Hola a todos! Muchas gracias por sus comentarios en el capítulo anterior, son muy amables en tenerme paciencia. Contestando las dudas de una de las lectoras, trataré todo lo posible en hacer esta historia diferente. Cierto es que hay muchas películas sobre el tema de soldados perfectos y demás, pero lo que tengo planeado para Sakura es algo distinto. Gracias nuevamente y les dejo el siguiente capítulo.


BIORITE

Por:

Bel'sCorpse


Sakura y todos sus personajes son propiedad de CLAMP


-4-

—¿Puedes caminar? —preguntó Shaoran.

Sakura se encogió de hombros y aventuró un paso hacia adelante. Habían pasado dos días desde la explosión en el hospital, dos días llenos de policías, reporteros y demás. Tras completar las investigaciones preliminares se había descubierto residuos de C4 en los escombros y un detonador a distancia. Habían confiado en las cintas de seguridad, pero a pesar de que el video estaba bien, alguien había trucado las grabaciones. Inoue estaba a cargo de toda la operación y había delegado a un par de oficiales a que escoltaran a Shaoran las veinticuatro horas del día, tanto para protegerlo de otro ataque y de los reporteros.

—¿No te duele? —se arrodilló frente a ella para examinarle el tobillo. Ya la hinchazón había bajado y el hueso regresado a su posición original—. Sinceramente no lo entiendo, te curaste en cuestión de días. Esa fractura tardaría un mes y medio en repararse normalmente y deberías estar llorando del dolor.

—Pues no me duele nada —repuso ella sentándose en la cama—. Ayer vino la policía, otra vez.

Shaoran asintió, sentándose junto a ella. Los dos últimos días un agente de policía —o detective, como se hacía llamar— había visitado a Sakura en el hospital con la intención de descubrir algo sobre su procedencia y de paso recordarle a Shaoran que tenía que darle un nombre (con apellido incluido) a Sakura para el final de la semana. Lamentablemente en ninguna de las dos tareas se habían hecho progresos. La memoria de la castaña seguía sin cooperar y no había rastros de su identidad en ninguna base de datos del país. Básicamente no era nadie y Shaoran no quería ni imaginarse lo que haría la policía con Sakura una vez se cumpliera el plazo establecido.

—Seguiremos trabajando en ello —dijo a la final—. Tiene que haber una forma, estoy seguro.

Sakura soltó un suspiro y asintió.

—¿Ya encontraste una niñera para Kenji? —preguntó, cambiando de tema.

—Aún no y ya no sé que hacer. Lo peor de todo es que no tengo tiempo para entrevistar a nadie, a pesar de que Meiling podría hacer eso por mí, pero es mi hijo del que estamos hablando y no quisiera dejarlo con cualquiera.

—Comprendo. ¿Y es difícil? ¿Criar un niño?

Shaoran sonrió levemente.

—Por supuesto —repuso—. Es otra vida de la que tienes que hacerte cargo. Es tiempo, es esfuerzo y es dinero. Ya no vives solo para ti, sino para dos y la preocupación por su bienestar sobrepasa todo. Pero de igual manera es satisfactorio, y porque no decirlo, es el mejor trabajo del mundo.

Sakura sonrió también. La ternura que brilla en los ojos de Shaoran cada vez que hablaba de su hijo era sobrecogedora. Era obvio que amaba a Kenji con toda su alma, pero ya tenía mucho tiempo preguntándose que había sido de su madre. No se atrevía a expresar su inquietud en voz alta por miedo a ofenderlo y que lo considere una intrusión a su vida personal.

—Estás pensando en la madre de Kenji, ¿verdad? —le preguntó entonces el castaño, sobresaltándola. Casi parecía que le hubiese leído la mente. A la final asintió—. Me dejó. Hace seis años iba a casarme y faltando un par de meses para la boda ella se fue. Regresé del hospital una noche y ya no estaba, así de fácil. Encontré el anillo de compromiso en la cocina y una nota en la que se despedía de mí. Tengo que admitir que al principio creí que era mi culpa, mi trabajo no es sencillo y requiere de mucho sacrificio, pero hubiese funcionado si realmente ella se lo hubiese propuesto —cerró los ojos un momento—. La busqué por algún tiempo, pero no di con ella, hasta que un año después de lo que pasó, se apareció en casa con Kenji en los brazos. No cabía duda de que era mi hijo, sus ojos son idénticos a los míos y yo no podía creer que me había ocultado su embarazo —soltó una risa amarga y un profundo desprecio se dibujó en su rostro—. Dejó al niño en la sala y volvió a marcharse sin dignarse a dar explicaciones. Desde entonces que no sé nada de ella.

La habitación se sumió en un pesado silencio. Sakura no sabía si sentir orgullo o pena por Shaoran. Las historias de madres solteras eran comunes, pero padres solteros, eso era casi fantástico. Y aun así, sufriendo el abandono de una mujer y con un hijo del que no tenía idea, había salido adelante. Eso era algo digno de admirarse.

Shaoran, por su lado, no entendía cómo había podido contarle aquello a Sakura. No tenía ninguna clase de relación de ella, apenas la conocía. Y hablar de ese tema se le hacía demasiado violento y le dejaba un mal sabor de boca. Pero por algún motivo con Sakura las palabras habían fluido naturales y lo más desconcertante era la sensación de alivio que lo invadía.

—¿Cuándo van a darme el alta? —inquirió entonces la muchacha, ansiosa por romper el silencio,

—No lo sé —y era cierto. Sakura ya se había recuperado por completo y mantenerla en el hospital más tiempo no estaba permitido, mucho menos ahora, considerando que todos los hospitales y clínicas pequeñas de la ciudad estaban repletas de pacientes reubicados—. Considerando tu estado, podría hacerlo ahora mismo.

Sakura asintió. Eso era lo que se temía. Si realmente le daban el alta se quedaría en la calle. No sabía si tenía familia en algún lado o si por el contrario realmente vivía en otro país y allí en Japón no era nadie. ¿Qué mierda iba a hacer ahora? No había querido pensar demasiado en ello por que le desesperaba no obtener respuestas, pero ahora que se veía enfrentada con la realidad cara a cara no le quedaba más opción que agachar la cabeza y sobrevivir. Tendría que encontrar un lugar dónde vivir, alguna forma de obtener comida, pero todo eso costaba dinero y ella no tenía trabajo y nadie en su sano juicio contrataría a una mujer sin apellido. Clavó los ojos verdes en Shaoran, luchando por contener las lágrimas, y entonces una lucecita se encendió al fondo de su mente.

—¿Crees que podría ser la niñera de Kenji? —Soltó antes de darse cuenta de que había abierto la boca—. Lo digo por que si me dan el alta no tendré a dónde ir y no sé que hacer y… —su voz se apagó. Un furioso sonrojo le cubría las mejillas—. Lo siento, eso ha sido muy maleducado de mi parte. Olvida todo lo que te dije.

Shaoran la miraba con los ojos bien abiertos, incapaces de articular palabra. Era un soberano imbécil, obviamente que si le daba el alta a Sakura tendría que irse. A veces se le olvidaba que había perdido la memoria y que básicamente estaba sola en un país enorme sin nadie que la cuide. Y si lo pensaba bien, no era una mala idea eso de que se transformara en la niñera de Kenji. Su hijo la adoraba con locura y era obvio que ella sentía lo mismo. Y a pesar de que la conocía muy poco, le inspiraba la suficiente confianza para dejar la vida del niño en sus manos. Ya lo había salvado una vez y él le debía mucho por eso. El único inconveniente era que necesitaba una niñera puertas adentro, lo que significaba que Sakura tendría que mudarse con él. Le echó un vistazo de reojo a ese rostro que lo tenía idiotizado y a ese cuerpo que no lo dejaba tranquilo. Sin darse cuenta ya había tomado una decisión.

—Vamos, señorita niñera —dijo Shaoran con voz temblorosa, poniéndose de pie—. Acompáñeme, que tengo que darle el alta.

Sakura, anonadada, se calzó los zapatos y se puso rápidamente una sudadera gris que le habían regalado las enfermeras dos días atrás. Siguió a Shaoran a través del pasillo hasta un puesto de enfermeras. Sin detenerse se coló tras el mostrador, revolvió unos minutos dentro de un archivador, encontró lo que buscaba, firmó unos documentos, lo dejó todo en su sitio y continuó su camino a la salida.

—Shaoran, ¿a dónde vamos?

El doctor la ignoró olímpicamente y no se detuvo ni a respirar hasta que llegaron al estacionamiento, dónde Shaoran ya abría la puerta del copiloto para Sakura. La chica se subió a cada segundo más confundida. El castaño ocupó su lugar tras el volante y salió flechado del estacionamiento.

—Kenji sale de clases en unos minutos, lo pasamos recogiendo y vamos a comer.

—¿A comer? —repitió ella, echándose un vistazo—. ¿Pretendes que yo entre en un restaurante vestida así? —podía haber perdido la memoria, pero seguía siendo una mujer.

Aprovechando el semáforo en rojo, Shaoran clavó la mirada en Sakura y se percató al instante del problema. La castaña llevaba un calentador que le venía grande y esa sudadera gris desgastada. Su cabello castaño estaba despeinado y su rostro lucía esa palidez típica de todo paciente de hospital. Insultándose en silencio, sacó el móvil de los pantalones y marcó a Meiling. Le explicó la situación lo más escueto posible y le dijo que en media hora estaría en el departamento. Colgó y soltó el móvil entre sus piernas el momento en el que el semáforo cambiaba de color.

Llegaron a la primaria de Kenji unos minutos después. El pequeño ya los esperaba afuera y al ver a Sakura en el asiento del copiloto se le iluminó el rostro con una sonrisa. Apenas despidiéndose de sus compañeros, Kenji saltó al asiento trasero, se despojó de su mochila y de ahí se acurrucó entre los brazos de Sakura. La castaña le plantó un beso en la frente y lo achuchó a gusto. Shaoran, sorprendido, y algo celoso de que su hijo no le prestase la menor atención, era incapaz de interrumpir la escena. Kenji, así como él, se había aficionado de Sakura de una forma casi obsesiva. ¿Qué tenía esa mujer de especial? Exasperado, Shaoran arrancó el auto, lanzándose al tráfico. Casi media hora después entraban al estacionamiento subterráneo del edificio. Shaoran fue el primero en bajarse, con Sakura y Kenji pegados a sus talones. La castaña se había quedado callada de repente y observaba sus alrededores con abrumadora intensidad, como si quisiera grabarse hasta el último detalle.

—Bienvenida —dijo Shaoran cuando llegaron al departamento. Le pasó un brazo por los hombros y la hizo entrar—. Esta es tu casa ahora.

—¿Mi casa? —Sakura palideció un tanto—. ¿De qué hablas? Pensé que necesitabas una niñera.

Shaoran soltó una risita avergonzada. Había olvidado mencionar aquel pequeño detalle.

—Si, necesito una niñera… puertas adentro —añadió, bajando la voz.

Sakura palideció más si era posible y comenzó a farfullar excusas. Por suerte en ese momento se abrió la puerta principal y Meiling entró en el rellano hablando ruidosamente por teléfono. Llevaba una maleta bastante pesada en una mano y un bolso de mano en la otra. Al ver a su primo sonrió, pero cuando clavó los ojos en Sakura la confusión brilló en su rostro. Colgó rápidamente y avanzó unos pasos hacia adelante.

Xiao-Lang, ¿qué está pasando aquí? —preguntó en mandarín, intentando controlar el tono de su voz—. ¿Quién es ella?

La nueva niñera de Kenji —repuso en el mismo idioma y saltó a explicarle toda la historia a velocidad de rayo—. No tiene a dónde ir y Kenji la adora —añadió, culpable.

Así que para eso me pediste la ropa —Meiling soltó un pesado suspiro—. Sakura, mi nombre es Li Meiling, soy prima de Shaoran —se presentó la muchacha en japonés—. Es un placer.

Sakura murmuró un atropellado saludo y clavó los ojos verdes en el suelo. Meiling no pudo contener una sonrisa. Sí que era una chica tímida.

—Vamos, que tengo mucho trabajo que hacer —aferró a Sakura del brazo y comenzó a arrastras hacia el pasillo—. Chicos, nos disculpan un rato. Xiao-Lang, pide algo de comer mientras tanto.

Meiling no esperó por la respuesta. En un par de zancadas ya se había llevado a Sakura de la sala y la había encerrado en la habitación de huéspedes. Dejó la pesada maleta sobre la cama y le echó una buena mirada a Sakura. Podía adivinar un cuerpo de atleta bajo esa ropa tan holgada. Los años que llevaba trabajando para la revista de moda más famosa del país rendían sus frutos.

—Veamos que tenemos aquí —dijo la pelinegra y de un tirón le quitó la sudadera a Sakura, revelando el abdomen plano y un top blanco que cubría los pechos redondos. Al ver que Sakura ni se inmutaba, le sacó también los pantalones. Su deducción había sido correcta. La chica tenía un cuerpo tonificado pero sin perder las curvas—. Shaoran me explicó lo que te pasó —le señaló la cabeza—, y también me contó lo que hiciste por Kenji. Nunca he conocido a nadie tan valiente —Meiling abrió la maleta y comenzó a sacar cosas de allí y a ordenarlas sobre la cama—. Muchas gracias, Sakura, por salvar a mi sobrino.

—No es nada, hice lo que me pidieron que haga. Cuidarlo —añadió al ver que Meiling no le comprendía—. Mientras esté conmigo, nada malo va a pasarle a Kenji.

La pelinegra le dedicó una sonrisa agradecida y siguió ordenando las cosas.

—Muy bien, señorita niñera, lo primero que vas a hacer es darte un baño, luego vas a probarte toda esta ropa para mi, y si te queda bien es toda tuya.

Aquello arrancó una verdadera reacción a Sakura.

—¿Quedármelas? Pero… no podría—.

—Cuanto tengas dinero para comprarte tu propia ropa me la devuelves, si es que quieres —le cortó la otra—. Todo esto es nuevo y agradecería que lo tomes como un regalo por todo lo que has hecho por mi familia.

—Gracias, Meiling-san.

—Llámame Meiling, que no estoy tan vieja, además creo que tenemos la misma edad. Ahora ve a la ducha, que hay bastante por hacer.

Sakura asintió y se metió en el baño. Veinte minutos después emergió de allí envuelta en una diminuta toalla. Meiling estaba hablando distraídamente por teléfono y cuando la vio señaló el conjunto dispuesto sobre la cama: provocativa lencería negra, shorts del mismo color y una vaporosa blusa de manga larga color malva. Unas sandalias negras de plataforma descansaban en el suelo. Todo aquello tenía pinta de ser de marca y excesivamente caro.

—Quita esa cara de espanto, mujer — dijo Meiling, guardando el móvil en el bolsillo de la chaqueta—. Trabajo en una revista de modas y parte de lo que hago es saber dónde comprar ropa que valga la pena. Tú vístete.

Sakura no dijo nada y comenzó a vestirse. La ropa le quedaba como un guante. Meiling había calculado bien la talla y realmente no era tan complicado. Sakura tenía el cuerpo y la altura de una modelo. Sonrió. Se iba a divertir tanto usándola de muñeca. Por espacio de una hora Sakura se cambió de modelito, luciendo cada combinación para la pelinegra. Una vez pasado el incómodo momento en el que se conocieron, comenzaron a llevarse de película. Como Sakura no tenía idea de nada, Meiling le habló de todo lo que se le ocurrió. Ropa, libros, arte. La castaña escuchaba con atención, absorbiendo cada palabra, notando como su memoria comenzaba a removerse, dando luz a pequeños pedazos de información. Meiling también pareció notarlo y comenzó a presionarla un poco más. Nunca había conocido a una persona amnésica, pero había escuchado por Shaoran y Tomoyo, que era una prominente psicóloga, que las conversaciones triviales ayudaban mucho en el proceso de recuperación. Finalmente Sakura regresó al primer conjunto.

—Te quedas con todo —dijo Meiling mientras guardaba las prendas en el armario vacío. Cuando terminó, sacó de su maleta una plancha para el cabello y un neceser repleto de maquillaje y demás productos de belleza. Los dejó sobre la peinadora y sentó a Sakura en el mullido banquillo—. Vamos a arreglarte un poquito.

Después de veinte minutos, algo de maquillaje y unas cuantas pasadas de la plancha, Meiling le permitió a Sakura ver los resultados en el espejo. Tenía el cabello ligeramente rizado en las puntas y una diadema echándole hacia atrás el flequillo. Los ojos enmarcados en delineador negro, sombra malva en los párpados, rubor y brillo labial. Mientras más se miraba menos se reconocía, pero algo le decía que no era la primera vez que lucía de esa forma. De repente una imagen cobró nitidez en su mente. Se vio caminando por un espacioso salón, rodeada de personas vestidas de gala. Todos la miraban, algunos incluso se acercaban a saludarla y de paso a felicitarla por algo. Seguía moviéndose entre la gente y por un instante atrapó con la mirada su reflejo en un espejo de cuerpo entero. Llevaba un vestido azul, el cabello recogido en lo alto de la cabeza y una copa de vino en la mano. Estaba segura de que aquello era real. Ella había estado allí. ¿Pero cuando?

—¿Sakura? —la preocupada voz de Meiling atravesó la ilusión y la regresó de golpe a la realidad—. ¿Estás bien?

—Sí, sí, eso creo —repuso, poniéndose de pie. Trató de sonreír—. Muchas gracias, Meiling. Hiciste un trabajo increíble. Ni siquiera me reconozco, y eso es decir mucho.

—No te preocupes, me he divertido de lo lindo. Vas a ser la niñera mejor vestida de Tomoeda —entrelazó su brazo con el de Sakura y la sacó de la habitación—. Vamos a que te vea mi primo, va a quedar muy satisfecho.

Sakura no tuvo tiempo de preguntar a que se refería Meiling, porque ella ya la llevaba a rastras al comedor. Shaoran estaba allí, poniendo la mesa. Se había quitado la bata de doctor, quedándose en una ligera camisa blanca y vaqueros desgastados. A Sakura se le subieron los colores al rostro. Se veía muy bien así. Pero su sonrojo no fue nada comparado con el de Shaoran cuando la vio. Se le cayeron las servilletas de las manos y le clavó la mirada, incapaz de creer lo que tenía frente a sus ojos. Esa mujer no se veía para nada como la que había llegado a su casa un par de horas atrás. Estaba condenadamente guapa y no se dio cuenta de que había dicho aquello en voz alta hasta que Sakura le agradeció y Meiling comenzó a partirse de la risa. La pelinegra le guiñó un ojo a su primo y terminó de poner la mesa.

—Meiling es muy buena persona, mira que hacer todo esto por mí…

—Te debemos mucho, Sakura —susurró el castaño, todavía afectado por su desliz—. Lo menos que podemos hacer es devolverte el favor.

—Gracias, Shaoran.

—Bueno, esto ya está —anunció Meiling—. Voy por Kenji.

Unos momentos después el pequeño entró como tromba en el comedor y corrió directo a los brazos de Sakura. La elogió hasta el cansancio y solo se calló cuando Shaoran le metió una cuchara de sopa en la boca. Sakura explotó en carcajadas y a raíz de eso se desarrolló una ligera conversación entre los adultos. Mientras hablaban sobre niños, Sakura pensaba también en su suerte. Realmente no podía creer que un desconocido la llevaría a su casa para que cuidara a su hijo. Era una mujer sin nombre ni memoria viviendo en una ciudad que no reconocía. Si no hubiese conocido a Shaoran y si él no hubiese decidido ayudarla, no tenía ni idea de que sería de ella.

—Bueno, supongo que debería explicarte un poco en que consiste tu trabajo —dijo Shaoran de repente.

Sakura dejó sus palillos a un lado y clavó en él sus ojos verdes.

Lo que tenía que hacer era relativamente sencillo. Básicamente debía despertarlo, vestirlo, llevarlo y recogerlo de la escuela (dado que Sakura no recordaba si podía o no conducir y carecía de licencia, dispondrían para ella un chofer las veinticuatro horas del día) ayudarlo con sus deberes y hacerle compañía en general. Dejando eso de un lado, la habitación de huéspedes pasaba a ser oficialmente suya y podía decorarla a gusto. Las tareas de limpieza se las dividirían ella y Shaoran: Sakura se encargaría de la cocina y la ropa; Shaoran de limpiar el resto de la casa y las compras. Debido a que el hospital tardaría más de seis meses en reconstruirse, Shaoran había sido relevado de sus guardias nocturnas y regresaría a casa antes de las ocho de la noche. Los fines de semana el niño pasaba en casa de sus abuelos; normalmente se quedaba a dormir, lo que le dejaba a los dos adultos bastante tiempo libre.

—En la noche te traigo una copia de repuesto de las llaves de la casa y la tarjeta del ascensor —dijo Meiling, poniéndose de pie—. Yo tengo que irme. Nos vemos luego, Sakura —le plantó un beso en la mejilla, achuchó a su sobrino y abrazó a Shaoran—. Pórtense bien —les dijo, aunque ninguno de los tres supo a quien iba dirigido el comentario.

—Yo también me voy —soltó Kenji. Se bajó de la silla y tras soltarles un rápido 'buen provecho' desapareció por el pasillo.

Shaoran y Sakura se quedaron solos, lanzándose miradas por encima del salero. Ambos podían ver los nervios reflejados en el otro, y tal vez fue por eso que comenzaron a reírse como niños pequeños. Finalmente Sakura se levantó y comenzó a recoger los platos; Shaoran la ayudó al instante. En un viaje se llevaron todo a la cocina y de inmediato la castaña se puso a lavar. A Shaoran le sorprendía como la amnesia podía borrar toda una vida en segundos y aun así dejarle a la mente la información suficiente para sobrevivir. Él no entendía como ni por que sucedía, ni tampoco entendía porque a veces se curaba en días y otras veces duraba una vida. Sinceramente esperaba que ese no fuese el caso de Sakura. Tal vez con algo de terapia se recuperaría más rápido… Se llevó a una mano a la frente. Sí que era idiota. Salió de la cocina y corrió a la sala en busca de su móvil. Marcó el número de Tomoyo y se llevó el aparato a la oreja.

"¡Shaoran-kun! ¿Y ese milagro que me llamas? Tu mejor amigo me propuso matrimonio hace dos días y ni siquiera te has dignado a felicitarme. Como sea, ¿qué necesitas?"

—Que me ayudes con una… —¿qué iba a decirle? Sakura ya no era su paciente, era la niñera de su hijo, pero tampoco podía referirse a ella de esa forma—… con una amiga. Sufre de amnesia severa y tu ya has tratado a varias personas con ese problema.

"¿Qué clase de accidente causó su amnesia y en que hospital está internada? Necesitaré su historia clínica y demás información para saber con lo que me enfrento."

—Sakura es un caso especial —dijo él, repentinamente incómodo y una enigmática risilla al otro lado de la línea le dio la impresión de que Tomoyo estaba haciéndose ideas raras en la cabeza—. A ver, en versión resumida: Sakura era mi paciente en el hospital, la encontraron en el accidente de tránsito de la semana pasada, hace dos días Sakura salvó a mi hijo de morirse en el derrumbe del hospital y ahora… —flaqueó—… Y ahora vive conmigo. Le ofrecí un trabajo y ella aceptó.

Tomoyo saltó en carcajadas.

"Tú nunca te involucras de esa forma con tus pacientes, hasta me atrevo a decir que tienes otros motivos menos… nobles para llevártela a la casa —risilla—. Pero es tu amiga he hizo algo muy valiente. Iré a visitarlos esta noche. Tengo que hablar con ella en persona y decidir cual técnica será más efectiva. Necesito su historia clínica."

—No sé si la tenga todavía, la copia que tenía estaba en mi oficina y aún no reviso ningún documento de los que pudieron salvar. Tal vez pueda conseguirtela en un par de días, pero si llego a dártela, nadie más que tú puede verla.

"¿Y eso por qué?"

—Te lo explico esta noche. Ven con Eriol, a ver si hacemos algo.

"Está bien, nos vemos esta noche."

Shaoran se guardaba el móvil en el bolsillo al tiempo que Sakura lo llamaba desde la cocina. Ya había terminado de lavar y de secar los platos, pero contemplaba los anaqueles con el ceño fruncido.

—Los platos van aquí —Shaoran abrió una portezuela a su izquierda y guardó todo—. Ya te irás acostumbrando a todo, tómalo con calma.

—¿Por qué me dejaste vivir contigo? —preguntó ella, mirándolo con sobrecogedora intensidad—. No digo que no te lo agradezco, me salvaste la vida en realidad, pero soy una completa desconocida. Que tal si antes de perder la memoria era una criminal. A las mujeres normales no les disparan ni se les dislocan los hombros disparando —se pasó una mano por el cabello—, ni se curan a velocidades de espanto ni sobreviven explosiones.

Shaoran le sostuvo la mirada en silencio. Sakura tenía toda la razón, pero aun así no podía evitarlo. Algo en lo más profundo de su ser lo empujaba hacia ella. No podía decirle eso, pero tampoco podía mentirle. Se armó de valor para hablar.

—Por que te lo debo, ya te lo he dicho, salvaste a mi hijo y eso voy siempre voy a agradecértelo —avanzó unos cuantos pasos hasta quedar frente a ella—. Y por que me importar y me preocupas. Y por que no quiero dejarte sola, mucho menos en una situación tan delicada como esta.

Los ojos de Sakura se llenaron de lágrimas y sin pensarlo dos veces atrapó a Shaoran en un fuerte abrazo. Él le devolvió el gesto y la estrechó contra su cuerpo. Pasaron así varios minutos, sin hablar, sintiendo la presencia del otro. Cuando se separaron, ambos se sentían mucho mejor.

—Vamos, quiero llevarte a conocer la ciudad —dijo Shaoran caminando hacia el pasillo.

—¿Y el hospital?

—Pueden vivir un día sin mi —repuso, encogiéndose de hombros.

Quince minutos después Shaoran, Sakura y Kenji estaban montados en el sedán, recorriendo las calles de Tomoeda. Pasearon un rato sin rumbo fijo, Shaoran señalándole a Sakura que era qué. Finalmente terminaron en el parque del pingüino, parte por que Kenji había insistido tanto y parte por que Sakura tenía cierta curiosidad por conocerlo. Se estacionaron a unas cuantas cuadras y caminaron hasta el parque. Kenji había insistido en ir de la mano de ambos, así que parecían una pareja de paseo con su hijo.

—Así que por esto se llama el parque del pingüino —dijo Sakura al ver el enorme pingüino azul en medio de la plazoleta, rodeado de niños y pingüinos más pequeños—. Bastante original.

—¿Papi, puedo ir a jugar?

—Claro, anda.

El niño gritó de alegría y corrió hacia el pingüino. De inmediato los otros niños que jugaban allí lo incluyeron en el grupo. Kenji se había olvidado de ellos, así que Sakura y Shaoran se sentaron en un banquillo cercano tras pasar por un puesto de helados.

—Asumo que esto no es algo que haces todo el tiempo —dijo Sakura al cabo de unos minutos de silencio—. Salir así con Kenji —añadió.

—Antes era más fácil, pero hace dos años que me dieron el puesto de jefe de emergencias mi tiempo se redijo a cero. Más pasaba en el hospital que en casa y ahí fue cuando Meiling comenzó a quedarse en el departamento cuidando a Kenji; luego conseguí un par de niñeras y mi madre también ayudaba, al menos cuando podía. Casi no veía a Kenji y las pocas veces que podíamos estar juntos la pasábamos jugando en su cuarto o viendo una película. Meiling es quien lo lleva a todo lado —se pasó una mano por el rostro—, por eso cuando salimos trato de aprovechar el tiempo al máximo.

—Eres el padre más cariñoso que conozco, Shaoran, y eso viniendo de mí es mucho.

—Muchas gracias, Sakura —repuso, ligeramente sonrosado. Esa mujer tenía la capacidad de convertirlo en un quinceañero con unas pocas palabras—. Y hablando de eso, hablé con una amiga, es psicóloga y ha tratado a muchas personas que sufren de amnesia; pensé que tal vez ella podría ayudarte. La terapia es fundamental a la hora de recuperar la memoria.

—Me parece una buena idea.

El castaño iba a añadir algo más, pero en ese momento Kenji se acercó a ellos corriendo. Tenía la carita llena de polvo, al igual que las manos y la ropa. Sakura le sonrió al tiempo que Shaoran lo levantaba en brazos y se lo ponía sobre los hombros.

—¿Tienes hambre, doctorcito?

—Quiero una hamburguesa y un jugo de chocolate.

—Kenji, el jugo de chocolate no existe —le corrigió Sakura entre risas—. Tienes que pedir un batido de chocolate.

—¿Y entonces de que está hecho el jugo?

—De frutas.

El pequeño se encogió de hombros. Shaoran le guiñó un ojo a Sakura y los tres echaron a andar hacia uno de los restaurantes de la zona.


Las dos mujeres corrían a toda velocidad sobre la caminadora, con electrodos pegados a la piel. El sudor les empapaba el cuerpo y ya comenzaba a faltarles el aire. Una enfermera tomaba notas de manera constante, al tiempo que revisaba los monitores a su lado. Mientras tanto, Jonathan observaba todo desde el otro lado del cristal de observación. Tenía los músculos tensos a causa de los nervios. A su derecha estaba Irina, cruzada de brazos, con la mirada fija hacia el frente. A su izquierda estaba, en persona, el presidente de los Estados Unidos, acompañado por su secretario y un par de guardaespaldas armados. Aquel era un día importante. Durante el resto de la semana Jonathan había sometido a sus sobrevivientes a extenuantes pruebas y gracias al cielo todo había salido bien. Las chicas respondían a órdenes de todo tipo, sus mentes parecían no registrar la sensación de dolor y por encima de todo, no se veían afectadas por el miedo. Podía haberles puesto una serpiente en las narices y apenas hubieran parpadeado.

Interesante, doctor Seagal —comentó el presidente con voz ronca—. Vi los videos que le envió a Irina y debo decirle que estoy muy satisfecho. Sus chicas son ejemplares.

Muchas gracias, señor —repuso Jonathan con toda la entereza que pudo reunir—. Y después de los avances que estoy haciendo, mis chicas serán todavía mejores.

Explícate.

Jonathan tomó aire.

Después de que el Biorite se adaptase dentro del cuerpo conseguí aislar las similitudes de las cadenas genéticas y añadirla a la droga. Teoricamente ya es inyectable, incluso sin la droga de preparación. Todavía no comienzo las pruebas debido a la falta de cobayas, pero ya me encargaré de eso —regresó la mirada al cristal. Las chicas se habían bajado de la caminadora y ahora la enfermera las llevaba a un tanque de agua. Las chicas saltaron sin pensarlo y se hundieron lentamente hasta el fondo—. Y mientras hablamos, se están desarrollando las dos últimas fases del Biorite. Estará listo esta noche y mañana mismo comenzaré con los análisis.

El presidente asintió y guardó silencio unos minutos, contemplando el cristal. Un contador en la base del tanque llevaba cuenta del tiempo que las mujeres aguantaban sin respirar. Hasta ahora iban cuatro minutos.

¿Cuánto es el máximo que han pasado allí dentro?

Casi veinte minutos. Son bastante resistentes.

Y hablando de resistencia —intervino Irina—, estás nuevas fases del Biorite que es lo que hacen.

Jonathan sonrió. Sabía que iban a preguntarle aquello.

La primera fase acelera la regeneración corporal. Una fractura que toma meses en curarse, se arreglaría en un par de días. También evita que el cuerpo se llene de cicatrices. La segunda es un poco más… difícil de explicar, así que preferiría mostrárselos cuando la inyección esté lista.

Irina y el presidente cruzaron una mirada cómplice, pero ninguno de los dos dijo nada.

Volveré a fin de mes, Seagal, y para entonces espero encontrarme con los soldados que me prometiste.

Sin añadir nada más salió de la estancia, Irina, el secretario y los guardias a la cola.

Jonathan se desplomó en una silla cuando estuvo solo y enterró el rostro entre las manos. Tenía que funcionar. La locura que había conseguido tenía que funcionar, por que si no lo hacía, de seguro lo matarían.


Cuando le abrieron la puerta, Tomoyo se escabulló en el departamento apenas saludando con un beso al anfitrión. Su prometido, abandonado en el pasillo, le dedicó una sonrisa a modo de disculpa y entró también.

—Tiene muchas ganas de conocer a Sakura —dijo Eriol mientras entraban en la sala—. No ha dejado de imaginarse la apariencia de tu "nueva amiga" y de hacerse ideas raras. Creo que tanto lidiar con locos la está enloqueciendo a ella. No es que me moleste, pero a veces no sé como apagarla.

—A mí se me ocurren unas cuantas ideas —comentó, imprimiendo en sus palabras un tonito de malicia—. Y mira, tu novia ya tiene una amiga nueva.

Tomoyo estaba ya instalada en uno de los sillones de la sala, haciendo gala de sus maravillosos dotes de socialización. A su lado, Sakura hacía un esfuerzo por borrar los nervios de sus facciones. Shaoran se dio cuenta de que había cambiado los shorts por un vestido naranja tostado, que se había recogido el cabello en una coleta y que se había limpiado el maquillaje.

—Quita esa cara, hombre, o voy a comenzar a creer que te gusta Sakura —le soltó Eriol, devolviéndolo a la realidad—. Aunque debo admitirlo, es muy guapa.

—¿No se supone que estás comprometido?

—Sí, y mi novia apreciaría mi buen gusto —dejó a Shaoran en el rellano de la puerta y se acercó a saludar a la castaña—. Buenas noches, Sakura.

—Buenas noches —la muchacha le dio un fugaz abrazo—. Es una sorpresa verte aquí ¿Se conocen? —lo señaló a él y a Tomoyo.

—¡Pero si eres una monada! —exclamó la pelinegra con una sonrisa—. Eriol es mi prometido, nos vamos a casar en dos meses.

—Pues felicitaciones, ¿llevan saliendo mucho tiempo?

—Once años exactamente —intervino Eriol—. Ya era hora de formalizar.

—Y que lo digas —Tomoyo se volteó hacia Shaoran y le dedicó una maliciosa sonrisa—. Bueno, que planes tienes para esta noche.

—La verdad que no lo sé.

Tomoyo soltó un suspiro.

—Típico —se puso de pie y fue para la cocina arrastrando a Sakura consigo—. Ustedes dos vayan a comprar algo de beber mientras Sakura y yo hacemos algo de comer.

Tomoyo se aseguró de que los chicos se hubiesen ido antes de encarar a Sakura con una expresión grave en el rostro. La castaña removía en los estantes, ajena al intenso escrutinio.

—Sakura, siéntate por favor —pidió Tomoyo. Sakura obedeció al instante—. No sé si Shaoran te lo había dicho, pero yo soy psicóloga y el verdadero motivo por el que estoy aquí es para asegurarme de que no eres un peligro para mi mejor amigo. El me ha contado como llegaste a su vida y todo lo demás, pero dejó en claro que eres alguien especial. ¿Sabes por qué?

—Tal vez lo dice por que puedo curar heridas que tardan meses en sanar en cuestión de días; o por que a pesar de que no tengo ni la menor idea de quién soy no he hecho ninguna escena. La verdad que no tengo idea de por que piensa que soy especial, yo también me lo pregunto —cruzó las manos sobre el regazo—. Algo que la amnesia no me ha hecho olvidar es que la mayoría de personas hacen ciertas cosas para recibir algo a cambio. A Shaoran le debo mi vida y si necesita mi ayuda no dudaré dos veces en dársela.

Tomoyo sonrió. Esa había sido una respuesta excesivamente sincera. Shaoran había dado con una buena mujer. Una mujer que se regeneraba a velocidades alarmantes y sin memoria, pero buena de todas formas.

—Yo voy a ayudarte a recuperar tus recuerdos, es un proceso largo y molesto, pero con suficiente tiempo y sesiones, podremos conseguirlo —se sentó junto a ella y le sujetó las manos—. Siento lo de antes, pero es mi trabajo averiguar con lo que estoy lidiando.

Sakura negó.

—No te preocupes, Tomoyo, comprendo a la perfección.

—Gracias —se puso de pie—. Es hora de hacer la cena. ¿Sabes cocinar?

—Creo que sí —dijo después de pensarlo unos momentos.

—Bueno, ya nos las arreglaremos.


Había sido una noche realmente memorable, a pesar de que entre los insidiosos comentarios de Tomoyo y las risitas maliciosas de Eriol, a Shaoran casi se le revienta una vena de la cabeza. Sakura simplemente les había reído la gracia sin saber que parte de todo eso también la salpicaba a ella. Cuando por fin se fueron, a eso de la media noche, Shaoran pudo respirar tranquilo. Recogió los platos y los apiló de cualquier forma en el fregadero antes de desearle a Sakura buenas noches y desaparecer en su habitación. Presa de unos nervios y ansiedad desconocidos se enfundó el pijama y se escondió bajo las cobijas. A él no le gustaba Sakura, si apenas la conocía. Le parecía atractiva, serena, buena cocinera (como había tenido el gusto de comprobar esa noche) y era perfecta compañía. No había motivo alguno para desarrollar ninguna clase de interés especial en alguien que no tenía nada de especial…

Soltó un suspiro. ¿A quien demonios trataba de engañar? Sakura le quitaba el sueño de nada, lo alteraba con su sola presencia y cada vez que estaba en un lugar lleno de gente, sus ojos se empeñaban en enfocarla a ella. Como había llegado a desarrollar una fijación tan extraña, se le escapaba, y lo peor era que no podía (ni quería) hacer nada por evitarlo.

Desde su prometida, él se había mantenido fuera del mundo del romance, aunque si había tenido un par de chicas a las que no había vuelto a llamar y unos cuantos revolcones que no pasaron a más. Ninguna mujer se había visto capaz de llamar su atención y entonces apareció ella y seis años de autocontrol se fueron a la mierda en un minuto. Se pasó una mano por el rostro. Tenía que dejar de pensar en eso y dedicarse a dormir. Al día siguiente le iba a caer una tonelada de trabajo encima y todo por haberse escapado. Normalmente no hacía eso, a menos que fuese estrictamente necesario.

—Ya basta, Shaoran, duérmete —se reprendió en voz alta.

Hizo un esfuerzo por vaciar su mente y relajar su respiración, pero le funcionó por unos minutos y entonces comprendió que iba a ser otra de sus famosas noches en vela. Encendió la lámpara que reposaba en la mesilla junto a su cama y luego tomó el libro junto a ella. Siempre tenía una novela o un libro de medicina a la mano para noches como esa. Normalmente acompañaba la lectura con una copa de vino o una cerveza, pero no se atrevía a salir de su cuarto. Sabía que Sakura seguía despierta, podía escucharla moviéndose de un lado al otro en la habitación contigua. Realmente no se había puesto a pensar que ella dormiría justo a su lado y que amanecería bajo el mismo techo. Dios, que era masoca. Obligándose a pensar en otra cosa, clavó los ojos y comenzó a leer. Poco a poco se olvidó de sus alrededores y se sumió en la viciosa y oscura trama de su novela de turno. No tenía ni media hora leyendo cuando se quedó dormido.


El olor a comida lo despertó. Adormilado, salió de su habitación y terminó en la puerta de la cocina. Tal vez dormía todavía o alucinaba, pero lo que veía no podía ser real. Sakura, embutida en un short diminuto y una ajustada camiseta terminaba de servir un desayuno para dos en la pequeña mesita junto a la estufa. Se la quedó mirando con la boca abierta, saboreando sus largas piernas. Inconscientemente dio un paso hacia adelante y chocó de frente con una silla. Sakura dio un respingo y casi suelta la espátula que tenía en la mano. Recuperada del susto saludó al castaño con una cálida sonrisa y se sentó a la mesa. Todavía mudo, Shaoran hizo lo mismo.

—¿Qué hora es? —su primera pregunta inteligente del día. Imbécil.

—Las siete —repuso Sakura—. Meiling vino por Kenji porque todavía no me consiguen un chofer, o eso fue lo que dijo ella, así que aprovechando el tiempo libre te preparé el desayuno, espero que te guste.

Shaoran se tomó la molestia de ver lo que tenía en el plato: un omelet, pan tostado, mantequilla y un vaso de jugo de naranja. Él no estaba acostumbrado a desayunar, con un vaso de leche se contentaba hasta el almuerzo, tal vez por eso aquello se le antojó un festín. Le agradeció a Sakura por tomarse tantas molestias y se comió todo en un santiamén.

—¿Tienes planes para hoy? —le preguntó entonces.

—Terapia con Tomoyo, me dio la dirección de su oficina t me dijo como llegar. Debo estar allí a las diez.

—Ven conmigo al hospital, el consultorio de Tomoyo está cruzando la calle. No quisiera que fueras sola, podrías perderte.

—Es lo más probable —admitió entre risas—. Voy a arreglarme, entonces.

—Nos vamos en media hora.

Sakura le soltó una media sonrisa.

—Está bien, papá.


Nos vemos en el siguiente!