Tras su peculiar encuentro con el país del norte, China no volvió a tener tranquilidad durante mucho tiempo, ya que después de eso; varios grupos de rusos –que de hace un tiempo se habían apropiado del sur de Siberia– habían traspasado sus fronteras y se paseaban por los límites de su tierra. Por fortuna, la dinastía Quin–la nueva dinastía que lo regía tras la inevitable caída del imperio Ming– había hecho un excelente trabajo al frenar el paso de los intrusos.
No obstante, no fue suficiente.
Así que cansado con la situación, Yao decidió presentarse personalmente en los límites de su frontera para sacarlos por sí mismo. Ya estaba cansado de tener que lidiar con esos extranjeros odiosos que venían a meterse a su casa para sacar algún provecho, como influenciar a sus hermanos, extender sus dominios o sobreexplotar sus recursos para beneficio propio. Y el tal Rusia no debía ser la excepción. Aún así, cualquier cosa que éste estuviera buscando de su persona no la iba a conseguir así de fácil, no sin dar pelea. Por esa razón marchó a paso decidido a la Cuenca de Amur(1) a increparlo, sin importar si el más alto le daba miedo o no. Tenía que poner un freno a esto.
Y claro, no fue sorpresa que cuando llegara, el ruso ya estuviera ahí; esperándolo.
–China-China, así que finalmente te presentas en persona, da –dijo Ivan de forma juguetona, sonriéndole tan pronto le vio llegar.
–¡Aiyah! ¡Deja de llamarme así, aru! –reclamó molesto el chino, deteniéndose a unos metros de él–. ¡Y dime porqué tú y los tuyos han estado cruzando hacia mi casa! ¡Ponen nerviosos a toda mi gente, aru!
–¿Por qué pones esa cara? Creí que éramos amigos –contestó inocentemente Rusia, figurando una expresión de sorpresa al mismo que tiempo que ladeaba su cabeza para mirar a su contrario.
–¿Qué? ¡Yo no he aceptado tal cosa! ¡¿Y de todas formas quién te crees para venir sin permiso?! –refutó la milenaria nación, exasperado, dando un paso hacia el de bufanda, quien siguió confuso de su reacción.
–Oh, pero China... yo quiero ser tu amigo. No entiendo cual es el problema. Eso ya te lo había dicho cuando nos vimos por primera vez, da.
–¡Déjate de bromas, aru! ¡Traspasar así los límites de mis territorios es el problema! ¡Además, ya hay suficientes occidentales en mi casa como para seguir aguantando a más de ustedes! ¡No sé qué clase de intenciones tengas, pero ten por seguro que a mi jefe no le agradará saberlo, aru!
La fuerte sentencia del asiático fue seguida por un minuto de silencio en que ambas naciones sostenían la mirada el uno hacia el otro. Ivan seguía con aquel rostro confuso contemplando al más bajo sin llegar a entender la furia que éste último le demostraba. Sin embargo, no pensaba desistir de su objetivo.
–¿En serio? –preguntó el más alto, volviendo a cambiar su mirada por una de incredulidad, pero luego de un momento formó una sonrisa cálida para decir–: Entonces habrá que cambiar eso.
A pesar de que la expresión y el tono del ruso parecían ser inofensivos, el chino no pudo evitar sentir un escalofrío. Había algo en su tono y oculto en sus palabras que le dejó con una molesta sensación de temor e incertidumbre.
–¿Q-Qué quieres decir, aru?
–Nos estaremos viendo muy pronto, China-China.
Dicho esto, el ruso se retiró del lugar sin dejar de conservar la sonrisa que mantenía en su rostro. China por su parte no pudo sino quedar observándolo mientras se alejaba, dejándole a él tan sobresaltado como cuando lo encontró en aquel bosque.
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Las preocupaciones para la nación milenaria no cesaron luego de confrontar al representante ruso. En verdad había algo muy perturbador en él. No podía adivinar qué, y era eso exactamente lo que le hacía temer. También estaba el factor de que éste era mucho más grande y corpulento que él. No tenía una apariencia amenazante como Mongolia, pero parecía mucho más peligroso. Su sonrisa y su modo de ser tan tranquilo e infantil escondían algo siniestro en su interior, de eso estaba seguro. Además… ¿Por qué estaba tan interesado en su persona?
Quiero que China sea mi amigo.
Yao se congeló unos segundos al recordar las palabras del más alto. De algún modo, ahora no le parecían una amenaza, de hecho era todo lo contrario. Luego de tantas disputas en su tierra, los enfrentamientos con Japón, la llegada de ese tal Inglaterra(2) –quien no le agradaba un pelo– y problemas con otros occidentales, escuchar algo así le sorprendía en verdad. Nunca había escuchado semejante proposición, nisiquiera de sus más cercanos. Lo que era doloroso y frustrante.
¿Quizás…? ¿Quizás Rusia no fuera como el resto de occidentales y en verdad ambos podrían…?
Como si se tratara de un golpe eléctrico, el chino reaccionó abruptamente negando con su cabeza una y otra vez, tratando así de quitarse aquella disparatada idea de la cabeza.
–Debo tranquilizarme… debo tranquilizarme, aru… –no dejaba de repetir nervioso mientras caminaba en círculos por uno de los salones del palacio–. Puede que sea más grande, pero he enfrentado a ese bárbaro de Mongolia y he vencido, aru. No tengo porqué tener miedo.
El representante milenario seguía sin poder quitarse la inquietud sobre qué tramaba su vecino del norte cuando un guardia imperial ingresó al salón, parándose en la entrada de éste antes de dirigirse solemnemente a su nación.
–Zhu China, el Emperador quiere verlo ahora mismo –le anunció el guardia con sequedad, lo que de inmediato le hizo ver al mencionado que se trataba de algo serio.
Yao, tras dirigirse a la sala principal, vio a su Emperador sentado en su trono, mirando atentamente una carta que sostenía en su mano con gesto meditabundo. Esto extrañó al milenario representante, pues notaba cierto aire de tensión en el ambiente.
–¿Mandó a llamar por mí, Emperador? –preguntó un tanto inquieto el gigante asiático.
–Yao ¡¿Quién es este tal Rusia que nos ha escrito para venir al palacio?! –exclamó severamente el monarca tan pronto tuvo en su presencia a la milenaria nación, quien por su parte quedó paralizado y enmudecido debido a la impresión.
Al no obtener respuesta, el emperador comenzó a impacientarse.
–¿Y bien?
–Hum… n-no lo sé muy bien, aru. Es el país del norte, cuya gente ha estado cruzando por nuestras fronteras últimamente.
–Aquí dice que su zar quiere mandar una embajada para establecer conexiones con nuestro Imperio… y también porque su representante quiere conocerte mejor.
El silenció reinó en la sala mientras que Yao no podía quitar la expresión de aturdimiento de su rostro ¡A esto se refería el ruso con las palabras de aquella ocasión!
¿Y ahora qué? aru
Capítulo IV: El Zar y El Emperador
.:Año 1654 El Zar Alejo Mijailovich manda su primera embajada al Emperador chino(3):.
Yao no podía dejar de repetirse que aquello no estaba pasando. No estaba pasando. Y sin embargo, ahí estaba Rusia en compañía de un embajador de su tierra, mandado por su máxima autoridad para visitarle a él y a su jefe en un encuentro formal y amistoso. No obstante, el único feliz parecía ser el representante ruso, puesto que su acompañante lucía algo incómodo en vista que había tenido que pasar por varios inconvenientes para llegar a la Ciudad Prohibida(4), mientras que su Emperador no dejaba de escrutar con la mirada a los extraños al tiempo que masajeaba su barbilla. Y por último, él, evitando mirar directamente a Ivan, quien por su parte le sonreía amistoso y hacía pequeñas señas con su mano como si le estuviera saludando.
La escena no pintaba muy bien, y el gigante asiático no deseaba más que aquella visita terminara pronto para que así ambos extraños se largaran y lo dejaran a él en paz de una vez por todas.
Tras varios segundos luego de que el Emperador y aquel embajador mandado por el zar se mantuvieran en silencio, fue el monarca el primero en tomar la palabra.
–Bien… Tengo entendido que su nación quiere conocer a la nuestra…
–Así es… Como sabrá nuestras tierras están al norte de la vuestras y suponemos que un acuerdo mutuo entre nuestras naciones sería de mucha beneficencia para ambos –contestó el embajador tan sereno como le fue posible, sin embargo un atisbo de molestia se dio a ver en su expresión.
–Sin embargo los suyos han estado cruzando hacia los territorios de la dinastía Quin, lo que no me da mucha confianza –sentenció el Emperador, cruzando sus manos y posándolas sobre su barbilla mientras escrutaba escépticamente al hombre delante de sí.
–Simplemente queremos establecer una ruta de comercio –terminó por sentenciar el visitante ruso, empleando un leve tono de irritación.
Apenas el embajador terminó de hablar provocó un incómodo silencio en que los presentes se detuvieron a mirarle. Por su sequedad y expresión podía verse a leguas que no estaba a gusto en el lugar, que estaba ahí por mera obligación de su zar y sólo quería largarse tanto o más que China en aquel instante.
Finalmente, el emperador chino llevó su mano a su boca, carraspeando ligeramente, antes de dirigirse a su nación.
–Yao, ¿Por qué no te encargas de mostrarle el palacio a nuestro invitado mientras yo atiendo a su embajador? Estoy seguro que le agradará conocer más de nuestra cultura.
China esperaba que su respingo y cara de pánico no fuese tan evidente para los presentes, sobretodo para su Emperador. Lo último que necesitaba era que éste notara que el ruso le intimidaba más de lo que imaginaba. Debía mostrar decoro y dignidad ante todo, más cuando eran tiempos difíciles, donde parecía que en cualquier momento surgiría otra guerra con potencias extranjeras. Debía tener cuidado, dependiendo de lo que surgiera aquí podría determinar si ese Rusia resultaría un enemigo potencial o quizás no representaba mayor amenaza. Aunque no tenía esperanzas con lo último. El eslavo se veía alguien fuerte en apariencia y tenía la certeza que no sería fácil de vencer en un enfrentamiento directo.
–Ah… cla-claro, aru… será un placer –masculló casi entre dientes. Le había costado demasiado decir lo último y tratar de parecer sereno, más cuando vio la sonrisa que figuraba el ruso. Se notaba que no podía estar más satisfecho con la petición de su Emperador. Tendrían tiempo a solas y eso era lo que el más alto quería. Tener la oportunidad de acercarse a él y entonces...
Sin duda no era su día. A pesar de haber recibido la noticia con días de antelación, Yao no estaba preparado mentalmente para tener la presencia del ruso en el palacio. De todos los lugares del mundo... ¿Por qué precisamente tenían que venir a meterse en su casa? Ya no sólo se trataba de Japón, Portugal, Holanda y ese encuentro con el tal Inglaterra ¡Ahora también era Rusia! ¿Es que nunca iba a tener paz?
Mientras el chino ahondaba en sus pensamientos al mismo tiempo que caminaba junto al ruso por uno de los pasillos del palacio, Ivan se le dirigió con un tono y sonrisa amistosa.
–Así que te llamas Yao, ¿Da?
Maldición. Su Emperador tenía que llamarle por su nombre humano justo cuando el ruso estaba en su presencia. Ya era bastante molesto recibir el apodo de China-China con aquel irritante tono infantil, pero ahora ser nombrado de esa forma era mucho más molesto.
–S-sí, aru –admitió resignado al tiempo que desviaba la mirada.
–¿Te parece si te llamo Yao-Yao?
–¡Aiyah! Preferiría que no lo hagas, aru.
–¿Por qué no?
–Porque suena vergonzoso, aru. Es como si estuvieras refiriéndote a un niño pequeño, y soy mucho mayor que tú, aru. Además no nos tenemos tanta confianza.
–Pero he venido para cambiar eso y para que tú y yo seamos buenos amigos –dijo el más alto, volviendo a sonreír complacido–. Tú puedes llamarme Ivan si quieres, ¿da?
–¿Ivan?
–Da. Ivan Branginski.
China quedó observó fijamente al eslavo tras escuchar su nombre. Curioso sin duda alguna, pero él podía pensar lo mismo del suyo. Que el ruso fuera tan abierto en expresarse le hacía sentirse aún más intranquilo. No obstante, no iba a ceder así de fácil a uno de sus caprichos.
–Creo que no deberíamos. Primero tenemos que ver cómo tomará el Emperador su visita, aru –dijo tratando de no ser muy severo. Nunca se sabía que si escogía las palabras incorrectas, su contrario podría enfurecerse, lo que terminaría por acarrear consecuencias desastrosas.
–Oh, estoy seguro que todo saldrá bien y si no, siempre podemos intentarlo de nuevo –contestó Ivan, sonriendo como si nada.
Nuevamente Yao se sintió perturbado por el tono que empleaba el más alto. Parecía inocente, pero siempre había un toque misterioso cuando soltaba frases como ésa, casi como si fuera a hacer una travesura ¡Demonios! Yao nunca había conocido a alguien como él, y no sabía en lo absoluto cómo lidiar con el ruso.
–Bueno… creo que podríamos sentarnos a tomar un poco de té mientras esperamos, ¿estás de acuerdo, aru? –le preguntó, tratando de parecer lo más relajado y cordial posible.
–¡Da! ¡Eso me gustaría mucho! –asintió éste muy complacido.
La emoción que embargaba al ruso parecía sincera. Ahora que Yao recordaba... el eslavo mencionó que le conocía por los obsequios del consulado de Mongolia a uno de su embajadores. A todo esto... ¿Qué clase de relación tendría con aquel bárbaro? La primera vez que lo escuchó había algo raro en su expresión y tono de voz. Tal vez debería evitar nombrar a Mongolia, pero también saber más de él podría darle a conocer a quien se estaba enfrentando.
Ya sentados frente a una sala que daba a la vista de uno de los jardines del palacio imperial, un par de sirvientes de la dinastía Quin les sirvió el té a ambos. Los empleados se encontraban algo nerviosos por la presencia del más alto, pese a que les sonreía de forma amigable había algo que les ponía nerviosos al estar frente a él.
Incluso a mi gente este tipo ya comienza a asustarlos, aru. Si no muestro firmeza podría hacerles caer su moral, pensó el chino, suspirando con fastidio.
Luego de que los dos fueran dejados a solas, Ivan tomó de su taza e hizo un gesto de satisfacción al beber su contenido.
–Sabe delicioso... –dijo luego de dejar su taza en el piso.
–Claro, el mejor sabor es el que se hace en su lugar de origen, aru. Los occidentales podrán imitar, pero nunca igualar –se jactó el mayor con una sonrisa algo arrogante.
–Oh, Yao-Yao, no me equivoqué con escogerte –sonrió divertido el eslavo ante la afirmación presuntuosa del más bajo–. Si todo sale bien aquí podrías ir a visitar mi casa, aunque no puedo decir que tenga un clima tan acogedor como el tuyo... Pero ya verás cómo te encantará ser amigo de Rusia, da.
Hubo una pausa en que al asiático le dificultó encontrar las palabras precisas con que responder al ruso. Se veía muy confiado en que lograría establecer una buena relación con él. En cambio China se mostraba cada vez más desconfiado de que aquello era una mala señal.
–No lo tomes a mal, aru, pero casi no sé nada de ti... A pesar de que seamos vecinos recién comienzo a saber de tu existencia, así que, ¿no crees que es un poco precipitado para entablar amistad? –preguntó el mayor, un poco incómodo.
–Nyet. Yo sé que llegaremos a ser grandes amigos, Yao-Yao. Además... apuesto a que ambos le enseñamos a Mongolia a ser un buen niño, ¿cierto?
Fue como si una espada de hielo se hubiera deslizado por la nuca del representante milenario al oír el tono sombrío y la mirada siniestra que figuraba el más alto al dar testimonio de ese hecho.
–¿A-a qué te refieres con eso, aru?
Cuando acabó de oír su relato, de cómo había apaleado a Mongolia en el río Ugra (4) quedando así completamente libre de su yugo, la expresión del chino había quedado paralizada y de un color pálido. Ahora estaba seguro que debía cuidarse las espaldas de aquel tipo tan extraño.
Ivan por su parte, encontró gracioso y algo encantador la manera en que era observado por Yao luego de contar una anécdota que a él le parecía casi agradable. Después de todo... ¿No habían sufrido ambos lo suficiente con el imperio mongol?
–Tenemos mucho en común, Yao-Yao. Más de lo que crees... aunque no lo parezca a primera vista –concluyó Rusia, volviendo a sonreír de forma inocente.
Tras un momento de silencio, uno de los guardias del palacio irrumpió en la sala, situándose en la entrada de ésta antes de dirigirse a su nación.
–Zhu China, el Emperador quiere verlos porque ya terminó de atender al embajador.
¡Al fin! Yao no sabía qué haría de estar más tiempo con el ruso a solas, así que rápidamente se puso en pie, siendo seguido por el eslavo que se mostraba algo decepcionado de no poder continuar asustando a su anfitrión.
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Terminada las formalidades de despedida, Rusia y su embajador se retiraron del palacio, esperando el trasporte que los llevaría a un sitio de hospedaje antes de regresar a su casa. Cabía destacar que no había una expresión muy grata en este último, de cualquier forma, agradecía que ya pudiera irse y esperaba que el zar nunca volviera a mandarle ahí de nuevo. Sabía que no había tenido mucho éxito en ganarse la simpatía y aceptación del imperio chino, por lo que era probable que mandara a otros en su lugar.
–¿Y bien, Emperador? ¿Qué ha pasado, aru? –quiso saber el chino, intrigado de lo que habían conversado mientras estaba a solas con el ruso.
–¡Ese embajador es un irrespetuoso! Luego de no querer reverenciar la entrada de la ciudad no se dirige a mí como es debido –se quejó el monarca.
–Ah, ¿eso significa que ya no los tendremos más por aquí, aru? –preguntó Yao, esperanzado con que la respuesta fuera positiva.
–Pues... eso está por verse. No parece que el tal Rusia quiera desistir de venir por estos lados. Según lo que saqué de mi charla con su embajador es que su nación está muy interesada en ti, Yao, así que no bajes la guardia –le dijo seriamente su Emperador, clavándole la mirada.
La milenaria nación llevó una mano a su frente, suspirando con desaliento. Ya no había duda con que tendría que seguir soportando al país del norte.
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Por otro lado, Ivan y su embajador se dirigían al lugar en que se hospedarían –ubicado en la misma ciudad de Pekín– mientras eran transportados sobre una especie de palanquín que unos chinos llevaban a cuestas.
En el trayecto, el representante eslavo se dirigió a su acompañante con una sonrisa siniestra en su expresión.
–Oí que no te comportaste muy bien en presencia del Emperador –le recriminó el más alto, aunque sin parecer enojado–. Eso está muy mal.
–Señor Rusia, con todo respeto recibí instrucciones que sólo reverenciaría al Emperador, sin embargo estos paganos, budistas o como quiera llamarlos, me exigieron inclinarme a la entrada de la ciudad como también cumplir con otros ridículos requisitos de diplomacia china para dejarme entrar –bufó fastidiado.
–Da. Aún así debiste haber dejado una mejor impresión –replicó Ivan dulcemente, tomando una de las mejillas de su embajador para después apretarla con fuerza–. ¿Qué pasaría si esto llega a complicar mis relaciones con China?
–¡Ah, señor Rusia, eso duele! –se quejó el afectado con una evidente mueca de dolor.
Al cabo de un rato, los chinos que los transportaban se detuvieron frente a una casa de aspecto más o menos sencillo, para dejarles bajar y que entraran a ésta. No obstante, Rusia se paró a la entrada de la casa, dejando a su embajador confuso y volteando a mirarlo.
–Bueno, creo que ya es hora de volver. Me temo que tú en cambio estarás aquí por una temporada –dijo el ruso, sonriendo de lo más tranquilo mientras daba media vuelta para retirarse.
–¿C-C-cómo dice?
–Tengo que regresar cuanto antes a Moscú para informar al Zar de la situación –contestó Ivan de manera sencilla, sin preocuparle la perturbación que sentía su contrario al escucharlo–. No sé en cuanto más te dejen salir, pero me vendría bien que te quedaras un tiempo y observaras las costumbres de esta nación. Así podré entenderme mejor con Yao la próxima vez que lo vea ¿Da?
–P-Pero, señor Rusia...
–Nos vemos, compañero. Ojala tengas una buena estadía aquí –le interrumpió la nación, alegremente, dándole una última mirada a su embajador para luego emprender su camino de vuelta sin que los habitantes chinos pudieran impedírselo. Después de todo al ser un país resultaba inútil tratar de cerrarle el paso sin la ayuda de su representante.
–¡Espere, señor Rusia! ¡Por favor no me deje aquí solo! –gritó desesperado y en vano, pues el más alto ya casi se había perdido de vista y sin esperanzas de que se devolviera.
Por su lado, Ivan al pasar cerca del palacio imperial, se detuvo a observarlo fijamente antes de pronunciar con voz misteriosa:
–China se convertirá en mi amigo... cueste lo que cueste.
(1) La cuenca de Amur se ubica entre la frontera de China y Rusia donde se halla el río Amur.
(2) El primer contacto entre los ingleses con territorio chino fue en 1637 cuando cuatro buques comandados por un capitán británico llegaron a Macau para abrir comercio entre China e Inglaterra.
(3) La primera embajada rusa hacia China se llevó a cabo en 1654 por el embajador Fyodor Isakovich Baykov. No tuvo mucho éxito porque se negaba aceptar las formalidades y ceremonias chinas y no se comportó con la debida sumisión hacia el Emperador. Fue expulsado luego de presentarse ante el monarca en 1657, ya que estuvo un tiempo bajo aislamiento en Beijing.
(4) Batalla del Río Ugra se llevó a cabo en 1480, fue la batalla definitiva en que Rusia se libró del dominio mongol.
Notas Finales: ¡Ta Da! Uf, cuánto tiempo sin actualizar este fic. Este capítulo estuvo mucho tiempo guardado en mi mail y no terminaba de completarle por distintas razones xP Espero que al menos haya sido una actualización decente, ya que las cosas entre Yao e Ivan recién comienzan y se pondrán serias xD Agradezco a todas quienes leen, comentan o siguen esta historia ;)
Nos vemos en la siguiente actualización :3
