Las siguientes semanas fueron sospechosamente tranquilas. Men Tao volvió a su casa a la semana siguiente de la llegada de Anna, despidiéndose de Hana con un "¡Volveré y te venceré, Asakura!".

Lo más extraño es que la relación entre Hana y Anna comenzó, imperceptiblemente, a mejorar. Ahora ya no estaban tan incómodos juntos, habían aprendido a tolerarse y ya se comportaban con naturalidad. Se saludaban por las mañanas y se daban las buenas noches, e incluso entablaban conversaciones, aunque sobre temas triviales.

Tamao interpretó todos estos hechos como buena señal, ya que parecía que la relación iba siendo menos tirante a medida que pasaban las semanas.

En pleno mes de agosto, la peli rosa reunió a los jóvenes en el salón para anunciarles que se iba por un tiempo de la pensión.

- ¿Y por qué te vas? –preguntó Hana con expresión de hielo, mostrando indiferencia.

- Tu abuela me requiere en Izumo –contestó Tamao-. Al parecer quiere que le ayude con algunos asuntos de la familia que ella sola no puede resolver.

- ¿Y cuánto tiempo estrás fuera? –interrogó Anna.

- En principio dos semanas, pero si la señora Keiko quiere que me quede por más tiempo, tendré que hacerlo.

Ambos jóvenes se miraron. ¿No sería eso una artimaña por parte de la jefa de la familia Asakura para que ellos se quedaran solo y tuvieran un poco de intimidad? Se volvieron hacia la peli rosa con una mirada interrogante.

- No tiene nada que ver con vosotros –dijo Tamao adivinando lo que pensaban-. Últimamente la familia tiene muchos asuntos que requieren de toda su atención, incluso doña Anna y el joven Yoh han tenido que intervenir últimamente en esos asuntos por petición de la señora Keiko.

Hana omitió en su mente el comentario sobre sus padres. No tenía ganas de ponerse a pensar en cosas en las que no merecía la pena hacerlo.

Aunque si tienen tiempo para atender los asuntos de la familia, tendrían que tener tiempo también para al menos tomarse la molestia de venir y saber como estoy, pensó con amargura.

Anna se dio cuenta del breve cambio en la expresión del rubio cuando Tamao nombró a sus padres. Parecía… ¿triste? No le dio tiempo a confirmarlo, ya que enseguida retomó su expresión fría.

- Que tengas buen viaje –dijo Hana al fin, levantándose y abandonando la sala-. Y dale recuerdos a la abuela de mi parte.

- Buen viaje, Tamao –dijo la rubia con una sonrisa-. No te preocupes por él, ya sabes como es –añadió al ver el rostro preocupado de la pelirosa.

- Sí, lo sé, no hay remedio para él –contestó, también abandonando la sala, poniendo rumbo hacia Izumo.


Estaba en su habitación, acostado en su cama, con sus manos detrás de la cabeza pensando. La última vez que había visto a sus padres tenía cinco o seis años, por lo que no los recordaba muy bien. Sabía que su padre era estresantemente tranquilo, y que siempre estaba sonriendo. Al igual que Anna. Por eso al principio se había llevado mal con ella (a parte de por su orgullo), porque en ese aspecto le recordaba demasiado a su padre.

En cambio, su madre era muy estricta y severa, y siempre conservaba una mirada fría en el rostro, excepto para él, o eso creía recordar, puesto que tenía en su mente la imagen de su madre sonriéndole con cariño. Él sabía de sobra que era como su madre, procuraba mostrar sus sentimientos lo menos posible, y tenía un gran orgullo, además de su gran conocido mal carácter y su poca paciencia.

Sabía que ellos estaban recorriendo el mundo, solucionando los conflictos que en él reinaban, ya que si no el Shaman King (al que él llamaba tío Hao) terminaría con la especie humana en segundos. Conocía la importancia de esa misión, por supuesto, pero con ello sus padres le habían demostrado que no le querían porque, si así lo hicieran, ¿acaso no se lo habrían llevado con ellos? ¿O por lo menos no habrían venido a verlo más de una simple vez?

Sabía perfectamente que para sus padres era una carga, una simple obligación que habían tenido que cumplir por órdenes de su bisabuela Kino. Por eso, cada vez que mencionaban a sus padres, él no mostraba ni el más mínimo rastro de emoción, y procuraba no pensar en ellos.

De repente la puerta se abrió, interrumpiendo sus pensamientos. Se incorporó, pensando que sería Tamao, pero se sorprendió al ver a la rubia, que cerró la puerta de la habitación tras de sí.


No sabía qué diablos hacía allí. ¿Por qué se presentaba en su habitación si no tenía claro si le había afectado el comentario sobre sus padres? No, mejor aún, ¿por qué se preocupaba por él?

Vio su cara de sorpresa mientras cerraba la puerta de la habitación.

- ¿Estás bien? –preguntó, directa al grano, observando su reacción.

- ¿Por qué no iba a estarlo? –preguntó el rubio a su vez, molesto, mientras se sentaba al borde de su cama.

- Vi tu reacción cuando Tamao mencionó a tus padres –contestó Anna-. Me pareció por un segundo que estabas triste.

Observó cómo su prometido se sorprendía, lo cual le confirmó que había dado en el clavo.

Se sentó al lado del rubio y lo rodeó con los brazos, haciendo que este se sorprendiera aún más. Luego se separó y lo miró directamente a los ojos.

- Puedes confiar en mí y lo sabes –le dijo con una sonrisa-. Ya que en el futuro nos casaremos, por lo menos deberíamos confiar el uno en el otro.

- La confianza no es una de mis virtudes –contestó Hana con una sonrisa amarga. Inconscientemente cogió la mano de la rubia, y comenzó a jugar con ella-. La vida me lo ha enseñado. Cada vez que confío en alguien, me falla y se va.

- Te has olvidado del detalle más importante.

- ¿Qué? –preguntó el rubio, confuso.

- Yo soy Anna III, no soy como los demás y ahora mismo estoy aquí –contestó Anna, encogiéndose de hombros-. Y, por mucho que te pese, siempre estaré aquí. Acéptalo de una vez.

Hana la miró a los ojos. Sabía que la chica hablaba en serio. Parecía que ella ya había asimilado que tarde o temprano se casarían, y que era mucho mejor llevarse bien y tener buena relación que pasarse todo el día discutiendo e hiriéndose el orgullo mutuamente.

A esa misma conclusión había llegado él, por eso había intentado no pelearse con la rubia durante todo ese tiempo.

- Vale, tienes razón –respondió al fin, con una sonrisa. Anna se sorprendió, nunca había visto sonreír a Hana-. Tenemos que confiar el uno en el otro. Pero ahora mismo no me apetece hablar del tema –añadió, recordando la razón por la que la rubia estaba allí.

- Está bien, te lo pasaré por esta vez –contestó Anna, que volvió a abrazar al rubio, esta vez tan efusivamente, que logró tirarlo sobre la cama, quedando ella encima. Se alegraba muchísimo de haber conseguido atravesar la barrera de hielo del muchacho, aunque solo fuera por esa vez.

Hana miró sorprendido a la rubia. Sus caras estaban a escasos centímetros, podía sentir el aliento de ella contra su cara. No se lo pensó dos veces: la trajo más hacia él y la besó.

Anna al principió no reaccionó. Se había sorprendido con el atrevimiento del rubio, pero luego le respondió encantada.

Fue un beso lento que los jóvenes saborearon con ganas. Ninguno de ellos quería separarse, puesto que sabían que pasaría mucho tiempo hasta que se les presentara una ocasión similar. Pero eran humanos, y necesitaban respirar, así que se separaron, lentamente, respirando agitadamente.

Como movida por un resorte, Anna se quitó de encima de él y éste se incorporó, aclarándose la garganta.

- I-iré a preparar la cena –dijo Anna, notablemente sonrojada y saliendo de la habitación precipitadamente.

Hana se quedó ahí, sentado en su cama, también sonrojado. ¿Por qué había tenido el impulso de besarla? ¿Y por qué lo había hecho?

Con estas preguntas en su mente, decidió ir a darse un baño antes de cenar.


Muchas gracias a Hayley. Asakura, Meril Inugamy y Anneik por los reviews y por leer mi fic, me alegro de que os guste y espero cumplir vuestras expectativas :)

Gracias también a la gente que se molesta en leer el fic :)