando su boca a su oído le dijo: "Eres hermosa y he querido hacer esto desde la primera vez que te vi con cara asustada dentro del carro en esa tarde lluviosa".
Fue la primera vez que se dijeron que se querían.
Desde ese momento empezaron a salir como novios, para Bella era un poco incómodo y todavía no terminaba de acostumbrarse, nunca había tenido un novio, así que pensaba que eso era por lo que no lo sentía del todo correcto, o tal vez es que como era su mejor amigo la transición a novio se daba poco a poco.
Él se portaba como un caballero, lo cual la aliviaba, Jacob la amaba, todos los días se lo repetía y le decía que era una suerte que ella por fin se hubiese enamorado de él, era lo que más quería desde que la conoció. Le había enseñado a besar, a tener confianza al lado de un hombre, a que la tocaran sin estremecerse, aunque ella nunca había permitido que le hiciera el amor, él tampoco se lo había pedido, lo cual agradecía.
Sospechaba que el día de hoy le pediría matrimonio, había pasado toda la semana nervioso y Emily a principios de semana le había dado una no tan sutil indirecta sobre ese hecho lo cual, a decir verdad la tenía aterrada. No sabía que iba a contestar, lo quería, estaba segura de eso, pero tenía que pensar en Charlie, era el único tema conflictivo en su relación. Jacob quería que se lo dijera a Charlie pero ella no quería, no hasta que fuera seguro, oficial, no quería ser de las mujeres que tenía mil novios, ni darle ese tipo de ejemplo a su hijo, no sabía cómo se iba a tomar esa decisión.
Debía contestar que sí, lo quería, él la amaba a ella, quería a su hijo y Charlie lo amaba, sin importar el berrinche del que fue participe esa tarde. Así él dejaría de soñar que Edward iba a volver o por lo menos tendría la figura paterna que tanto quería y necesitaba.
¿Por qué dudaba entonces?
Respiró profundamente y continuó con sus quehaceres del hogar, tenía que cocinar la cena antes de que Sam y Emily fueran a buscar a Charlie, y debía empezar a arreglarse ya que Jacob iba a llegar a las nueve.
Dos horas después despidió a un no muy alegre Charlie que todavía refunfuñaba algo sobre que ya no le gustaba Jacob y subió a arreglarse. Decidió ponerse un vestido azul marino con falda corte A que le llegaba debajo de la rodilla y le hacía forma de olas cuando caminaba, tenía escote en u con dos tirantes que le quedaban en el borde de los hombros. Se lo había comprado esa semana, era precioso y se sentía como si fuera una estrella de cine cuando se lo puso, le hacía resaltar su cintura pequeña y sus senos, que después del embarazo y con el paso de los años se habían vuelto un poco más voluptuosos. Se puso unas medias trasparentes y unos zapatos de tacón, dejó suelto su cabello y se hizo unos bucles abiertos en las puntas que le caían hasta mitad de la espalda. Llevaba poco maquillaje, solo un labial claro y un poco de mascarilla, no necesitaba colorete, con su sonrojo natural tenía más que suficiente.
Estaba terminando de colocarse los zapatos cuando escuchó unas voces en la planta de abajo, inmediatamente se asustó, era muy temprano para que Jacob llegara y él nunca entraba sin invitación. Decidió bajar a revisar y cuando estaba en el primer escalón reconoció la voz de Charlie.
-Ves, esta es la estrella de mi padre, la ganó en un acto heroico – escuchó que le decía a alguien.
-¿Charlie? ¿Qué haces aquí? ¿Con quién hablas? – Preguntó Bella y empezó a bajar las escaleras.
-Mamá mira, conocí a un general en el festival y le dije que viniera a ver la estrella de papá -dijo Charlie emocionado.
Bella llegó al final de la escalera, miró al desconocido y se quedó paralizada, su corazón se detuvo por unos segundos y después bombeó con fuerza como si estuviera tratando de recobrar el tiempo que dejó de latir.
Allí, al lado de su hijo, estaba su ex-héroe personal, el causante de uno de sus mayores momentos de sufrimiento y el creador de su mayor alegría.
Edward Cullen.
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