Y tras un largo letargo, por fin un nuevo capítulo… bueno, medio xd. Explico más abajo tras que lean este trozo.
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¿Sueñan los muertos?
Parte I
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Sentir aquella sensación recorriendo su cuerpo le era peculiar. Estar consiente de un sueño y actuar con normalidad, moviendo el escenario teatral a placer, conformado y elegido de manera meticulosa por el subconsciente. La familiaridad de los colores y sabores, la forma de los objetos y su tacto, la sensación de ser y no ser. La lucidez no le era del todo ajena, solía visitar aquellos reinos con frecuencia; en especial en las pesadillas, donde sus sentidos quedaban sórdidos de un horror no recordado tiempo atrás. Algo primitivo y oscuro, muy dentro de él. Era la familiaridad de lo siniestro.
Caminaba él descalzo en un piso de loza blanco, nada más confinado por cuatro paredes lisas que se cernían en sus puntos cardinales. Adelante, atrás, izquierda, derecha. Sin ventanales, sin vista externa, sin salida; nada más una luz pálida encima de su cabeza. Daba su vista un recorrido de trescientos sesenta grados, observando el paisaje vacío que le confinaba a su alrededor. Pensó un rato, podía hacerlo con claridad. Si deseaba salir, tendría que exigirlo.
Concentro su mente en una de las paredes y, al cabo de un rato, una puerta de madera color hueso aprecia frente a él. No era una puerta bonita del todo, carente de cualquier detalle, parecía más un trozo de madera colocado a la brava. Puso su mano en la perilla amarillenta de la puerta, y la giro de manera lenta. Un sonido mecánico, como un trozo de hierro atorado, se escuchó en eco en el pequeño cuarto de cuatro metros por cuatro. Lo intento varias veces, pero la puerta no le obedecía. Estaba cerrada.
Era obvio que la mente no siempre obedecía los caprichos lógicos del alma. Solía abecés, su psique, a revelarse en contra de él, con una propia agenda de deseos y miedos profundos no fáciles de controlar. Redirigirá la obra teatral que eran los sueños, alterando cada párrafo, guion y escena con tal de proteger o evadir los peligros del mundo real y sus misterios. Pero él deseaba enfrentarlos. Aunque no sabía que tan peligroso era.
Con un movimiento brusco, se otorgó a sí mismo una fuerza herculina en los brazos y piernas. Más de lo que aparentaba su complejo de joven adulto de diez y nueve, a dos meses de los veinte. Doblando la perilla para romper el mecanismo, o al menos así lo procesaba su mente, con tal de salir de su prisión. Al rato el mecanismo se quebraba, y la puerta se habría con un chillido.
Empujo la puerta con la palma de su mano de manera suave. Un nuevo camino se le presentaba a sus ojos. Un pasillo blanco, y al fondo del todo, una luz resplandeciente. Camino un rato por el pasillo, que al igual que el cuarto que le confinaba, era blanco puro; sin ventanales, ni detalles, como un lienzo sin pintar esperando al artista indicado. Camino el sendero, que parecía ser corto en distancia. Siguió caminando, luego trotando, y llego un punto en el que corría a toda prisa para acabar el pasillo. Pero el pasillo no acababa. Interminable e infinito.
Era otra tetra del cerebro que engañaba y se engañaba a sí mismo. Corredores infinitos de aparente facilidad. Le recordaba a historias de horror de casas abandonadas, a oscuras o medio oscuras, donde los campistas veraniegos se perdían en sus redes laberínticas de paredes y pasillos, solo para algunos salir despavoridos pocos minutos del recinto, y otros desaparecer por completo. Pero esta era distinta, una que él podía dominar. Si él no podía llegar al final, el final llegaría hacia él.
Cerrando los ojos, sintió un viento acariciar su cabello y rostro. Respiro profundo, y exhalo. Abría poco a poco los ojos, lastimados por la luz de un sol implacable. Observo el paisaje que le rodeaba ahora.
Calmo y sereno, era aquel lugar. El aire acariciaba los pastizales verdes cubiertos por el húmedo roció de amaneceres infinitos, creando ráfagas que daban forma de espiral a la vegetación autóctona. Los cielos azules se hallaban cubiertos por los ocasionales cúmulos de nubes y sus formas amorfas, cambiantes de color, tamaño y textura. Se sentía el lugar como una isla flotando de ensueño, con la bóveda celeste cubierta de estrellas y mundos distantes desconocidos y a la espera de ser explorados. Con las montañas flotando a su par, y los ríos desbordado sus agitadas aguas como cascadas en el inexorable abismo azul mar que se encontraba bajo sus pies. El lugar poético había entumecido algo de sus sentidos activos. Lo veía todo como un uno, un ser y órgano conjunto del cual el no formaba del todo parte. Pero su propósito en aquel lugar era distinto a la simple contemplación del paisajismo fantástico.
Dio un paso con su pie, y sintió como era rechazado por las furiosas corrientes del vendaval originadas de la absoluta nada. Provenientes de abajo hacia arriba. Comprendió aquella amenaza gélida, y que tal vez no se encontraba del todo solo. No solo en el aspecto que su psique le acompañaba como una sombra molesta por aquellos callejones y callejuelas que eran los sueños vividos y surreales, no. Pronto vio, con sus ojos, una figura de un animal en cuatro patas en uno de los montes verdes que colindaban en el prado. No lo logro captar del todo bien, distinguir aquella forma borrosa, pero sabía que sería un guardián más de los secretos que le eran ocultados.
Camino sin mayor miramiento del nuevo oponente, imaginario o real, que acompañaba su travesía por la solitaria llanura. Si era producto de él contra él pronto lo descubriría, pero si no era el caso…
Cambiaba entre los herbajes de manera lenta, disfrutando aquel paisaje de alta mutabilidad. Los días pasaban entre minutos, siendo el sol y la luna los que giraban alrededor de trozo de tierra, y no está alrededor suyo. Los atardeceres eran sustituidos con rapidez por la noche, y estas por el alba. Sentía como aquella presencia del monte le seguía como sombra inquisitiva ante su acción de profanar aquella tierra santa y mágica. Su misterio había sido revelado parcialmente, por lo que no le temía tanto a sus poderes.
Le había visto a corta distancia, a pocos metros sobre él en una pendiente cubierta por maleza, vio su figura blanca, bañada por los rayos de un sol febril. Tenía algunas manchas rosáceas en sus patas y enormes orejas, pudo ver en su sombra que se proyectaba sobre él lo que eran apéndices que se retorcían de forma juguetona en el fresco cielo. No era amenazante su descripción. Supo que era un pokémon aquel que deseaba expulsarle, sabía cual, aunque no recordase su nombre; de otra región lejana a la suya. Pero, era aquel resplandor azulado en sus ojos, aquella aura que emanaba con su implacabilidad y ahínco, lo que le hacía mantener en guardia.
Una puerta solitaria azul cobalto se hallaba en aquel paramo desolado. Lo veía él y comprendía que era su siguiente rumbo a tomar, no sin antes luchar. Él pokémon guardián de aquel lugar se había esfumado de su puesto de vigilia. Miro el a todos lados. Primero a la izquierda, buscando donde los montículos de tierra donde podría esconderse; luego a la derecha, previniendo ser flanqueado por algún embate; atrás, cuidado su nuca; y al final adelante, donde la mencionada puerta, esperando a encontrarle custodiándola como cancerbero. Un nerviosismo extraño se apodero de él, sabiendo que el primer golpe no lo daría.
Aquel viento huracanado le tomó por sorpresa, intentándole arrastrar lejos del lugar. Provenía del este y el oeste, así como atrás y adelante, arriba de su cabeza… y de debajo de él. Sus pupilas se dilataron, intento moverse lo más rápido posible, pero el primer movimiento había sido ya ejecutado. La tierra se partía en pedazos, y el pokémon emergía de esta cubierta por sus lazos, golpeando con su cabeza el abdomen del pobre humano desprevenido. Caía a dos metros de distancia de su punto, mientras el pokemon retomaba con gracia su posición de combate, extendiendo sus patas delanteras y traseras, esperando resistencia alguna.
No era cotidiano el dolor en el sueño, pero en el reino lucido uno cabía esperar sensaciones de todo tipo, incluyendo las desagradables. Arrastro su cuerpo por el suave suelo, sosteniendo su mano derecha contra su abdomen, escupiendo y quejándose del dolor. Apretó sus dientes y miro a su agresor con deseos de venganza. Este levanto su cabeza, serio e inmutable, con sus ojos azul celeste brillando.
Sacudiendo su cabeza. Intento darse impulso con sus dos brazos, y extender su pierna para dar una patada imprevista al pokémon. Lo hizo de tal manera que fuera rápido y no tuviese tiempo para esquivar a sus costados. Voló hasta descender donde el guardián. Era rápido su movimiento, y estaba a punto de dar. Cuando este, repentinamente, dio un salto hacia arriba, apartándose del golpe. Y en pleno aire, a manera de castigo, se dejó caer con sus cuatro patas sobre el mal herido abdomen del joven, aumentando su peso y masa para el poco tamaño que poseía. Soltó un quejido y algo de saliva, había dado en el mismo punto.
El dolor corría por sus músculos y nervios, mientras este veía encima de él a su oponente, esta vez mostrando una sonrisa pícara y arrogante. Profirió un grito lleno de ira e intento acertar un puñetazo seco al rostro de la criatura. Nuevamente esquivo la arremetida, apartándose hacia el pacifico cielo, quedando suspendido en este, como si de un peldaño invisible se colocase debajo de él. Con sus patas delanteras entrecruzadas de manera elegante, le miro como juez severo sus acciones y decisiones.
— Vete de aquí humano.- fueron las primeras palabras que profirió aquel pokémon, y las primeras que escuchaba tras un largo tiempo.- ¡despierta! ¡vete!
Siguió exigiendo el ser. De voz algo aguda y dulce para los estándares de un humano adulto, casi como un niño; anqué de carácter masculino, era varón. Le seguía mirando y juzgando.
— ¡Vete! ¡abandona! ¡retírate! ¡despierta! ¡y no vuelvas!- siguió exigiendo aquel conjunto de comandos y acciones al joven.
Se levantó tras un rato calmando su dolor, y le miro con el rostro en alto. Donde su pedestal celestial.
— No obedezco a seres imaginarios.- intento imponerse, aun recuperándose del dolor, colocando su brazo en el torso.- sean de mi mente o no.
— ¿imaginario?- susurro para sí mismo, anonadado.
Sus lazos blancos que se agitaban con la corriente del viento se enderezaban. Sus ojos azules parecían transmitir un aspecto sombrío que él no había sido capaz de identificar previamente.
— ¡¿imaginario?! –grito indignado del humano- ¡Insensato, soy más real de lo que tú piensas! ¡más de lo que tú eres!
Dio un salto desde su pedestal hacia el suelo, cayendo como una pluma con su pata delantera.
— ¡Abandona! ¡Despierta! ¡Vete! – repitió nuevamente con la misma obstinación. Se acercaba paso a paso hacia él.- no perteneces a este lugar, eres un forastero e indeseado, como resto de humanos.
— ¿Resto de humanos? – arqueo su ceja ante el enfurecido Pokémon hada.
No le extrañaba del todo aquello. El ser humano solía ser curioso con todo; con eternas ganas de aventura y exploración, hasta llegar a puntos de imprudencia y obsesión por lo desconocido, acercándose a un inminente fin y catástrofe.
— No eres el primero en viajar por estos reinos…- agacho su vista. haciendo uso de su memoria para volver a re imaginar aquel rostro.- Randolph Carter.- murmuro aquel nombre casi místico.
Nunca había escuchar aquel nombre. Parecía de origen extranjero y viejo, salido de otro mundo totalmente ajeno al suyo propio. Un mundo bastante siniestro, por lo visto.
— No importa.- miro directo a los ojos al pokémon.- Necesito encontrarme con mi amigo, necesito ayudarle.
Intento hacer a un lado a la terca criatura, pero esta seguía dando batalla.
— ¡No!
Dio un salto pequeño. Flotando, como si no existiese gravedad alguna. Se colocó a la par de su rostro, observando con mayor detalle el moño blanco y rosa que colgaba en su oreja derecha, su rostro redondo y usualmente tierno, así como una cicatriz apenas visible en su cuello tapada por el pelaje blanco, de una garra tal vez.
— ¡No! ¡tienes que irte! ¡tienes que retroceder! – sonaba pasional. Aparentaba conocer algo que él no. – ¡nos pones en peligro a todos!
El humano había captado de manera diminuta tal hecho, pero no le importaba demasiado el futuro, solo el presente que vivía, y… algo más.
— Mi amigo necesita mi ayuda.- dijo sereno al pokémon.
Se mantenía tieso y firme, apretando su puño con ira. Un recuerdo venía a su mente, uno no agradable.
— ¿Por qué?
— Yo le debo más a él, de lo que siquiera piensa.- exhalo por su nariz mientras cerraba los ojos. - Él no sabe…- lo negaba, aquel recuerdo lo negaba.- él no sabe… él no sabe, y debo ayudarle.
El pokémon guardián de aquel mundo onírico desvió su mirada del intruso, pensado una manera de ayudarle y no poner en peligro su deber, era típico de los suyos, ayudar al humano aun cuando es un estorbo para el mundo. Parecía frustrado, apretando sus pequeños colmillos uno contra otro ante un doble código moral propio. Luego, sus ojos parecían emitir un brillo de ingenio.
— Puedes ayudarle de otra forma.- sonó calmado, bastante confiado.- déjale, vete.- siguió con su vieja exigencia, mas algo mas.- Yo puedo guiarte para ayudarle ¡lo prometo!- Coloco sus apéndices blancos en su pecho, donde su corazón.
Hablaba enserio, o al menos esa impresión causaba. No se había fijado recientemente, pero también poseían bastantes cicatrices y cortaduras donde sus apéndices, todas como garras o cortes de cuchilla, como la del cuello, bastante ocultas.
— ¡No! ¡No!- vocifero con el recuerdo aun torturando su mente.- ¡tengo que enfrentarlo!
Retrocedía el pokémon ante tal arrebato, por primera vez parecía asustado. No de él, sino de lo que arrastraba tras su espalda.
— Mi cobardía lo único que hizo fue lastimarle, aun sin conocerle por completo aquel momento.- temblaba, sus pupilas estaban dilatadas y su sudor era frio.- sabía que no se lo merecía, lo sabía.- balbuceo un rato, dejándose caer de rodillas en el pasto.
Lo había notado, el pokémon guardián lo había notado, como cambiaba el aspecto del lugar por uno tormentoso, siniestro y enfermo. El cielo se había oscureció, tapado por nubes con difuminados rostros de aspecto burlesco y maligno. El viento se arremolinaba con ira, trayendo consigo nefastos aullidos de algún espíritu vengativo. El pasto se podría en una tierra mal sana y corrupta, invadida por plagas rojas y negras que hacían meya de esta, apareciendo tentáculos que sobresalían y se retorcían los unos con los otros, buscando tocar el cielo y huir del lugar profano. Y la luna, la luna se hallaba en su cúspide en el cielo, emitía una luz amarillenta, a espaldas del pokémon.
— Tenemos que enfrentarlo.- seguía insistiendo su punto de vista.
Abrazado su torso con ambas extremidades, seguía hincado en el suelo, casi en una posición fetal. Algo de la fauna intentaba agarrarse por sus piernas, absorber el calor que emanaba su cuerpo mortal. Volteo su mirada hacia arriba, observando las nubes, viendo como cobraban la apariencia de antiguos cómplices no muy queridos, imaginando sus macabras risas, absorto en ellas y su grotesca burla.
— Hay otras for…
— Y tú, y nadie me lo impedirán…- Volvía a poner de pie, mirándole con un odio, no dirigido a él, pero odio al fin.- ayudarle por fin.
Con brusquedad hizo a un lado al tipo hada, caminando directo donde la puerta color cobalto. Este no se lo tomo bien. Con los dientes chirriando y pensado en lo que podría perder, una furia justificada corría por todo su cuerpo, así como un miedo al fracaso.
— ¡Tú, idiota!…- grito el pokémon colérico de las decisiones del indeseado.
Parecía por un momento llamar su atención, volteándole a ver brevemente y luego continuar con su caminata, indiferente.
— ¡Lo único que harás es perjudicar a todos! - seguía con su advertencia, siendo ignorada.- incluyéndole.- aquellas últimas palabras las había pronunciado como un viendo débil, sabiendo que tampoco serian escuchadas.
Suspiro un rato, observando cómo se alejaba de él aquel humano tan terco. Pronto salto con gran fuerza hasta donde él, casi volando, y colocándose nuevamente frente a frente como un obstáculo.
— No permitiré que escojas ese camino.- Mascullo. Extendía sus cuatro patas sobre el suelo negro, preparándose para la lucha.- ¡vete! ¡abandona! ¡lárgate! –profirió aquellas viejas ordenes contra el joven.
No hizo caso, le rodeo esta vez para continuar con su camino. Era la última advertencia.
— ¡Despierta!.- Rugió con fuerza.- ¡Despierta!- aún mas.- ¡Despierta!- y más.
Incrédulo, una fuerte onda sónica salía del aparente pequeño pokémon de sus gritos. Casi siendo arrastrado, tuvo que agarrarse con sus manos en el suelo. Duro un rato, dejando casi sin aliento al tipo hada. Exhalaba e inhalaba agitado. Su oponente había sido arrastrado unos pocos centímetros de su posición original; trato de ponerse en pie y continuar su senda, pero se tambaleaba. Su oídio, su sentido de equilibrio habían salido perjudicado al recibir de manera directa las ondas.
Sin recuperarse del todo, tuvo que esquivar una de las embestidas de la pequeña criatura. Se posicionaba en sus cuatro patas en un montículo alto a su derecha, y volvía a atacar y atacar, saltando de terreno en terreno en busca de una mejor posición, intentándole embestir de manera furtiva. Se mantenía él defensivo, evitando lo mejor posible cualquier descuido, esquivando y moviendo su cuerpo cada que podía. Siguió así hasta su hartazgo, decidido atacar esta vez.
En uno de los momentos, preparado con un punto ciego que atacar, el tipo hada se lanzó nuevamente contra el torso del humano, pero este estaba atento de aquel detalle. Sin posibilidad de redirigirse y evitar más daño del debido, fue contra atacado por el ante brazo del intruso, dando en sus dos patas de su izquierda, mandándolo a volar a uno de los montículos infestados por aquel hongo negro que creía en las plantas. Sentía el dolor, igual que él, no era ajeno aun con aquel cargo honorifico dado por entidades dominantes de aquel mundo. Su rostro expresaba sufrimiento, cerrando uno de sus ojos concentrando su fuerza de voluntad para seguir luchando e intentar pararse, aunque caía nuevamente en aquel pasto contaminado cada vez que lo hacía.
El humano sonreía con malicia de lo que su vista contemplaba, regocijándose de su pequeña victoria, aunque no sin imprevistos. Sostenía con su brazo izquierdo su mano derecha temblorosa. Entumida y con un dolor punzante, no volvería a ser usada por tal contra ataque por un buen rato.
Siguió caminando, dándole la espada a su oponente. Hasta que una luz se hizo presente a sus espaldas. De un intenso azulado, una bola de energía era amasada cerca de la boca del pokémon, absorbiendo fuerza del éter y de la propia luna tras sus espaldas. No era una buena señal.
No lo vio venir, tan solo sintió aquel golpe debajo de sus pies. La tierra pútrida se levantaba entre escombros a gran velocidad tras el volátil impacto de aquel proyectil. Él salía nuevamente volando con los guijarros, cayendo de espaldas contra la dichosa puerta que tanto deseaba abrir. Había sido un golpe seco de su nuca contra la madera, y de su espalda contra el suelo.
El guardián jadeaba con fuerza, semi parado con sus cuatro patas y su cuerpo cansado, sonreía complacido y exhausto. Era su último golpe y carta definitiva. El joven tosía la saliva y polvo que ahogaba sus pulmones. No sentía su cuerpo, se sentía desvanecido por completo, y como poco a poco se deshilaba aquella conexión de su mente y alma con el reino de ensueños. El tipo hada le miro nuevamente, concentrándose apareció de inmediato encima de él con la magia de aquel mundo carente de lógica o intuición.
Le tenía bajo su merced y sentencia, le tenía atrapado y acorralado para ser juzgado para su propia perspectiva. Con su pata derecha en su cuello como un depredador a su presa, le miro a los ojos. Su rostro era severo, contrastaba con aquella redondez y usual carácter afable y tierno de los Sylveons. No parecía mostrar júbilo o deleite alguno de su victoria, ni orgullo ni arrogancia ni altivez, no. decepción y cansancio era lo que reflejaba aquellos ojos azules.
— Despierta.
Susurro aquella palabra por última vez, presionando su pata contra el cuello de su presa, asfixiándole lentamente. El aire no le alcanzaba. Su cuerpo se sentía excesivamente pesado. Movía los brazos, intentando zafarse de aquel agarre mortal en vano, provocando que fuera más fuerte, y más. Podía escuchar como la tráquea era presionada, casi a punto de partirse. Un lagrimeo era despedido de sus ojos ante tal agonía, mientras su vista se tornaba borrosa. Su desesperar era inmenso.
Fue en un movimiento instintivo lo que le logro salvar. Agarrándose de la tierra con sus manos, cogió un puñado grande y lo lanzo contra los ojos de su agresor, este en reflejo lo había cerrado, perdiendo su concentración. Fue allí cuando le empujo, derivándole a un lado suyo. Inmediato, se levantó. Puso su mano en la perilla, la abrió lo más rápido posible y, con la puerta abierta de par, se lanzó. Sin pensarlo dos veces. Directo al negro abismo.
El sylveon respondió igual de rápido. Quitándose la tierra de sus ojos, intento agarrarle con sus lazos en plena caída, tratando de sostenerle en aquel otro mundo alejado del negro vacío. Pero era detenido en seco. Mirando con horror como su presa se le escapaba, cayendo cada vez más en la negrura, hasta desaparecer de su vista. Volteo atrás suyo, como la maleza del lugar cobraba vida y le había impedido atrapar al intruso. Le sostenía con fuerza en ambas patas traseras y en torso, y como esta mutaba en rostros de seres extraños. Observo nuevamente al vacío, impotente, mientras era arrastrado por aquellos espectros a su mundo, cerrando la puerta a cualquiera otro que osase interferir en sus designios.
Parecía estar muerto. Sordo, ciego, mudo. El lugar estaba cubierta de tinieblas que rodeaban su cuerpo flotando y le arrebataban aquellos preciados sentidos, excepto dos. Sentía frio en su piel, un gélido contacto de algo áspero y duro. Podía tocar con sus dedos y alzar su mano, y sentir lo húmedo y helado de algo que le rodeaba. También podía pensar, el sentido del ser que tantas veces quedaba relegado ante los otros cinco junto con tantos otros catalogados y olvidados. No veía, pero sabía que se encontraba alzando sus manos y sonriendo con nerviosismo a aquel mundo. Pronto la letanía desaparecería.
Emitió un sonido ahogado por su boca, un gemido que producían los recién nacidos al recibir su primera bocanada de aire, o aquellos que se les había impedido el respirar tras un largo periodo. No recordaba el anterior reino que le había albergado, le era algo borroso y lejano como los eones pasados de la primera estrella primigenia y su luz que inundo el prístino cielo de algún mundo ya marchito, aunque sentía las emociones de su anterior yo.
Caminaba descalzo, tambaleándose y cayendo constante por aquel, aparente, inhóspito lugar. Patético e indefenso, se arrastraba como gusano buscando algo por donde sostenerse. Movía las manos de forma continua, sintiendo tactos rugosos y ásperos de algún material inanimado, una mampostería antiquísima. Se guiaba por su sentido del olfato, como los animales, olisqueando el aire. Un sabor agrio se filtraba por sus fosas nasales, cayendo en su lengua, así como algo pútrido y olvidado.
— Den….
Había escuchado en la infinita negrura del lugar aquella voz tan familiar. No era producto de su imaginación, aunque dudada. Aquella voz tan frágil y aguda le evocaba ciertos recuerdos a su alma.
— ¿Den?
Inequívoco, no era producto de su imaginación. Podía escuchar, podía escuchar aquel sonido, y localizarlo. Se erguía por primera vez en tiempo como un hombre civilizado, caminado donde le parecía escuchar la voz.
— ¿Den?
Caminaba cada vez más rápido. Lo había escuchado a su diestra. Lo hacía con furor creciente, así como con impotencia al ser aun privado de poder hablar por aquel maligno ambiente que le rodeaba.
— ¡¿Den?!
Estaba detrás de él.
Un destello iluminaba sus ojos, ya no más ciegos, ya no más. Veía a través de la luminiscencia dorada una figura de un niño, parado en aquel aro que le iluminaba hacia arriba. De piel blanca, cabello negro y unos ojos cafés, que por la refracción de la luz y la oscuridad parecían tornar rojos en momentos.
— ¡Den! – dijo nuevamente el nombre que le había guiado hasta él
Estaba él a punto de ir a con el joven niño y ser bañado por aquel cálido resplandor y alejarse de marea negra que le rodeaba. Cuando paro en seco. Miro su tambaleante mano ser iluminada y revelar su verdadero aspecto que cubrió aquellas sombras. De aspecto cadavérico, venas azuladas resaltaban, cubiertas por una baba blancuzco remanente de algún líquido amniótico. Escondió aquel horror entre la penumbra que brindaba refugio. Se llevó su mano al pecho sitiando lo fría que se encontraba esta y su cuerpo. Una risita nerviosa se le escapaba entre dientes, sin comprender del todo causa o razón de su nefasta apariencia.
Miro al niño, absorto. Este sonreía cálido a su visitante, sin imitarse o gritar por e ser que se le presentaba. Parecía utópico su aspecto y aura que emanaba, llena de seguridad, reconforto y alegría opuestas a todo lo que era el mundo que le rodeaba. Lo comprendía ya, en sus azules ojos que brillaban como dos lámparas cristalinas al contacto de la luz. No era él y era, y su cuerpo tan solo se trataba de un recipiente prestado por otro. Tal como en sueños, tal como en pesadillas.
— ¡Despierta, Den!- hablo nuevamente el niño.- se nos hará tarde.- comento con gran animo.- Los otros ya nos están esperando.
Pronto el joven se retiraba de su círculo, adentrando la mitad de su cuerpo en el vacío.
— ¡Vamos!- hizo un gesto con el brazo, invitándole a seguirle.
Y se perdía en aquella espesura. Quedaba algo atónito aun el significado de todo aquello. Pero sonreía, de una manera grotesca, exhibiendo unos dientes retorcidos y amarillentos. Camino, siguiendo el rastro. Pronto se internaba por aquella luz desvelando el todo de aquel ser sin vida, pálido y lampiño. El cuerpo andante se perdía en aquel sendero junto con el niño.
Abrió los ojos azules de par en par con un gran terror. Se levantó de su cama exudando un sudor frio por todo su pelaje blanco, respirando irregular y con dificultad. Le parecía extraño y abrumador aquel embate de sentidos adormecidos, aún pendiente de seguir soñando a pesar de lo familiar del lugar, pero se conocía los trucos mejor que ningún otro.
Observo detenidamente el recinto que le rodeaba. Miro el ventanal a sus espaldas, con la luna plateada asomándose en el firmamento en pleno esplendor. Volteo a otro lado, donde un reloj colgado en una de las paredes del cuarto. El tic tac resonaba en eco ante el silencio nocturno, marcaba la dos de la madrugada con quince. Y finalmente dirigió su mirada a su pecho, observando un collar que colgaba de su cuello, con un dije metálico de lo que era un dragón alado demostrando su poder, abriendo sus fauces en un rugido mudo.
Suspiro calmado y agradecido de encontrarse en el mundo de la vigilia, y doblemente agradecido de no perpetrar su despertar en gritos desesperados. Rondo su vista a su alrededor, acostumbrándose a la falta de luz. Sus hermanos se hallaban dormidos, internos en sus propios mundos, inconscientes de la noche y los vientos farfullantés que rondaban y traían noticias desagradables. Espeon, Umbreon, Jolteon, Flareon, Vaporeon, Glaceon y Leafeon; todos ellos se encontraban sin hacer mayor ruido que el de su respirar, en sus pequeños pero cómodos colchones en el suelo de madera de roble del departamento. Incluso su dueño, maestro y amigo, se encontraba tirado, inmóvil en su cama. Tenía su brazo tapando la mitad de su rostro, con la boca abierta, aun portaba su roma semi militar que tanto usaba en sus viajes de negocios. Calmaba su alma el conmovedor escenario, volviendo a caer presa su cuerpo de la narcosis que brindaba la tranquila noche. Entre cerraba sus ojos, poco a poco. Listo para retornar.
— Hermano.
Y fue una voz dulce lo que le evito recostarse y dejarse llevar por las corrientes del pensamiento. Observo en las sombras una figura pequeña, un pequeño ser marrón con dos ojos color caramelo que reflejaban en su iris la luz de la luna.
— Hermano, no puedo dormir.- susurro con pena el pequeño Eevee.
Tambaleándose, pero consiente. Sonrió con timidez, mientras se apartaba un poco de su cesta de mimbre. El pequeño no tardo en acurrucarse con él, y cerrar sus ojos tras sentir el reconforto de un ser querido. El sylveon uso sus lazos para tapar al Eevee con una de sus cobijas, evitando que perdiera calor. Y este igual por fin podría volver a dormir, a retornar al reino lucido. El pequeño se había adelantado, mientras aun él resistía en vano. Era aquella sensación lo que le adormecía. Le tranquilizaba, no la noche, si no el saber que sus seres queridos se encontraban a salvo, ilesos de viejos horrores conocidos tiempo atrás. Desfallecía, como lo otros en aquel limbo. Y en el lugar, la calma reinaba nuevamente.
¿Eh, mencionado que suelo alargar las cosas indebidamente por culpa de explayarme más de lo necesario?
Bueno, igual el fic tendría que ser un one shot (en mi cabeza parecía corto, ¡se los juro! XD), y este debería ser un capitulo, pero por distracciones (llamémosle estudios) y mi afán por decorar e irme por las ramas termino que esta cosa es bastante larga. Si puedo, el lunes o martes actualizo.
Y una cosa más, por fin me di cuenta de algunos errores míos… y una metida de pata que solucionare luego. Consejo del día, además de ser precavido uno con los acentos; también a la hora de crear y describir personajes, uno tendría que hacer pequeñas cartas con descripción detallada del personaje y no dejarlo a tarea de la memoria, ¡más si es la mía!
Dejando a un lado los quejidos que no aportan nada más. Espero que les haya gustado lo escrito de momento, no es muy terrorífico, pero por ahí va.
P.D Galleta para el que adivine la referencia, más que obvia, escrita hoy. Es de un autor de literatura, ahí lo dejo todo.
