Capítulo 3.

En general, me considero una persona sociable. Sin embargo, hay pequeñas excepciones en las cuales podría sentirme incómodo con la presencia de muchas personas simultáneamente… eso pasaría si, por ejemplo, esas personas fueran soldados, también si lo fueran de un país que no es el mío… me harían sentir particularmente inquieto si estuvieran armados hasta los dientes, y mi perturbación sería suprema si me estuvieran amenazando con esas armas de las que hablo… con todas estas condiciones, puedo decir que en este preciso momento me siento muy, muy incómodo. Haruhi se vuelve hacia mí, luce igual de sorprendida que yo y me indica con un gesto que haga lo que ella. Pone su arma sobre el suelo y acto seguido levanta las manos, yo hago lo mismo; detrás de nosotros, el resto de la brigada nos imita. La soldadesca no se relaja un ápice a pesar de nuestra evidente docilidad. Siento deseos de hacerlos ver su error… no somos nosotros a quienes buscan, nosotros estamos aquí para ayudar… pero no es fácil discutir con un rifle automático apuntándote a la cara.


La base militar Fort Dix del ejército norteamericano estaba ubicada a una treintena de kilómetros al sur de donde nosotros nos hallábamos. Después de que la asustada víctima de House revelara esa pequeña pista, fue materialmente imposible obtener nada más de él. El equipo de diagnóstico y la Brigada SOS regresó a la oficina de House y ahora se discutía sobre la estrategia a seguir. House nos decía que era muy difícil que la milicia nos revelara cualquier tipo de información, y que por lo general, cualquier persona desistiría luego de los primeros días de interminable burocracia por la que había que pasar para obtener una pizca de información sobre el ejército.

—¿Y qué hacemos entonces? ¿Sólo los dejamos morir?— Preguntó Foreman.

—Esa sería una opción… en especial si se lo merecen, pregúntale a Chase al respecto—. Respondió House burlón. —Yo estaba pensando en algo más directo que sólo preguntar.

Los ojos de Haruhi centellearon nada más escuchar esas palabras.

—¿Qué tiene en mente, Doctor?— Preguntó Asahina en voz baja.

—¿Qué no es obvio?— Respondió el médico sin perder la oportunidad de recrearse la vista con nuestra viajera del tiempo.

—Infiltración—. Resumió Haruhi acudiendo a una de sus palabras favoritas.

—Eso es un poco precipitado, ¿no creen?— Traté de intervenir poniéndome una mano en la frente, presagiando un fuerte dolor de cabeza, a mi lado Foreman daba un profundo suspiro. Estaba a punto de argumentar que en otras circunstancias y con otras personas menos… peligrosas, sería una gran idea, sin embargo, estábamos tratando con una de las fuerzas militares más poderosas del mundo, sino la que más… nada de eso pudo salir de mi garganta al final.

—Nosotros podemos encargarnos de eso, Ojisan. Lo hemos hecho antes, y somos muy buenos…

—De verdad, no creo que…— Hago un intento por frenar su afán.

—¡Koizumi! ¡Necesito todos lo que puedas averiguar sobre la base!

—De inmediato, detective—. Responde el pelagatos de Haruhi, fiel a sus costumbres.

—Podríamos incluso ir esta misma noche—. Continúa Haruhi, cada vez más congestionada por la emoción. —Ten listos a tus médicos, Ojisan, mañana estaremos aquí con mucha información útil.

¿Por qué me molesto en tratar de convencerla de lo contrario? Al final sé que no hay forma de evitar que haga lo que se le antoja si dicha actividad le reporta agua cristalina a su enorme sed de aventura…

—¿Quién es ella?— Pregunta House de pronto señalando con su bastón la puerta de cristal de la oficina, que por cierto, acaba de abrirse.

Un curioso silencio cayó sobre el lugar mientras todo mundo miraba a Ryoko, que a su vez nos escrutaba con esos inmensos ojos ámbar mientras comía confituras en total calma.

—¿Cómo llegaste aquí?— Pregunto yo, aunque sé la respuesta.

—Hoy no hay niños en la guardería, así que me escapé, y como ayer dijeron que estarían con el jefe de diagnóstico…— La detengo y de inmediato la tomo en brazos. Ojalá no fuera tan inteligente.

—Es nuestra hija—. Responde Haruhi al galeno. Él las mira alternadamente.

—¿Tu hija? ¡Es un maldito clon tuyo!— Se dirige entonces a la niña en mis brazos, hablándole en japonés y en tono de reprimenda. —¿Sabes que está prohibido para un niño andar por los pasillos de un hospital sin la compañía de un adulto…? Por supuesto que no lo sabes… todos los niños son estúpidos.

—No lo sabía… y aunque eso no me exonera de mi falta, no me hace estúpida… en todo caso, el estúpido sería el adulto que no me instruyó al respecto.

House se quedó mudo por unos segundos. Es natural. Estoy seguro que no esperaba que una niña de seis pudiera elevar la conversación a ese nivel… y aún no ha visto nada.

—De acuerdo, quizás no seas estúpida… ¿te sientes orgullosa de eso? No creas que hará diferentes las cosas… si eres inteligente, eso sólo te hará miserable, hará que las personas se alejen de ti y te eviten, y al final serás quizás la única entre tus hipócritas amigos estúpidos en ganar un Nobel, pero eso no te hará feliz.

—¿Estás advirtiéndome o contándome tu historia, Ojisan?— Responde mi hija. No intervine en toda su charla, nadie lo hizo. Muchos de ellos porque no la entendieron al ser en mi idioma. Sigue estoica con ese contraste tan peculiar que logra: argumentos tan válidos como los de cualquier adulto, pero con esa mirada infantil llena de inocencia… me pregunto si habré tenido una mirada así de limpia a su edad. —¿Dulce?— Pregunta ella al fin, extendiendo la mano donde lleva los confites que come a House.

A diferencia de la reacción que esperaba del médico, aunque sin quitar su gesto hosco, tomó un par de caramelos… parece que la niña logró empatía con él a un nivel que desconozco.


No pasaron más de cuarenta y cinco minutos y abandonamos el hospital, dejándole claro a House que haríamos una pequeña incursión a la base militar que teníamos como pista. Huelga decir que ésta es, y por mucho, la idea más estúpida y descabellada que Haruhi ha tenido en sus veinticinco años de vida. Todos los miembros de la Brigada están en nuestro cuarto ahora.

—¿Qué vamos a hacer con Ryoko? Estás loca si crees que la vamos a llevar allá…— Le digo a mi esposa mientras la sigo frenéticamente a lo largo y ancho de la habitación mientras ella organiza nuestro viajecito de la noche.

—Claro que no la llevaremos, babas, ya pensé en qué hacer con ella esta noche.

—¿Alguien se quedará para cuidarla?

—No. Necesito a toda la brigada.

—Dime que no estás pensando en…

—¡Yuki! ¿Puedes congelar el tiempo como lo hiciste cuando Kyon viajó al pasado con Mikuru?

Nagato parpadea un par de veces y luego se vuelve hacia mí con un muy, muy pequeño gesto de reproche en el rostro. Lo sé y admito mi falta, nunca debí contarle sobre eso a Haruhi.

—Puedo—. Responde al final.

—¿Lo ves?— Se gira Haruhi radiante hacia mí con las manos en la cintura. —Asunto arreglado. Ahora deja de perder el tiempo y prepara algo de ropa negra.

Resignado, tomé unas cuantas prendas negras de la maleta de viaje. Un fuerte olor a loción de diseñador penetra mis pulmones mientras Koizumi se recarga en el muro a un lado de donde estoy con los brazos cruzados.

—Es emocionante, ¿verdad?— Me dice el ésper.

—Sí, sí… ir allá, a donde están los militares, para que crean que somos terroristas y nos maten a los cinco a tiros… no quiero sonar indeciso, pero este país es bien conocido por su paranoia con los extranjeros… y nosotros somos extranjeros…

—No deberías ser tan pesimista. Dudo que nada malo vaya a pasarnos. Además, ¿Qué sería lo peor que podríamos encontrar…?— Se llevó una mano al rostro, pero en lugar de ponerla en su barbilla como en su adolescencia, juega con el lado derecho de su bigote. —Además, esta vez estamos ayudando a las personas, no es sólo una extravagante aventura a las que Suzumiya acostumbraba llevarnos en la preparatoria, y al igual que tú, dudo que quiera dejar a Ryoko huérfana.

Dichas esas palabras, me vuelvo hacia mi hija, que juega tranquila sentada en el regazo de Asahina, seguramente tratando de obtener información de ella acerca de todo el jaleo que hacemos en la habitación. No me preocupa en realidad, quizás mi niña sea enormemente intuitiva e inquisitiva, pero si hay alguien en quien confío para guardar secretos, esa es Asahina.

Pasamos el resto de la tarde pretendiendo que nada pasaba, eso para procurarle la menor ansiedad posible a Ryoko y que cayera dormida lo más rápido que se pudiera, y que de esa manera Nagato pudiera congelar el tiempo en la habitación, dándonos una noche completa para ir a tentar el destino a Fort Dix. Alrededor de las siete de la noche, el móvil de Haruhi nos puso en alerta.

—Quiero ir con ustedes—. Sonó casi como una orden en el auricular, lo escuché porque House prácticamente gritó esas palabras.

—¿Estás loco, Ojisan? Somos un equipo bien conformado y no podemos darnos el lujo de intentar llevar a alguien más… y con todo respeto, un lisiado sólo sería un lastre—. Eso fue duro, sin embargo, coincido con ella.

—Bien, es verdad, soy lento… llévense a Trece, es todo un estuche de sorpresas.

—Olvídalo, tú mismo lo dijiste, tú eres el médico y te encargas de los diagnósticos, yo soy la detective, me encargo de las investigaciones…

Hablaron un poco más sin que ninguno de los dos aceptara el punto del otro, pero al final Haruhi ganó y colgó la llamada. Estoy seguro de que no le sabría mal que House fuera con nosotros, al igual que yo, ha notado que sería de gran ayuda…

A las ocho treinta de la noche, Ryoko da el primer bostezo poniéndonos en guardia. Pasamos media hora más vigilando sus movimientos hasta que finalmente sucumbió y apoyaba su cabecita sobre el pecho de Haruhi, completamente entregada al sueño. Haruhi, Nagato y yo regresamos hasta la habitación para acomodar a mi pequeña en cama. Luego de recitar un inaudible conjuro, Nagato cerró la puerta de la habitación y Haruhi colgó en el picaporte el anuncio típico de los hoteles que dice Don't Disturb. Asahina y Koizumi nos esperaban ya en el estacionamiento, según lo que calculamos, en menos de una hora estaríamos allá.


Según el muy peculiar modo de ver las cosas de Haruhi, pasaríamos desapercibidos en el estacionamiento de un restaurante de comida japonesa, así que siguiendo sus indicaciones aparcamos nuestro vehículo en aquél pequeño establecimiento llamado "Tokyo C" a menos de un centenar de metros de la entrada al complejo militar. Cenamos y Haruhi echaba miradas constantes a la calle, tratando de hallar un patrón en la conducta de los guardias, a pesar de que desde nuestra ubicación, no eran visibles. Eso sólo hacía más sospechosa nuestra presencia… es decir, cinco personas, evidentemente orientales, todos vestidos de negro… o éramos músicos o maleantes.

Luego de pedir la cuenta y pagarla, fingimos que nos dirigíamos a nuestro auto. Veo a Haruhi fruncir el entrecejo con algo semejante a la frustración. Debió anticiparlo. No íbamos a tratar de entrar en una fábrica abandonada, o en una escuela vacía… íbamos a tratar de irrumpir en un complejo militar, seguramente vigilado de todas las formas posibles las veinticuatro horas. Lo lamento, amor mío, pero no siempre puedes ganarlas todas.

Sin embargo, el señor destino, amante de la costumbre de contradecirme cuando siento que tengo plena seguridad sobre algún tema que involucra a Haruhi, me da la espalda en el último momento.

Una exclamación pudo escucharse en todo el vecindario a razón del corte de energía eléctrica, en unos instantes todo quedó a oscuras, dándole a Haruhi la impresión de que esa era la señal que estábamos buscando para tratar de hacer nuestra entrada a los terrenos de la base militar. Con la voz más baja posible nos indicó que corriéramos hacia las plumas de acceso sobre la calle en la que estábamos (Fort Dix St.) y así lo hicimos.

—Esto es estúpido—. Le digo.

—No necesito que seas negativo ahora—. Me contesta sin poder ocultar su irritación y sin dejar de correr.

—No, lo digo en serio… si queremos entrar a ese lugar sin ser descubiertos, explícame por qué demonios estamos corriendo hacia la entrada principal, la cual seguramente está custodiada.

No hubo respuesta, pero tampoco había guardias… gracias, destino, gracias… adoras contradecirme… sin embargo, eso era muy raro… no había persona alguna, ni civil ni militar en las casetas de acceso a la base. Más raro aun, considerando que seguía sin haber energía eléctrica… pensé que este tipo de lugares tendría plantas propias. Mientras pensaba en eso, ya corríamos entre las solitarias calles del complejo… los puestos y los vehículos parecían haber quedado abandonados en un momento, pero no como si los soldados hubieran desaparecido… más bien, como si hubieran sido convocados para una emergencia de improviso… a medida que corremos, cada vez más descaradamente entre las calles, mi ansiedad va creciendo… tengo un muy mal presentimiento sobre esto…

Llegamos hasta una pequeña intersección de donde partían tres calles más, y el lugar seguía sin dar señales de vida, sólo la luna, en su fase menguante, nos proveía un mínimo de luz que nos permitía seguir avanzando. Fue en ese momento que la verdadera parte seria del trabajo comenzó.

Una explosión sonó, haciendo cimbrar el suelo y activando la alarma de varios autos a cerca de medio kilómetro hacia la parte central del complejo, en amplios edificios que bien podrían pasar por hangares o puestos de mando. Haruhi miró aprehensiva hacia la fuente del ruido… parece que llegamos justo a tiempo. Se vuelve hacia el ésper.

—Koizumi…— Bastó con que ella susurrara.

—A la orden—. Respondió él.

Inspiró profundamente y salió disparado hacia el cielo, sin hacer visible la esfera carmesí que siempre lo rodea cuando hace uso de sus poderes. No, no está en un aislamiento, así que respondiendo a la pregunta lógica que tendrán a continuación, sí, ahora puede hacer uso de sus poderes en la realidad. Flotó por unos segundos circundando sobre el pequeño cruce sobre el que estábamos y aterrizó poco después a nuestro lado.

—No hay incendios, tampoco humaredas serias… parece que fue una granada de mano o algo así—. Explicó el ésper, reportando lo que alcanzó a ver desde el cielo.

—¿Algún accidente?— Preguntó Haruhi.

El ruido nuevamente fue quien respondió a sus preguntas. Esta vez no fue una explosión. Eran disparos. Ráfagas completas de rifles de asalto, en el mismo lugar del que vino la explosión, pareciera que había una pequeña guerra en el lugar. Esa si era nuestra señal… algo verdaderamente malo está pasando ahí… parece que nuestro tímido informante no nos estaba dando una ubicación para encontrar respuestas… sino el próximo blanco.

—Yuki…— Comenzó Haruhi. Nuestra alien no respondió de inmediato. En su lugar nos apuntó con la palma de su mano y comenzó a hacer un cántico.

—Camuflaje completado, será efectivo por trescientos sesenta segundos a partir de este momento.

—¡Mikuru!— Ordenó entonces la detective mientras, como lo practicábamos constantemente, nos tomamos todos de las manos.

Asahina nos procuró un salto de cerca de quinientos metros gracias a su TPDD, ahora está autorizada para hacer saltos en el espacio de forma discrecional, los viajes en el tiempo son otra cosa.

Y fue precisamente Asahina la primera en reaccionar ante la escena que quedó frente a nosotros, llevándose ambas manos a la boca mientras hacía un extraño sonido gutural. A ambos lados de una enorme puerta doble, dos militares yacían inertes, cortes precisos habían sido hechos en sus cuellos, lo que seguramente provocó que murieran en pocos segundos, desangrados. Nagato caminó hacia uno de ellos y se agachó a su lado.

—No hay nada que hacer. Por ninguno de los dos—. Dijo luego de unos instantes, indiferente.

—¿Fueron mordidos?— Preguntó Haruhi.

—No. Su fallecimiento fue a causa de un ataque con un punzocortante.

Unos segundos más pasaron y nuevamente los disparos llamaron nuestra atención… suenan espeluznantemente cercanos, y están combinados con gritos y maldiciones, a cual más aterradora, como en una mala película de terror norteamericana. No supimos que hacer por los próximos dos minutos. Sólo nos quedamos ahí, escuchando la perturbadora cacofonía de la batalla, hasta que ésta por fin se detuvo.

Casi salto de la impresión al ver que la luz eléctrica volvió, haciendo que fuera visible el alcance de la tragedia que se desarrollaba a nuestro alrededor. Haruhi hizo un gesto con la cabeza, indicándonos que era nuestro turno. Tomó el lugar al frente del grupo y sacó su arma del soporte, retirando el seguro y apuntando al suelo; yo tomé mi fiel cuchillo de combate del broche magnético en mi pantorrilla debajo de mis pantalones y avancé a su lado, detrás de nosotros, Nagato caminaba como si fuera un paseo dominical, pero silente como un alma en pena. Koizumi parecía concentrado analizando la escena y Asahina lucía temerosa, indecisa en si tomarse del brazo del ésper o no.

A medida que caminábamos hacia el interior del lugar, se hacía más y más tétrico el ambiente. Había sangre regada por el suelo y salpicaduras en los muros, y en los menos de veinte metros dentro del pasillo llevamos contados al menos una decena de cadáveres. Al llegar a la primera puerta, que según lo que alcancé a ver del exterior de la construcción, es el centro del edificio, la abrimos en el mayor silencio posible. Adentro era un pabellón de altísimo techo, y se podía llegar a un segundo piso a través de unas escaleras metálicas que subían por uno de los muros, hacia un pasillo individual sólo protegido por un barandal que rodeaba la instancia. Aquí hay más hombres muertos. Sin embargo, puedo escuchar lamentos de dolor entre los escombros y los cadáveres.

Nuestra detective nos hace una seña con la mano y todos atendimos. Nos señala a Nagato y a mí, se señala los ojos y luego apunta hacia las escaleras metálicas, dando por entendido que debemos buscar arriba… como si supiéramos en primer lugar qué demonios buscar. Luego indica a Koizumi que vaya con ella y por último, hace una seña cerrando y abriendo la mano a Asahina. Repartidas las órdenes, Nagato y yo comenzamos a hacer camino hacia las escaleras, Haruhi y Koizumi caminaron por el pabellón mientras que Asahina desaparecía para reaparecer al centro del lugar.

Una vez arriba, Nagato comenzó a caminar en sentido contrario a las manecillas del reloj mientras yo voy al otro lado. Desde mi ubicación puedo ver a los demás miembros de la brigada, moviéndose cautelosamente entre las ruinas del lugar. Supongo que deberán quedarnos cosa de dos minutos del camuflaje que nos procuró Nagato, tiempo suficiente para encontrar alguna pequeña evidencia y que Asahina nos lleve de vuelta al auto para salir de aquí.

Un lamento, no de dolor, sino de miedo, llamó mi atención. Salía del final del pasillo donde yo me encontraba, de inmediato comencé a correr hacia el lugar, si había algún sobreviviente, haría lo posible por ayudarlo. La escena a continuación fue simplemente desconcertante.

Contra el muro, a un lado del ascensor que conectaba la planta baja del pabellón con el improvisado segundo piso, estaba un joven militar sentado en el suelo. Su ropa estaba manchada de sangre, aunque por sus movimientos no parecía herido. Sus pantalones estaban mojados, probablemente a causa de la incontinencia que el miedo puede provocar, y se restregaba contra el muro, como si así fuera a atravesarlo.

De pie, a un par de metros de él, estaba otro hombre, pero no parecía militar de ninguna forma. Una larga cabellera lacia caía por su espalda y sus amplios hombros, llevaba el tórax cubierto solamente por tirantes que cargaban lo que identifiqué como diminutas dagas, las cuales seguramente habían sido las responsables de la muerte de muchos de los soldados de abajo. Podía ver parte de su perfil: caucásico, no mayor de treinta, cercano al metro y ochenta de estatura, atlético, su rostro era adornado por una barba de candado y bastó con que abriera la boca y hablara para hacer visibles unos dientes incisivos más largos de lo usual.

—No debes temer…— Decía aquel extraño hombre a su víctima, su inglés tenía un acento extraño. —No morirás esta noche… primero experimentarás en carne propia todo el dolor que ustedes me propinaron a mí.

Mientras él estiraba su brazo derecho hacia el soldado, haciendo que lanzara un alarido de terror, tomé mi cuchillo por la hoja, y recordando lo que me fue enseñado sobre su uso, lo arrojé a la espalda del agresor.

El soldado se quedó atónito al ver como la hoja de un cuchillo salido de la nada se hundía en la pared. Mi blanco desapareció en un parpadeo, dejándome muy confundido… un instante después, el ascensor se abrió, haciendo que Haruhi apareciera. Le tomó sólo un segundo verme.

—¡Kyon!— Gritó mientras me apuntaba al rostro con su arma. Si no lo hubiera hecho ya decenas de veces antes, estaría enfadado por su falta de precaución, pero que se comporte así sólo puede significar una cosa: lo que sea que me está amenazando, está exactamente detrás de mí…

Me tiré pecho a tierra tan rápido como pude mientras Haruhi hace un par de ensordecedores disparos que terminan impactándose contra los muros… ¡Eso es sorprendente! Desde que Haruhi comenzó a ejercer el oficio, jamás la he visto fallar un tiro… jamás.

Al volver a levantar el rostro, mi desconcierto se vuelve aún mayor. Haruhi dispara en repetidas ocasiones hacia el techo, siempre en una dirección diferente, aunque no acierta en ninguna. Sólo entonces pude verlo… el tipo, que ya había esquivado mi cuchillo y varias balas de Haruhi, saltaba entre las columnas y el menaje del lugar a una velocidad inverosímil. Me levanté por fin y corrí tan rápido como pude hasta llegar a un lado de mi esposa y recuperar mi cuchillo, pero apenas lo hice, el tipo aterrizó ante nosotros. Me tomó de las solapas y como si no pesara un gramo me lanzó contra el muro a la derecha, quedándose frente a Haruhi. A ella la tomó de la mano donde llevaba la pistola, obligándola a descargar el cartucho en el techo y tomándola por la barbilla, dispuesto a hundir el rostro en su cuello… eso sí que no… ese cuello es mío y sólo yo puedo morderlo… con esa idea en la cabeza me lancé furioso hacia el sujeto y descargué con furia un mandoble hacia su cara. Tal como esperaba, el tipo hace un movimiento y captura la hoja con sus dientes, al mismo tiempo, Haruhi lanza un puntapié brutal contra su entrepierna… asombrados notamos que no hubo una pizca de dolor en su expresión.

El tipo abre la boca para hablar y yo recupero mi cuchillo.

—¿Creyeron que podrían lastimarme con eso?— Pregunta con ese extraño acento extranjero mientras me mira, divertido.

—Por supuesto que no… al menos no yo—. Le digo con la mirada cargada de confianza, sorprendiéndolo.

Haruhi hace un hábil movimiento liberándose y yo me lanzó sobre ella, cayendo los dos a un lado de lo que presumiblemente es el vampiro que buscamos, nuestro atacante no puede esquivar a tiempo un pesado escritorio de metal que lo arrastra varios metros hasta comprimirlo contra el muro opuesto. El ataque, desde luego, fue cortesía de Nagato.

Al momento siguiente, el escritorio salió volando nuevamente, liberando a su rehén, que en un rapidísimo movimiento lanzó tres de esas diminutas dagas en nuestra dirección. Nagato, oportuna y rápida como el demonio, se interpone entre él y nosotros, recibiendo las tres cuchillas en el brazo.

—Le voy a suplicar, señor…— Dice Koizumi, flotando a un lado de la barandilla—, que no intente lastimar a mis amigos—. Inmediatamente después lanza una pequeña ráfaga de energía hacia el extranjero, la cual esquiva sin muchos problemas, para luego lanzarse hacia nuestro ésper.

Sin embargo, nunca logró tocarlo. Asahina se materializó en el aire, a un lado de Koizumi, lo tomó de la mano y ambos se desvanecieron reapareciendo junto a nosotros.

La Brigada SOS quedó en guardia, con Haruhi al frente, recargando con un nuevo cartucho su arma. El extraño invitado, haciendo gala de un increíble equilibrio, queda de pie en el barandal y nos miró aparentemente divertido.

—¿Qué son ustedes?— Preguntó él.

—Irónica pregunta, viendo quién la hace—. Respondo.

—No tengo problemas con dejarlos ir… sería divertido volver a verlos después… sin embargo… me molestaría mucho no poder llevarme a esa sabandija—. Dijo señalando al militar que estaba pálido como el papel y al borde del desmayo detrás de nosotros.

—Sobre nuestros cadáveres, raro—. Responde Haruhi sin poder ocultar su emoción.

—Si así lo desean…— Podría jurar que estuvo a punto de lanzarse hacia nosotros, pero desistió y nos dedicó una sonrisa que me puso los vellos de la nuca de punta.

En lugar de eso, se lanzó de espaldas al vacío, por la barandilla. Los cinco corrimos para ver su caída, sin embargo, ya no había rastros de él.

El sonido del ascensor abriéndose una vez más hizo que nos volviéramos en su dirección.

En general, me considero una persona sociable. Sin embargo, hay pequeñas excepciones en las cuales podría sentirme incómodo con la presencia de muchas personas simultáneamente… eso pasaría si, por ejemplo, esas personas fueran soldados, también si lo fueran de un país que no es el mío… me harían sentir particularmente inquieto si estuvieran armados hasta los dientes, y mi perturbación sería suprema si me estuvieran amenazando con esas armas de las que hablo… con todas estas condiciones, puedo decir que en ese preciso momento me sentía muy, muy incómodo. Haruhi se volvió hacia mí, lucía igual de sorprendida que yo y me indicó con un gesto que hiciera lo que ella. Puso su arma sobre el suelo y acto seguido levantó las manos, yo hice lo mismo; detrás de nosotros, el resto de la brigada nos imitó. La soldadesca no se relajó un ápice a pesar de nuestra evidente docilidad. Sentí deseos de hacerlos ver su error… no éramos nosotros a quienes buscaban, nosotros estábamos ahí para ayudar… pero no es fácil discutir con un rifle automático apuntándote a la cara.

Dos de ellos se abrieron paso entre el resto, por las boinas y los distintivos en el uniforme, asumí que serían de rango mayor, y se acercaron hasta quedar frente a frente con la brigada. Ninguno habló. El primero, un hombre rubio entrecano que rondaría los cincuenta, robusto y de rostro duro, estiró una mano hacia el cinturón de Haruhi, donde colgaba su billetera con la insignia de Interpol a la vista. La tomó y examinó la credencial y miraba momentáneamente dicha identificación y a Haruhi. Luego de revisarla concienzudamente, cerró la billetera y la guardó en su bolsillo de pecho.

—Dígame, detective Suzumiya… ¿No está un poco lejos de casa?

—Estoy de comisión, ¿señor…?

—Coronel Campbell. ¿Qué clase de comisión, detective?

—No estoy autorizada para contarle, pero mi oficina estará encantada de responder a sus preguntas si usted hace una llamada allá.

—¿La oficina de Interpol en Nueva York?

—No, coronel… la de Lyon.

—Entonces supongo que no le molestará que los tomemos en custodia esta noche junto con su amigo, mientras aclaramos lo que evidentemente es un pequeño malentendido diplomático, ¿verdad?

—¿Nuestro amigo?— Pregunté confundido.

La escolta militar abrió camino una vez más.

—Ya te dije que no es un arma, imbécil, es un bastón… soy lisiado por si no lo has notado—. Refunfuñaba House mientras era llevado hacia donde estábamos nosotros.

Haruhi no dijo nada. Sólo se quedó mirando al coronel intensamente. Unos segundos después, la mayor parte de los soldados bajó los rifles y un par de ellos se acercaron a levantar el arma de cargo de Haruhi y mi cuchillo.

—El capitán Orwell les indicará cuál es el procedimiento de rutina y los llevará a un transporte seguro, apenas aclaremos la situación les serán devueltas sus pertenencias.

Sólo hasta que el coronel dio esa indicación miré con mayor detenimiento al afroamericano que estaba a su lado, y quien evidentemente era el capitán Orwell. Sin temor a equivocarme, puedo decir que bien erguido apenas si llegaba a sus pectorales, me superaba en estatura al menos por medio metro, considerando que no soy precisamente un tipo bajo. Calculé que uno de sus brazos era del grosor de mi cabeza mientras trataba de leer su expresión en aquel rostro redondo que coronaba una anatomía que bien podría ser la de dos hombres dentro de un mismo traje. También noté en sus rasgos simiescos que desde que llegó, no apartó la vista de Nagato. Apenas recibió la orden de su superior y responder con el estereotípico "Yes, Sir", se nos acercó, tomó a Nagato con fuerza por el brazo derecho, el mismo con el que había recibido el ataque con las dagas y que sangraba profusamente, lo cual hizo que Haruhi le lanzara un par de improperios en japonés mientras el soldado nos encaminaba a uno de los apartados.


—¿Cuánto tiempo llevas aquí, Ojisan?— Preguntó Haruhi en un susurro a House.

—Llegué antes que ustedes… estoy un tanto intrigado sobre lo que vi…

Maldita sea… vio a nuestra pequeña brigada en acción… creo que es una de las pocas personas que preferiría no hiciera preguntas al respecto.

—¿Llegaste solo?

—No. Trece vino conmigo, la oculté cuando comenzó la carnicería, la encontrarán pronto y la traerán con nosotros. Sólo yo vi a tu peculiar grupo de trabajo actuar… y a menos que quieras que difunda lo que vi, tendrás que darme algunas explicaciones, niña.

El séquito de militares nos llevó hasta un amplio cuarto de interrogatorios y Orwell pidió que los otros soldados se quedaran afuera, encerrándose con los que fuimos capturados.

Apenas estuvimos todos adentro y cerradas las puertas, Nagato recuperó su brazo y caminó hasta House.

—Compromiso—. Le dijo.

—¿Perdón?— Preguntó un tanto contrariado House.

—Lo que verás y escucharás a continuación deberá ser guardado en secreto.

El médico nos miró suspicaz. Incluso a mí me resultaba un poco confusa la situación, sin embargo, terminó por hacer caso. Nagato volvió a encarar a Orwell, todos la seguimos con la mirada. Los dos se quedaron frente a frente y sin cruzar palabra por interminables segundos de suspenso. Fue el gigantesco afroamericano quien rompió el silencio.

—Solicitud de sincronización—. Que me caiga un rayo… no me diga que es…

—Concedida—. Esa fue Nagato. Ya antes la había visto en un proceso semejante, aunque esta es la primera terminal TFEI que veo fuera de Japón.

Miré atónito al gigantesco militar y a nuestra colega hacer la conocida pantomima de compartir información mientras miran al techo. Luego de algunos segundos más de incertidumbre, ambos compartieron una mirada y se asintieron el uno al otro.

—La Señorita Nagato me ha puesto al tanto de su situación, no deben preocuparse por nada—. Dijo Orwell con una amplia sonrisa infantil que contrastaba con su descomunal tamaño.

—¿Hay algo útil que puedan decirnos?— Preguntó Haruhi.

—La Señorita Nagato se encargará de contárselos después, tenemos que cumplir ciertos protocolos aquí para evitar sospechas. Lamentablemente no tengo autorizada ningún tipo de acción directa, sólo puedo compartir información con otras terminales—. Se disculpó el capitán. De uno de los muchísimos bolsillos de sus pantalones sacó un saco de tela. —Lamento mucho esto, pero tengo que pedirles que me den cualquier otra arma que traigan, así como sus móviles, y cualquier otro tipo de dispositivo electrónico.

Cinco teléfonos móviles (Nagato no usa), un beeper propiedad de House e incluso las llaves de nuestro auto terminaron al fondo de la bolsa.

—Respaldé la información de los móviles y eliminé cualquier información comprometedora—. Señaló Nagato para tranquilizarnos.

La puerta fue golpeada un par de veces, Orwell dio paso al visitante, que resultó ser otro soldado, trayendo por el brazo a la doctora Trece… debo averiguar su nombre cuanto antes, no sé cómo la gente se acostumbró a llamarme sólo por mi apodo… en fin. Luego de hacerla pasar por la revisión de rutina, se le decomisaron las pertenencias y fue ella quién notó que algo quedaba sin resolverse…

—¡Santo Dios! ¿Te sientes bien?— Preguntó mientras caminaba apurada hacia Nagato… estamos tan acostumbrados a su falta de expresión que casi olvidamos que tres hojas de acero seguían incrustadas en su brazo, ella misma parecía haberlo olvidado y se miró el brazo herido con indiferencia. —¡Déjame ayudarte!— Continuó la joven médico haciendo que Nagato se sentara en una de las pocas sillas del lugar. Luego, tomó su brazo y trató de improvisar una forma de sacar las dagas. —¿Tienen un botiquín médico aquí? ¡Oh, por Dios!

Su exclamación salió cuando Nagato, en un solo movimiento y sin la más mínima expresión de dolor o molestia se arrancó las tres piezas de metal. House se acercó a las dos mujeres, ya había obtenido un pequeño botiquín de Orwell y lo lanzó a las piernas de Trece.

—Bueno… tengo que llevarlos a resguardo a otra parte de la base. Lamento que deba ser así—. Dijo Orwell una vez más alcanzando un objeto de sus pantalones. Esta vez eran unas esposas plásticas ligeras.

Mientras uno a uno pasábamos a que nos ataran de manos, me volví movido por la curiosidad a Koizumi, que parecía absorto y aprehensivo por la escena de unos metros atrás. Miré hacia donde él miraba.

—¿Cuál es tu nombre de pila?— Preguntó Trece mientras vendaba el brazo de Nagato. Ella, aparentemente indiferente, aunque según mi experiencia, más bien confundida, no respondía. —El mío es Remy.

—Yuki—. Dijo al fin.


Menos de cinco minutos después, los siete abordábamos la parte posterior de la caja de una camioneta militar, debidamente esposados. De un lado estaban la Doctora Remy, Nagato, Koizumi y Asahina, de frente a ellos estábamos House, Haruhi y yo.

—Una Desert Eagle… ¿Qué variante es?— Pregunta House refiriéndose a la pistola de Haruhi, la cual había sido recogida por los militares junto al cuchillo que me heredó Asakura hace algunos años.

—Una Mark XIX, .375 Magnum de diez pulgadas—. Responde mi esposa orgullosa. —Es elegante y precisa.

—¿No es un poco grande para una chica?— Pregunta House. Coincido con él… es un arma muy grande y he notado que a muchos hombres les cuesta trabajo maniobrar con ella… pero no conoce la firmeza de las manos de Haruhi.

—Quizás—. Responde Haruhi reflexiva y se vuelve momentáneamente hacia mí. —Pero estoy acostumbrada a maniobrar con pistolas grandes.

Me relajé sobre el asiento y no me fue posible evitar una amplia sonrisa… gracias, amor mío… mi ego acaba de ir al paraíso.

Capítulo 3.

Fin.


Bueno, tardó un poco más de lo usual, pero aquí está al fin. Espero lo hayan disfrutado y trataré de no tardar tanto en la próxima entrega. ¡Espero sus comentarios!