Capitulo 4

Con los primeros rayos de sol la comitiva élfica se reunió con los representantes del lago a las afueras del campamento; cuatro arqueros elfos a la vanguardia del príncipe y el general, mientras que Bardo era respaldado por cinco lanzaros ataviados para el combate.

Solo hizo falta un intercambio de palabras y enseguida todos se pusieron rumbo a la montaña, dando la espalda al Rey Elfo que los esperaría en el puente de la ciudad. Legolas cabalgaba gallardo usando su armadura de príncipe, a su flanco Orel portando orgullosamente el estandarte y tras ellos cuatro arqueros con la armadura dorada característica de los silvanos.

Desde antes de llegar al parapeto, Hoja Verde ya había identificado el muro de piedra recién talla y en lo alto un enano con túnica y corona en la frente. De esa misma forma los enanos vieron llegar a lo comitiva con los estandartes: el verde del Bosque Negro y el Azul de Esgaroth.

—¿Quiénes son, que llegan armados para la guerra a las puertas de Thorin hijo de Thrain, Rey bajo la Montaña? —proclamo en voz alta y llena de cólera.

—¡Salud, Thorin! —Respondió en voz alta Bardo, con el porte de un verdadero líder—. Nosotros no somos enemigos y nos alegramos de que estés con vida, más allá de nuestra esperanza —su rostro se volvió sombrío— ¿Por qué te encierras como un ladrón en la guarida?

—Quizá porque estoy sospechando que me robaran —reclamo al tiempo que sus pobladas cejas se fruncieron y la arrogancia y el odio fueron inconfundibles en su voz.

—Vinimos suponiendo que no habría aquí nadie vivo —se excusó debidamente el barquero—, pero ahora que nos hemos encontrado hay razones para hablar y parlamentar.

—¿Quién eres tú y de qué quieres hablar? —se mostraba irreflexivo y realmente irritado.

—Soy Bardo y por mi mano murió el dragón y fue liberado el tesoro. ¿No te importa? —Thorin no parecía dispuesto a ceder—. Más aún, soy por derecho de descendencia el heredero de Girion de Valle; y en tu botín está mezclada mucha de la riqueza de los salones y villas de Valle, que el viejo Smaug robó. ¿No es asunto del que podamos hablar? Además, en su última batalla Smaug destruyó las moradas de los Hombres de Esgaroth y yo soy aún siervo del gobernador. Por él hablaré, y pregunto si no has considerado la tristeza y la miseria de ese pueblo —su voz cambio a ser persuasiva—. Te ayudaron en tus penas, y en recompensa no has traído más que ruina; aunque sin duda involuntaria —repuso.

Legolas solo observaba y escuchaba tal y como su padre le indico en su momento; las palabras de Bardo fueron acertadas, pero su ceño eternamente fruncido demandaba justicia haciendo que el enano se sintiera presionado y más aún acosado. Por supuesto fue consiente de los ojos que lo observaban tras el muro con odio y desprecio, sin contar con la mirada despectiva del Rey Bajo la Montaña.

La situación se volvió tensa y con cada segundo que transcurría la esperanza de un tratado se desmoronaba frente a sus ojos. La avaricia del Thorin había crecido en esos días, paseándose por las sales repletas de oro siempre codiciando más.

—Has puesto la peor de tus razones en el último lugar y más importante — respondió Thorin—. Al tesoro de mi pueblo, ningún hombre tiene derecho, pues Smaug nos arrebató junto con él la vida y el hogar —posos su fríos ojos azules sobre Bardo—. El tesoro no era suyo, y los actos malvados de Smaug no han de ser reparados con una parte.

Los ojos de Bardo inyectados en ira no se inmutaron ni un momento ante la mirada insolente del enano.

—El precio por las mercancías y la ayuda recibida de los Hombres del Lago la pagaremos con largueza —con un mohín de su mano le quitó importancia al asunto—... cuando llegue el momento. Pero no daremos nada, ni siquiera lo que vale una hogaza de pan, bajo amenaza o por la fuerza —las siguientes palabras las escupió viendo con odio al hijo de Thranduil:— Mientras una hueste armada esté acosándonos, los consideraremos enemigos y ladrones —regreso su mirada a Bardo— Y te preguntaría: qué parte de nuestra herencia habrías dado a los enanos si hubieras encontrado el tesoro sin vigilancia y a nosotros muertos.

Legolas profundamente ofendido pero sin demostrar nada dio por lo bajo una señal a sus arqueros que estaban más que dispuestos a matar en ese mismo instante al repugnante enano.

El humano no se inmuto ante la interrogante de Thorin, controlando su fuego interno la justicia volvió a relucir en su semblante ceñudo.

—Una pregunta justa —respondió Bardo— Pero ustedes no están muertos y nosotros no somos ladrones. Por otra parte, los ricos podrían compadecerse, y aun en exceso, de los menesterosos que les ofrecieron ayuda cuando ellos pasaban necesidad. Aún no has respondido a mis otras demandas —era de admirar la persistencia y sagacidad del humano, que a pesar de todo, sus palabras resultaban corteses.

—No parlamentaré, como ya he dicho, con hombres armados a mi puerta.

La ira fue más que evidente y fue dicha con tal potencia que incluso el caballo de Bardo retrocedió unos pasos, pero no así el del príncipe que permaneció con la frente en alto sin inmutarse un poco ante las palabras.

—Y de ningún modo —continúo hablando dirigiendo su pesada vista a Hoja verde— con la gente del Rey Elfo, a quien recuerdo con poca simpatía. En esta discusión, él no tiene parte. ¡Aléjate ahora, antes de que nuestras flechas vuelen! —advirtió con vehemencia—. Y si has de volver a hablar conmigo —volvió a hablar con Bardo—, primero manda la hueste élfica a los bosques a que pertenecen —señalo a los elfos con el afán de ofender—, y regresa entonces, deponiendo las armas antes de acercarte al umbral.

—El Rey Elfo es mi amigo, y ha socorrido a la gente del Lago cuando era necesario, sólo obligado por la amistad —respondió Bardo viendo en los ojos de los elfos la indignación y sus manos empuñando con fuerza su arco— Te daremos tiempo para arrepentirte de tus palabras. ¡Recobra tu sabiduría!

El enano bufo con ganas, pero al ver al elfo de cabellos dorados dispuesto a hablar se detuvo de su intento de macharse, el reto de la compañía de Thorin escudo de Roble se acercó; por supuesto ninguno de ellos vio con agrado la figura del príncipe.

—En nombre de Esgaroth y el Bosque —leyó con voz potente el pergamino de su padre—, hablamos a Thorin hijo de Thrain, Escudo de Roble, que se dice Rey bajo la Montana —levanto su vista al enano—, y le pedimos que reconsidere las reclamaciones que han sido presentadas o será declarado nuestro enemigo. Entregará, por lo menos, la doceava parte del tesoro a Bardo, por haber matado a Smaug y como heredero de Girion. Con esa parte, Bardo ayudará a Esgaroth; pero si Thorin quiere tener la amistad y el respeto de las tierras de alrededor (como los tuvieron sus antecesores), también él dará algo para alivio de los Hombres del Lago.

Apenas termino de hablar Legolas, cuando Thorin arrebato el arco Kili y lanzo una flecha con dirección a Thranduilion. El príncipe experto como era de la arquería, no le costó mucho descifrar la intención del enano y con velocidad vertiginosa puso su escudo.

La flecha del enano se quedó clavada en el escudo élfico temblando por la fuerza, con una mirada tranquilizadora Legolas impidió que la flecha fuera regresada con creses y con la certeza de acertar a más de un enano.

—Ya que ésta es tu respuesta —dijo Legolas enrollando de nueva cuenta el pergamino—, declaro la Montana sitiada. No saldrán de ella hasta que nos llamen para acordar una tregua y parlamentar. No alzaremos armas contra ustedes, pero los abandonamos a sus riquezas. ¡Pueden comerse el oro, si quieren!

Con el orgullo característico de los elfos y la postura en alto, se marchó la comitiva élfica siguiendo a su príncipe y tras ellos Bardo y su gente.

Thranduil diviso a los lejos el hermoso caballo blanco de Legolas y por su forma de montar se dio rápidamente una idea de lo acontecido. En poco tiempo ya todos estaban frente al Rey de los elfos que los esperaba con la armadura y montado en su siervo con la intención de mandar una cuadrilla de ser necesario.

—No nos van a dar nada —dijo rápidamente Bardo completamente enfurecido apenas estuvo cerca del rey.

—Es una pena —hablo fríamente sabiendo de antemano lo que sucedería—, igual lo intentaste.

—Es lo que no entiendo —fio sus ojos en Thranduil—. ¿Por qué? ¿Por qué se arriesga a una guerra? —el Rey pudo adivinar rápidamente que el humano estaba incluso decepcionado de las acciones de Thorin.

—Es inútil razonar con ellos. En realidad solo entiende una cosa —con un rápido movimiento desenfundo su espada haciendo que resplandeciera bajo los rayos del sol.

Bardo comprendió el mensaje y bajo la mirada; sin decir más el Rey se adentró al campamento seguido de su hijo. Como el líder del Esgaroth tenía que tomar medidas, las tropas élficas ya comenzaban a salir del campamento y en silencio con el sol matutino se escabullían alrededor de la montaña.

El hombre de rostro ceñudo aun fuera del campamento se dijo a si mismo que ya era tiempo de que ellos también pusieran manos sobre el acero. Con velocidad cabalgo al interior de la ciudad convocando a todo hombre y adolescente sin heridas; no hizo falta mucho para que todos le siguieran y tomaran una espada.