Disclaimer: ¡Oye, Arnold! no me pertenece. Todos los derechos están reservados por Craig Bartlett y Nickelodeon.


CAMINO DE VUELTA

Capitulo 4: La fiesta en la azotea.

Y esas habían sido las únicas dos palabras que Arnold había cruzado con Helga antes que la marabunta de amigos se le fueran encima. Como era de esperarse, habían tenido un buen rato para reencontrarse entre ellos antes de que él arribara, así que el chico se había convertido en el centro de atención.

Como eran muchos y todos querían ponerse al tanto, Gerald propuso sentarse en círculo,así sería más fácil escuchar a cada uno. Los inquilinos y los abuelos de Arnold permanecieron fuera del área de los chicos, disfrutando de la música y los bocadillos pues comprendían que era su momento.

Quién comenzó rompiendo el hielo fue Rhonda, y no fue de extrañarse, seguía siendo la más extrovertida del grupo. Ella contó lo que ya muchos sabían: era diseñadora de modas y tenía una marca propia de ropa, (a esas alturas todos habían visto la pasarela de su colección primavera-verano en la televisión). Luego le siguió Eugene, quien era reportero y trabajaba junto con Stinky que era el conductor estelar del noticiero de las noches. Atrás habían quedado los dos alumnos tímidos de los cuales todos se burlaban, y era toda una revelación verlos expresarse tan fluido y natural, sin duda se habían vuelto muy sociables. Nadine y Sheena se habían asociado y eran dueñas de un centro de investigación animal y activistas de Greenpeace por los derechos de los animales. Organizaban campañas de concientización muy a menudo.

En seguida, Peapod platicó que era historiador y se dedicaba a dar clases en la universidad de Seattle, y a pesar de que todos sabían que el chico de lentes estaba enamorado de Nadine desde la primaria, ninguno se hubiera imaginado que en la actualidad los dos eran novios.

Después llegó el turno de Lila, maestra de segundo año en la 118. La pelirroja, contó que los niños eran su adoración y que por tal motivo, estaba estudiando una maestría pedagogía infantil. Posteriormente, Harold compartió su amor por la comida hablando con cariño de su restaurante "Steak House", del cual el señor Marty Green (que aún era carnicero y el mejor de la ciudad) era su principal proveedor de carne. Siguió Brainy, el raro del grupo (y acosador de Helga) quién era de los pocos que no había sufrido un cambio drástico; él se desempeñaba como ingeniero en sistemas y trabajaba para una compañía que se dedicaba a crear software para otras empresas. El silencio inundó el lugar cuando todos se dieron cuenta que jadeaba cada vez que mencionaba la palabra "software" y Arnold juraría que vio a Helga tragar saliva al escuchar el relato.

Después de eso Gerald intentó retomar el buen ambiente y se dispuso a contarles sobre su vida, sin embargo cuando estuvo a punto de hablar, los demás le pidieron que omitiera su participación. Estaba claro que todos lo habían visto sus partidos en la NBA y estaban al tanto de su carrera. Pese a eso, el chico hizo caso omiso y relató su llegada al básquet y su compromiso con Phoebe. Ella, sentada al lado de su prometido, era una prestigiada cirujana que trabajaba en el hospital general de la ciudad y quien se desempeñaba como investigadora en el colegio de médicos de Manhattan. La oriental había sido la mejor de su generación en la universidad (y que Arnold recordara, así había sido desde la primaria, secundaria y seguramente en preparatoria también).

Llegó entonces el turno de Helga. Arnold esperó, expectante. Al parecer, a los demás no les extrañaba su drástico cambio físico como a él, por lo que suponía que todos estaban familiarizados con la nueva imagen y actitud de la rubia.

—Pues yo… —vaciló un poco, mirando su vaso de refresco como pensando en las palabras adecuadas. Todos ahí se habían sincerado y hablado abiertamente de sus vidas… lo cual no significaba que ella estuviese obligada a hacer lo mismo. La chica suspiró—, estoy trabajando en la compañía Pataki y no he hecho mas que trabajar todo este tiempo. Y perdón si no soy tan famosa como todos ustedes, pero mi vida es aburrida. Eso es todo de mi, fin.

— Creo que telefonía Pataki es lo suficientemente famosa como para decir que tu vida es aburrida, Helga —comentó Lila.

— Es verdad, así como que todos usamos tu red… —prosiguió Stinky sacando su celular y mostrándoselo.

— Bueno chicos basta, es el turno de Arnold —retomó el basquetbolista, antes de que todos se olvidaran de la razón por la cual se habían reunido—. Vamos viejo, suéltalo.

El psicólogo echó una ojeada al cielo… tomó aire y después miró a sus amigos que esperaban por fin saber un poco sobre él.

—Bien pues… como saben, todos estos años estuve en San Lorenzo buscando a mis padres y… los encontré, aunque no de la forma en que esperaba—el grupo contuvo el aliento. El silencio, por primera vez en esa noche, se hizo palpable. Todos lo sabían, sin embargo escucharlo del propio Arnold provocaba una profunda tristeza—. Quiten esas caras, estoy bien, enserio —pidió el rubio. Tratando de aligerar el momento—. Era algo que tenía que saber y vivir solo así iba a poder seguir. Estudié la universidad allá y ahora he regresado para estar en mi casa, con mis abuelos y para verlos a ustedes, claro que nunca me imaginé encontrarme con todos de un solo golpe, pero estoy feliz por ello. Actualmente estoy desempleado, si alguno sabe de un lugar que requiera un psicólogo, me ayudaría muchísimo —el grupo rió al unísono y Arnold sonrió. Pese a que había pasado años lejos, sin mantener el lazo de amistad con cada uno de sus ex compañeros, todo se sentía natural; el ambiente era bueno y acogedor. Definitivamente estaba en casa.

— Bien muchachos esto es una fiesta, y ya que todos terminamos de hablar de nuestros logros, propongo que nos pongamos a bailar —expresó Rhonda.

Todos se dispersaron por un momento. Se hicieron algunos grupitos alrededor de la mesa de comida y otros bailaban como Gerald y Phoebe y Peapod y Nadine, incluso Rhonda con Stinky.

Arnold se despegó un poco del grupo, fue hasta la mesa de comida y tomó un tazón de palomitas. Desde ahí se limitó a mirar de lejos a sus amigos, a los inquilinos y a sus abuelos que apenas y podían caminar pero que ahí estaban, sacando sus mejores pasos de baile en la pista. El psicólogo estaba observando la fiesta cuando de pronto, del otro lado de la azotea divisó a Helga; la chica estaba sola y parecía perdida mirando la ciudad. Repentinamente, los comentarios de Gerald y lo que Helga había dicho en el círculo, asaltaron su mente. A primera instancia se notaba que había cambiado bastante, pero aun conservaba ese aire solitario que la caracterizaba.

—Cuando cae la noche en San Lorenzo, lo único que escuchas son grillos y el cálido viento sopla… —se aventuró a decir Arnold, observando los edificios que se alzaban a lo lejos, cuán diferente eran ambos lugares, la selva y la ciudad, y sin embargo sentía pertenecer a ambos.

— En cambio aquí solo ves luces y escuchas ambulancias pasar —completó Helga, irónica. Al momento de escuchar la voz del chico, los nervios se le pusieron de punta. Lo menos que esperaba era tener una conversación a solas con Arnold, pero tampoco haría algo para zafarse. Como Phoebe le había dicho tenía que enfrentarlo, así que se prometió actuar lo más normal que le fuera posible.

— Extrañé mucho la ciudad—dijo el rubio, casi en susurro. Helga no pudo evitar voltear a verlo; cuando sus miradas se encontraron, el corazón de ella se detuvo.

— Tenias que ir —dijo, convenciéndose a sí misma más que ofrecer un consuelo para él—. Pero ahora has vuelto, entonces aprovecha a tus abuelos y haz todo lo que tengas en mente, ve por eso que quieres.

Aquel comentario lo sorprendió. Nunca, en todo el tiempo en que la conocía la había escuchado hablar así.

— Lo haré, muchas gracias.

— Seguro —comentó ella y hubo una pausa un poco incómoda.

— Todos se han vuelto exitosos ¿no es así? Me alegra saber que les ha estado yendo bien, salvo a mí que estoy desempleado —bromeó.

— No a todos nos sonríe la vida, muchacho —él se sentía mal de escucharla hablar así, sin embargo ahí estaba el gancho, a donde quería llegar para ahondar más sobre lo que le había estado pasando.

— Pues ser dueña de Telefonía Pataki no esta tan mal ¿no? ¿Qué ha sido de ti Helga? —dijo temeroso, se estaba asomando a los límites. Sabía de sobra que Helga podía a) gritarle, golpearlo y tirarlo de la azotea o b) darse la media vuelta e ignorarlo o incluso c) todas las anteriores.

— Trabajando, eso es todo —se limitó a decir. Punto a favor: la estaba haciendo hablar.

— ¿Todo este tiempo con tu padre…?—tanteó el terreno.

— No, estuve en otro lugar antes pero se presento cierta situación y bueno… nunca quise ser conocida por lo que Bob hacía pero me tocó y ni modo —ella lo seguía llamando de esa forma, signo de que las cosas no habían cambiado nada entre padre e hija.

— Y tu mamá ¿cómo está?

— Ahí va, tiene problemas con el… espera… —dijo ella, dándose cuenta de que estaba a punto de hablar de más—. ¿Por qué haces tantas preguntas? —ahí estaba ese atisbo de la vieja Helga, se había topado con la barrera que siempre solía poner cuando alguien estaba adentrando mucho en su vida. Esa parte no había muerto y como tal, no había dado un cambio brutal, simplemente había madurado.

— Simplemente creo que me perdí de varias cosas y quisiera ponerme al corriente, eso es todo —se encogió de hombros.

— Me analizas, ¿cierto? —era más una afirmación. La chica volvió a mirar hacia la ciudad, con desgane.

— ¿Por qué todos piensan eso de mi? No voy por la vida analizando gente, es enserio.

— Pues que bueno. No puedes ir por la vida regalándole terapia a medio mundo.

Arnold soltó una carcajada y Helga sólo se limitó a sonreír. Era raro para ella, el hablar así de normal con Arnold, sin insultarlo, sin estar a la defensiva… pero también era cierto que esa felicidad, ese golpeteo en el corazón iba acompañado de una gran melancolía.

— Helga, Arnold… disculpen —Lila se acercó a los amigos, de forma sigilosa—. No quiero interrumpir.

— No interrumpes nada pelirroja, estábamos mirando el smog —lanzó Helga.

— Acabo de recordar que la primaria está solicitando un psicólogo —anunció la actual profesora.

— ¡¿De verdad?! ¡Es estupendo! —exclamó Arnold, emocionado.

— No sé si alguien más haya ido a solicitar el puesto, pero podrías intentar llevando tus papales la próxima semana.

— Estas de suerte, chico explorador —dijo Helga, en tono amable, lo que confundió al rubio que esperaba ironía en sus palabras—. Bien, fue bueno verlos pero voy a pasar a retirarme —Helga miró su reloj y le dio dos golpecitos en el cristal.

— Aún es temprano… —inquirió Lila, parpadeando. Arnold no dijo nada, sólo la observó.

— Tengo algunas cosas que hacer, eso es todo —suspiró. No es que tuviera algo contra Lila, de hecho aunque no eran amigas, la relación que mantenían era cordial. Helga había superado su aversión por ella hacía tiempo, sin embargo vio la oportunidad perfecta para salir huyendo de ahí tras la llegada de la profesora, pues se estaba sintiendo incómoda.

— ¡Hey! ¿A dónde? No puedes irte aún Helga —Gerald se acercó con Phoebe.

— No me digas que vas a detenerme —el chico se puso detrás de su novia, antes de que Helga se le lanzara encima.

— Es que hay algo que quiero decirles, por eso aun no puedes irte —dijo la oriental.

— De acuerdo, dilo, puedo esperar 5 minutos más —volvió a observar el reloj.

Gerald pasó una mano sobre el hombro de su prometida, se miraron cómplices y después se dirigieron hacia ellos.

— Arnold ¿aceptarías ser nuestro padrino? —preguntó al fin el moreno, ensanchando una gran sonrisa.

— ¿Y-Yo? —preguntó sin creerlo. Sus amigos asintieron—¡P-Por supuesto! ¡Será un honor! —el día sin duda había estado lleno de sorpresas.

— Y yo, quisiera que fueras mi dama de honor, Helga —la pose ruda que había adoptado se fue debajo de inmediato. Nunca en su vida lo hubiera hecho, ni considerado siquiera, pero era Phoebe, y por Dios que por ella haría cualquier cosa.

— Phoebs… yo… —balbuceó, entre nerviosa y emocionada.

— Sé que nunca te han gustado mucho ese tipo de cosas —se adelantó la médico—, pero eres mi mejor amiga y la verdad…

— Lo haré, claro que seré tu dama de honor —sonrió. Era extraño, pero era bonito… ver a su amiga al borde de las lágrimas porque había aceptado ser su dama de honor, por casarse con aquel joven que se empeñaba en molestar pero que sabía era el perfecto y el elegido por ella. Su amiga sería muy feliz y no podía pedir menos que eso.

— Helga, Arnold, ¡felicidades! —ofreció Lila, dando aplausos.

— Nos honraría tu presencia como invitada Lila, esperamos ver a tu padre también —Phoebe le dio un sobre blanco que contenía la invitación a la boda.

— Muchas gracias, ahí estaremos—sonrió la pelirroja.

— Toma —Gerald le extendió una invitación a su archienemiga—. Te esperamos en dos semanas, es muy importante para Phoebe y para mí también que nos acompañes de esa forma.

— C-Claro, g-gracias—asintió la rubia, sin poder refutar con algún insulto a Gerald—. Bien, ahora si debo irme —dijo apresurando el paso hacia las escaleras de emergencia.

— Helga, espera —la alcanzó su mejor amiga.

— No te preocupes Phoebs, voy a estar bien, no es necesario que me acompañes, sé que van a repartir sus invitaciones y no hay mejor momento que este en donde está la mayoría… es sólo que… —no dijo más. Phoebe le dio un fuerte y rápido abrazo. Sabia que necesitaba su espacio.

— Discúlpame por haberte hecho venir. Dije que no te estaba obligando pero casi siento que fue así—se sinceró la futura novia.

— Nah, estuvo bien, por lo menos me sirvió para algo…

— ¿Para qué? —sin embargo no hacia falta preguntarlo y tampoco necesitaba la respuesta.

— Te veo luego —Helga dio media vuelta y salió de la fiesta con prisa.


Helga abrió la puerta de su casa la cual estaba en silencio, no había rastro ni de Miriam, ni de Bob, cosa bastante rara considerando que cada uno estaba enfermo. La jovencita se quitó las zapatillas y caminó descalza por el piso de madera, subió las escaleras y llegó a su habitación.

Ahí se tumbó en su cama y observó el techo.

— No de nuevo —se dijo a sí misma, colocando el antebrazo en su frente. Ver a Arnold de nuevo y cruzar palabra con él había sido bueno para ella. Se había sentido bien de poder expresarse sin insultarlo como en el pasado y había sido sorpresivo para ella que él se acercara de forma casual, pero claro se trataba de Arnold Shortman, el joven más santo y educado de todo Manhattan. Pese a eso, a la alegría que brotaba de su interior (que pensó ya contenida) estaba envuelta en un halo de nostalgia. Helga se transportó automáticamente a esos días en la primaria. No podía recordar el altar en su armario sin sentir escalofríos. A esas alturas sentía pena de recordar lo intensa que había llegado a ser—. Se suponía que esto estaba controlado —se reprochó. Pero resultaba que no, simple y sencillamente había estado guardado— Supongo que… tendré que aprender a vivir con esto… —una lágrima resbaló del rabillo de su ojo y la limpió enseguida.


— ¡Te vi muchacho! ¡te vi! —dijo Gerald a su amigo, mientras recogían la basura del lugar. La fiesta por fin había terminado.

— ¡Espera abuela no bajes! ¡Dame un segundo, ya casi termino! —gritó el chico a Gertie, quién intrépidamente se disponía a bajar las escaleras con todo y andadera—. ¿A qué te refieres?

— Pues a Lila, ¿quién más? —el moreno alzó una ceja, burlón.

— Ella solo se acercó para decirme sobre una vacante en la primaria, además estaba hablando antes con Helga, cuando llegó.

— No me vas a decir que Lila ya no te gusta… escuché decir a Phoebe que estaba soltera y bueno, siempre fue algo así como el amor de tu vida ¿no? Quien quita y ahora si pega.

— No seas ridículo Gerald. Lila es una chica muy bonita pero creo que lo que sentía por ella fue algo de la primaria, incluso hasta la secundaria si quieres, pero ya no. Y te equivocas con eso de que es el amor de mi vida. Creo que no he sentido algo tan intenso que merezca ese título.

— Por ahora —anexó el basquetbolista.

— Si, por ahora —el rubio se encogió de hombros.

— ¿Y qué hablaste con Helga?

— No mucho. Sólo pequeñas cosas —recordó el psicólogo—. Pero creo que es verdad, ha cambiado.

— Bastante… ¿viste la cara que puso cuando Phoebe le pidió ser su dama de honor? Creí que le diría que no.

— Nunca se hubiera negado, se trata de la boda de su mejor amiga.

— Es que es Helga… es un poco impredecible…

Arnold se detuvo en el lugar exacto en donde estuvo hablando con la empresaria, hacia unas cuantas horas. Por alguna extraña razón aunque había sentido diferente a Helga, algo no terminaba por cuadrarle. La chica hablaba con mas fluidez y seguridad, bromeaba incluso con ironía, sin caer en lo insultante y en ciertas ocasiones dejaba ver su sonrisa… sin embargo, los ojos de la rubia no mentían; en su mirada se asomaba tristeza y cansancio y eso lo hizo sentir muy inquieto.

— Oye Gerald... ¿tienes el número de Helga?


Lo debía, pero hasta ahora me inspiré. A esto quiero llegar y me estoy acercando. Claro que los sentimientos de Helga no estaban muertos, eso lo suponíamos todos, incluso ella, sin embargo tenía que ver a Arnold de nuevo y sentir el porrazo en la cara. Es lindo y es bonito que se hayan encontrado, pero también quiero transmitir todo eso que ella ha estado pasando, lidiando en su casa, con su vida. De buenas a primeras el chico del que siempre estuvo enamorada ha vuelto y eso no hace más que recordarle a esa parte que creyó superada, no nada mas sobre sus sentimientos, sino el punto en el que maduró. Arnold por su parte está intrigado por el cambio si, pero él lo nota más que los demás, tanto por su profesión como por que siempre sha sido muy intuitivo. No comprende porqué quiere indagar mas de ella, pero siente el impulso de hacerla hablar.

Y así vamos, aun queda camino por recorrer. Gracias por seguir aquí. (cualquier error ortográfico sean tan amables de avisarme, estoy a punto de dormirme sobre el teclado y no leo con claridad a estas alturas de mi vida)

Princesa Saiyajin.