Nota: Las cosas se ponen serias... y violentas.


CAPÍTULO 4 - EL BAILE DE LAS MARIONETAS

Cuando bajaron de la azotea, descubrieron que Robin les había estado esperando todo el tiempo al pie de la escalera. Sentada en el último peldaño con una expresión de preocupación mal disimulada, la estratega se incorporó de inmediato cuando escuchó los pasos de sus dos compañeros.

El primero en aparecer fue Roy. Robin aún no comprendía qué había llevado a su amigo a comportarse de esa manera, pero estaba dispuesta a escuchar lo que tuviera que decir. Después bajó Lucario, que se quedó quieto en el sitio, mirándola fijamente, casi evaluándola.

Roy se acercó a ella de inmediato.

— Robin — mantenía la mirada baja, clavada en las tablas del suelo —. Perdóname, por favor. Me he puesto nervioso y no me he dado cuenta de lo que estaba haciendo.

Para Lucario, ver aquello después de la conversación que habían tenido en la azotea era muy desagradable. Sin duda, el verdadero Roy se habría disculpado así, pero aquel ser, fuese lo que fuese, estaba fingiendo.

Robin asintió sin decir nada, pensativa. Sabía muy bien lo que había visto. Sabía muy bien lo que había hecho Roy. Le parecía que el espadachín estaba siendo sincero, pero a la vez sentía que había algo que no encajaba. No estaba segura de qué debía decir.

El Pokémon avanzó hasta colocarse al lado los dos amigos. Si había decidido hablar con Roy a solas era porque no quería causar el pánico entre sus compañeros, pero a esas alturas era obvio no iba a abandonar los planes que tenía para Robin, fuesen cuales fuesen.

Notaba su aura original, roja como las llamas, ahogada bajo una gran negrura. Había algo que estaba yendo terriblemente mal y era necesario atajarlo.

Cogió al espadachín por el brazo con un rápido movimiento y miró a la estratega a los ojos.

— Robin. Escúchame bien: este no es Roy — se apresuró a continuar antes de que la sorprendida Robin le interrumpiera con preguntas —. Noto algo extraño en él, como si estuvieran controlando su cuerpo. Por favor, tienes que ayudarme a llevarlo ante Master Hand sin que se enteren los demás.

El joven se revolvió, pero Lucario no aflojó su agarre ni un por un momento. Robin les miraba con gravedad. Sus pensamientos daban vueltas a gran velocidad, y se mezclaban, y le hacían doler la cabeza.

No podía ser, era imposible. ¡Roy, poseído! ¿Cómo? ¿Cuándo? Esa mañana habían hablado y estaba perfectamente.

Sentía la mirada de Lucario clavada en ella. Esos iris de color carmesí brillaban, llenos de seriedad. Y a su izquierda, Roy se debatía para liberarse, mascullando excusas.

— No es verdad — protestaba — ¡No es verdad! ¿Qué mosca te ha picado? ¡Suéltame!

Robin tragó saliva. Sentía un nudo en la garganta que poco a poco avanzaba hacia el estómago.

— Lucario, yo...

Roy empezó a subir el tono y el Pokémon le apretó aún más el brazo, retorciéndoselo.

— ¡Ah! ¡Robin, está mintiendo! ¡Es él! ¡Es él el que se está comportando de forma rara!

La estratega vio cómo el brazo de Roy enrojecía por culpa de la presión. No entendía nada. Solo veía a su mejor amigo gritar, y a uno de los luchadores a los que más respeto tenía explicándole algo que no se esperaba.

Bajó la mirada, incapaz de presenciar aquello por más. No quería creerlo, y una parte de ella estaba convencida de que no podía ser verdad, pero también era lo suficientemente inteligente como saber que lo que le estaba pidiendo Lucario no era ninguna locura.

Ella lo sabía. Entendía lo que era que un ser ajeno a ti doblegase tu voluntad y te obligase a hacer cosas de las que no querrías ni oír hablar.

Hablar con Master Hand no era peligroso. Si, efectivamente, a Roy le pasaba algo, la mano lo sabría. Y si Lucario había mentido, también se descubriría. Los poderes del director del torneo escapaban a su entendimiento, pero confiaba por completo en ellos.

Tomó una decisión de inmediato.

— Está bien, vamos... — susurró la joven —. Vamos, Lucario. Si crees que realmente ocurre algo, te acompañaré. Pero no le hagas daño.

Espero que te equivoques. Espero que te equivoques y que esto no sea más que una idiotez.

La respuesta de Roy fue rápida:

— ¿¡Qué!? ¡Robin, soy yo! ¿¡Qué haces!? ¡No creas a este bicho!

Cada protesta caía sobre ella como una gran losa de piedra. La miraba, dolido, como si no pudiera terminar de creerse que ella hubiera accedido a tratarlo como a un traidor, y Robin deseó que todo aquello no fuera más que un sueño.

Pero claro, no lo era. Estaban en el mundo real y debían actuar con rapidez. Avanzó hacia su amigo con los brazos ligeramente extendidos, intentando apaciguarle:

— Cálmate, por favor — su voz era poco más que un susurro — ¿No ves que lo estás empeorando todo? Roy... Veremos a Master Hand, y si realmente no pasa nada, te dejará marchar. Por favor, sé razonable.

— Pero Robin... — suspirando, el espadachín se mordió los labios y bajó la cabeza. No volvió a decir nada más, y Lucario, aún en guardia, se apresuró a avanzar.

— Bien. Por favor, Robin, contacta con Master Hand por teléfono y dile que tiene que venir cuanto antes.

Ella obedeció de inmediato, ya no solo porque quería acabar con ese asunto cuanto antes, sino porque quería perder de vista la escena. Roy amarrado como un vulgar enemigo. Era demasiado para ella.

Avanzó sin mirar atrás. En una sala contigua había varios teléfonos públicos, que generalmente solo utilizaba Ness para llamar a su familia. Era una habitación pequeña, que pocas veces se usaba, así que Robin no se preocupó en disimular: se limitó a entrar a toda prisa, casi golpeando la puerta contra la pared.

Su sorpresa fue mayúscula cuando se encontró cara a cara con Samus y Dark Pit. Ambos estaban de pie, muy cerca de la entrada, tan estáticos que parecían dos estatuas humanas.

— Eh... hola — musitó. Sin saber por qué, sintió que el vello de la nuca se le erizaba —. Tengo que hacer una llamada privada. ¿Os importaría salir, por favor?

Pero no se movieron. Tampoco respondieron. Se limitaron a mantenerse allí, como si perteneciesen a la escasa decoración del cuarto.

— ¿Samus? ¿Dark Pit? — susurró la estratega. Sin darse cuenta, había retrocedido un par de pasos. Se percató de ello cuando su espalda chocó contra la madera de la puerta.

Luego, todo pasó a cámara lenta. Vio que Samus extendía un brazo, sacando un pequeño objeto que no alcanzó a identificar. Vio que Dark Pit se acercaba, mirándola. Vio el resplandor amarillo. Oyó el resplandor amarillo.

Y lo notó. El olor a carne quemada ascendió hasta sus fosas nasales, pero aquello no importaba porque el dolor era tan fuerte que solo pudo gritar, y cuando se llevó la mano al hombro solo notó un amasijo de piel retorcida y sangre. Samus le había golpeado con su látigo.

Estaba en estado de shock. Nunca, en todo el tiempo que había pasado en aquella mansión, hubiera imaginado que viviría algo como aquello. Era como si el mundo se hubiese puesto del revés. En su cabeza solo cabía una pregunta: "¿por qué?". La respuesta ya la sabía: Lucario tenía razón. Lo único que pasaba era que, hasta ese momento, solo había sospechado de Roy. Pero fuese lo que fuese lo que estuviera pasando, ese algo que había convertido a su amigo en alguien que no era, también había conseguido atrapar a Samus y Dark Pit.

Ignorando el dolor de su hombro, Robin se lanzó al suelo, justo a tiempo de esquivar el puñetazo de Dark Pit. Inmediatamente después empezó a escuchar pasos y una voz conocida que la llamaba:

— ¡Robin! — Lucario sonaba preocupado — ¿Qué ha pasado?

Para cuando el Pokémon llegó al umbral de la puerta, que aún seguía entreabierta, Samus había logrado volver a golpear a Robin con su látigo, esta vez enroscándoselo alrededor del tobillo. La estratega gritó, presa del dolor, y trató de encontrar algún arma con la que defenderse, pero en aquella habitación solo había un par de sillas y una simple mesa de madera. Sin sus grimorios ni sus espadas, ¿cómo iba a poder enfrentarse a dos enemigos?

Samus se lanzó sobre la estratega con el látigo preparado, pero saltó en el último momento para esquivar una esfera aural de Lucario.

— ¡Robin, corre! — gritó el Pokémon — ¡Avisa a los otros!

Una flecha púrpura pasó entre los dos. Lucario no necesitó hacer más que un pequeño giro para esquivarla, pero Robin acabó rodando sobre su hombro herido. La herida era tan grave que apenas podía mover el brazo correctamente.

— Maldita sea... — susurró.

Delante de ella estaba teniendo lugar una feroz batalla. Sin tiempo apenas para pensar, Lucario se movía de un lado a otro de la habitación, usando sus habilidades para defenderse de sus enemigos. Cada proyectil que lanzaba Samus era aniquilado por una de sus esferas aurales, y cada flecha de Dark Pit, rebotada por un Palmeo. Pero no podía esquivarlos para siempre, y eso era algo que sabían todos.

La única esperanza que les quedaba era que Robin avisase a los demás. Luchando para levantarse, la estratega se apoyó en la pared y se dispuso a salir de la habitación, haciendo su mejor esfuerzo para ignorar el dolor de su pierna.

— ¿Vas a alguna parte?

Sintió que su rostro perdía color cuando, aún con la mirada fija en el suelo, escuchó aquella voz que tanto había llegado a apreciar.

La mano de Roy se cernió en torno a la herida de su hombro y apretó con saña. Cuando gritó, el espadachín empezó a reírse suavemente.

— Haz lo que quieras: nadie os puede oír. Somos demasiados.

— ¡Roy! — alcanzó a decir, aunque sentía que el mundo empezaba a desmoronarse a su alrededor — Roy... no...

Lucario observó la escena desde la distancia. Su corazón latía a toda velocidad, por los nervios, por la impotencia, incluso por el miedo. No confiaba en poder lanzar una esfera aural y acertar solo a Roy. Además, si se distraía un segundo, tan solo un segundo, entonces Dark Pit y Samus...

La estratega hizo lo único que se le ocurrió. Viendo que Roy parecía muy seguro de haberla derrotado, inclinó su cuerpo hacia delante y le dio un rodillazo en el estómago con todas sus fuerzas. El espadachín no se quejó: ni siquiera emitió un sonido, pero sus ojos se entrecerraron y su mano, que antes había servido de cepo, se abrió ligeramente, dándole a la joven una oportunidad para escapar.

Sin pensar en nada más que en salir de allí y rescatar a Lucario, la estratega rodeó al espadachín y salió corriendo, dispuesta a llegar a la zona central de la mansión. Todos los habitantes se reunían allí y en el ala opuesta, así que era cuestión de tiempo que se encontrase con alguien, y...

— ¡Para!

Era la voz de Roy. Robin no hizo caso y continuó su carrera, pasando por delante de las escaleras de la azotea.

— ¡Para de una vez, zorra!

¿Por qué no podía correr más rápido? A sus espaldas, oía el tintineo de la armadura de Roy. Tenía que esforzarse, tenía que lograrlo...

— ¡HE DICHO QUE PARES!

No logró esquivarlo. Roy, que corría bastante más rápido que ella, se lanzó sobre su cuerpo para detenerla en una especie de placaje que hizo crujir todos los huesos de su espalda.

Colocado a horcajadas sobre ella, y con los ojos inyectados en sangre, el espadachín le clavó los dedos en el mentón. La otra mano la tenía bien situada sobre la herida del hombro.

Gimoteando, Robin le miró fijamente.

— Roy, por favor... este no eres tú... Roy...

— Como si pudiera oírte — respondió el joven, escupiendo cada palabra con furia —. ¿Quieres a Roy? Pues pronto lo tendrás. Solo observa.

Robin se revolvió, pero Roy pesaba demasiado. Estaba a su merced y no tenía ninguna oportunidad para escapar. Desde donde estaban se podían oír ruidos de pelea que procedían del cuarto de los teléfonos, y la estratega no pudo hacer más que desear que Lucario lograse salir bien parado de aquello. Eran dos contra uno, pero él era muy fuerte. Si ella no lo conseguía, que al menos uno sobreviviese.

De improviso, la mirada de Roy se suavizó, e incluso la mano que le apresaba el hombro se elevó ligeramente. ¿Había vuelto en sí?

— ¿Roy...?

Era mentira. El espadachín, o más bien, el ser que se hacía pasar por él, se inclinó bruscamente hacia delante y atrapó su boca con la suya, capturándola en un beso que le provocó náuseas. Intentó gritar, pero ningún sonido lograba escapar de sus labios.

Y entonces, un millar de pensamientos explotaron a la vez en su cabeza. Lo vio todo, y a la vez vio nada, porque había tanta información que su cerebro era incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo.

¿¡Pero tú que sabes sobre...!? ¡La diosa Palutena siempre... buen camino...!

Intentó golpear la cabeza de Roy con el brazo que le quedaba libre, pero pronto se dio cuenta de que sus movimientos eran demasiado lentos, demasiado débiles. Se sentía como un títere al que habían cortado las cuerdas.

Lycia era tan... Ninguno hubiera... una guerra...

Lo peor era que aquel infierno no se limitaba a las voces inconexas. Por delante de sus ojos pasaban imágenes a gran velocidad, pequeños fragmentos que desaparecían en menos de lo que duraba un parpadeo.

Vio a un hombre de piel oscura cayendo a un pozo de lava. Vio a Pit gritando desde la distancia. Vio a una chica de pelo amoratado sonriendo tímidamente. Vio una mansión en llamas.

Tardó un rato en darse cuenta de que Roy había levantado la cabeza y que simplemente se limitaba a mirarla con un rostro que mostraba la más absoluta de las indiferencias.

Empezó a marearse. Las voces no cesaban. Tampoco las imágenes. ¿Dónde estaba el mundo real? ¿Cuál era el mundo real?

Sintió que sus costillas dejaban de doler y, aunque no podía ver bien, pensó que era porque Roy se había levantado por fin. Movió las piernas para intentar arrastrarse, pero alguien la elevó en el aire. Sus miembros parecían hechos de pura gelatina.

— No...

Luego, como a cámara lenta...

— ¡Atrás!

— Je, eres fuerte, ¿eh?

— ¡Suéltala!

A cámara lenta, muy despacio, con aquellas voces que sonaban tan cerca fundiéndose con las que parecían lejanas, Robin oyó un pequeño choque, seguido de una explosión.

— No sabes... lo que has hecho...

Y notó una sacudida, y luego una desagradable humedad en la espalda. Y cayó, cayó, cayó...

— Robin...

Y siguió cayendo hacia la negrura, completamente inconsciente.


Hacía un buen rato que la respiración de Dark Pit se había, por fin, acompasado, y la cazarrecompensas no pudo evitar suspirar, aliviada. No sabía cuánto tiempo llevaban allí, pero aquel lugar parecía robarles la energía a una velocidad increíble.

Cansados de dar vueltas sin rumbo, habían decidido pararse a descansar. La idea de dormir por turnos había sido de ella, y los demás accedieron de buen grado. Tumbaron a Mewtwo como pudieron y el ángel y el espadachín se acostaron al lado, intentando conseguir unas pocas horas de sueño antes de continuar.

Samus se había ofrecido a hacer la primera guardia.

Era ella la que había tenido que velar por el sueño de sus compañeros. Cuando Dark Pit empezó a revolverse, mascullando maldiciones en sueños, se había preocupado, pensando que tal vez estaba sufriendo el mismo destino que Mewtwo. Por fortuna, no había ocurrido nada más: tan rápido como había empezado, también dejó de moverse, y por fin pudo comenzar a disfrutar de un sueño medianamente placentero.

Tras unos segundos, la cazarrecompensas se alejó. No entendía cómo funcionaba aquel sitio. A la quemazón que llevaba sintiendo durante todo el rato se le había sumado, de repente, un fuerte dolor en las costillas, y cuando quiso darse cuenta se fijó en que en los brazales de su traje habían aparecido pequeñas quemaduras.

Tal vez tenía razón y había toxicidad en el ambiente. Si estaba incluso afectando a su armadura, para los demás debía de ser muy peligroso. Era otro motivo más para darse prisa en encontrar una salida.

De repente, un pequeño gimoteo rompió el silencio. Samus se giró con el arma preparada y se volvió hacia sus amigos, preparada para descubrir qué iba mal.

Lo que encontró la dejó sin palabras. Roy, aún tumbado, tenía los ojos abiertos de par en par y luchaba por respirar mientras se apretaba el costado. Dark Pit se despertó de inmediato y se inclinó hacia él.

— ¿¡Qué pasa!? — gritó, sobresaltado. Y quiso añadir algo más, pero entonces sus ojos vieron lo que Roy estaba presionando con manos temblorosas.

Samus, por supuesto, también lo vio.

Era sangre. Tanta, que empezaba a gotear entre sus dedos, perdiéndose para siempre en la negrura del suelo. Empapaba su túnica y se extendía por sus mitones, tiñéndolo todo de rojo.

— ¡Dark Pit! — gritó la cazarrecompensas — ¡Rápido, apriétale la herida! ¡No dejes que continúe la hemorragia!

El ángel dudó unos instantes, pero luego, maldiciendo por lo bajo, apartó las manos del guerrero. La herida que había debajo era terrible, como si se hubieran atravesado con un hierro candente.

El espadachín miraba a sus compañeros con ojos aterrados. De sus labios temblorosos solo salía, una y otra vez, como en un salmo, el mismo nombre:

— Robin... Lucario...

Dark Pit y Samus se miraron, pero ninguno tenía respuesta para lo que estaba ocurriendo.

— Mierda, ¡¿qué hacemos?! — gritó el ángel.

Samus sacudió la cabeza. No había material médico, ni medicinas, ni...

— ¡Samus! Esto no para de sangrar... ¿qué hacemos? ¡Se va a morir!

— No se va a morir — contestó la cazarrecompensas, más para convencerse a sí misma que al ángel —. Solo tenemos que pensar. Espera...

El cuerpo de Roy temblaba. Tenía los ojos húmedos y no paraba de decir frases incongruentes, todas relacionadas con Robin y Lucario. La sangre manaba con tanta rapidez que los dedos de Dark Pit pronto se cubrieron de rojo. Y entonces, una idea tan simple que le pareció ridículo que no se les hubiera ocurrido antes, vino a su mente.

— ¡Samus! ¡Fuego! — exclamó el ángel sin parar de apretar — ¿No es esa una forma de tapar heridas? Lo vi en una película.

La cazarrecompensas dio un respingo. El ángel hablaba de cauterizar la herida, y sí, claro que era una forma de detener hemorragias. De hecho, era el único medio del que disponían en aquellas circunstancias.

Sin perder el tiempo, sacó el látigo de plasma.

— Roy te debe una — susurró, acercando el arma a la herida —. Esto va a ser desagradable, así que no mires. Y aparta las manos.

Roy gritó y se retorció. Lo que en esos momentos no sabían era que, además de por el dolor, el espadachín estaba sufriendo por otra cosa:

Se había visto a sí mismo. Sabía lo que él, o mejor dicho, una copia de él, le había hecho a Robin.

Y también había visto cómo alrededor del cuello de Lucario, que le había atravesado con su aura en un intento desesperado por librar a la estratega, se cernía el látigo de Samus.


Nota: Muchas gracias a Ramonium, Yelai, Gabeatle-Edgemender-Fighter7 y Smash King24 (thank you!) por sus reviews. También agradezco a todos los demás que hayan decidido seguir esta historia. ¡Si sirve para entretener a alguien, ya me es suficiente!

Como se aproximan mis exámenes, es posible que a partir de ahora tarde más en actualizar, pero me seguiré esforzando para sacar los capítulos en un lapso de tiempo apropiado.

¡Nos leemos!